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EL
VIAJE Y EL BAILE
Por
Siegfried Kracauer
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Siegfried
Kracauer (1889-1966) |
Siegfried Kracauer fue un intelectual alemán que
reflexionó sobre fenómenos culturales típicos del mundo moderno
mediante una mirada singular, ensayista e integradora de enfoques
filosóficos y sociológicos. Influjo sobre Adorno, uno de los
máximos pensadores de la Escuela de Frankfurt. Con el autor de la Dialéctica
negativa, Kracauer estudió durante un año la Crítica de la
razón pura de Kant. Su obra más celebrada e influyente es De
Caligari a Hitler. Aún no se han traducido al español los
ensayos que escribió para el Frankfurter Zeitung durante la República
de Weimar. A la llegada de los nazis al poder, se exilió en Estados
Unidos. Allí contempló en todo su poder a la moderna cultura de
masas. El cine fue uno de sus principales intereses. Sobre el ocaso
de su vida, recopiló una serie de artículos de los años veinte a
fin de editarlos como libro. “El viaje y
el baile”, el texto que ahora presentamos en Textos olvidados de
Temakel (que anteriormente fue editado en la valiosa página
antroposmoderno, abajo ver link en indicación de fuente) es uno de
esos artículos. Para Kracauer, el poder del viaje como
descubrimiento de otras formas de la geografía o de la experiencia
de la vida se ha desvanecido en la cultura contemporánea. De ahí
que, según su decir: "el viaje que está tan de moda ya en realidad no permite a nadie
saborear la sensación de los lugares extraños; un hotel es igual
al siguiente, y la naturaleza del trasfondo les resulta familiar a
los lectores de revistas ilustradas. Se viaja por
viajar. El énfasis se centra en el desapego que el viaje aporta, no
en la contemplación de este o aquel tipo de lugar que lo hace
posible". De esta manera, el viaje moderno sería en realidad
una forma encubierta de inmovilidad, una incapacidad para un
deslizamiento hacia la diversidad. Kracauer extiende también este
empobrecimiento de la experiencia a la obsesión moderna por el
baile.
E.I
EL
VIAJE Y EL BAILE
Por
Siegfried Kracauer
Hoy la sociedad llamada “burguesa” se complace en el deseo de
viajar y bailar con un entusiasmo mucho mayor que el mostrado por
este tipo de actividades profanas en cualquier otra época. Sería
demasiado fácil atribuir estas pasiones espacio-temporales al
desarrollo del transporte o comprenderlas en términos psicológicos
como consecuencia del período de posguerra. Porque, sin que importe
lo correctas que puedan ser esas indicaciones, no explican ni la
forma particular ni el sentido específico que estas dos
manifestaciones de la vida han llegado a tomar en el presente.
Cuando Goethe viajaba a Italia, lo hacía a un país que él buscaba
con el alma. Hoy el alma- o lo que se quiera expresar con esa
palabra - va en busca del cambio de ambiente ofrecido por el viaje.
El fin del viaje moderno no es su destino, sino un lugar nuevo como
tal; lo que la gente busca es menos el ser particular de un paisaje
que lo extranjero de su rostro. Por lo tanto la preferencia por lo
exótico, que uno ansía descubrir porque se trata de algo
enteramente distinto, y no porque ya se haya convertido en la imagen
que uno sueña. Cuanto más se encoge el mundo gracias a los automóviles,
el cine y los aviones, más se relativiza, a su vez, el concepto de
lo exótico. Aunque en el presente lo exótico puede que aún se
aferre a las pirámides o al Cuerno de Oro, algún día designará
cualquier lugar del mundo, mientras el sitio parezca fuera de lo
corriente desde la perspectiva de cualquier otro punto del mundo.
Tal relativización de lo exótico va de la mano de su destierro de
la realidad- por lo que tarde o temprano aquellos con
inclinaciones románticas se verán obligados a exigir el
establecimiento de reservas naturales valladas, aislados reinos de
cuento de hadas en los que la gente pueda todavía mantener la
esperanza de esas experiencias que hoy incluso Calcuta parece no
poder ofrecer. Esto es cada vez más así. Como resultado de las
comodidades de la civilización, sólo una fracción diminuta del
globo sigue hoy siendo terra incógnita; la gente se siente como en
casa tanto en sus mismos hogares como en cualquier otra parte- o
no están a gusto en ningún lado. Por eso, en términos estrictos,
el viaje que está tan de moda ya en realidad no permite a nadie
saborear la sensación de los lugares extraños; un hotel es igual
al siguiente, y la naturaleza del trasfondo les resulta familiar a
los lectores de revistas ilustradas. Se viaja por
viajar. El énfasis se centra en el desapego que el viaje aporta, no
en la contemplación de este o aquel tipo de lugar que lo hace
posible. El sentido del viaje no equivale a nada más que a lo que
nos permite tomar el té de las cinco en un espacio que por
casualidad resulta menos cotidiano y entumecedor que el espacio de
nuestras vidas diarias. Cada vez más, el viaje resulta una ocasión
incomparable para estar en un lugar distinto del que uno ocupa
habitualmente. Cumple su decisiva función como transformación
espacial, como cambio temporal de situación.
Así como el viaje se ha visto reducido a una pura experiencia del
espacio, el baile ha sido transformado en una mera forma de marcar
el tiempo. El sueño del vals ha llegado a su fin, y la alegría tan
minuciosamente regulada de la Française pertenece al pasado. Lo que
se significaba a través del ceremonial bailable- un placentero
flirteo, un tierno encuentro en el reino de lo sensual- es hoy
evocado (como mucho) por la generación más vieja. La danza social
moderna, alienada de la red convencional que que gobierna a las
clases medias, tiende a convertirse en una representación del ritmo
sin más. En lugar de expresar una serie de ideas en el tiempo, su
contenido actual no es más que ese mismo tiempo. Si en las eras más
antiguas la danza era una práctica de culto, hoy se ha convertido
en puro culto al movimiento; si el ritmo era una manifestación de
eros y del espíritu, hoy no es otra cosa que un fenómeno
autosuficiente que ansía desembarazarse del sentido. El fin secreto
de las canciones de jazz, por más negros que sean sus orígenes, es
un tempo que no se preocupa de nada que no sea él mismo. Estas
canciones quieren extinguir la melodía y van cada vez más lejos en
las improvisaciones que señalan la decadencia del significado. Aquí
ha tenido lugar un cambio, alejándose del movimiento que se refiere
a un significado y aproximándose a un movimiento puramente
auto-referencial. Lo cual queda confirmado por el uso de pasos de
baile cortados a medida por los profesores de baile de París. La
progresión de esos pasos no viene determinada por una ley objetiva
y sustantiva a la cual la música deba conformarse. Al contrario,
esa ley surge ahora libremente de los impulsos motrices elaborados
en respuesta a la música. Una individualización, quizá, pero no
una que vaya encaminada a lo individual. Porque la música de jazz,
por más vital que se considere, abandona lo que está meramente
vivo a sus propios recursos. Por tanto, los movimientos que engendra
(que evidentemente se gastan en un bailoteo sin sentido) no son más
que ofrendas rítmicas, experiencias temporales cuya máxima
felicidad es la síncopa. Claro, como evento temporal, el baile en
general no puede existir sin el elemento rítmico; pero existe una
diferencia entre la experiencia de algo auténtico por medio del
ritmo y la experiencia del ritmo en sí mismo como objetivo carente
de autenticidad. La práctica contemporánea que convierte al baile
del jazz en un deporte es testigo de su falta de un sentido
sustancial más allá del que trae consigo un movimiento
disciplinado.
El viaje y el baile tienen así la discutible tendencia a
formalizarse. Ya no se trata de eventos que se desarrollen en el
espacio y en el tiempo, sino que marcan la transformación del
espacio y el tiempo en si mismos como evento. Si no fuese este el
caso, sus contenidos no vendrían dictados cada vez más por la
moda. Porque la moda borra el valor intrínseco de las cosas que
caen bajo su dominio al someter la apariencia de esos fenómenos a
cambios periódicos que no se basan en relación alguna con las
cosas mismas. Los inconstantes dictados de la moda, que desfiguran
el mundo, tendrían un cariz puramente destructivo si no
confirmasen- aunque sea en el terreno más bajo- la íntima
conectividad humana que incluso los objetos pueden llegar a
significar. El hecho de que en nuestro día la creación y selección
de los puntos de veraneo junto al mar dependan en su mayor medida de
los caprichos de la moda es una prueba más de lo poco importante
que resulta el destino del viaje. De manera similar, en el terreno
del baile social, la arbitraria tiranía de la moda nos permite
concluir que los movimientos favoritos de la temporada no vienen
especialmente saturados de sustancia.
Como eventos formales, el viaje y el baile, claro, han estado
sobrecargados durante mucho tiempo. El sitio en particular y los
pasos que un individuo prefiere pueden tener algo que ver (como el
corte de pelo) con las directrices de esa curiosa y profana entidad
anónima cuyos caprichos sigue tan ciegamente la sociedad más a la
moda. Casi parecería que lo que se pide es la pura actividad de
entregarse al espacio y el tiempo. La aventura del movimiento como
tal es emocionante, y escapar de los espacios y los tiempos de la
costumbre hacia otros reinos aún por explorar levanta pasiones: el
ideal ahí es deambular libremente por las dimensiones. Esta doble
vida espacio-temporal no podría ser anhelada con tanta intensidad
si no fuese por la distorsión de la vida real.
— o —
La persona real, que aún no se ha resignado a ser una herramienta
de la industria mecanizada, se resiste a disolverse en el espacio y
el tiempo. Claro que esa persona existe en este espacio, aquí, pero
no está dispersa en él ni se siente abrumada por él. Al
contrario, se extiende a través de paralelos longitudinales y
latitudinales hacia un infinito supra-espacial que de ninguna manera
debemos confundir con el sin fin del espacio astronómico. Tampoco
se ve circunscrita por el tiempo experimentado como caducidad o como
algo medido por un reloj. Más bien, se compromete con la eternidad,
que es distinta de la infinita extensión del tiempo. Aunque vive en
este lado, que aparece y donde la persona aparece, no vive sólo de
este lado; porque, como sabe todo aquel que ha tenido conocimiento
de la muerte, este lado resulta contingente e incompleto. ¿De que
otra forma podría aquello que está desapareciendo en el tiempo y
el espacio participar en la realidad, si no es a través de la
relación del hombre con lo indeterminado que existe más allá del
espacio y fuera del tiempo? Como alguien que existe, el hombre es en
realidad ciudadano de dos mundos, o de manera más correcta, existe
entre esos dos mundos. Arrojado a una vida espacio-temporal en la
cual no está esclavizado, se orienta hacia un Otro Lado en el que
todo lo que hay de este lado encontraría su sentido y su conclusión.
La dependencia por parte de este lado en ese tipo de suplemento se
manifiesta en la obra de arte. Al dar forma a lo fenomenal, el arte
ofrece una forma que le permite ser tocado por un sentido que
simplemente no viene dado con el fenómeno; así relaciona lo
fenomenal con una relevancia que va más allá del tiempo y el
espacio, transformando lo efímero en un constructo. La persona
verdadera tiene una relación real con esa relevancia, que en la
obra de arte se combina con lo existente para forma una unidad estética.
Atrapado de este lado y con la necesidad del otro lado, el hombre
lleva, en el sentido literal de la expresión, una doble vida. Sin
embargo, esa dualidad no se puede separar en dos posiciones que
puedan ser ocupadas sucesivamente, ya que, cuando se la entiende
como la participación del hombre (suscitada por una tensión
interna) en ambas esferas, la dualidad se resiste a la disección.
El hombre sufre la tragedia porque aspira a realizar lo absoluto en
este lado; experimenta la reconciliación porque tiene la visión de
la perfección. Siempre se encuentra simultáneamente en el espacio
y en el umbral de un infinito supra-espacial, simultáneamente en el
flujo del tiempo y en la reflexión de la eternidad; y esta dualidad
de su existencia es simple, ya que su ser es precisamente la tensión
que va de este lado al otro. Incluso si viajara o bailara, para él
el viaje y el baile jamás serían eventos autosuficientes. Como
todas las acciones, el viaje y el baile reciben su contenido y su
forma de esa otra esfera hacia la cual el hombre se orienta.
Las fuerzas que conducen a la mecanización no apuntan más allá
del espacio y el tiempo. Han sido bendecidas con una inteligencia
que no conoce la clemencia. En tanto que está convencida de que el
mundo puede ser aprehendido en base a los presupuestos mecanísticos,
esa inteligencia se libera de cualquier relación con el otro lado y
minimiza la realidad que el hombre, extendido a través del tiempo y
el espacio, ocupa. Esta inteligencia desprendida engendra la
tecnología y aspira a una racionalización de la vida que la ajuste
a la tecnología. Pero como un allanamiento tan radical de todo lo
vivo se puede conseguir únicamente por medio del sacrificio de la
complexión intelectual del hombre, y como debe reprimir sus capas
espirituales intermedias para convertirlo en algo tan pulido y
brillante como un automóvil, uno no puede atribuir fácilmente ningún
sentido real al bullicio de máquinas y gente que esa inteligencia
ha creado. En consecuencia, la tecnología se convierte en un fin en
si mismo, y de ahí surge un mundo que, para decirlo en términos
vulgares, no desea otra cosa que la mayor tecnologización posible
de todas las actividades. ¿Por qué? Pues no lo sabe. Sólo sabe
que el tiempo y el espacio deben ser conquistados por el poder de la
inteligencia, y se enorgullece de sí misma en su dominio
mecanicista. La radio, la telefotografía, etcétera -todos y cada
uno de estos brotes de la fantasía racional sirven a un único
deseo: el de la constitución de una omnipresencia depravada dentro
de unas dimensiones calculables-. La expansión del tráfico
terrestre, aéreo y marítimo es la manifestación final de ese
proceso, y las plusmarcas de velocidad sus formas más radicales. Y
con razón, porque si el hombre es portador de la inteligencia y sólo
de la inteligencia, ya no le queda otra cosa que desear: el éxito
en la superación de las barreras espacio-temporales confirma su
soberanía racional. Sin embargo, cuanto más trata de resolver las
cosas por medio de las matemáticas, más se convierte él mismo en
un presupuesto matemático en el tiempo y el espacio. Su existencia
se desintegra en una serie de actividades dictadas de manera
organizativa, y nada encajaría mejor en esta mecanización que el
hombre se contrajera en un punto, por así decirlo -en una parte
útil del aparato intelectual-. Verse forzado a degenerar en esa
dirección ya es suficiente carga para la gente. La gente se ve
abocada a una vida diaria que la convierte en esbirra de los excesos
tecnológicos. A pesar o quizá precisamente por causa de las bases
humanitarias del taylorismo, la gente no se convierte en amo de la máquina
sino en algo parecido a una máquina.
En una situación envuelta por categorías mecanicistas - una que
suscita rostros caricaturizados a la manera de George Grosz en una
superficie que lo deja todo a la vista- resulta dolorosamente difícil
llevar una doble vida real. Si uno intenta ocupar un sitio en la
realidad de todas maneras, se da de bruces con el muro de esas
categorías y vuelve a caer en el ámbito espacio-temporal. Uno
quiere experimentar el infinito y no es más que un punto en el
espacio; uno quiere establecer una relación con lo eterno y se lo
traga el flujo del tiempo. El acceso a la esfera que uno busca está
cerrado, y por lo tanto sólo podemos expresar nuestra demanda de
realidad de una manera carente de autenticidad.
— o —
La gente civilizada, según se dice, descubre hoy en el viaje y el
baile un sucedáneo de la esfera a la que se le ha negado el acceso.
Ya que están encerrados dentro del sistema de coordenadas
espacio-temporales y no son capaces de extenderse más allá de las
formas de la percepción a la percepción de las formas, se les
permite el acceso al otro lado sólo a través de un cambio en su
posición en el espacio y el tiempo. Para asegurarse de que son
ciudadanos de ambos mundos, esta gente (reducida a meros puntos
espacio-temporales) deben vivir intermitentemente en un sitio y
luego en otro, deben moverse a veces con un ritmo y otras con otro.
El viaje y el baile han llegado a adquirir una relevancia teológica:
se trata de las posibilidades esenciales a través de las cuales
aquellos atrapados en la mecanización pueden vivir (aunque no de
manera auténtica) la doble vida que es la base de la realidad. Como
viajeros, se distancian de su lugar cotidiano; ir a un sitio exótico
es la única manera que les queda de demostrar que han superado las
regiones que los esclavizan de este lado. Experimentan el sin fin
supra-espacial viajando en un espacio geográfico sin fin y,
especialmente, a través del viaje como tal. Es el tipo de viaje que
sobre todo y casi siempre carece de un destino en particular; su
sentido se gasta por completo en la mera instancia de cambiar de
sitio. Esto quiere decir que para ellos, la forma en que la realidad
se entrelaza, su calidad de uno-dentro-de otro (Ineinander) se ha
visto reducida a una secuencia, una estructura de uno-después-de-otro
(Nacheinander). Mientras los que están en sintonía con el absoluto
no sólo están en el espacio cuando ocupan un espacio, la gente del
bullicio mecanizado está en su lugar normal o en algún otro sitio.
Para ellos, esta disyuntiva nunca se convierte en simultaneidad.
Siempre separan esa indisoluble doble forma en dos eventos
espaciales distintos.
Pasa lo mismo con la experiencia del tiempo. El baile ofrece a
quienes han sido violados por la inteligencia la posibilidad de
atrapar lo eterno. Para ellos, la doble vida se convierte en dos
tipos de comportamiento dentro del tiempo mismo: sólo aprehenden lo
inmortal dentro de lo mortal. Por eso, lo que resulta decisivo
dentro del medio temporal es la transformación formal, el abandono
de la temporalidad del bullicio profano a cambio de otra
temporalidad, que no es otra que la del ritmo en si y no la del
sentido de la danza. Y en este medio, también, la gente-punto no
puede alcanzar la doble vida en una sola vez, por así decirlo, como
la gente que existe de verdad. Arrancados de la tensión que recibe
a lo eterno dentro de lo temporal, no están simultáneamente aquí
y allá sino primero aquí y luego en otro sitio - que también
queda de este lado-. Para ellos, la imagen distorsionada de la
eternidad surge únicamente de la secuencialidad de las reuniones de
consejo y de las exhibiciones de baile.
La manera en la que actualmente se aprecian a tope los eventos
espacio-temporales especiales confirma abundantemente que lo que nos
jugamos en ese disfrute es la distorsión de una vida cada vez menos
alcanzable. Lo que uno espera y obtiene del viaje y del baile -cierta liberación de las penas terrenales, la posibilidad de una
relación estética con el trabajo organizado- se corresponde con
el tipo de elevación por encima de lo efímero y lo contingente que
se podría dar dentro de una vida en relación con lo eterno y lo
absoluto. Con la diferencia, sin embargo, de que esta gente no se da
cuenta de las limitaciones de la vida de este lado sino que se
abandona a la contingencia normal dentro de las limitaciones de este
lado. Para ellos, la vida de este lado tiene la misma relevancia que
el ambiente de una oficina cualquiera: o sea que no abarca en el
espacio y el tiempo más que la monotonía de la vida cotidiana y no
todo lo que es humano (lo cual, por supuesto, incluye el viaje y el
baile). Y cuando renuncian durante los descansos a su fijeza
espacio-temporal, les da la impresión de que el otro lado (para el
cual carecen de palabras) ya se anuncia dentro de la vida de este
lado. A través de sus viajes (y por ahora no importa a donde vayan)
se deshacen de los grilletes, y se imaginan que delante de ellos se
abre el mismísimo infinito. Ya se sienten del otro lado nada más
con ir en tren, y el mundo en el cual se apean ya les parece otro
mundo. El bailarín alcanza también la eternidad en el ritmo: en
contraste entre el tiempo en el que va flotando y el tiempo que lo
destruye resulta ser un auténtico arrobamiento dentro de un dominio
carente de autenticidad. El baile mismo se puede reducir a unos
cuantos pasos, al fin y al cabo lo único esencial es el acto de
bailar.
— o —
En su libro Justificación de lo bueno, Vladimir Solovyov dice:
“Si resulta necesario que en una época dada la gente invente y
construya toda clase de máquinas, construya el canal de Suez,
descubra países desconocidos, etcétera, entonces también resulta
necesario para la realización con éxito de estas tareas que no
toda la gente sean místicos; sí, hasta se puede decir que resulta
necesario que no todos sean creyentes sinceros.” Esta
confirmación
incierta y tentativa del impulso civilizatorio**** es más realista
que el culto radical del progreso, aunque éste provenga de un
linaje racionalista o apunte directamente a la utopía. Pero también
resulta más realista que las condenas por parte de aquellos que
huyen de manera romántica de la situación que les ha sido
asignada. Espera las promesas sin articularlas. No sólo comprende
los fenómenos que, como deformaciones y reflexiones distorsionadas,
se han liberado de manera concluyente de sus bases, sino que también
les atribuye ciertas posibilidades cuyo carácter parece, después
de todo, bastante positivo.
La apasionada irrupción en todas las dimensiones también exige
redención, si se piensa su negatividad hasta las últimas
consecuencias. Puede ser que la adicción a un mero cambio de sitio
o de ritmo sea un efecto secundario del imperativo de dominar en
todos los sentidos los ámbitos espacio-temporales abiertos por la
tecnología (aunque no sólo la tecnología). Nuestras concepciones
de la naturaleza del mundo se han expandido de manera tan abrupta
que puede llegar a pasar bastante tiempo antes de que se integren en
el ámbito de lo empírico. Cuando viajamos somos como niños, y nos
emocionamos juguetonamente con la nueva velocidad, con la nueva y
relajada manera de deambular, las perspectivas de regiones geográficas
que antes no se podían ver con tanta amplitud. En cuanto a la
habilidad de tener todos esos espacios al alcance de nuestra mano,
hemos picado; somos como los conquistadores que aún no han tenido
tiempo para reflexionar sobre el significado de su conquista. De
manera similar, cuando bailamos también marcamos un ritmo, un
tiempo, que no existía previamente -un tiempo que ha sido
preparado para nosotros a través de mil descubrimientos cuyo
contenido no podemos evaluar, posiblemente porque por ahora su
escala, que no nos resulta familiar, nos da la impresión de ser su
contenido-. La tecnología nos ha cogido por sorpresa, y las regiones
que ha abierto siguen flagrantemente vacías...
El viaje y el baile, en su presente forma, serían entonces y de
manera simultánea, excesos de tipo teológico y predecesores de
tipo profano, distorsiones del ser real y conquistas en los medios
(en si irreales) del espacio y el tiempo. Estos podrían llenarse de
sentido cuando la gente se extienda de las regiones recién
conquistadas de la vida de este lado hacia el infinito y lo eterno,
que jamás pueden ser contenidos por vida alguna de este lado.
(*)
Fuente: Editado anteriormente en web www.antroposmoderno.com
, página con numerosos textos valiosos orientados hacia la
filosofía, las ciencias sociales y el psicoanálisis.
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