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LA
UTILIDAD DE LOS GENIOS
Por
Ralph Waldo Emerson
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Ralph Waldo Emerson (1803-1882)
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Emerson
nació en Boston, en 1803. En su obra descuella
el ensayo y la poesía. Emerson procedía de una
familia de pastores. Su padre, William Emerson, fue pastor
de la Iglesia unitaria de Boston. Completó sus estudios
en la Universidad de Harvard, a los 18 años. Estudió
teología en la Harvard Divinity School y siguiendo
las huellas familiares, fue ordenado pastor en 1829. En 1832,
renunció a su cargo pastoral tras manifestar que ya
no estimaba a la comunión como sacramento, por lo que
no podía impartirla. En Europa, conoció a grandes
creadores como Samuel Taylor Coleridge, Thomas Carlyle y William
Wordsworth. Con Carlyle sostuvo una entrañable amistad.
De regreso a su país, en 1833, se radicó en
Concord (Massachusetts). Se convirtió en profesor de
la Universidad de Boston. En Concord, vivía otro personaje
muy afín a Emerson: Henry David Thoreau, del que varios
textos hemos editado en Temakel. Emerson y Thoreau cultivaron
una sólida amistad nutrida por su compartido fervor,
rayano en lo místico, por las potencias de la naturaleza.
Emerson se declaraba creyente en una inteligencia superior,
divina. Así lo manifestó en su primera gran
obra editada, Naturaleza (1836) que, inicialmente,
no tuvo mayor repercusión, pero hoy es estimada como
la esencial expresión poética del transcendentalismo,
movimiento filosófico-poético que funde la religiosidad
puritana con el idealismo romántico. En su 'Discurso
al College de Divinity', de 1838, en el Divinity College de
la Universidad de Cambridge, Emerson provocó una resonante
controversia al defender una experiencia religiosa libre,
independiente, frente a las coerciones de la religión
oficial. En su obra Ensayos (1841) agrupó sus
conferencias más destacadas. Allí, sobresale
Autoconfianza que devendría el sustento teórico
del individualismo democrático. En 1847, en Inglaterra,
invitado por Carlyle, dictó una serie de conferencias
sobre grandes personajes como Platón, Goethe, Napoleón,
que responden al modelo de Héroes (1840), de
Carlyle, y que fueron editadas bajo el título de Hombres
representativos. Parte de la introducción de esta
obra es la que ahora presentamos en este nuevo momento de
Textos olvidados de Temakel. Aquí, Emerson medita
en los atributos esenciales de las llamadas personalidades
geniales.
Así, el pensador trascendentalista norteamericano piensa
que hombre o mujer genial es quien "vive en una esfera
más alta del pensamiento, a la cual los otros hombres se elevan
con trabajo y dificultad; no tiene más que abrir sus ojos
para ver las cosas a la luz verdadera y en amplias relaciones,
mientras que los demás hombres deben hacer penosas correcciones
y mantener un ojo vigilante sobre las numerosas fuentes de
error".
Las
olvidadas meditaciones de Emerson sobre la singularidad del
carácter genial quizás nutra el impulso que
rompe lo pequeño y descubre nuevas y más amplias
dimensiones para la creación y la existencia.
Esteban
Ierardo
LA
UTILIDAD DE LOS GENIOS
Por
Ralph Waldo Emerson
Es
natural creer
en los grandes hombres. No nos sorprendería que los compañeros
de nuestra infancia se convirtiesen en héroes o fueses como
reyes. Toda mitología se inicia con semidioses, y el ambiente
es sublime y poético; es decir, que su genio es lo principal.
En las leyendas de Gautama los hombres primitivos comen tierra
y la encuentran deliciosamente sabrosa.
La naturaleza parece existir para los excelentes. El mundo
se sostiene por la veracidad de los hombres buenos: ellos
hacen saludable la tierra. Quienes viven con ellos encuentran
la vida alegre y sustanciosa. La vida resulta grata y tolerable
únicamente si creemos en esa sociedad y en realidad o idealmente
procuramos vivir con los superiores. Damos sus nombres a nuestros
hijos y nuestras tierras. Esos nombres están grabados en las
palabras del idioma; sus obras y efigies se hallan en nuestras
casas y cada acontecimiento del día nos recuerda una de sus
anécdotas.
La investigación de todo lo que se refiere al gran hombre
constituyen el sueño de la juventud y la ocupación más sería
del adulto. Viajamos por países extraños para encontrar sus
obras y, si es posible, para echar una mirada a sus personas,
pero a veces desaprovechamos esa suerte. Se dice que los ingleses
son prácticos, que los alemanes son hospitalarios, que el
clima de Valencia es delicioso y que en las colinas del Sacramento
se puede recoger oro. Sí, pero yo no viajo para encontrar
gente cómoda, rica y hospitalaria, o un cielo claro,
o lingotes que cuestan demasiado. Mas si existiese alguna
aguja magnética que señalase los países y las viviendas en
que residen las personas que son intrínsecamente ricas y poderosas,
lo vendería todo y compraría esa aguja magnética y hoy mismo
me pondría en camino.
La raza se beneficia con su fama. El conocimiento de que en
la ciudad vive un hombre que inventó el ferrocarril eleva
la reputación de todos los ciudadanos. Pero las poblaciones
enormes, si están compuestas de mendigos, son repugnantes,
como el queso lleno de gusanos, como un hormiguero, como un
montón de pulgas.
Nuestra religión consiste en amar y apreciar a esos patronos.
Los dioses de la fábula son los momentos brillantes de los
grandes hombres. Fundimos todos nuestros vasos en un solo
molde. Nuestras teologías colosales del Judaísmo, el Cristianismo,
el Budismo, el Mahometanismo son la acción necesaria y estructural
de la mente humana. El estudiante de historia es como un hombre
que entra en un almacén para comprar paños o tapices. Se imagina
que ha conseguido un nuevo artículo. Si va a la factoría descubrirá
que su nueva mercadería reproduce las cintas y las rosetas
que se han encontrado dentro de los muros de las pirámides
de Tebas. Nuestro teísmo es la purificación de la meta humana.
El hombre no puede pintar, no hacer, ni pensar más que al
hombre. Cree que los grandes elementos materiales se originan
en su pensamiento.
Si ahora procedemos a investigar los servicios de las diversas
clases que debemos a otros, tengamos en cuenta el peligro
de los estudios modernos y comencemos con la debida humildad.
No debemos contender contra el amor ni negar la existencia
sustancial de otras personas. No sabemos lo que nos podría
suceder. Tenemos fuerzas sociales. Nuestro afecto a los demás
crea una especie de ventaja o de adquisición que nada puede
suplir. Puedo hacer por medio de otro lo que no puedo hacer
solo. Puede deciros lo que no puedo decirme primero a mí mismo.
Lo demás hombres son lentes a través de las cuales leemos
en nuestra propia mente. Todo hombre busca aquellos que poseen
cualidades distintas de las suyas y nuevas en su clase: es
decir, que busca a otros hombres y lo más diferentes que sea
posible.
...El hombre es esa noble planta endógena que crece, como
la palmera, de dentro afuera. Puede desarrollar con celeridad
y sin esfuerzo su propio espíritu, aunque sea imposible para
otros. Le es fácil al azúcar ser dulce y al salitre ser salado.
Nos tomamos un gran trabajo en acechar y atrapar aquello que
debe caer por sí mismo en nuestra manos. Considero como un
gran hombre al que vive en una esfera más alta del pensamiento,
a la cual los otros hombres se elevan con trabajo y dificultad;
no tiene más que abrir sus ojos para ver las cosas a la luz
verdadera y en amplias relaciones, mientras que los demás
hombres deben hacer penosas correcciones y mantener un ojo
vigilante sobre las numerosas fuentes de error. El servicio
que nos presta es de esa clase. A una persona hermosa no le
cuesta esfuerzo alguno grabar su imagen en nuestros ojos,
y, no obstante, ¡cuan espléndido es el beneficio que nos produce!
A un espíritu prudente no le cuesta más transmitir esa cualidad
a los demás hombres. Y todos pueden hacer con más facilidad
aquello para lo que están mejor dotados. Peu
de moyens, beaucouo d'effet. Es grande aquel que es lo que
es por naturaleza y que nunca nos recuerda a otros.
Pero debe estar relacionado con nosotros y nuestra vida debe
recibir de él cierta promesa de explicación. No puedo decir
lo que quisiera saber, pero he observado que existen personas
que con su carácter y sus acciones resuelven problemas que
yo no he tenido habilitad para platear.
Un
hombre responde a alguna pregunta que no ha hecho ninguno
de sus contemporáneos, y queda aislado. Las religiones y filosofía
presentes y pasadas responden a preguntas muy distintas. Ciertos
hombres nos impresionan como ricas posibilidades, pero son
inútiles para sí mismas y para su época, fruto quizá de algún
instinto que prevalece en el ambiente; no responden a nuestra
necesidad. Pero los grandes están más cerca de nosotros; los
conocemos a simple vista. Satisfacen la expectación y aparecen
a su debido tiempo. Lo bueno es eficaz, fecundo: se abre
por sí mismo su lugar y encuentra alimento y aliados. Una
manzana sana produce semilla, pero una híbrida no la produce.
Cuando un hombre ocupa su lugar es constructivo, fértil, magnético,
inunda a las muchedumbres con su voluntad, que de este modo
se cumple. Así como el río forma sus propias orillas, así
también cada idea legítima forma sus propias canales y encuentra
cosechas para alimentarse, instituciones para expresarse,
armas para luchar con ellas y discípulos que la siguen. El
artista verdadero tiene como pedestal al planeta; el aventurero,
tras años de lucha, no tiene más que la tierra que pisa con
sus zapatos.
En nuestra conversación común nos referimos a dos clases de
utilidad o de servicio que nos prestan los hombres superiores.
La donación directa está de acuerdo con la creencia primitiva
de los hombres; nos referimos a la donación directa de ayuda
material o metafísica, como de salud, de juventud eterna,
de sentidos refinados, de artes medicinales, de poder mágico
y de profecía. El niño cree que el maestro le puede vender
sabiduría. Las iglesias creen en ese poder supuesto. Pero,
hablando estrictamente, no encontramos ese servicio directo.
El hombre es endógeno y se desarrolla por medio de la educación.
La ayuda que obtenemos de los demás es mecánica si se compara
con lo que la naturaleza descubre en nosotros mismos. Lo que
aprendemos de este modo es estimular al placer de la acción
y su efecto es permanente. La verdadera ética es central y
va del alma al exterior. La dádiva es contraria a la ley del
universo. Servir a los demás es servirnos a nosotros mismos.
Debo justificarme a mí mismo. "Acuérdate de ti mismo
-dice el espíritu-. Fatuo: ¿por qué te preocupas de los cielos
o de los demás hombres?" Queda por explicar la audaz
indirecta. Los hombres poseen una cualidad pictórica y representativa
y nos ayudan con el intelecto. Behmen y Swendeborg observaron
que las cosas son representativas. También los hombres son
representativos: primero de cosas y después de ideas.
Así como las plantas convierten a los minerales en alimento
de los animales, así también los hombres convierten alguna
materia prima en naturaleza útil para la humanidad. Los descubridores
del fuego, de la electricidad, del magnetismo, del hierro,
del plomo, del vidrio, del lienzo, de la seda, del algodón;
los fabricantes de herramientas, el inventor del sistema decimal,
el geómetra, el ingeniero, el músico, no han hecho más que
hallar un camino fácil para todos donde no había más que una
confusión inextricable e imposible. Todo hombre está secretamente
relacionado con algún sector de la naturaleza, del que es
el agente intérprete, como Linneo de las plantas, Huber de
las abejas, Fries de los líquenes, van Mons de las peras,
Dalton de las formas atómicas, Euclídes de las líneas y Newton
de las derivadas y diferenciales.
Un hombre es un centro para la naturaleza, que sirve para
relacionar todo lo existente, fluido y sólido, material y
elemental. La Tierra gira y llega un momento en que todas
las nubes y todas las piedras coinciden con el meridiano;
del mismo modo, todo órgano, toda función, todo ácido, todo
cristal, todo grano de polvo se relaciona con el cerebro.
Tiene que esperar mucho tiempo, pero le llega su turno. Cada
planta tiene su parásito y cada criatura su amante y su poeta.
Ya se ha hecho justicia al vapor, al hierro y a la madera,
al carbón, a la piedra imantada, al yodo, al trigo y al algodón;
¡ pero cuán pocos materiales utilizan todavía nuestras artes!
La inmensa mayoría de las criaturas y sus cualidades están
aún ocultas y expectantes. Se diría que como las princesas
encantadas de los cuentos hadas esperan al hombre predestinado
para liberarlas. Todas ellas deben ser desencantadas y aparecer
a la luz del día en forma humana. En la historia de los descubrimientos,
la verdad madura y latente parece haber ideado un cerebro
para sí misma. El imán tuvo que hacerse hombre en un Gilert,
un Swedenborg o un Oersted antes de que las inteligencias
comunes tomasen en consideración sus virtudes.
Si nos limitamos a las primeras ventajas hallaremos que en
los reinos mineral y botánico existe la misma gracia serena
que en manifestaciones más altas constituyen el encanto de
la naturaleza, como el brillo del espanto, la certeza de la
afinidad, la realidad de los ángulos. La luz y las tinieblas,
el calor y el frío, el hambre y el alimento, lo dulce y lo
agrio, lo sólido, lo líquido y lo gaseoso nos cercan
con una guirnalda de placeres y con su agradable discordia
alegran nuestras vida. Los ojos se repiten cada día lo primitivo
panegírico de las cosas: "Vio que eran buenas".
Sabemos dónde encontrarlas y podrán ser saboreadas tanto mejor
después de una pequeña experiencia de sus supuestas cualidades.
Tenemos también derecho a mayores ventajas. A la ciencia le
falta algo hasta que se humaniza. Una cosa es la tabla de
logaritmo y otra su importancia vital en la botánica, en la
música y en la óptica y en la arquitectura. Hay progresos
relativos a los números, la anatomía, la arquitectura, la
astronomía, apenas sospechados en un principio, pero que luego,
mediante su unión con el intelecto y la voluntad, aparecen
en la vida y reaparecen en la conversación, en el carácter
y en la política.
Pero de eso hablaremos más tarde. Ahora hablamos únicamente
de nuestra relación con ellos en su propia esfera y de la
manera como parecen fascinar y arrastrar consigo al genio
que ocupa su vida en alguna de esas cosas. La posibilidad
de interpretación reside en la identidad del observador con
lo observado. Cada cosa material tiene su lado celestial:
se traslada, a través de la humanidad, a la esfera espiritual
y necesaria donde desempeña un papel tan indestructible como
cualquier otro. Y todas las cosas ascienden continuamente
a esos sus fines propios. Los gases se concentran en el firmamento
sólido; las reacciones químicas hacen crecer a la planta,
hacen caminar al cuadrúpedo, hacen pensar al hombre. Pero
también el distrito electoral determina el voto de su representante,
sino que participa del mismo distrito. Sólo el semejante conoce
al semejante. El hombre conoce las cosas porque forma parte
de ellas; acaba de salir de la naturaleza o de ser una parte
de esta o aquella cosa. El cloro animado conocer al cloro
y el cinc encarnado conoce al cinc. Las cualidades del hombre
determinan el curso de su vida y él puede hacer públicas de
diversos modos sus virtudes, porque está distinguido por ellas.
El hombre, hecho de polvo del mundo, no olvida su origen,
y todo lo que es todavía inanimado hablará y razonará algún
día. La naturaleza inédita publicará todo su secreto.
...Así
que nos sentamos junto al fuego y nos apoderamos de los polos
de la Tierra. Esta cuasi omnipresencia suple lo miserable
de nuestra condición. En uno de esos días celestiales en que
el cielo se encuentran y se hermosean mutuamente, parece una
gran pobreza que no podemos disfrutar más que una vez de ese
espectáculo; quisiéramos tener mil cabezas, un millar de cuerpos
para poder celebrar su inmensa belleza de muchas maneras y
en muchos lugares. ¿Es esto una fantasía? Pues bien, si hablamos
de buena fe diremos que en realidad nos hallamos multiplicados
por nuestros semejantes. ¡Con qué facilidad adoptamos sus
actividades! Todo navío que llega a América sigue la ruta
abierta por Colón. Toda novela es deudora de Homero. Todo
carpintero que cepilla con su garlopa lo debe al genio de
su inventor olvidado. La vida está coronada por un zodiaco
de ciencias, tributos de los hombres que se sacrificaron
por añadir sus rayos de luz a nuestro cielo. El ingeniero,
el comerciante, el jurista, el médico, el moralista, el teólogo,
todo hombre de ciencia es un defensor y un cartógrafo de las
latitudes y longitudes de nuestro mundo. Esos constructores
de comunicaciones nos enriquecen. Gracias a ellos podemos
extender el aérea de nuestra vida y multiplicar nuestra relaciones.
Ganamos tanto al adquirir una nueva propiedad en la tierra
vieja como al adquirir un nuevo planeta.
Somos demasiado pasivos en la recepción de esas ayudas materiales
o semimateriales. No debemos ser sacos y estómagos. Para ascender
un peldaño nos será más útil servirnos de quienes simpatizan
con nosotros. La actividad es contagiosa. Mirando a lo que
otros miran y conversando con ellos de las mismas cosas sentimos
el mismo encanto que a ellos les atraía. Napoleón dijo: "No
debéis pelear con demasiada frecuencia con el mismo enemigo
porque le enseñarías nuestro arte de la guerra". Si hablamos
con frecuencia un hombre de inteligencia vigorosa adquirimos
muy pronto el hábito de mirar las cosas a la misma luz que
él y en todas las ocasiones adivinamos su pensamiento.
Los hombres son útiles gracias a su inteligencia y a sus afectos.
Considero que toda otra ayuda dan es más que una falsa apariencia.
Si aparentáis darme pan y fuego me doy cuenta de que pago
por ello el precio justo y al final de cuentas ello me deja
como antes, ni mejor ni pero; pero toda fuerza mental y moral
es un bien positivo. Esa fuerza brota de vosotros, lo que
queráis o no, y me aprovecha sin que siquiera los sospechéis.
No puedo ni siquiera oír hablar de ninguna clase de vigor
personal, de ningún gran poder de acción sin tomar una decisión.
Emulamos todo lo que puede hacer el hombre. La frase de Cecil
acerca de Sir Walter Raleigh: "Sé que puede trabajar
terriblemente", es como una descarga eléctrica. Así sucede
con los retratos de Clarendon, como por ejemplo el de Hampden:
"que era tan trabajador y vigilante que no le podía cansar
ni fatigar el más laborioso, y de tal ingenio que no le podía
engañar el más sutil y astuto, y de un valor personal equivalente
a sus mejores cualidades"; y el de Falkland: "que
eras un adorador de la verdad tan severo que antes se dejaría
poner en un potro que disminuirla". No podemos leer a
Plutarco sin que nos hormiguee la sangre, y hago mía la máxima
del chino Mencio: "Un sabio es el maestro de cien edades.
Cuando se llega a conocer las costumbres de Loo, el estúpido
se hace inteligente, y el indeciso, decidido".
Esta es la moral de la biografía; sin embargo, es difícil
que los hombres ya desaparecidos nos toquen tan en lo vivo
como nuestros contemporáneos, cuyos nombres quizá no duren
tanto en el recuerdo. Porque ¿qué significa para mí aquel
en quien nunca pienso? ¿qué significa para mí aquel en que
quien nunca pienso? En cambio, en toda soledad hay quienes
ayudan a nuestro genio y nos estimulan de mil maneras maravillosas.
El amante tiene el poder de adivinar mejor que nadie el destino
del amado y de alentarle en su tarea con heroicos incentivos.
¿Qué tiene la amistad de más notable que la sublime atracción
que ejerce sobre todas nuestras virtudes? Gracias a ella ya
no nos menospreciamos a nosotros mismos ni a la vida. Nos
sentimos impulsados a algún fin y ya no nos volverá a avergonzar
el trabajo de los cavadores.
...Senados y soberanos, a pesar de todas sus medallas, espadas
y uniformes, no otorgan más honor que quien comunica a un
ser humano un pensamiento de cierta altura que revela su inteligencia.
Este honor, que es posible en el intercambio personal apenas
dos veces durante toda una vida, es el tributo perpetuo
del genio, pero podemos darnos por satisfechos si la oferta
es aceptada de cuando en cuando a lo largo de un siglo. Los
índices de los valores de la materia se degradan hasta convertirse
en una especie de catálogo con la apariencia de índices de
ideas. El genio es el naturalista o geógrafo de las regiones
suprasensibles, cuyo mapa dibuja, y al familiarizarnos con
nuevos campos de actividad enfría nuestro entusiasmo por los
viejos. Aquellos quedan aceptados inmediatamente como la realidad
de la cual el mundo que hemos conocido no es más que la apariencia.
Vamos al gimnasio y a la escuela de natación para contemplar
la fuerza y la belleza del cuerpo; no es menor el placer,
pero si mato el beneficio, cuando contemplamos las hazañas
intelectuales de todas clases, como las de la memoria, de
las combinaciones matemáticas, del gran poder de abstracción,
las transmutaciones de la imaginación, aun la variedad de
aptitudes y la concentración, en cuanto esos actos revelan
los órganos y miembros invisibles de la mente, que responden
miembro por miembro a las diversas partes del cuerpo. De este
modo entramos en un nuevo gimnasio y aprendemos a elegir a
los hombres por sus características más verdaderas; aprendemos,
como decía Platón, "a escoger a aquellos que pueden,
sin ayuda de los ojos ni de ningún otro sentido, avanzar hacia
la verdad y el ser". En primera línea entre esas actividades
se hallan los asaltos mortales, los hechizos y las resurrecciones
forjados por la imaginación. Cuando ésta se despierta se diría
que el hombre multiplica su fuerza. Nos ofrece la sensación
deliciosa de las magnitudes indeterminadas y nos inspira el
hábito de pensar con audacia. Somos tan elásticos como el
gas de la pólvora, y una frase de un libro o una palabra deslizada
en la conversación dejan en libertad a nuestra fantasía y
al instante nuestras cabezas se bañan en vías lácteas y nuestros
pies se hunden en el abismo. Y este beneficio es real, porque
tenemos derecho a esas liberaciones y una vez que hayamos
cruzado los límites nunca volveremos a ser los miserables
pedantes que éramos.
Las altas funciones de la inteligencia están tan ligadas entre
sí que suele aparecer cierto poder imaginativo en todas las
inteligencias eminentes, aun en los aritméticos de primera
clase, pero especialmente en los hombres meditativos que poseen
un hábito de pensamiento intuitivo. Esta clase de hombre no
es útil, puesto que poseen la percepción de la identidad y
la percepción de la reacción. Los ojos de Platón, de Shakespeare,
de Goethe, nunca se cerraron a esas leyes, la percepción de
ellas es una especie de medida de la mente. Las mentes pequeñas
son pequeñas porque no pueden verlas.
Aun estos festines tienen sus empachos. Nuestra complacencia
en la razón degenera en idolatría de su heraldo. Especialmente
cuando una inteligencia de método poderoso instruye a los
hombres encontramos ejemplo de tiranía. Tales son las influencias
de Aristóteles, la astronomía de Ptolomeo, el crédito de Lutero,
de Bacon y de Locke; y en la religión la historia de la jerarquías,
de los santos y de las sectas que han tomado el nombre de
sus fundadores. ¡Oh dolor, todo hombre es víctima de
esos genios! La imbecilidad de los hombres invita constantemente
a los abusos del poder. El talento vulgar se complace en deslumbrar
y cegar al espectador. Pero el verdadero genio trata de defendernos
de sí mismo. El verdadero genio no nos empobrece, sino que
nos libera y nos proporciona nuevos sentidos. Si nuestra ciudad
apareciera un hombre sabio crearía en aquellos que conversan
con él una nueva conciencia de la riqueza, abriendo sus ojos
a ventajas no percibidas; establecería un sentido de igualdad
inmutable, tranquilizándonos con la seguridad de que no podemos
ser engañados, y cada uno podría discernir los límites y las
garantías de su condición. El rico se daría cuenta de sus
errores y de su pobreza y el pobre de sus remedios y de sus
recursos.
Pero la naturaleza produce todo eso a su debido tiempo. Su
remedio es la rotación. El alma humana no sufre con paciencia
a los amos y está ansiosa de cambios. Las dueñas de casa dicen
de un sirviente que les ha sido útil: "Ha vivido conmigo
mucho tiempo". Somos tendencias o más bien síntomas y
ninguno de nosotros es completo. Tocamos la superficie y pasamos
de largo y sorbemos la espuma de muchas vidas. La rotación
es la ley de la naturaleza. Cuando la naturaleza suprime a
un gran hombre, la gente explora el horizonte en busca de
un sucesor. Pero este no viene ni vendrá. Su clase se ha extinguido
con él. El hombre esperado aparecerá en algún otro campo completamente
distinto. Ya no será un Jefferson o un Franklin, sino un gran
comerciante; luego un gran constructor de carreteras; después
un especialista en peces; más tarde un explorador y cazador
de búfalos o un general semisalvaje del Oeste. Casi nos defendemos
contra los amos más duros; pero contra los mejores hay un
remedio más excelente. El poder que comunica no les pertenece.
Cuando nos sentimos exaltados por las ideas no se lo debemos
a Platón, sino a las misma ideas, de las cuales también Platón
era deudor.
No debo olvidar que tenemos una deuda especial con una clase
única. La vida es una escala de grados. Entre fila y fila
de nuestros grandes hombres hay amplios intervalos. En todas
las épocas los hombres se han sometido a unas pocas personas
que, ya sea por la calidad de la idea que encarnaban, ya por
la amplitud de su receptividad, tenían un derecho a su puesto
de guías y de legisladores. Ellos nos enseña las cualidades
de la naturaleza primaria, nos dan a conocer la constitución
de las cosas. Nadamos diariamente en un río de ilusiones y
nos divierten realmente los castillos en el aire que embaucan
a los hombres que nos rodean, pero la vida es sinceridad.
En los intervalos lúcidos decimos: "Déjame entrar en
el mundo de las realidades; ya he hecho el tonto durante demasiado
tiempo". Queremos conocer el significado de nuestra economía
y de nuestra política. Désenos la clave, y si las personas
y las cosas son las partituras de una música celestial, déjesenos
leer la melodía. Hemos sido engañados por nuestra razón; no
obstante, ha habido hombres sanos que han gozado de una existencia
rica y bien coordinada. Lo que saben, lo saben para nosotros.
Cada nueva inteligencia recela un nuevo secreto de la naturaleza;
esta Biblia no puede cerrarse hasta que nazca el último gran
hombre. Estos hombres corrigen el delirio de los espíritus
violentos, nos hacen considerados y nos inducen a nuevos ideales
y a la conquista de nuevos poderes. (*)

Tumba de Ralph Waldo Emerson.
Una plateada roca indica el fulgurante paso del escritor por
la tierra.
(*)
Fuente: Versión parcial de
Ralph
Waldo Emerson, "Utilidad de los grandes hombres", en Hombres
representativos, Buenos Aires, Losada, 1991, pp.11-31.
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