Por William Hazlitt
Horas
non numero nisi serenas: tal es la leyenda de un reloj de sol en
las cercanías de Venecia. Las palabras como la idea son de una
suavidad y una armonía sin paralelo. Ningún concepto más clásico.
"Sólo cuento las horas serenas". ¡Qué muelle y
apaciguador sentimiento! ¡Cómo parecen desvanecerse las sombras
sobre la lámina del cuadrante cuando el cielo se cubre, y el tiempo
muéstrase vacío a menos que su paso aparezca jalonado por la
alegría, y todo lo que no es felicidad se hunde en el olvido!
¡Qué excelente lección para el espíritu: no tomar en cuenta el
tiempo sino por sus beneficios, ver sólo las sonrisas y
desatender los ceños del destino, urdir nuestra vida con
instantes luminosos y dulces, volviéndonos siempre hacia el lado
radiante de las cosas y dejando resbalar el resto de nuestra
imaginación, inadvertido u olvidado! ¡Cuán distinto del arte tan
al uso de atormentarse y condolerse de uno mismo! Por lo que a mí
hace, mis sensaciones, mientras cabalgaba a orillas del Brenta,
cuyas aguas indolentes y legamosas encandecía el sol, dista tan
mucho de ser confortables; pero la lectura de aquella inscripción
sobre el blanco muro hizo que instantáneamente me recobrara; y
todavía, cuando se me ocurre repetirla o recordarla, tiene el
poder de trasportarme a las regiones de la abstracción pura y
bienaventurada. No puedo sino imaginar que debe provenir de la
superstición papista. Algún monje de la edad de las tinieblas la
inventó quizá y nos la ha legado; alguien que, viviendo
despaciosamente en jardines acicalados y contemplando la marcha
silenciosa del tiempo, mientras sus frutos maduraban al son y sus
flores embalsamaban el aire, se fue sintiendo invadido por una
muelle languidez y, al tener poco que hacer y que preocuparse,
determino (a imitación de su reloj de sol) borrar aquel poco de
su pensamiento o correr un velo sobre ello, convirtiendo así su vida
en una largo sueño ininterrumpido de quietud. Horas non numero
nisis serenas: repetía sin duda cuando los cielos se derrumbaban y
el huracán esparcía las hojas caudas, y tornaba a sumergirse en el
claustro sereno de sus estudios. Solamente un tal estado de espíritu, indolente, elegante,
pensativo, podía dar nacimiento a
esta divisa exquisita, que dice por sí sola libros enteros.
De los diversos modo de contar el tiempo, el reloj de sol es quizá el
más natural y el más sorprendente, ya que no es el más como
ni comprensivo. No pone obstáculo a su observación, aunque
"moralice sobre el tiempo", y , por su condición
estacionaria, forma un curioso contraste con la más fugaz de todas las esencias.
Permanece sub dio, bajo el aire marmóreo, y hay
cierta conexión entre la imagen de la infinitud y la eternidad. Me
gustaría también a su lado, un girasol con abejas revoloteando en
torno. Debería ser de hierro, para
denotar la perennidad, y tendría un aspecto hosco, plúmbeo.
Detesto los relojes de sol en madera, adecuada para mostrar más
bien las variaciones de las estaciones que el avance del tiempo -
lento, silencioso, imperceptible, jaquelado de luz y sombra. Si
nuestras horas fueran todas serenas, es probable que nos diéramos
tan poca cuenta de ellas como se da el cuadrante de las horas
nubladas. La sombra proyectada a su través es lo que nos advierte
de su fugacidad. De otro modo, nuestras impresiones tendrían el
matiz indiscernible; apenas tendríamos conciencia de nuestro
existir. Aquellos a quienes ningún cuidado de este mundo acosa y
aguija se ven obligados a recurrir a las esperanzas y temores del
otro para vivificar la perspectiva ante ellos. La mayoría de los
sistemas para medir el transcurso del tiempo han sido, creo,
artificio de monjes y reclusos religiosos que, encontrando pesado
el fardo del tiempo, se esforzaron en ver cómo se podían
librar de él. El reloj de arena, sospecho, es invención más
antuga, y ciertamente la más defectuosa de todas. Sus arenas
huidizas no son desde luego un emblema inadecuado del minuto,
porciones incontables de nuestra existencia; y la manera en que
gradualmente resbalan por el hueco cristal y disminuyen en número
hasta no quedar una sola, también ilustra el modo en que los años
se nos escapan furtivamente; pero, como invención mecánica, es más
un estorbo que una ayuda, pues requiere atender al tiempo cuyos
preciosos instantes pretende contar, dando vuelta al cristal
apenas queda vacío uno de sus extremos, a fin de que pueda
funcionar de nuevo si no queremos que nuestro trabajo anterior se
pierda. El filósofo en su celda, la lugareña junto a su rueca
deben hallar sin duda un inestimable auxiliar en este "compañero
de las horas solitarias", como ha sido llamado, que no sólo
sirve para decirnos cómo pasa el tiempo, sino también para
llenar sus vacíos. ¡Qué tesoro no parecerá contener esta
ampolla, depósito sagrado, se diría, de las arenas mismas
fugutivas de la vida! ¡Qué tarea, en lugar de otros más importantes
cometidos, aguardar a que corra el último grano, y en seguida
renovar el proceso, para que no haya el más leve error en la
cuenta! ¡Qué fuerte sentimiento del valor y de la irrecuperable
naturaleza del tiempo transcurrido debe imprimir en el espíritu!
¡Qué estremecida e incesante conciencia de lo frágil y
resbaladizo que de él nos queda! Nuestra existencia misma parece
desmoronarse en átomos, y escurrirse sin tregua posible hasta el
último fragmento. "El polvo al polvo y las cenizas a las
cenizas" es un texto para ser inscripto sobre un reloj de
arena; este es comúnmente asociado con la guadaña del tiempo y
la calavera, como un memento mori, y sin duda ha
suministrado más de una sugestión al exaltado timorato y
visionario en favor de la resurrección en otra vida.
Los franceses dan un giro distinto a las cosas, menos sombríos y
menos edificante. Un ornamento frecuente y placentero en los
relojes de mesa parisienses es la figura del tiempo sentada en una
barca en la que van remando Cupido, con el lema. L'Amoir
fait passer le Temps, que un ingenio donoso ha
parafraseado: Le Temps fait passer l'amour. Todo
ello es espiritual y gracioso, pero un poco falto de sentimiento.
Me gustan los pueblos que aman y que odian, y para los cuales no
todo es diversión ni cuestión de passer le temps. Los
franceses no dan importancia a nada, como no sea de modo
transitorio, sólo piensan en cambiar de sensaciones; todas sus
ideas son in transitu. Todo se divide y separa; nada
se acumula. Un millón de años pasaría antes de que un
francés pensara en el Horas non numero nisi serenas.
Su apasionado reposo y su voluptuosidad ideal, le son tan ajenos
como la poesía de aquel verso de Shakespeare: How sweet the
moonligth sleeps upon trat bank (¡Cuán dulcemente
duermen los rayos de la luna sobre esa orilla!, Shakespeare, El
mercader de Venecia, V, I, 54). Jamás llegan a lo clásico...
ni a lo romántico. Soplan las pompas de la vanidad, la moda y el
placer; pero no expanden sus percepciones en refinamiento, ni las
fortalecen en solidez. Donde no hay algo hermoso en los cimientos
de la imaginación, nada hermoso puede levantarse encima. Son
vivaces, airosos, llenos de fantasía (hay que darles lo suyo),
pero cuando tratan de ser serios (más allá del simple sentido
común), son insulsos o estrafalarios. Cuando la sal volátil se
ha evaporado, sólo queda un caput mortuum. Han
inventado mil artificios graciosos y antojadizos para sus relojes
de sobremesa y de bolsillo, que parecen hechos para cualquier cosa
menos para decir la hora: relojes de repetición, sabonetas con
tapas de metal, relojes de torre o de pared con segundero. Ni aun
en nuestros esfuerzos por calcular el derroche del tiempo hay modo
de escapar a lo superfluo y la extravagancia. Los años galopan ya
bastante aprisa para mí, sin tener encima que observar a cada
instante su fuga; debo decir, además, que no me gusta un reloj de
bolsillo (sea de manufactura inglesa o francesa) que viene a mí
como un salteador de caminos, con la cara tapada, y no con el
aspecto franco y abierto de un amigo, señalando con su índice la
hora del día. Todo este abrir y cerrar de tapas macizas y pesadas
(so pretexto de que el cristal está expuesto a romperse y deja más
fácilmente entrar el polvo, que a su vez obstruye el mecanismo)
no es para ahorrar tiempo sino para dar quehacer: mera ostentación
y petulancia; como consultar a un oráculo misterioso que se lleva
en el bolsillo, en vez de hacer una simple pregunta a un compañero
o a un conocido.
En la habitación en que estoy hay dos relojes que dan la hora, lo
cual, a decir verdad, me hace poco gracia. En primer lugar, no
necesito que me recuerden por duplicado el transcurso del tiempo
(es como el segundo golpecito de un sirviente indiscreto en la
puerta cuando quizá no tiene uno ganas de levantarse); en segundo
lugar, como jamás van enteramente al unísono, siempre supone una
diferencia de opinión, y soy por naturaleza contrario a toda polémica
y disputa. El tiempo, de todos modos, camina igual, cualquiera que
sea la diferencia en la manera de contarlo; como la verdadera
gloria, pese a los reparos y contradicciones de los críticos.
Tampoco soy amigo de los relojes de repetición. El único
agradable que tengo de ellos es aquella anécdota que nos cuenta
Roussean (en Las confesiones, II, Xl), de cierta dama
francesa que, leyendo una noche La nueva Eloísa, como
ordenara a su doncella que hiciese sonar la hora en el reloj de
repetición, encontró que era ya demasiado tarde para irse a la
cama y continuo leyendo hasta el amanecer. Cuán distinto, sin
embargo, el interés suscitado por esta historieta de la que el
mismo Roussea nos cuenta de cuando, aún chiquillo, permanecía
horas y horas con su padre leyendo novelas de caballería, hasta
que el piar de las golondrinas en sus nidos al romper el alba venía
a sobresaltarlos y el padre exclamaba, entre irritado y
avergonzado: Allons, mons fils; je suis plus efant que toi! Por
lo general, he oído tocar los relojes de repetición en las
diligencias, de noche, cuando alguno de los compañeros de viaje
despierta bruscamente y desea saber la hora, otro de los viajeros
saca aparatosamente su reloj y aprieta el resorte que hace sonar
la hora -cada campanadita pinchando el oído me informa de las
horas monótonas ya pasadas y de las aún más monótonas que
restan hasta la mañana.
La gran ventaja, es cierto, que los relojes de campana tienen
sobre los de bolsillo y demás contadores mudos del tiempo es que
la mayoría de ellos dan la hora: son, por así decir, los
portavoces del tiempo; no sólo lo indican a los ojos, sino que lo
hacen presente a los oídos, "prestándole a la vez un
entendimiento y una lengua". El tiempo nos habla así con voz
audible y admonitoria.
Los
objetos de la visión son fácilmente percibidos por la vista y
sugiere provechosas reflexiones al espíritu; los sonidos, por su
naturaleza intermitente, y acaso también por otras causas, apelan
más a la imaginación e impresionan más directamente al corazón.
Pero, para ello, tienen que ser inesperado e involuntarios, sin
treta alguna, sin nada optativo o personal en su ocurrencia, a
guisa de severos e inflexibles monitores a los cuales nada puede
impedir que cumplan su deber. Seguramente, si hay algo en lo que
no debemos mezclar nuestra vanidad y nuestro empeño es el tiempo,
la más independiente de todas las cosas. Toda la sublimidad, toda
la superstición que rodea este modo palpable de anunciar su fuga,
depende especialmente de esta circunstancia. El tiempo perdería
su carácter abstracto si lo guardáramos como una curiosidad o un
muñeco de caja de resorte: sus advertencias proféticas no harían
el menor efecto si hablasen tan sólo a nuestro dictado, como en
una burda ventriloquía. El reloj dice la hora llegada y temida
-la campanada del castillo que "con su lengua de hierro y boca
broncínea tañe a los oídos soñolientos de la noche" (Hamlet,
I, II, 249), el toque de queda "vibrando lentamente con
adusto rugido" (Shakespeare, El rey Juan, III, III,
38-39) sobre una fuente o un arroyo encantado, son como una voz de
otros mundos preñada de acontecimientos desconocidos. El toque de
queda, el cual aún se conserva como una costumbre de antaño en
muchos lugares de Inglaterra, es uno de mis favoritos. ¡Lo he oído
tantas veces de niño!
Los días pasados, las generaciones idas, las verdes cañadas y
los pardos villorios de mi país natal, el hacha del leñador, el
guerrero normando armado para la batalla o ataviado para el festín
en la sala de su castillo, la férrea ley del conquistador y la
candela apagada del campesino: todo ello revive en el clamar de la
campana y llena mi alma de temor y de pasmo. Lo confieso, nada hoy
por día me interesa sino lo que ha sido: el recuerdo de las
impresiones de mi vida primera, o sucesos ha tiempo pasados, de
los que sólo quedan confusos vestigios en el rescoldo de unas
ruinas o en una costumbre casi olvidada. Que las cosas que
ya no son vuelvan a ser de nuevo crea en mi espíritu el
pasmo más genuino. No puedo resolver el enigma del pasado, ni
saciar el deleite que hallo en él. Las generaciones, los años
venideros, me importan un ardite. Lo que ocurra en el mundo el año
2300 nos tiene tan sin cuidado como lo que pueda ocurrir en
cualquiera de los planetas. Tan posible nos sería hacer un viaje
a la luna como intentar saltar impunemente un peldaño del tiempo.
Los que han de venir detrás de nosotros y nos empujarán fuera
del escenario se nos antojan advenedizos y simuladores, que
existen por así decir in vacuo, no sabemos de qué,
salvo que son lanzados por sus protectores con jactanciosa
presunción entree los contemporáneos. Pero los antiguos son
gente verídica y de buena fe, a quienes estamos unidos por un
conocimiento acumulado y vínculos filiales, y en en lo que,
vistos a la dorada luz de la historia, sentimos nuestra propia
existencia redoblada y consolado nuestro orgullo mientras rumiamos
los vestigios del pasado. El público en general no lleva, sin
embargo, esta indiferencia especulativa con respecto al futuro a
lo que pueda acontecerles a ellos personalmente o al papel que
pueda tocarles desempeñar en la escena. Por mi parte, sí lo
hago; y el único deseo que se me ocurría formular, o que alguna
vez suscita en mí un suspiro incidental, sería el de volver a
vivir algunos de mis años pretéritos: justamente aquellos en los
cuales hube de gozar y sufrir.
El tictac de un reloj en la noche no tiene en sí nada de muy
intreresante ni de alarmante, aunque la superstición lo haya
agrandado hasta convertirlo en presagio. En estado de vigilia o de
debilidad hace presa en el ánimo como el zumbido de un insecto
importuno; y alucinando la imaginación aún después de haber
cesado en realida, se convierte en un tictac de muerte. El tiempo
se ensancha a la contemplación de sus menudas partículas así
hinchada y repetidamente impuestas a nuestra atención, como el océano,
cuya inmensidad se halla compuesta por gotitas de agua. La campana
del reloj con sus sonidos claros y argentinos es un gran alivio en
esas circunstancias, rompe el ensalmo y es como una especie de
silfo amical que entrase en la habitación. Los extranjeros, pese
a todos sus artificios relojeros, no gustan del tañer de las
campanas lugareñas, o quizá un pueblo que sabe bailar pueda
pasarse sin ellas. Esas campanas, sin embargo, procuran un placer
pensativo y caprichoso al espíritu, son una especie de cronología
de los sucesos afortunados, a veces tan serios en la perspectiva
del pasado; nacimientos, bautizos, y tantas otras cosas...
Coleridge las llama "la única musica del pobre". Un
campanario de aldea inglesa asomando entre los árboles aparece
siempre asociado en la imaginación con este alegre acompañamiento
y aun sobre la tormenta hará oír su buena nueva. En los países
católicos el constante doblar de las campanas por los difuntos o
llamados a la oración aturde. En los Apeninos, y otros distritos
de Italia montañosos y agrestes, la campanita de la ermita con su
ingenuo repicar produce un efecto encantador y romántico. En los
tiempos de antaño al aparecer los monjes se complacían en la
fundición de las campanas tanto como en la construcción de las
iglesias; y algunas de las campanas de las grandes catedrales
(como las de Colonia y Ruán) puede decirse que han enriquecido
contando el paso de las edades. Los carillones de Holanda son un
verdadero fastidio. Campanean la hora, la media y los cuartos. No
dejan tregua a la imaginación. Apenas ha terminado un toque
cuando ya empieza otro. No sabe uno si las horas se mueven o están
quietas, si van hacia adelante o hacia atrás, tan fantástico y
desconcertante es su acompañamiento.
El tiempo es un personaje más formal y no hace zapatetas. Nada más
simple que el tiempo. Su andadura es derecha; pero es menester que
nos dejen el ocio necesario para mirar hacia atrás y ver la
distancia recorrida, en lugar de contar sus pasos a cada instante.
El tiempo en Holanda es un viejo loco con todas las travesuras de
un muchchaco, que "va a la iglesia bailando la gallarda y
vuelve a casa bailando el fangando" (Shakespeare, Noche de
Reyes, I, III, 132-133). Dan un papirotazo a las horas
perezosas y rastreras, y alivian la lasitud de la campaña. A
mediodía, su canción inconexa y trivial se difunde a través de
la aldea con el olor de las lonjas de tocino ahumado; al anochecer
envían a la cama a los trabajadores cansados por la faena del día.
(...) Los que no tienen un medio artificial de comprobar el paso
del tiempo, perciben más agudamente por lo general sus signos inmediatos
y retienen mejor las fechas individuales. El auxilio mecánico del
conocimiento no aguza el intelecto. El entendimiento de un salvaje
es una especie de almanaque natural, y más exacto que los
artificiales en su pronóstico del futuro. Con los ojos de la
mente ve lo que le ha sucedido o quizá vaya a sucederle,
"como en un mapa el viajero su camino". Los que leen el
tiempo y las estaciones en el aspecto del cielo y la posición de
las estrellas, cuentan por lunas y saben cuando el sol se levanta
y se pone y no por eso desconocen sus propios negocios ni la
concatenación ordinaria de los acontencimientos. Estos hombres no
ven distraídas sus facultades por una multitud de preocupaciones
ajenas a ellos mismos y a las apariencias externas que indican el
cambio. El conocimiento que poseen tiene, pues, una claridad y una
sencillez que a menudo dejan perplejos a los más doctos. Mas de
una vez me ha sorprendo un pastorzuelo al borde del camino que sólo
ve el cielo y la tierra y me pregunta la hora (que debería saber
mejor que nadie por la altura del sol sobre el horizonte), pero
supongo que si lo hace es por el gusto de preguntar a un transeúnte
o de ver si éste tiene reloj. Robinson Crusoe perdió el cómputo
del tiempo en la monotonía de su vida y el delirio de la soledad,
y tuvo que recurrir a hacer muescas en un madero. ¡Qué diario el
suyo! ¡Y cómo debió el tiempo tender su círculo en torno de él,
vasto y sin senderos como el océano!
Por mi parte, jamás he tendio un reloj ni artificio alguno de
contar el tiempo, y a decir verdad, tampoco deseo darme cuenta de
su tránsito. Señal de que he tenido poco que hacer, pocos
pasatiempos, pocos compromisos. Cuando estoy en la ciudad puedo oír
el reloj; en el campo puedo escuchar el silencio. Nada me gusta
tanto como yacer tendido la mañana entera sobre una loma soleada
de la llanura de Salisbury, sin objeto definido, sin darme cuenta
ni importarme un bledo el paso del tiempo. Quizá algunos de los
pensamientos aquí expuestos fluctúan como partículas ante mis
ojos entornados, o alguna vívida imagen del pasado en violento
contraste me acomete y acudo a impedir que el hierro penetre
en mi alma, y dejo caer unas cuantas lágrimas en el torrente del
tiempo, que va separándome más y más de todo lo que ame en días
lejanos.
Al fin, despierto de mi ensueño y vuelvo a cenar a casa,
satisfecho de matar el tiempo con el pensamiento; es más, sin
pensar siquiera. Algo de este humor de holganza lo heredé sin
duda de mi padre, aunque él no se hallaba tan libre del hastío,
pues no era un metafísico, y había en su ser pausas y huecos que
no sabía cómo llenar. En tales ocasiones, acostumbraba, a modo
de recurso, dar cuidadosamente cuerda a su reloj de bolsillo por
la noche, y "con ojos opacos" más de una vez durante el
día lo miraba para ver qué hora era... Pero, ahora que recuerdo,
he hecho ya una vez algo por el estilo (1), y de resumirlo o
glosarlo aquí de nuevo, seguramente no faltaría algún murciélago
o lechuza de crítico que jurase, con las más sesuda gravedad,
que había robado todo este ensayo a mí mismo o (lo que es peor)
a él. Mejor será, pues, dejarlo como está. (*)
(*)
Fuente: William Hazlitt, "El reloj de sol",
en Ensayistas ingleses, México, Consejo Nacional para la Cultura
y las artes, 1992, pp. 259-269.
(1) Se
refiere al esbozo que hace de su padre en su ensayo "Mi
primer encuentro con los poetas".