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MEMORIAS DEL
SUBSUELO
Por Fedor Dostoievski
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Fedor
Dostoievski (1821-1881)
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Dostoievski
siempre se precipitó en aguas turbulentas. En los lechos agitados
donde hay luz extrema o sentimientos de angustia y fracaso.
Esta visión atraviesa Los hermanos Karamazov, Crimen y Castigo,
Los endemoniados, El relato de la casa de los muertos. Las
Memorias del subsuelo es una obra quizá menos conocida o
apreciada del creador ruso; allí, el personaje narrador encarna
un antihéroe. Lejos de los temples trágicos y nobles del romanticismo,
Dostoievski talla aquí una psicología preñada de mezquindad,
resentimiento y angustia. El personaje de las memorias es un
funcionario fracasado, es el habitante de un subsuelo atribulado
que él llama "la ratonera". Pero este turbulento
empleado público, aun a su pesar, se ennoblece a través de su
avidez por pensar el vínculo entre el hombre y su posible libertad.
Una sola tesis se repite en el relato de Dostoievski: el hombre
puede entrever una ley natural, un posible orden moral, un horizonte
racional de intereses y conveniencias. Pero hará todo lo contrario
a lo debido si ello le granjea una sensación de libertad respecto
a las leyes. Prefiere optar por un capricho individual a fin
de no ser una "tecla de piano" donde las leyes naturales
imponen su marca. El hombre prefiere la sensación subjetiva
de libertad, el derecho a actuar desde la estupidez y la insensatez.
Los humanos quieren "preservar sus perniciosas fantasías
y sus vulgares trivialidades, aunque solo sea para asegurarse
de que los hombres siguen siendo hombres y no teclas de piano
que responden a las leyes de la naturaleza". La acción
libre es la voluntad que puede elegir vivir fuera de la racionalidad.
La mayor imprudencia y torpeza consuma el hombre con el solo
propósito de demostrarse que es sujeto que se autodetermina
y no la proyección de una legalidad superior de la naturaleza.
En este momento de Textos Olvidados de Temakel hemos seleccionado
los pasajes esenciales de la primera parte de Las Memorias
del subsuelo donde se teje la tesis fundamental sobre el
hombre y su libertad que hemos recreado arriba. Este es uno
de los momentos de especial espesura reflexiva en la literatura
del gran escritor eslavo. Un lugar donde pensamiento y literatura
se agitan en una misma corriente.
Esteban Ierardo
MEMORIAS DEL SUBSUELO
Por Fedor Dostoievski
La
ratonera
Soy un enfermo...un hombre malo. No hay nada de atrayente en mí.
Creo que mi hígado anda mal. Pero en verdad no sé absolutamente nada
acerca de mi dolencia, ni siquiera estoy muy seguro de cuál es. No
estoy bajo tratamiento, y nunca lo estuve, aunque siento gran
respeto por la medicina y los médicos. Además lo bastante para
respetar a la medicina. Dada mi educación, no debería ser supersticiosa, pero lo soy. No, yo
diría que rechazó la ayuda médica
nada más que por espíritu de contradicción. No espero que me
entiendan esto, pero así es. Por supuesto, no puedo explicar a quién trata de engañar de esta manera. Tengo plena conciencia de
que no me es posible perjudicar a los médicos impidiendo que me
curen. Sé muy bien que el perjudicado soy yo, y nadie más. Pero de
cualquier manera, sólo por malicia me niego a aceptar su ayuda. ¿Me
duele el hígado? ¡Magnífico, que siga doliendo!
Hace mucho tiempo que vivo así, veinte años o más. Ahora tengo
cuarenta. Antes era empleado del gobierno, pero ya no. Era un mal
funcionario, grosero, y me complacería serlo. Como no aceptaba
sobornos, tenía que compensarlo de alguna manera. (Esta es una pésima
muestra de ingenio, pero no la borraré ahora. La escribí pensando
que parecería chistosa. Pero ahora me doy cuenta de que es una
jactanciosidad vulgar, de modo que la dejaré sólo por este motivo).
Cuando los peticionantes se acercaban a mío escritorio en procura
de información, les mostraba los dientes, y me sentía indescriptiblemente dichoso cuando
lograba que uno de ellos se
sintiera desdichado. Por lo general eran personas tímidas pues iban
a pedir algo. Pero uno de ellos constituía una excepción a la regla.
Era un oficial, y yo experimentaba una particular repugnancia hacia
él. No se dejaba amedrentar. Tenía una forma especial de hacer
tintinear el sable. Desagradable. Durante dieciocho meses le hice
la guerra cuando yo era todavía joven.
¿Quieren que les
diga que pasaba verdad? Bueno, el centro del asunto, el aspecto más
repulsivo de mi maldad, era que cuando estaba en mi peor humor hepático,
tenía conciencia de que en verdad no era tan perverso ni
tan colérico, y que no hacia más pasar el rato, por decirlo así,
para distraerme. Puede que estuviera echando espumarajos de furia,
pero si uno me traía una muñeca para jugar, o me ofrecía una buena
taza de té con azúcar, lo más probable era que me calmara. E
inclusive me sentía profundamente conmovido, aunque enojado
conmigo mismo; y más tarde hacía rechinar los dientes y perdía el
sueño durante varios meses. Así era yo.
Hace
un momento mentí, cuando dije que fui un mal funcionario. Y mentí
por malicia. Me divertía a costa de los peticionantes y de ese
oficial, pero en el fondo nunca puede ser malo. Conocía los
numerosos elementos que había en mí, y que eran lo contrario de la
maldad. Sentía que bullían en mí desde toda la vida, que trataban
de salir a la superficie, pero yo les impedía hacerlo. Me
atormentaban, me provocaban vergüenza y convulsiones, y me tenía harto. ¡Ah,
qué cansado estaba de ellos! ¿Les parece que estoy
tratando de justificarme, de pedirles que me perdonen? No me cabe
duda de que piensan eso...Bueno, créanme, no me importa que piensen
así.
No conseguía ser malo, pero tampoco amistoso, ni infame, ni honrado,
ni un héroe, ni un insecto. Y ahora vivo mi vida en un rincón,
trato de consolarme con la estúpida, inútil excusa de que un hombre
inteligente no puede convertirse en nada, de que solo un tonto puede
hacer consigo lo que quiera. Es verdad que un hombre inteligente del
siglo XIX tiene que ser una criatura invertebrada, en tanto que un
hombre de carácter, el hombre de acción, es, en la mayoría de los
casos, una persona de inteligencia ilimitada. Esta es mi convicción a
los cuarenta años de edad. Ahora tengo cuarenta, y cuarenta años
es toda una vida; cuarenta años es la vejez. ¡Es indecente, vulgar e
inmoral vivir más allá de los cuarenta! ¿Quién lo logra? Contésteme con sinceridad. O
déjenme que contesto yo: los tontos e inútiles. Esto lo repetiré en la cara de cualquiera de esos
venerables patriarcas, de todos esos respetables hombres canosos,
para que lo escuche todo el mundo. Y tengo derecho a decirlo, porque yo
viviré hasta los sesenta. ¡Hasta los setenta! ¡Llegaré
a los ochenta...! Esperen, déjenme recobrar el aliento...
¿Piensan que estoy tratando de hacerles reír? Entonces han
vuelto a entenderme mal. No soy en modo alguno el tipo alegre que
creen, o que podrían creer que soy. Pero si les irrita mi parloteo
(y siento que ya debe molestarles), y tienen ganas de preguntarme
quién diablos son al fin de cuentas, tendré que contestar que soy un
asesor colegiado, empleado de octava clase. Entre en el servicio para poder comer (y
sólo por eso). Pero cuando murió un pariente
lejano, dejándome seis mil rublos, renuncié en el acto y me instalé
aquí, en mi rincón. He vivido aquí aún antes de eso, pero ahora
estoy establecido de verdad. Mi habitación es miserable y fea, y se
encuentra en las afueras de la ciudad. La criada es una campesina,
mala por pura estupidez; además, siempre huele mal. Me dicen que el
clima de Petersburgo es malo para mí y que, dado lo escaso de mis
ingresos, resulta un lugar muy caro. Todo eso lo sé. Lo sé mejor que
todos mis presuntos consejeros. ¡Pero me quedaré en Petersburgo!
¡No me iré! No me iré porque...
*
(...)
¿Quién fue el primero que dijo que el hombre hace cosas feas sólo
porque no sabré cuáles son sus verdaderos intereses, que si alguien
lo esclareciera en ese sentido dejaría inmediatamente de actuar como
un cerdo y se volvería noble y bondadoso? Al verse esclarecido,
continua el argumento, y al advertir en qué consiste en su verdadero
interés, se daría cuenta de que este tiene su centro en la acción
virtuosa. Y como ya se sabe que un hombre no actúa en forma
deliberada contra sus intereses, se seguiría de ello que no tendría
más elección que las de volverse bueno. ¡Oh, cuánta inocencia!
¿Desde cuándo, en estos últimos milenios, ha actuado el hombre
exclusivamente por su propio interés? ¿Y qué hay de los millones
de hechos que demuestran que los hombres, de modo deliberado y con
pleno conocimiento de cuáles eran sus verdaderos intereses, los
despreciaron y se precipitaron en una dirección distinta? Y lo
hicieron por su propia cuenta, sin que nadie los aconsejara, negándose a seguir el camino seguro, trillado, y lo
siguieron con
empecinamiento, a oscuras. ¿No sugiere esto que la testarudez y la
terquedad eran más fuertes en esos hombres que sus intereses?
¡Interés! ¿Qué interés? ¿Pueden ustedes definir cuál es el
interés de un ser humano? Y supongamos que el interés de un hombre
no sólo concuerda con algo dañino, antes que con algo ventajoso, sino
que además lo exige. Por supuesto, si ese caso es posible, entonces
la regla queda reducida a polvo. Y ahora díganme: ¿es
posible un caso así? Pueden reír, si lo desean, pero quieren que me
contesten lo siguiente: ¿no hay una medida exacta para las ventajas
humanas? ¿No se omiten algunas que no pueden ser incluidas en esta
clasificación? Por lo que puede entender, ustedes han basado su
escala de ventaja en promedios estadísticos y en fórmulas científicas pensadas por los economistas. Y como la escala
está
compuesta de intereses tales como la felicidad, la prosperidad, la
libertad, la seguridad y todo lo demás, un hombre que de modo
deliberado hiciera caso omiso de dicha escalera sería tachado por
ustedes -y también por mí en realidad- de oscurantista, de loco de
remate. Pero lo verdaderamente notable es que los estadísticos, los sabios y los humanitarios de ustedes,
cuando hacen la
lista de los intereses humanos, insisten en omitir uno de ellos. Jamás
se acuerdan de él, con lo cual invalidan todo sus cálculos. Cualquiera
creería que es muy fácil agregarlo a la lista. Pero ese es
el problema; no encaja en ninguna escala ni diagrama.
Por
ejemplo, damas y caballeros, yo tengo un amigo; es claro que también
es amigo de ustedes y en realidad, de todo el mundo. Cuando a punto
de hacer algo, este amigo explicar con palabras pomposas y en
detalle de qué manera debe actuar para concordar con los preceptos
de la justicia y razón. Más aún, se muestra apasionado cuando
perora sobre los intereses humanos; desprecia a los tontos miopes
que no saben qué es la virtud o qué les conviene. Luego, exactamente
quince minutos después, sin un motivo externo evidente, pero
impulsado por algo interior, más fuerte que toda consideración de
intereses, describe una piriueta y dice todo lo contrario de lo que
ha venido diciendo. A saber, desacredita las leyes de la lógica y
sus propios intereses; en una palabra, lo ataca todo...
Ahora
bien, como mi amigo es un tipo complejo, no es posible desecharlo
por considerarlo un individuo raro. De manera que quizás exista algo
que todos los hombres valoran por encima de las más altas ventajas
individuales, o (para no ser ilógicos) es posible que haya una
ventaja humana mas ventajosa (precisamente la que siempre se omite)
que también es más importante que las otras y por lo cual un
hombre, si es necesario, hará frente a la razón, el honor, la
seguridad y la prosperidad -en una palabra, a todas las cosas bellas
y útiles- nada más que para alcanzarla, para lograr la ventaja más
ventajosa de todas, las más cara para él.
-Y
qué - me interrumpirán ustedes-; de cualquier manera es una ventaja.
Un momento. Quiero expresarme con claridad. No es un problema de
palabras. Lo notable de ventaja es que transforma todas las
clasificaciones y tablas compuestas por los humanitaristas para
felicidad del género humano,. Las ahuyenta, por decirlo así. Pero
antes de dar nombre a esa ventaja, permítaseme comprometerme y
declarar qué todos esos encantadores sistemas, todas esas teorías
que explican al hombre cuál es su verdadero interés, de modo que al
alcanzarlo se vuelva en el acto bueno, y noble, todas ellas no son,
en mi opinión, otra cosa que estériles ejercicios de lógica. Sí,
nada más que eso. Por ejemplo, proponer la teoría de la regeneración humana por la
búsqueda de sus verdaderos
intereses es, creo yo, casi como...bueno, como, decir, cual dice H.T.
Buckle, que el hombre madura bajo la influencia de la civilización
y se vuelve menos sanguinario y propenso a hacer la guerra. Para llegar a esta
conclusión parece haber seguido un razonamiento lógico. Pero los hombres lo
adoran los razonamientos abstractos y
las sistematizaciones bien elaboradas, a tal punto, que no les
molesta deformar la verdad, cierran los ojos y los oídos a
todas las pruebas que los contradicen, con tal de conservar sus
construcciones lógicas. Y yo diría que el ejemplo que he tomado
aquí es en verdad flagrante. No hay más que mirar en torno y se
verán derramamientos de sangre, y la sangre es derramada casi
jugando, como si fuese champagne. ¡Ahí tienen a Estados Unidos, esa
indisoluble unión, hundida hasta el cuello en la guerra civil! Ahí
tiene la farsa de Schleswig-Golstein...
¿Y
qué hay en nosotros que haya sido suavizado por la civilización?
Afirmo que lo único que ésta hace es desarrollar en el hombre una
mayor capacidad para experimentar una mayor variedad de
sensaciones. Y nada, absolutamente nada más. Y gracias a ese
desarrollo, es posible que el hombre puede todavía aprender a gozar
con el derramamiento de sangre. ¡Pero su eso ya ha sucedido! ¿Se
han dado cuenta, por ejemplo, de que los tiranos, mas refinados y
sanguinarios, comparados con quienes los Atila y los Stenka Tazin
equivalen a simples niños de coro, son a menudo exquisitamente
civilizados? En realidad, si no resultan tan notables es porque hay
demasiados de ellos, y porque se nos han vuelto demasiado
familiares. La civilización ha hecho al hombre, si no siempre mas
sediente de sangre, por lo menos mas furiosas, mas horriblemente sanguinario. En el pasado se
veía justicia en el derramamiento de
sangre, y se mataba, sin mayores remordimientos de conciencia, a
aquellos a quienes se consideraban necesario matar. Hoy, aunque
consideramos espantoso derramar sangre, seguimos haciéndolo, y en
escala mucho mayor que hasta ahora. Se ha dicho que Cleopatra -y,
por favor, perdónenme por este ejemplo de la historia antigua- sentía
placer cuando clavaba agujas de oro en los pechos de sus
esclavas, que se deleitaba con sus gritos y contorsiones. Podrán
ustedes objetarme que esto sucedía en tiempo relativamente bárbaros;
o quizá digan que todavía hoy vivimos en una época bárbara (también
en términos relativos), que todavía se clava agujas a la gente y que
aún hoy, aunque el hombre ha aprendido a tener más
discernimiento que en tiempos antiguos, todavía debe aprender a
seguir los dictados de su razón.
Ello no obstante, en los pensamientos de ustedes no cabe duda
alguna de que lo aprenderá en cuanto se haya liberado de ciertas
malas costumbres antiguas, y cuando el buen sentido y la ciencia
hayan reeducado por completo la naturaleza humana, dirigiéndola por
los caminos adecuados. Parecen estar seguros de que el hombre mismo
abandonara sus extravíos por su propia y libre voluntad, y dejará de
oponer su arbitrio a sus intereses. Más aún: dicen que la ciencia
enseñará al hombre (aunque se me ocurre que esto es un lujo) que no
tiene voluntad ni caprichos- que en verdad nunca los tuvo-, que es
algo así como un teclado de piano o un pedal de órgano; que por
otra parte, hay en el universo leyes naturales, y que todo lo que
le ocurre sucede fuera de su voluntad, por sí mismo, como si dijéramos, en consonancia con las leyes de la naturaleza. Por lo
tanto, lo único que queda por hacer es descubrir esas leyes y el
hombre ya no será responsable de sus actos. Entonces la vida
resultará en verdad fácil para él. Todos los actos humanos serán
incorporados, por medio de una lista, a algo así como tablas de
logaritmos, digamos hasta el número 108.000, y trasladaos a un
almanaque. O mejor aún, aparecerán catalogados destinados a
ayudarnos tal como hacen los diccionarios y las enciclopedias.
Contendrán detallados cálculos y pronósticos exacto de todo lo que
vendrá, de modo que ya no sean posible en este mundo las aventuras
ni la acción.
Y
entonces -ustedes son quienes hablan- surgirán nuevas relaciones
económicas, relaciones hechas de medida y calculadas de antemano con
precisión matemática, de forma que en el acto desaparecen todos los
problemas posibles, porque todos reciben las soluciones posibles. Y
entonces se levantará el utópico palacio de cristal; y
entonces...bueno, la vida será eterna bienaventuranza.
Por supuesto, ni pueden garantizar (ahora hablo yo) que eso no
resulte espantosamente aburrido (¿pues qué se podrá hacer cuando
todo esté predeterminado por almanaques?). Pero, por otra parte, todo
estará planeado en forma muy razonable.
Pero es posible que uno haga cualquier cosa de puro tedio. Por
aburrimiento se clava agujas de oro a la gente. Pero eso no es nada.
Lo verdaderamente mal (soy yo quien vuelve a hablar) es que entonces
las agujas de oro serán consideradas una bendición. El
problema del hombre consiste en que es estúpido. Fenomenalmente estúpido. O sea, que aunque no sea
estúpido de veras, es tan
desagradecido, que no es posible encontrar otra criatura tan
ingrata. A mí, por ejemplo, no me sorprendería en modo alguno, sí,
en esa futura era de la raza apareciera de pronto un caballero con
una sonrisita desagradecida, o digamos retrógrada, y, con los
brazos en jarra, nos dijera:
-¿Qué
les parece, amigos?, mandemos esta razón al demonio, saquémonos de
debajo de los pies todas estas tablas de logaritmos y volvamos a
nuestras propias y estúpidas costumbres.
Eso no es tan enojoso por sí mismo: lo malo es que ese caballero
encontraría partidarios, con toda seguridad. Porque así está hecho
el hombre.
Y
la explicación es tan sencilla, que casi no parece haber necesidad
de presentarla; a saber, prefiere actuar como se le antoja, y no
como le dicen la razón y sus intereses, pues es muy posible que
sienta deseos de actuar contra sus intereses, y en algunos casos
digo que desea positivamente actuar de esa manera. Pero es es mi
opinión personal.
De manera que la libre e ilimitada elección de uno, el capricho
individual, aunque sea el más loco, producto de una fantasía llevada
a veces hasta el frenesí, esa es la ventaja más ventajosa que no
puede ser incorporada a ninguna tabla ni escala, y que convierte en
polvo, con su solo contacto, todos los sistemas y todas las teorías.
¿Y de dónde sacaron todos esos sabios la idea de que el hombre debe
tener algo que en opinión de ellos es una serie de deseos normales y
virtuosos? ¿Qué les hace creer que la voluntad humana tiene que ser
razonable y concorde con sus intereses? Lo único que el hombre
necesita de veras es la voluntad independiente, a toda costa y sean
cuales fueren las consecuencias.
Hablando de la voluntad, maldito sea si...
-¡Ha, ja, ja! Hablando en términos estrictos, ¡eso que se llama
voluntad no existe!- me interrumpirán ustedes con una risotada-. Hoy
la ciencia ha logrado disecar al hombre lo suficiente como poder
afirmar que lo que conocemos con el nombre de deseo y libre albedrío
no es más que...
¡Esperen, esperen un momento! Ya iba a llegar a eso. Admito que
inclusive me asusto un poco. Estaba a punto de decir que la voluntad
dependía del diablo sabe que, y que quizá deberíamos estarle
agradecidos a Dios por eso, pero entonces me acorde de la ciencia y
eso me freno. Y en ese momento ustedes me interrumpieron. Ahora
bien, supongamos que un día descubrieran de verdad una fórmula que
constituyera la raíz de todos nuestros deseos y caprichos, y que nos
dijera de que dependen estos, a que leyes están sometidos, como se
desarrollan, hacia que apuntan en tal y cual caso, etcétera; es
decir, supongamos que encontrasen una verdadera ecuación matemática.
Bueno, lo más probable es que entonces el hombre deje de tener
deseos, casi con seguridad. ¿Qué alegría podría encontrar en el
hecho de funcionar de acuerdo a una tabla de tiempos? Más aún, se
convertiría en un pedal de órgano, o algo por el estilo, ¿pues que
es un hombre sin voluntad, deseos, ni aspiraciones, sino un pedal
de órgano?
Examinemos, por consiguiente, las posibilidades de que eso ocurra o
no. ¿Qué les parece a ustedes?
-Hummm -me dirán-, la mayor parte de nuestros deseos son errados a
consecuencia de una evaluación equivocada de cuáles son nuestros
intereses. Si a veces deseamos algo que no tiene sentido, ello se
debe a que, en nuestra estupidez, creemos que es la forma más fácil
de lograr una supuesta ventaja. Pero cuando todo eso nos ha sido
explicado y elaborado en una hoja de papel (lo cual es posible,
porque es despreciable y carente de razón afirmar que pueden existir
leyes de la naturaleza que el hombre no logre penetrar), tales
deseos dejarán sencillamente de existir. Pues cuando el deseo se
combina con la razón, en lugar de desear razonamos. En ese caso resulta imposible conservar la
razón y desear algo insensato, es
decir, nocivo. Y en cuanto sea posible computar todos nuestros
deseos y razonamientos (pues llegara el día en que entendamos qué es
lo que gobierna a lo que ahora describimos como nuestro libre albedrío), es probable que contemos con
algún tipo de tablas que
orienten nuestros deseos, lo mismo que cualquier otra cosa. De
manera que si un hombre le saca la lengua a alguien será porque no
puede dejar de sacarla, y porque tiene que hacerlo
colocando la cabeza exactamente en el ángulo en que lo hace. ¿Y qué
libertad quedará entonces en él, en particular si es un hombre
culto, un hombre de ciencia diplomado? ¡Pues podrá planificar su
vida con treinta años de anticipación! De todos modos, si se llega
a eso no tendremos más remedio que aceptarlo. Debemos
repetirnos a cada rato que en ningún momento ni lugar nos pedirá
la naturaleza permiso para nada; que debemos aceptarla tal como
es, y no tal como nos la pintamos en la imaginación; que si
avanzamos hacia los gráficos, las tablas de tiempos y aun los
tubo de ensayo, bueno, tendremos que aceptar todo eso, ¡incluido,
por su puesto, el tubo de ensayo! Y si no queremos aceptarlo, la naturaleza misma
hará que...
Sí, sí,
ya sé, ya sé... Pero ahí hay un inconciente, por lo que a mí
respecta. Tendrán que perdonarme, damas y caballeros, si me hago un
embrollo con mis propios pensamientos. Hay que tener en cuenta el
hecho de que me he pasado los cuarenta años de mi vida en una
cuevas de ratones, debajo de piso. Permítanme, entonces, que de
rienda suelta a mi fantasía.
Admiro que la razón es algo bueno. Eso no se puede discutir. Pero
la razón es sólo razón, y no hace más que satisfacer las
exigencias
racionales del hombre. Por otra parte, el deseo es la manifestación
de la vida misma -de todo la vida-, y lo abarca todo, desde la razón
hasta el impulso de rascarse. Y aunque la vida puede convertirse a
menudo en un asunto sucio cuando somos orientados por nuestros
deseos, sigue siendo vida, y no una serie de extracciones de raíces
cuadradas.
Yo, por ejemplo, por instinto quiero vivir, ejercer todos los
aspectos de la vida que hay en mí, y no sólo la razón, que equivale
quizás a no más de un vigésimo del todo.
¿Y
qué sabe la razón? Sólo sabe lo que ha tenido tiempo de aprender.
Muchas cosas seguirán siendo desconocidas para ella. Esto hay que
decirlo aunque no tenga nada de alentador.
Pero la naturaleza humana es todo lo contrario. Actúa como una
entidad, usa todo lo que tiene, lo consciente y lo inconciente, y
aunque nos engañe, vive. Sospecho, damas y caballeros, que me están
mirando con compasión, preguntándose cómo no logro entender que un
hombre esclarecido y culto, como el hombre del futuro, no puede
tener deseos deliberados de perjudicarse. Para ustedes es una cuestión de
matemáticas puras. De acuerdo, es matemáticas. Pero déjenme repetirles por
centésima vez que existe un caso en que el hombre puede desear, con plena
conciencia, hacerse algo dañino, estúpido y aun totalmente idiota. Y lo
hará para dejar sentado su
derecho a desear las cosas más idiotas, y para verse obligado a
tener sólo deseos sensatos. ¿Pero que resulta ser la cosa más
ventajosa de la tierra para nosotros, como a veces sucede? En términos
específicos, puede resultar más ventajoso para nosotros que
cualquier otra ventaja, aun cuando resulte evidente que nos hace
daño y que contraría todas las conclusiones sensatas de nuestra
razón respecto de nuestros intereses. Porque, suceda lo que
sucediere, nos deja nuestra posesión más importante, más preciada:
nuestra individualidad.
Algunas personas reconocen, por ejemplo, que el deseo podría ser lo
que el hombre más atesora. Es claro que el deseo, si así lo quiere,
puede concordar con la razón, en especial si se lo usa con
frugalidad, sin ir nunca demasiado lejos. Entonces el deseo resulta
útil, y hasta digno de elogio.
Supongamos, damas y caballeros, que el hombre no es estúpido.
(Porque, en verdad, si decimos que es estúpido, ¿a quién podremos
llamar inteligente?) Pero aunque no sea estúpido, es monstruosamente
desagradecido. ¡Fenomenalmente desagradecido! Inclusive diría que
la mejor definición de hombre es: un bípedo desagradecido. Pero ese
es todavía su defecto principal si principal defecto es su
perversidad crónica, y ya ha sufrido de ella a todo lo largo de la
historia, desde el Diluvio hasta las crisis de Schleswig- Golstein.
Perversión y, por lo tanto, falta de buen sentido, pues bien, se
sabe que la perversidad se debe a la carencia de buen sentido. Echen
una ojeada a la historia de la humanidad y díganme qué ven en ella.
¿Les parece majestuosa? Es posible. El Coloso de Rodas es lo
bastante impresionante como para haber impulsado al señor Anaievski
a decir que algunos la consideran una obra del hombre y otros una
creación de la naturaleza. ¿La encuentran llena de colorido? Sí,
supongo que en la historia de la humanidad hay mucho color. Piénsese
en todos los uniformes militares y en todas las vestimentas civiles.
Esto por si mismo parece bastante impresionante. Y si pensamos en
todos los uniformes que se usan en todas las ocasiones
semioficiales, hay tanto colorido, que cualquier historiador quedaría deslumbrado. ¿Les parece
monótona? Sí, hay mucho de razón
en eso. Combaten y combaten y combaten; están combatiendo ahora,
lucharon antes y volverán a hacerlo en el futuro. Sí, convengo en
que es un poco monótona.
De modo que ya ven; sobre la historia mundial se puede decir cualquier cosas; todas y cualquiera de las cosas que se le pueda
ocurrir a la imaginación más mórbida. Menos una. No se puede decir
que la historia sea razonable. La palabra se le queda a uno en la
garganta. Y he aquí lo que sucede a cada rato: hombres buenos y
razonables, sabios y humanitarios, tratan de vivir una vida
constantemente buena y sensata, de servir, por decirlo así, de
antorchas humanas para iluminar el camino de sus prójimos, para
demostrarles qué puede hacerse. ¿Y qué resulta de ello? Por
supuesto, tarde o temprano, estos amantes del género humano se dan
por vencidos, algunos en medio de un escándalo, y a menudo de un
escándolo bastante indecente.
Y
ahora quiero preguntarles algo: ¿qué se puede esperar del hombre,
si se tiene en cuenta que es una criatura tan extraña? Se pueden
derramar sobre él todas las bendiciones de la tierra, ahogarlo en
dicha, de modo que sólo se vea las burbujas que suben a la
superficie de su ventura; se le puede otorgar tal seguridad económica, que no tenga que hacer otra cosa que dormir,
mordisquear
tortas y preocuparse de impedir que la historia mundial se
interrumpa. Y aun entonces, por pura malicia se interrumpe. Y aun
entonces, por pura malicia e ingratitud, el hombre les hará una
sucia jugarreta. Inclusive pondrá en peligro su vida en beneficio
de las más flagrante estupidez, de la tontería económicamente más
insegura, nada más que para inyectar sus propias fantasías,
desastrosas y letales, en toda la solidez y sensatez que lo rodean.
Precisamente quiere preservar sus perniciosas fantasías y sus vulgares
trivialidades, aunque sólo sea para asegurarse de que los
hombres siguen siendo hombres (como si eso fuera tan importante),
y no teclados de piano, que responde a las leyes de la naturaleza.
Quien sabe por qué, al hombre le molesta la idea de no poder desear
ese deseo no figura en su tabla de tiempos en ese momento.
Pero aunque el hombre fuese otra cosa que una tecla de piano, aunque
tal cosa se le pudiera demostrar por métodos matemáticos, no
volvería en sí, sino que utilizaría alguna de sus tretas, por
pura
ingratitud, nada más que por salirse con la suya. Y si no los
tuviera a mano, inventaría los medios de destrucción, de caos, y
todos los tipos de sufrimiento necesarios para lograr su objetivo.
Por ejemplo, maldeciría en voz lo bastante alta para que todo el
mundo lo escuchara -maldecir es prerrogativa del hombre, y lo
distingue de todos los demás animales-, y quizás el solo hecho de
maldecir le daría lo que quiere, es decir, le demostraría que es un
hombre, y no una tecla de piano.
Pero
se puede decir que también esto es posible calcularlo de antemano e
incluirlo en la lista -el caos, las maldiciones y todo-, y que la
posibilidad misma del cálculo lo impediría, de forma que
predominaría la cordura. ¡Oh, no! En ese caso el hombre enloquecería adrede, nada
más que para incomunicarse a la razón.
Creo que esto es así y estoy dispuesto a jurar porque me parece que
el sentido de la vida del hombre consiste en demostrarse a sí mismo, a cada instante, que es un hombre, y no una tecla de piano. Y el
hombre seguirá demostrándolo, pagándolo con su piel; si hace falta,
se convertirá en un troglodita. Y como esto es así, no puedo dejar
de alegrarme de que las cosas sigan siendo como son y que por el
momento nadie sepa qué es lo que determina nuestros deseos. (*)

(*)
Fuente: Fedor Dostoievski,
"La ratonera", en Memorias del subsuelo, Buenos
Aires, Centro Editor de América Latina.
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