Por Alejo
Carpentier
Luego
de cerrar un anchísimo viraje en espiral que casi nos ha
conducido a las fronteras del Brasil, el avión vuela, ahora, al
nivel de las mesetas. Las nubes pesadas que demoraban en la
cumbre del Auyan-Tepuy comienzan a levantarse. El sol desciende al
fondo de quebradas y desfiladeros. Y, de pronto, los flancos de
los cerros se empavesan de cascadas -largos estandartes
refulgentes, con flecos de neblina colgados de la cima. Mundo de
las rocas, la Gran Sabana es también el reino de las aguas vivas;
de aguas nacidas a increíbles altitudes, como las del Kukenán,
paridas por el Roraima, o las del Surukún, de arduas riberas. A
los prestigios de la piedra, de la inamovible y bien encajado en
el planeta; a la dureza de los cuarzos, de las rocas ígneas, de
las pórfidos, sucede ahora la magia de lo fluyente, de lo
inestable, de lo nunca quieto, en saltos, juegos y retozos de ríos
arrojados a los cuatro vientos de América por las Mesetas Madres,
y que, en su mayoría, van a engrosar luego de muchos vagabundeos
y desapariciones -recogiéndose de paso el oro y algún diamante- el
fragoroso y salvaje Caroni. Comprendemos ahora como, caído tan
alto, rico de tantas aventuras, el Caroni se rehúsa a todo
disciplina, rompiendo los cepos con que quiso apretarle la dura y
sofocante naturaleza de abajo.
Lo hemos remontado hace menos de dos horas, ese Caroni de aguas
oscuras, casi negras en ciertos remansos, plomizas a veces, ocres
en un pailón, pero nunca amables; río que conserva desde los dios
del Descubrimiento, descubrimiento que apenas le rozó la boca,
una rabiosa independencia -más que independencia, virginidad feroz
de amazona indomeñable, vencedora de los conquistadores
ingleses, devoradora de los trescientos compañeros del protugués
Álvaro Jorge, responsable de cien muertes sin historia. Todavía
hoy, hay quienes dicen haber encontrado viejas armas españolas
-picas y mandobles- escamadas de herrumbre, en las riberas del río
tumultuoso. Y es que el Caroni no conoce ley ni cauce. Hijo de
cien cascadas, adquirió en días de diluvio, en era de mares vaciados, cuando tal vez huyeran las aguas de la
mítica Laguna de
Parima, el hábito de los caminos arbitrarios. Siempre habrá de
comportarse del modo más inesperado, olvidado mil veces del ya
torcido camino. De pronto, se abre en lagunatos inquietos, para
angostarse de nuevo, acelerar el curso, dividirse en el filo de
una peña negra, romperse en raudales, quebrarse en brazos,
volver sobre sí mismo, en un eterno retorcerse, hervir, barrer,
perder la línea, para tenerla mas tremebunda. De repente, en un
codo, le salen montañas negras, negras de obsidiana, en el mero
centro, poniendo blancos de espuma sobre la transparente negrura
de un agua que corre, ahora, sobre algún fondo de pizarra. Por
escaleras de un amarillo de barro le llegan las furias brincadoras
del Carrao. Por despeñaderos sin cuento, los torrentes de la Gran
Sabana. Alimentados por los ríos más desconocidos del continente,
el Caroní es un crisol de tumultos. En el caen los Grandes Juegos
de Agua de América, llevados a la escala de América, con bocas de
cavernas que vomitan cascadas enormes, en vez de la endeble
espiga líquida silbada por tritoncillos con las tripas de plomo.
No puede concebirse nada más impresionante que el salto de
Tobarima,
dado por el Caroní en medio de la selva más cerrada y feroz, para
meterse en gargantas donde apenas puede creerse que quedan tantas
y tantas aguas. Y es que el Caroní es río estruendoso, río que
brama en sus cañones, que retumba en trueno al pie de sus
raudales, a punto de que Walter Raleigh, al conocer ese trueno de
agua, lo calificara de "horrísono cataclismo líquido".
Bien pintó el fino humanista, amigo de Shakespeare -hecho en
Trinidad barbado aventurero de agriados sudores-, aquellas
cataratas de Urucapay que "caían con tal furia que el rebotar
de las aguas producía un aguacero descomunal sobre la región. Y a
veces causaba la impresión de una humerada que se desprendiera de
una enorme ciudad".
Pero he aquí, luego de volar nuevamente sobre los verdes valles
de Karamata, estamos rozando los flancos del más misterioso y
legendario de los Cerros de la Gran Sabana: el Auyán-Tepuy , recién descubierto, apenas explorado, a cuyo aislamiento de siglos
añade el prestigio otorgado por consejos y supersticiones
locales. Para los indios del lugar, nada raro tiene el hecho de
que el único avión llevado a su cima nublada por un aviador
temerario quedara clavado, allá arriba, de ruedas en un pantano,
como libélula de entomólogo. Aún hoy, los karamakotos que viven al
pie del cerro auguran grandes desgracias a los que intentan la
ascensión. Cuando truena muy fuertemente, nadie mira hacia el Auyán-Trepuy, para no acrecer la ira de Aquel que causa todos los
males, da mala sombra a la choza, mete animales malvados en las
víscera, castiga al que se va con el misionero,
asusta, depaupera y lastima. Se comprende, además, que entre todas
las mesetas de la Gran Sabana el demonio de la selva haya elegido
ésta por morada, ya que, a la cónica geometría del Ptari-Tepuy, a
la cilíndrica formación del Angasimá-Tepuy, el Auyán opone una
dramática visión de gran monumento en ruinas. Rozando sus terrazas
pedregosas y hostiles, todas escalonadas, las vemos cortadas por
hondas grietas y resquebrajaduras. La niebla se estaciona en el
fondo de gargantas que alcanzan hasta cuatrocientos metros de
profundidad. Cuando llueve, se llenan en su cima de centenares de
estanque que revientan en cascadas por todos los bordes. Pero las
nubes grávidas, pesadas, perennemente hinchadas por la humedad de
una tierra siempre vestida de humo, ignorante de la tala,
palpitante de manantiales, cuidan muy particularmente del "Salto
del Angel", aquel que justifica doblemente el nombre con su
virginidad, su ausencia de los mapas, y el llevar la cabeza más
alto que todos los saltos del mundo. Además, este suntuoso ángel
de agua no pone los pies en la tierra, deshaciéndose en humo de
espuma, espeso rocío, sobre los árboles de un verde profundo, que
lo reciben en las ramas. El día que supimos de su maravilla,
descendía del parador de nimbos en dos brazos que se unían en el
vacío. Pero en otras épocas del año se arroja desde su
vertiginosa
almenaje, por cinco, seis, siete bocas paralelas. Al juntarse, las
aguas se entrechocan y giran y brincan en el aire, con todas las
luces del arco iris, promoviendo una inacabable explosión de
espejos.
Pero ya hemos dejado Auyán-Tepuy a nuestra derecha metiéndose en
gargantas y pasos que alimentan otros juegos de agua. A la vuelta de cada cerro, de cada
espolón, aparecen nuevos saltos. Los
hay espigados y estremecidos, surgidos de una elevada cornisa; los
hay que ruedan, espumantes de rabia, por escalinatas de roca
parda; los hay, furiosos, que se rompen cuatro veces, antes de
hallar el cauce; los hay tranquilos y pesados que dan una rara
impresión de inmovilidad, como el Kamá; los hay caudalosos,
anchos, de aguas esculpidas por enormes lajas, como el sintuoso
salto Morok, en el río Kukenán. Pero ahora, hay que añadir un
nuevo elemento de prodigio a ese mundo que se ha puesto en
movimiento, agitando velos y estandartes. Ese elemento que habrá
de agotar nuestras reservas de asombro es el color. En la Gran
Sabana el agua de los ríos, en la proximidad de los saltos, suele
hacerse casi negra, de una negruras rojiza, de azúcar quemado, con una
rugosa consistencia de asfalto a medio enfriar. Esto se explica
por la acumulación en tales lugares de enormes cantidades de hojas
muertas, venidas de lo hondo de la selva con su carga de limos. Más, de
pronto, el río se libera de su costra, saltando al vacío.
En ese momento se opera el milagro de la transmigración: el agua
se torna de oro. De un oro amarillo y ligero, cuya coloración se matiza hasta el infinito, entre el amarillo de
azufre y el color de herrumbre. Ese oro que cae, canta, rebota y
bulle, ardido por los esmaltes del espectro, es el que pudo
soñar Milton para las cascadas de su Paraíso Perdido, ya que sólo las desmedidas
imágenes del ciego visionario, con sus
gigantes coronados de nubes, cabrían en estas "Tierras aún
sin saquear, cuya gran ciudad los hijos de Gerión llamaron El
Dorado".
"En aquel tiempo había gigantes sobre la tierra", dice
el Génesis. Pero gigantes que, más que hijos del Gerión helénico,
fueron hermanos de los primeros héroes citados en el "Libro
de los Linajes" de Chilam Baam. ("No eran dioses: eran
gigantes"). Héroes justos, medidores de la tierra, inventores
de la agricultura, Jefes de Rumbos. Es interesante observar, además, como esta
noción de gigantes industriosos, dotados de
Plenos Poderes, es una constante de las mitologías americanas.
Porque nada recuerda mejor los trabajos realizados por los
primeros gigantes del "Libro de los Linajes" que
aquellos otros, debidos al genio del demiurgo Amalivaca-"quien
dio forma al mundo con ayuda de su hermano Uochi"-, y cuya
vasta sombra se proyecta sobre toda la cuenta del Orinoco, en
una área de difusión de sí mito cuya extensión asombraba al
barón de Humbolt. Todavía se muestran, en cercanías de la dramática Sierra de la Encaramada, Monte Ararat de los indios
tamanacos, dibujos trazados a considerable altura por una misteriosa
mano. Son ésas -según el mito- los "tepuremenes"
o "piedras pintadas" por Amalivaca en los días del
Diluvio Universal, "cuando las aguas del mar remontaron el
Orinoco". Pero esas piedras pintadas plantean el mismo
problema de ejecución -señalado por Humboldt- que ofrecen los
petroglifos vistos por Jacques Soustelle en un lago del estado de
Chiapas, en México. No se explica con que andamiajes pudieron ser
trazados. Una vez más. América reclama su lugar dentro de la
universal unida de los mitos, demasiado analizados en función
exclusiva de sus raíces semíticas o mediterráneas. Aquí sigue tan
vigente el mito de Amalivaca -mito que es también el de Shamash,
el de Noé, el de Quetzlcoatl- que en días de la Enciclopedia y de
los Diálodos de Diderot, el padre Filippo Salvatore Dilli se oyó
preguntar por un indio si Amalivaca, modelador del planeta,
andaba arreglando algo en Europa: es decir, en la otra orilla del
Océano. En aquellos mismos días había vuelto a encenderse, en
Santo Tomás de Nueva Guayana, el espejismo de la laguna de Parima,
nacido probablemente del diluvio que "hiciera romperse las
olas del mar sobre las rocas de la Encaramada". ¡Diluvios,
gigantes, amazonas, monstruos con la cara en el pecho, signos
misteriosos, ríos que acarrean diamantes, cuerdos españoles-
contemporáneos del burgués Moratín- que pierden la cabeza
porque un indio del Alto Caroní les muestra reflejos blancos en
una nube"!...
No hay que buscar explicaciones complicadas a todo esto. Hay en América una presencia y
vigencias de mitos que se enterraron, en
Europa, hace mucho tiempo, en las gavetas polvorientas de la retórica o la
erudición. En 1780, seguían creyendo los españoles
en el paraíso de Manoa, a punto de exponerse a perder la vida
por alcanzar el mundo perdido, reino del último inca, visitado
antaño, según fantasiosas versiones, por Juan Martínez, mal
guardador de pólvoras de Diego de Ordaz, pero mejor encendedor de
fuegos artificiales. En 1794, año en que Paris elevaba cantatas,
con música de Gosecc, a la Razón y al Ser Supremo, el compostelano
Francisco Menéndez andaba por tierras de Patagonia, buscaba la
Ciudad Encantada de los Cesares.
Y es que América alimenta y conserva los mitos con los prestigios
de su virginidad, con las proporciones de su paisaje, con su
perenne "revelación de formas"-revelación que dejo atónita, no hay que olvidarlo, a la
España de la
Conquista, a
punto de que Pedro Mártir de Angleria, decepcionado por un viajero
que se había jactado de hallar robledares, encinares y olivares en
su expedición, exclamara: "¿Qué necesidad tenemos nosotros
de estas cosas vulgares entre los europeos?" Y es que
España, deslumbrada por lo que le llegaba en las arcas de los
naucheros, maravillada por los relatos de los aventureros
afortunados, acostumbrada ya a pronunciar nuevas palabras y
nombres, a saber del Potosí y del Reino de Cuzco, del Inca y del
Teocali, se iba habituando a admitir que, en América, lo fantástico se hacia
realidad. Realidad de esta Gran Sabana, que es
sencillamente lo fantástico hecho piedra, agua, cielo. Todo lo
que imaginaron, en fantásticas visiones de italiano o de flamenco,
los Jerónimo Bosch, los Arcimboldo, los ilustradores de tentaciones
de San Antonio, los dibujantes de mandrágoras y de selvas de
Brocelandia, se encuentra aquí, en cualquier rincón de cerro.
Pero -¡eso sí!- como simple detalle de un gran conjunto
imposible de encerrar en un marco de madera; como meros accesorios
de una creación grandiosa que apenas si ha conocido, hasta ahora,
el leve hormiguero del hombre. De ahí que la Gran Sabana -
confundida con El Dorado- fuese siempre un excitante para el don
adivinatorio de las poetas, una fascinante luminaria para esos
otros poetas que fueron los aventureros capaces de jugarse la vida
sobre la fe de una leyenda.
Y no se me diga que hablar de la virginidad de América es lugar
común de una nueva retórica americanista. Ahora me encuentro ante
un genero de paisaje que "veo por vez primera", que
nunca me fue anunciado por paisajes de Alpes o de Pirineos; un
genero de paisaje que sólo había intuido en sueños, y del que no
existe todavía una descripción verdadera en libro alguno. (*)
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Aguas que
fluyen entre escalinatas de roca en la Gran Sabana que
motiva la poética visión de un paisaje americano por
Carpentier. (Foto en franweb.com) |
(*)
Fuente: Alejo Carpentier, "El salto del Ángel en
el reino de las aguas", Visión de América, Buenos
Aires, editorial Losada, 1999, p.27-34.