| LA CARTA
DE LORD CHANDOS
Por Hugo Von
Hofmannsthal
Un
viajero ante la imagen de una planicie inglesa semejante
a los escenarios donde el autor de la Carta a Lord
Chandos descubrió el carácter incomunicable de la rica
y cambiante realidad física que nos rodea.
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La
Carta de Lord Chandos o sobre
la condición inefable de la realidad
Biografía
y poética de Hugo Von Hofsmannsthal
Carta de Lord Chandos
La Carta de Lord Chandos o
sobre
la condición inefable de la realidad
Por
Esteban Ierardo
Toda una vida puede transcurrir bajo una ilusión: la de que las
palabras equivalen a la realidad. A veces, el embrujo de la
existencia puramente verbal puede romperse. Es lo que le
ocurrió a un poeta austriaco, Hugo von Hofmannsthal. Para
expresar su experiencia, apeló a un relato ficcional, a una
identidad otra: las de Lord Chandos, un juvenil y prometedor
poeta de la Inglaterra del siglo XVI. Las promesas artísticas
de Chandos se desvanecieron cuando se retiró a vivir al campo.
Allí era un acomodado estanciero. Sus conocidos de Londres, que
antes habían celebrado la exquisitez de su pluma, esperaban
que, desde su retiro campestre, les enviara una fulgurante y
contundente obra poética. Pero Chandos sólo envió silencio y
ausencia. Finalmente, por cortesía y un real afecto, decidió
contestar a una carta que recibió de Lord Bacon, el pregonero
del método inductivo en las ciencias, canciller y hombre de
letras. Aquella respuesta es la carta de Lord Chandos. Un hito
esencial en la historia de la percepción artística. Esta
esencial carta es hoy un texto olvidado (o sólo frecuentado por
algunos especialistas). Al sumergirnos en su lectura, hallamos
una inevitable paradoja: con notable inspiración literaria, se
habla de la incapacidad de toda literatura para expresar la
realidad.
Para Chandos, lo real es
la trama incandescente de las particularidades que nos rodean y
acompañan en cada instante de existencia. Vivimos dentro de la
espuma cambiante de la materia. Todos los objetos que nos
abrazan entre el cielo y la tierra exhalan una riqueza singular,
inexplicable por cualquier concepto del lenguaje. La piedra, el
árbol o la pradera que descubre Chandos al cabalgar por el
campo inglés, no son ya sólo ramilletes de objetos definidos
de una vez y para siempre por el diccionario de una lengua. Cada
ser particular es ahora un estallido incesante de vida. Que
deviene y cambia, sin perder con ello su propia aura singular.
Lo cercano y conocido se torna así algo extraño, fantástico,
inexplicable. Y esa urdimbre exaltada de la vida singular,
Chandos la sentirá dentro de su propio cuerpo, como un jugo
hirviente que corre por sus venas.
En esta experiencia, el hombre se convierte en lo percibido.
Fusión o empatía con el ambiente, con las omnipresentes formas
de la naturaleza. Tal como le ocurría a Keats, al decir que el
poeta, al percibir una nube, deviene nube, se convierte en el
delicado vapor que flota en el cielo. Experiencia que también
recuerda "la participación mística" de la que
hablaba Levy Bruhl en su El alma primitiva, de 1912. El
hombre primitivo, al percibir un árbol podía sentir como
propia la vitalidad y sacralidad de aquel vegetal. Sentía la
rama o la savia como parte de su propio cuerpo.
Al percibir la realidad física y cotidiana, Chandos sabe que
debe callar. Que nunca podrá sustituir lo vivido por lo
expresado por el lenguaje. Lo real se torna entonces silencio,
no por carecer de voces o clamores, sino porque nuestro lenguaje
no puede expresar la sinfonía profunda de lo viviente. El poeta
Chandos-Hofmannsthal sabe que aún no hemos aprendido (o
recuperado) el lenguaje que pueda decir lo que es.
Lo mismo que los místicos, Chandos aprenderá a callar y
percibir las cosas libres de nuestras propias palabras o
símbolos. Chandos recupera la cercanía de las cosas que hemos
perdido al reemplazarlas por los tibios y desencarnados
conceptos. Chandos recupera la realidad cercana tal como lo
deseaba Heidegger en su célebre conferencia sobre la cosa.
Al percibir la realidad de lo pequeño, de lo singular y
exuberante, Chandos es también afín a Funes el memorioso, el
personaje borgiano que deseaba recordar y retener la grandeza de
lo vivido en la particularidad de cada segundo.
Y al experimentar la distancia entre la realidad que es y el
espejo opaco de las palabras, Chandos abandona la literatura. Ya
no escribe. Sólo percibe la realidad que flamea con su enigma
en cada gema pequeña y particular de la materia. Accede, con
una fuerza espontánea e inevitable, a un "pensamiento
febril", al percibir el continuo fuego de cristales que
arroja toda cosa de instante a instante.
Chandos descubre así que la cumbre más alta de su destino
literario no son las trompetas del éxito, las felicitaciones de
la crítica o un lugar inmortal en la historia de las letras. Su
verdadera cima es cabalgar, silencioso, entre las colmenas de la
miel siempre nueva de la mañana.
Biografía y poética de Hugo Von Hofmannsthal, por C.
Baseggio-E. Rosenfeld
Nació
el 1 de febrero de 1874 en Viena. Hijo único de un prominente
banquero Vienés, y de madre italiana, fue educado por tutores
privados, pero en 1884 entró en el Gimnasio, donde, gracias a
su talento, progresó muy rápidamente. Con la publicación de
los primeros poemas bajo el seudónimo Loris Melikow,
Hofmannsthal hizo su entrada en el mundo literario en el que
trabó amistad con la flor y nata de la intelectualidad de su
tiempo. De todos, el que más fuertemente influyó en él fue
Stephan George, quien lo introdujo en su círculo y auspició la
publicación de sus primeros trabajos. Hofmannsthal estudió
leyes durante dos años, antes de optar por la Filología
Romance, en la que se doctoró en 1899. En 1901 contrajo
matrimonio y en 1903 escribió Elektra, basado en la obra
de Sófocles, a la que puso música Richard Strauss; fue la
primera de las seis obras en que trabajaron juntos, a lo largo
de una amistad que, no sin tensiones, duró el resto de sus
vidas; en 1918, vivió la muerte del Imperio austrohúngaro como
un desastre personal del que nunca se repuso. No obstante, la
parte final de la vida de Hofmannsthal está marcada por una
gran actividad; murió el 15 de julio de 1929, dos días después
del suicidio de su hijo mayor, Franz. Aparte de su obra poética,
narrativa y teatral, es autor de diversos ensayos y de un libro
de aforismo.
LA
POESÍA
Las
poesías del austriaco Hugo von Hofmannsthal, numerosísimas y
características de la juventud del escritor, aun siendo quizás
menos famosas que los dramas y prosa de la edad madura, forman
sin embargo parte constante y esencial de su actividad artística.
Tenemos varías colecciones parciales, publicadas por el mismo
autor, una titulada Auswahl de 1903-1904 otra, Gedicht-Sammlunq,
de 1907; una de 1911, Gesammelte Gedichte, que comprende
también los dramas líricos; en 1934, después de su muerte,
apareció una Nachlese der Gedichte; de 1924 a 1934 se
publicaron las Obras completas; en 1947 apareció, en la ciudad
de Estocolmo, el primer volumen de las Obras, bajo el cuidado de
Bennann-Fischer, que comprende todas las poesías junto con los
dramas líricos, incluso aquellas que el poeta, con buenas
razones, no había dado a la prensa. El aparato crítico de este
primer volumen deja mucho que desear. «Sólo quien sabe pulsar
las cuerdas más delicadas puede alcanzar también los efectos más
fuertes», dice el mismo poeta; de hecho la delicadeza es la
característica de su poesía, que no puede definirse ni como
impresionista ni como neorromántica, aunque se encuentren
elementos externos de todas las corrientes. Su poesía juvenil
no canta experiencias de vida real, sino que brota de una
especie de preexistencia espiritual, el joven -dijo de él
Hermann Bahr -«mira al mundo como si lo viese desde una
estrella»- parece como si lo hubiese vivido todo en sí mismo,
y quien presiente y anuncia cuanto sucederá, fatalmente está
triste y cansado; tal es el tono de sus poesías juveniles, en
las que, sin embargo, el desolado y desconcertante absurdo de la
vida encuentra compensación y consuelo en el goce estético y
artístico; «A pesar de todo, dice mucho quien dice noche» (Ballade
des usseren Lebens, 18951); o en el sumergirse en un mundo
de ensueños sin osar dar un paso y en la realidad (cfr las
musicalísimas Terezinen an die Vergiinglichkeit, 1895),
puesto e que estarnos hechos de la misma sustancia que los sueños
y tres sustancias son una sola sustancia: «un hombre, una cosa,
un sueño» (cfr, también Dein Antlitz, Manche freilich).
El misticismo de Hofmannsthal es en primer lugar estético, y
luego religioso. Para él no es la idea ni el símbolo de una
poesía lo que constituye su valor, sino su esencia rítmica y
sonora (cfr. sus Discursos sobre la poesía [Gesprache über
Gedichte]); la imagen, o sea la sustancia, es el elemento
primario, el significado es secundario; la poesía canta las
palabras por amor de su belleza plástica («el verso lo es todo»,
dice análogamente D'Annunzio) y ahí está su «magia» (cfr. Ein
Traum von grogser Magie, 1896); ahí está también
nuestra tragedia, cuando hemos olvidado la fórmula mágica y no
sabemos hallarla; en un tiempo todos la conocían, hoy sólo la
conocen los niños, los locos y los enamorados (cfr, Weltgeheimnis).
El carácter místico y oculto de esta poesía juvenil proviene
del hecho de que el poeta sólo ve totalidad, la universalidad,
infinito, y como sus visiones no pueden encontrar una expresión
directa, se ensanchan en el símbolo poético, que por su
generalidad trascendente las hace profundamente misteriosas.
(...) En muchas de
estas poesías de ritmo melódico de canción (Südliche
Mondnacht recuerda la música de Respighi) hay como
una mágica síntesis de pasado y de futuro, recuerdo y
presentimiento, nostalgia y esperanza, expresada por ejemplo en
el sucederse de las 24 nubes en Wolken, 1892, en el
sonido de las campanas navideñas en Weicht, 1898, o
mejor aún en la escena lírica del género melodramático que
canta el sueño de la esposa, Was die Braut getriiumt hat.
De las pocas «figuras» representativas (Gestalten,
1907), en general vagas visiones, la de El cocinero de a bordo
prisionero [Der Schifiskoek, ein Gefangene singt] es
particularmente eficaz, pues expresa con «pathos» tragicómico
la verdadera tragedia del destino de todos los seres que no son
libres. En Das alten Mannes Sehnsucht nach dem Sommer
(1907) se expresa en cambio la “nostalgia del estío”, o sea
de la vida, de los seres condenados por su cuerpo a la las
muerte. Hofmannsthal es como Novalís el cantor de la angustia,
además de la embriaguez de la muerte; aquí se revela ya la técnica refinada del poeta maduro, maestro al
dar figura a
las ideas: un viejo enfermo del corazón espera la salud del estío,
mientras su propia sombra en la pared del fondo, con los dedos
crispados en torno al corazón, le recuerda el frío marzo, la
amenaza de la muerte emboscada. Una franca tendencia hacia la
sencillez e ingenuidad de la infancia caracteriza todas las últimas
poesías, como la "Plegaria infantil» [Kindergebet]
de 1923, que tiene un tono conmovedor, casi de canción popular;
y por fin, en la poesía de guerra Oesterreichs Antwort,
que es una respuesta austriaca a un poema de R. A Schroder, los
verdaderos héroes son comparados a los niños. Hofmannsthal es
un verdadero maestro de la forma, desde el soneto hasta el ritmo
libre, pero prefiere la cuarteta y el terceto A menudo la
estrofa inicial se repite al final como en un rondó musical.
Fue durante algún tiempo discípulo de Stefan George, a quien
dedicó las poesías «Eníem der vorübergehb» y «Der
Prophet»; tuvo con él cierta afinidad artística, aunque
su alma sensitiva quedase a continuación descentrada del aura mágica
de la que se rodeaba el gigantesco profeta. Hay que recordar en
fin las llamadas poesías de ocasión, en conmemoración de
poetas y de grandes artistas del teatro, por la feliz
originalidad con que logran captar y reproducir vivamente las
características del personaje celebrado; como la dedicada a
Heine, o a su predilecto Gríllparzer, a propósito del cual
escribió «el mármol pasará, el dolor vive», es decir, que
vive la idea del dolor y que «quien ama la idea, sólo la ama
en la figura» que la encarna. (*)
(*)
Fuente: C.
Baseggio-E. Rosenfeld, artículo
del diccionario Diccionario Bompiani.
LA
CARTA DE LORD CHANDOS
Por
Hugo Von Hofmannsthal
Esta
es la carta que Philip, lord Chandos, hijo menor del conde de
Bach, escribió a Francis Bacon, más tarde lord Verulam y
vizconde de St. Alban, para disculparse ante este amigo por su
renuncia total a la actividad literaria.
Es
usted muy benévolo, mi apreciado amigo, en pasar por alto mi
silencio de dos años y escribirme de este modo. Es más que benévolo al dar su
preocupación por mí, a su extrañeza por el
entumecimiento mental en que cree que estoy cayendo, la expresión de la ligereza y la broma que
sólo dominan a los
grandes hombres que están persuadidos de la peligrosidad de la
vida, y sin embargo no se desaniman.
Concluye usted con el aforismo de Hipocrates Qui gravi morbo
correpti dolores non sentiunt, iis mens aeggrotat
(Quienes
no sienten que una grave enfermedad les aqueja están
mentalmente enfermos), y opina que necesito la medicina no sólo
para domeñar mi mal, sino más aun para aguzar mi mente para el
estado de mi interior. Quisiera contestarle como le merece de mí, quisiera abrirme del todo a usted y no
sé cómo proceder.
(...) ¡Quién es el hombre para hacer planes!
Yo también juegue con otros planes. Su benévola carta también
los resucita. Hinchados con una gota de mi sangre, revolotean
todos ante mí como mosquitos tristes junto a un muro sombrío
sobre el que ya no cae el sol luminoso de los días felices.
Quería descifrar como jeroglíficos de una sabiduría inagotable y
secreta, cuyo hálito creía percibir a veces como detrás de un
velo, las fábulas, los relatos míticos que nos han legado los
antiguos y por los que sienten un gusto infinito e irreflexivo
los pintores y escultores.
Recuerdo aquel proyecto. Se basaba en no sé qué placer sensual y
espiritual: así como el ciervo acosado ansia sumergirse en el
agua, ansiaba yo sumergirme en esos cuerpos rutilantes,
desnudos, en esas sirenas y dríadas, en esos Narcisos y Proteos,
Perseos y Acteones: desaparecer quería en ellos y hablar desde
ellos con el don de las lenguas. Yo quería. Yo quería muchas
cosas más. Pensaba reunir una colección de apotegmas, como la
que recopiló Julio Cesar; usted recuerda la cita en una carta de
Cicerón. Allí pensaba recoger las frases más curiosas que
hubiese conseguido juntar en mis viajes a través del trato con
los hombres sabios y las mujeres ingeniosas de nuestro tiempo o
con gentes excepcionales del pueblo o personas cultas y
notables; a ellas quería añadir hermosas sentencias y reflexiones de las obras de los antiguos y de los italianos, y
todas las joyas intelectuales que encontrase en libros, manuscritos o conversaciones;
además, la clasificación de
fiestas y procesiones de especial belleza, crímenes y casos de
demencia curiosos, la descripción de los edificios más grandes
y singulares de los Países Bajos, Francia e Italia, y muchas
cosas más. La obra entera se titularía Nosce te ipsum.
En pocas palabras: sumido en una especie de embriaguez, toda la
existencia se me aparecía en aquella época como una gran
unidad: entre el mundo espiritual y el mundo físico no veía
ninguna contradicción, como tampoco entre la naturaleza
cortesana y animal, el arte y la carencia de arte, la soledad y
la compañía; en todo sentía la naturaleza, en las aberraciones
de la locura tanto como en el refinamiento extremos del
ceremonial español; en las torpezas de unos jóvenes
campesinos no menos que en las dulces alegorías; en toda la
naturaleza me sentía a mí mismo; cuando en mi cabaña de caza
bebía de un cuenco de madera la leche espumeante y tibia que
una mujeruca greñuda ordeñaba de las ubres de una hermosa vaca
de ojos tiernos, aquello no era para distinto cuando, sentado en
el banco de la ventana de mi estudio, bebía de un infolio el
alimento dulce y espumeante del espíritu. Una experiencia era
como la otra; ninguna era inferior, ni en naturaleza sobrenatural
y fantástica, ni en fuerza material, y eso se repetía a todo lo
ancho de la vida, a un lado y a otro; por todas parte estaba yo
justo en medio y jamás percibí en ello una mera apariencia; o
intuía que todo era una metáfora y cada criatura una llave de
la otra y sentía que sería afortunado quien fuese capaz de
empuñar unas tras otras y abrir con ellas tantas de las otras
como pudiese abrir. Hasta aquí se explica el título que pensaba
dar a aquel libro enciclopédico.
Es posible que quien esté abierto a tales punto de vista crea
que se debe al plan bien trazado de una providencia divina el
hecho de que mi espíritu tuviese que caer desde una arrogancia
tan hinchada a este extremo de pusilanimidad e impotencia que es
ahora el estado permanente de mi interior. Pero tales
apreciaciones religiosas no tienen ningún poder sobre mí;
pertenecen a las telarañas por las que mis pensamiento pasan
raudo al vacío, mientras tantos compañeros suyos se quedan
atrapados allí y encuentra un descanso. Los misterios de la fe
se me han condensado en una alegoría sublime que se tiende sobre
los campos de mi vida como un arco iris, en una lejanía
constante, siempre dispuesto a retroceder si se me ocurriese
correr hacia él para envolverme en el borde de su manto.
Sin embargo, mi estimado amigo, también los conceptos terrenales
se me escapan de la misma manera. ¿ Cómo tratar de describirle
esos extraños tormentos del espíritu, ese brusco retirarse de
las ramas cargadas de frutos que cuelgan sobre mis manos
extendidas, ese retroceder ante el agua murmurante que fluye
ante mis labios sedientos?
Mi caso es, en resumen, el siguiente: he perdido por completo
la capacidad de pensar o hablar coherentemente sobre ninguna
cosa.
Al principio se me iba haciendo imposible comentar un tema
profundo o general y emplear sin vacilar esas palabras de las
que suelen servirse habitualmente todas las personas. Sentía un
incomprensible malestar a la hora de pronunciar siquiera las
palabras "espíritu", "alma", o
"cuerpo". En mi fuero interno me resultaba imposible
emitir un juicio sobre los asuntos de la corte, los
acontecimientos del parlamento o lo que usted quiera. Y no por
escrúpulos de ningún género, pues usted conoce mi franqueza
rayana en la imprudencia, sino más bien porque las palabras
abstractas, de las que conforme a la naturaleza, se tiene que
servir la lengua para manifestar cualquier opinión, se me
desintegraban en la boca como saetas mohosas. Me ocurrió que por
una mentira infantil, de la que se había hecho culpable mi hija
de cuatro años Katharina Pompilia, quise reprenderla y guiarla
hacia la necesidad de siempre sincera y, al hacerlo, los
conceptos que afluyeron a mis labios adquirieron de pronto un
color tan cambiante y se confundieron de tal modo que,
balbuciendo, terminé la frase lo mejor que pude como si me
sintiese indispuesto y, de hecho, con la cara pálida y una
violenta presión en la frente, dejé sola a la niña, cerré de
golpe la puerta detrás de mí y no me repuse suficientemente
hasta que di a caballo una buena galopada por el prado
solitario.
Sin embargo, poco a poco se fue extendiendo esa tribulación como
la herrumbre que corroe todo lo que tiene alrededor. Hasta en la
conversación familiar y cotidiana se me volvieron dudosos
todos los juicios que suelen emitirse con ligereza y seguridad
sonámbula, que tuve que dejar de participar en tales
conversaciones. Una ira inexplicable, que a duras penas podía
ocultar, me invadía cuando escuchaba frases como: este asunto ha
terminado bien o mal para tal y tal; el sheriff N. es una mala
persona, el predicador T. es un buen hombre; el aparcero M. es
digno de compasión, sus hijos son un derrochadores; otro es
digno de envidia porque sus hijas son hacendosas; una familia
está prosperando, otra decayendo. Todo esto me parecía sumamente
indemostrable, falso e inconsistente. Mi espíritu me obligaba a
ver con una proximidad inquietante todas las cosas que aparecían en
tales conversaciones: igual que en una ocasión había visto a
través de un cristal de aumento un trozo de piel
de mi dedo meñique que semejaba una llanura con surcos y
cuevas, me ocurría ahora con las personas y sus actos. Ya no
lograba aprehenderlas con la mirada simplificadora de la
costumbre. Todo se me desintegraba en partes, las partes otra
vez en partes, y nada se dejaba ya abarcar con un concepto. Las
palabras aisladas flotaba alrededor de mí; cuajaban en ojos que
me miraban fijamente y de los que no puedo apartar la vista: son
remolinos a los que me da vértigo asomarme, que giran sin
cesar y a través de los cuales se llega al vacío.
Hice un esfuerzo por liberarme de ese estado refugiándome en el
mundo espiritual de los antiguos. Evité a Platón; pues me
aterraban los peligros de su vuelo metafórico. Sobre todo pensé
en guiarme por los textos de Séneca y Cicerón. Esperaba curarme
con esa armonía de conceptos limitados y ordenados. Pero no podía
llegar hasta ellos. Comprendía esos conceptos: veía
ascender ante mí su maravilloso juego con bolas doradas. Podía
moverme a su alrededor y ver cómo jugaban entre sí; pero sólo
ocupaban de ellos mismos, y lo más profundo, lo personal de mi
pensamiento quedaba excluido de su corro. Entre ellos me invadió
una sensación terrible de soledad; me sentía como alguien que
estuviese encerrado en un jardín lleno de estatuas sin ojos; huí de nuevo al exterior.
Desde entonces llevo una existencia que transcurre tan trivial e
irreflexiva que usted, me temo, apenas podrá comprenderla; una
existencia que, desde luego, apenas se diferencia de la de mis
vecinos, mis parientes y la mayoría de los nobles terratenientes
de este reino y que no está del todo exenta de momentos dichosos
y estimulantes. No me resulta fácil explicarle a grandes rasgos
en qué consisten esos buenos momentos; las palabras me vuelven a
faltar. Pues es algo completamente innominado y probablemente
apenas nominable lo que se me anuncia en tales momentos
llenando como un recipiente cualquier aparición de mi entorno
cotidiano con un caudal desbordante de vida superior. No puede
esperar que me comprenda sin un ejemplo y debo pedirle
indulgencia por la ridiculez de mis ejemplos. Una regadera, un
rastrillo abandonado en el campo, un perro tumbado al sol, un
cementerio pobre, un lisiado, una granja pequeña, todo eso
puede convertirse en el recipiente de mi revelación. Cada uno de
esos objetos, y los otros mil similares sobre los que suele
vagar un ojo con natural indiferencia, puede de pronto adoptar
para mí en cualquier momento, que de ningún modo soy capaz de
propiciar, una singularidad sublime y conmovedora; para
expresarla todas las palabras me aparecen demasiado pobres. Es más,
también puede ser la idea determinada de un objeto ausente,
a la que se depara la increíble opción de ser llenada hasta el
borde con aquel caudal de sentimiento divino que crece suave y súbitamente.
Así había dado yo recientemente la orden de echar
abundante veneno a las ratas que había en los sótanos de una mis
granjas. Partí a caballo hacia el atardecer y no pensé más en
el asunto, como bien puede usted imaginar. Entonces, cuando voy
cabalgando al paso por la profunda tierra arada, sin nada más
grave a mi alrededor que una cría de codorniz espantada y a lo
lejos, sobre los campos ondulados, el gran sol poniente, se abre
de pronto a mi interior ese sótano lleno de la agonía de esa
manada de ratas.
Todo estaba dentro de
mí: el aire fresco y lóbrego del sótano, saturado de olor fuerte y
dulzón del veneno,
y el eco de los chillidos de muerte que se estrellaban contra
los muros enmohecidos; esas convulsiones apelotonadas de
impotencia, de desesperaciones frenéticas; la búsqueda
enloquecida de las salidas; la mirada fría de la cólera cuando
coinciden dos ante la rendija taponada. Pero ¿por qué intento
emplear de nuevo unas palabras de las que he renegado?
¿Recuerda, amigo mío, en Livio el maravilloso relato de Alba
Longa? Cómo vagan sus habitantes por las calles que no han de
volver a ver...cómo se despiden de las piedras del suelo! Le
digo, amigo mío, que yo llevaba eso dentro de mí y, al mismo
tiempo, Cartago en llamas; pero era más, era más divino, más
animal; y era presente, el presente más pleno y sublime. ¡Allí
estaba una madre que tenía alrededor a sus crías moribundas y
temblorosas, y que dirigía sus miradas no a los muros
implacables, sino al aire vacío o, a través del aire, al
infinito, y que acompañaba esas miradas con un rechinar de
dientes! Si un esclavo que servía se encontró lleno de horror
impotente cerca de la Niobe petrificada, debió sufrir lo que yo
sufrí cuando, dentro de mí, el alma de aquel animal enseñaba
los dientes al atroz destino.
Perdóneme esta descripción, pero no piense que era compasión lo
que me llenaba. No debe pensarlo de ningún modo: si no, habría
elegido mi ejemplo muy torpemente. Era mucho y mucho menos que
compasión; una enorme participación, un transfundirse en
aquellas criaturas o un sentimiento de que un fluido de la vida y la muerte, del sueño y la vigilia
había pasado por un
instante a ella...pero ¿de dónde? Pues que tiene que ver con la
compasión, con una asociación de ideas humanas comprensible, si
otro atardecer encuentro bajo un nogal una regadera medio llena
que ha olvidado allí un jardinero, y si esa regadera, y el agua
dentro de ella, obscurecida por la sombra del árbol, y un
ditisco que rema en la superficie de esa agua de una obscura
orilla a la otra, si esa combinación de nimiedades me estremece
con tal presencia de lo infinito, me estremece desde las raíces
de los pelos hasta los tuétanos del talón de tal manera que
desearía prorrumpir en palabras de las que se que, si las
encontrase, subyugarían a esos querubines en los que no creo; y
que luego me aparte en silencio de aquel lugar y al cabo de las
semanas, cuando divise ese nogal, pase de largo con una esquiva
mirada, porque no quiero ahuyentar la postrera sensación de lo
maravilloso que flota allí alrededor del tronco, porque no
quiero expulsar lo más que terrenales escalofríos que
todavía siguen vibrando cerca de allí, alrededor de los
arbustos. En esos momentos, una criatura insignificante, un
perro, una rata, un escarabajo, un manzano raquítico, un camino
de carros que serpentea por la colina, una piedra cubierta de
musgos, se convierte en más de lo que haya podido ser jamás la
amada más apasionada y hermosa de la noche más feliz. Esas
criaturas mudas y a veces animadas se alzan hacia mí con tal
abundancia, con tal presencia de amor, que mi mirada dichosa no
es capaz de caer sobre ningún lugar muerto alrededor de mí.
Todo, todo lo que existe, todo lo que recuerdo, todo lo que
tocan mis pensamientos más confusos, me parece ser algo. También
mí propia pesadez, el restante embotamiento de mi cerebro, se
me aparece como algo; siento en mí y alrededor de mí una
equivalencia maravillosa, absolutamente infinita y entre las
materias que juegan contraponiéndose no hay ninguna en la que
yo no pudiese transfundirme. Entonces es como si mi cuerpo
estuviese compuesto de claves que me lo revelasen todo. O como
si pudiésemos establecer una nueva y premonitoria relación con
toda la existencia, si empezásemos a pensar con el corazón. Pero
cuando me abandona ese extraño embelesamiento, no se decir nada
sobre ello; y entonces no podría describir con palabras
razonables en qué había consistido esa armonía que me invade a
mí y al mundo entero no como se me había hecho perceptible, del
mismo que tampoco podría decir algo concreto sobre los
movimientos internos de mis entrañas o los estancamientos de mi
sangre.
Aparte de estas curiosas casualidades, que, por cierto, no sé si
debo atribuir al espíritu o al cuerpo, vivo una vida de un vacío apenas
imaginable y me cuesta ocultar ante mi mujer el
entumecimiento de mi interior o ante mis gentes la indiferencia
que me infunden los asuntos de la propiedad. La buena y severa
educación que debo a mi difunto padre y el haberme habituado
tempranamente a no dejar desocupada ninguna hora del día, es,
así me parece, lo único que, hacia afuera, sigue dando a mi
vida una consistencia suficiente y una apariencia adecuada a
mi condición y a mi persona.
Estoy reformando un ala de mi casa y de cuando en cuando logro
departir con el arquitecto sobre los progresos de su trabajo;
administro mis fincas, y mis aparceros y empleados me encontrarán probablemente
más parco en palabras, pero no menos
amable que antes. Ninguno de los que están con la gorra quitada
delante de la puerta de su casa, cuando paso cabalgando al
atardecer, se imaginara que mi mirada, que están acostumbrados a
acoger respetuosamente, vaga con callada añoranza sobre
los tablones podridos, bajo los cuales suelen buscar los gusanos
para pescar; que se sumerge a través de la estrecha ventana
enrejada en el lúgubre cuarto donde, en un rincón, la cama baja
con sábanas multicolores parece esperar siempre a alguien que
quiere morir o a alguien que debe nacer; que mi ojo se detiene
largamente en los feos perros jóvenes o en el gato que se
desliza elástico entre macetas; y que, entre todos los objetos
pobres y toscos de una vida campesina, busca aquello cuya forma
insignificante, cuyo estar tumbado o apoyado no advertido por
nadie, cuya muda esencia se puede convertir en fuente de aquel
enigmático, mudo y desenfrenado embelesamiento. Pues mi dichoso
e innominado sentimiento surgirá para mí antes de un solitario y
lejano fuego de pastores que de la visión del cielo estrellado;
antes del canto de un último grillo próximo a la muerte cuando
el viento de otoño arrastra nubes invernales sobre los campos
desiertos, que del majestuoso fragor del órgano. Y a veces me
comparo en pensamiento con aquel Craso, el orador, del que
cuentan que tomo un cariño tan extraordinario a una morena
mansa de su estanque, un pez opaco, mudo, de ojos rojos, que se
convirtió en tema de conversación de la ciudad; y cuando en
cierta ocasión, Domiciano, queriendo tacharle de chiflado, le
reprocho en el senado haber vertido lágrimas por la muerte de
aquel pez, Craso le contestó: "De ese manera hice yo a la
muerte de mi pez lo que vos no hicisteis al morir vuestra
primera, ni vuestra segunda mujer".
No sé cuantas veces ese craso con su morena me viene a la cabeza
como un reflejo de mi propio yo, arrojado sobre mí por encima
del abismo de los siglos. Pero no por la respuesta que dio a
Domiciano. La respuesta puso a los reidores de su lado, de
manera que el asunto se disolvió en una broma. Pero a mí el
asunto me afecta, el asunto, que habría seguido siendo el mismo,
aunque Domiciano hubiese vertido por sus mujeres lágrimas de
sangre del más sincero dolor. En tal caso, Craso aún seguiría
estando enfrente de él con sus lágrimas por su morena. Y sobre
esa figura, cuya ridiculez y abyección salta tanto a la vista en
medio de un senado que dominaba el mundo, que debatía las
cuestiones más sublimes, sobre esa figura, un algo innombrable
me obliga a pensar de una manera que me parece completamente
insensata en el momento en que trato de expresarla con palabras.
La imagen de esa Craso está a veces en mi cerebro como una
astilla alrededor de la que todo supura, pulsa y hierve. Entonces
siento como si yo mismo entrase en fermentación, formase pompas,
bullese y reluciese. Y el conjunto es una especie de pensar
febril, pero un pensar con un material que es más directo, líquido y ardiente que las palabras. Son
también remolinos, pero
no parecen conducir, como los remolinos del lenguaje, a un fondo
sin límite sino, de algún modo, a mí mismo y al más profundo
seno de la paz.
Le he molestado en demasía, mi querido amigo, con esta extendida
descripción de un estado inexplicable que normalmente permanece
encerrado en mí.
Fue usted muy benévolo al manifestar su descontento por el hecho
de que ya no llegue a usted ningún libro escrito por mí
"que le resarza de verse privado de mi trato". Yo sentí en ese momento, con una certeza que no estaba del todo
exenta de un sentimiento doloroso, que tampoco el año que
viene, ni el otro, ni en todos los años de mi vida escribiré un
libro en inglés ni en latín; y eso por un solo motivo cuya
rareza, para mí embarazosa, dejo a la discreción de su infinita
superioridad mental el ordenarla, con mirada no cegada, en el
reino de los fenómenos espirituales y corpóreos extendido armónicamente ante
usted: es decir, porque la lengua, en que
tal vez me estaría dado no sólo escribir sino también
pensar, no es ni el latín, ni el inglés, ni el italiano,
ni el español, sino una lengua de cuyas palabras no conozco ni
un sola, una lengua en la que me hablan las cosas mudas y en la
que quizá un día, en la tumba, rendiré cuentas ante un juez
desconocido.
Quisiera que me fuera dado comprimir en las últimas palabras de
esta probablemente última carta que escribo a Francis Bacon,
todo el amor y agradecimiento, toda la inmensa admiración que
por el benefactor de mi espíritu, por el primer inglés de mi
época, llevo en mi corazón y llevaré en el hasta que la muerte
lo haga estallar. (*)
Anno Domini 1603, este 22 de agosto
Phi. Chandos
(*)
Fuente: Hugo von Hofmannsthal, Carta de Lord
Chandos, Alba editorial, traducción Antón Dieterich.
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