| CARTAS A UN
JOVEN POETA
Por Rainer María
Rilke
|

Rainer
María Rilke en dibujo del escritor ruso Boris Pasternak. |
Presentación
Tres
cartas a un joven poeta
PRESENTACION
Rainer María Rilke
(1875-1929) nace en Praga en las épocas del imperio austrohúngaro.
Luego de un infructuoso paso por una educación militar y una
Academia de Comercio, publica su primeras obra: Vida y canciones,
en 1894. Luego, en el ámbito universitario estudia Derecho y
Letras. En 1897, hace su primer viaje a Italia. Después, en 1903,
le envía a Franz Kappus la primera de las diez cartas que
compondrán las Cartas a un joven poeta. En su Libro de
las horas el poeta ensaya su personal visión de la divinidad.
Rilke imagina un Dios que deviene siempre y que constantemente
sobrepuja límites. Es un Dios que necesita de la lúdica
participación del hombre. Entre 1899 y el año 1900, realiza dos
viajes a Rusia con la famosa Lou Andrea Salome y su esposo. Se
enamora de lengua rusa, de sus paisajes, de su historia y su arte.
Conoce a Tolstoi. En cada ruso descubre a un ser solitario que lleva
en sí un mundo.
En 1903 regresa a Alemania, a Worpswede, una colonia artística que
ejerce una gran seducción sobre él. Allí vivía un grupo de
personas que había abandonado las ciudades para tener una vida en
plena comunicación con la naturaleza. En el cercano pueblo de
Westerwede, Rilke crea un hogar que comparte con Clara Westhoff,
discípula del entonces ya consagrado escultor francés Augusto
Rodin. Su esposa y su hija Ruth, dice en una carta, "protegen
del mundo". Pero los problemas económicos invaden la
convivencia y, como luego reconoce el poeta, la idílica vida
campesina se convirtió en un hermoso sueño irrealizable.
A través de Clara, Rilke conoce a Augusto Rodin en 1902 sobre quien
escribe dos vividas monografías. Rodin despierta en el autor de Las
elegías de Duino una profunda admiración. El escultor galo es
la noble comprobación de la posibilidad de la auténtica vida
artística, de esa existencia donde todo palpitar del artista está
entregado a su obra. La vida del artista genuino es así una obra de
arte. Rodin le enseña también a trabajar intensamente para
cincelar una obra y no esperar siempre la incierta espontaneidad de
la inspiración.
La mirada de Rilke aprendía a percibir la inmediatez ardiente de
las cosas del mundo. Esas cosas que las sentirá cada vez más
próximas y fraternales. Por eso, desde 1903, su poesía no se
preocupa ya tanto por el yo sino por celebrar un balcón de
Nápoles, o una partera en un zoológico parisiense. El poder
atribuido a los objetos queda expresado en Los nuevos poemas
publicados entre 1907 y 1908.
Las grandes obras rilkeanas son: Libro de las horas (1906); Cuaderno
de Malte (1906); Nuevos poemas (1907 y 1908, primera y
segunda parte respectivamente); Los cuadernos de Malte Laurids
Brigge (1910), Elegías de Duino (1922); Sonetos a
Orfeo (1923).
Las Cartas a un joven poeta fueron editadas en 1929. La obra
se compone de diez cartas enviadas en respuesta por Rilke a Franz
Xaver Kappus. En 1903, responde la primera misiva de Kappus.
Kappus pertenecía a la armada austrohúngara donde actuaba como
oficial. Luego, solicitó su baja y se entregó al cultivo de las
letras.
En las Cartas emerge la cosmovisión poética rilkeana con
nitidez y hondura. En este momento de Textos Olvidados en
Temakel, le presentamos tres de las diez cartas que constituyen la
obra. ( Para la versión completa pueden consultar la página Ciudad
selva).
En la primera carta, Rilke, destaca que el único camino auténtico
del arte nace de la necesidad interior. El arte debe ser asumido
como misión desinteresada. La trampa de la satisfacción
egocéntrica siempre ronda cerca del artista. Éste debe aprender a
desentenderse de la búsqueda de reconocimiento, del interés por el
aplauso de la crítica o del público. Sólo debe ser fiel a lo que
le es entregado por las Musas para luego expresarlo mediante la
laboriosa plasmación de la forma más adecuada de expresión.
En la Carta VIII, el poeta destaca el legítimo poder que posee la
tristeza para transfigurarnos y hacer que nuestra casa se amplíe
con la nueva luz de lo nuevo. La meditación se extiende hacia los
médanos de la soledad. No elegimos estar solos o acompañados.
"Somos solitarios", somos soledad. Por otra parte, debemos
aceptar la existencia como amplitud. Celebrar lo conocido y visible,
pero también lo prodigioso, extraño, inexplicable. El mundo nunca
está contra nosotros. "Si hay espantos, se trata de nuestros
espantos; si hay abismo, estos abismos nos pertenecen; si hay
peligros, debemos procurar amarlos".
En la carta X, Rilke concentra su atención en el arte como una
forma de vivir. Si en todo momento estamos alertas y abiertos a las
cosas naturales, estaremos más cerca del arte.
Esteban Ierardo
TRES
CARTAS DE CARTAS A UN JOVEN POETA
La necesidad de la expresión artística en
la Carta
1
...Nada
resulta más inadecuado que abordar una obra de arte con
terminología crítica; de ellos siempre derivan malentendidos de
variada índole.
Las cosas no son tan tangibles ni tan susceptibles de ser descriptas
como suele hacernos creer. La mayor parte de lo que ocurre es inexpresable,
se consuma en un espacio en el cual jamás ha penetrado palabra alguna, y
más inexpresables aún son las obras de arte existencias grávidas de secretos y
con vida perdurable, al contrario de la nuestra, que es efímera.
...Pregunta usted si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Ya se lo ha
planteado a otros. Los envía a las revistas. Los compara con otras poesías y se
inquieta cuando ciertos editores rechazan sus intentos literarios
En lo sucesivo, ya que me permite aconsejarle, ruégole que abandone todo eso. Usted mira hacia afuera y es, precisamente, lo que no debe hacer de ahora en más. Nadie puede aconsejarle ni ayudarle Nadie. Sólo hay un recurso:
vuelva sobre sí mismo. Indague cuál es la causa que lo mueve a escribir; examine si ella expande sus raíces en lo más profundo de su corazón. Confiése se a usted mismo si moriría, en el supuesto caso de que le fuera vedado escribir. Ante todo, pregúntese en la más
silente hora de la noche: "Debo escribir?". Hurgue dentro de sí en procura de una profunda respuesta y, si esta resulta afirmativa, si puede afrontar tan serio interrogante con un fuerte y simple
"debo", entonces construya su vida según esta necesidad. Su vida, hasta en
los más vacíos e insignificantes momentos debe convertirse en señal y testimonio
de este impulso. Después, acérquese a la naturaleza. Entonces, procure
expresar, como si fuera el primer hombre, aquello que ama y pierde.
No escriba poesías de amor. A principio, evite las formas demasiados comunes y habituales; son las
más difíciles, pues se requiere una fuerza grande y madura para gestar algo
propio allí donde existen buenas y hasta a veces, brillantes tradiciones. Por eso,
descarte motivos generales y encamínese hacia aquello que su cotidianeidad le
ofrece, exprese sus tristezas y deseos, los pensamientos pasajeros y su fe en alguna forma de belleza. Hable de
todo eso con la más honda, íntima y humilde sinceridad, y utilice para expresarse, las cosas de su entorno, las imágenes de
sus ensueños y los objetos de los recuerdos. Si su vida diaria le parece pobre, no la culpe,
cúlpese a sí mismo; dígase que no es lo bastante poeta como para atraer sus riquezas. Para los creadores no hay pobreza ni sitio que sea indiferente Y aun cuando usted estuviese en una prisión cuyas paredes impidiesen que rumor alguno del mundo llegara hasta sus sentidos, ¿no le quedaría siempre su infancia, esa riqueza preciosa, imperial, ese cofre de recuerdos? Vuelva usted a ella su
atención. Intente recuperar las sumergidas sensaciones de aquel vasto pasado: su personalidad se
fortalecerá, su soledad se poblará y convertirá en una morada de luz crepuscular, ante la cual pase lejano, el estrépito del mundo. Y si de esta vuelta a su interior, si del estar inmerso en el mundo propio, surgen
versos, no pensará en preguntarle a nadie si los versos son buenos. Tampoco tratará de que las revistas se interesen por tales trabajos,
pues usted disfrutará de ellos como de una preciada posesión natural, por ser jirones de su propia vida.
Una obra de arte es buena si nace de la necesidad. En esta característica de
su origen está implícito su juicio: no hay ningún otro. He aquí por qué, estimado señor, no he sabido darle otro consejo
sino este: volver sobre sí y sondear las profundidades de donde proviene su vida en esa fuente encontrará la respuesta
a la pregunta acerca de si debe crear. Admítala tal corno suena, sin
interpretarla. Puede que usted sea convocado por el arte. Entonces, asuma su
destino y llévelo con su pesadumbre y grandeza, sin indagar jamás acerca de
cuál es la recompensa que pueda venir desde fuera. Pues el creador tiene que
ser un mundo para sí y hallar todo en sí mismo y en la naturaleza a la cual se ha incorporado.
Pero después de esta inmersión en su mundo y en sus soledades, quizás usted deba renunciar a ser poeta (basta que sienta
-como queda dicho- que podría seguir viviendo sin escribir, para no permitírselo en absoluto). Aun así, esta introspección que le pido no habrá sido en vano. De cualquier modo, a partir de entonces, su vida encontrará caminos propios; que ellos sean buenos, felices y amplios, se lo deseo más de lo que me es posible expresar.
¿Qué otra cosa le diré? Me parece haber puesto énfasis en todo aquello que lo merecía. En suma, tan sólo he querido aconsejarle para que avance tranquila y seriamente en su evolución:
en gran medida la perturbará si mira hacia afuera o, si desde el exterior, espera respuestas a preguntas que sólo
su más íntimo sentimiento, en la hora más propicia, acaso pueda responder.
(*)
(*)
Fuente: Rainer María Rilke, Cartas a un joven poeta,
Buenos Aires, Errepar (versión Delia Nilda Arrizabalaga).
La tristeza, la soledad y la celebración de
inexplicable y la existencia en la Carta VIII
Borgeby
Gard, Fladie (Suecia), 12 de agosto de 1904
Quiero
volver a hablarle un rato, querido señor Kappus, aunque yo casi
nada sepa decirle que pueda procurarle algún alivio. Ni siquiera
algo que alcance a serle útil. Usted ha tenido muchas y grandes
tristezas, que ya pasaron, y me dice que incluso el paso de esas
tristezas fue para usted duro y motivo de desazón. Pero yo le ruego
que considere si ellas no han pasado más bien por en medio de su
vida misma. Si en usted no se transformaron muchas cosas. Y si,
mientras estaba triste, no cambió en alguna parte -en cualquier
parte- de su ser. Malas y peligrosas son tan sólo aquellas
tristezas que uno lleva entre la gente para sofocarlas. Cual
enfermedades tratadas de manera superficial y torpe suelen
eclipsarse para reaparecer tras breve pausa, y hacen erupción con
mayor violencia. Se acumulan dentro del alma y son vida. Pero vida
no vivida, despreciada, perdida, por cuya causa se puede llegar a
morir.
Si
nos fuese posible ver más allá de cuanto alcanza y abarca nuestro
saber, y hasta un poco más allá de las avanzadillas de nuestro
sentir, tal vez sobrellevaríamos entonces nuestras tristezas más
confiadamente que nuestras alegrías. Pues son ésos los momentos en
que algo nuevo, algo desconocido, entra en nosotros. Nuestros
sentidos enmudecen, encogidos, espantados. Todo en nosotros se
repliega. Surge una pausa llena de silencio, y lo nuevo, que nadie
conoce, se alza en medio de todo ello y calla...
Yo
creo que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión que
experimentamos como si se tratara de una parálisis. Porque ya no
percibimos el vivir de nuestros sentidos enajenados, y nos
encontramos solos con lo extraño que ha penetrado en nosotros.
Porque se nos arrebata por un instante todo cuanto nos es familiar,
habitual. Y porque nos hallamos en medio de una transición, en la
cual no podemos detenernos.
Por
eso pasa la tristeza. Lo nuevo que está en nosotros, lo recién
llegado, se nos entra en el corazón, se desliza en su cámara más
recóndita, y ya tampoco está allí: está en la sangre. Y no
alcanzamos a saber lo que fue... Sería fácil hacernos creer que no
sucedió nada. Sin embargo nos transformamos como se transforma una
casa en la que ha entrado un huésped. No podemos decir quién ha
llegado. Quizás nunca logremos saberlo. Pero muchos indicios nos
revelan que el porvenir entra de ese modo en nuestra vida para
transformarse en nosotros mucho antes de acontecer. Por esto es tan
importante permanecer solitario y alerta cuando se está triste.
Pues el instante aparentemente yerto y sin suceso en que el porvenir
nos penetra, se halla mucho más cerca de la vida que aquel otro
momento, ruidoso y accidental, en que el futuro nos acaece como si
proviniese de fuera.
Cuanto
más callados, cuanto más pacientes y sinceros sepamos ser en
nuestras tristezas, tanto más profunda y resueltamente se adentra
lo nuevo en nosotros. Tanto mejor lo hacemos nuestro, y con tanto
mayor intensidad se convierte en nuestro propio destino. Así,
cuando más tarde surge el día en que lo futuro
"acontece" -es decir: cuando al brotar de dentro de
nosotros pasa a los demás-, nos sentimos íntimamente más afines,
más allegados a él. ¡Esto es lo que hace falta! Hace falta -y a
eso ha de tender paulatinamente nuestro desarrollo- que no nos
suceda nada extraño, sino tan sólo aquello que desde mucho tiempo
atrás nos pertenezca. ¡Se ha tenido que revisar y rectificar ya
tantos antiguos conceptos acerca de las leyes que rigen el
movimiento! Se aprenderá también a reconocer poco a poco que lo
que llamamos destino pasa de dentro de los hombres a fuera, y no
desde fuera hacia dentro. Sólo porque tantos hombres no supieron
asimilar y transformar en su interior, cada cual su propio destino,
mientras éste vivía en ellos, no alcanzaron tampoco a conocer lo
que de ellos salía. Les era tan ajeno, tan extraño, que ellos,
llenos de pavor y de confusión, creían que debía de habérseles
entrado en aquel mismo instante en que se percataban de su
presencia. Pues hasta juraban que jamás antes habían descubierto
nada parecido en sí mismos. Así como durante mucho tiempo hubo
error acerca del movimiento del sol, sigue aún el engaño sobre el
movimiento de lo venidero. El porvenir está ya fijo, querido señor
Kappus, mas nosotros nos movemos en el espacio infinito. ¡Cómo no
habría de resultarnos todo muy difícil...!
Volviendo
a hablar de la soledad, aparece cada vez más claramente que ella no
es en rigor, nada que se pueda tomar o dejar. Y es que somos
solitarios. Uno puede querer engañarse a este respecto y obrar como
si no fuese así; esto es todo. ¡Pero cuánto más vale reconocer
que somos efectivamente solitarios, y hasta partir de esta base! Así,
por cierto, ocurrirá que sintamos vértigo, pues nos vemos privados
de todos los puntos de referencia en que solía descansar nuestra
vista. Ya no hay nada cercano. Y todo lo que es lejano está
infinitamente lejos. Quien fuera llevado, casi sin preparación ni
transición alguna, desde su aposento a la cúspide de una gran
montaña, tendría que experimentar algo semejante. Se sentiría
casi anonadado por una inseguridad sin igual y por el verse
abandonado al capricho de algo que no tiene nombre. Le parecería
estar cayendo, o se creería lanzado al espacio, o bien estallando
en mil pedazos. ¡Qué enorme mentira debería inventar entonces su
cerebro para alcanzar a recuperar el anterior estado de sus sentidos
y devolverles su serenidad! Así se transforman, para quien se
vuelva solitario, todas las distancias, todas las medidas. Muchos de
estos cambios se producen de un modo repentino, brusco. Y, al igual
que en aquel hombre transportado a la cima de una montaña, surgen
entonces aprensiones insólitas, sensaciones extrañas, que parecen
rebasar todo lo humanamente soportable. Pero es necesario que también
esto lo vivamos. Debemos aceptar y asumir nuestra existencia del
modo más amplio posible. Todo, incluso lo inaudito, ha de ser
viable en ella. Este es, en realidad, el único valor que se nos
pide y exige: tener ánimo ante las cosas más extrañas, más
portentosas y más inexplicables, que nos puedan acaecer.
El
que los hombres hayan sido cobardes en este terreno ha causado
infinito daño a la vida. Los sucesos a los que se da el nombre de
"fenómenos" o de "apariciones", el llamado
"mundo espectral" , la muerte, todas esas cosas que nos
son tan afines, han sido de tal modo desalojadas de la vida por el
diario afán de defenderse de ellas, que los sentidos con que podríamos
aprehenderlas se han atrofiado -¡y de Dios, ni hablar! Mas el miedo
ante lo inexplicable no sólo ha empobrecido la existencia del
individuo. También las relaciones de ser a ser han quedado
cercenadas por él. Valga el símil, han sido descuajadas del cauce
de un río caudaloso en posibilidades infinitas, para ser llevadas a
un lugar yermo de la ribera, donde nada sucede. Pues no sólo por
desidia se repiten las relaciones humanas con tan indecible monotonía
y sin renovación alguna de un caso a otro, sino también por temor
y recelo ante cualquier vivencia nueva y de imprevisible
trascendencia, que uno cree superior a sus fuerzas. Pero sólo quien
esté apercibido para todo, sólo quien no excluya nada de su
existencia -ni siquiera lo que sea enigmático y misterioso- logrará
sentir hondamente sus relaciones con otro ser como algo vivo. Sólo
él estará en condiciones de apurar por sí mismo su propia vida.
Pues en cuanto consideramos la existencia de cada individuo como una
habitación mayor o menor, queda de manifiesto que los más sólo
llegan a conocer apenas un rincón de su aposento. Un sitio junto a
la ventana. O bien alguna estrecha faja del entarimado, que van y
vienen recorriendo de un lado para otro. Así disfrutan de alguna
seguridad...
Sin
embargo, ¡cuánto más humana es aquella inseguridad llena de
peligros, que, en los cuentos de Poe, impulsa a los cautivos a
palpar las formas de sus horribles mazmorras y a familiarizarse con
los indecibles terrores de su estancia! Pero nosotros no somos
presos. Ni trampas, ni redes, ni lazos, se hallan aparejados en
torno nuestro. Ni hay nada que deba causarnos angustia o darnos
tormento. Si hemos sido puestos en medio de la vida, es por ser éste
el elemento al que mejor correspondemos, al que somos más
adecuados. Además, por obra de una adaptación milenaria, nos hemos
vuelto tan semejantes a esa vida, que cuando permanecemos inmóviles,
apenas si -merced a un feliz mimetismo- se nos puede distinguir de
cuanto nos rodea. Ninguna razón tenemos para recelar y desconfiar
del mundo en que vivimos. Si entraña terrores, son nuestros
terrores. Si contiene abismos, estos abismos nos pertenecen. Y si en
él hay peligros, debemos procurar amarlos. Con tal que cuidemos de
ordenar y ajustar nuestra vida conforme a ese principio que nos
aconseja atenernos siempre a lo difícil, cuanto ahora nos parece
ser lo más extraño acabara por sernos lo más familiar, lo mas
fiel. ¿Cómo podríamos olvidarnos de aquellos mitos antiguos que
presiden el origen de todos los pueblos, esos mitos de los dragones
que en el momento supremo se transforman en princesas? Quizá sean
todos los dragones de nuestra vida, princesas que sólo esperan
vernos alguna vez resplandecientes de belleza y valor. Quizá todo
lo terrible no sea, en realidad, nada sino algo indefenso y
desvalido, que nos pide auxilio y amparo...
No
debe, pues, azorarse, querido señor Kappus, cuando una tristeza se
alce ante usted, tan grande como nunca vista. Ni cuando alguna
inquietud pase cual reflejo de luz, o como sombra de nubes sobre sus
manos y por sobre todo su proceder. Ha de pensar más bien que algo
acontece en usted. Que la vida no le ha olvidado. Que ella le tiene
entre sus manos y no lo dejará caer. ¿Por qué quiere excluir de
su vida toda inquietud, toda pena, toda tristeza, ignorando -como lo
ignora- cuánto laboran y obtan en usted tales estados de ánimo? ¿Por
qué quiere perseguirse a sí mismo, preguntándose de dónde podrá
venir todo eso y a dónde irá a parar? ¡Bien sabe usted que se
halla en continua transición y que nada desearía tanto como
transformarse! Si algo de lo que en usted sucede es enfermizo, tenga
en cuenta que la enfermedad es el medio por el cual un organismo se
libra de algo extraño. En tal caso, no hay más que ayudarle a
estar enfermo. A poseer y dominar toda su enfermedad, facilitando su
erupción, pues en ello consiste su progreso. ¡En usted, querido señor
Kappus, suceden ahora tantas cosas!... Debe tener paciencia como un
enfermo y confianza como un convaleciente. Pues quizá sea usted lo
uno y lo otro a la vez. Aun más: es usted también el médico que
ha de vigilarse a sí mismo. Pero hay en toda enfermedad muchos días
en que el médico nada puede hacer sino esperar. Esto, sobre todo,
es lo que usted debe hacer ahora, mientras actúe como su propio médico.
No
se observe demasiado a sí mismo. Ni saque prematuras conclusiones
de cuanto le suceda. Deje simplemente que todo acontezca como
quiera. De otra suerte, harto fácilmente incurriría en considerar
con ánimo lleno de reproches a su propio pasado; que, desde luego,
tiene su parte en todo cuanto ahora le ocurra. Pero lo que sigue
obrando en usted como herencia de los errores y anhelos de su
mocedad, no es lo que ahora recuerda y condena. Las circunstancias
anormales de una infancia solitaria y desamparada son tan difíciles,
tan complejas, se hallan expuestas y abandonadas a tantas
influencias y, al mismo tiempo, tan desprendidas de todos los
verdaderos vínculos vitales, que cuando en tales condiciones se
desliza un vicio, no se le debe llamar vicio sin más ni más. ¡Hay
que ser de todos modos tan cauto, tan prudente, con los nombres! ¡Es
tan frecuente que toda una vida se quiebre y quede rota por el mero
nombre de un crimen! No por la acción misma, personal y sin nombre,
que acaso respondiere a un determinado menester de esa vida, y
hubiera podido ser admitida y absorbida por ella sin esfuerzo
alguno. Si el consumir tantas energías le parece grande a usted, es
sólo porque exagera el valor de la victoria. No está en ella lo
grande que usted cree haber realizado, si bien tiene razón en su
sentir. Lo grande está en que ahí ya existió algo que usted pudo
poner en lugar de aquel artificioso fraude, algo real y verdadero.
Sin esto, su victoria sólo habría resultado ser una reacción
moral, sin importancia ni sentido, mientras que así ha llegado a
formar parte de su vida. (De una vida, querido señor Kappus, a la
que yo dedico tantos pensamientos y buenos deseos). ¿Recuerda usted
cómo esta vida, ya desde la misma infancia, suspiró por los
"grandes"? Yo veo cómo ahora, partiendo de los grandes,
anhela poder alcanzar a los más grandes. Precisamente por eso no
cesa su vida de ser difícil. Pero por esta misma razón no cesará
de crecer.
Si
he de decirle algo más, es esto: no crea que quien ahora está
tratando de aliviarlo viva descansado, sin trabajo ni pena, entre
las palabras llanas y calmosas que a veces lo confortan a usted.
También él tiene una vida llena de fatigas y de tristezas, que se
queda muy por debajo de esas palabras. De no ser así, no habría
podido hallarlas nunca... (*)
(*)
Fuente: Versión en
página Ciudad Seva.
El arte como una forma de vivir en la Carta X
París,
al día siguiente de Navidad de 1908
Ha
de saber usted, querido señor Kappus, cuánto me alegra tener esa
hermosa carta suya. Las noticias que me da, reales y francas, como
ahora vuelven a serlo, me parecen buenas. Y cuanto más lo pienso, más
se afianza en mí la sensación de que son buenas de verdad. Esto,
por cierto, quería yo decírselo en ocasión de Nochebuena. Pero
por causa del múltiple y continuo trabajo en que vivo envuelto este
invierno, me sorprendió la antigua fiesta, llegando tan pronto que
apenas tuve tiempo para los recados más urgentes y mucho menos para
escribirle. Pero a menudo he pensado en usted durante estos días
festivos, imaginando cuán tranquilo debe de estar en su solitario
fortín, perdido entre esas montañas desiertas, sobre las que se
precipitan los poderosos vientos del sur, como si quisieran
engullirlas a grandes trozos.
Debe
de ser inmenso el silencio en que hay cabida para tales ruidos y
movimientos. Cuando se piensa que por añadidura se agrega a todo
eso la presencia del mar lejano, con su propio sonido, constituyendo
tal vez el tono más íntimo y entrañable en esa armonía de
prehistórica magnitud, entonces ya sólo resta por desearle a usted
que, lleno de confianza y de paciencia, deje obrar en su ánimo la
grandiosa soledad, que ya nunca podrá ser borrada de su vida, y que
en todo cuanto le queda por vivir y hacer, actuará cual anónimo
influjo, de un modo continuo y decisivo. Algo así como en nosotros
fluye sin cesar la sangre de nuestros antepasados, mezclándose con
nuestra propia sangre para formar el ser único, singular e
irreproducible que somos, cada cual de nosotros, en cada recodo de
nuestra vida.
Sí:
me alegro de que usted cuente ahora en su haber esa existencia firme
y determinada. Ese título. Ese uniforme. Ese servicio. Todo ese
conjunto de cosas tangibles y concretas, que en tales parajes, como
los que ahí le rodean, con una guarnición poco numerosa e
igualmente aislada, no deja de adquirir un sello de gravedad y
urgencia, y que, por encima de cuanto en la carrera militar hay de
juego frívolo y pasatiempo, significa servicio siempre alerta, y no
sólo admite la observación individual y autónoma, sino que hasta
la fomenta y educa precisamente. El hallarnos en circunstancias que
nos formen y labren, colocándonos de vez en cuando ante cosas
grandes y naturales, es todo cuanto nos hace falta.
También
el arte es sólo un modo de vivir. Aun viviendo de cualquier manera,
puede uno prepararse para el arte, sin saberlo. En cualquier
realidad se está más cerca de él que en las carreras irreales,
artísticas a medias, que, aparentando cierto allegamiento al arte,
en la práctica niegan y socavan la existencia de todo arte. Como lo
hacen, por ejemplo, el periodismo en su totalidad, casi toda la crítica
profesional, y las tres cuartas partes de lo que se llama y quiere
llamarse literatura.
En
pocas palabras: me alegro de que usted se haya salvado del peligro
que representa el caer en todo ello y ahora viva, en un lugar
cualquiera, solitario y valiente en medio de una ruda realidad. ¡Ojalá
pueda el año que está por llegar, mantener y afirmarlo en ella!
(*)
(*)
Fuente: Versión en
página Ciudad Seva.
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