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LOS
ÚLTIMOS DÍAS DE LORD BYRON
Por
E. J. Trelawny
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Lord Byron (1788-1824)
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Lord
Byron, el gran poeta inglés, perteneció a una época
donde la poesía no se contenta con ser pura celebración
lírica del mundo. En el espíritu romántico, la poesía
es también impulso
épico, avidez por la aventura liberadora, deseo
por restituir en un presente huérfano de
hechizos mágicos e ideales, alguna grandeza antigua
y perdida. Byron (el autor de La
peregrinación
de Childe Harold, La novia de Abydos, El corsario,
Lara y Don Juan) respondió
a ese ritmo subterráneo de la sensibilidad romántica
mediante su aventura en la Grecia
oprimida por el poder turco. En 1824, Byron desembarcó
en las playas helenas para encabezar un grupo de
ingleses empeñados en contribuir económica y militarmente
en la liberación de la patria de Fidias y Platón
de la dominación turca otomana. En su viaje, uno
de los acompañantes de Byron fue
E. J. Trelawny quien, luego de concluida la aventura,
escribió Los últimos días de Shelley y Lord Byron.
Trelawny conoció también al otro gran poeta romántico
inglés. Sus recuerdos del eclipse final de estos
dos grandes artistas, animan las páginas de una
obra poco recordada y cuya primera traducción en
lengua española fue realizada en 1913 por el gran
erudito Rafael Cansinos Assens,
impulsor en Sevilla de la vanguardia literaria ultraísta
( que ejerciera una significativa influencia en
la primera poética de Jorge Luis Borges).
Aquí
presentamos una versión parcial del olvidado texto de
Trelawny donde éste recrea los días finales de Byron,
quien se caracterizaba por una cojera que ejerció una
angustiosa influencia en su ánimo. Byron murió afectado
por una peste en Missolongui.
Trelawny llegó hasta la casa donde, en medio de unos
pestilentes pantanales, se produjo el deceso del romántico
poeta británico. Allí, contempló su cadáver y
comprendió más profundamente las fuerzas conflictivas que
gobernaron el alma del célebre creador de versos.
Esteban
Ierardo
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LOS
ÚLTIMOS DÍAS DE LORD BYRON
Por E. J. Trelawny
La opinión que Byron tenia de los habitantes de este planeta
habíala sacado de los libros, pues personalmente los
conocía tan poco como si perteneciesen a otro mundo.
Leyendo a La Rochefoucauld, Maquiavelo y demás malhumorados
cínicos aprendió a desconfiar de todos sus semejantes,
de suerte que, no pudiendo prescindir de ellos, y no sabiendo
cómo manejarlos, quejábase continuamente de no
encontrar lo que necesitaban. No creo que supiera nunca lo que
había menester, pues pocos son los que lo saben.
Paso
resumir mi estancia a bordo del famoso Hércules. El 2
de agosto divisamos las islas de Cefalonia y Zante, y poco después,
Byron, señalando a la Morea dijo:
-No
sé por qué, pero me parece como si me hubieran
quitado de encima los once largos años de amargura que tengo
pasados y me encontrase navegando de nuevo por el archipiélago
Egeo, con el abuelo Bathurst, en su fragata.
Aquella
noche anclamos en la rada, y a la mañana siguiente fondeamos
en Argestolí, el puerto de Cefalonia, próximo
a la ciudad. Un oficial de Sanidad subió a revisar nuestra
documentación, y encontrándola en reglas, nos
dio paso. El secretario del residente, capitán
Kennedy, pasó también a bordo. Díjonos
que el coronel Napier estaba ausente, pero que podía
contar con su ayuda para todo lo que no se opusiese a sus deberes
de neutralidad. Diónos las últimas noticias del
estado de la guerra.
...El
instinto del buitre para olfatear su presa no es nada comparado
con el husmo que los griegos tienen para el dinero. A la mañana
siguiente de nuestra llegada subió a bordo una pandilla
de zulistas refugiados, atraídos por los dólares
de Byron. Lega, el piloto, se agarraba a la bolsa como una víbora.
El capitán por poco tira a todos por la borda. Byron
subió a cubierta de muy buen humor, y mostró complacerle
mucho la vista de aquellos sujetos bravucones, vestidos con
bárbaros arreos, y según su costumbre, prometiendo
más de lo que podía hacer. Día y noche,
aquellos griegos permanecían echados a sus pies como
una jauría de chacales, entre los que Byron se asemejaba
a un león cogido por los cazadores, hasta que al cabo,
para verse libre de ellos, consintió en embarcarlos a
todos para la Morea. De vuelta el coronel Napier, instó
con ardor a Byron y a todos nosotros para que aceptásemos
albergue en su casa. Desde el primero hasta el último,
todos los ingleses de la isla, tanto militares como paisanos,
competían recíprocamente en alardes de hospitalidad.
Byron prefirió quedarse a bordo. Todas las tardes atravesábamos
él y yo el puerto en un bote y atracábamos junto
a las peñas, para bañarnos. En una de estas ocasiones, mostrándome
su pierna derecha, me dijo:
-Espero
que en la guerra me librarán de esta pierna maldita.
-Pero
con eso no nadara usted mejor - le conteste-. Si usted quiere,
le cambio mis dos piernas por un poco de su cerebro.
...A
la mañana siguiente reanudamos la marcha por la pintoresca isla
hasta llegar a Vazi, su capital. El residente, capitán
Knox, su esposa y cuantos disponían de una casa nos abrieron
sus puertas e hicieron al "peregrino" un recibimiento
de príncipe. En la cumbre de una alta montaña alzábase
un antiguo monasterio, desde el cual podía contemplarse
el mar Jónico, Grecia y muchas islas. El día después
de nuestra llegada subimos allá unas diez o doce personas,
incluyendo criados y arrieros. Según costumbre, nos pusimos
en camino ya tarde; no hacía pizca de aire, y el calor
era bochornoso. Seguíamos un angosto sendero en zig-zag
por entre peñas y precipicios, uno detrás de otro; cuando
nuestras mulas iban cuesta arriba aumentaban nuestros apuros,
hasta que al fin llegamos a un sitio en el que los pasos de
los viandantes habían trazado una escalera. Todos echamos
pie a tierra, excepto Byron. Estaba de mal humor e irascible,
como siempre que no echaba la acostumbrada siestecita.
El
abad del monasterio estaba avisado por el residente de nuestra
visita, y al acercarnos al edificio aguardábamos doble
hilera de servidores con sendas teas. Al llegar al pie de los
muros vimos a los monjes, con sus hábitos obscuros, puestos
en fila a lo largo de la terraza; cantaban un himno de glorificación
y bienvenida al gran lord, diciendo;
-Cristo
se ha levantado para sublimar la Cruz y aplastar a la Media
Luna en nuestra amada Grecia.
El abad, revestido de sus hábitos sacerdotales,
salió al atrio para recibir a Byron, y lo condujo hasta
el amplio vestíbulo, iluminando según pedía
el caso; los monjes y demás personas presentes se agolpaban
al paso del festejado huésped; unos niños agitaban sendos
incensarios en las narices misma del poeta. El abad, después
de ejecutar con gran solemnidad varias ceremonias, sacó
de entre los dobleces del amplio hábito un rollo de papeles
y se puso a declamar con sus órganos nasales un pomposo
e interminable elogio de mi "lordo inglese" en una
algarabía formada de distintas lenguas, mientras los
monjes, silenciosos, ávidos de observar los efectos de
la elocuencia de su santo padre, fijaban sus ojos alternativamente
en el abad y el lord.
Byron
no había dicho palabra desde que entramos en el monasterio.
Yo imaginaba que con ello entendía darnos un ejemplo
de corrección. ¡Cuál no sería mi asombro
cuando de pronto se abandonó a un paroxismo de cólera
y empezó a desatarse en un torrente de insultos, proferidos
en italiano, contra el abad y la Comunidad entera! Luego, volviéndose
a nosotros y echando chispas por los ojos, exclamó con
voz de trueno:
-¿No
habrá quien me quite de delante a estos insoportables
majaderos? ¡Acabarán por volverme loco!
Y cogiendo una lámpara, salió afuera.
Juzgue el lector cual no sería la consternación
de los monjes ante aquel estallido de cólera. El abad,
desconcertado, permaneció un rato inmóvil, con
los ojos en blanco y la boca abierta. Sin soltar de la mano
el papel que había estado leyendo, miraba, ora el sitio
que dejara vacío Byron, ora la puertas por donde saliera.
Al cabo creyó haber dado con la clave del misterio, y
con voz queda y trémula, llevándose un dedo significativamente
a la frente, murmuró:
-Eccolo,
e matto, poveretto! (¡Podrecito, está loco!)
Dejé
que Hamilton Brown se encargara de apaciguar a los monjes, y
corrí tras de Byron. No se le había pasado todavía
el mal humor, y profería maldiciones contra el "viejo
chocho", como llamaba al abad que le atormentara. Los criados
de Byron le llevaron pan, vino y aceitunas. Yo lo dejé
y fui a cenar con los monjes en el refectorio. Tuvimos para
cenar de lo mejor cuanto producía la isla. Nuestro anfitrión,
descorchó varias botellas de su mejor vino, pero por
más que participase ampliamente de todo, no logró
disipar su tristeza. Cada cual, visto aquello, se dio prisa
a retirarse a su celda.
...
Al día siguiente desanduvimos nuestro camino por entre
las floridas hondonadas y glorietas de la amena isla, al pie
de las montañas. Los obscuros olivos y las higueras, de un verde
claro, y las parras que crecían sobre nuestras cabezas
nos resguardaban de la flama del sol; la fresca brisa del mar,
juntamente con los veneros de purísimas aguas que manaban
de las peñas apaciguaban la índole del poeta. Una vez
se desvió del camino para contemplar una gruta natural,
en una glorieta de árboles, y dijo:
-No
habrá en toda Grecia ni sus islas lugar tan ameno como
este. Si esta isla fuera mía, "rompería mi
vara y quemaría mi libro". ¡Qué loco somos!
Al llegar a nuestro punto de partida tuvimos que aguardar largo
rato la llegada de un bote que nos llevase por aguas del estrecho
a Cefalonia. Como de costumbre, él y yo nos zambullimos
en el agua. Al caer la tarde cruzamos el Estrecho, y era ya
noche cerrada cuando llegamos a bordo del Hércules.
Serían
las doce de la mañana del siguiente día cuando hube de
avistarme con Byron para hablarle de asuntos urgentes. Bajé
a su camarote y lo encontré profundamente dormido. Lo
llamé repetidas veces por su nombre, primero bajito,
y luego más reciamente. Al cabo despertose dando muestras
de terror, y se me quedó mirando con desencajados ojos.
Con un sollozo convulsivo me dijo:
-¡Qué
sueño he tenido! Estoy temblando de susto. No soy hombre para
ir a Grecia. ¡Si usted hubiera entrado con intención
de estrangularme no hubiera hecho nada para defenderme!
Yo
le dije:
-¿Quién
puede nada contra una pesadilla? Contra ella no sirven ni sus
pistolas ni su Biblia-. Siempre tenía unas y otra al
alcance de la mano en una silla, junto a la cama.
De sobra sabía yo que en cuanto se hallase en tierra
firme volvería a caer Byron en sus antiguas costumbres
de molicie, a hablar mucho, idear, echar planes y no hacer nada.
Profesaba esta máxima: "Cuando me detengo por seis
días en algún sitio, no hay quien me mueva de
allí en seis meses".
...Al
otro día de mañana nos pusimos en camino para Tripolitza,
la capital del Peloponeso, visitando los puestos militares que
hallábamos al paso. Dormíamos en ruinosos villorios,
donde, por lo general, nos recibían bien luego que les
declarábamos nuestro cometido. Es tan pobre e infecundo
el país, que a no ser por su clima delicioso, no sería
habitable. En la época mejor no hay abundancia; pero
entonces, que la guerra había hecho en él estragos,
apenas si se veían vestigios de habitación o cultivo.
Aparte
los soldados, los pocos habitantes que nos encontrábamos
parecían gitanos harapientos. Por encima de nosotros,
en alguna peña señera, solíamos ver de cuando en cuando
algún pastor con su largo fusil atalayándonos
mientras apacentaba mezquinos rebaños de cabras y ovejas que
consumían las escasas raíces que crecían
entre las grietas de las peñas. Acompañábales jaurías
de perros de los más salvaje que he visto en mi vida.
Salvo en el caso de ser muy numerosos, los soldados griegos
no se atrevían a meterse con aquellos belicosos pastores
ni con sus rebaños. Muchos de los más distinguidos cabecillas
y de sus más bravos secuaces habían sido pastores.
En compensación de la ruda jornada y las privaciones
físicas que era necesario soportar, había pasto
de sobra para la imaginación de los que aman las moradas
de los genios. Cada uno de los objetos que se ofrecían
a nuestra vista iba asociado a algún gran hombre o alguna
de esas grandes obras de arte o guerra que perduran por siempre
en la memoria de la Humanidad.
Nos
detuvimos dos o tres días en Tripolitza, y de allí
pasamos a Argos y a Nápoles de Romania. Cada paso en
nuestro camino estaba marcado por los estragos de la guerra.
Camino de Corinto cruzamos los desfiladeros de Dervenakia; el
sendero era un camino de andadura de dos leguas de trayecto,
que serpenteaba por un barranco costeado de espantables precipicios.
En esta cañada y en el sendero, todavía más escarpado,
que la dominaba, se encontraron detenidas considerables fuerzas
otomanas el otoño anterior por barricadas de peñascos y troncos
de árboles, y allí los pasaron cuchillo los griegos,
desesperados. Aquel episodio era una pintura exacta de la guerra.
La sagacidad de los griegos y la irremediable necedad de los
jefes turcos eran palpables. A algún trecho de los montones
de cadáveres vimos los esqueletos de algunos audaces
jinetes que intentaban escalar los declives del terreno, a horcajadas
todavía sobre los esqueletos de sus caballos. Y, en retaguardia,
como si hubieran probado a huir de la pelea, los albeantes huesos
de las manos de los negros, que aún se afianzaban a las
crines de los camellos. El sueño, hermano de la muerte,
es un maestro de extrañas actitudes. En un corto trecho había
apiñados cinco mil o más esqueletos de hombres, caballos,
camellos y mulas; los buitres se habían engullido la
carne, y el sol blanqueado los huesos. En aquel cuadro asemejábanse
los turcos a una manada de bisontes cazados y exterminados en
las cañadas de los rocosos montes.
Todas
las demás batallas de aquella guerra sólo diferían
de ésta en magnitud, pues les servía de fondo
el mismo árido paisaje. Los turcos asiáticos son
holgazanes, bravos y de pocas luces. Los griegos, sobrado listos
para luchar cuando pueden correr, sólo eran temibles
cuando no comían. Es una maravilla que Grecia y los griegos
hayan podido levantarse después de tantos años de mortal
servidumbre. Ningún pueblo que conserve su nombre y su
lengua debe desesperar. Nada hay constante sino el cambio.
(
Trelawny viaja a Atenas, se despide de Lord Byron. El poeta inglés
se dirige luego, imprudentemente, a la pantanosa y malsana
Missolongui, para continuar con sus planes de colaboración en la
causa independentista griega)
Animado
de tristes pensamientos llegué a Missolongui a los tres
días de salir de Salona. No hay lugar alguno en la superficie
de la tierra o en sus entrañas donde no se encuentren
habitantes, con tal que ofrezca probabilidades de lucro; un pantano
que produzca arroz; la costra de un volcán, donde puedan
medrar las vides; lagunas que abunden en peces serán
tentaciones que vencerán el terror que la pestilencia
o la muerte pudieran inspirar. Por eso no extrañé que
Missolongui estuviese situada en la orilla de la ciénaga
más pestilente que en mi vida había visto. Lo
notable es que siendo Byron propenso a las fiebres se hubiera
decidido a desembarcar en aquel cenagoso bancal y permanecido
por espacio de tres meses encerrado en círculos de charcas
estancadas que hubieran justificado el nombre de cinturón
de la muerte. Aunque no había hecho sino empezar la primavera,
encontré muchos extranjeros enfermos de fiebre. Era el
24 o el 25 de abril cuando llegué; Byron había
muerto el 19. Atravesé como pude las calles encharcadas
y llegué hasta la casa en que se había albergado.
Estaba aislada y a orillas de las pegajosas aguas marinas.
Durante tres meses estuvo asediada día y noche aquella
morada, como una casa de banca a la que afluye el público.
Ahora que la muerte cerró sus puertas, estaba silenciosa
como un cementerio. Nadie había en ella más que
Flecher, de lo cual me alegre no poco. Como si adivinara mis
deseos, me llevó por una estrecha escalerilla a un cuartito,
en el que sólo había un féretro sobre una
tarima. Ninguno de los dos hablamos palabra; él levantó
el paño negro y el sudario blanco y mostró a mis ojos
el cadáver embalsamado del "Peregrino", más
bello muerto que en vida. La contracción de los músculos
y la piel habían borrado las arrugas que en ella trazaron
el tiempo o las pasiones; pocos bustos de mármol hubieran
podido competir con él en cándida tersura, armonía
de proporciones y perfección, y sin embargo, él
estuvo siempre descontento de aquel cuerpo, y sólo deseó
quitárselo de encima. ¡Cuántas veces no le oí
maldecirlo! Sentía envidia del genio de Shakespeare -lo
cual se explica-, ¿pero dónde hubiera podido ver una
cara o un cuerpo dignos de excitar su envidia? Rogué
a Flecher que me trajese un vaso de agua. Al volver aquel la
espalda, movido del deseo de confirmar o disipar mis dudas acerca
de la causa de su cojera, descubrí los pies del "Peregrino",
y el gran misterio quedó aclarado. Tenía contrahechos
ambos pies, y las piernas, secas hasta las rodillas; las formas
y facciones de un Apolo con los pies y piernas de un sátiro.
Era una maldición que encadenaba a la tierra pesada a
un espíritu altivo y señero como el suyo. Ya sé
que en el drama El deforme transformado ha expresado
él cuanto un hombre pudiera decir acerca de un defecto
físico, pero cuando decía:
Yo
he hecho lo mejor
Que
podría hacer un espíritu
Sintiendo
sobre mí el triste peso
La
decepción e inercia
De una
deformidad.
Pensaba
yo que exageraba al aplicarse a sí mismo esas palabras.
Entonces vi que no era así. Su deformidad pesó
siempre sobre todos sus pensamientos e influyó en cada
uno de los actos de su vida; le lanzó a la poesía
porque éste era uno de los pocos caminos que para la
fama tenía abiertos, y como si quisiera vengarse de la
Naturaleza por haberlo puesto en el mundo a "medio hacer",
atacó sus obras y tradiciones con la soberbia de un Lucifer.
Este morboso sentimiento fue también quien le impulsó
a su última quijotesca cruzada en Grecia.
Ningún
otro afligido de su mal hubiera podido justificarse mejor que
Byron diciendo:
No pido
Valor,
pues es osada toda deformidad
Su esencia
es aventajar a todos
En
alma y corazón, e igual hacerse,
¡Ay!,
superior a todos. En sus gestos
Contenidos
existe un acicate
Para lograr
lo que no pueden otros en las cosas
A
entrambos permitidas, y por grados,
La
mezquindad primera de Natura
Compensar;
decididos y sin miedo
Luchan
por las sonrisas de la suerte,
Y
a veces ganan, cual ganó Timur,
El
Tártaro lisiado.
Conociendo
la sensibilidad de Byron y simpatizando con ella, sus amigos
evitaban preguntarle la causa de su cojera, y lo mismo hacían
los extraños, ya por delicadeza o por lástima. Creían
todos que su andar a saltos provenía de algún
defecto del pie derecho o del tobillo; era ese pie el que tenía
más torcido, y siendo niño se lo lisiaron aún
más por el empeño de enderezárselo. Él
me contó que por espacio de muchos años se lo tuvieron
entablillado en planchas de acero, con lo cual se hizo mayor
la rigidez de las sinovias y tendones de la pierna. Tenía
el pie vuelto hacia arriba, de suerte que sólo tocaba
al suelo con el talón, y una de sus piernas era más
corta que la otra. Usaba un calzado especial, de caña muy alta,
con la suela muy gruesa por dentro y aparentemente fina por
fuera; se rellanaba los pies con algodón y lana y usaba
trusas muy anchas más abajo de las rodillas y sujetas
de modo que le cubrieran los pies. Entonces me expliqué
su raro modo de andar. Entraba en la habitación con una
suerte de carrerilla, como si no pudiera detenerse; luego echaba
hacia adelante la pierna mejor proporcionada y hacia atrás
el cuerpo, para mantener el equilibrio. En su primeros años,
mientras se conservó ágil y ligero, pudo pasear
hasta cosa de una legua con ayuda de un bastón, pero
luego que se volvió más pesado, pocas veces intentó
andar más de unos cuantos cientos de yardas sin sentarse
o apoyarse contra el primer muro, banco, peña o árbol
que tuviese a mano; pero nunca se sentaba en el suelo, pues
luego le habría sido muy difícil levantarse. Cuando
se hallaba con extraños solía hacer desesperados
conatos pro disimular su defecto, pero los arreboles del rostro,
la hinchazón de las venas y su nervioso desasosiego le
denunciaban, y además, durante muchos días después
sufría las consecuencias de tales esfuerzos. Propenso
a engordar, incapaz de hacer ejercicio para combatir esa propensión,
¿qué recurso le quedaba? Si aumentaba de peso, sus pies
no podrían sostenerle; en tal dilema, veíase obligado
a mantenerse en un estado de semiextenuación; en Génova
pesaba menos de once stones, y según me dijo,
en Venecia, llegó a pesar catorce. Las angustias ocasionadas
del hambre, y que viajeros y náufragos nos describen
en términos tan patéticos, no eran nada en comparación
con lo que él sufría. Las privaciones de aquéllos
fueron temporales; las suyas, de por vida más dolorosas,
por hallarse en medio de la abundancia. No había terminado
de exclamar: "¡Pobre amigo! Si tus yerros fueron más
grandes que los de los hombres vulgares, más grandes
fueron también tus tentaciones y provocaciones...".
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Placa
recordatoria de Lord Byron en la Abadía de Westminster. |
(*)
Fuente: E. J. Trelawny,
Shelley y Byron, sus últimos días, Madrid, editorial América,
1913 (traducción Rafael Cansinos-Assens).
Agradecimiento
a Joaquín Meabe, helenista, filósofo del derecho, hombre de
notable cultura, por acercarme esta olvidada obra que descansa
en uno de los anaqueles de su notable biblioteca.
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