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LA
VENTANA ABIERTA
Por Hector Hugh
Munro (Saki)
Hector
Hugh Munro (Saki) |
Hector Hugh Munro (1870-1916), que habría de tomar del Rubayat de
Omar Kayyham el seudónimo literario de Saki, nació
en Birmania, hijo de un funcionario inglés.
A
la muerte de su madre, la educación desde la edad de dos años
estuvo a cargo de unas rigurosas tías que vivían en Inglaterra.
Viajó ampliamente por la Europa continental en compañía de su
padre y fue designado para un cargo en Birmania, pero debió
regresar a Londres por los efectos que el clima asiático tenía en
su salud.
Comenzó
a escribir como corresponsal en los Balcanes y en París.
Simultáneamente empezó a componer cuentos que le darían su fama:
en 1904 publicó Reginald, primera compilación de
estos relatos, a la que siguieron Reginald en Rusia
(1910), Las crónicas de Clovis (1912) y Bestias
y superbestias (1914).
Se
alistó como voluntario cuando estalló la Primera Guerra Mundial y
murió combatiendo en las trincheras de Francia.
En
La ventana abierta, Saki nos habla de cómo la
inocencia en la extrema juventud es, por lo menos, cuestionable.
Una
"niña" de 15 años, Vera, con el encanto de su
histrionismo y una frondosa imaginación, juega a persuadir a los
adultos.
Si
bien se la puede tildar de manipuladora antojadiza y un tanto
perversa, su accionar me recuerda, en una aproximación, al arte del
acecho –genialmente descrito en algunos libros de Carlos Castaneda
sobre los chamanes de Oaxaca, México-. Pues el poder para
influenciar en personas y transformar circunstancias a voluntad es
una cuestión de grados: el humano común actúa para vivir, el
actor para componer su personaje y crear un clima, el chamán para
transmutar estados de conciencia, propios y ajenos… ¿Entre
cuáles de estas instancias estaría el arte de Vera?
Saki,
con la magia de un Chesterton, nos hace poner la atención en una
mano, mientras con la otra, inadvertidamente, hace el truco.
La
estructura del cuento tiene un impecable diseño arquitectónico en
el que no es necesario recurrir a un desenlace sobrenatural para
justificar el argumento.
Y,
lejos de apelar a lo pedagógico o a la moral, hereda de Oscar Wilde
ese humor irónico y refinado que logra hacer de la malicia algo
inimputable.
Karin
Arcuschin
"La
ventana abierta" está escogido de "El cuento
inglés", Centro Editor de América Latina, 1977. Traducción
de Eduardo Paz Leston.
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Karin
Arcuschin dicta un taller individual y para
principiantes de Pensamiento y Escritura Creativa.
En él podemos leer juntos y comentar cuentos como
"La ventana abierta", abordando la
escritura de relatos propios y juegos de roles
basados en los textos.
Email:
karin_arcuschin@yahoo.com.ar |
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LA
VENTANA ABIERTA
Por Héctor Hugh
Munro (Saki)
-Mi
tía bajará enseguida, señor Nuttel -dijo con mucho
aplomo una señorita de quince años-; mientras tanto debe hacer
lo posible por soportarme.
Framton
Nuttel se esforzó por decir algo que halagara debidamente
a la sobrina sin dejar de tomar debidamente cuenta a la
tía que estaba por llegar. Dudó más que
nunca que esta serie de visitas formales a personas totalmente
desconocidas fueran de alguna utilidad para la cura de reposo
que se había propuesto.
-Sé
lo que ocurrirá -le había dicho a su hermana cuando
se disponía a emigrar a este retiro rural-; te encerrarás
no bien llegues y no hablarás con nadie, y tus nervios
estarán peor que nunca debido a la depresión.
Por eso te daré cartas de presentación para todas
las personas que conocí allá. Algunas, por lo
que recuerdo, eran bastante simpáticas.
Framton
se preguntó si la señora Sappleton, la dama a quien había
entregado una de las cartas de presentación, podía
ser clasificada entre las simpáticas.
-¿Conoce
a muchas personas de aquí?-preguntó la sobrina,
cuando consideró que ya había habido entre ellos
suficiente comunicación silenciosa.
-Casi
a nadie-dijo Framton. Mi hermana estuvo aquí, en la Rectoría,
hace unos cuatro años y me dio cartas de presentación
para algunas personas del lugar.
Hizo
esta última declaración en un tono que denotaba
claramente un sentimiento de pesar.
-Entonces
no sabe prácticamente nada acerca de mi tía -prosiguió
la aplomada señorita.
-Sólo
su nombre y su dirección-admitió el visitante.-
Se preguntaba si la señora Sappleton estaría casada o
sería viuda. Algo indefinido en el ambiente sugería
la presencia masculina.
-Su
gran tragedia ocurrió hace tres años -dijo la niña-;
es decir después que se fue su hermana.
-¿Su
tragedia?-preguntó Framton; en esta apacible campiña
las tragedias parecían algo fuera de lugar.
-Usted
se preguntara por qué dejamos esa ventana abierta de
par en par en una tarde de octubre -dijo la sobrina señalando
una gran ventana que daba al jardín.
-Hace
bastante calor para esta época del año. -dijo Framton;
pero, ¿qué relación tiene esa ventana con la tragedia?
-Por
esa ventana, hace exactamente tres años, su marido y sus dos
hermanos menores salieron a cazar por el día. Nunca regresaron.
Al atravesar el páramo para llegar al terreno donde solían
cazar quedaron atrapados en una ciénaga traicionera.
Ocurrió durante ese verano terriblemente lluvioso, sabe,
y los terrenos que antes eran firmes de pronto cedían
sin que hubiera manera de preverlo. Nunca encontraron sus cuerpos.
Eso fue lo peor de todo -a esta altura del relato la voz de
la niña perdió ese tono seguro y se volvió vacilantemente
humana-. Mi pobre tía sigue creyendo que volverán
algún día, ellos y el pequeño spaniel que
los acompañaba, y que entrarán por la ventana como solían
hacerlo. Por tal razón la ventana queda abierta hasta
que es de noche. Mi pobre y querida tía, cuántas
veces me habrá contado cómo salieron, su marido
con el impermeable blanco en el brazo, y Ronnie, su hermano
menor, cantando como de costumbre "¿Bertie, por qué
saltas?", porque sabía que esa canción la
irritaba especialmente. Sabe usted, a veces, en tardes tranquilas
como las de hoy, tengo la espantosa sensación de que
todos ellos volverán a entrar por la ventana...
La
niña se estremeció. Fue un alivio para Frampton cuando
la tía irrumpió en el cuarto pidiendo mil disculpas
por haberlo hecho esperar tanto.
-Espero
que Vera haya sabido entretenerlo- dijo.
-Me
han contando cosas muy interesantes- respondió Framton.
-Espero
que no lo moleste la ventana abierta -dijo la señora Sappleton
con animación-; mi marido y mis hermanos están
cazando y volverán aquí directamente, y siempre
suelen entrar por la ventana. No quiero pensar en el estado
en que dejaron mis pobres alfombras después de haber
andado cazando por la ciénaga. Tan típico de ustedes
los hombres, ¿no es verdad?
Siguió
parloteando alegremente acerca de la caza y de que ya no abundaban
las aves, y acerca de las perspectivas que había de cazar
patos en invierno. Para Framton, todo eso resultaba sencillamente
horrible. Hizo un esfuerzo desesperado pero sólo a medias
exitoso de desviar la conversación a un tema menos repulsivo;
se daba cuenta de que su anfitriona no le otorgaba su entera
atención, y su mirada se extraviaba constantemente en
dirección a la ventana abierta y el jardín. Era
por cierto una infortunada coincidencia venir de visita el día
del trágico aniversario.
-Los
médicos han estado de acuerdo en ordenarme reposo. Me
han prohibido toda clase de agitación mental y de ejercicios
físicos violentos- anunció Framton, que abrigaba
la ilusión bastante difundida de suponer que personas
totalmente desconocidas y relaciones casuales estaban ávidas
de conocer los más ínfimos detalles de nuestras
dolencias y enfermedades, su causa y su remedio-. Con respecto
a la dieta no se ponen de acuerdo.
-¿No?-dijo
la señora Sappleton ahogando un bostezo a último momento.
Súbitamente su expresión revelaba la atención
más viva...pero no estaba dirigida a la que Framton estaba
diciendo.
-¡Por
fin llegan! -exclamó-. Justo a tiempo para el té,
y parece que se hubieran embarrado hasta los ojos, ¿no es verdad?
Framton
se estremeció levemente y se volvió hacia la sobrina
con una mirada que intentaba comunicar su compasiva comprensión.
La niña tenía la mirada puesta en la ventana abierta
y sus ojos brillaban de horror. Presa de un terror desconocido
que helaba sus venas, Framton se volvió en su asiento
y miró en la misma dirección.
En
el oscuro crepúsculo tres figuras atravesaban el jardín
y avanzaban hacia la ventana; cada una llevaba bajo el brazo
una escopeta y una de ellas soportaba la carga adicional de
un abrigo blanco puesto sobre los hombros. Los seguía
un fatigado spaniel de color pardo. Silenciosamente se
acercaron a la casa, y luego se oyó una voz joven y ronca
que cantaba: "¿Dime, Bertie, por qué saltas?".
Framton
agarró deprisa su bastón y su sombrero; la puerta
de entrada, el sendero de grava y el portón, fueron etapas
apenas percibidas de su intempestiva retirada. Un ciclista que
iba por el camino tuvo que hacerse a un lado para evitar un
choque inminente.
-Aquí
estamos, querida -dijo el portador del impermeable blanco entrando
por la ventana-; bastante embarrado, pero casi secos. ¿Quién
era ese hombre que salió de golpe no bien aparecimos?
-Un
hombre rarísimo, un tal señor Nuttel -dijo la señora
Sappleton-; no hablaba de otra cosa que de sus enfermedades,
y se fue disparando sin despedirse ni pedir disculpas al llegar
ustedes. Cualquiera diría que había visto un fantasma.
-Supongo
que ha sido a causa del spaniel-dijo tranquilamente la
sobrina-; me contó que los perros le producían
horror. Una vez lo persiguió una jauría de perros
parias hasta un cementerio cerca del Ganges, y tuvo que pasar
la noche en una tumba recién cavada, con esos bichos
que gruñían y mostraban los colmillos y echaban espuma
encima de él. Así cualquiera se vuelve pusilánime.
La
fantasía sin previo aviso era su especialidad. (*)
(*)
Fuente: Héctor Hugh
Munro (Saki), "La ventana abierta", en El cuento
inglés, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, pp. 89- 93,
1977 (trad. Eduardo Paz Leston).
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