1. El
lugar del hombre en la tierra.
En la conducción de nuestra vida no podemos permitirnos ignorar la ordenación natural de las cosas. Es cierto que conservamos todavía la ilusión de ser los privilegiados entre todos los vivientes y de escapar a la regla común. El sentimiento de ser libres nos da una engañosa seguridad. Creemos ocupar sobre la tierra una situación muy superior a la asignada a las plantas, a los árboles y a los animales. Conviene, sin embargo, que sepamos de modo preciso cuál es nuestro verdadero lugar en la
naturaleza.
Nuestro cuerpo, como se sabe desde Aristóteles, es una unidad autónoma, cuyas partes todas están entre sí en relaciones funcionales y existen
como sirvientes del todo. Se compone de tejidos, de sangre y de espíritu. Estos tres elementos son distintos, pero inseparables
unos de otros. Son igualmente inseparables, aunque distintos, del medio físico, químico y psicológico en el cual estamos sumergidos. Todas las substancias, pues, que constituyen los tejidos y la sangre vienen de este medio, bien directamente,
bien indirectamente, por mediación de las plantas y de los animales. La mayor parte de nuestro cuerpo está hecha del
agua de la lluvia, de los manantiales y de los ríos. Esta agua inferior tiene en solución proporciones definidas de sales
minerales cuyo origen se encuentra en el suelo. Constituye el substrato de las células y de la sangre. Como la tierra y el agua de mar, contiene sodio, potasio, magnesio, caldo, hierro,
cobre, y una cantidad de elementos más raros, como el manganeso, el cinc, el arsénico que nos aporta la carne de los animales,
la leche, los granos, los cereales, las hojas de las legumbres, los tubérculos y
las raíces. Son también los animales y las plantas los que suministran las materias azoadas, las grasas, los azúcares, las sales y las vitaminas indispensables para la construcci6n de los tejidos, para su conservación y para sus gastos
energéticos. Los elementos químicos que entran en la composición
del cuerpo son idénticos a los que componen el sol, la una y las
estrellas. No hay diferencia alguna entre el oxigeno que
respiramos del planeta Marte y el oxígeno que respiramos. El hidrógeno contenido en la molécula del glicógeno
del hígado y de los músculos y el calcio del esqueleto son los mismos que el
hidrógeno y el calcio de las llamas cinematográficas por Mac Math en la atmósfera del sol. El hierro de los glóbulos rojos
de la sangre es semejante al hierro de los meteoritos. Los átomos de sodio que flotan como niebla ligera en los espacios
intersiderales podrían ser utilizados por nuestros tejidos tan bien como los de la sal de nuestros alimentos. En suma:
elementos químicos de que se halla hecho nuestro cuerpo vienen del cosmos, de la tierra, del
aire y del agua. Los elementos químicos se comportan de la misma manera
dentro del cuerpo como fuera de él. Desde Claude Bernard, sabemos que las leyes de la fisiología son fundamentalmente las mismas que
las de la mecánica, de la física y de la química. Los modos de
ser de las cosas son invariables; por ejemplo: las leyes de las masas de la
capilaridad, de la ósmosis, de la hidrodinámica, siguen siendo verdaderas en el seno de nuestros tejidos. Es posible, sin embargo, de acuerdo con la hipótesis emitida por Donnan, que ciertas leyes estadísticas cesan de obrar en los
órganos celulares tan pequeños que sólo encierran algunas
gruesas moléculas de materia proteica.
En suma: nuestro cuerpo es un fragmento del cosmos,
dispuesto de manera muy particular, pero en el cual se manifiestas
las mismas leyes que en el resto del mundo. Está constituido por
los mismo elementos que su ambiente físico.
Hay también entre el hombre y su medio relaciones funcionales individibles.
El medio se acomoda al hombre y el hombre al medio. Se puede decir
que el medio es para el hombre lo que la cerradura para la llave.
Hombre y medio forman las dos partes de un todo. En efecto; la superficie de
la tierra presenta un conjunto de físicas y químicas excepcionales en el universo
y enminentemente propias para nuestra existencia. Nuestro planeta
retiene en su derrotero una atmósfera bastante densa para permitir
a los vivientes obtener, aún sobre las altas montañas, el
oxígeno indispensable para la respiración. Es también la atmósfera la que protege a las plantas y a los animales contra la acción nociva de los rayos solares y del frío. La
atracción del globo terrestre terrestre ejerce sobre todos los cuerpos nos hace
adherirnos al suelo en la medida apropiada a las necesidades de
nuestra vida.
En la superficie de Júpiter nos hallaríamos inmovilizados por nuestro peso. En la luna
seríamos excesivamente ligeros. Como Henderson lo ha demostrado, el medio
cósmico se adapta a la vida, sobre todo gracias a las propiedades singulares de tres elementos: el
oxígeno, el hidrógeno y el carbono, que forman el agua y el ácido
carbónico. El agua y el ácido carbónico estabilizan la temperatura de
la tierra. Además, el agua moviliza la mayor parte de los
elemento químicos. Una ver movilizados, estos elementos penetran
por todas partes y sirven de alimento a los vegetales. En fin, el
hidrógeno, el oxígeno y el ácido carbónico son los más activos
de todos los elementos. Forman los compuestos más numerosos y los edificios moleculares más complejos. Gracias al
agua, que les proporciona en solución la mayor parte de las
sustancias químicas, las plantas y los animales preparan los
alimentos complejos que el hombre necesita. De ese modo, el medio
se adapta a la vida. Al mismo tiempo, la vida se adapta al medio.
Emplea para ello dos procedimientos diferentes. Consiste el primero en absorber o
asimilar el medio. El organismo, por ejemplo, absorbe el oxígeno del aire y asimila las substancias alimenticias. El segundo
procedimiento consiste en reaccionar contra el medio y en ajustar a él. Este ajustamiento se hace por un esfuerzo de los grande sistemas de adaptación. La repetición de este esfuerzo
aumenta el poder de estos sistemas, es decir, de los vasos, de los
centros nerviosos, de los músculos, de las glándulas, del
corazón, de todos los órganos. Esta es la razón de que el individuo, a fin de alcanzar su desarrollo
óptimo, deba luchar constantemente con su medio. La dureza de las
condiciones de la vida es la condición indispensable para la ascensión de la
persona humana.
Los sabios cometen con frecuencia el
extraño error de observar los fenómenos naturales como si ellos mismos se
encontrasen fuera de la naturaleza. En realidad, forman parte de
un sistema material compuesto del observador y del objeto de su observación.
Nuestro espíritu, es cierto, no está encerrado en las cuatro dimensiones del espacio y
del tiempo. Aun cuando estemos sumergidos en el cosmos, tenemos el sentimiento de
podernos librar de él. De un modo que todavía no compremos, el espíritu
es capaz de evadirse de la continuidad física. Sin embargo, continúa inseparable
del cuerpo es decir, del mundo físico. Está sometido a este mundo. Basta que el plasma
sanguíneo quedé privado de ciertas sustancias químicas para que
las más nobles aspiraciones del alma se desvanezcan. Cuando la
glándula tiroides, por ejemplo, cesa de segregar la tiroxina en
los vasos sanguíneos, ya no hay ni inteligencia, ni sentido de lo bello, ni sentido religioso. El aumento
o la disminución del calcio produce un desequilibrio mental. La personalidad se desintegra bajo la influencia del
alcoholismo crónico. Si, como lo hizo Mr. Collum, se suprime
completamente el manganeso de la alimentación de una rata, ésta pierde el sentido
maternal. Por el contrario, cuando se suministra un extracto de
glándula pituitaria llamado prolactina a ratas vírgenes, adoptan
estás a jóvenes ratas, construyendo nidos para ellas y las rodean
de cuidados. Y a falta de jóvenes ratas, consagran su amor paternal a
pichones recién nacidos. Es cierto también que los sentimientos son
profundamente influidos por ciertas enfermedades. Un ataque ligero
de encefalitis letárgica puede producir como consecuencia una transformación de la
personalidad. Cuando el treponema pálido comienza su invasión del cerebro, ilumina a
veces la inteligencia con relámpagos de genio. Es cierto que el
estado del espíritu se halla condicionado por el cuerpo.
Las actividades intelectuales y afectivas dependen de los
condiciones físicas, químicas y fisiológicas de los órganos. Por consiguiente,
del mundo cósmico.
En suma: nuestro cuerpo está hecho de agua y de
elementos tomados en el aire y en la tierra. Las leyes de la física y de la química se aplican lo mismo a los
fenómenos que se realizan en el mundo interior de nuestros tejidos y de
nuestros humores que a los del mundo exterior. Somos en la superficie de la tierra seres análogos a
los demás seres; más próximos, sin embargo, a las plantas, los árboles y los animales, que a las rocas, las
montañas, los ríos y el océano. Formamos evidentemente parte de la naturaleza. Tenemos
lazos estrechos de parentescos con los animales superiores, en particular con los chimpancés y los orangutanes. Pero les
superamos inmensamente por la potencia de nuestra mente. Gracias a
nuestra inteligencia tenemos libertad de conducirnos con nos place. Es el sentimiento de la libertad lo que nos da ilusión de ser independientes de la naturaleza. Si bien cierto que somos libres, es cierto también que estamos
sometidos al orden del mundo. Podemos, si lo queremos, no tener en
cuenta ninguna de las leyes naturales. Sólo nuestra voluntad nos
obliga a tomar en consideración las propiedades esenciales de
nuestro cuerpo y de nuestro espíritu, y los modos de ser del
mundo que nos rodea. Podemos, si lo deseamos, descender de un
barco para caminar sobre las aguas, saltar desde lo alto del
Empire State Building a la Quinta Avenida, habitar gracias al hashish
entre las maravillas del país de los sueños, o abandonarnos a la
corrupción de la civilización moderna. En otros términos;
tenemos la facultad de comportarnos o no según el orden que emana
de las cosas. Pero jamás conseguiremos romper los lazos que nos
unen al mundo del cual procedemos. La voluntad del hombre será
siempre impotente para modificar la estructura del universo. Como
nuestros hermanos inferiores, los cetáceos de los mares polares,
o los antropoides que viven en las selvas tropicales, formamos
parte de la naturaleza. Estamos sometidos a las mismas leyes que
el resto del mundo terrestre. Por razón de formar parte de la
naturaleza, debemos, como lo enseña Epitecto, vivir conforme a
sus órdenes. Tenemos que ser lo que somos en nuestra esencia de
ser. (*)
(*)
Fuente: Alexis Carrel, La conducta en la vida,
Buenos Aires, Colección Vértice, Editorial Guillermo Kraft
Limitada, 1954, pp.50-55.
2. Acerca
de la experiencia mística
En los hombres modernos rara vez observamos las manifestaciones de la actividad
mística o del sentido religioso. La tendencia al misticismo, hasta
en su forma más rudimentaria,
es excepcional. Mucho más excepcional que el sentido
moral. Sin embargo, sigue siendo una de las actividades
humanas esenciales. La humanidad ha sido impregnada más a fondo
por la inspiración religiosa que por el pensamiento filosófico.
En la ciudad antigua, la religión era la base de la familia y
de la vida social. Las catedrales y las ruinas de los templos
erigidos por nuestros antepasados cubren aún el suelo de Europa.
Claro es que su significado es hoy apenas conocido. Para la
mayoría dc los hombres modernos, las iglesias no son más que museos
de religiones muertas. La actitud de los turistas que
visitan las catedrales de Europa muestra con claridad cuán
completamente ha sido eliminado de la vida moderna el sentido
religioso. La actividad mística ha sido desterrada de la mayor
parte de las religiones. Hasta su significado ha sido
olvidado. Esta ignorancia es probablemente responsable de la decadencia de las iglesias. La
fuerza de una religión depende de los focos de actividad mística en que su vida crece constantemente. No obstante,
el sentido religioso continúa siendo hoy una actividad indispensable
para la conciencia de un número de individuos. Vuelve a
manifestarse entre la gente de elevada cultura. Y, aunque parezca
extraño, los monasterios de las grandes órdenes religiosas son demasiado pequeños para recibir a todos los jóvenes
de uno u otro sexo que ansían entrar en el mundo espiritual a través
del ascetismo y del misticismo.
La actividad religiosa ofrece aspectos diversos, cuino los ofrece la actividad moral.
En su estado más elemental, se compone de una vaga aspiración
hacia un poder que trasciende las normas materiales y mentales de nuestro mundo, una especie de plegaria, sin formular, una
búsqueda más absoluta que la del Arte o la Ciencia. Es análoga a la actividad estética. El amor a la belleza conduce al misticismo. Además, los ritos religiosos están
asociados con diversas formas de arte. El cántico se transforma fácilmente en
oración. La belleza que el místico persigue es todavía más rica
y más indefinible que el ideal de artista. No tiene forma. No puede
expresarse en lenguaje alguno. Se esconde en el interior de las cosas
del mundo visible. Rara vez se manifiesta. Requiere una elevación espiritual hacia un Ser que es el manantial de todas las cosas, hacia un poder, un centro de fuerzas, que
el místico llama Dios. En cada periodo de la Historia, en cada nación, han existido individuos que poseían en alto grado
este sentimiento peculiar. El misticismo cristiano contribuye la más elevada forma
de actividad religiosa. Está más ligado a las demás actividades
de la conciencia que los misticismos hindúes o tibetanos. Tiene la ventaja, sobre las religiones
asiáticas, de haber recibido en su primera infancia las lecciones
de Grecia y de Roma. Grecia le dio la inteligencia y Roma el orden y la
medida.
El misticismo, en su estado más elevado, comprende una técnica muy
elaborada, una estricta disciplina. Primero, la práctica del ascetismo. Tan
imposible es penetrar en la región de la mística sin preparación
ascética, como transformarse en un atleta sin someterse a
ejercicios físicos. La iniciación al ascetismo es dura. Por eso son
muy pocos los hombres que tienen el valor de aventurarse por la senda del misticismo. El
que desee emprender este viaje áspero y difícil debe renunciar a
todas las cosas de este mundo, y por fin a sí mismo. Luego tiene que vivir
durante largo tiempo en las sombras de la noche espiritual. Mientras implora la gracia de Dios y llora su degradación y su falta de merecimientos, van purificándose sus sentidos. Es la primera y obscura jornada de la vida mística. Poco a poco, el hombre
se va despidiendo de sí mismo. Su oración se torna contemplación. Penetra en la vida iluminada. Es incapaz de describir sus experiencias. Cuando el hombre, ya en la vida mística, intenta expresar lo que siente, se apropia a veces
-como hiciera San Juan de la Cruz- del lenguaje del amor carnal. Su espíritu
se escapa del espacio y del tiempo. Alcanza el grado de la vida unitiva. Está en Dios y en
Él obra.
La vida de todos los grandes místicos está formada de las mismas etapas.
Tenemos que aceptar sus experiencias tal como ellos las describieron. Sólo aquellos que han seguido la vida de oración son capaces de comprender sus peculiaridades.
A la verdad, buscar a Dios es un empeño enteramente personal. Por medio
del ejercicio de las actividades normales de subconciencia, el hombre puede intentar alcanzar una realidad invisible que
es a la vez inmanente y que trasciende del mundo material. De este modo se lanza a la más audaz de las aventuras que puedan osarse. Se le puede considerar corno un héroe o como un
lunático. Pero nadie debe preguntarse si la experiencia mística es verdadera o falsa, si es autosugestión, alucinación, o un viaje
del alma más allá de las dimensiones de nuestro mundo, y su unión con una realidad más elevada. Debemos contentarnos con tener un concepto operante de semejante experiencia. El misticismo es generoso con
espléndidez. Da al hombre la satisfacción de sus más altos deseos. La
fuerza interior, la luz espiritual, el amor divino, la paz
inefable. La intuición religiosa es tan real como la inspiración estética.
A través de la contemplación de la belleza
sobrehumana, los místicos y los poetas pueden alcanzar la verdad
final. (*)
(*)
Fuente: Alexis Carrel, La incógnita del hombre,
Buenos Aires, Joaquín Gil-Editor, 1953, pp. 134-136.
3. Personalidad,
expansión y telepatía
El individuo es, evidentemente, un centro de actividades específicas. Se nos ofrece distinto del mundo inanimado y también
de los demás seres vivientes. Al propio tiempo se halla ligado a un ambiente y a sus semejantes. No puede existir sin ellos. Se
caracteriza por ser independiente y dependiente a la vez del Universo cósmico. Pero no sabernos cómo está ligado a los
otros seres, ni cuáles son sus fronteras espaciales y temporales.
Tenemos razones para creer que la personalidad se extiende fuera del continuo físico. Sus límites parecen
estar situados más allá de la superficie de la piel. La precisión de
sus contornos anatómicos es, en parte, una ilusión. Cada uno de nosotros
es mucho más amplio y más difuso que su cuerpo.
Sabemos que nuestras fronteras visibles son, por un lado la piel y, por
el otro, las mucosas digestivas y respiratorias. Nuestra integridad
anatómica y funcional, así como nuestra supervivencia, dependen de su inviolabilidad. Su destrucción y la invasión
de los tejidos por las bacterias acarrean la muerte y la desintegración
del individuo. También sabemos que pueden ser atravesadas por los rayos cósmicos, el
oxígeno de la atmósfera, la luz, el calor, las ondas sonoras y las substancias resultantes
de la digestión intestinal de los alimentos. Gracias a estas superficies, el mundo interior
de nuestro cuerpo está en continuidad con el mundo cósmico. Pero esta frontera anatómica es sólo
la de un aspecto del individuo. No incluye nuestra personalidad mental.
El amor y el odio son realidades. Gracias a estas sensaciones, los hombres están ligados unos a otros de manera positiva, cualquiera que
sea la distancia que haya entre ellos. A ni a mujer, la pérdida de un hijo le produce mayor dolor que la pérdida de un miembro. La ruptura de una unión afectiva
puede acarrear hasta la muerte. Si pudiéramos percibir los lazos
inmateriales, los seres humanos ofrecerían aspectos nuevos y extraños. Algunos, apenas si sobrepujarían sus
límites anatómicos. Otros, se extenderían hasta la caja de caudales
de un Banco, los órganos sexuales de otro individuo, ciertos manjares o bebidas, quizá un perro, una joya, un objeto de
arte. Otros aparecerían inmensos: se extenderían como largos tentáculos, asidos a su familia, a un grupo
de amigos, a una vieja casa, al cielo y a las montañas de su país natal. Los
conductores de naciones, los grandes filántropos, los santos,
paro, parecerían gigantes de cuentos de hadas, que extendiesen sus múltiples brazos sobre un país, un continente, el mundo entero.
Existe una estrecha relación entre nosotros y nuestro medio social. Todo ser humano ocupa un cierto lugar en su grupo.
Está ligado a él por cadenas mentales. Su posición puede parecerle
más importante que la vida misma. Si le privan de ella por la ruina, la enfermedad, la persecución, el escándalo o el
crimen, el hombre puede incluso preferir el suicidio a este cambio. Es evidente que el individuo se proyecta en todos los sentidos más allá
de sus fronteras anatómicas.
Pero el hombre puede difundirse a través del espacio de manera más positiva todavía
(1). En los fenómenos telepáticos, envía instantáneamente una parte de
sí mismo, una especie de emanación, que va a reunirse con un pariente o un amigo
alejado. De este modo se extiende a grandes distancias. Puede
cruzar océanos y continentes en un espacio de tiempo demasiado corto para ser calculado. Es capaz de hallar, en medio de una
multitud, la persona que desea encontrar. También puede descubrir en la inmensidad y la confusión de una ciudad
moderna la casa, la habitación del individuo que busca, aunque no
le conozca ni a él ni al ambiente que le rodea. Aquellos que están dotados de esta forma de actividad se conducen como
seres extensibles, amebas de un género extraño, capaces de enviar sus seudópodos a distancias prodigiosas. A veces se observa que el
hipnotizador y el sujeto se hallan unidos por un lazo invisible.
Este te lazo parece emanar del sujeto. Cuando se establece la comunicación entre
el hipnotizador y el sujeto, el primero puede, sugestionándole a distancia, ordenar al último que realice
determinados actos. En este momento se ha establecido entre ellos una comunicación telepática. En tal caso, dos individuos dejados están
en contacto el uno con el otro, aunque ambos parezcan estar confinados dentro de sus respectivos
límites anatómicos.
El pensamiento parece ser transmitido, como las ondas electromagnéticas, de una región a otra del espacio. Hasta
el presente, no ha sido posible medir la velocidad de las
comunicaciones telepáticas. Ni los biólogos, ni los físicos, ni los astrónomos, han tenido en cuenta la existencia de fenómenos
metafísicos. La telepatía es, no obstante, un dato primario de observación. Si algún día encontrásemos que el pensamiento viaja a través
del espacio como viaja la luz, nuestras teorías acerca de la constitución del Universo tendrían que ser modificadas. Pero no es seguro que los fenómenos telepáticos se deban a
la transmisión de un agente físico. Posiblemente no existe contacto espacial entre individuos que se hallan en comunicación. En efecto, sabemos que
el espíritu no está enteramente descrito dentro de las cuatro dimensiones del continuo físico.
Se halla situado simultáneamente dentro del Universo material como cualquier parte. Puede insertarse en las células
cerebrales y prolongarse fuera del espacio y del tiempo, como un alga
que se fija a una roca y deja que sus tallos floten en el misterio
del océano. Ignoramos por completo las realidades que se
hallan fuera del espacio y del tiempo. Nos es permitido suponer que una comunicación
telepática es un encuentro, más allá de las cuatro dimensiones de nuestro Universo,
entre las partes inmateriales de dos espíritus. Pero es más cómodo considerar
estos fenómenos producidos por la expansión del individuo en el
espacio.
La extensibilidad espacial de la personalidad es un hecho
excepcional. Sin embargo, los individuos normales pueden leer a veces los
pensamientos de los demás, como hacen los clarividentes. De un modo quizá análogo, algunos hombres poseen el poder
de arrastrar y convencer a grandes multitudes con palabras en apariencia
vulgares, de conducir a las gentes a la felicidad, a la batalla, al sacrificio, a la muerte. César, Napoleón, Mussolini, todos los grandes
leaders de naciones...envuelven a gentíos inmensos en
la red de su voluntad y de sus ideas. Entre ciertos individuos y la Naturaleza existen relaciones obscuras y sutiles. Tales
hombres pueden extenderse a través del espacio y del tiempo y
comprender la realidad concreta. Parecen escaparse de ellos mismos, así como
del continuo físico. A veces proyectan en vano sus tentáculos más allá de las fronteras del mundo material y
no traen consigo nada importante. Pero, al igual de los grandes profetas
de la Ciencia, el Arte y la Religión, también pueden aprehender,
en los abismos de lo desconocido, seres sublimes e ilusorios llamados abstracciones matemáticas, las ideas
platónicas, la belleza suprema, Dios. (*)
(*)
Fuente: Alexis Carrel, La incógnita del hombre,
Buenos Aires, Joaquín Gil-Editor, 1953, pp. 235-238.
(1)
Las fronteras psíquicas del individuo en el espacio y en el tiempo son,
evidentemente, suposiciones. Pero las suposiciones, aunque sean muy
extrañas, son cómodas y ayudan a agrupar hechos que son temporalmente
inexplicables. Su propósito es, sencillamente, inspirar experimentos. El autor
comprende claramente que sus conjeturas serán consideradas ingenuas o heréticas, tanto por el hombre corriente como por el sabio. Que
desagradarán igualmente a los materialistas que a los espiritualistas, vitalistas o mecanicistas. Que se dudará del equilibrio de su intelecto. Sin embargo, no
se pueden desdeñar los hechos porque sean extraños. Por el contrario, deben
estudiarse. La Metafísica puede aportarnos datos más importantes sobre la
naturaleza del hombre que la Psicología normal. Las sociedades de investigación
psíquica y especialmente la Sociedad Inglesa, han atraído la
atención del público hacia la clarividencia y la telepatía. Ha
llegado el momento de estudiar estos fenómenos como se estudian los fenómenos fisiológicos.
Pero las investigaciones metafísicos deben ser emprendidas por
aficionados, aun cuando estos aficionados sean grandes físicos, grandes filósofos o grandes
matemáticos. Hasta para hombres tan ilustres como Isaac Newton, William
Crookes u Oliver Lodge, es peligroso salirse de su terreno y
meterse en Teología o Espiritismo. Para estudiar este tema sólo están calificados los
experimentadores ejercitados en la clínica médica que tengan un
profundo conocimiento del ser humano, de su fisiología y psicología, de
sus neurosis, de su aptitud para mentir, de su susceptibilidad a la sugestión,
de su habilidad para la prestidigitación. El autor espera que sus
suposiciones acerca de los limites espaciales y temporales del individuo tal vez inspiren, en lugar de sonrisas y discusiones fútiles, experimentos realizados
con las técnicas de la Fisiología y de la Física.
4. La
restauración del hombre
No
podemos emprender nuestra restauración y la de nuestro ambiente sin
haber transformado nuestra manera de pensar. La sociedad moderna ha adolecido desde su origen de una falta intelectual, falta que ha sido
constantemente repetida desde el Renacimiento. La Tecnología ha
construido al hombre, no de acuerdo al espíritu de la Ciencia, sino de acuerdo con
concepciones metafísicas erróneas. Ha llegado el momento de abandonar
estas doctrinas. Debemos romper las barreras que se han alzado entre las
propiedades de los objetos concretos y los diferentes actos de nosotros
mismos. El error al cual se deben nuestros sufrimientos provienen
de una interpretación equivocada de tina idea genial de Galileo. Como es harto sabido,
Galileo distinguió las cualidades primarias de las cosas -dimensiones y
eso- que pueden medirse fácilmente, de sus cualidades -forma, co1or, olor-, que no pueden medirse.
Se separé lo cuantitativo de lo cualitativo. Lo cuantitativo, expresado en lenguaje matemático,
aportó la Ciencia a la Humanidad. Lo cualitativo fue desdeñado. La abstracción de las
cualidades primarias de los objetos era legítima. Pero no lo era
el olvido de las cualidades secundarias. Este error tuvo grandes consecuencias. En
el hombre, las cosas que no pueden medirse son más importantes que las mensurables. La existencia
del pensamiento es tan fundamental como, por ejemplo, los
equilibrios fisicoquímicos del suero hemático. La separación de
lo cualitativo de lo cuantitativo se hizo aún mayor cuando
Descartes creó el dualismo del cuerpo y del alma. Entonces las manifestaciones
del espíritu se volvieron inexplicables. Lo material fue definitivamente aislado de lo espiritual. Las
estructuras orgánicas y los mecanismos fisiológicos adquirieron una realidad mucho mayor que el pensamiento, el placer, el dolor
y la belleza. Este error encauzó nuestra civilización por la ruta que conduce al triunfo de la Ciencia y a la degradación del
hombre.
Para encontrar de nuevo el buen camino, debemos volver con el pensamiento a los hombres del Renacimiento, impregnarnos de su espíritu, de su
pasión por la observación empírica y de su desprecio por los
sistemas filosóficos. Como ellos, hemos de distinguir las cualidades primarias y secundarias de
las cosas. Pero hemos de diferir de ellos radicalmente y atribuir a las cualidades secundarias la misma importancia que a las primarias. También
tenemos que rechazar el dualismo de Descartes. El espíritu será reintegrado a la materia. El alma no será ya distinta
del cuerpo. Las manifestaciones mentales, así como los procesos fisiológicos, estarán a
nuestro alcance. Claro es que lo cualitativo es más difícil de
lo cuantitativo. Los hechos concretos no satisfacen a nuestro espíritu, que prefiere
el aspecto definitivo de las abstracciones. Pero la Ciencia no debe ser cultivada sólo por sí misma, por la elegancia
de sus métodos, por su luz y su belleza. Su finalidad es el beneficio material y espiritual del hombre. Debe darse tanta importancia a los sentimientos como a la Termodinámica. Es indispensable que nuestro pensamiento
abarque todos los aspectos de la realidad. En lugar de abandonar los residuos
de las abstracciones científicas, los utilizaremos tan plenamente
como las abstracciones mismas. No aceptaremos la tiranía de lo cuantitativo; la superioridad de la
Mecánica, de la Física y de la Química. Renunciaremos a la actitud intelectual producida por el Renacimiento y su arbitraria definición de lo real. Pero debemos conservar todas las conquistas hechas desde los
días de Galileo. El espíritu y las técnicas de la Ciencia son nuestro más preciado
bien.
Será difícil
librarse de una doctrina que durante más de trescientos años ha dominado la inteligencia de los civilizados. La mayoría de los hombres
de ciencia creen en la realidad de los Universales, en cl derecho exclusivo a la existencia de lo cuantitativo, en la supremacía de la materia, en la separación del espíritu del cuerpo y en la posición subordinada del
espíritu. No renegarán fácilmente de su fe, porque semejante
cambio haría vacilar sobre su base a la Pedagogía, la Medicina, la Higiene, la Psicología y la Sociología. El pequeño
jardín que todo sabio cultiva, fácilmente se transformaría en un bosque que habría
de ser derribado. Si la civilización científica abandonase la senda que ha seguido desde el
Renacimiento y olvidase a la observación ingenua de lo concreto, se
producirían inmediatamente extraños acontecimientos. La materia perdería su supremacía. Las actividades mentales se volverían
tan importantes como las fisiológicas. El estudio de las funciones morales, estéticas y religiosas aparecería tan
indispensable como el de las Matemáticas, la Física y la Química.
Los métodos actuales de educación parecerían absurdos. Las escuelas
y las universidades se verían obligadas a modificar sus programas. Se preguntaría a los higienistas por qué se
limitan exclusivamente a la prevención de las enfermedades
orgánicas y no a de los trastornos mentales y nerviosos. Por qué no conceden atención a la salud del espíritu. Por qué
aislan a los enfermos infecciosos y no a aquellos otros que propagan enfermedades
intelectuales y morales. Por qué se consideran peligrosas las costumbres culpables de las enfermedades orgánicas y
no aquellas otras que llevan consigo la corrupción, la criminalidad y la demencia. El público rehusaría ser asistido por médicos que no conocen sino una pequeña parte del cuerpo. Los
especialistas tendrían que aprender Medicina general, o trabaja como unidades de un grupo bajo la dirección de un médico
general. Se induciría a los patólogos a que estudiasen las
lesiones de los humores igual que las de los órganos. A tener en cuenta la influencia de lo mental sobre los tejidos, y viceversa. Los economistas se darían cuenta de que los seres
humanos piensan, sienten y sufren; de que es preciso darles algo más que
trabajo, alimentos y comodidad; de que tienen necesidades tanto espirituales como fisiológicas. Y también de que las causas de las crisis económicas y financieras pueden ser
morales e intelectuales. No nos veríamos ya obligados a aceptar las condiciones bárbaras de vida en las grandes ciudades, la tiranía de la fábrica o de la oficina, el sacrificio de la dignidad moral al interés económico, del espíritu al
dinero, como beneficios que nos dispensa la civilización moderna.
Rechazaríamos las invenciones mecánicas que impiden el desarrollo
humano. La Economía ya no se nos ofrecería como suprema
razón de todo. Es evidente que la liberación del libre del
hombre del credo materialista transformaría la mayor parte de los
aspectos de nuestra existencia. Por eso la sociedad moderna se opondrá
con todas sus fuerzas a este progreso en nuestras
concepciones.
Sin embargo, debemos cuidar de que el fracaso del materialismo no
traiga consigo una reacción espiritual. Ya que la Tecnología y el culto a la materia no han tenido éxito,
puede ser grande la tentación de escoger el culto contrario, el
del espíritu. La supremacía de la Psicología sería no menos
peligrosa que la de la Fisiología y la Química. (*)
(*)
Fuente: Alexis Carrel, La incógnita del hombre,
Buenos Aires, Joaquín Gil-Editor, 1953, pp. 252-255.
Genialidad
y clarividencia
La inteligencia sola no es capaz de engendrar la Ciencia. Pero es un factor indispensable para su creación. La Ciencia, a su vez. fortifica la inteligencia.
Ha traído a la Humanidad una nueva actitud intelectual, la certeza
que se deriva de la observación, la experimentación y el razonamiento lógico. La certeza que se deriva
de la Ciencia, es muy diferente de la que se deriva de la fe. La última es más profunda. No puede ser conmovida por los
argumentos. Se parece a la certeza que da la clarividencia. Pero, aunque parezca raro, no es completamente
extraña a la Ciencia. Es evidente que los grandes descubrimientos no son
producto de la inteligencia sola. Los genios, además de sus poderes de observación y de comprensión, poseen
otras cualidades, tales como la intuición y la imaginación creadora. Por su
intuición aprenden cosas que ignoran los demás hombres, perciben
relaciones entre fenómenos al parecer aislados, siendo inconscientemente la presencia del tesoro
desconocido. Todos los grandes hombres están dotados de intuición. Saben sin
análisis, sin razonamiento, lo que les importa saber. Un verdadero
leader no necesita test (pruebas) psicológicos ni cartas de
recomendación cuando escoge a sus subordinados. Un buen juez, sin
entrar en detalles de argumentos legales y aun partiendo de falsas premisas, es capaz de fallar una
sentencia justa. Un gran sabio toma instintivamente la senda que conduce al descubrimiento. Este fenómeno,
en tiempos pasados, se llamaba inspiración.
El hombre de ciencia pertenece a dos tipos diferentes: el lógico y el intuitivo. La Ciencia debe su progreso a ambas
formas de la inteligencia. Las Matemáticas, aunque de estructura
puramente lógica, utilizan sin embargo la intuición. Entre los matemáticos hay intuitivos y lógicos, analistas y
geómetras. Her,otte y Weierstrass eran intuitivos. Riemann y
Bertrand eran lógicos. Los descubrimientos de la intuición han ido siempre desarrollados por la lógica. En la vida
ordinaria, como en la Ciencia, la intuición es un medio poderoso, pero peligroso, de adquirir la sabiduría. A veces es difícil distinguirla de la ilusión. Aquellos que se fían de ella enteramente
están sujetos a errores. Está lejos de ser siempre fidedigna.
Pero el grande hombre, o el simple corazón puro, puede ser conducido por la intuición a la cumbre de la vida mental y
espiritual. Es una extraña cualidad. Para inexplicable abarcar la
realidad sin ayuda de la inteligencia. Uno de los aspectos de la
intuición se asemeja a una rápida deducción de una observación instantánea. El conocimiento que los grandes médicos poseen a
veces acerca del estado presente y futuro de sus pacientes es de esa naturaleza. Un fenómeno semejante se
produce cuando aprecia, en un destello, el valor de un hombre, o se
presiente sus virtudes o sus vicios. Pero, bajo otro aspecto, la
intuición tiene lugar bastante independientemente de la observación y del razonamiento. La intuición puede conducirnos a
nuestra meta cuando no sabemos cómo alcanzarla ni dónde está situada esta
meta. Tal forma de conocimiento se parece mucho la clarividencia, al sexto sentido de
Richet.
La clarividencia y la telepatía son un dato primario de observación
científica. Aquellos que están dotados de este poder, perciben los pensamientos secretos de otros individuos sin hacer uso de
sus sentidos. Asimismo perciben los acontecimientos más o menos remotos en el espacio y en el tiempo. Esta cualidad es excepcional. Sólo se desarrolla en un pequeño número de seres
humanos. Pero muchos la poseen en un estado rudimentario. La ejercen sin esfuerzo y de una manera espontánea. A
quienes la poseen, la clarividencia les parece bastante vulgar.
Les aporta un conocimiento más seguro que el que obtienen a través
de sus sentidos. Un clarividente lee los pensamientos de otras gentes con la misma facilidad que examina
la expresión de sus rostros. Pero las
palabras "ver" o "sentir" no expresan con
exactitud los fenómenos que se producen en la conciencia. El
clarividente no observa, no piensa. Sabe. La lectura del
pensamiento parece estar relacionada a la vez con la inspiración
científica, estética y religiosa, y con la telepatía. Las
comunicaciones telepáticas se producen con frecuencia. En muchos
casos en el momento de la muerte o de un gran peligro, un
individuo se pone en cierto género de comunicación con otro. El
moribundo, o la víctima del accidente, aun cuando dicho accidente
no sea mortal, se le aparece a su amigo en su aspecto
acostumbrado. Generalmente, el fantasma permanece silencioso.
Algunas veces habla y anuncia su muerte. El clarividente puede
también percibir a gran distancia una escena, un individuo, un
paisaje, que es capaz de describir minuciosa y exactamente.
Existen muchas formas de telepatía. Cierto número de personas,
aunque no estén dotadas de clarividencia, han recibido una o dos
veces en su vida una comunicación telepática.
De este modo, cl conocimiento del mundo externo puede llegar al
hombre a través de otros cauces que los sentidos. Es seguro que
el pensamiento puede ser transmitido de un individuo a otro aunque
les separen grandes distancias. Estos hechos, que pertenecen a la
nueva ciencia de la Metapsíquica, deben ser aceptados tal como
son. Expresan un aspecto extraño y casi desconocido de nosotros
mismos. Son probablemente los responsables de la misteriosa
agudeza mental de algunos individuos. ¡Qué extraordinaria
penetración resultaría de la unión de la inteligencia
disciplinada y de la aptitud telepática! Claro es que la
inteligencia, que nos ha dado el dominio sobre el mundo físico,
no es una cosa sencilla. Sólo conocemos uno de sus aspectos.
Tratamos de desarrollarla en las escuelas y en las universidades.
Este aspecto no es sino una pequeña parte de una actividad
maravillosa compuesta de razón, juicio, atención voluntaria,
intuición y, tal vez, clarividencia. A esta función debe el
hombre su capacidad para apoderarse de la realidad y para
comprender el ambiente que lo rodea, a sus semejantes y a sí
mismo. (*)
(*)
Fuente: Alexis Carrel, La incógnita del hombre,
Buenos Aires, Joaquín Gil-Editor, 1953, pp. 125-128.