Por Frederick
Douglass
1.
El azote y las blancas velas de un sueño
Dejé la
case del amo Thomas y fui a vivir con el señor Covey el 1 de enero de 1833. Era
ya por primera vez en mi vida, un peón rural.
Me sentí en mi nuevo empleo aun más desconcertado de lo que podría
estarlo un muchacho del campo en una gran ciudad. Cuando llevaba sólo una semana en mi nuevo hogar, el
señor Covey me azotó muy severamente, rasgándome la piel de la espalda, haciendo correr la
sangre y alzando costurones en la carne tan grandes como mi dedo meñique. Los detalles de este
incidente son los siguientes: el
señor Covey me envió, por la mañana muy temprano, uno de los días
más fríos del mes de enero, al bosque, por una carga de leña. Me
dio una pareja de bueyes sin domar. Me explicó cuál era el de la
derecha y cuál de la izquierda. Luego ató el extremo de una larga
cuerda a los cuernos del bueno y me dio el otro extremo y me dijo
que, si el buey empezaba a correr, debía sujetarlo con la cuerda.
Yo era la primera vez que manejaba bueyes y pasé muchos apuros,
claro está. Conseguí, sin embargo, llegar al borde del bosque con
poca dificultad; pero cuando no llevaba recorrido más que unas cuantas
varas, los bueyes se asustaron y echaron a correr, lanzando el carro contra los
árboles y por encima de los tocones del modo más horroroso. Yo esperaba a cada momento acabar con los sesos aplastados
contra los árboles. Después de recorrer así un trayecto considerable, volcaron por fin el carro,
lanzándolo con gran fuerza
contra un árbol y precipitándose ellos en una densa espesura. No
sé cómo pude librarme de la muerte. Allí estaba, completamente
solo, en un espeso bosque, en un lugar nuevo para mí. Tenía el carro
volcado y destrozado, los bueyes atrapados entre los arbustos, y no
había nadie para ayudarme. Tras muchos esfuerzos, conseguí arreglar
el carro, liberar a los bueyes y uncirlos de nuevo. Me dirigí luego
con mi equipo al lugar donde había estado el día anterior cortando
leña y cargué mucho el carro, pensando que de ese modo dominaría
mejor a los bueyes.
Luego
emprendí el camino de casa. Había consumido ya la mitad del día.
Salí del bosque sin novedad y me sentí ya fuera de peligro. Paré
los bueyes para abrir la cerca del bosque; y cuando la abrí, antes
de que pudiera coger la cuerda de los bueyes, éstos se lanzaron de
nuevo a la carrera, engancharon el portillo entre la rueda y el
cuerpo del carro, haciéndolos pedazos, y estuvieron a punto de
aplastarme contra el poste del portillo. Asi que, por dos veces en
un breve día, escapé a la muerte por los pelos. Cuando llegué a
la casa le contesté al señor Covey lo que había pasado, y cómo
había pasado. Me dio orden de volver al bosque inmediatamente. Lo
hice y él fue detrás de mí. Cuando estaba llegando ya al bosque,
apareció y me dijo que parara el carro, que me iba a enseñar a
malgastar el tiempo y a romper portillos. Luego se acercó a un gran
ciruelo silvestre y cortó con el hacha tres varas largas y, después
de quitarles hojas y ramas con la navaja, me mandó quitarme la
ropa. Yo no dije nada, pero seguí con la ropa puesta. El repitió
la orden. Yo aún seguí sin contestar y sin hacer ademán de
desvestirme. Ante esto se abalanzó sobre mí con la ferocidad de un
tigre, me arrancó la ropa y me zurró hasta que se gastaron
las varas, haciéndome heridas tan terribles que me dejaron marcas
visibles durante mucho tiempo. Esa fue la primera de una serie de
palizas parecidas y por delitos similares.
Viví con el señor Covey un año. Durante los seis primeros meses
de ese año, casi no pasó una semana sin que me azotara. Era raro
que no tuviese la espada llagada. Su excusa para azotarme era casi
siempre mi torpeza. Trabajamos hasta el borde la extenuación. Mucho
antes de que se hiciera de día estábamos ya en pie, habíamos dado
de comer a los caballos y en cuanto empezaba a clarear salíamos
hacia los campos de cultivo con los azadones y las yuntas. El señor
Covey nos daba comida suficiente, pero poco tiempo para comerla. A
veces teníamos que comer en menos de cinco minutos. Solíamos estar
en los campos desde las primeras luces del día hasta que nos habían
dejado ya los últimos rayos del sol; y en la época en que había
de economizar el forraje, nos daba la medianoche en el campo
recogiendo hierba.
Covey estaba allí con nosotros. Lo que solía hacer para
aguantarlo, era esto: se pasaba la mayor parte de la tarde en la
cama. Luego salía repuesto al atardecer, listo para instalarnos con
sus palabras, su ejemplo y frecuentemente con el látigo. El señor
Covey era uno de los pocos propietarios de esclavos que era capaz de
trabajar con las manos, y lo hacía. Era muy trabajador. Sabía por
experiencia propia qué era lo que podía hacer exactamente un
hombre o un muchacho. A él no había modo de engañarle. El trabajo
continuaba en ausencia suya casi tan bien como cuando estaba
presente; y tenía la facultad de hacernos sentir que estaba siempre
presente entre nosotros. Esto lo lograba sorprendiéndonos. Raras
veces se acercaba al lugar donde estábamos trabajando abiertamente,
si podía hacerlo en secreto. Siempre procuraba cogernos por
sorpresa. Era tan astuto, que solíamos llamarle, entre nosotros,
"la serpiente". Cuando estábamos trabajando en el maizal,
se acercaba a veces arrastrándose, apoyado en las manos y las
rodillas para que no lo viéramos llegar, y de pronto se ponía de
pie en medio de nosotros y gritaba "¡Va, va! ¡Vamos, venga! ¡De
prisa, rápido!". Como seguía esa táctica, nunca era seguro
que pudiese parar un solo minuto. Llegaba como un ladrón en la
noche. Nos parecía siempre que estaba allí al lado. Estaba debajo
de cada árbol, detrás de cada tocón, en cada matorral y en cada
ventana, en la plantación. A veces montaba a caballo, como si fuese
a St. Michel, que quedaba a unos doce kilómetros de distancias, y
media hora después le veías acurrucado en el rincón de la valla
de madera, vigilando todos los movimientos de los esclavos. Dejaba
en esos casos el caballo atado en el bosque. También venía a veces
andando hasta donde estábamos y nos daba órdenes como si estuviese
y hacía como si se dirigiese a la casa para disponerlo todo; y
antes de que hubiese recorrido la mitad del camino, se desviaba y se
escondía en un rincón de la valla, o detrás de un árbol, y nos
vigilaba desde allí hasta que se ponía el sol.
El punto
fuerte del señor Covey era su capacidad para engañar. Su vida
estaba consagrada a planificar y perpetrar los engaños más groseros. Todo lo que él poseía en forma de conocimientos o de
religión, lo adaptaba a su disposición para engañar. Parecía
considerarse capaz de engañar al Todopoderoso. Rezaba una breve
oración por la mañana y una oración larga por la noche; y, por
extraño que pueda resultar, pocos hombres parecían más devotos de
lo que lo parecía él a veces. Sus ejercicios devotos familiares
siempre empezaban con cantos; y, como él cantaba muy mal, solía
corresponderme a mí el honor de iniciar el himno. Él lo leía y me
hacía una señal para que empezara. Yo a veces lo hacía; otros, no
lo hacía. Mi desobediencia producía casi siempre mucha confusión.
Para demostrar que no dependía de mí, empezaba y avanzaba
vacilante con su himno, desentonando horriblemente. En ese estado de
ánimo, rezaba con más brío del ordinario. ¡Pobre hombre! Tal era
su disposición para el engaño y tanto éxito tenía engañando,
que yo en verdad creo que a veces se engañaba a sí mismo y llegaba
a creer en serio que era un adorador sincero del Dios altísimo; y
esto, además, en una época en que se puede decir que era culpable
de obligar a su esclava a cometer pecado de adulterio. Los hechos de
este caso son los siguientes: el señor Covey era un hombre pobre;
estaba empezando en la vida; sólo podía comprar un esclavo; y,
sorprendentemente, la compró a ella, para criar, como él decía.
Esa mujer se llamaba Caroline. El señor Covey se la compró al señor
Thomas Lowe, a unos diez kilómetros de St. Michael. Era una mujer
grande y corpulenta, de unos veinte años de edad. Ya había dado a
luz un niño, lo que demostraba que servía para lo que el quería.
Después de comprarla, tomó en arriendo a un hombre casado del señor
Samuel Garrison, para que viviera con él un año, ¡y lo encerraba
con ella todas las noches! El resultado fue que, al final del año,
aquella desdichada dio a luz gemelos. El señor Covey pareció
sumamente complacido con este resultado, tanto con el hombre como
con la desventurada mujer. Tanta era su alegría, y la de su esposa,
que nada de lo que pudiesen hacer por Caroline después del parto
les parecía demasiado bueno o demasiado duro. Los niños los
consideraron un magnífico aumento de su riqueza.
Si hubo algún periodo de mi vida en el que me hicieran beber más
que en ningún otro las heces más amargas de la esclavitud, ese
periodo fue el de los seis primeros meses de mi estancia con el señor
Covey. Nos obligaba a trabajar hiciera el tiempo que hiciera. Nunca
hacía demasiado calor ni demasiado frío; por mucho que lloviera,
soplara el viento, granizara o nevara, teníamos que trabajar en los
campos. Trabajo, trabajo, era casi tanto el orden del día como el
de la noche. Los días más largos eran demasiado cortos para él, y
las noches, más cortas, demasiado largas. Yo era bastante ingobernable
cuando llegué allí, pero unos cuantos meses de aquella disciplina
me domaron. El señor Covey consiguió quebrantarme. Estaba
quebrantado de cuerpo, de alma y de espíritu. Mi flexibilidad
natural estaba aplastada, mi inteligencia languidecía, desapareció
la afición a leer, se apagó la chispa alegre que brillara en mis
ojos; la noche sombría de la esclavitud se cerró sobre mí, y lo
que era un hombre se convirtió en un bruto.
El domingo era mi único tiempo de ocio. Lo pasaba en una especie de
estupor animal, entre sueño y vigilia, bajo algún árbol grande. A
veces me sublevaba, atravesaba mi alma un fogonazo de libertad
estimulante, acompañado de un tenue rayo de esperanza, que
parpadeaba un instante y luego se esfumaba. Y volvía a hundirme,
lamentando mi desdichada condición. Me sentía impulsado a veces a
poner fin a mi vida, y a la de Covey, pero me lo impedía una mezcla
de esperanza y miedo. Mis sufrimientos en aquella plantación
parecen ahora un sueño más que una dura realidad.
Nuestra
casa estaba a unas cuantas varas de la bahía de Chesapeake, cuyo
amplio seno estaba siempre blanco por las velas procedente de todas
las partes del mundo habitable. Aquellas bellas embarcaciones,
vestidas del blanco más puro, tan deleitosas a los ojos de los
hombres libres, eran para mí como otros tantos espectros
ensabanados, que me aterraban y me atormentaban con pensamientos
sobre mi condición desventurada. Cuantas veces he seguido, en la
quietud profunda de uno de aquellos domingos de verano,
completamente solo allí las orillas grandiosas de esa noble
bahía, con el corazón afligido y los ojos cubiertos de lágrimas,
el número incontable de velas que avanzaban hacia el poderoso océano.
La visión de aquellas veles me afectaba siempre profundamente. Mis
pensamientos exigían una formulación; y allí, sin más público
que el Todopoderoso, vertía el lamento del alma, a mi manera tosca,
con un apostrofe a aquella multitud de navíos en movimiento:
¡Vosotros os habéis soltado de vuestras amarras y sois libres; yo
estoy atado a mis cadenas y soy un esclavo! ¡Vosotros avanzáis
alegres impulsados por un viento dulce, y a mi me impulsa triste un
látigo sangriento! ¡Vosotros sois ángeles de la libertad de raudas
alas que voláis alrededor del mundo; yo estoy encerrado tras rejas
de hierro! ¡Ojalá fuera libre! ¡Ojalá estuviese, ay, en una de
vuestras airosas cubiertas y bajo vuestra ala protectora! Ruedan,
ay, entre nosotros dos las aguas turbulentas. Ios, íos. ¡Ojalá
pudiese irme también! ¡Si supiese nadar! ¡Si supiese volar! ¡Oh,
por qué hube de nacer hombre para me convirtieran luego en animal!
El alegre navío ya se ha ido, se oculta en la brumosa lejanía. Y
aquí quedo yo en el infierno más ardiente de esclavitud
interminable. ¡Sálvame, oh, Dios! ¡Ampárame! ¡Déjame ser
libre! ¡Hay Dios? ¿Por qué soy entonces un esclavo? Me escaparé.
No lo soportaré. Que me capturen si no consigo huir, pero lo
intentaré. Que más da morir de fiebre que de calentura. Sólo
tengo una vida que perder. Prefiero que me maten corriendo a morir
aquí quieto. Piénsalo un momento; ¡ciento sesenta kilómetros al
norte en línea recta y eres libre! ¿Lo intentarás? ¡Sí! Y lo
conseguiré, con la ayuda de Dios. No es posible que viva y muera
esclavo. Me lanzaré al agua. Esta misma bahía me llevará a la
libertad. Los barcos de vapor seguían rumbo al nordeste desde Punta
Norte. Lo mismo haré yo; y cuando llegué al final de la bahía,
dejaré a la deriva mi canoa, atravesaré Delaware y entraré en
Pennsylvania. Y cuando llegué allí, ya no necesitaré llevar
salvoconducto; podré viajar sin que me molesten. En cuanto se me
presente la primera oportunidad, me voy, pase lo que pase. Mientras
tanto, procurare aguantar bajo el yugo. No soy el único esclavo de
este mundo. ¿Por qué he de torturarme? Puedo aguantar tanto como
el que más. Y soy solo un muchacho, y todos los muchachos han de
estar sometidos a alguien. Es posible que mi desgracia en la
esclavitud no haga sino aumentar mi felicidad cuando sea libre. Han
de venir mejores tiempos.
2.
La escuela dominical
(...)
Pero he
de volver al señor Freeland y a mi experiencia mientras estuve a su
servicio. Él, como el señor Covey, nos daba bastante de comer;
pero, a diferencia del señor Covey, también nos daba tiempo
bastante para comerlo. Nos hacía trabajar mucho, pero siempre desde
que salía el sol hasta que se ponía. Nos exigía mucho trabajo,
pero nos daba buenas herramientas para hacerlo. Tenía una finca grande,
pero empleaba a bastantes hombres para trabajarla, y con desahogo,
comparado con muchos de sus vecinos. El trato que me dio, mientras
estuve a su servicio fue celestial, comparado con el que padecí a
manos del señor Edward Covey.
El señor Freeland era propietario, por su parte, de solo dos
esclavos. Se llamaban Henry Harris y John Harris. El resto de sus
peones eran alquilados. Éramos, yo, Sandy Jenkins y Handy Caldwell.
Henry y John eran muy inteligentes, y conseguí en muy poco tiempo
despertar en ellos un fuerte deseo de aprender a leer. Y no tardó
en surgir este deseo también en los demás. Reunieron en seguida
unos cuantos silabarios viejos y se empeñaron en que yo tenía que
organizar una escuela dominical. Accedí a ello y pasé así a
dedicar los domingos a enseñar a leer a aquellos queridos compañeros
de esclavitud. Ninguno de ellos sabía las letras cuando yo llegué
allí. Algunos de los esclavos de las fincas vecinas descubrieron lo
que pasaba y también aprovecharon aquella pequeña oportunidad de
aprender. Era algo sobreentendido, entre todos los que venían, que
debía hacerse todo con el mayor secreto posible. Era necesario
mantener a nuestros religiosos amos de St. Michael ignorantes del
hecho de que, en vez de pasar la festividad luchando, boxeando y
bebiendo whisky, intentábamos aprender a leer la voluntad de Dios;
pues a ellos les gusta mucho más vernos dedicados a distracciones
degradantes que ver que nos comportábamos como seres intelectuales,
morales y responsables. Me hierve la sangre cuando pienso en la
forma sanguinaria con que los señores Wright Fairbanks y Garrison
West, junto con mucho más, cayeron sobre nosotros con piedras y
palos y destrozaron nuestra virtuosa escuelita dominical en St.
Michael...¡y se decían cristianos todos!, ¡humildes seguidores de
nuestro señor Jesucristo! Pero estoy desviándome de nuevo.
Mi escuelita dominical estaba en la casa de un hombre libre de color
cuyo nombre considero imprudente mencionar, ya que si se supiese
podría causarle grandes contratiempos, aunque el delito de acoger
la escuela fue hace diez años. Llegué a tener hasta cuarentas
alumnos, y de los buenos, ardientemente deseosos de aprender. Eran
de todas las edades, aunque principalmente hombres y adultos. Pienso
ahora en aquellos domingos con un placer inexpresable. Fueron
grandes días para mí alma. El trabajo de instruir a mis queridos
compañeros de esclavitud fue el compromiso más grato con que me he
visto bendecido. Nos queríamos, y separarme de ellos al final del
domingo era una cruz muy dolorosa. Cuando pienso que aquellas
valiosas almas están hoy encerradas en la prisión de la
esclavitud, los sentimientos me abruman y estoy a punto de decir:
"¿Rige el universo un Dios justo? ¿Y por qué sostiene los
rayos en su mano derecha, si no es para abatir al opresor y liberar
al expoliado de la mano del expoliador?". Aquellas almas
queridas no acudían a la escuela dominical porque fuese costumbre
hacerlo, ni yo les enseñaba porque diese prestigio dedicarse a
ello. Cada instante que pasaban en la escuela, corrían el peligro
de que los descubrieran y les administrasen treinta y nueve latigazos.
Venían porque querían aprender. Sus amos crueles habían estado
matando de hambre su inteligencia. Habían permanecido encerrados en
la oscuridad mental. Yo les enseñaba porque era el deleite de mi
alma estar haciendo algo que parecía mejorar la condición de mi
raza. Mantuve la escuela casi todo el año que viví con el señor
Freeland; y, además de mi escuela dominical, dediqué tres noches
por semana, durante el invierno, a enseñar a los esclavos en casa.
Y tengo la dicha de saber que varios de los que asistieron a la
escuela dominical aprendieron a leer.
3.
La fuga y el abismo
Al
acabar el año 1834 el señor Freeland me arrendó de nuevo a mi amo
por el año 1835. Pero por entonces yo empecé a querer vivir sobre tierra
libre tanto como con Freeland (Freeland, en
inglés tierra libre), y no estaba contento ya viviendo con él ni
con ningún otro propietario de esclavos. Empecé, con el comienzo
de año, a prepararme para un combate final que debía decidir mi
destino de una forma u otra. Mi tendencia se acentuaba. Me
aproximaba ya a la edad adulta y había pasado un año tras otros y
yo seguía siendo esclavo. Estos pensamientos me enardecían: tenía
que hacer algo. Así que decidí que no pasaría 1835 sin que
intentase conseguir la libertad. Pero no estaba dispuesto a
considerar la decisión yo solo. Quería a mis compañeros de
esclavitud. Estaba deseoso de que participasen conmigo en aquello,
mi decisión vitalizadora. Empecé por tanto muy pronto, aunque con
gran prudencia, a investigar sus ideas y sentimientos sobre su
condición y a imbuir en sus mentes ideas de libertad. Me dediqué a
estudiar vías y medios para nuestra fuga, esforzándome al mismo
tiempo por convencerles, en todas las ocasiones adecuadas, del
fraude grosero y de la inhumanidad de la esclavitud. Me dirigí
primero a Henry, luego a John, luego a los demás. Descubrí en
todos ellos corazones cálidos y espíritus nobles. Estaban
dispuestos a oír y dispuestos a actuar cuando se propusiese un plan
factible. Eso era lo que yo quería. Hablé con ellos de nuestra
falta de hombría si nos resignábamos a nuestra esclavitud sin al
menos un noble esfuerzo por ser libres. Nos reuníamos a menudos y
nos consultábamos con frecuencia y explicábamos nuestros miedos y
esperanzas, y repasábamos las dificultades, reales e imaginarias, a
las que tendríamos que enfrentarnos. Algunas veces estábamos casi
dispuestos a ceder, e intentar contentarnos con nuestra suerte
desdichada; otras veces nos mostrábamos firmes e inflexibles en
nuestra decisión de irnos. Siempre que proponíamos algún plan,
surgía el miedo...los inconvenientes eran temibles. Nuestra ruta
estaba plagada de los mayores obstáculos; y si conseguíamos llegar
al final de ella, aún era discutible nuestro derecho a ser libres,
aún corríamos peligro de que nos volviesen a la esclavitud. No podíamos
ver ningún lugar, de este lado del océano, donde pudiésemos ser
libres. No sabíamos nada del Canadá. Nuestro conocimiento de Norte
no se extendía más allá de Nueva York; e ir allí y estar siempre
agobiado por el peligro aterrador de que te devolvieran a la
esclavitud, con la certeza de que serías tratado diez veces peor
que antes, era una idea horrible, y a la que no era fácil
sobreponerse. El planteamiento era así a veces: en cada puerta por
la que teníamos que pasar veíamos un vigilante, en cada
trasbordador un guardia, en cada puente un centinela y en cada
bosque una patrulla. Estábamos rodeados por todas partes. Estos
eran nuestros problemas, reales o imaginarios; lo bueno que había
que buscar y lo malo que había que evitar. Por una parte, estaba la
esclavitud, una realidad dura, que relumbraba aterradora sobre
nosotros, con sus vestiduras enrojecidas ya con la sangre de
millones de hombres, y que entonces incluso estaba alimentándose
voraz con nuestra propia carne. Por otra parte, allá en la
imprecisa lejanía, bajo la luz parpadeante de la estrella del
norte, tras algún cerro escarpado o alguna montaña cubierta de
nieve, había una libertad dudosa (medio congelada) llamándonos a
compartir su hospitalidad. Esto por sí solo bastaba a veces para
hacer que nos tambaleásemos; pero cuando nos permitíamos examinar
el camino, solíamos quedarnos sobrecogidos. Veíamos a ambos lados
de él una muerte inexorable, que adoptaba las formas más
horribles. Unas veces era el hombre, que nos obligaba a devorar
nuestra propia carne; otras veces luchábamos con las olas y nos
ahogábamos; otras, nos alcanzaban y acabábamos despedazados por
los colmillos de los terribles sabuesos. Nos picaban escorpiones,
nos perseguían animales salvajes, nos mordían serpientes y, por último,
después de haber llegado casi al punto deseado, después de cruzar
a nado ríos, enfrentarse a las fieras, dormir en los bosques,
padecer hambre y desnudez, nuestros perseguidores nos daban caza y,
como nos resistamos, ¡nos mataban a tiros allí mismo! Como digo,
este cuadro nos sobrecogía a veces y nos hacía preferir los
males conocidos, que huir hacia otros, de los que no sabíamos nada.
Al tomar la decisión en firme de escapar, hicimos más que Patrick
Henry cuando decidió sobre libertad o muerte. En nuestro caso era
una libertad dudosa como mucho, y una muerte casi segura si fracasábamos.
Yo, por mi parte, prefería la muerte a la esclavitud sin esperanza.
4.
Hacia la libertad
Llego
ahora a esa parte de mi vida durante la cual planeé, y conseguí al
fin huir de la esclavitud. Pero antes de pasar
a explicar las circunstancias concretas, creo necesario dar a
conocer mi intención de no explicar todos los hechos relacionados
con el asunto. Las razones que tengo para seguir esa conducta se
pueden entender a partir de lo siguiente. Primero, si diese una
descripción detallada de todos los hechos, es no solo posible sino
muy probable que otras personas se viesen en muy graves
dificultades. Segundo, esa explicación daría lugar sin duda a una
mayor vigilancia por parte de los propietarios de esclavos que la
que ha habido hasta ahora entre ellos; lo que significaría, claro
está, que vigilarían una puerta por la que pudiera algún querido
hermano de esclavitud escaparse a sus fuertes cadenas. Lamento
profundamente que la necesidad me obligue a suprimir cosas
importantes relacionadas con mi experiencia de la esclavitud. Sería
sin duda un gran placer para mí, además de aumentar materialmente
el interés de mi relato, el tener libertad para satisfacer una
curiosidad que sé que existe en la mente de muchos con una narración
precisa de todos los hechos relacionados con mi afortunadísima
fuga. Pero he de privarme de ese placer, y del goce que le procurara
esa narración al curioso. Prefería soportar las mayores acusaciones
que pudiesen hacer los malintencionados, a correr peligro, por
justificarme, de cerrar la más pequeña vía que permitiese a un
esclavo hermano liberarse de las cadenas y grilletes de la
esclavitud.
Nunca he aprobado esa forma tan pública que tienen algunos de
nuestros hermanos occidentales de dirigir lo que llaman el ferrocarril
subterráneo, el cual yo creo que, debido a sus
explicaciones detalladas, se ha convertido sin lugar a dudas en un ferrocarril
de superficie. Respeto a esos hombres y mujeres por su noble
audacia y les aplaudo por exponerse de forma voluntaria a una
persecución sangrienta, al reconocer abiertamente su participación
en las fugas de esclavos. Pero creo que esa forma de actuar no
puede hacer mucho bien, ni a ellos ni a los esclavos que se fugan;
mientras que veo y creo firmemente, por otra parte, que esas
explicaciones detalladas son un mal indudable para los esclavos. No
dan al esclavo ninguna información y sí mucha al amo. Le mueve a
vigilar más, y a reforzar su capacidad de capturar al esclavo.
También les debemos algo a los esclavos que están al sur de la línea
divisoria y no sólo a los que están al norte de ellas; y al ayudar
a estos últimos en su camino hacia la libertad, deberíamos
procurar no hacer nada que pudiera impedir a los primeros huir de la
esclavitud. Yo mantendría al amo implacable en la profunda
ignorancia sobre los medios de fuga que utiliza el esclavo. Le dejaría
que se imaginara rodeado de miríadas de atormentadores invisibles,
siempre dispuestos a arrebatarle de las garras infernales a la trémula
víctima. Dejémosle que camine a tientas en la oscuridad, que sobre
él se cierna una oscuridad equiparable a su delito y que piense que
a cada paso que da, persiguiendo al esclavo fugitivo, está
corriendo el riesgo aterrador de que un agente invisible le salte la
tapa de los sesos. No prestemos ninguna ayuda al tirano; no sostengamos
la luz con la que pueda seguir las huellas de nuestro hermano
fugitivo. Pero basta de este asunto. Pasaré ahora a la exposición
de aquellos hechos relacionados con mi fuga de los que solo yo soy
responsable, y por lo que solo se me puede castigar a mí.
En la primera parte del año 1838, empecé a sentirme muy inquieto.
No podía ver ninguna razón por la que tuviese que verter el fruto
de mi trabajo en la bolsa de mi almo al final de cada semana. Cuando
le llevaba mis ganancias semanales, él, tras contar el dinero, me
mirada a la cara con la fiereza de un ladrón y preguntaba: "¿Esto
es todo?". Tenía que entregarle hasta el último centavo.
Aunque cuando le daba seis dólares, me daba a veces seis centavos,
para estimularme. Tenía el efecto contrario. Para mí era como si
reconociese con aquello mi derecho a todo. El que me diese la parte
que fuera de mi salario demostraba, a mi modo de ver, que me creía
con derecho a la totalidad. Siempre me sentía peor cuando me daba
algo, pues temía que el darme unos centavos tranquilizara su
conciencia y le hiciese sentirse un tipo muy honorable de ladrón.
Crecía el descontento en mi interior. Siempre estaba pendiente de
los medios de huida; y, al no encontrar ningún medio directo, decidí
intentar alquilar mi tiempo, y conseguir así dinero para poder
fugarme. En la primavera de 1838, cuando vino a Baltimore el amo
Thomas a comprar los artículos de primavera, aproveché la
oportunidad y le pedí que me permitiese alquilar mi tiempo. El
rechazó mi petición sin vacilar diciendo que no era más que otra
estratagema mía para escapar. Me contó que no podía ir a ningún
sitio en el que no pudiera darme alcance él y, en caso de que me
escapara, no ahorraría ningún esfuerzo para capturarme. Me exhortó
a contentarme con mi suerte y a ser obediente. Me explicó que si
fuese feliz renunciaría a hacer planes para el futuro. Dijo que, si
me portaba como era debido, él se cuidaría de mí. Me aconsejaba,
en realidad, que dejase de pensar del todo en el futuro, y me enseñaba
a basar sólo en él mi felicidad. Pareció darse cuenta plenamente
de la necesidad apremiante de anular mi capacidad intelectual, para
que pudiera sentirme contento en la esclavitud. Pero a pesar de él,
y hasta a pesar mío, seguí pensando, y pensando en la injusticia
de mi esclavización y en la forma de huir.
Unos dos meses después, solicité del amo Hugh el privilegio de
alquilar mi tiempo. Él no tenía noticia del hecho de que se lo había
pedido ya al amo Thomas y me lo había negado. También él pareció
inclinarse al rechazo en principio; pero, después de reflexionar un
poco, me otorgó el privilegio, proponiendo las condiciones
siguientes: se me concedía todo el tiempo, establecería yo todos
los acuerdos con las personas para las que trabajase y me buscaría
yo mismo trabajo; y a cambio de esta libertad, tenía que pagarle
tres dólares al final de cada semana, proveerme yo mismo de las
herramientas de calafatear y mantenerme y vestirme. La pensión eran
dos dólares y medio por semana. Con esto y el desgaste y las
roturas de la ropa y de las herramientas de calafatear, mis gastos
regulares ascendían a unos seis dólares por semana. Estaba
obligado a reunir esa cantidad porque si no perdía el privilegio de
alquilar mi tiempo. Lloviese o hiciese sol, hubiese trabajo o no lo
hubiese, al final de cada semana debía entregar el dinero o perdía
el privilegio. Este acuerdo era, como puede verse, claramente
favorable a mi amo. Le liberaba de toda obligación de cuidarse de mí.
Obtenía un dinero seguro. Recibía todos los beneficios de la
esclavitud sin sus males; yo en cambio soportaba todos los males del
esclavo y padecía todos los desvelos y angustias del hombre libre.
Me parecían condiciones duras. Pero, aunque fuesen duras, las
consideraba mejores que la forma anterior de relación. El que te
permitieran asumir las responsabilidades de un hombre libre era un
paso hacia la libertad, y yo estaba resuelto a no perder el
privilegio. Así que me consagré a la tarea de ganar dinero. Estaba
dispuesto a trabajar noche y día y, aplicándome a ello con
perseverancia y diligencia infatigables, fui ganando suficiente para
cubrir mis gastos y para ahorrar un poco de dinero a la semana. Así
me mantuve desde mayo a agosto. Entonces el amo Hugh se negó a
dejarme alquilar mi tiempo más. La base para su negativa fue que
una noche de sábado no le pagué por mi tiempo de la semana. Este
fallo se debió a que asistí a una acampada evangelista a unos
dieciséis kilómetros de Baltimore. Durante la semana yo había
quedado comprometido con unos jóvenes amigos para salir de
Baltimore hacia el lugar de acampada al atardecer del sábado; y
como mi patrono me entretuvo no pude bajar a casa del amo Hugh
porque si lo hacía llegaba tarde a la cita. Yo sabía que el amo
Hugh no tenía ninguna necesidad especial de dinero aquella noche.
Así que decidí ir a la acampada y pagarle los tres dólares a la
vuelta. Estuve en la acampada un día más de lo que tenía pensado
en un principio. Pero en cuanto regresé fui a verle para pagarle lo
que él consideraba que le debía. Estaba muy furioso; apenas podía
contener la cólera. Dijo que había estado pensando darme una buena
tanda de latigazos. Me dijo que cómo me atrevía a salir de la
ciudad sin pedirle permiso. Yo le dije que alquilaba mi tiempo y,
mientras le pagara el precio que pedía, no sabía que estuviese
obligado a preguntarle a él adónde debía ir y cuándo. Esa
respuesta le incomodó y, después de reflexionar unos instantes, se
volvió a mí y dijo que no me dejaría alquilar mi tiempo más; que
cuando quisiera darse cuenta me habría escapado. Y, con el mismo
pretexto, me mandó llevar a casa inmediatamente mis herramientas de
calafatear y mi ropa. Lo hice; pero en vez de buscar trabajo, como
había venido haciendo anteriormente para alquilar mi tiempo, me pasé
toda la semana sin hacer nada. Lo hice como represalia. El sábado
por la noche me pidió como siempre mi salario de la semana. Yo le
dije que no tenía nada; no había trabajado nada aquella semana.
Entonces estuvimos a punto de llegar a las manos. Él se puso
furioso y juró que estaba decidido a meterme en cintura. Yo no dije
ni una sola palabra; pero había decidido que, si me ponía la mano
encima, sería golpe por golpe. No me pegó, pero me dijo que se
encargaría él de que tuviese siempre trabajo en el futuro. Yo
medité sobre el asunto durante el día siguiente, domingo, y decidí
por último que el día 3 de septiembre sería el día en el que haría
mi segunda tentativa de asegurar mi libertad. Tenía dos semanas
durante las que podía prepararme para el viaje. El lunes por la mañana
temprano, antes de que el amo Hugh tuviera tiempo de conseguirme un
trabajo, salí y encontré empleo con el señor Cutler, en su
astillero, junto al puente levadizo, en lo que llaman el City Block,
haciendo así innecesario que me buscase trabajo él. Al final de la
semana le llevé entre ocho y nueve dólares. Pareció ponerse muy
contento y me preguntó por qué no había hecho lo mismo la semana
anterior. Poco sabía él cuáles eran mis planes. Mi objetivo al
trabajar de firme era disipar cualquier sospecha que él pudiese
tener de mi intención de huir; y tuve un éxito admirable en eso.
Supongo que pensó que no podía sentirme satisfecho de mi condición
precisamente cuando estaba planeando mi fuga. Pasó la segunda
semana y le di de nuevo mi salario completo; y tanto le complació
que me dio veinticinco centavos (una suma muy grande para un
esclavo) y me advirtió que hiciese buen uso de ellos. Le dije que
lo haría.
Todo siguió sin novedad en apariencia, pero por dentro no estaba
tranquilo. Me es imposible describir mis sentimientos a medida que
se acercaba el momento en que tenía prevista la partida. Contaba
con una serie de afectuosos amigos en Baltimore (amigos a los que
quería casi como a mi vida) y me resultaba indescriptiblemente
dolorosa la idea de estar separado de ellos para siempre. Soy de la
opinión de que escaparían de la esclavitud miles de hombres que
ahora no lo hacen si no fuese por los firmes lazos de afecto que les
ligan a sus amistades. La idea de dejar a mis amigos era claramente
la más dolorosa con la que tenía que lidiar. Su amor era mi punto
flaco y lo que más me hacía vacilar en mi decisión. Además de
los dolores de la separación, la angustia y el temor al fracaso
superaban lo que había experimentado en mi primera tentativa. Volvía
a atormentarme la derrota abrumadora que había sufrido entonces.
Estaba convencido de que si fallaba en aquel intento no podría
tener más esperanzas, sellaría mi destino como esclavo para
siempre. Sólo podía esperar que me aplicaran el castigo más
severo y que me privaran de cualquier medio de fuga. No hacía falta
una imaginación muy intensa para trazar las escenas más
aterradoras por las que tendría que pasar en caso de que fracasase.
Tenía perpetuamente ante mí el horror de la esclavitud y la
bendición de la libertad. Eran para mi vida y muerte. Pero me
mantuve firme y, de acuerdo con lo que había decidido, el día 3 de
septiembre de 1838 dejé mis cadenas y conseguí llegar a Nueva York
sin la más leve interrupción de ningún género. Cómo lo hice, de
qué medios me serví, en qué dirección viajé y por qué sistema
de transporte, no puedo explicarlo, por las razones antes
mencionadas. (*)
(*) Fuente: Frederick
Douglass, Vida de un esclavo americano escrita por él mismo,
Barcelona, Editorial Alba, 1995 (traducción J.M. Álvarez Flórez).