Observando con atención un mapa de la Luna se notará que sus
"mares" y "ríos" distan mucho de tener comunicación entre sí; por el contrario, guardan una reserva completa y perpetúan
abstraídamente el recuerdo de antiguas aguas. De ahí que los maestros enseñen a sus
boquiabiertos discípulos que en la Luna hubo alguna vez cuencas cerradas,
y por cierto ningún sistema de vasos comunicantes.
Todo ello ocurre al no tenerse oficialmente noticia de la cara opuesta del
satélite. Sólo a mí, ¡oh dulcísima Selene!, me es conocida tu espalda
de azúcar. Allí, en la zona que el imbécil de Endimión hubiera podido sojuzgar para su delicia, los ríos y los mares se conjugaban otrora
en una vastísima corriente, en un estuario ahora pavorosamente seco y enjuto, recubierto por las ásperas crines del sol que lo
golpean y acucian, es verdad que sin resultado alguno.
No temas, Astarté. Tu tragedia será dicha, tu pena y tu nostalgia;
pero yo la expondré bellamente, que aquí en el planeta del
cual dependes cuenta más la forma que la ética. Déjame narrar cómo en
antiguos tiempos tu corazón era un inexhaustible manantial del cual
fluían los ríos de voluptuosa cintura, devoradores de montañas, alpinistas
amedrentados, siempre camino abajo hasta encontrarse todos, luego de
petulantes evoluciones, en la magna corriente de tu espalda que
los llevaba al OCÉANO. ¡Al Océano multiforme, de cabezas y senos henchido!
Acontecía la corriente de ancha envergadura, con aguas ya olvidadas de
adolescentes juegos. La Luna era doncella y su río le tejía una
trenza bajándole por el fino hueco entre los omóplatos, quemándole con fría
mano la región donde los riñones tiemblan como potros bajo la
espuela. Así por siempre, incesantemente la trenza descendía envuelta en
paisajes minerales, asistida de grave complacencia, resumen ya de
hidrografías vastísimas.
Si entonces hubiéramos podido verla, si entonces no hubiésemos estado
entre el helecho y el pterodáctilo, primeros estadios hacia una
condición mejor, qué prodigio de plata y espuma nos hubiera resbalado por los ojos.
Cierto que la corriente colectora, la Magna, fluía sobre la faz opuesta a la
tierra. Pero, ¿y los mares entre montañas, los estupendos circos entones henchidos de su sustancia flexible? ¿Y
la reverberación de las ola, aplaudiendo la propia arquitectura? ¡Agua sorprendente! Después
de mil castillos y manteles efímeros, después de regatas y pasteles de
boda y grandes demostraciones navales frente a las rocas aferradas a
su sinecura, la teoría rumorosa se encaminaba
hacia el magno estuario lado, ordenando sus legiones.
Déjame decir esto a los hombres, Selene cadenciosa; aquellas aguas estaban habitadas por una raza celeste, de fusiforme contextura, de hábitos bondadosos y
corazón siempre rebosado. ¿Conoces los delfines, lector? Sí, desde la horda del transatlántico, una platea de cine, las novelas náuticas. Yo te pregunto si los conoces
íntimamente, si has podido alguna vez interrogar la esfera melancólica de sus vidas al parecer tan
alegres. Yo pregunto si, superando la fácil satisfacción que proporcionan los
textos de zoología, has mirado a un delfín exactamente en el centro
de los ojos...
Por las aguas de la gran corriente descendían pues los selenitas, seres entornados a
toda evidencia excesiva, libres aún de comparación y de nombres, nadadores y lotógrafos. A diferencia de los delfines no saltaban sobre las
aguas; sus lomos indolentes ascendían con la pausa de las olas, sus
pupilas vidriadas contemplaban en perpetua maravilla la sucesión
de volcanes humeantes en la ribera, los glaciares cuya presencia
anunciaba de pronto en el frío de las aguas como manos viscosas buscando el vientre por debajo y furtivamente. Y huían entonces de los
glaciares en busca de la tibieza que la corriente conservaba en sus
profundas napas de crudo azul.
Es esto lo más triste de contar; es esto lo más cruel. Que la corriente colectora
olvidase un día la fidelidad a su cauce, que por sobre la fácil curvatura
de la Luna creara una húmeda tangente de rebeldía, que se
desplazara apoyada en el espeso aire, rumbo al espacio y a la libertad... ¿cómo
mirarlo sin sentir en las vértebras un acorde de agria
disonancia?. Por sobre el aire se alejaba la corriente, proyectándose una ruta de definido motín, llevando consigo las aguas de la Luna desgarrada de asombro, repentinamente desnuda y sin caricias.
¡Pobres selenitas, pobres tibios y amables selenitas! Sumidos en las aguas nada sabían
de su sideral derrota; tan sólo uno, abandonado del cauce de la gran corriente, podía lamentar ya tan incierto destino. Largo tiempo estuvo el
selenita viendo alejarse la corriente por el espacio. No se atrevía a separar de ella sus ojos porque empequeñecía por momentos y apenas
semejaba una lágrima en lo alto del cielo. Después el tiempo giró
sobre su eje y la muerte fue llegando despacio hasta apoyar con dulzura
la mano sobre la combada frente del abandonado. Y a partir de ese
instante comenzó la Luna a ser tal como la enseñan los tratados.
La envidiosa Tierra -¡oh, Selene, lo diré aunque te opongas por temor a un más severo castigo!-
era la culpable. Concentrando innúmeras reservas de sus fuerza de atracción en la cumbre del Kilimanjaro, era ella, planeta infecto, quien había arrancado a la Luna su trenza poliforme.
Ahora, abierta de par en par la boca en una mueca sedienta, esperaba
el arribo de la vasta corriente, ansiosa por adornarse con ella y
esconder bajo el líquido cosmético la fealdad que sus habitantes conocemos
de sobra.
¿Diré algo más? Triste, triste es asistir al arribo de aquellas aguas que se aplastaron
contra el suelo con un chasquido opaco para tenderse después como
babas de vómito, sucias de la escoria primitiva, aposentándose en los abismos de donde el aire huía con estampidos horrendos... Oh,
Astarte, mejor es callar ya, mejor es acodarse en la borda de los buques
cuando la noche es tuya, mirando los delfines que saltan como peonzas
y vuelven al mar, reiteradamente saltan y retornan a su cárcel.
Y ver, Astarté tristísima, como los delfines saltan por ti buscándote,
llamándote; cómo se parecen a los selenitas, raza celeste de fusiforme
contextura, de hábitos bondadosos y corazón siempre rebosado. Rebosado ahora de sucia resaca y apenas con la luz
que tu imagen, que en pequeñísima perla fosforece para cada uno de ellos en lo más hondo de
su noche.
(*)
(*)
Fuente: "Breve
curso de oceanografía", en Julio Cortázar, Cuentos
Completos 1, Buenos Aires, Alfaguara, 1999.
LOS
TESTIGOS
|

Aparato con
planchas de cartones realizado para la observación de una
mosca muy peculiar; imagen en "Los testigos",
del cronopio Julio, en Ultimo Round.
|
Cuando le conté a Polanco que en mi casa
había una mosca que volaba de espaldas, siguió uno de esos
silencios que parecen agujeros en el gran queso del aire. Claro
que Polanco es un amigo, y acabo por preguntarme cortésmente si
estaba seguro. Como no soy susceptible le expliqué en detalle
que había descubierto la mosca en la página 231 de Olvier Twist,
es decir que yo estaba leyendo Oliver Twist con puertas y ventanas cerradas, y que el levantar la vista
justamente en el momento en que el maligno Sykes iba a matar a
la pobre Nancy, vi tres moscas que volaban patas arriba. Lo que
entonces dijo Polanco es totalmente idiota, pero no vale la pena
transcribirlo sin explicar antes cómo pasaron las cosas.
Al principio a mí no me pareció tan raro que una mosca volara
patas arriba si le daba la gana, porque aunque jamás había
visto semejante comportamiento, la ciencia enseña que eso no es
una razón para rechazar los datos de los sentidos frente a
cualquier novedad. Se me ocurrió que a lo mejor el pobre
animalito era tonto o tenía lesionados los centros de orientación y estabilidad, pero poco me bastó para
darme cuenta de que esa mosca era tan vivaracha y alegre como sus dos compañeras que volaban con gran ortodoxia patas abajo. Sencillamente esta mosca volaba de espaldas, lo que entre otras cosas le permitía posarse
cómodamente en el cielo raso; de tanto en tanto se acercaba y se adhería a él sin el
menor esfuerzo. Como todo tiene su compensación, cada vez que se le antojaba
descansar sobre mi caja de habanos se veía precisada a rizar el rizo, como tan bien
traducen en Barcelona los textos ingleses de aviación, mientras sus dos compañeras se posaban como reinas sobre la
etiqueta «made in Havana» donde Romeo abraza enérgicamente a Julieta. Apenas se
cansaba de Shakespeare, la mosca despegaba de espaldas y revoloteaba en
compañía de las otras dos formando esos dos insensatos que Pauwels y Bergier se
obstinan en llamar brownianos. La cosa era extraña, pero a la vez tenía un aire curiosamente natural, como si no pudiera ser de otra manera; abandonando a
la pobre Nancy en manos de Sykes ( ¿qué se puede hacer contra un crimen cometido hace
un siglo?), me trepé al sillón y traté de lidiar más de cerca un comportamiento en el que rivalizaban lo supino y lo insólito. Cuando la señora
Fotheringham vino a avisarme que la cena estaba servida (vivo en una pensión), le contesté sin abrir la puerta que bajaría en dos minutos y, de paso,
ya que la tenia orientada en el tema temporal, le pregunté cuánto vivía una mosca. La señora Fotheringham, que conoce a sus
huéspedes, me contestó sin la menor sorpresa que entre diez y quince días, y que
no dejara enfriar el pastel de conejo. Me bastó la primera de las dos noticias para
decidirme -esas decisiones son como el salto de la pantera
-a investigar y a comunicar al mundo de la ciencia mi diminuto aunque alarmante
descubrimiento.
Tal corno se lo conté después a Polanco, vi en seguida las dificultades prácticas. Vuele boca abajo o
de espaldas, una mosca se escapa de cualquier parte con probada
soltura aprisionada en un bocal e incluso en una caja de vidrio puede perturbar su
comportamiento o acelerar su muerte. De los diez o quince días de vida,
¿cuántos le quedaba a este animalito que ahora flotaba patas arriba en un estado de gran placidez, a treinta centímetros
de mi cara? Comprendí que si avisaba al Museo de Historia Natural, mandarían a
algún gallego armado de una red que acabaría en un plaf con mi increíble hallazgo. Si la filmaba
(Polanco hace cine, aunque con mujeres), corría el doble riesgo
de que los reflectores estropeasen el mecanismo de vuelo de mi
mosca, devolviéndolo en una de esas a la normalidad con enorme
desencanto de Polanco, de mí mismo y hasta probablemente de la mosca, aparte de que los espectadores
futuros nos acusarían sin duda de un innoble truco fotográfico. En menos de
una hora (había que pensar que la vida de la mosca corría con una aceleración
enorme si se la comparaba con la mía) decidí que la única
solución era ir reduciendo poco a poco las dimensiones de mi
habitación hasta que la mosca y yo quedáramos incluidos en un mínimo de espacio,
condición científica imprescindible para que mis observaciones fuesen de una
precisión intachable ( llevaría un diario, tomaría fotos, etc.) y me
permitieran preparar la comunicación correspondiente, no
sin antes llamar a Polanco para que testimoniara tranquilizadoramente no
tanto sobre el vuelo de la mosca como acerca de mi estado
mental.
Abreviaré la descripción de los infinitos trabajos que siguieron, de
la lucha contra el reloj y la señora Fotheringham. Resuelto el problema de
entrar y salir siempre que la mosca estuviera lejos de la puerta (una de las otras dos se
había
escapado la primera vez, lo cual era una suerte; a la otra la aplasté
implacablemente contra un cenicero) empecé a acarrear los
materiales necesarios para la reducción del espacio, no sin
antes explicarle a la señora Fotheringham que se trataba
de modificaciones transitorias, y alcanzarle
por la puerta apenas
entornada sus ovejas de porcelana, el retrato de lady Hamilton y
la mayoría de los muebles, esto último con el riesgo terrible
de tener que abrir de par en par la puerta mientras la mosca
dormía en el cielo raso o se lavaba la cara sobre mi escritorio.
Durante la primera parte de estas actividades me vi forzado a
observar con mayor atención a la señora Fotheringham que a la
mosca, pues veía en ella una creciente tendencia a llamar a la
policía, con la que desde luego no hubiese podido entenderme por
un resquicio de la puerta. Lo que más inquieto a la señora
Fotheringham fue el ingreso de las enormes planchas de cartón
prensado, pues naturalmente no podía comprender su objeto y yo
no me hubiera arriesgado a confiarle la verdad pues la conocía
lo bastante como para saber que la manera de volar de las moscas
la tenía majestuosamente sin cuidado; me limité a asegurarle que
estaba empeñado en unas proyecciones arquitectónicas vagamente
vinculadas con las ideas de Palladio sobre la perspectiva en los
teatros elípticos, concepto que recibió con la misma expresión
de una tortuga en circunstancias parecidas. Prometí además
indemnizarla por cualquier daño, y unas horas después ya tenía
instaladas las planchas a dos metros de las paredes y del cielo
raso, gracias a múltiples prodigios de ingenio, "scotchtape"
y ganchitos. La mosca no me parecía descontenta ni alarmada;
seguía volando patas arriba, y ya llevaba consumida buena parte
del terrón de azúcar y del dedalito de agua amorosamente
colocados por mi en el lugar más cómodo. No debo olvidarme de señalar (todo era prolijamente anotado en
mi diario) que Polanco no estaba en su casa, y que una señora de acento panameño atendía el teléfono para
manifestarme su profunda ignorancia del paradero de mi amigo. Solitario y retraído como vivo, sólo en Polanco podía
confiar; a la espera de su reaparición decidí continuar el estrechamiento del
"habitat" de la mosca a fin de que la experiencia se cumpliera en condiciones óptimas. Tuve la suerte de que la segunda tanda
de planchas de cartón fuera mucho más pequeña que la anterior, como
puede imaginarlo todo propietario de una muñeca rusa, y que la señora
Fotlheringham me viera acarrearla e introducirla en mi aposento sin tomar otras medidas que
llevarse una mano a la boca mientras con la otra elevaba por el aire un
plumero tornasolado.
Preví, con el temor consiguiente, que el ciclo vital de mi mosca se estuviera
acercando a su fin; aunque no ignoro que el subjetivismo vicia las experiencias, me
pareció advertir que se quedaba más tiempo descansando o lavándose la cara, como si el vuelo
la fatigara o la aburriera. La estimulaba levemente con un vaivén de la mano, para cerciorarme de sus reflejos, y la verdad era que el animalito salía como una flecha patas arriba, sobrevolaba el espacio cúbico cada vez más reducido, siempre de espaldas, y a ratos se
acercaba a la plancha que hacía de cielo raso y se adhería con una negligente perfección que le faltaba, me duele
decirlo. Cuando aterrizaba sobre el azúcar o mi nariz. Polanco no estaba en su casa.
Al tercer día, mortalmente aterrado ante la idea de que la mosca podía
llegar a su término en cualquier momento (era irrisorio pensar que me la encontraría de espaldas en el suelo, inmóvil para siempre e idéntica a todas las otras moscas) traje la última serie de planchas, que redujeron el espacio de observación a
un punto tal que ya me era imposible seguir de pie y tuve que fabricarme un
ángulo de observación a ras del suelo con ayuda de los almohadones y una colchoneta que
la señora Fotheringham me alcanzó llorando. A esta altura de mis
trabajos el problema era entrar y salir: cada vez había que apartar y reponer
con mucho cuidado tres planchas sucesivas, cuidando no dejar el menor resquicio, hasta llegar a la puerta de mi pieza tras de la
cual tendían a amontonarse algunos pensionistas. Por eso,
cuando escuché la voz en el teléfono, solté un grito que él y su
otorrinolaringólogo calificarían más tarde severamente. Inicié
entonces un balbuceo explicativo, que Polanco cortó ofreciéndose a venir
inmediatamente a casa, pero como los dos y la mosca no íbamos a caber en
un pequeño espacio, entendí que primero tenía que ponerlo en conocimiento de los hechos para que más tarde
entrara como único observador y fuera testigo de que la mosca podía estar loca, pero
yo no. Lo cité en el café de la esquina de su casa, y ahí, entre dos cervezas, le
conté.
Polanco encendió la pipa y me miró un rato.
Evidentemente estaba impresionado, y hasta se me ocurre que un poco pálido. Creo haber dicho ya que al
comienzo me preguntó cortésmente si yo estaba seguro de lo que le decía. Debió
convencerse, porque siguió fumando y meditando, sin ver que ya
no quería perder tiempo ( ¿y si ya estaba muerta, y
si ya estaba muerta?) y que pagaba las cervezas para decidirlo de una vez por
todas.
Como no se decidía me encolericé y aludí a su obligación
moral de secundarme en algo que sólo sería creído cuando hubiera un testigo digno de fe. Se encogió
de hombros, como si de pronto hubiera caído sobre él una abrumadora
melancolía.
-Es inútil, pibe - me dijo al fin -. A vos a lo mejor te van a creer aunque yo
no te acompañe. En cambio a mí...
-
¿A vos? ¿Y por qué no te van a creer a vos?
- Porque es todavía peor, hermano -murmuró Polanco-. Mirá no es normal ni decente que una mosca vuele de espaldas. No es ni siquiera lógico si vamos al
caso.
- !Te digo que vuela así! - grité, sobresaltando a varios parroquianos.
-Claro que vuela, así. Pero en realidad esa mosca sigue volando como cualquier mosca, sólo que le tocó ser la excepción. Lo que ha
dado media vuelta es todo el resto - dijo Polanco -. Ya te podés dar
cuenta de que nadie me lo va a creer, sencillamente porque no se puede demostrar y en cambio la mosca está ahí bien
clarita. De manera que mejor vamos y te ayudo a desarmar los cartones antes de que te echen de
la pensión, no te parece. (*)
(*)
Fuente: "Los
testigos", en Ultimo round, Buenos Aires, Ed. Siglo
veintiuno editores, 1969, pp.28-33.
TU
MÁS PROFUNDA PIEL
|

Mujer
delicadamente amada por la luz y la sombra, foto de Douglas
Stewart incluida en edición de "Tu más profunda
piel", en Ultimo Round.
|
Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas y la mía -sábelo, allí donde estés- es el perfume
del tabaco rubio que me devuelve a tu espigada noche, a la ráfaga de tu
más profunda piel. No el tabaco que se aspira, el humo que tapiza las gargantas, sino esa vaga equívoca
fragancia que deja la pipa, en los dedos y que en algún momento, en
algún gesto inadvertido, asciende con su látigo de delicia para encabritar tu
recuerdo, la sombra de tu espalda contra el blanco velamen de las
sábanas.
No me mires desde la ausencia con esa gravedad un poco infantil
que hacia de tu rostro una máscara de joven faraón nubio. Creo que siempre
estuvo entendido que sólo nos daríamos el placer y las fiestas livianas del alcohol y
las calles vacías de la medianoche. De ti tengo más que eso, pero en el
recuerdo me vuelves desnuda y volcada, nuestro planeta más
preciso fue esa cama donde lentas, imperiosas geografías iban naciendo de
nuestros viajes, de tanto desembarco amable o resistido de embajadas con cestos de
frutas o agazapados flecheros, y cada pozo, cada río, cada colina y cada llano los
hallamos en noches extenuantes, entre oscuros parlamentos de aliados o enemigos. ¡Oh viajera de ti misma, máquina de olvido! Y entonces me paso la mano por la
cara con un gesto distraído y el perfume del tabaco en mis dedos te trae
otra vez para arrancarme a este presente acostumbrado, te
proyecta antílope en la pantalla de ese lecho donde vivimos las
interminables rutas de un efímero encuentro.
Yo aprendía contigo lenguajes paralelos: el de esa geometría de tu cuerpo que
me llenaba la boca y las manos de teoremas temblorosos, el de tu hablar diferente, tu
lengua insular que tantas veces me confundía. Con el perfume del tabaco vuelve ahora un recuerdo preciso que lo abarca todo en un instante que es como
un vórtice, sé que dijiste " Me da pena, y yo no comprendí porque nada creía que pudiera
apenarte en esa maraña de caricias que nos volvía ovillo blanco y negro, lenta danza en que el uno pesaba sobre el otro para luego dejarse
invadir por la presión liviana de unos muslos, de unos brazos, rotando blandamente
y desligándose hasta otra vez ovillarse y repetir
las caída desde lo alto o lo hondo, jinete o potro arquero o
gacela, hipogrifos afrontados, delfines en mitad del salto.
Entonces aprendí que la pena en tu boca era otro nombre del
pudor y la vergüenza, y que no te decidías a mi nueva sed que
ya tanto habías saciado, que me rechazabas suplicando con esa
manera de esconder los ojos, de apoyar el mentón en la garganta
para no dejarme en la boca más que el negro nido de tu
pelo.
Dijiste "Me da pena, sabes", y volcada de espaldas me miraste con
ojos y senos, con labios que trazaban una flor de lentos
pétalos. Tuve que doblarte los brazos, murmurar un último
deseo con el correr de las manos por las más dulces colinas,
sintiendo como poco a poco cedías y te echabas de lado
hasta rendir el sedoso muro de tu espalda donde un menudo
omóplato tenía algo de ala de ángel mancillado. Te daba
pena, y de esa pena iba a nacer el perfume que ahora
me devuelve a tu vergüenza antes de que otro acorde, el
último, nos alzara en una misma estremecida réplica. Sé
que cerré los ojos, que lamí la sal de tu piel, que descendí
volcándote hasta sentir tus riñones como el estrechamiento de
la jarra donde se apoyan las manos con el ritmo de
la ofrenda; en algún momento llegué a perderme en el pasaje
hurtado y prieto que se llegaba al goce de mis labios mientras
desde tan allá, desde tu país de arriba y lejos, murmuraba tu
pena una última defensa abandonada.
Con
el perfume del tabaco rubio en los dedos asciende otra vez el
balbuceo, el temblor de ese oscuro encuentro, sé que una boca
buscó la oculta boca estremecida, el labio único ciñéndose a
su miedo, el ardiente contorno rosa y bronce que te libraba a mi
más extremo viaje. Y como ocurre siempre, no sentí en ese
delirio lo que ahora me trae el recuerdo desde un
vago aroma de tabaco, pero esa musgosa fragancia, esa canela
de sombra hizo su camino secreto a partir del olvido necesario
e instantáneo, indecible juego de la carne oculta
a la conciencia lo que mueve las más densas, implacables
máquinas del fuego. No eras sabor ni olor, tu más escondido
país se daba como imagen y contacto, y sólo hoy unos dedos
casualmente manchados de tabaco me devuelven el instante en que
me enderecé sobre ti para lentamente reclamar las llaves de
pasaje, forzar el dulce trecho donde tu pena tejía las
últimas defensas ahora que con la boca hundida en la almohada
sollozabas una súplica de oscura aquiescencia, de
derramado pelo. Más tarde comprendiste y no hubo pena, me
cediste la ciudad de tu más profunda piel desde tanto horizonte
diferente, después de fabulosas máquinas de sitio y parlamentos
y batallas. En esta vaga vainilla de tabaco que hoy me mancha
los dedos se despierta la noche en que tuviste tu primera, tu última pena. Cierro los ojos y aspiro en el pasado ese perfume
de tu carne más secreta, quisiera no abrirlos a este ahora donde
leo y fumo y todavía creo estar viviendo. (*)
(*)
Fuente: "Tu más
profunda piel", en Ultimo round, Buenos Aires, Ed.
Siglo veintiuno editores, 1969, pp.93-96.
LA NOCHE DE
SAINT-TROPEZ

A las diez de la noche el muelle y la ciudad, el muelle y la
cubierta de los yates con las escalerillas que bajan al muelle y
a la ciudad, la gente de la ciudad, los que veranean y recorren
los muelles, los pasajeros de los yates anclados junto al muelle
y la gente de la ciudad, un magma resbalando bajo las luces de
los cafés y las tiendas de la calle del puerto, los reflectores
y las farolas de los yates, una sola masa fluyendo y resbalando
de las calles al muelle, de los yates a la calle, el magma de
los adolescentes resbalando y fluyendo en el mundo de los
adultos resbalando y fluyendo en el mundo de los viejos, un
irrisorio esqueleto de tránsito porque ese cuerpo es plástico y
fluyente, Saint-Tropez de noche resbala y fluye como un licor
seminal, una interminable lentísima eyaculación que fluye y
resbala de los muelles a los yates, de las calles al muelle, las
minifaldas y los cabellos platinados y los pantalones ajustándose a las hendeduras y las salientes, una
circulación
sin leyes y las salientes, una circulación sin leyes definidas,
muelle arriba o calle abajo, cadenas doradas con cruces entre
senos abiertos como magnolias, espléndidos maricas con vinchas
de colores y brazos apretados contra las caderas, las manos
egipciamente hacia fuera, parejas enlazadas en las cubiertas de
los yates, en el muelle, en la calle, el encuentro y
desencuentro de los transistores llevados con una oscilante
indiferencia de donde la música y las voces de las emisoras
interfieren para inventar nuevos ruidos, mezclas efímeras como
el cruzarse de los colores de las blusas y los cabellos, a veces
un contacto de manos y de labios que se inventa y se prolonga
cuando una pareja rompe la fluencia para fijarse en su sueño o
su ilusión del instante, inmóvil en cualquier punto de una
calle, del muelle, de la cubierta de un yate, besándose en una
abolición del tiempo que parece precipitar todavía más el
deslizamiento seminal que avanza y ondula de los yates a las
calles, de los muelles a los yates bajo los reflectores y el
rumor de la ciudad: cualquier puesto de observación en las
cubiertas, en el muelle o en la calle es el mismo puesto de
observación, desde cualquier lugar se verá el idéntico resbalar
del mundo de los adolescentes dominado el mundo de los adultos,
las parejas ambiguas y los solitarios todavía más ambiguos, el
ir y venir privado de sentido, paseo de prisioneros de oro,
desfile de condenados a un ocio interminablemente caro y
precario a una búsqueda que se prolonga de los muelles a las
calles, de los yates al muelle, un desconocerse total que mezcla
y confunde muchachas semidesnudas, homosexuales abrazados a su
propia hermosura como Narcisos lánguidos que han pasado todo el
día eligiendo la pulsera que ahora lucen con la sonrisa
desdeñosa que será santo y seña para el marino noruego o la
vieja yanqui propongan los primeros cocktails, un deslizarse de
muslos y grupas, pies desnudos y hombros bruñidos, de los yates
al muelle, de un café a un restaurante, inacabablemente la
misma diversidad de pieles y lenguajes y risas y músicas, sin
otro fin que un fin de noche menos monótono que ayer, que el de
perfeccionar acaso una experiencia arrasadora, un grito entre
labios mordidos o drogas liberadoras, la escondida ansiedad que
mueve esa serpiente sin cabeza ni cola atada a su propia
recurrencia: salvo la motocicleta inmóvil, plantada como un
toro en mitad del muelle, casi al lado de la escalerilla de uno de
los yates donde se baila y se bebe y se mira de lejos esa
motocicleta cromada que está ahí desde el comienzo de la noche
porque su dueño ha debido subir a cualquiera de los yates o
tiene una cita en cualquiera de las habitaciones de ventanas
abiertas sobre el muelle, una Harley Davidson fuera de serie,
un minotauro plateado que parece pesar profundamente sobre el
suelo con una fuerza que viene de más allá de sus ruedas y su
doble soporte, una máquina diseñada para domar el espacio y el
viento, un huso de aluminio terminado en un doble caño de
escape y abriéndose a la velocidad desde un manubrio bajo y
pegado a los flancos, una silla de cuero rojo como un enorme
corazón horizontal donde las miradas fijas en la motocicleta
imaginan acaso las nalgas de un inglesito millonario a ciento veinte por hora
en un amanecer de colinas, desnudo al final de
una orgía llevando en el conjunto trasero a una mulata de pelo
tendido por el viento y los senos aplastados contra los omóplatos del que
acelera la moto en pleno delirio de autopista
y horizonte, cualquier fantaseo de los que se detienen para
mirar la máquina petrificada recogida en sí misma como un rencor
pronto a rugir y lanzarse contra la multitud que fluye y resbala
del muelle a las calles, de los yates a los muelle, deteniéndose
de a uno, en parejas o en grupos estrepitosos que rodean la Harley Davidson
abandonada por su dueño al pie de la escalerilla de un yate donde
quizá no está entre los que beben
champagne en la cubierta y bailan semidesnudos, sustituyéndose
y recomponiéndose bajo sombras de mástiles y furtivos descensos
a las cabinas, y ahora alguna muchacha toca con la punta del
dedo el vientre de la motocicleta, apoya una mano en el
manubrio, hace el gesto de cabalgar la silla roja y a veces la
cabalga, se instala entre risas incómodas o insolentes, finge
echarse hacia adelante para acelerar a fondo la máquina inmóvil que la rechaza desdeñosa, la obliga a bajarse, a ceder
el lugar a un marinero borracho que salta sobre la moto, aferra
el manubrio e imita el rugido del motor, está a punto de tumbarla
hasta que un compañero lo arranca del asiento con broncas y
palabrotas, y están los que fingen indiferencia o saben de mecánica, los hombres apreciando el doble caño de escape, el
tamaño del motor incrustado en el vientre gentil del toro de
plata, la mujer oscuramente excitada por una máquina que la
llevaría a un goce de hoteles de lujo, a las fiestas de Fellini
o Pieyre de Mandiargues, como vísperas del departamento con aire
acondicionado y peces de colores, los abrigos de leopardo y los
cheques libérrimos, la auténtica vida sin un amanecer de
mecanografía o empleo de tienda, y a veces ni siquiera tanto
american dream, solamente la aventura que justifique el
veraneo, una invitación, un gesto, una carrera entre dunas al
anochecer, el taciturno sueco o el italiano ocasional que la
baje de la moto con un empujón desdeñoso para tenderla boca
arriba o boca abajo en la arena y poseerla sin placer ni ruedas,
fríamente como la máquina inmóvil y atenta al estupro, el toro
cromado que una mujer rubia de senos temblorosos acaricia ahora
Pasifae mientras su amigo la olvida para perderse en un examen
de cilíndros, cuantakilómetros y espejos retrovisores: el
Omphalos, el centro de la noche de Saint-Tropez, lugar de
pasaje, borde en el que se detiene estremecida la multitud de
los elegidos, los privilegiados del mundo occidental, la flor de
la cultura europea, los dones más preciosos de la sociedad de consumo, la
esperanza del cristianismo y el liberalismo y la
libre empresa, los adolescentes de bocas húmedas y secos
indecisos, las mujeres y los hombres que coranan las estirpes y
las nacionalidades en las calles y el muelle y los yates, mezclándose y fluyendo en un sordo, rencoroso
orgasmo colectivo que amarga las bocas y quema los vientres y las
grupas: la motocicleta codiciada, acariciada, violada,
masturbada por ojos, manos, pelos, espaldas, nalgas de los que
la contemplan, giran en torno de ella, bromean, fingen
despreciarla o conocerla íntimamente, fingen ignorarla mientras
la adoran, se prosternan ante ella, bajo ella, se someten a su
dominio, la motocicleta macho cabrío del sabbath de Saint-Tropez
exigiendo el beso más torpe de las brujas platinadas, de los
maricas húmedos de amor, epílogo lujoso de un tiempo que se pudre
como una orquídea, fosforescente y baboso, bellísimo de fuegos
fatuos, resbalando en su vómito de lujo, caviar mal digerido:
desde la cubierta de tu yate, Joyce Mansour, eso se ve también, eso se ve realmente tan bien. (*)
(*) Fuente:
"La noche de Saint-Tropez", en Ultimo round,
Buenos Aires, Ed. Siglo veintiuno editores, 1969, pp.137-143.