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Imagen de Pantagruel, el voraz gigante nacido de
la pletórica imaginación de Rabelais.
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Anatole
France es el seudónimo de Jacques Anatole François
Thibault, notable y hoy notoriamente olvidado escritor francés.
Fue premio nobel en 1921. Nació el 16 de abril de 1844,
en París. Si bien cursó estudios formales, su
formación fue esencialmente autodidacta. Como otros
espíritus consagrados a las letras, siempre se distinguió
por sus lecturas insaciables.
Sus
principales obras son: El crimen de Silvestre Bonnard
(novela, 1881); La vida literaria (ensayo, 1888); las
novelas Thais, cortesana de Alejandría (1890)
y El Lirio rojo (1894); la tetralogía de novelas
Historia contemporánea (1897-1901), una evaluación
de los nefastos efectos del caso Dreyfus en la sociedad francesa;
y sus fundamentales novelas alegóricas La isla de
los pingüinos (1880); La revolución de
los ángeles (1914), y el relato sobre el Terror
en la Revolución Francesa: Los dioses tienen sed
(1912).
En sus obras finales defendió causas humanistas; bregó
por los derechos civiles, la educación popular y los
derechos de los trabajadores. Fustigó también
los ácidos corruptos destilados por la práctica
política y económica. Murió en Tours
el 13 de octubre de 1924.
En 1909, Anatole France visitó la Argentina. En la
ciudad de Buenos Aires, dictó una serie de conferencias
sobre la obra de Rabelais, Gargantúa y Pantagruel.
El resultado de estas exposiciones públicas es una
obra hoy totalmente olvidada, editada en 1933 en lengua castellana,
en Madrid, bajo el título "Rabelais y chuscas
hazañas de Pantagruel" por la Sociedad General
Española de Librería. Esta obra me fue acercada
por el doctor Joaquín Meabe, erudito amigo e ilustrado
intelectual de la ciudad de Corrientes, en la República
Argentina, a quien le agradezco la gentileza.
Aquí, Anatole France se concentra en la imaginería
de Rabelais. El célebre escritor francés se
inspiró en el modelo de Historia Verdadera,
un conjunto de relatos fantásticos de Luciano. Gargantúa
y Pantagruel, dos vivaces y groseros gigantes, representarían
la voracidad renacentista por el conocimiento, su apertura
a la diversidad de las experiencias, saberes u oficios. La
significación del universo rabelesiano ha impelido
la famosa investigación de Mijail Bajtin, La cultura
popular en la edad media y el renacimiento (ed. Alianza).
Aquí el famoso crítico ruso destaca el trasfondo
de acervo folklórico, raíces paganas y rurales
de la cosmovisión animada por los gigantescos personajes
de Rabelais. En su aparente entrega a lo grosero y circense
de los dos gigantes late una revaloración de la dimensión
instintiva, sexual y corporal.
Es
también destacable el aporte del gran especialista
en la cultura celta, el investigador bretón Jean Markale,
en su obra Los druidas (Madrid, ed. Taurus), según
la cual Gargantúa y Pantagruel son viejas trasformaciones
del dios céltico fundamentel Dagda en quien la sed
de conocimiento y la glotonería y la avidez por el
placer sexual conviven armoniosamente.
En este nuevo momento de Textos olvidados de Temakel
hemos elegido dos momentos del conjunto de las conferencias
del autor de La isla de los pingüinos pronunciadas
en uno de los corazones culturales de América del sur.
La lectura de estas olvidadas consideraciones de France sobre
Rabelais aspiramos a que sean también un estímulo
para la lectura de la obra del genial autor. Primero incluimos
las consideraciones de France sobre el "verdadero Rabelais",
el genuino periplo creador de este escritor del Renacimiento;
luego, la recreación del último viaje de Pantagruel
en pos del oráculo de la Divina Botella. Tras el humor
y el halo fantástico de los viajes del gigante, se
oculta la metáfora de la larga y dificil travesía
hacia la revelación del conocimiento.
RABELAIS
Y LAS HAZAÑAS DE GARGANTA Y PANAGRUEL
Por
Anatole France
El
verdadero Rabelais
La tradición
opera las más extrañas metamorfosis y logra
imponer a los héroes que recuerda una vida póstuma
distinta, y hasta opuesta muchas veces, a lo que fue realmente
su vida mortal. Rabelais nos ofrece un ejemplo interesante.
Se popularizó su inmerecida y mentirosa fama de intrépido
bebedor. No deja de ser interesante, después de presentar
al Rabelais verdadero, añadirle algunos rasgos atribuidos
al Rabelais de la leyenda; para lo cual me limitó a
elegir dos o tres embusteras fábulas que se encuentran
en todas las viejas biografías de nuestro autor, y
las referiré lo más rápidamente posible
por una de las más fabulosas, relacionada con la última
estancia de Francisco Rabelais en Montpellier.
Mientras allí progesaba la medicina, dice la leyenda,
el canciller del Part publicó un decreto que abolía
los privilegios de la Facultad de Montpellier. Los maestros
recurrieron para defender sus cátedras y sus enseñanzas
y solicitaron del tribunal la casación de la sentencia
que los perjudicaba. Llegado a París, Rabelais se presentó
en el hotel del canciller y, como no fue recibido, volvió
a pasearse ante la puerta con una túnica verde y una
larga barba gris postiza. A todos los que se detenían
curiosos para contemplarle, si le interrogaban al fin les
respondía que era desollador de vacas y que los aspirantes
a ser los primeros desollados se aproximasen a decirlo. El
canciller estaba en la mesa cuando le notificaron las extrañas
razones de aquel hombre extravegante, y ordenó que
le hicieran entrar. Entonces, Rabelais supo arengarle con
tanta elocuencia, que el canciller le prometio restablecer
y confirmar a su gusto los privilegios de la Universidad de
Montpellier.
Me parece inútil insistir en la inverosimilitud de
tal relato.
Se lee también en las antiguas vidas de nuestro autor,
un rasgo que recuerda el episodio del médico de Sancho
Panza en la ínsula Barataria:
Rabelais,
médico de Guillermo del Bellay, al presenciar una comida
de este señor, señaló con su varilla
un plato que contenía un hermoso pescado, y lo declaró
indigesto. Al oír su opinión los criados volvieron
intacto a la cocina el pescado, que Francisco Rabelais fue
luego a devorar; y cuando el señor del Bellay sorprendió
a su médico muy ocupado en esa tarea y le preguntó
por qué razón comía de lo que había
declarado perjudicial para el estómago, Rabelais respondió:
"No era el pescado lo que yo señalé con
mi varilla designándolo como indigesto, era la fuente
que lo contenía".
He aquí de qué modo procuraban nuestros progenitores
presentar lo más rabelesiana posible la vida de Rabelais.
También hay que referir, aunque sea ínsipida
y chocante, la famosa historiera que ha dado lugar a un dicho:
"el cuarto de hora de Rabelais", ya que pasó
al uso corriente.
De regreso de Roma, nuestro autor se hallaba en una posada
de Lyon desprovisto de ropa y sin dinero para pagar el hospedaje
y regresar a París donde le reclamaban asuntos urgentes.
En esa conjeturas cogió ceniza de la chimenea, la encerro
en saquitos sobre los cuales puso los siguientes letreros:
"Veneno para el rey"; "Veneno para la reina";
"Veneno para el duque de Orléans". Después
dejó los saquitos en un lugar aparente por lo cual
no tardó en descubrirlo la posadera y, espantada, fue
a encontrar al jefe de policía, quien mandó
inmediatamente a París al hombre de los saquitos el
cual, llevado ante el rey, le hizo reír mucho con el
relato de su industria.
Resulta exttraño que semejante cuento se considerase
creíble.
Por fin se dieron en otro tiempo como auténticas unas
frases que Rabelais, moribundo, había dicho a un paje
enviado por el cardenal para enterarse de la salud del enfermo.
"Di a monseñor el estado en que me ves. Voy en
busca de un acaso famoso. Esta en el nido de la urraca. Dile
que se conserve; y ahora corred la cortina, porque la comedia
ha terminado". Esto es mucho más literario que
lo anterior y en parte imitación de Suetonio. Pero
también es completamente falso.
La popularidad de Rabelais se funda sólo en las tres
o cuatro historietas que acabo de referir. Nunca sus escritos
penetraron en las muchedumbres, y aunque apenas sea creíble,
no deja de ser absolutamente cierto; las estampas populares
y la biblioteca azul que extendieron por la campiña
de Francia el retrato y vida de Gargantúa, no presentan
ningún rasgo propio de nuestro autor; se inspiran en
narraciones populares anteriores a Rabelais, y ni Panurgo
ni el hermano Juan figuran en ellas. Por más que se
haya dicho acerca de su popularidad, el Pantangruel
es un libro escrito únicamente para letrados. El pantagruelismo
es una filosofía solo accesible a un grupo de espíritus
selectos; es casi una doctrina esotérica, oculta, secreta.
En el siglo XVI, entre esos raros ingenios descollaba el cardena
Du Perron que llamó al Pantagruel libro
por excelencia, verdadera Biblia, y mandada a comer en la
seguna mesa, con la servidumbre, a los invitados que declaraban
no haberlo leído.
El
último viaje de Pantagruel
(...)
Después de la última escala en el país
de la Mentira, Pantagruel y sus compañéros llegan
por fin al término de su viaje. Desembarcan en el país
de las Linternas, cuya descripción está tomada
de la Historia Verdadera, de Luciano.
El
Linternado es un país de linternas vivas. La reina
es una linterna de cristal de roca damasquinada de sangre
y guarnecida con gruesos diamantes. Las linternas de sangre
real son de alabastro ordinario. Todas las obras de cuerno,
de papel o de tela encerada. Sólo una de ellas es de
tierra cocida, como un puchero: la linterna de Epicteto que,
según dice Luciano, fue vendida por tres mil denarios
a un curioso.
Los pantagrruelistas comieron invitados por la reina, y parece
que se trata en este punto de un banquete filosófico
y que aquellas linternas y aquellas antorchas representan
la sabiduría y la virtud. Cuando termina el banquete,
la reina concede a cada uno de sus comensales la elección
de la linterna que deba guiarle. Y es Rabelais quien habla.
¿Qué otro sino Rabelais podría decir
lo que vais a ver?
"Yo elegí y escogí la de mi predilección,
la del famoso maestro Pedro Lamy, que me había sido
muy provechosa en otro tiempo. También ella me reconoció
y entonces me pareció divina, más propicia,
más docta, más prudente, más diserta,
más humana, más bondadosa, más capaz
de conducirnos que ninguna otra de las que se hallaban con
ella. Después de agradecer humildemente a la reina
su obsequio fuimos hasta nuestro navío acompañados
por siete jóvenes linternas histriónicas, cuando
ya lucía la clara Diana."
¿Quién si no Rabelais podría escribir
este párrafo exquisito? ¿Quién si no
él podría recordar en esta docta alegoría
al joven fraile que cuarenta años compartió
en la abadía de Fontenay los estudios y los peligros
con el hermano Francisco, y consultó con él
los horóscopos virgilianos para saber si debía
temer o no a los "duendecillos"? ¿Qué
otro si no Rabelais podría pagar con esta generosidad
al amigo de su juventud el tributo del recuerdo?
Pero henos aquí llegados al oráculo de la Divina
Botella que se halla en una isla próxima del Linternado,
donde una sabia linterna conduce a Pantagruel y a sus compañeros.
Pasan primeramente por un extenso viñedo formado con
todas las especies de vides, que lucen en todas las estaciones
hojas, flores y frutos. La linterna sabia ordena a cada uno
que coma tres racimos, que se ponga pámpanos en los
zapatos y oprima en su mano un sarmiento verde.
En el extremo del viñedo se alzaba un arco antiguo
adornado con trofeos de bebedor, bajo el cual se entraba a
un cenador formado con pámpanos cargados de racimos,
por donde pasaron los compañeros.
-Por un lugar semejante -dijo Pantagruel- no pasó jamás
el pontífice de Júpiter.
-Por
una razón mística -respondió la muy clara
linterna-. Al pasar por aquí el pontífice del
señor de los dioses, hubiera tenido los racimos, es
decir el vino, sobre su cabeza, y podía parecer atraído
y dominado por el vino. Los pontífices y todas las
personas que se inclinan y se consagran a la contemplación
de los misterios divinos, deben mantener sus almas en absoluta
tranquilidad, ajena a toda perturbación de los sentidos,
que se manifiesta más en la enbriaguez que en otras
pasiones, sean las que sean. Tampoco vosotros seríais
recibidos en el templo de la Divina Botella después
de pasar bajo este arco, si Bacbuc, la noble sacerdotisa,
no viese pámpanos en vuestros zapatos, lo cual significa
que despreciáis el vino hasta el punto de hollarlo
con los pies.
Descendieron bajo tierra por una bóveda donde había
pintada una danza de mujeres y sátiros, como en la
bodega Pintada de Chinon, primera ciudad del mundo. Al pie
de la escalera se hallaron frente a una portalada de jaspe
de orden dórico, sobre la cual estaba escrito en caracteres
griegos granados en oro: En el vino está la verdad.
Las puertas eran de bronce macizo con relieve cincelados,
y podríamos reconocer en ellas una semejanza con las
puertas del baptisterio del magnífico templo de San
Juan de Florencia, que Miguel Angel proclamaba dignas de ser
colacadas a la entrada del Paraíso, y que Rabelais
había admirado mientras el hermano Bernardo Lardón
de Amiens buscaba una taberna.
Se abrieron las puertas. Dos láminas de bronce indio
de color azulado, ofrecieron de pronto a las miradas curiosas
de los visitantes una inscripción en latín:
Ducunt volentem fata, nolentem trahunt.
Que
el asutor tradujo de este modo: "Los destinos conduce
al que los consiente, y obligan al que los rehusa".
Y esta sentencia griega: "Avanza todo hacia su fin".
El templo donde penetraron tenía el suelo de mosaicos
que representaban pámpanos, lagartos y caracoles, y
nuestro autor los describe como un hombre que ha visto atentamente
mosaicos romanos. Sobre las bóvedas y los muros se
veían, también en mosaicos, las victorias de
Baco en las Indias, y al viejo Sileno seguido por jóvenes
agrestes, cornudos como cabritos, crueles como leones, que
no dejan de cantar cómica y lascivamente. Las descripciones
de esos cuadros revelan el gusto de un admirador de obras
antiguas, y sobre todo lector de Filostrato y Luciano. El
número de las figuras (al mismo tiempo enorme y exacto:
sesenta y nueve mil doscientas veintisiete de una parte, ochenta
mil ciento treinta y tres de otra), responde perfectamente
al proceder estadístico de Francisco Rabelais. La lámpara
que iluminaba el templo, como si luciera el sdol, hallábase
decorada por una franja de figuras que reproducían
un combate infantil; y la mecha ardía luminosa sin
que hubiera necesidad de renovar el aceite.
Mientras los viajeros admiraban estas maravillas, Babuc, sacerdotisa
de la Divina Botella, escoltada por sus acompañantes
avanzó hacia ellos con el rostro alegre y reidor, y
los condujo a una fuente rodeada de columnas y cubierta de
una cúpula, que se hallaba en medio del templo. Les
distribuyó tazas y vasos y los invitó amablemente
a beber. Cada uno de los bebedores encontró en el agua
de aquella fuente el sabor del vino que imaginaba: vino de
Beaune, vino de Grave, galante y vertiginoso, vino de Mirevaux
más frío que el hielo; y cuando cambiaban sus
imaginaciones, igualmente cambiaba el sabor. Luego la sacerdotisa
revistió a Panurgo con el hábito de los neófitos
admitidos en los misterios, y cuando éste hubo cantado
algunos versos a manera de invocación, ella echó
a la fuente unos polvos que la hicieron hervir y murmurar
como un enjambre de abejas. Entonces resonó en los
aires esta palabra:
¡TRINCA!
Y
Babuc cogió suavemente del brazo a Panurgo al decirle:
-Amigo,
debéis dar gracias a los cielos por lo que os ocurre,
ya que oisteis tan pronto la palabra de la Divina Botella.
Es la palabra más alegre, más animosa que oí
en este recinto desde que soy la elegida del oráculo
sagrado.
Después de hablar así, la sacerdotisa cogió
un grueso libro encuadernado en plata, lo hundió en
la fuente y dijo:
-Los
filósofos, los predicadores y los doctores de vuestro
mundo aturden vuestro oídos con hermosas frases. Aquí
tenemos la costumbre de incorporar nuestros preceptos por
la boca; es la razón de que ahora no os diga: "¡Leed
este capítulo! ¡Ved esta glosa!", y os digo
en cambio: "Saboread este capítulo. ¡Paladead
esta glosa!" Hay un antiguo profeta de la nación
judaica que se tragó un libro y se convirtió
al momento en sabio hasta los dientes; muy priontgo beberéis
uno y os convertiréis en sabio hasta el hígado.
¡Tened! ¡Abrid las mandíbulas!
Panurgo estaba con la boca abierta y Babuc sacó de
la fuente el libro de plata. Suponemos que fuera verdaderamente
un libro por su forma que era como la de un breviario, pero
en realidad se trataba de un venerable, verdadero y natural
frasco lleno de vino de Falerno que ella vació en el
gaznate de Panurgo.
-He
aquí -dijo Panurgo- un capítulo notable de una
glosa muy auténtica-. ¿Eso es todo lo que significaba
oráculo de la botella?
-Nada
más -respondió Bacbuc-, porque TRINCA es la
palabra dictada en todos los oráculos, celebrada y
entendida en todas las naciones y quiere decir: ¡Bebe!
"No es reír sino beber lo propio del hombre; no
digo beber simple y absolutamente, porque así beben
también las bestias; digo beber vino agradable y fresco.
Advertid, amigos, que de vino procede divino.
No hay razón más cierta ni adivinación
menos falsa. Vino, oinos en griego, significa
fuerza, poder; porque el vino tiene el poder de llenar el
alma con toda verdad, toda sabiduría y filosofía.
Si advertisteis lo que se halla escrito en caracteres jónicos
a la puerta del templo, habréis podido comprender que
el vino es la verdad oculta. La Divina Botella os lo ha dicho.
Sed vos mismo intérprete de vuestra empresa.
Así hablaba la sacerdotisa Bacbuc.
-No
es posible - dijo Pantagruel- decirlo más claro que
esta venerable sacerdotisa. Trinca puies.
-Trinquemos
-dijo Panurgo.
¿Qué vino era ese que se tomaba en la fuente
santa y que daba al espíritu energía y poderío?
El autor no lo dice pero permite adivinarlo: no es el jugo
de la viña en el sentido propio y literal; es la ciencia
que en un espíritu recto enseña los verdaderos
deberes y proporciona la dicha, por lo menos la que podemos
prometernos en este mundo. No se trata ya de saber si Panurgo
se casará o no, y si le engañará o no
su mujer. El buen Pantagurel y su docta compañía
no hicieron un viaje tan largo para descifrar un enigma que,
después de todo, sólo interesa a Panurgo. Pantagruel
y sus compañeros han ido a consultar a la Divina Botella
acerca de la suerte de toda la Humanidad, y el oráculo
les ha contestado TRINCA, es decir: "Abrevaos en el manantial
del conocimiento. Conocer para amar es el secreto de la vida.
Huíd a los hipócritas, a los ignorantes, a los
malévolos y alevosos; libraos de los terreros infundados,
estudiad al Hombre y al Universo; conoced las leyes del mundo
físico y moral para someteros a ellas y solamente a
ellas; bebed, bebed la Ciencia; bebed la Verdad, bebed el
Amor"". (*)

Anatole
France (1844-1924)
(*)
Fuente:
Anatole France, Rabelais y chuscas hazañas de Pantagruel,
Madrid, Sociedad General Española de Librería,
1933.