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LA CARTA DE SATANÁS
Por Mark Twain
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Mark
Twain
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Presentación
textos y Carta IX
Breve
biografía y obras
Presentación
textos
Samuel Clemens, más conocido por su célebre seudónimo de Mark
Twain, siempre deslumbró con su iconoclasia. Además de sus
célebres obras de aparente índole costumbrista, en
su Diario de Adán y Eva convirtió el solemne relato
bíblico en una parodia de vasto alcance simbólico. La posición
de Twain, con respecto a la tradición bíblica del Antiguo
Testamento es poco conocida. Hacia 1909 Twain escribió las
Cartas de Satanás, una heterodoxa obra que fue censurada
hasta 1940. Twain se estima religioso y, como los antiguos
gnósticos, se rebela contra la supuesta autoridad sagrada
del dios del viejo testamento. Para el autor de Las
aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry
Finn, Dios es fuerza absoluta, creadora, superior y ajena
al hombre, pero que nunca se ha manifestado plenamente. Pretender
interpretar la voluntad divina que se revela en un libro sagrado
es torpeza arrogante, o una velada estrategia de manipulación
sacerdotal. Lo divino (lo llamaremos de forma impersonal para
diferenciarlo de un dios personalizado o humanizado) nunca
entregó un mensaje. Así, el antiguo y nuevo testamento son
invenciones humanas. Parte de la filosofía desenmascaradora
de la ficción religiosa tradicional que formula Twain, se
expresa en este fragmento de sus Cartas de Satanás:
"La
Tierra es un lugar extraño, un lugar extraordinario,
e interesante. No hay nada que se le parezca allí.
Toda la gente es loca, los otros animales son todos locos,
la Tierra es loca, la Naturaleza misma es loca. El hombre
es una rareza maravillosa. En las condiciones más favorables,
es una especie de ángel de grado más bajo enchapado
en níquel; en las peores, es indescriptible, inimaginable;
y antes, y después, y todo el tiempo, el hombre es
un sarcasmo. Y sin embargo, con toda sinceridad y sin ningún
esfuerzo, se llama a sí mismo "la obra más
noble de Dios". Es verdad lo que les digo. Y esta idea
no es nueva en él: la ha pregonado a través
de todos los tiempos, y la creyó. La creyó y
no encontró a nadie en toda su raza que se riera de
ella.
"Más
aún, -si puedo obligarlos a Uds. a hacer otro esfuerzo
de imaginación- él cree ser el favorito del
Creador. Cree que el Creador está orgulloso de él;
hasta cree que el Creador lo ama; que siente pasión
por él; que se queda levantado de noche para admirarlo;
si, y para protegerlo y alejarlo de problemas. Le reza y cree
que El lo escucha. ¿No es una idea curiosa? Llena sus oraciones
de toscas alabanzas floridas y del mal gusto, y piensa que
Él se sienta ronroneando a gozar de esas extravagancias.
Los hombres lloran pidiendo ayuda, y benevolencia y protección,
todos los días; y todavía más, lo hacen
con esperanza y con fe, aunque ninguna de sus oraciones ha
recibido respuesta jamás!" ("La
carta de Satanás", en Cartas de la tierra, ed. Galerna,
Buenos Aires, 1968 pp. 22-23; trad. Alicia Varela).
Y también la filosofía religiosa de Samuel Clemens, según
notas realizadas por él hacia 1880, se expresa así:
"Creo
en Dios todopoderoso.
"No
creo que haya enviado nunca un mensaje a los hombres por
intermedio de nadie, o que lo haya entregado oralmente, o que
se haya hecho visible a ojos mortales, en ningún momento y en
ningún lugar.
"Creo
que el Antiguo y el Nuevo testamento fueron imaginados y
escritos por el hombre, y que ninguna línea de ellos fue
autorizado por Dios, y muchos menos inspiradas por Él.
"No
creo en providencia especiales. Creo que el universo esta
gobernado por leyes estrictas e inmutables. Si la familia de
un hombre es barrida por la pestilencia y al de otro hombre se
preserva, se trato sólo del funcionamiento de esa ley: Dios
no interviene en ese asunto íntimo, ni en contra de uno de
los hombres ni a favor del otro...
"Creo
que las leyes morales del mundo son el resultado de las
experiencias del mundo. No era necesario que ningún Dios
bajara del cielo a decir a los hombres que el asesinato y el
robo y las otras inmoralidades eran malas, tanto para el
individuo que las comente como para la sociedad que las
sufre.
"Si
rompo todas esas leyes morales, no logro entender como ofendo
a Dios con ello, pues Él está más allá del alcance de mis
ofensas -del mismo modo podría yo ofender a una planeta
arrojando barro contra él" (citado en prólogo de Cartas de la tierra,
ed. Galerna,
Buenos Aires, 1968, pp.8-9).
En este momento de Textos olvidados de Temakel hemos seleccionado
una de las cartas de la heterodoxia religiosa de Twain. En
la carta XI, se expresa un pliegue fundamental de su doctrina.
En el Antiguo Testamento, los madianitas son sometidos a cruentas
vejaciones bajo la justificación divina. El dios que tolera
y promueve la violencia y devastación es la falsa divinidad
creada por el hombre para legitimar la conquista de la llamada
tierra prometida. El dios del amor evangélico es inconciliable
con el Padre celestial de la amenaza, el castigo y la
culpa. Twain nos atrae hacia quizá el verdadero punto de partida
de toda genuina filosofía de la religión: la clara diferenciación
entre lo divino y sus formas sustitutivas y falsas creadas
por los hombres para mitigar su inseguridad, o para legitimar
sus terrenales intereses de dominación. Y en todo ello, así,
no hay revelación divina, sino palabra humana.
Esteban
Ierardo
LA CARTA DE SATANÁS
Por Mark Twain
Carta XI
Sobre el episodio madianita
La
historia humana está enrojecida de sangre en todas las épocas,
y cargado de odio, y manchada de crueldad; pero después de los
tiempos bíblicos estos rasgos no han dejado de tener límites
de alguna clase. Aún la Iglesia, que se dice derramó
más sangre inocente, desde el principio de su supremacía,
que todas las guerras políticas juntas, observa el límite.
Pero notan ustedes que cuando el Señor, Dios de Cielos y Tierras,
Padre Adorado del Hombre, está en guerra, no hay límite.
Él es totalmente inmisericorde -Él, a quien llaman
Fuente de la Misericordia. ¡Él mata, mata, mata!
A todos los hombres, a todas las bestias, todos los muchachos,
todos los instantes; también a todas las mujeres y todas
las niñas, excepto las que no han sido desfloradas. No
hace ninguna distinción entre el inocente y el culpable.
Los infantes eran inocentes, las bestias eran inocentes, muchos
de los hombres, muchas de las niñas eran inocentes, pero igual
tuvieron que sufrir con los culpables. Lo que el insano Padre
quería era sangre e infortunio; le era indiferente quién
los ofrecía.
El
más duro de todos los castigos se administró a
personas que de ninguna manera pudieron haber merecido tan horrible
suerte: las 32.000 vírgenes. Se palpó sus partes
privadas para asegurarse que aún poseían el himen
sin romper; después de esta humillación se las
echó de las tierra que fuera su hogar, para ser vendidas
como esclavas; la peor de las esclavitudes y la más humillante:
la esclavitud de la prostitución, la esclavitud de la
cama, para excitar el deseo y satisfacerlo con sus cuerpos;
esclavitud para cualquier comprador, ya fuera un caballero o
un rufián sucio y basto.
Fue
el Padre el que infligió este castigo inmerecido y feroz
a esas vírgenes desposeídas y abandonadas, cuyos
padres y parientes Él mismo había asesinado ante
sus ojos. ¿Y mientras tanto ellas Lo rezaban para que los compadeciera
y rescatara? Sin duda alguna.
Esas
vírgenes eran ganancia de guerra, botín. Él
reclamó su parte y la obtuvo. ¿Para qué le servían
las vírgenes a Él? Examinen mi historia más
adelante y lo sabrán.
Sus sacerdotes también obtuvieron su parte de las vírgenes.
¿Qué uso podían hacer de las vírgenes los
sacerdotes? La historia privada del confesionario católico
romano puede responder esa pregunta. La mayor diversión
del confesionario ha sido la seducción - en todas las
épocas de la Iglesia. El padre Jacinto atestigua que
de cien sacerdotes confesados por él, noventa y nueve
habían usado el confesionario con eficacia para educir
a mujeres casadas y a muchachas jóvenes. Un sacerdote
confesó que de novecientas niñas y mujeres a quienes
había servido como padre confesor en su época,
ninguna había conseguido escapar a sus caricias excepto
las viejas o las feas. La lista oficial de preguntas que un
sacerdote debe hacer es capaz de sobrexcitar a cualquier mujer
que no sea paralítica.
No
hay nada en la historia de los pueblos salvajes o civilizados
que sea más completo, más inmisericordemente destructivo
que la campaña del Padre de la Misericordia contra los madianitas.
La historia oficial no da incidente o detalles menores, sino
informaciones en masa: todas las vírgenes,
todos los hombres, todos los infantes, todos
los seres que respiran, todas las casas, todas
las ciudades; da un amplio cuadro, que se extiende aquí
y allá y acullá, hasta donde llega la vista, de
ardiente ruina y tormentosa desolación; la imaginación
agrega una quietud desolada, un terrible silencio- el silencio
de la muerte. Pero por supuesto hubo incidentes. ¿Dónde
pueden conseguirse?
De
la historia fechada ayer. De la historia de los pieles rojas
en Norteamérica. Ahí se copió la obra de
Dios y se hizo en el verdadero espíritu de Dios. En 1862
los indios de Minnesota, profundamente ofendidos y traicionados
por el gobierno de los Estados Unidos, se levantaron contra
los colonos blancos y los masacraron; masacraron a todos aquellos
que alcanzaba su mano sin perdonar edad ni sexo. Consideren
este incidente.
Doce
indios atacaron una granja a la madrugada y capturaron a la
familia. Consistía del granjero y su mujer y cuatro hijas,
la menor de catorce y la mayor de dieciocho. Crucificaron a
los padres; es decir, los hicieron parar completamente desnudos
contra la pared del living-room y les clavaron las manos
a la pared. Luego desnudaron a las hijas, las tendieron en
el piso delante de sus padres, y las violaron repetidas veces.
Finalmente crucificaron a las hijas en la pared opuesta a la
de los padres, y les cortaron la nariz y los senos. Además...
pero no detallaré eso. Hay un límite. Hay indignidades
tan atroces que la pluma no puede escribirlas. Un miembro de
la pobre familia crucificada -el padre- estaba todavía
cuando llegaron en su auxilio dos días más tarde.
Ahora
conocen un incidente de la masacre de Minnesota. Les podría
dar cincuenta. Cubriría todas las diversas clases de
crueldad que puede inventar el talento humano.
Y
ahora ya saben, por esos signos ciertos, qué sucedió
bajo la dirección personal del Padre de la Misericordia
en su campaña madianita. La campaña de Minnesota fue solamente
el duplicado de la campaña madianita. Nada sucedió en
una, que no hubiera sucedido en la otra.
No,
eso no es totalmente cierto. El indígena fue más
comprensivo que el Padre de las Mercedes. No vendió a
las vírgenes como esclavas para atender a la lascivia
de los asesinos de su familia mientras durarán sus tristes
vidas; las violó, y luego caritativamente hizo breves
los sufrimientos siguientes, terminándolos con el precioso
regalo de la muerte. Quemó algunas de las casas, pero
no todas.
Se
llevó a las bestias inocentes, pero les arrebató
la vida.
¿Se
puede esperar que este mismo Dios sin conciencia, este desposeído
moral se convierta en maestro de moral, de dulzura, de mansedumbre,
de justicia, de pureza? Parece imposible, extravagante; pero
escúchenlo. Estas son sus propias palabras: "Bienaventurados
los que lloran, porque ellos recibirán consolación..."
Los
labios que pronunciaron esos inmensos sarcasmos, esas hipocresías
gigantescas son exactamente los mismos hombres, infantes y animales
madianitas; la destrucción masiva de casas y ciudades,
el destierro masivo de las vírgenes a una esclavitud
inmunda e indescriptible. Esta es la misma Persona que atrajo
sobre los madianitas las diabólicas crueldades que fueron
repetidas por los pieles rojas, detalle por detalle, en Minnesota,
dieciocho siglos más tarde. El episodio madianita lo
lleno de alegría, lo mismo que el de Minnesota, o lo hubiera
evitado.
Las
bienaventuranzas y los capítulos de Números y
Deuteronomio citados deberían siempre ser leídos
juntos desde el púlpito; entonces, la congregación
tendría un retrato completo del Padre Celestial. Sin
embargo no he conocido un solo caso de un sacerdote que hiciera
esto. (*)
(*)
Fuente: Mark Twain, "Carta
de Satanás IX", en Cartas de la tierra, ed. Galerna,
Buenos Aires, 1968 (trad. Alicia Varela).
Breve
biografía y obras de Mark Twain
(Fuente:
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/t/twain.htm)
(Samuel
Langhorne Clemens; Florida, EE UU, 1835-Redding, id., 1910) Escritor
estadounidense. Aventurero incansable, encontró en su propia vida
la inspiración para sus obras literarias. Creció en Hannibal,
pequeño pueblo ribereño del Mississippi. A los doce años quedó
huérfano de padre, abandonó los estudios y entró como aprendiz de
tipógrafo en una editorial, a la vez que comenzó a escribir sus
primeros artículos periodísticos en redacciones de Filadelfia y
Saint Louis.
Con
dieciocho años, decidió abandonar su hogar e iniciar sus viajes en
busca de aventuras y, sobre todo, de fortuna. Trabajó como tipógrafo
durante un tiempo en su región, para después dirigirse a Nueva
Orleans; de camino, se enroló como aprendiz de piloto de un vapor
fluvial, profesión que le entusiasmaba y que desempeñó durante un
tiempo, hasta que la guerra de Secesión de 1861 interrumpió el tráfico
fluvial, poniendo fin a su carrera de piloto.
Posteriormente,
se dirigió hacia el oeste, a las montañas de Nevada, donde trabajó
en los primitivos campos de mineros. Su deseo de hacer fortuna lo
llevó a buscar oro, sin mucho éxito, por lo que se vio obligado a
trabajar como periodista, escribiendo artículos que enseguida
cobraron un estilo personal. Su primer éxito literario le llegó en
1865, con el cuento corto La famosa rana saltarina de Calaveras,
que apareció en un periódico firmado ya con el seudónimo de Mark
Twain, nombre técnico de los pilotos que significa «marca dos
sondas».
Como
periodista, viajó a San Francisco, donde conoció al escritor Bret
Harte, quien le animó a proseguir su carrera literaria. Empezó
entonces una etapa de continuos viajes, como periodista y
conferenciante, que le llevaron a Polinesia y Europa, y cuyas
experiencias relató en el libro de viajes Los inocentes en el
extranjero (1869), al que siguió A la brega (1872), en
el que recrea sus aventuras por el Oeste.
Tras
contraer matrimonio en 1870 con Olivia Langdon, se estableció en
Connecticut. Seis años más tarde publicó la primera novela que le
daría fama, Las aventuras de Tom Sawyer, basada en su
infancia a orillas del Mississippi. Antes había escrito una novela
en colaboración con C. D. Warner, La edad dorada (1873),
considerada bastante mediocre.
Sin
embargo, su talento literario se desplegó plenamente con Las
aventuras de Huckleberry Finn (1882), obra ambientada también a
orillas del Mississipi, aunque no tan autobiográfica como Tom
Sawyer, y que es, sin duda, su obra maestra, e incluso una de
las más destacadas de la literatura estadounidense, por la que ha
sido considerado el Dickens estadounidense. Cabe destacar también
Vida en el Mississippi (1883), obra que, más que una novela,
es una espléndida evocación del Sur, no exenta de crítica, a raíz
de su trabajo como piloto.
Con
un estilo popular, lleno de humor, Mark Twain contrapone en estas
obras el mundo idealizado de la infancia, inocente y a la vez pícaro,
con una concepción desencantada del hombre adulto, el hombre de la
era industrial, de la edad dorada, engañado por la moralidad y la
civilización. En sus obras posteriores, sin embargo, el sentido del
humor y la frescura del mundo infantil evocado dejan paso a un
pesimismo y una amargura cada vez más patente, aunque expresada con
ironía y sarcasmo.
Una
serie de desgracias personales, entre ellas la muerte de una de sus
hijas y de su esposa, así como un grave quebranto económico,
ensombrecieron los últimos años de su vida. En una de sus últimas
obras, El forastero misterioso, manifiesta que se siente como
un visitante sobrenatural, llegado con el cometa Halley y que habría
de abandonar la Tierra con la siguiente reaparición del cometa, tal
como efectivamente sucedió. (*)
(*)
Fuente: http://www.biografiasyvidas.com/biografia/t/twain.htm
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