EL
VIEJO DEL MAR
Por Guillermo Enrique Hudson
Siempre
del mismo modo, al día siguiente Martín continuó su andar,
levantándose ágilmente y echando a correr, luego disminuyendo su
carrera, después caminando para finalmente sentarse y descansar.
Después otra vez en pie, otra corrida y así sucesivamente.
Aún
sintiéndose con hambre y sed, estaba tan dominado por la idea de
la gran masa azul de agua que iba a ver, tan ansioso por poder
contemplarla realmente después de tanto haberlo deseado, que casi
no se permitía interrumpir su andar para buscar un alimento;
tampoco pensaba en su Madre de las Sierras, hoy sola y
entristecida, lamentándose por haberlo pedido, tan excitado
estaba ante la perspectiva de lo que le aguardaba.
Poco
después del mediodía, comenzó a escuchar un suave rumor que
parecía llegar del fondo de la tierra que pisaba, de su alrededor
y desde el aire que lo envolvía. Mas él no sabía que era el
rumor del mar. Por fin llegó a un lugar donde la tierra se alzaba
en largas elevaciones de arena donde nada crecía, salvo
matorrales diseminados de duros pastos amarillentos. Mientras trabajosamente
avanzaba por el médano, a veces hundiéndose hasta los tobillos,
el profundo y extraño rumor que desde hacía tiempo venía
escuchando se tornaba más y más fuerte, hasta llegar a parecerse
al son de una fuerte ráfaga de viento dentro de un monte, pero
más grave, más ronco, creciendo y decreciendo y, a intervalos,
interrumpido por golpes como de truenos que provocaban un eco
repetido entre las sierras distantes.
Por
fin había sobrepasado el último médano; en ese
momento, sorpresivamente, el mundo -su mundo de tierra firme,
ése por él conocido- llegaba bruscamente al fin, pues ya no
había un palmo más de tierra donde posar el pie delante suyo,
sólo el océano -ese océano que él había añorado tanto- y al que desde
la distancia había amado más que a la llanura y
a las sierras y a todo cuanto ellos contenían para su deleite.
!Qué
amplitud, qué vastedad estirándose hasta donde se confundía
con el cielo; su inmensa superficie gris azulada, quebrándose
en cientos de miles de olas iluminadas con blancas crestas que
aparecían y desaparecían como relámpagos!
En su
agitación, ¡qué tremendo, qué terrible era! ¡Oh! No había nada
con que pudiera comparársele en el mundo, nada que pudiera hacer detener
así su corazón. Le pareció muy bien que la
tierra fuese silenciosa, y que solamente estuviese estática
contemplándolo bajo el sol, la luna y las estrellas, escuchando
día y noche y para siempre la gran voz del mar.
De
bruces y cuan largo era, sólo así podía mirar hacia abajo,
desde el borde de un horrible acantilado, que es uno de los más
altos de la tierra y ver el mar revolviéndose, golpeándose al
pie de ese negro y hondo precipicio, levantando nubes de espuma en
su furia. Esto lo hizo temblar, era pavoroso el contemplarlo. Pero
estaba como clavado en ese sitio; permaneció así de bruces,
admirando con creciente asombro, sin sentir ni hambre ni sed;
olvidado de la hermosa mujer a quien había llamado Madre y de
cualquier otra cosa. En su contemplación, se percató que poco a poco la fuerza tumultosa de las olas iba disminuyendo. Ya no
se elevaban una tras otra para arrojarse contra los acantilados y
hacerlos estremecerse. Iban decreciendo y decreciendo hasta que al
fin, se retiraron del precipicio dejando al descubierto una larga
y angosta franja de arena y cantos rodados. Una calma solemne
dominó las quietas aguas; sólo cerca de la playa, siguió meciéndose un poco, elevándose y descendiendo como el pecho de un
gigante, mientras que a los lados pequeñas olas seguían
formándose y rompiendo en una leve espuma blanca sobre el
pedregullo con su perpetuo y suave lamento. Más afuera, estaba
bastante calmo; su superficie por doquier se irisaba en tintes
violetas, verdes y rosados. Al poco rato, estos hermosos
colores se esfumaron, tal como lo hacen entre las nubes en el
crepúsculo; el todo se había tornado de un azul oscuro. Es que
el sol se había ocultado y las sombras de la noche ya cubrían la
tierra y el mar. En ese momento, Martín, con su pequeño corazón
henchido de temeroso asombro y gran alegría, se arrastro
desplazándose unos metros del borde del acantilado y se acurrucó
para dormir en una depresión de la arena tibia.
A la
mañana siguiente, tras satisfacer su hambre y su sed con
algunas raíces que halló casi al alcance de su mano, regresó
para volver a contemplar nuevamente el mar; y ahí se quedó con
los ojos clavados en esa escena maravillosa, hasta que el sol
estuvo directamente sobre su cabeza. Entonces, cuando el mar
estuvo nuevamente calmo, se incorporó y comenzó a caminar a lo
largo del acantilado.
Siempre
manteniéndose cerca del borde, de vez en vez interrumpía su
andar para, recostado boca abajo, volver a espiar el mar. Así
anduvo por horas y horas, hasta que la marea de la tarde
nuevamente cubrió la zona de pedregullo y las olas, alzándose,
comenzaron a golpear con un rodar de truenos contra el tremendo
acantilado haciendo temblar la tierra que pisaba. Por fin llegó a
una gran brecha que interrumpía en parte el acantilado; allí se
advertía que en épocas lejanas se había desprendido una gran
porción de él, y los colosales macizos rocosos habían penetrado
profundamente en el mar y ahora formaban islotes de negras rocas
recortadas, que emergían altivas sobre el agua. Aquí, entre esas
rocas, el agua hervía y rugía con mayor fuerza, batiendo sus
aguas en masas de blancas burbujas...
Aquí,
otra sorpresa nueva se sumó a su vista: un gran numero de
animales que no se parecían a ningún ser que él hubiera visto
antes estaban recostados, cuan largos eran, con los lomos hacia
arriba, justo fuera del alcance de las olas que golpeaban a su
alrededor. Primero, le parecieron vacas, pero observó que no
tenían ni cuernos ni patas, que sus cabezas semejaban las de los
perros pero sin orejas, y que tenían dos grandes patas con forma
de aletas en su pecho, con las que caminaban o reptaban sobre las
rocas cada vez que una ola se rompía sobre ellos, obligándolos a
desplazarse un poco más arriba.
Eran
leones de mar, una especie de foca de muy gran tamaño. Martín
nunca había oído nada acerca de tales criaturas, y ansioso por
verlos más de cerca, se metió en la hondonada y, con cautela,
comenzó a descender apoyándose en los rotos macizos rocosos y
calcáreos, hasta que llegó cerca del mar. Ahí, tirado sobre una
roca lisa, estuvo absorto viendo esos animales extraños
con cabeza de perros, pero sin patas. Ahora él podía verlos y
ellos podían verlo a su vez. Casualmente uno levantaba la cabeza
y lo miraba de frente con sus grandes ojos oscuros, tiernos y
hermosos, como los del venado que se le acercara en las sierras.
¡Oh, qué feliz se sintió al comprender que el mar, que esas
aguas poderosas y rugientes como plenas de furia, tenían también
sus grandes bestias que él podía amar, tal como el llano y las
sierras, con sus caballos y sus venados!
Pero,
la marea aún estaba subiendo y muy pronto las olas más grande;
comenzaron casi a cubrir totalmente las rocas mayores haciendo
rodar a las enormes bestias y aun barriéndolas. El golpe de las
olas las enojaba y lanzaban fuertes rugidos. Luego, poco a poco,
comenzaron a alejarse, algunas desaparecían bajo las aguas;
otras, con la cabeza sobre la superficie, nadaban hacia el mar
abierto. A Martín le apenaba perderlas, pero la vista del mar
revolcándose y cubriendo de espuma las rocas aún lo seguía
reteniendo allí, hasta que todas las rocas menos una habían sido
tapadas por las aguas. Esta era una enorme roca negra con
promontorios, que estaba a unos veinte metros de la costa. Contra
esta masa rocosa las olas continuaban golpeándose con gran
estruendo alzando nubes de blanca espuma y lluvias de gotitas. El
sonido y aquella visión lo fascinaban. El mar parecía conversar,
susurrar, murmurar y sollozarle de tal manera que en ese momento
él estaba procurando entender qué le decía.
De
improviso, una gran ola verde, atropellándose y quejándose,
avanzó para arrojarse y deshacerse hecha añicos junto a su
rostro. Cada vez que el mar se rompía contra la roca y se elevaba
adquiría una forma fantástica, que comenzó a semejarse más y
más a una figura humana. Sí, era incuestionablemente como un
monstruoso hombre gris con una poblada y nívea
barba blanca y un mundo de blancos cabellos desordenados flotando
alrededor de su cabeza. De cualquier modo, era blanco por un
instante, luego verdoso; el anciano asía entre sus dos manos la
gran barba y la retorcía, como las lavanderas retuercen una
frazada o un cobertor, para quitarles toda el agua.
Martín
no apartaba la vista de este extraño y singular personaje del
mar, a la vez que él, recostado contra una roca, clavaba sus ojos
inmensos de pescado en el rostro de Martín. Cada vez que una
nueva ola rompía sobre él, levantando su cabellera y vestimenta
que era de marrones algas y toda hecha de tiras y jirones, eso
parecía en cierta forma molestarlo; pero permanecía
imperturbable, y cuando la ola se retiraba, volvía a torcer-se
las barbas, y con un soplido arrojaba una nube de gotillas.
Finalmente, estirando sus poderosos brazos hacia Martín, abrió
su enorme boca de bacalao y lanzó una enorme carcajada que se
escuchó como el grito de las gaviotas de lomo negro. Pese a ello
Martín no se sintió en absoluto atemorizado, pues su aspecto era
amistoso y parecía estar de buen humor.
-¿Quién
eres?-preguntó Martín a gritos.
-¿Quién...
YO? -repuso el monstruo con forma humana con un ronco vozarrón
marinero.
-¡Jo,
jo, jo...esto sí que es gracioso! Bien, pequeño Martín, yo
te he conocido desde siempre, yo soy Bill. Al menos, así era
como me llamaban antes, pero, estoy muy promocionado y en
consecuencia, me llaman el Viejo del Mar.
-¿Cómo sabías que yo me llamaba Martín?
-¿Cómo
te conocía yo como Martín? Pues, Dios bendiga tu inocencia,
lo supe desde siempre por supuesto. ¿Cómo piensas tú que lo
sabría? Pues, ni bien te vi entre
las rocas, me dije: hola, benditos mis ojos, si es Martín mirando
mis vaquitas, como yo las llamo. Por supuesto que sabía, que te
conocía como Martín.
-¿Qué
hizo que fueses a vivir en el Mar, viejo Bill? -inquirió
Martín-. ¿Cómo creciste tanto?
- ¡Jo,
jo, jo! -rió el gigante lanzando en un tremendo soplido una
lluvia de burbujas a través de sus labios-. No me preocupa el
contártelo, sabes, Martín, a mí no me apura el tiempo; las benditas campanas, a mí nada me dicen ahora que ya no estoy en el
jergón en la proa, procurando hacerme un sueñito. Bueno, para
comenzar, yo nací hace ya incontables años, en un viejo pueblo
junto al mar, mi padre era un marinero y se ahogó cuando yo era
un niño; mi madre ella también murió de pena, pues todo hombre
que le había pertenecido se había ahogado. Pues, Martín,
aquellos que viven junto al mar, generalmente mueren en el mar. Como
era huérfano, me crió mi abuela. Yo era muy pequeño
entonces y solía jugar todo el día en las lagunas y arroyos y
amaba las vacas y las ratas del agua y todas las pequeñas bestias,
igual que tú, Martín. Un día, cuando ya hube crecido un poco,
me dijo mi abuela:
-"Bill,
vete al mar y hazte marinerito -y agregó-: Yo he
tenido un sueño y está escrito que tú nunca te ahogarás."
-Advertirás,
Martín, que mi abuela fue una mujer de gran sagacidad. Así fue como me dirigí al mar. Ya hombre, realicé innumerables viajes a
Turquía, la India, al Cabo, a las Indias Occidentales y a
América. Viajé alrededor del Mundo más de cuarenta veces.
Muchas, muchas veces soporté naufragios y caí al agua, pero
nunca me ahogué. Mas cuando ya estaba envejeciendo y no era de
gran utilidad, debido al reumatismo y al endurecimiento de mis
articulaciones, hubo un motín en nuestro barco, cuando partíamos
de Ciudad del Cabo, y le dieron muerte al Capitán y al segundo.
Luego llegó mi turno, pues yo estaba entre esos hombres,
comprendes, y no habría perdón para mí. De modo que me pusieron
sobre cubierta y comenzaron a deliberar acerca de cómo me habrían
de eliminar -soga, cuchilla o plomo-. "¡Compañeros!,
dije, pegadme un tiro si gustáis, y moriré tranquilamente; o
bien, clavadme un cuchillo, lo que pienso sería mejor, o colgadme
de una verga, que es una de las formas más cómodas que conozco.
Pero no vayáis a arrojarme al mar, pues está escrito que yo
nunca me ahogaré, y os tomaréis un gran trabajo para nada."
Esto los hizo reír con grandes y sonoras carcajadas. Viejo Bill,
¡tendrás tu mejor chiste!
"Trajeron
hierros que estaban hacinados, y con sogas y cadenas ellos
aseguraron una media tonelada a mis piernas y brazos y luego me
bajaron por la borda. Hacia las profundidades me fui en medio de
sus carcajadas. Yo me hundía brazas y brazas antes de dejar de
oír sus carcajadas. Por fin, llegué a tocar el fondo del mar, y
me sentí feliz de haber llegado. Allí permanecí enroscado como
una serpiente de mar entre las rocas, pero abrigado y cómodo.
Finalmente, las sogas y cadenas con que me habían aprisionado,
saltaron, pues yo me había ido hinchando y adquiriendo más
fuerza. Y subí hasta la superficie como un delfín pues había
ingerido mucha agua. Así fue como me transformé en el Viejo del
Mar hace ya cientos y cientos de años.
-¿Te
agrada a ti estar siempre en el mar, Viejo Bill? -inquirió
Martín.
-¡Ja,
ja, ja! -fueron las carcajadas del monstruo-. Es buena tu pregunta, Martincito. ¿Que si me gusta? Bien, es mejor que
ser
marinero a bordo de un barco; ésa es, te lo aseguro, una vida muy
dura, con nada grato salvo
el tabaco. Yo era muy afecto a los barcos antes, cuando el mar no
me había apagado mi pipa. También lo era del rhum. Más de una
vez, fui recogido en tierra borracho, Martín, aunque no lo creas,
tan afecto era al rhum. Aun ahora, aquí, en la profundidad, cuando
recuerdo su gusto agradable, abro bien la boca y tomo un enorme
trago de agua de mar, tanto que llenaría un enorme
barril. Luego, llego a la superficie y lo arrojo todo a soplidos,
como si fuese un viejo delfín.
Cuando
terminó ce decir eso, abrió su enorme y cavernosa boca y lanzó
su ronco iJo, jo, jo! con más fuerza que antes, a la vez que se alzaba más sobre el agua y la negra roca
sobre la cual
había estado apoyado, hasta pararse como una gran torre más
alta que Martín, una torre de agua y rocío, con forma humana, y
blanca espuma y algas marrones. Luego, lentamente, se dejó caer
hacia atrás, y se hundió en el mar. En ese momento levantó una
enorme ola que se elevó sobre el peñasco negro y lavó la cara
del acantilado, arrojando a Martín entre las rocas.
Cuando
la enorme ola se retiró y Martín, medio ahogado y mareado,
luchaba por ponerse de pie, advirtió que era de noche y que una
nube negra cubría el firmamento y un cielo oscuro, y
debajo, un mar también negro. El no había prestado atención al
llegar de la noche o quizá se hubiese dormido y en sueños
hubiese hablado y visto al viejo monstruo marino. Pero ahora, él
no podía escapar de donde estaba en la hondonada. Allí debía
permanecer, refugiándose en una cavidad de la roca y recostado,
entre dormido y despierto, para escuchar toda la noche la gran
voz del mar. (*)
(*)
Fuente: Guillermo Enrique Hudson, "El viejo y el
mar", en Un niño perdido, Colección Robin Hood, Ed.
Acme, 1976 (traducción Violeta Gladys Shinya).