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La
Revista Kenos es la revista de esta página
cultural Temakel. En su número 1, dedicado al
sentido del arte, hallarán muchos textos que,
desde distintas vías, atraviesan la cuestión del
arte y la creación sobre la que medita Berdiaev
en los textos que presentamos aquí.
Revista
Kenos 1: el sentido del arte
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Principales
obras de Nicolás Berdiaev:
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El sentido de la creación (1916); La filosofía de la desigualdad
(1917); El espíritu de Dostojevsky (1923); Una nueva edad media
(1924); Espíritu y libertad (1927-28); Cinco meditaciones sobre la existencia
(1934); Las fuentes y el sentido del comunismo ruso
(1946); Ensayo de metafísica escatológica
(1947); Ensayo de autobiografía espiritual (1949). |
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EL ARTE Y EL PODER
DE LA CREACIÓN
Por Nicolás
Berdiaev
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1.
El arte clásico y el cristiano-romántico
En la
creación artística es donde se revela mejor el sentido del acto creador.
El arte es por excelencia la esfera de la creación. Y este elemento
creador, en el sentido artístico del término, puede hacerse sentir en
todas las esferas de la actividad del espíritu. Sea en el dominio de la
ciencia, de la filosofía, de la moral, de la política, todo creador es,
en algún aspecto, un artista. El Creador del mundo es designado con este
término. La expectación de una época creadora es, en verdad, la
expectación de una época artística, de una época en la cual el arte
domina la vida. El arte representa una victoria constante sobre la
mediocridad de este "mundo", al que jamás se somete
completamente. En todo acto creador hay una liberación. Lo esencial de
este acto es superar la necesidad. Por medio de él, el hombre sale de sí
mismo, se evade de la mediocridad ambiente de su existencia. El acto de la
creación artística es parcialmente transfiguración de la vida. Su
relación con el mundo supone ya la presencia de un mundo nuevo. Y la
concepción misma de la belleza implica ruptura con la deformidad del
mundo actual, un salto hacia un mundo desconocido. La obra artística es
la creación de un universo, de un cosmos, la revelación de la libertad.
Se diría que la lepra que cubría el rostro del universo ha desaparecido.
Por ello, la creación artística es ontológica por su misma naturaleza,
y no sólo psicológica.
En la
creación artística se revela lo trágico de toda creación, el desequilibrio
entre lo concebido y lo realizado. El objetivo de todo acto creador es
crea un Ser nuevo, una vida nueva. Es un objetivo teúrgico; pero la
realización de este acto no es más que una obra diferenciada,
que responde a necesidades estéticas definidas, y que sitúa no en otro
mundo sino entre los valores culturales de éste. La creación artística
no puede lograr un resultado ontológico, crea el ideal y no la realidad,
crea valores simbólicos, no el Ser. En la creación artística es donde
se aprehende el carácter simbólico de toda creación cultural. La
tragedia de la creación y la crisis de la creación son el problema
fundamental transmitido al siglo XX por el siglo XX. En Nietzsche y en
Ibsen, en Tolstoi y Dostoievski, como también en los Simbolistas, esta
crisis alcanza su punto culminante de tensión. ¡Qué epílogo asombroso
para toda la vida de Ibsen ese drama Cuando despertamos los
muertos ! Ibsen planteó con una fuerza extraordinaria el problema
de la antinomia trágica de la creación y del ser, del arte y del ser,
del arte y de la vida: ¿hay que construir la propia vida o edificar una
obra de arte? Toda la existencia de León Tolstoi fue una alternancia
dolorosa entre la creación de obras artísticamente perfectas o que él
quería perfectamente ejecutadas, y la creación de una vida. Esta tragedia
del creador cobra hoy día una intensidad tal, que haría ya imposible un
retorno a la concepción clásica. El arte sometido a este ideal se queda
a mitad de camino entre la creación y el ser, se interponía, si así
puede decirse, entre el artista y su vida. La creación se encarnaba en
una obra perfecta y no en una existencia perfecta. Pero la síntesis
superior entre la creación y la existencia no es algo que el creador
pueda lograr mediante el arte. El arte canónico es impotente para hacer
penetrar en otro mundo la energía creadora; la mantiene en "este
mundo". No realiza más que los símbolos de una esencia diferente, y
no la realidad de esta esencia. Como todo lo que está sometido a reglas
definidas -familia, Estado, saber- el arte que obedece aún a cánones
inmutables está obedeciendo, pues, a una herencia caduca; una adaptación
de la energía creadora a las condiciones de un mundo no-creador. Este
arte puede ser admirable, pero la belleza que él crea no es una belleza
esencial, en el sentido supremo de la palabra, de la misma manera cono no
llegan a la verdad esencial o a la justicia esencial una ciencia canónica
o un gobierno concebido sobre bases formales.
El acto
canónico es inmanente a este mundo, y no trascendente. Hace en favor de
la creación de la verdad lo que la familia, en sentido riguroso, hace en
favor de la creación del amor. Tal arte no será jamás creación en el
sentido religioso que adquiere esta palabra; pertenece a una época pre-creadora,
se encuentra aún en la regla y en la justificación. Grandes artista
poseyeron en sí una energía creadora auténtica, pero ésta no pudo
nunca realizarse perfectamente en sus obras. El transporte creador supone
que uno penetrara en otro mundo, del cual la creación clásica se conforma
con expresar los símbolos. La ley de todo arte diferenciado es una ley de
obediencia. La vía por la que camina es antinómica con la audacia
creativa. La crisis universal de la creación se identifica con la crisis
del arte canónico, prepara la era de la religión de la creación.
Existe
un antagonismo profundo entre el arte pagano y el arte cristiano, o más
exactamente, el arte de la época cristiana. El arte pagano es clásico e
inmanente. El arte cristiano, romántico y trascendente. La perfección
hacia la que tiende el arte clásico está contenida dentro de los límites
terrestres. El cielo está cerrado por encima de su ideal, ideal de aquel
abajo, y no del más allá. El arte del paganismo es el único arte que
haya alcanzado de una manera inmanente, en este mundo, y con las fuerzas
del mundo, una realización absoluta de la belleza. Pero este fenómeno no
puede renovarse. La perfección ideal del Partenón no es concebible sino
en el arte pagano. Y es una perfección sin salida. A partir de la
perfección de las formas clásicas, no puede darse ninguna impulsión
hacia un mundo diferente, hacia el descubrimiento de otros universos. La
escultura y la arquitectura antiguas se basan sobre esta creencia de que
es posible abarcar la belleza de este mundo mediante la perfección de las
líneas. El dionisismo antiguo era inmanente al ciclo de las fuerzas
naturales. Por encima de él, el cielo del mundo antiguo permanecía
cerrado, era una cúpula hermética, más allá de la cual no había nada.
La perfección y la belleza eran accesibles dentro de los límites de este
esfera limitada, no más allá de ella. Y esta concepción pagana,
precristiana, de una belleza inmanente a la pureza de las formas dadas creó
una de las tradiciones eternas del arte, que se transmitió al mundo
cristiano. El arte cristiano se inspira en otro espíritu. El cielo se
abre encima de él y descubre lontananzas ilimitadas. Por ella ha de
reflejar una nostalgia trascendental, una impulsión hacia otro mundo,
fuera de los límites de lo inmanente: eso es la tristeza romántica. Lo
inacabado romántico de la forma es uno de los caracteres del arte
cristiano. No cree que podrá ya lograr la belleza en este mundo. Para él,
la belleza acabada, perfecta, eterna, no existe más que en el otro mundo,
y aquí abajo no se puede tener de ellas más que nostalgia. Para el mundo
cristiano, la belleza es aquello que le habla de un mundo diferente, es
decir, el símbolo. El sentimiento cristiano de un ser trascendental creará
en el arte la tradición cristiana, opuesta al ideal clásico. El arte
pagano respiraba la salud, la satisfacción clásica; hay en el arte
cristiano como una morbidez romántica. Su ideal está marcado por esta
sed del rescate de los pecados del mundo, la sed de acceder a un mundo
diferente. La comparación de la arquitectura gótica de la Edad Media con
la arquitectura de la Antigüedad clásica pone de relieve esta oposición
entre dos tipos de arte. En el paganismo clásico, el acto creador del
artista está subordinado a las condiciones de este mundo; a la vida en la
belleza circundante. Esta tradición, como vimos, creó, por consiguiente,
las reglas, los cánones de una perfección adaptada al mundo en el cual
ella se cumple. El arte romántico ignora los cánones. Y la concepción
del mundo antiguo, al penetrar en el cristianismo, se modificó. Lo que
había en él de eterno y de inmortal subsistió; pero contenía también
un aspecto caduco, retardatario. Sin duda, el arte antiguo es una fuente
eterna de creación y belleza. Pero los cánones que él deriva pueden
transformarse en elementos de conservación y de hostilidad contra el espíritu
nuevo y profético. El clasicismo de la antigüedad puede mudarse en
academicismo esclerosado. La cuestión no es aquí oponer la forma al
contenido, sino saber, si, en el arte, la forma misma no es un contenido.
Ahora bien; esta forma-contenido puede estar terminada, detenida o bien en
perpetuo devenir. Esta cuestión inaugura una crisis, que no apareció ni
cobró sentido más que en nuestra época. El arte contiene a la vez la
tradición pagana y la tradición cristiana, la perfección clásica y el
infinito romántico. Esta complejidad en ninguna parte se puede comprender
mejor que en Italia, en el país sagrado de la creación y de la belleza,
y mediante la penetración profunda de la época del Renacimiento, desde
el primer Renacimiento hasta sus manifestaciones más tardías.
2.
La superioridad del arte simbolista
La adaptación
de la creación a reglas engendró el arte clásico; su adaptación a la
redención engendró el arte romántico. El acto creador de donde nace el
arte no puede ser específicamente cristiano. (...) En el sentido
estricto de la palabra, la creación no es ni pagana ni cristiana: está más
allá. El acto creador del arte es una victoria sobre las tinieblas, una
transfiguración en la belleza. Hemos dicho ya que Leonardo, mediante su
acto creador, iluminó las tinieblas demoníacas y que salió de ellas
victorioso, rumbo a la belleza. No es, pues, por su esencia, que sobrepasa
a la vez todas estas categorías, que el arte es pagano-clásico o
cristiano-romántico, sino solamente por la atmósfera del mundo donde se
cumplen sus realizaciones. La viaje y eterna oposición entre el arte clásico
y el arte romántico adquirió en el siglo XIX formas nuevas. Por una
parte, nació el realismo, por la otra el simbolismo. El realismo en arte
representa, bajo su forma extrema, la adaptación a "este
mundo". No tiende, como el clasicismo, hacia los datos inmediatos de
la belleza, inmanente a este mundo. No obedece, como él, a cánones, sino
a la efectividad. El realismo es lo que se aleja más de la esencia de
todo acto creador, hay en él un mínimo de poder artístico; en cuanto
tendencia tiene que lastrar y finalmente aniquilar la potencia creadora
del artista. Y si los realistas del siglo XIX fueron de hecho grandes
artistas, es porque la intención, en arte, tiene escasa significación y
porque bajo el revestimiento temporario del realismo brilla en ellos la
eterna verdad del arte y del acto creador inmortal. Se puede,
superficialmente, llamar realista a Balzac y Tolstoi. Pero con más
acierto se podría decir de ellos que fueron místicos y, ante todo,
artistas de genio. Todo arte realista tiene que desembocar en la
decadencia del arte y en el debilitamiento de la fuerza creadora, ya que
el acto creador del artista es esencialmente su negativa a aceptar
"este mundo" tal cual es y en lo que tiene de deforme, es una
impulsión audaz para liberarse de él. El artista cree que la belleza es
más real que la fealdad del mundo. Pero la tendencia realista cree que
esta fealdad es más real que la belleza. Por su docilidad en plegarse a
la mediocridad ambiente, el arte realista es profundamente burgués. Y la
degeneración del realismo en naturalismo marca la última etapa de esta
docilidad y de este conformismo. Esta pasividad frente a la fealdad
bastardea el arte. Porque el arte no puede no ser una impulsión hacia la
belleza. Aquí hay que distinguir entre la aceptación del clásico que
crea en su valores inmanentes y la sumisión realista que no es más que
un reflejo plácido del mundo. La creación artística, como el
conocimiento, no puede ser el reflejo simple de las cosas; añade siempre
a lo que es algo que no es. Y en el grande y genial arte del siglo XIX,
llamado realista por convención, se puede descubrir a la vez el
clasicismo eterno y el eterno romanticismo. En el arte realista contemporáneo,
sobre todo, se encuentran rasgos del simbolismo, que refleja en cada parte
particular su naturaleza eterna. El realismo, por lo demás, ya está
muerto. El arte de fines del siglo XIX o de comienzos del XX se coloca
bajo el signo del simbolismo. Sólo en el simbolismo se revela la
naturaleza verdadera de toda creación artística. Por eso, la tragedia de
la creación alcanza su cima en el simbolismo.
La dificultad del problema del simbolismo reside en que, por una parte,
todo arte presenta una faceta simbolista, y en que, por la otra, este término
designa un arte nuevo, y simbolista significa entonces el nacimiento de un
espíritu nuevo y de una forma creadora hasta ahora desconocidos. En
cierto sentido, Dante y Goethe fueron simbolistas. El simbolismo puede
escribirse en toda gran creación auténtica y en la esencia misma de ese
acto creador que da nacimiento a los valores de la belleza. Lo que se crea
mediante el arte no es un ser nuevo, sino el signo de un ser nuevo, su símbolo.
El arte enseñó siempre que lo que transcurre no es más que el símbolo
de algo diferente y que no transcurre. La realidad última no puede
expresarse en el arte más que de una manera simbólica. El acto artístico
es impotente para alcanzar la realidad esencial. Por ello, el simbolismo
no representa solamente una fuerza sino también una debilidad. Pone el
acento sobre la tragedia eterna de toda creación humana que concibe lo
universal y no logra asirlo. El símbolo es un puente tendido desde el
acto creador hacia una realidad última y todavía oculta, a la cual el
arte no accederá ni en un sentido empírico ni en una aceptación mística.
Por ello, el término del realismo aplicado al arte tiene siempre un
sentido convencional. De este arte limitado, diferenciado, en cuanto valor
de la cultura, sólo el realismo místico sobrepasa los límites. Un
realismo místico cumplido sería para el hombre la solución de la
tragedia creadora. Pero el simbolismo del arte, en su más pura acepción,
resuelve en parte esta tragedia y echa un puente hacia una nueva creación
del ser. En el arte de Dante, por ejemplo, la rosa mística era el símbolo
de la suprema realidad del ser. Pero el arte de Dante no fue capaz de
crear también este Ser supremo. No solamente toda creación, sino también
toda cultura, se ha quedado en el estado de símbolo. La cultura y los
valores culturales crean solamente signos, símbolos de la realidad
suprema, y no esta esencia misma, esta auténtica realidad. La cultura
económica, también ella, representa signos del poder del hombre sobre la
naturaleza, pero no representa este poder. Porque el poder efectivo del
hombre sobre la naturaleza no sería económico, sino teúrgico. Hay, por
consiguiente, un simbolismo en toca creación humana: el simbolismo es la
creación no cumplida, que no ha llegado a su objetivo íntimo, realizada
de manera incompleta. El arte tiene que ser simbólico, y el arte más
elevado será el más cargado de símbolos. Pero el simbolismo no puede
ser la solución de la creación artística. Allende el simbolismo esta el
realismo místico; más allá del arte está la teúrgia. El simbolismo es
un camino, y no el objetivo final, un puente hacia la creación del ser
nuevo, no de este ser. Sin embargo, es eterno, porque toda forma de arte
auténtico es un camino hacia una esencia nueva, un puente hacia otro
mundo. El simbolismo eterno del acto artístico creador se encuentra a la
vez en el arte clásico y en el arte romántico. Y aún el realismo del
siglo XIX se mostró incapaz de aniquilar definitivamente la naturaleza
simbólica del arte.
El
"simbolismo" existe además en cuanto tendencia de un arte
determinado. Este simbolismo es característico de una época nueva y de
un espíritu nuevo en la creación humana. El simbolismo, de Mallarmé, de
Maeterlinck, de Ibsen y, en Rusia, el de Ivanov, Andres Biely y otros,
aportó al mundo valores nuevos, una belleza nueva; no era ya el
simbolismo de Goethe y de los grandes creadores del pasado. En este
simbolismo nuevo, hasta el extremo, tenía que expresarse una
extraordinaria tensión creadora del espíritu humano, al mismo tiempo
que la angustia de este espíritu y la tragedia de su creación. El hombre
nuevo se precipita en el abismo creador, dejando detrás de sí todas las
normas del arte edificadas por este mundo de aquí. Los simbolistas
renuncian a pertenecer a este mundo, a someterse a sus reglas, a
beneficiarse de su ordenamiento. Su destino es ser los precursores de una
vida nueva en la creación, una vida trágica y sacrificada. El simbolista
goetheano era conforme a las leyes del mundo. Aún el de Dante obedecía
al universo de la Edad Media. Pero el simbolismo nuevo desbordó todas las
riveras, busca lo nuevo y lo nunca visto. Allende las vías medias,
transitadas, ordenadas, buscan lo extremo, lo último. La creación se
refunde en el nuevo simbolismo, se encamina hacia el ser nuevo y no hacia
valores culturales particulares. El simbolismo es la sed de liberarse de
los símbolos mediante la conciencia que el arte toma de su naturaleza
ficticia. Como tal, representa la crisis del arte cultural, de la cultura
media. Y en esto es donde su significación es universal. Pero "tanto
los precursores prematuros como las primaveras retrasadas están
destinadas a la muerte". Los primeros simbolistas tenían que ser
inmolados, exactamente como lo fue Nietzsche. El profetismo del nuevo ser
sale a la luz a través del simbolismo, y el simbolismo no alcanza ninguna
perfección. (...) En el fondo, el simbolismo es la expresión de esta época
del mundo que está situada bajo el signo de la fatalidad de la culpa y
del rescate: anuncia ya la época de la creación. Precursores y
anunciadores de la era creadora que está en el devenir, los simbolistas
pertenecen aún a la época que los precedió.
3.
Esteticismo y el secreto de la belleza
Así pues, el
esteticismo nuevo no concibe un arte académico. Se esfuerza por
establecer una nueva religión, una evasión que lo saque de las fealdades
de este mundo y lo lleve al mundo de la belleza. El esteticismo quería
abarcarlo todo, hacer del arte la transmutación suprema del ser,
sacrificar toda sustancia y toda vida en el nombre sagrado de la belleza.
Esta religión tuvo también su ascetismo particular y su ascesis. Tal fue
el esteticismo de Huysmans, que abandonó la vida del mundo para hacerse
asceta y el ermitaño del esteticismo, y tal fue el de los mejores entre
los simbolistas franceses. Pero el esteticismo no cree en una encarnación
real, no creen en la transmutación efectiva de este mundo en mundo
verdadero de la belleza. Para él, la belleza es la antinomia de la
realidad, se encuentra fuera del ser. Por ende, el esteticismo es
impotente para crear la belleza como realidad suprema del mundo. El
esteticismo no es la teúrgia. Y en este ficticiedad, en este irrealismo,
residen su tragedia profunda y el germen de su muerte. Si mediante la
creación hubiera podido acceder a la esencia de la belleza, tal vez
hubiera salvado al mundo. Porque la verdad debe salvar al mundo, según la
formula de Dostoievski. El esteticismo más auténtico esconde una
tristeza religiosa. Pero los mejores de los esteticistas no pudieron
calmar esta tristeza en su esteticismo, aún convertido en
"Tebaida". Por eso lo rebasaron para plegarse a la mística católica.
En este aspecto, la vida de Huysmans descubre a la vez la profundidad
religiosa del esteticismo y su impotencia para colmarla. Entre el
modernismo burgués y la arbitrariedad de los decadentes, muchos
esteticistas franceses se encaminaron así el catolicismo. Por otra parte,
el esteticismo daba nuevamente nacimiento a una suerte de modernismo burgués,
a un humanismo a la Remny de Gourmont, y también a un academicismo que se
difundía en los salones. En este punto, se desprende del arte mismo como
un olor de descomposición. Sin embargo, en un último esfuerzo por
detenerse en esta pendiente que conducía a una muerte espiritual, el arte
de esta generación intentó un retorno al ideal clásico con el Parnaso y
al apolinismo puro. No insistiremos en estas tendencias, porque, a nuestro
juicio, la significación y el interés universal que se ligan con este
período del esteticismo residen esencialmente en la parte de éste que se
volcó hacia las profundidades de la religión.
El
esteticismo denunció las fealdades del mundo y la imposibilidad de vivir
en él. Cualquiera sea la degeneración de la que se le puede acusar en la
vía del modernismo o en la de la resurrección del pasado, cambio algo, a
pesar de todo, en el sentimiento de la vida, imposibilitó para siempre la
aceptación completa de la fealdad de la existencia. La antinomia de la
belleza, la relación particular que ella ocupa en la vida divina, fuera
de toda conexión con el bien o la verdad, ha sido restaurada por mucho
tiempo. En efecto; esa prosa que destila la vida cotidiana no constituye
solamente la secuela y el resultado del pecado, sino que ella misma es un
pecado, y si nos acomodamos a ella, perpetramos el mal. La poesía, que es
como el domingo de la vida, es para el individuo una deuda en aras de la
cual debe sacrificar hasta su reposo. La belleza es el fin del arte, y es
también el fin de la vida. Pero este fin supremo no es la belleza como
valor cultural, sino como Ser; ella es la transmutación de la fealdad caótica
del mundo en la belleza del cosmos. El simbolismo y el esteticismo
plantearon con una agudeza inigualada el problema de la transmutación de
la vida en la belleza. Y si la transformación de la vida en arte es
ilusoria, en cambio la transmutación de la vida de este mundo en una
belleza efectiva, en la belleza del ser, del cosmos, es la realidad mística.
El cosmos es la belleza en cuanto existencia. Y la belleza, el fin del
proceso universal, es ese Ser diferente, ese Ser superior, dotado de
creatividad. La naturaleza de la belleza es ontológica, y cósmica. Pero
los modos como se la define son siempre formales y fragmentarios. Porque
la belleza, en su esencia, es indefinible, es un secreto. Hay que estar
iniciado en el secreto de la belleza, y fuera de esta iniciación es
imposible comprenderla. Hay que vivir en la belleza para conocerla. Pero
su realidad última no puede ser alcanzada en este mundo si no es bajo la
forma de símbolo. La posesión real, inmediata, de la belleza no sería
ya arte, sería el comienzo de la transfiguración de este mundo en un
cielo nuevo y una tierra nueva. Para llegar a ella, habría que haber
vivido, en el sentido pleno del término, la experiencia del esteticismo,
haber atravesado hasta el fondo el símbolo para descubrir la realidad que
éste ocultaba. Este camino hacia la belleza efectiva, hacia el cosmos, es
un camino de creación religiosa. Es la accesión a una nueva vida
universal. El creador espera tanto la creación mediante la belleza como
la creación mediante el bien. El imperativo de construir una belleza está
por todas parte y en todos y cada uno de los actos de la vida, como un
camino abierto para superar la vida. El acto artístico creador es
eminentemente un nuevo cosmos. En este aspecto es donde la crisis de la
cultura y del arte tiene en sí misma un significado religioso. Porque una
rebelión negativa, dirigida contra los antiguos valores, como el arte
puro -lo mismo que contra la ciencia pura- desde un punto de vista no
constructivo, no generaría más que un nihilismo bárbaro. La rebelión,
entendida así, no lleva sino a la anarquía. La crisis creadora del arte
tiene que serle inmanente, tiene que dominar la cultura en vez de negarla.
La manera de superar el arte y la ciencia y de obligarlos a sobrepasar los
antiguo valores caducos que ambos expresan todavía es desde adentro, en
nombre de una cultura más completa y de un Ser más elevado, y no
mediante la victoria del nihilismo. Este es un camino supracultural y no
infracultural. Y esto nos lleva la problema de la teúrgia, de la creación
teúrgica, problema fundamental de nuestra época.
4.
El artista y la sed de la teúrgia
La teurgia no construye una cultura sino, por encima de ella, un Ser
nuevo. Es el arte en trance de crear un mundo diferente, una vida distinta
y la belleza en tanto que existente. La teúrgia superó la tragedia de la
creación, y por medio de ella la energía creadora anima una vida nueva.
La palabra se hace carne. Y el arte se erige en potencia. El alba de la teúrgia
es ya el fin de la literatura, el fin de todo arte diferenciado, el fin de
la cultura, pero un fin que lleva consigo el sentido universal de esta
cultura y de este arte, es decir, que se coloca por encima de ellos. La teúrgia
es la acción del hombre conjuntamente con la de Dios, la creación
anthropo-divina. La trágica oposición entre el sujeto y el objeto, la
incompatibilidad, trágica también, entre los medios de la cultura y el
fin inaccesible que ella se propone, se allanan por fin. El teúrgo
construye la vida en la belleza. El arte simbólico era un camino, un
puente hacia el arte teúrgico, porque todo arte nuevo lleva a la teúrgia.
Ella es la bandera bajo la cual debe situarse el arte de los tiempos
nuevos. Quizás no lleguemos hasta allí, pero en ningún caso debemos
desnaturalizar las palabras de orden sagradas mediante una aplicación
falsa y mecánica. La noción de transformación ineluctable de todo arte
en teúrgia constituye ya un fin. Todo artística verdad experimenta una
sed de la teúrgia: ella vive en su interior como la expresión religiosa
de su arte. Sin embargo, cualquier restauración de las formas antiguas
del arte religioso sería mentiroso o caduca; como tendencia social o
moralizante, la religión puede ser mortal para el arte. Nada más estéril,
por ejemplo, que las tentativas hechas por algunos para hacer revivir el
arte de la Edad Media (como lo prueba, entre otras cosas, la impresión de
muerte que produce la obra del pintor Vasnetsov). El hombre no expresa su
sentimiento religioso sino mediante un arte libre y luminoso. Es en este
sentido como el arte de Ibsen o el de Baudelaire es un arte religioso. El
defecto del ideal clásico antiguo no reside en que no haya de existir un
arte puro, liberado de todo lazo moral. Por el contrario, el arte es
libertad absoluta, es libertad y no necesidad. La equivocación de este
arte académico-clásico es el haber sido moderado, limitado, el no haber
reconocido en el arte sus profundidades últimas, que son profundidades
religiosas. La religiosidad del arte está depositada en el fondo de todo
acto creador, y por ello es que la creación del artista, en la medida de
sus fuerzas, es una acción teúrgica. La teúrgia es la creación libre,
y en el fondo de su acto reposa el sentido ontológico y religioso de la
existencia. Ella es el punto extremo del esfuerzo creador del artista, de
su acción, en el mundo. Por consiguiente, quien confunde la teúrgia con
una tendencia religiosa en el arte ignora todo sobre aquella. La teúrgia
es, en el fondo del artista, la media última de su libertad.
(...)
Este camino que lleva a la creación teúrgica pasa por el sacrificio y el
renunciamiento. La teúrgia inmola su vida en nombre de otro vida. Y el
artista teúrgico renuncia al arte establecido, al arte formal de este
mundo, en nombre del acto creador realizado en estado puro. En el extremo
del arte se encuentra también el sacrificio de sí mismo, como en el
extremo de la ciencia, del gobierno, de la familia o de toda cultura. El
acto teúrgico no podría ser diferenciado e individual. Tiene que ser síntesis
y ecumenia, una fórmula jamás revelada de arte universal. Wagner tendió
a este ideal, sin poderlo realizar. Hay en su obra como un engaño, como
una voluntad de reunirse con el arte sintético sobre el terreno de la
vieja cultura y de los antiguos valores religiosos. La teúrgia tiene que
ser universal. Y en ella realizan su encuentro todos los aspectos de la
creación humana. La creación de la belleza en el arte se une a la creación
de la belleza en la naturaleza. El arte tiene que transformarse en una
naturaleza renovada, a la vez que la naturaleza misma se convierte en la
obra del arte y de la belleza: ella encierra una creación.
En nuestra época transitoria de búsqueda y de angustia, incapaz tanto de
encarnarse como de someterse, el espíritu de la música reina por sobre
el espíritu de la plástica. Pocas épocas de la historia mundial han
sido tan poco esculturales o arquitectónicas como la nuestra. Nuestra vida
carece de forma y de nuestro espíritu no se encarna en ninguna
representación de la belleza. En la pintura misma se observa una
desmaterialización, una desencarnación. El siglo XIX tuvo una gran música,
pero una gran plástica. El genio alemán, genio musical, venció al genio
latino de la plasticidad. Y sin embargo, la encarnación de la belleza en
la vida tiene que ser plástica. Toda cultura notable crea en primer lugar
una arquitectura. Nuestra cultura, por lo tanto, no es admirable. Y el espíritu
de la música que nació nuestra época fue un espíritu burgués.
Pareciera que esta música fue creada para los ocios y el deleite burgués,
y no en cuanto elemento desencadenado, ineluctable, que forja simbólicamente
un pasaje hacia otro mundo. En la música tiene que existir el profetismo
de la belleza. Beethoven era un profeta. Pero, en nuestro días, la música
dejo de desempeñar este papel, se ha adaptado a la vida. (Scriabine es el
único que anuncia un nueva época mundial). Y es que el futuro profético
no pertenece ni al espíritu germánico de la música ni al espíritu
latino de la plástica, sino a un arte teúrgico, que realiza no la síntesis
wagneriana, que se queda dentro de la cultura, sino fuera de los límites
de esa cultura, la síntesis del ser nuevo. Del renacimiento eslavo-ruso
esperamos ese logro. Está anunciado por toda la gran literatura de Rusia.
El problema del arte en cuanto teúrgia es, por excelencia, el problema
ruso, y corresponde a la tragedia rusa de la creación. En el artista teúrgico
se realiza el poderío del hombre sobre la naturaleza, ejercitado a través
de la belleza. Porque la belleza es la gran fuerza, y ella es la que
salvará al mundo. (*)
(*)
Fuente: Nicolás
Berdiaev, "Creación y belleza. El arte y la teúrgia",
en El sentido de la creación, Buenos Aires, Carlos Lohlé
editor, 1978.