EL
SENDERO
*
Había
llegado, no sé hace cuanto años, pero seguramente arriba de diez,
al sentimiento de la incapacidad humana para realizarse en el
campo emocional.
La guerra fue una tortura moral grande y el derrumbe de muchas
ilusiones.
Resumen: el hombre ante sí y ante los demás es impotente.
Concluida la paz, que nada aportaba como resultado benéfico, miré
hacia el Oriente.
Un pequeño manual de vulgarización de las teorías Yogis cayó en
mis manos: el Raja Yoga de Yogi Ramacharaka.
Siguieron otras lecturas.
Descubrí
cosas en mí.
Resolví ensartar en un hilo que intitularía El Sendero las cuentas
desparramadas de un rosario que había rezado en mis poemas.
Anteriores teorías que había tratado de construirme por necesidad
de armonía interior, encontraban satisfacción. Mi soledad se
llenaba de una gran presencia.
*
Me
pregunto cuál es mi camino para la espiritualización. Los tratados
sobre Yoga aconsejan dos procedimientos: Meditación mística fija
en el yo; análisis del NO YO para ir por eliminación desnudando
el yo.
El primer método, según la Introducción al Yoga de Annie Besan, es
el que conviene a los de espíritu contemplativo, el segundo a los
de espíritu científico.
Si me pusiera a analizar los diferentes métodos aconsejados por
quienes saben, o inspirados por ellos, me enredaría en un dédalo
de discusiones interiores.
Este cuaderno me servirá para desbrozar mi verdad. Las citas
que pienso hacer de cuanto he escrito en poemas o pensamientos cuya
inspiración se insinúa como espiritual, serán una base para
mi busca, porque siendo anteriores a todo lectura espiritualista,
no pueden achacarse a lecciones del hombre. Por otra parte, la
identidad de estos poemas o pensamientos con las más viejas y más
modernas predicas espiritualistas me señalan una ruta. Si he
alcanzando antes ciertas intuiciones, puedo ahora afirmarla cotejándolas con lo aprendido y hacerlas
más mías por la comprensión.
Escribir es mi manera concreta de meditar y por ella debo seguir como
por un camino señalado.
*
La
diferencia entre la meditación como se entiende en Oriente y el
pensamiento como se concibe en Europa: Buda por un lado, el Pensador
de Rodín, y el Pensieroso de Miguel Angel, por
otro, establecen este distingo. Hay que pensar como Buda, es
decir, dejarse pensar por Dios. Es el único modo de pensar que
puede hacerle a uno vencer límites. Lo otro es dar vuelta as la
misma noria; matraquita de la razón que nada resuelve.
*
Hay dos posiciones casi siempre definidas por la edad ante la
vida. Aquella en que se vive sin haber resuelto su problema
pasional o afectivo y aquella en que se ha resuelto ya. En el
primer caso se toma y se gusta pasajeramente, esperando la gran
solución. La vista está fija entonces en la realización por
vía humana de las más grandes aspiraciones. En el segundo caso,
habiéndose cumplido la vida pasional o afectiva por la felicidad
o la desgracia, poco tiene que esperarse y sólo del pasado puede
vivirse, a no ser que se dirija la aspiración más allá de lo
que puede resolverse en el campo humano. Hay un tercer caso en el
que siempre se vive, se ha vivido y se vivirá de migajas de
aspiración. Esto no interesa.
Yo he cumplido mi etapa afectiva de aspiración humana.
No puedo y no quiero renovar ni cambiar mi posición en este
sentido. Queda la enorme aspiración de vencer todo límite.
*
La
evolución por miedo al infierno es un modo de hacer camino disparando. Y,
además, mirar siempre una cosa ¿no peligra
identificarnos con ella? He notado que el dolor físico, mientras
lo vencemos con nuestra capacidad de resistencia, nos causa el
placer de una victoria. El dolor que nos doblega, que retira de
nosotros el poder de resistirlo, es el que nos vuelve cobardes.
Si en lugar de buscar siempre la disminución del dolor, consiguiéramos el modo de
aumentar nuestra resistencia, hasta
hacerla espectadora dominante del dolor, habríamos colocado a este
último en la situación de instrumentos de nuestro poder personal. El
dolor nos haría crecer en lugar de disminuirnos.
Moralmente, la falta de peligro nos acostumbra a una molicie
que luego no sabe reaccionar antes los hechos desfavorables. Esto
tal vez sea lo que nos lleva, en nuestra carrera hacia el bien, a
no perder de vista el mal. Ignorarlo sería desarmarnos ante él.
¿Será
este un bueno motivo para tener presente un Infierno mientras
marchamos hacia Dios?
Pero
si no debemos olvidar la contraparte del bien, menos debemos
tenerla en cuenta como asunto principal. No debe servirnos sino
para acrecentar nuestra capacidad de resistirla y aumentar nuestra
fe en el bien final y en nuestra victoria.
Los vicios y pasiones egoístas son estupendos elementos de
ejercicio si nos entrenamos en vencerlos. Cada vez que los
dominemos hacemos algo en favor del desarrollo de nuestra
voluntad. El dolor físico puede llevarnos por el poder de
resistencia al dominio de nuestro cuerpo. El paulatino desarrollo
de nuestra voluntad, apartando del pensamiento las sugestiones de
vicios y pasiones, puede conducirnos al perfecto control de
nuestros actos y pensamientos.
La
indolencia es uno de los principales estorbos. Con un optimismo
estúpido relego a mi fe en un esfuerzo futuro, lo que debo
encomendar a mi esfuerzo del momento. Vale más decir: "No voy
a fumar hoy" o "No voy a asistir a tal o cual
punto", que confiar en una total encomienda en vago provenir.
Excelente ejercicio sería ponerme delante un objeto o una idea
codiciada, para rechazarla a antojo hasta llegar a la
indiferencia.
*
Sólo
nuestra voluntad puede encauzarnos hacia nuestra propia creación.
Debemos crearnos a nosotros mismos. Para ser dos veces nacido, es
necesario que seamos nuestra propia madre. Hasta ahora somos
hechos y nada más que nosotros puede lograr que nos hagamos. El
segundo nacimiento es el único conciente, el único que obedece a
nuestra propia voluntad. El día que nos hayamos creado, según
nuestro concepto de perfección - que es intuición del arquetipo
hacia el cual nos encaminamos-, seremos verdaderamente lo que
queremos y debemos ser.
*
Se por
experiencia propia que es escribiendo como entro en la sensación
de mi propio poder....El trabajo literario es para mí como un
amplificador vital. Es algo que compararía con los paraísos
artificiales, salvo en una diferencia en cuanto a la
ubicación de
la fuerza: En el primer caso es interior y querida, en el segundo
exterior e impuesta. Cuando trabajo, cuando entro poco a poco en mí mismo y
me acostumbro al ejercicio mental, palpo en ello uno de mis mejores placeres. Recuerdo tal viaje en tren, tal tarde o
tal noche de pensamiento, como podría recordar tal amorío o tal
episodio intenso de mi vida material. Esos momentos son para mí,
en calidad, lo mejor de mi pasado o mi presente, según que hayan
existido o existan.
"Lo que de mi trabajo queda en el papel, es lo de menos; ahí
estarán los defectos y el cansancio de las cosas inmodificables; lo
imponderable y excelente es el surtir fluido de mi pensar. Pero
esa fuerza es, para mí mismo -por llevar en sí la condición de una
libertad completa-, tan inasible como el discurso de la corriente en un ojo de agua.
Diría parafraseando una pretensión de Wilde: "No he puesto
más
que mi talento en mis obras; mi genio estuvo en mi pensamiento sin
trabas". Pero he dicho que este estado se parece al buscado en
los paraísos artificiales, salvo una diferencia en la
ubicación de la fuerza. En efecto: el parecido está en que son,
ambos, placeres solitarios de autocontemplación y en que su goce
mayor consiste en la persecución de imágenes internas, con un
consiguiente desprecio de lo exterior.
(...) En el caso de los viciosos, la gente se encoge de hombros
llamándolos degenerados, viciosos inmundos, anormales estúpidos.
En el caso de los sacan de sí su superioridad, la gente suele
palidecer de odio, porque no cuadran los epítetos despectivos y
cada insulto puede trocarse en elogio.
El desequilibrio de un cerebro que piensa más claro que los demás
puede ser contestable, y la anormalidad del genio, según
quieren los asertos científicos, puede resultar la deificación de
un hombre entre los hombres".
Yo no quiero juzgar a los viciosos con acritud ni puedo
anatematizar contra sus deseos de "s'évader de la vie",
como dice Mallarmé hablando de Rimbaud. El tal deseo lo he
experimentado, pues estaba en mi la frase clamorosa y monótona de
Laforgue: "Oh, comme la vie est cotidienne". Pero puedo
decir que no me cuadra ninguna droga.
Conozco
los paraísos artificiales, desde el alcohol hasta el
opio. Y bien, ningún vicio de estos me ha captado y menos aún el
jeringazo de Pravaz que, en una mínima dosis química nos da el
principio activo de todos los somníferos orientales. Esas pruebas
han dejado en mí, después de un momento de mezquino desvarío, una
repugnancia de sobremesa ordinario, porque el escapar de las
miserias estúpidas por un medio extraño a mí mismo, no
cuadra a mi deseo de absoluta libertad interior. Soñar de
prestado, sabiendo que mis sueños me vienen de la botica, hace reír mi orgullo ante
tanto recurso de capón. Por eso no he podido
pertenecer a ninguno de esos infiernos, que, al decir de los adeptos, contienen virtualmente el
letrero del Infierno de Dante.
Tal vez sea un privilegio mío, como del autor de la Divina
comedia, el haber podido entrar y salir sin dejar ninguna
esperanza y sin arrastrar máculas.
Esa imposibilidad de pertenecer a una fuerza extraña reside en el
ejercicio de una fuerza propia. En lugar del cinematógrafo
incoloro de una película artificial, conocía la variación infinita
y coloreada de la imaginación, trabajando por impulso propio.
En la tarde que tan bien piensa, al pausado tranco de mi caballo,
conocía ya ese deambular al través de mi mismo en una forma pura
en su fuente y más que ninguna ampliar, fuerte y aguda en
capacidad de percibir y comprender conjuntamente.
De ahí ha nacido mi trabajo - si puedo así llamarlo.
El hombre que ejercita su brazo tiene el orgullo de su fuerza y
una gran confianza plácida al sentir que lleva en sí cuando anda
como todos, ese poder latente y para él solo perceptible en la
inacción.
Yo escribo mis libros. Mis libros son como una pipas: todos ven su
forma, algunos su humo, muy pocos huelen su aroma: yo sólo les
tomo el gusto.
*
Mi
potencia volatoria.
Mi
comprensión de las cosas terrestres, íntimas, humanas.
Lo que
tengo de astro.
Mi
aspiración hacia la trayectoria planetaria.
El
llamado de los soles multicolores.
Ser
Dios-Amar.
*
Así
como una mujer bonita es más verdadera que una fea, un
sentimiento noble es más veraz que uno vil.
*
Lo que es enajenador de la enfermedad y el dolor
físico -lo mismo podría decirse del placer, es pertenecer
completamente no solo al cuerpo, sino a una parte del cuerpo.
Lo que es admirable en la salud perfecta, es la libertad
espiritual y mental que da el completo olvido del cuerpo.
Lo perfecto en el estado de salud corporal así como lo perfecto
en lo que llamamos buen tiempo- salud del día- dan sensación de
no existencia.
Son las desarmonías que uno tiene tendencia a combatir, las que
pasan por su presencia dan sensación de existencia.
Esto constituye una pequeña argumentación a favor del
Nirvana.
La nada vista así equivaldría a Suma Existencia.
*
(Estos
apuntes datan de 1917; fueron escritos en mi viaje de vuelta de
Jamaica. Suenan como una despedida al vivir terrenal).
A mí me da en el mundo por meterme donde no me llaman.
Como
no me llaman de ninguna parte tengo muchas donde ir. Lo que a
veces me falta es plata. Plata muy redonda que me ayude a rodar
por nuestra tierra madre y sepulturera.
Largarse, a revolcón limpio por los continentes, es como hacerse
mano que acaricia un cuerpo y volverse deleite en variados
encantos. ¡Oh, calores y fríos, selvas, desiertos, montañas,
océanos y hielos polares!
Yo sé que pronto me iré del mundo para ascender.
En el planeta futuro seré lo mismo por atavismo planetario...et
sic, para arriba, en metempsicosis siderales, hasta soles
multicolores y más allá!
Pero,
¡oh mi carcasa, hija de mi madre!, te quiero con todos los
afectos apegados en tu epidermis, durante el tránsito de muerte a
muerte que fue tu vida; pobre receptáculo de dolor, tan amplio y
hospitalario, pobre carne de mi carne, en ti estuvieron mis
dolores sacros.
*
En el
momento actual- no sé si no me hubiera sucedido en cualquier
otro- todo hombre sano vive como repugnado del ambiente. El odio
está a la orden del día y es bandera hasta de los movimientos
sociales nuevos. La política se revuelca en la mentira como los
perros en las osamentas. Las ciudades son prostíbulos más o menos
disimulados, con olor a estupro y a riña de borracho -no de otro
modo se ve la lucha de las ambiciones-, su palabra es placer y su
placer no dista mucho de lo que el cerdo pudiera entender
por tal. El esfuerzo de las individualidades que pugnan por levantar
el nivel es entorpecido por la indiferencia y la inercia.
Cristo sigue siendo lapidado cotidianamente. Los diarios, poder
temible, tratan de satisfacer al público en beneficio de un mayor
tiraje. El peligro de una idea lanzada en el mundo, o no
lo conocen o no les importa. "El que venga atrás, me
arree".
Entre medio de todo esto y de muchas porquerías más, que es mejor
rechazar que enumerar, existen pequeños grupos de hombres que
tratan de ser buenos. ¿Otra locura? Tal vez. Pero cuanto se ha
bajado a la Morgue del materialismo, y de ella se sale perseguido
por un hedor adherente y dulzón, los brazos tienden hacia cualquier
estrella aunque sea inalcanzable. Y he aquí una de las más feroces
estupideces queriéndonos retener aquel gesto: La estrella es
inalcanzable, mas que usted está lonjita de carne en podridura
sacada de un cajón basurero que es tan, tan real.
¿Real? Las cosas no son reales más que en nosotros y una impresión mejoradora es
más verdad que una repugnante, venga
ésta de donde venga.
Bondad. Cualquiera sabe que es practicable, aunque le digan que
solo la fuerza brutal llega a un fin práctico. ¿Que es práctico?
¿Romperse el alma per secula seculorum...o por
poder sentarse un momento en el torno del dominio para muy luego ser
destronado con vergonzosos puntapiés en el trasero? Yo no me río
de ese criterio práctico en nombre de mi lirismo y me río de los
que se ríen de verme capaz de transmutar realidades en bellezas.
Yo sé que el lirismo es un poder. Poder en manos del que goza sus
beneficios y en la marcha hacia un fin mejor. Nada más poderoso
que un lirismo. Pero pocos saben que usan tales galeritas o
zapatos o viven bajo tan moral o tal leyes sociales, porque ha
habido líricos que forzaron la mano a lo que se llamaba real, en
beneficio de lo que los chatos llamaron sus sueños y que no era
más que un sentido más cierto de la realidad del porvenir. Las
cosas se hacen hoy, se hacen porque ayer se hizo tal esfuerzo en
dicho sentido. El esfuerzo que unos pocos hacen hoy, será la ley
de mañana, et sic de caeteris.
Sacrificio. Todo el mundo, o casi, dirá hoy que el sacrificio es
una tontería digna de piedad. Lo mismo ponderarán a un Fulano
diciendo "¡Qué bueno es!" ¿Por qué les parece bueno?
Porque cede en beneficio de una segunda persona un bien
particular. Un hombre es bueno cuando teniendo en su cigarrera un
solo cigarrillo se la da al amigo. Ese amigo es uno de los que
después lo pondera. Un hombre es bueno cuando sacrifica cualquiera
cosa: dinero, comodidad, situación ventajosa, etc., en
beneficio de cualquiera que sea. La bondad es medida por el valor
del sacrificio. ¿Por qué, entonces, se pondera lo bueno y se
dice del que sacrifica algo que es "otario" o "un
benemérito" y hasta- Dios me perdone- "un Cristo"?
Porque "bueno" es el tipo familiar que a nosotros nos
ha hecho un bien directamente o que nos ha visto actuar en
ambientes de nuestro trato, mientras el otro es una especie de
"loco"-¡siempre lo mismo!-, dispuesto a sacrificarse
sin que veamos el objeto material de su sacrificio.
Los hombres que ejercen las cualidades superiores de la bondad,
salen del campo visual de los miopes, y éstos, no viéndolos, nos
niegan. No tienen la culpa porque dice su verdad.
A mí es esa bondad la que sobre todas me interesa aunque la otra
me conmueve. La bondad del Cristo es la bondad de la cual las otras
son pedacitos. Hacia esa bondad se encamina algunos y son esos
algunos los que me interesan, sobre todo en el actual momento de
predica egoísta: ya para el individuo, ya para una agrupación
política, ya para un país, ya para una raza, un color o un creo
religioso, filosófico o social.
Ser bueno porque sí, como un manantial es de agua.
*
Según infiero de mis lecturas, el grado de evolución espiritual no
mejora- por lo menos rápidamente- la capacidad intelectual o literaria. Si la influencia fuera casi
instantánea, como la revelación, las personas iniciadas en cualquier
grado comenzarían
de hecho a demostrar una mayor sabiduría y una mayor capacidad de
expresión. Los que escriben libros espiritualistas y sobre todo
los teósofos suelen demostrar que tal cosa no sucede. ¿Por qué los que han alcanzado el
conocimiento de las leyes del ritmo-
por ejemplo- no son sino mediocres poetas? ¿Por que los que están fuera del camino espiritualista y fuera de toda
agrupación
religiosa u ocultista o esotérica sobrepasan en maestría de ritmo
o en grandeza de conceptos a los están muy por encima de ellos en
grado de espiritualización? Unos parecen tener mayor privilegio en
su conocimiento y otros en intuición. Pero el hecho es que los
evolucionados espiritualmente han hecho justamente por la intuición su
desarrollo. El problema no me presenta soluciones fáciles.
Los espiritualmente desarrollados suelen decir que de tal o cual
cosa el profano no entiende, siendo un ciego ante las verdades
luminosas que no puede siquiera percibir. De acuerdo, pero lo
malo está en que, en el terreno de la palabra escrita, que muchos
teósofos han elegido como su medio de trabajo y de propaganda, los
iniciados parecen ser los profanos. No creo que, como demostración de
capacidad poética y literaria, sea cuestión de partir de un principio
arbitrario como por ejemplo: este escrito es espiritualista, luego es mejor; aquel es profano, luego es peor-, sino de
demostrar por la obra la superioridad de las facultades intuitivas.
Tal no sucede, y podría hacerse a los teósofos el argumento que ellos hacen en cuanto a la ceguera de los no iniciados en sus misterios:
son ciegos que no perciben ciertas cualidades de la palabra. De la
palabra, por la cual se crea.
Pero esta polémica de nada sirve. Para mi fuero interno y en vista de un
provechoso desbrozamiento de mi huella, tengo por cierto, hoy por hoy, que los poetas,
si bien no iniciados en los principios básicos y generales recibidos
a raíz de una entrada en los campos superiores del conocimiento, tienen en su propio campo más afinada la
intuición que los videntes de planos muy superiores al de ellos.
Esto me persigue desde que - y hace ya un tiempo que leí la primera- han
caído entre mis manos varias descripciones del estado extático. Las descripciones
o son exteriores -y entonces se limitan a exponer la imposibilidad
de verter en palabras lo sentido o visto y se mantienen en una prudente o modesta reserva-, o, disculpándose de
una casi inútil intentona, entran francamente en materia tratando
de sugerir. Y he aquí la falla. Cuando podría esperarse no la
descripción exacta, que es imposible en toda exaltación, sino la
exaltación misma -eje de toda poesía y siempre inexpresable- eligen la
descripción
de la cosa y nos dan una mediocre sensación de su estado. Estado
también es el de amor humano y aunque también
indescriptible, nos ha dado páginas de verso y prosa no precisas,
pero diría contagiosas. No es el rostro de la persona a quien
elevan al rango de ídolo lo que nos quieren presentar, no es una
descripción cabal y total la que intentan, sino la transmisión de
lo que ellos sintieron en tal estado. Salvo en los grandes textos,
Biblia, Gita, etc., no sentimos esto y no creo que sea culpa del
sujeto. ¡Cómo podría ser, siendo este el mejor y más
intenso!
*
La
idea de lo que es bondad, me parece, en el gaucho, muy justa; a lo
menos para lo que yo entiendo por bondad.
El gaucho dice muy rara vez bueno en el sentido más
usual. Bueno para el gaucho es casi sinónimo de útil. Un guen
caballo, un hombre bueno pa'l trabajo, un guen lazo
o una guena mujer son cosas excelentes en sus
desempeños. En cambio el paisano usa la palabra servicial,
entendiendo por ello cuando la aplica al hombre la virtud de hacer
algo en favor de los otros, sin o con desmedro de su propia
conveniencia.
*
Querer llegar es ansiar la iluminación, el Nirvana, como quiera
llamársele. No quiero llegar.
Quisiera en el mundo la cesación de un estado de cosas que me
repugna. Para mí la idea de aniquilación post-mortem de los
materialistas, no es una tortura. A veces tengo ganas de
dormir, dormir, dormir largamente. La idea en cambio de infligir
pesadumbre por mi muerte a los que quiero, me es insoportable.
Por ellos quisiera vivir y ser fuerte y poder prestar mi fuerza.
Decirse -según la teorías espiritualistas- que no va a prolongar la
vida de los sentimientos y las congojas más allá de la muerte, es
torpe. Por evitar esto tendería uno con toda su aspiración a la
liberación como la entienden los orientales. Sin embargo, no hay
que ser apóstata de la vida. De su noble parte nadie se cansa. On
se lasse de tout excepté de connaitre. ¿Hay mengua de
vida en la iluminación o el Nirvana? Al contrario. Suma
existencia, sumo conocimiento. ¡Oh, cómo se tienden los brazos
hacia ese fin!
*
Los
hombres de ciencia deberían preguntarse si existe una materia
imponderable- o, más bien, un estado primero en sutileza de la
materia -sobre la cual nuestros pensamientos tuvieran acción-. Si
es que sí, quedaría de hecho como veraz la existencia material
del pensamiento, o por lo menos de sus cuños. Y aquellos de los
"anales akásicos"- un poco infantiles en su denominación;
más me gustaría memoria universal materializada- sería una
extraordinaria verdad.
*
¿Existe
en nosotros una fuerza magnética de índole idéntica a la fuerza
latente y activa de nuestro mundo? Si es que sí, la iluminación
o Nirvana son naturaleza como más no pueden serlo. Todo está en
saberse poner en estado receptor.
*
Escuchar
es una gran palabra y casi sinónima de tender. Escuchar es
prepararse a la recepción -la verdadera comunicación- de lo ignoto
y esencial. Rezar es en cierta forma, un poco burda, escuchar y tender. Del gesto en
tensión del rezo puede llegar la capacidad de
establecer el contacto que produce la iluminación.
*
La
quietud perfecta en todo lo circundante y la propia quietud, crea
el estado de gran percepción. Un día quieto en temperatura -la
media parece inexistencia de temperatura-, quieto de viento- cesa la
sensación de contacto del cuerpo con algo-, la quietud de los
sentidos -salud perfecta es olvido del cuerpo-, producen la
inexistencia exterior. La ausencia de pensamientos a raíz del
olvido corporal, crea la inexistencia interior.
Entonces se percibe.
*
Por
una exaltación puede encontrarse el estado, aun en medio impropicio. La
exaltación, cima de nuestro sentir, trae por saturación la serenidad. El
límite alto de nuestra exaltación es
el límite bajo del paisaje de otro mundo más sutil.
Sobre
la cima del monte es cuando se cree vivir en el cielo.
*
Tenía
los brazos abiertos y en tu pecho cabía el mundo. Las estrellas
andaban siempre, a pesar de tu dolor reducido a la estatura del
hombre.
Y
había una palabra en todas partes. Y los que en torno suyo no
comprendían eran un cuadro pequeño de carne ignorante y egoísta.
Al
fin abrirse los brazos definitivamente para sobrevolar tu imagen
humanan.
Y
hubo un pensamiento oscuro, oscuro en las cosas, y los hombres
tuvieron miedo.
Tres
días esperaste para surgir.
*
Algunos
habían seguido tu martirio.
La pequeña
Jerusalén, inquieta de harapos y discusiones, seguía
picoteando sus migajas de ideas y nada supo de los siglos por
venir y de tu advenimiento en el hombre.
La pequeña Jerusalén inquieta como un sarpullido y piojosa y
mugrienta, seguía tirada en sus calles: gusanera en la herida.
-Te doy tres por veinte.
-No,
te doy veinte por cuatro.
-¡Me arruinas!
-¡Me robas!
Tu serenidad no tocaba siquiera las cúpulas de sus templos.
Así pasaste y viniste hacia nosotros.
*
Escribir,
escribir, un poco al tuntún, dejando al pensamiento guiar la pluma
y también la pluma al pensamiento. Irse barranca abajo del
declive por lo subconciente y dejar las imágenes substituirse en
una fértil fuga de calidoscopio. Un día la inquietud se agotará
como la de una mariposa, para inmovilizarse sobre la flor de la
serenidad. Entonces la savia de vida ascenderá en nosotros por la
atracción de nuestra sed.
*
Debería
llegar a encontrarme, dentro de mi trabajo, en el estado más cómodo.
Sentarme a escribir con placer. Ir a la deriva de mis
pensamientos con soltura y sin contrariedades. Crearme un hábito
capaz de intensificar mis ideas y acostumbrarlas a salir de mí con
la fluidez de todo lo que surge por natural función: ojo de agua,
lluvia, crecimiento. La costumbre de pensar así pronto me
habituaría a la creación constante. No habría tropiezos, ni
trabajo, ni dolor de producción: habría simplemente un camino
abierto por el cual andaría con la naturalidad de un andante sin
apuros ni fatiga.
*
Tan
buena es esta última proposición que sólo poniéndola en camino me
acomodo y complazco. ¿No era así como lo hacía antes? Y que buena
actividad mental la mía entonces y qué a mano de ella estaban mis
intuiciones. Tal vez estuviera una ventaja sobre ahora, la de la
ingenuidad. No me fijaba en las ideas encontradas porque no las
observaban mientras hoy mi intelecto espía el significado de cada
una con relación a lo que he leído. Pero puedo volver a esta
ingenuidad. Toda esté en pertenecer a mis intuiciones y dejándolas crecer darles salida, o si no, mejor,
dándoles salida
dejarlas crecer.
Una ventaja llevo. Si en mi ingenuidad no reconocía la excelencia
del sistema y sus virtudes espirituales, hoy mi experiencia sabe
que es en el movimiento fluvial de mi pensar donde encuentro lo
mejor mío y mi exaltación.
*
¿Qué
importa que me repita? Hay ideas madres que justamente deben volver
a una continua revisión. De las repeticiones saldrá la posibilidad
de un conocimiento.
*
El tema de mi
meditación escrita, es lo de menos. Lo importante es
llevarla a una cúspide.
*
Las
ventajas están abiertas al verano; un pobre verano llorón que se
llueve a sí mismo con una monotonía paciente, constante. Afuera es
el verano y el mundo. El mundo en el cual entraré para sufrir su
influencia e imponerle mi pequeña parte de creación. Siempre el
mundo sigue, como el verano, monótono y llorón, lagrimeando sus
dolores en razón directa de sus exigencias. Las pasiones agarran
al hombre por la nuca y exprimen su energía y le dan empleo y
papel que desempeñar. Sin pasiones el hombre se acabaría en el
renunciamiento, dejaría de existir por falta de razón para ello.
Yo no quiero el torbellino pasional, ni espero en vagas
recompensas de mi sufrir una limosna del hombre. Sin embargo no
caigo en aniquilamiento. No quiero pasiones porque no quiero para
mí un premio insuficiente. La fama no me turba, el orgullo me
parece tonto, la inquietud descentra mi espíritu y estorba mi
potencia de trabajo. Quiero trabajar y sé encontrar en ello el
mejor de los premios. En el ejercicio de mi fuerza pulso mi vida,
una vida aumentada. La satisfacción está en mi propia sensación de
poder creador y creo para los otros. Para que los otros quieran lo que
quiero. Así establezco a veces un guión de armonía entre gentes
que se ignoraban. Además un valor nuevo -pequeño o grande
igual da si es expresión de un temperamento que como todos nunca
se repite- valor nuevo cae en el mundo y corre su suerte entrando
en ellos, deformándose según el poder creador de cada individuo
que en sí le da existencia. De la idea o el sentir de un hombre
nacen miles de ideas y sentimientos en otros hombres.
Y eso es gravitar sobre el mundo. Todos, más o menos, gravitan
sobre el mundo. Menos, el que solo aceptas; más, el que incorpora
y devuelve.
*
La
palabra profundo, de uso tan germano y europeo en
filosofía, me
es insoportable. Profundo es un pozo, la noche, el precipicio, el
infierno, la ignorancia. Y vaya si en las páginas de los sistemas
filosóficos he tenido la sensación de una pesadilla profundamente
torturante por su girar inútil en una oscuridad baja, baja y
trabajosa como un delirio de fiebre o de jaqueca. La palabra ha
sido un daño y si la reemplazáramos por el claro o alto o
noble, tendríamos en seguida además del bienestar reconquistado,
una
posibilidad de explaye intelectual que se había hecho imposible en
la mazmorra de lo profundo.
(...)
La evolución hacia sí mismo es para mí ascensión y nada tiene
que
ver con profundo.
*
Nunca
he podido entrar en un sistema. He seguido algunos pensamientos concordantes en un
filósofo, pero ni he visto ni he querido ver el
lugar al que quería llevarme. De la portada de un libro sabía que
se me iba a querer convencer por vías de la razón y me oponía a
ser convencido.
Como un hombre de campo que sabe lo que el campo es, me sentía
tomado de la mano -como que se me iba a querer forzar- para ser
llevado al límite de una casita construida aparte del campo entre
paredes hostiles al afuera. Allí se me querría
convencer de que un voluntario orden de varios árboles y los parterres
de un jardín y una bomba oscura para tirar agua, eran la verdad
de la naturaleza. Yo me aburría, no escuchaba y rompía cualquier
ventana para salir, dejando el discurso a medio chorrear, en boca
de mi organizador de profundidades.
El símbolo oriental de la perfección es el loto: las raíces en el
barro, el tallo-esfuerzo hacia la flor -en el agua y la flor en la
claridad.
Eso es lo contrario de lo profundo y es lo deseable.
*
Lo
importante es encontrarse en la cima de uno mismo. En la cima de sí mismo se
está como en el vichadero de un rancho, en contacto
con más mundo. Y cuanto más mundo se ve, más mundo se adivina en
lo visible. Curioso: aprender, en el terreno material, es
apoderarse de una cosa; aprender, en el terreno de las capacidades
superiores, es abrir ventanas para recibir un beneficio y al mismo
tiempo entrever mil ventanas más, susceptibles de presentarnos cada
vez mayores perspectivas. El deber material mata lo que conoce. El
saber verdadero da vida sin perderla y multiplica sus promesas. Si
en el primero hay un punto final, en el segundo hay millares de
mayúsculas para comenzar nuevos párrafos.
*
Podría
decirme que en mi nueva busca no camino solo ni trato de aislar
mis ideas como únicas posesiones personales. Eso, hoy, no me
importa, En la situación de antena o de árbol en el viento que
deseo para mí, hasta nueva orden, todo prurito de posesión está
ausente. Sé la fuerza del mar y del temporal y no me niego a la
gravitación de los miles de esfuerzos de otros sobre mis
esfuerzos. En mi pequeña barca voy junto a la barra que no largo,
pero lo inmenso en derredor no me halla con los sentidos lacrados.
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