EiEinstein revolucionó
la física del siglo XX. Con Newton el espacio y tiempo
eran factores inalterables y universales. Existía un
solo continuo espacio-temporal. El célebre pensador
de los pelos encrespados introducirá la relatividad,
la variación de la medida de la magnitud temporal según
la posición y el movimiento de un observador en un
sistema determinado de referencia. Pero la genial innovación
científica de Einstein a veces hace olvidar su condición
de humanista. Junto al Einstein de la teoría de la
relatividad, existió el crítico del fascismo,
el racismo, el autoritarismo dogmático o los militarismos.
Y también palpitaba el Einstein religioso. "El
bueno Dios no gusta jugar con los dados", solía
decir. Afirmación de una creencia en un orden inteligente,
eterno y necesario del universo. El Einstein religioso practicaba
lo que gustaba denominar "religiosidad cósmica".
Una religiosidad relacionada con el asombro ante lo enigmático
dado que "el
misterio es lo más hermoso que nos es dado sentir.
Es la sensación fundamental, la cuna del arte y de
la ciencia verdaderos. Quien no lo conoce, quien no puede
asombrarse y maravillarse, está muerto. Sus ojos se
han extinguido".
En
este nuevo momento de Textos olvidados de Temakel, le presentamos
algunos de los momentos de las reflexiones de Einstein en
torno al sentido de la vida y la educación, el vínculo
entre religión y ciencia, y la necesidad de una cultura
que alimente sólidos principios éticos.
E.I
MI VISIÓN DEL UNIVERSO
Por
Albert Einstein
Mi
visión del mundo
Curiosa
es nuestra situación de hijos de la Tierra. Estamos
por una breve visita y no sabemos con qué fin, aunque
a veces creemos presentirlo. Ante la vida cotidiana no es
necesario reflexionar demasiado: estamos para los demás.
Ante todo para aquellos de cuya sonrisa y bienestar depende
nuestra felicidad; pero también para tantos desconocidos
a cuyo destino nos vincula una simpatía.
Pienso
mil veces al día que mi vida externa e interna se basa
en el trabajo de otros hombres, vivos o muertos. Siento que
debo esforzame por dar en la misma medida en que he recibido
y sigo recibiendo. Me siento inclinado a la sobriedad, oprimido
muchas veces por la impresión de necesitar del trabajo
de los otros. Pues no me parece que las diferencias de clase
puedan justificarse: en última instancia reposan en
la fuerza. Y creo que una vida exterior modesta y sin pretensiones
es buena para todos en cuerpo y alma.
No
creo en absoluto en la libertad del hombre en un sentido filosófico.
Actuamos bajo presiones externas y por necesidades internas.
La frase de Schopenhauer: "Un hombre puede hacer lo que
quiere, pero no puede querer que lo quiere", me bastó
desde la juventud. Me ha servido de consuelo, tanto al ver
como al sufrir las durezas de la vida, y ha sido para mí
una fuente inagotable de tolerancia. Ha aliviado ese sentido
de responsabilidad que tantas veces puede volverse demasiado
en serio, ni a mí mismo ni a los demás. Así
pues, veo la vida con humor.
No tiene sentido preocuparse por el sentido de la existencia
propia o ajena desde un punto de vista objetivo. Es cierto
que cada hombre tiene ideales que lo orientan. En cuanto a
eso, nunca crei que la satisfacción o la felicidad
fueran fines absolutos. Es un principio ético que suelo
llamar el Ideal de la Piara.
Los ideales que iluminaron y colmaron mi vida desde siempre
son: bondad, belleza y verdad. La vida me habría parecido
vacía sin la sensación de participar de las
opiniones de muchos, sin concentrarme en objetivos siempre
inalcanzables tanto en el arte como en la investigación
científica. Las banales metas de propiedad, éxito
exterior y lujo me parecieron despreciables desde la
juventud.
Hay una contradiccioón entre mi pasión por la
justicia social, por la consecución de un compromiso
social, y mi completa carencia de necesidad de compañía,
de hombres o de comunicaciones humanas. Soy un auténtico
solitario. Nunca pertenecía del todo al Estado, a la
Patria, al círculo de amigos ni aún a la familia
más cercana. Si siempre fui extraño a esos círculos
es porque la necesidad de soledad ha ido creciendo con los
años.
El que haya un límite en la compenetración con
el prójimo se descubre con la experiencia. Aceptarlo
es perder parte de la inocencia, de la despreocupación.
Pero en cambio otorga independencia frente a opiniones, costumbres
y juicios ajenos, y la capacidad de rechazar un equilibrio
que se funde sobre bases tan inestables.
Mi ideal político es la democracia. El individuo debe
ser respetado en tanto persona. Nadie debería recibir
un culto idolátrico. (Siempre me ha parecido una ironía
del destino el haber suscitado tanto admiración y respeto
inmerecidos. Comprendo que surgen del afán por comprender
el par de conceptos que encontré, con mis escasas fuerzas,
al cabo de trabajos incesantes. Pero es un afán que
muchos no podrán colmar.)
Sé, claro está, que para alcanzar cualquier
objetivo hace falta alguien que piense y que disponga. Un
responsable. Pero de todos modos hay que buscar la forma de
no imponer a dirigentes. Deden ser elegidos.
Los sistemas autocráticos y opresivos degeneraron muy
pronto. Pues la violencia atrae a individuos de escasa moral,
y es la ley de vida el que a tiranos geniales sucedan verdaderos
canallas.
Por
eso estuve siempre contra sistemas como los que hoy priman
en Italia y Rusia. No debe atribuirse el descrédito
de los sistemas democráticos vigentes en la Europa
actual a algún fallo en los principios de la democracia,
sino a la poca estabilidad de sus gobiernos y al carácter
impersonal de las elecciones. Me parece que la solución
está en lo que hicieron los Estados Unidos: un presidente
elegido por tiempo suficientemente largo, y dotado de los
poderes necesarios para asumir toda la responsabilidad. Valoro
en cambio en nuestra concepción del funcionamiento
de un estado, la creciente proteccion del individuo en caso
de enfermedad o de necesidad materiales.
Para hablar con propiedad, el estado no puede ser lo más
importante: lo que es el individuo creador, sensible. La personalidad.
Sólo de él sale la creación de lo noble,
de lo sublime. Lo masivo permanece indiferente al pensamiento
y al sentir.
Con esto paso a hablar del peor engendro que haya salido del
espíritu de las masas: el ejército al que odio. Que
alguien sea capaz de desfilar muy campante al son de una marcha
basta para que merezca todo mi desprecio; pues ha recibido
cerebro por error: le basta con la médula espinal.
Habría que hacer desaparecer lo antes posible a esa
mancha de la civilización. Cómo detesto las
hazañas de sus mandos, los actos de violencia sin sentido,
y el dichoso patriotismo. Qué cínicas, que despreciables
me parecen las guerras. ¡Antes dejarme cortar en pedazos que
tomar parte en una acción tan vil!
A
pesar de lo cual tengo tan buena opinión de la humanidad,
que creo que este fantasma se hubiera desvanecido hace mucho
tiempo si no fuera por la corrupción sistemática
a que es sometido el recto sentido de los pueblos a través
de la escuela y de la prensa, por obra de personas y de instituciones
interesadas económica y politícamente en la
guerra.
El
misterio es lo más hermoso que nos es dado sentir.
Es la sensación fundamental, la cuna del arte y de
la ciencia verdaderos. Quien no lo conoce, quien no puede
asombrarse y maravillarse, está muerto. Sus ojos se
han extinguido. Esta experiencia de lo misterioso -aunque
mezclada de temor- ha generado también la religión.
Pero la verdadera religiosidad es saber de esa Existencia
impenetrable para nosotros, saber que hay manifestaciones
de la Razón más profunda y de la Belleza mas
resplandeciente sólo asequibles en su forma más
elemental para el intelecto.
En ese sentido, y sólo en éste, pertenezco a
los hombres profundamente religiosos. Un Dios que recompense
y castigue a seres creados por él mismo que, en otras
palabras, tenga una voluntad semejante a la nuestra, me resulta
imposible de imaginar. Tampoco quiero ni puedo pensar que
el individuo sobreviva a su muerte corporal, que las almas
débiles alimentan esos pensamientos por miedo, o por
un rídiculo egoísmo. A mí me basta con
el misterio de la eternidad de la Vida, con el presentimiento
y la conciencia de la construcción prodigiosa de lo
existente, con la honesta aspiración de comprender
hasta la mínima parte de razón que podamos discernir
en la obra de la naturaleza.
Del
sentido de la vida
¿Cuál
es el sentido de nuestra vida, cuál es, sobre todo,
el sentido de la vida de todos los vivientes? Tener respuesta
a esta pregunta se llama ser religioso. Pregunta: ¿tiene sentido
plantearse esa cuestión? Respondo: quien sienta su
vida y la de los otros como cosa sin sentido es un desdichado,
pero algo más: apenas si merece vivir.
El
verdadero valor de un hombre
Se
determina según una sola norma: en qué grado
y con qué objetivo se ha liberado de su Yo.
De
la riqueza
No
hay riqueza capaz de hacer progresar a la humanidad, ni aun
manejada por alguien que se lo proponga. A concepciones nobles,
a nobles acciones, sólo conduce el ejemplo de altas
y puras personalidades. El dinero no lleva más que
al egoísmo, y conduce irremediablemente al abuso.
¿Podemos imaginar a Moisés, a Jesús, a Gandhi
subvencionados por el bolsillo de Carnegie?
Comunidad
y personalidad
Al
pensar en nuestra vida y trabajo caemos en cuenta de que casi
todo lo que hacemos y deseamos está ligado a la existencia
de otros hombres. Nuestra manera actuar nos emparenta con
los animales sociables. Comenos alimentos elaborados por otros
hombres, vestimos ropas confeccionadadas por otros hombres,
y vivimos en casas construidas por otros hombres. Casi todo
lo que sabemos y creemos nos fue trasmitido a través
de lenguaje establecido por otros hombres. Sin el lenguaje,
nuestro intelecto sería pobre, comparable al de los
animales superiores. Así, debemos confesar que si aventajamos
a los animales superiores es gracias a nuestra vida en comunidad.
Un
individuo aislado al nacer permanecería en un estadio
tan primitivo del sentir y del pensar, como dificilmente podamos
imaginarlo. Lo que es y lo que significa el individuo no surge
tanto de su individualidad como de su pertenecia a una gran
comunidad humana, que guía su existencia material y
espiritual desde el nacimiento hasta la muerte.
El
valor de un hombre para su comunidad suele fijarse según
cómo oriente su sensibilidad, su pensamiento y su acción
hacia el reclamo de los otros. Acostumbramos a definirlo como
bueno o malo según su comportamiento en ese orden.
De modo que, a primera vista, parecería que sólo
las cualidades sociales determinan el juicio acerca de una
persona.
Y sin embargo, esa interpretación no sería justo.
Es fácil comprender que todos los bienes materiales,
espirituales y morales que hemos recibido de la comunidad
se deben a generaciones inumerables de individualidades creadoras
organizadas. Uno descubrió un día el uso del
fuego, otro el cultivo de plantas alimenticias, otro la máquina
de vapor.
Sólo el individuo aislado puede pensar. Desde allí
descubrirá nuevos valores y formulará normas
morales que sirvan para la vida de la comunidad.
Sin
personalidades creadoras que piensen por sí mismas
es tan impensable el desarrollo de la comunidad como lo sería
el desarrollo del individuo fuera del ámbito comunitario.
Una comunidad sana está pues tan ligada a la independencia
de sus individuos como a su asociación dentro de su
seno. Se ha dicho con mucha razón que la cultutra griego-europea-norteamericana
y en particular el Renacimiento italiano, que significó
el fin de la paralización cultural de la edad media,
se basó en la libertad y en el relativo aislamiento
del individuo.
¡Contemplemos ahora la época en que vivimos! ¿Qué
ocurre con la comunidad y con la personalidad? La población
en los países cultos es extremadamente densa respecto
a otras épocas; Europa sola contiene hoy casi el triple
de la población de hace un siglo. Pero la cantidad
de naturalezas rectoras ha disminuido en gran medida. Muy
pocos hombres son conocidos ente la masa por su trabajo productivo.
La organización ha suplido en cierta medida a las naturalezas
rectoras, sobre todo en el campo de la técnica, pero
también en un grado apreciable en el campo de la ciencia.
Especialmente
delicada es la carencia de individualidades en el área
del arte. La pintura y la música han degenerado y perdido
gran parte de su repercusión en el pueblo. En política
no solo faltan dirigentes sino que la independencia espiritual
y el sentido de la justicia de los ciudadanos ha disminuido.
La organización democrático-parlamentaria, que
presupone una independencia, ha perdido terreno en muchos
sitios; vemos constituirse las dictaduras, que se sostienen
porque el sentimiento de la dignidad y de la justicia ya no
es tan activo en las gentes. En dos semanas es posible cambiar
la opinión de la mayoría y una vez arrastrada
al odio y a la exaltación está dispuesta a vestirse
de soldado para matar y dejarse matar en defensa de los infames
fines de cualquier ambicioso. El servicio militar obligatorio
es para mí el síntoma más vergonzoso
de la falta de dignidad personal que padece hoy la humanidad.
Debido a ello no faltan profetas que auguran un ocaso cercano
de nuestra cultura. No formo parte de esos pesimistas. Creo
en un futuro mejor. Pero quiero fundamentar esta esperanza.
Los indicios actuales de decadencia se basan, según
veo, en que el desarrollo de la economía y de la técnica
ha agudizado tanto la lucha del hombre por la existencia que
su libre maduración ha sufrido grave daño. Este desarrollo
de la técnica exige cada vez menos trabajo humano para
liberar a la comunidad de sus necesidades.
Una repartición planificada del trabajo conduciría
paulatinamente a la solución de necesidades sectoriales,
y ello llevará a una seguridad material del individuo.
Esta seguridad, así como el tiempo libre y las fuerzas
sobrantes, pueden ser benéficos para el desarrollo
de la personalidad.
De ese modo, la comunidad volverá a sanar. Esperemos
que los historiadores que vengan puedan interpretar las enfermedades
sociales de hoy sólo como males infantiles de una humanidad
con ambiciones de superación, originadas sólo
por la excesiva rapidez del proceso cultural.

Religión y ciencia
Todo
lo imaginado y realizado por el hombre sirve para librarlo
de sentimientos de necesidad y para calmar sus sufrimientos. Hay
que tenerlo en cuenta si queremos comprender los movimientos
espirituales y su desarollo. Pues sentir y ansiar son el motor
de todos los logros humanos, aunque esto parezca demasiado
idealista. ¿Cuáles son los sentimientos y las
necesidades que han llevado al hombre al pensamiento religioso
y a creer, en sentido más amplio de la palabras? Si
reflexionamos, caeremos en la cuenta de que en los orígenes
del pensamiento y de la experiencia religiosos aparecen sentimientos
muy diversos.
En el hombre primitivo es el miedo. Miedo al hambre, a los
animales salvajes, a la enfermedad, a la muerte. Debido a
que ese nivel de la existencia la comprensión de las
conexiones causales suele ser mínima, el ingenio humano
se desdobla en entes más o menos análogos, de
cuyas acciones o deseos dependen las acciones temidas. Entonces,
se da el deseo de captar la simpatía de dichos entes
celebrando ceremonias y haciendo sacrificios que, según
creencias transmitidas de generación en generación,
han de aplacarlos. Estoy hablando de la religión del
miedo.
Esta
no es creada, pero sí establecida en gran parte por
la formación de una casta de sacerdotes que se hace
pasar por mediadora entre el pueblo y los temidos entes, y
funda posteriormente una supremacía.
A menudo el dirigente, el que gobierna o la clase privilegiada,
cuyo dominio mundano se apoya sobre otros factores, incorpora
las funciones sacerdotales para su propia seguridad, o bien
establece una comunidad de intereses con la casta sacerdotal.
Una segunda fuente de configuraciones religiosas son los sentimientos
sociales. El padre, la madre, los dirigentes de las comunidades
humanas son mortales y susceptibles de cometer errorres. El
anhelo de dirección, de amor y de apoyo moral motiva
la creación de conceptos sociales, como por ejemplo
el concepto moral de Dios. Tal es el Dios de la Providencia,
que ampara, dispone, recompensa y castiga. Es el Dios que
según el horizonte de los hombres impulsa la vida de
la familia, de la humanidad, que consuela en momentos de desgracia
y de nostalgia, que custodia las almas de los muertos. Estas
son las nociones morales y sociales de Dios.
En las Sagradas Escrituras del pueblo judío se nota
la evolución que lleva desde la Religión del
Miedo hacia la Religión Moral. Su continuación
se llevó a cabo en el Nuevo Testamento. Las religiones
de todos los pueblos civilizados, en especial los de Oriente,
son en esencia religiones morales. Ha sido un adelantado fundamental
en su existencia el paso de las religiones basadas en el temor
a las de orden moral, pero al considerarlas debemos evitar
ese prejuicio que supone que toda religión primitiva
está puramente basada en el miedo, y que toda religión
de pueblo civilizado es puramente de tipo moral. Todas son
mixtas, aun cuando haya una proporción entre el mayor
avance cultural de un pueblo y el predominio en el de la religión
de tipo moral.
Lo que iguala a todas estas religiones es el carácter
antromórfico que atribuyen a Dios. Es un estadio de
la experiencia religiosa que sólo intentan superar
ciertas sociedades y ciertos individuos particularmente dotados.
En todas se encuentra un tercer grado de experiencia religiosa
aunque casi nunca está tampoco en estado puro. Es la
llama Religiosidad Cósmica, difícil de comprender
pues de ella no surge un concepto antromórfico de Dios.
El individuo siente la futilidad de los deseos y las metas
humanas, del sublime y maravilloso orden que se manifiesta
tanto en la Naturaleza, como en el mundo de las ideas. Ese
orden lleva a sentir la existencia individual como una especie
de prisión, y conduce al deseo de experimentar la totalidad
del ser como un todo razonante y unitario. La Religiosidad
Cósmica se puede encontrar incluso en las primeras
etapas del desarrollo religioso, por ejemplo en algunos salmos
de David y en algunos profetas. El componente de Religiosidad
Cósmica está mucho más acentuado en el
Budismo, como nos lo han demostrado los magníficos
escritos de Schopenhauer. Los genios religiosos de todos los
tiempos eran admirables gracias a esta religiosidad que no
conocía dogmas ni Dios alguno concebido a la manera
del hombre. Y por esto que no puede haber ninguna iglesia
cuya enseñanza fundamental se base en la religiosidad
cósmica, y también por eso encontramos entre
los herejes de todos los tiempos a hombres colmados de ella,
considerados muy a menudos idealistas o hasta santos por sus
contemporáneos. Hombres como Demócrito, Francisco
de Asís y Spinoza está muy cerca unos de otros.
¿Cómo pueden comunicarse los hombres esta Religisiodad
Cósmica si con ella no es posible formar un concepto
de Dios ni una teología? A mí me parece que
tal es la función principal del arte y de la ciencia:
despertar y mantener vivo ese sentimiento en todos aquellos
que estén dispuestos a recibirlos.
Así llegamos a una concepción no común
de las relaciones que vinculan la ciencia con la religión.
Pues solemos inclinarnos ante la premisa histórica
de que ciencia y religión son dos entes irreconciliablemente
antagónicos, y ello a causa de un motivo muy comprensible.
Quien este impregnado de la regularidad causal de todos los
hechos considerará imposible el concepto de un ente
que intervenga en los sucesos del Universo, ya que en la hipótesis
de la causalidad no caben ni la Religión del Miedo
ni la Religión Social, o sea Moral. Según ella,
es impensable un Dios que recompensa y castiga, que presupone
que el hombre actúa según compulsiones externas
e internas, de modo que no puede ser responsable ante Dios,
como no lo es de sus movimientos un objeto carente de vida.
Esta es la causa por la que se acusó a la Ciencia de
corromper la Moral, una acusación muy injusta. Para
que sea eficaz el comportamiento ético de los hombres
debe basarse en la compasión, la educación y
en motivos sociales: no necesita de ninguna base religiosa.
Sería muy triste por parte de la humanidad si sólo
se refrenara por miedo al castigo y por esperanza de un premio
después de la muerte.
Es comprensible que desde siempre la Iglesia
haya combatido la ciencia y haya perseguido a sus adeptos.
Pero opino por otro lado que la Religiosidad Cósmica
es el estímulo más alto de la investigación
científica. Sólo el que puede imaginar los esfuerzos
extraordinarios que hacen falta para abrir nuevos caminos
a la ciencia, es capaz de apreciar la fuerza del sentimiento
que surge de un trabajo ajeno a la vida práctica. ¡Qué
fe más profunda en la racionalidad del universo construido,
y qué anhelo por comprender, aún cuando fuera
sólo una pequeña parte de la razón que
revela este mundo tenían que animar a Kepler y a Newton
para que fueran capaces de desentrañar el mecanismo
de la mecánica celeste con el trabajo solitario de
tantos años!
Quien sólo conozca la investigación científica
por sus aplicaciones prácticas llegará fácilmente
a una concepción falsa del estado de ánimo de
los hombres que han abierto el camino de la ciencia. Sólo
aquel que haya consagrado su vida a objetivos semejantes posee
una imagen viviente de lo que ha inspirado y dado fuerza a
estos hombres para que a pesar de innumerables fracasos permanecieran
fieles a su objetivo. Es la Religiosidad Cósmica la
que da esa fuerza. Un contemporáneo ha dicho y no sin
razón que en esta época tan fundamentalmente
materialista son los investigadores científicos serios
los únicos hombres profundos religiosos.
La religiosidad de la investigación
Difícilmente puede encontrarse un espíritu de
investigación científica que carezca de una
religiosidad específica, propia. Sin embargo ésta
se diferencia de la del hombre ingenuo. Para este, Dios es
un ente en cuya solicitud se tiene esperanza, y temor de su
castigo -sublimado sentimiento de la realción entre
padre e hijo-, un ente con el que se establece, en cierta
medida, una relación personal.
Pero el investigador está impregnado por la causalidad
de todos los hechos. El futuro no es ni menos importante ni
está menos determinado que el pasado. Para él
la moral no es una materia divina sino puramentre humana.
Su religisoidad se apoya en el asombro ante la armonía
de las leyes que rigen la Naturaleza, en la que se manifiesta
una racionalidad tal, que en contraposición con ella
toda estructura del pensamiednto humano se convierte en insignificante
destello. Este sentimiento es la razón principal de
su vidas, y puede elevarlo por encima de la servidumbre a
los deseos egoístas.
No hay duda de que este sentimiento está muy allegado
al que colma los caracteres creadores religiosos de todos
los tiempos.
Necesidad
de la cultura ética
Tengo la necesidad de desear suerte y éxito a la Sociedad
Para la Cultura Ética, en ocasión de su jubileo.
Desde luego, no es precisamente el momento de recordar con
satisfacción lo logrado en el campo moral durante estos
75 años. Pues no puede decirse que el desarrollo moral
del hombre sea más perfecto ahora que en 1876.
Entonces se creía que todo podía esperarse
de la aclaración científica de los fenómenos,
combatiendo los prejuicios y las supersticiones. Batalla importante
que merecía la atención de los más capaces.
En tal sentido se ha logrado mucho en estos setenta y cinco
años, sobre todo gracias a la difusión a través
de la literatura y desde la escena.
Pero que desaparezcan los obstáculos no implica que
se haya ennoblecido la existencia social e individual. Junto
a tal acción negativa, la búsqueda de una estructuración
ético-moral de la vida comín es de importancia
vital. Aqui no nos puede salvar ninguna ciencia. Incluso creo
que la sobrevaloración de lo intelectual en nuestra
educación, dirigida hacia la eficacia y la practicidad,
ha perjudicado los valores éticos. No pienso tanto
en los peligros que ha traído el desarrollo técnico
de la humanidad sino en la proliferación de un tipo
de mutua falta de consideración, de una manera de pensar
matter of fact, que se ha interpuesto como una capa
de hielo entre las relaciones de los unos con los otros.
El perfeccionameitno ético y moral es una meta más
cercana a las tareas del arte que a las de la ciencia. También
es importante la comprensión de los demás. Pero
ésta solo da frutos si va acompañada de simpatías
y de comprensión. (*)

(*)
Fuente: Albert Eistein,
Mi visión del mundo, Buenos Aires, Hyspamerica, 1985,
p.15-32.