Y la piedra
dice. Habla,
aun en el silencio. El cuerpo firme de la roca se expresa
mediante símbolos. Y transmite fuerzas sutiles. Dignidad,
misterio y potencias veladas burbujean en la piedra. Pero para
la conciencia moderna la piedra sólo es despojo, o riqueza a
explotar. Para el habitante urbano, de ella no dimana ninguna
potencia sutil y ancestral. Las piedras se encierran así en su
propia dureza. No son lenguaje, integración, comunicación
entre un ser que dice y otro que escucha.
Pero no siempre fue así. La indiferencia de la civilización
moderna ante los verbos profundos de lo pétreo es rara, poco
frecuente en la historia. Por el contrario, en la antigüedad,
como en las culturas llamadas arcaicas o tradicionales, la
piedra siempre permite la experiencia de lo trascendente.
En La lengua de las piedras, André Breton recupera
aquella antigua veneración de la piedra. Con su manifiesto
del surrealismo de
1924, Breton inició la difusión de la magia surrealista. El
arte es liberación de los mares creadores del inconciente. El
sueño es lo más próximo a lo inconciente. Liberar las
dormidas fuerzas inconcientes es propagar las vapores del
sueño. El soñar despierto del surrealismo pregonado por Breton
sería expandir la libre imaginación del sueño y la noche aun
durante el diurno estar despierto. Integrar lo onírico y la
vigilia es también una manera de fundir lo extraño, lo velado,
lo no visible, con el mundo de los sentidos y la experiencia
cotidiana. En las piedras ocurre una fusión semejante. Sobre la
superficie visible, tangible, de la piedra, se escriben los
poderes más sutiles, invisibles, inconcientes, de la
naturaleza.
Así, Breton recoge el apelativo de gamahés que
Gaffarel, bibliotecario de Richelieu, otorgó a "las
piedras grabadas con jeroglíficos". Estos jeroglíficos
son los nombres o marcas de las fuerzas poderosas. Así puede
ocurrir que los rayos procedentes de las estrellas se unen a los
metales, piedras, minerales. Esta unión alude a la integración
entre lo celeste y lo terrestre, entre lo celestial y eterno y
lo terrenal y finito. En este proceso, la piedra se excede a sí
misma, no es ya sólo lo observable. Es hervidero de potencias
que en aquel capaz de percibirlo, puede provocarle un estado
segundo de extralucidez. La piedra estimula la visión de lo
secreto, de lo más divino y verdadero. El culto de las piedras
se convierte en mineralogía visionaria.
Y Breton pudo sentir también que el caminar sobre racimos de
ágatas humedecidas por una llovizna lo condujo a una
"perfecta ilusión de estar pisando el paraíso
terrenal".
En este texto olvidado que rescatamos ahora en Temakel,
el heraldo supremo del surrealismo, un artista contemporáneo,
regresa con nostalgia al tiempo y al estado donde la piedra es
capaz de decir. Decir un poema vivaz o un delicado susurro
para ser lengua. Lengua de las piedras que dice el mundo de las
fuerzas más hondas.
Por
André Breton
"Alejamiento infinito
del mundo de las flores",
suspira Novalis. ¡Qué decir, entonces, del de las piedras!
¿Y a qué se debe que, de camino, creamos tener un poco más de acción en éste?
Claro que la cuestión no podría tener sentido más
que para quienes piensan que nada de lo que les rodea está ahí
para nada, que no puede dejar de importarles en algún aspecto; que una percepción que se repite un
número inconmensurable de veces, de la mañana a la noche de la vida, como la del objeto llamado
genéricamente "guijarro", no puede permanecer limitada a sí
misma, quedarse en letra muerta. Las sapientes clasificaciones de los mineralogistas los dejan totalmente
insatisfechos. En realidad, estos mineralogistas no representan para aquellos inquiridores más que una
categoría de esos "elocuentes naturalistas" que se
quedan en lo visible y en lo palpable y de los que Claude de
Saint-Martin ha podido decir que "defraudan nuestra
expectación no satisfaciendo en nosotros esa necesidad ardiente
y apremiante que nos lleva, más que a lo que vemos en los objetos sensibles, hacia lo que
no vemos".
Sin ir a los orígenes en estado bruto, cuya indagación supone el traslado a otras latitudes y la puesta en
marcha de todo un aparato, nada más fácil que llegar a sentir
la particular "dignidad" de ciertas piedras. No hay
más que vagabundear por los alrededores de la Orangerie o de las Tuilleries, a lo largo
de las orillas del Sena, mucho mejor después de un aguacero, aveniéndose a veces a bajar los ojos, para cosquilleo del silex que
tapiza como pocos el suelo parisiense. De aquí a coger uno de esos
fragmentos bonitos para sacarle efectos luminosos en todas sus caras no habría más que un paso si no fuera
porque ese paso sólo pueden darlo los que conservan cierta lozanía de sus pocos
años. Por lo demás, en el niño es un gesto instintivo.
El hecho es que las piedras dejan pasar, sin detenerlos lo más mínimo, a la mayoría de los seres
humanos llegados a la edad adulta, pero los que excepcionalmente se prendan
de ellas lo normal es que ya no se desprendan nunca. Allí donde las piedras se
congreguen, los atraen y y se recrean en hacer de ellos una especie de astrólogos invertidos.
El velo de puro ornamento que por un instante hizo caer sobre
ellas su mirada se ha ido levantando poco a poco, a partir
de lo cual se les ha ido imponiendo oscuramente la necesidad de una indagación más exigente cada
día. Esta creciente exigencia los lleva a poner cada vez más
atención, y cada vez más exclusiva, en esa especie de aportaciones
que se caracterizan porque gracias a ellas se puede profundizar más y más en la
imagen casi vacía de sentido que la generalidad de la gente se
hace del mundo. Quiere
decirse que, con esto, entramos en el campo de los indicios y de
los signos.
Gaffarel, bibliotecario de Richelieu y limosnero de Luis XIII, consagra el apelativo de
gamahés -nombre, cree él, derivado de «camaieau»
(camafeo), corrupción de «chemaija», que significa como el
agua de Dios- a las piedras grabadas como jeroglíficos, entre
las cuales pone en primera línea las "ágaras
figuradas". Estanislao de Guaita advierte que su teoría
apenas difiere de la de Oswald Croll, que, en su Libro de
las firmas, sostiene que esas improntas son «las firmas de
las fuerzas elementales que se manifiestan en los tres reinos
inferiores" y que, mucho antes de ellos, Paracelso había estudiado
detenidamente los gamahés, a los que dio el poder
de curar. Esta opinión prevaleció en los medios sapientes del
siglo XVll, como lo demuestra esta cita de un autor prusiano. «Ocurre a veces
que los rayos caídos de las estrellas (con tal que sean de la
misma naturaleza) se unen a los metales, a las piedras y a los
minerales, que han caído de su posición más alta, los penetran
enteramente y se amalgaman con ellos. En esta conjunción está el origen
de los gamahés: se penetran de esta
influencia y reciben la signatura de la naturaleza".
Jurgis Baltrusaitis, en una hermosa obra muy reciente, uno de
cuyos capítulos se refiere a las "piedras con
imágenes", recuerda el jesuita alemán Athanase Kircher
pensó que podría trazar la nomenclatura de los diversos tipos de minerales a que nos
referimos y explicar las causas de su anomalía que,
naturalmente, sólo la divina «Providencia» ha podido
disponer.
En disculpa de los observadores e investigadores de los tiempos pasados hay una buena
alegación: que las formas orgánicas fósiles no se reconocieron como tales
hasta Bernard Palissy, y el hecho de que se las confunda con las
figuraciones fortuitas que nos interesan tenía, por fuerza, que multiplicar las causas de error.
Camille Flammarion insiste en el hecho de que, pese a las comunicaciones de Sténon en 1669,
«Fontenelle, Buffon, Voltaire dudan de la naturaleza de los
fósiles y no adivinan el proceso de formación de los terrenos
de sedimentos".
Es de extrañar que, sustraído el imperio de los gamahés
la prolongada y abusiva ingerencia de los fósiles, no haya perdido nada de su prestigio a ciertos
ojos. Verdad es que nunca como hoy sintió el arte la necesidad de insertarse en lo fortuito (basta
referirse a los "frotages", "fumages",
"coulages", "souflages" y otros modos de asociación con el
azar en la pintura). En el fondo, el gusto no ha cambiado mucho
desde que, en 1628, el archiduque de Austria esperaba de Toscana un mueble
"enteramente cubierto de ágatas, de cornalinas, de calcedonias, de
jaspes con cuadritos pintados al óleo".
Cosa
muy distinta es, nunca me cansaré de repetirlo, manifestar un interés de
curiosidad por piedras insólitas, todo lo bellas que se quiera, pero a cuyo
descubrimiento hemos sido ajenos, y ser esclavo de su búsqueda, para de tarde
en tarde encontrar algunas, y aunque objetivamente valgan menos que las que ya
se tenían. Entonces, es como si se jugara algo de nuestro destino. Estamos,
totalmente entregados al deseo, a la solicitación y sólo en virtud de ellos
puede cobrar valor tan alto el objeto buscado. Entre él y nosotros, como por
ósmosis, se van a producir precipitadamente, por vía analógica una serie de
intercambios misteriosos.
El viejo minero llamado el "Buscador de tesoros", que encuentra Henri de
Ofterdingen, evocando las riquezas que le han descubierto las montañas
del Norte, declara que a veces ha creído entrar en un jardín
encantado. Se ha dado el caso de experimentar la sensación en una playa de Gaspesia a donde el
mar solía echar y llevárselas sin dar tiempo a cogerlas unas piedras alargadas, transparentes, de
todos los colores, que brillaban de lejos como lamparitas. El
año pasado, al acercarnos, bajo una llovizna, a un cauce de
piedras que todavía no habíamos explorado a lo largo del Lot, el
súbito "saltarnos a los ojos" varias ágatas de una
belleza inesperada para la región me hizo creer que iban a surgir a cada paso
otras más bellas y me mantuvo más de un minuto en la perfecta
ilusión de estar pisando el paraíso terrenal. No cabe duda de
que la obstinación en la búsqueda de los fulgores y de los
signos, de que trata la "minerología visionaria", actúa sobre el
espíritu a la manera de un estupefaciente.
Hasta hay cabezas que parecen poco capaces de resistir a él,
ciertos "gamahistas" a quienes sus trabajos les dan
plena libertad para el desvarío. J. A. Lecompte piensa que el pavor o ciertas impresiones violentas, el
fanatismo religioso o el político, pueden provocar la creación
espontánea de un gamahé. J. V. Monbarlet, al cabo de largos años de
"estudios", tiene por cierto que,
en todo el valle del Dordogne, no hay una sola piedra, un solo sílex que no haya sido
esculpido, grabado y pintado por el hombre -según él el artista
galo- poniendo en él, tanto en el exterior como en el interior (como ocasionalmente lo revela al partirse),
"cuadros misteriosos" e innumerables combinaciones.
Estos dos autores se creen en el deber de corroborar su tesis
con ayuda de numerosos dibujos o fotografías que naturalmente, de lo único de que pueden
convencernos es del disturbio "paranoico" de su mente.
Sólo cuando se levantan construcciones sistemáticas
tan ambiciosas se rebasan, a mi parecer, los derechos de la mineralogía
visionaria. Entre las piedras de aluvión de un río como el Lot
-limitándome a lo que yo puedo conocer mejor-, muchas veces he creído
comprobar que las que, en una búsqueda emprendida por un grupo, llaman la atención de cada uno por sus
calidades de sustancia o de estructura son las que presentan más afinidades
con su complexión particular. Creo que, en el mismo recorrido, dos seres, a menos
que tengan un raro parecido, no podrían recoger las piedras: tan cierto es que sólo se encuentra
aquello que una profunda necesidad reclama, y esto aun en el caso de que esa necesidad sólo se pueda
satisfacer de manera enteramente simbólica.
"Todo cuerpo transparente -piensa Novalis-
se encuentra en un estado superior y parece tener una especie de
conciencia". Nada más cierto. Se apoya de pasada, en Ritter, que,
muy entregado a escrutar el "alma universal propiamente
dicha", sostiene que todos los fenómenos exteriores deben llegar
a ser explicables como símbolos y como resultados últimos de fenómenos
interiores" y que "la imperfección de unos debe llegar
a ser el órgano que revela los otros. Todavía algunos reaccionamos así. Las cintas
internas del ágata, con sus contracciones seguidas de bruscas
desviaciones sugieren lazos de trecho en trecho,
cuando las vemos por vez primera vez parece que miran al
través, en un espacio selectivo, nuestro propio
"influjo nervioso". De esto puede resultar los más
perturbadores "choques", y el mejor ejemplo de los mismos que puedo citar es la existencia de una piedra en la que se abre el sexo de la mujer, supremamente descrito, entre las circunvalaciones del cerebro.
La búsqueda de las piedras que tiene este singular
poder alusivo, sí es verdaderamente apasionada, determina el rápido paso de los que a ella se entregan a un estado segundo,
cuya característica esencial es la extraludicez. Esta, partiendo como
un cohete de la interpretación de una piedra excepcional, abarca e ilumina las
circunstancias de su hallazgo. En caso tal, tiende a suscitar una causalidad
mágica, que supone la necesidad de intervención de factores naturales sin relación lógica con lo que está en juego, por lo cual desconcierta y confunde los hábitos de pensamiento, pero sin que por ello deje de subyugar nuestra
mente.
El verano pasado, mi amigo Nanos Valaoritis tuvo la gentileza de consignar para
mí las observaciones que ha suscitado el hallazgo de la bellísima piedra, en
forma de figura sentada, que aquí se reproduce:
"Cuando Marie W. nos llevaba por la noche en automóvil por la meseta calcárea desde las
¨playas¨ del Lot donde se nos había hecho tarde, no dejaba
nunca de parar, por miedo a matarle o herirle, si un pájaro nocturno, deslumbrado por los
faros, se quedaba quieto ante nosotros. El 14 de septiembre contamos nueve paradas por causa de otros tantos pájaros, al parecer de la misma especie. El planeta Marte, que
según los periódicos está excepcionalmente cerca de la tierra, nos cautiva durante buena parte del trayecto.
"De nuevo el 15, con A.B., explorando una pequeña playa cerca de Arcambal, a unos pasos
encuentro en el río la piedra en forma de figura sentada, en la
que me llama especialmente la atención la cabeza de pájaro nocturno. Mientras estamos observando,
viene a revolotear en torno a nosotros el ¨gran Marte cambiante¨, una mariposa relativamente rara, siempre
fascinadora. Se pesa con insistencia sobre el perro que nos
acompaña. Otra piedra que encuentro se parece más claramente
aún a los pájaros nocturnos de la víspera.
"El 17 de septiembre estará ¨Marte en la posición más próxima a la
tierra.
"A los pocos días, leo un estudio de A. Lemozi sobre una sepultura neolítica descubierta en Toure
Faure (Lot). Parece ser que en la piedra que cubre esta sepultura se destaca una cabeza de lechuza, de lo
que deduce el autor que los pueblos neolíticos de la región adoraban a una diosa con cabeza de lechuza, divinidad tutelar de los sepulcros. Con razón o sin ella,
cuanto más lo hemos pensado, más hemos creído que la piedra que yo encontré era la representación de
la diosa".
Una piedra como ésta, cuyo aspecto intencional
llega tan lejos, plantea en realidad un problema insoluble. Tal como es, por la misma ambigüedad de
origen, esa duda en que nos deja le da para mí un inmenso
prestigio, pues tiende a conferirle una posición clave
entre el "capricho de la naturaleza" y la del
arte.
Lotus de Paíni sostiene que la fase de Intuición se inicia históricamente en
la especie humana en el momento "en que el alma penetra
hasta el fondo de la piedra y toda de ella definitivamente las
potencias del YO. La piedra.-dice también- confiere a la raza de
los hombres el alto privilegio del dolor y de la dignidad". En
todo caso, parece fuera de duda que al renunciar el hombre a algunas de sus preciosas
facultades es cuando llegó a
considerar las piedras como despojos. Las piedras -por excelencia
las piedras duras-, continúan hablando a los que quieren oírlas.
Hablan a cada cual un lenguaje a su medida: a través de lo que
sabe le enseñan lo que aspira a saber. Las hay también que
parecen hablarse una a otra y que, acercándose a ellas, se las
puede sorprender hablándose. En tal caso, su dialogo tiene el
inmenso interés de hacernos traspasar nuestra condición
fundiendo en el molde nuestras propias especulaciones la
sustancia misma de lo inmemorial y de lo indestructible (aquí no
valdrá acantonarse). Desde este punto de mira, creo que, para
nuestra mayor o menor edificación-eso depende sólo de nosotros-,
merece la pena observar la gran Tortuga y el Cacique
hablando del misterio de los comienzos y de los finales.(*)
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André
Breton |
(*)
Fuente: André Breton, "La
lengua de las piedras", en Magia cotidiana, Madrid, Editorial
Fundamentos, 1989, pp. 137-144.