En
su versión castellana recomendamos la excelente edición a Los himnos
de la noche y Enrique de Ofterdingen en Colección Letras
Universales de Editorial Cátedra.
El
texto Los discípulos en Sais fue editado en 1978, por la
loable y lamentablemente desaparecida editorial Centro editorial
de América Latina.
Para
un acceso a la obra de Novalis, muy provechosa lectura será El
alma y el sueño, de Albert Beguin, editorial Fondo de
cultura económica.
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LOS
DISCÍPULOS EN SAIS
Los hombres marchan por distintos caminos; quien los siga y compare verá surgir extrañas figuras; figuras que parecen pertenecer a aquella escritura difícil y caprichosa que se encuentra en todas
partes: sobre las alas, sobre la cáscara de los huevos, en las nubes, en la nieve, en los cristales, en la configuración
de las rocas, sobre el agua congelada dentro y fuera de las montañas, de las plantas, de los animales, de los hombres, en los resplandores del cielo, sobre los discos de vidrio y de resina, cuando se frotan y palpan; en las limaduras que se adhieren al imán y en extrañas conjeturas del azar . . Se presiente la clase de gramática de esa escritura singular; pero dicho presentimiento no quiere concretarse a un término,
ni adaptarse a una fórmula definida; y no parece no acceder a convertirse en la clave suprema.
(...) Oí decir, a lo lejos, que la incomprensibilidad no era más que el resultado de la inteligencia; que esta última
buscaba lo que ya tenía y, de esa manera, no podía encontrar nada, más allá. No se lograba
comprender la palabra, porque la palabra no se comprendía, no quería
comprenderse ella misma. El Sánscrito verdadero hablaba por el placer de hablar y porque la palabra
era su esencia y su alegría.
Poco tiempo después, se dijo: la Sagrada Escritura no necesita
explicación. El que enuncia la Verdad tiene plenitud de vida eterna, y todo lo que ha escrito
nos parece prodigiosamente unido a misterios auténticos, pues es un acorde de la sinfonía del Universo.
Sin duda alguna, la voz hablaba de nuestro Maestro, ya que él reúne todos los rasgos esparcidos por
doquier. Singular resplandor enciende su mirada cuando las Runas sublimes se despliegan ante nosotros y
puede él atisbar, en nuestros ojos, la aparición de la
estrella que debe permitirnos ver y comprender la Figura. Si
nota que estarnos tristes y que las tinieblas no se disipan nos consuela y promete mejor fortuna al vidente asiduo
y fiel. A menudo nos ha contado cómo, en su infancia, el deseo de
ejercitar sus sentidos, de ocuparlos y satisfacerlos, no le daba tregua. Contemplaba las estrellas y,
sobre la arena, imitaba su posición y su curso. Miraba, sin cesar, en el océano del aire; no se cansaba de
admirar y su diafanidad, sus movimientos, sus nubes y luces.
Reunía piedras, flores, insectos de toda especie, y las colocaba
ante él, alineándolas de mil diversas maneras. Examinaba a los hombres y a los animales. Se sentaba a
la orilla del mar y buscaba conchillas. Escuchaba con atención la
voz de sus pensamientos y de su corazón No sabía hacia dónde lo impulsaba su deseo. Cuando
tuvo más edad, erró por el mundo, visitó otras tierras, otros mares, otras
cielos. Vio rocas nuevas, plantas desconocidas, animales,
hombres. Penetró en cavernas y supo por cuántas estratificaciones
diversas estaba formado el edificio del Universo. Modeló la arcilla, creando extrañas figuras de rocas. Poco a poco,
halló, en todas partes, objetos que ya conocía, pero que estaban mezclados y apareados de manera singular; y de ese modo,
muy a menudo, cosas extraordinarias se ordenaban por sí solas, en él. Pronto advirtió las
combinaciones que unían todas las cosas, las conjeturas, las coincidencias. A
poco, ya no vio nada aisladamente. Las percepciones los sentidos se agolpaban en grandes y variadas imágenes. Oía, veía, tocaba y pensaba a un tiempo. Se complacía en congregar a extranjeros.
Ora las estrellas parecíanle hombres, ora los hombres parecíanle estrellas; las piedras, animales; y las nubes, plantas.
Jugaba con las fuerzas y los fenómenos. Sabía dónde y cómo, esto y aquello podía encontrarse y aparecer; y,
así, pulsando las cuerdas, buscaba sones y cantos que le pertenecieran por completo.
No nos cuenta lo que le sucedió desde entonces. Dice que nosotros solos, guiados por nuestro anhelo y por él mismo, descubriremos lo que le ocurrió. Entre quienes le seguíamos, muchos le abandonaron; volvieron a sus hogares y aprendieron oficios. Algunos fueron enviados por él a otros lugares: no sabemos dónde. Los había elegido. Entre ellos, unos pocos se encontraban allí desde corto tiempo atrás; la permanencia de los demás había sido
algo más prolongada. Uno de ellos era todavía un niño; en cuanto llegó, el Maestro quiso dictarle la enseñanza.
Tenía hermosos ojos oscuros, de fondo azulado; su piel resplandecía como las azucenas; y sus cabellos relucían cual nubecillas al atardecer. Su voz nos
conmovía. De buen grado le hubiéramos dado nuestras flores, nuestras piedras, nuestras plumas y todo lo que poseíamos.
Sonreía con placidez infinita y, a su lado, experimentábamos una dicha extraña. Un día regresará
-dijo nuestro Maestro- y ha de permanecer entre nosotros; entonces la enseñanza terminará. Con el niño, envió a otro
discípulo, por quien nos afligíamos con frecuencia. Parecía estar siempre triste. Pasó aquí largos años; nada
le salía bien. Difícilmente encontraba algo, cuando buscábamos
cristales o flores. También le costaba mucho ver a lo lejos; y no lograba disponer, con arte, las líneas
diversas. Rompía todo lo que tocaba. Y, sin embargo, ninguno de
nosotros demostraba tanto ardor, tanta alegría de ver y de oír,
como él. Un día -cuando el niño no había aún penetrado en nuestro circulo-, adquirió de pronto
gran habilidad; y tornóse alegre. Había partido entristecido;
no regresaba y la noche iba avanzando. Súbitamente al despuntar
el alba, oímos su voz en un bosquecillo cercano. Entonaba un canto jubiloso y sublime.
Estábamos admirados. Nunca más veré una mirada parecida a la
que el Maestro dirigió, entonces, hacia el oriente. No tardó el
cantor en reunirse con nosotros; transfigurado por indecible felicidad, nos ofrecía una
piedrezuela de forma rara. Tomóla el Maestro, abrazó con efusión a su
discípulo, luego nos miró, velados sus ojos por las lágrimas, y
colocó la piedrecilla en un lugar disponible entre las demás
piedras, precisamente allí donde, cual rayos, convergían
varias líneas.
Jamás olvidaré aquel momento. Nos pareció que dentro del alma habíamos tenido,
fugazmente, un claro presentimiento de ese Universo maravilloso.
También yo soy menos hábil que los demás; y podría suponerse que la naturaleza no quiere
descubrirme de buen grado sus tesoros. Sin embargo, el Maestro
me quiere y me deja, entregado a mis pensamientos, mientras los otros realizan la búsqueda. Nunca
he experimentado lo que el Maestro llegó a sentir. Todo contribuye a que
me reconcentre.
He comprendido lo que dijo, un día, la segunda voz. Me siento
feliz contemplando las cosas y las figuras maravillosas de las salas,
pero opino que solo son imágenes, velos, ornamentos reunidos en torno a una imagen divina;
y ella es quien, sin cesar, ocupa mis pensamientos. No la busco,
pero, a menudo, trato de descubrirla en aquellas cosas y
figuras; diríase que ellas van a indicarme el camino que
conduce hacia donde me espera, profundamente dormida la virgen
que mi espíritu desea.
En ninguna ocasión el Maestro me ha hablado acerca de esto y no
puede confesarle nada; me parece que se trata de un secreto inolvidable. Hubiera querido interrogar
al niño misterioso; advertía cierta expresión fraternal impresa
en sus rasgos y, a su lado, sentía yo que, interiormente, todo se despejaba. Si él hubiese permanecido más tiempo,
seguramente habría experimentado más sensaciones dentro de mí
mismo. Y quizá también, mi corazón se hubiera
franqueado, destrabándose mi lengua, por fin. ¡Cómo anhelé partir con él! Pero fue imposible. Ignoro cuánto
tiempo, aún, tendré que permanecer aquí. Creo que deberé quedarme
para siempre. A duras penas me atrevo a confesarme a mí mismo un pensamiento que, sin embargo, me oprime hasta lo más hondo
del ser: pienso que un día hallaré aquí lo que me conmueve sin cesar; y
esta idea me obsesiona. Cuando recorro estos parajes, aguijoneado por la esperanza, todo se presenta ante
mí bajo una forma más elevada y en un orden nuevo; y todo revela
una patria idéntica. ¡Cuán familiar y querido me parece, entonces,
cada objeto! Y lo que, poco ha, me resultaba rato y extraño, se convierte de pronto, en algo
conocido. Esta misma rareza me parece singular y, por tal motivo,
reunión de los discípulos en torno al Maestro me atrajo y me rechazó a un tiempo. No logro comprender al Maestro.
¡Me es tan incomprensiblemente caro! Él me entiende, lo sé; nunca ha hablado contra
mis sentimientos o mis deseos, muy al contrario: quiere que sigamos
nuestro propio camino, pues cada sendero ignorado atraviesa comarcas nuevas y nos conduce,
finalmente, a aquellas moradas, a la patria sagrada.
Quiero pues, yo también describir mi
Figura y, si de acuerdo a la inscripción grabada allí, ningún
mortal descorre el velo, tendremos que tratar de convertirnos en
seres inmortales. El que no quiere descorrerlo, no es un verdadero discípulo en
Sais.
2. La naturaleza
Muchos días hubieron de transcurrir, quizá, antes de que a los hombres se les ocurriese
designar, con un nombre general, los múltiples objetos percibidos
por sus sentidos, y se situasen ante dichos objetos. Los progresos se realizan por medio del ejercicio; y en
todo progreso se producen separaciones y descomposición y te pueden
compararse, justamente, con la dispersión de la luz. Por consiguiente, y solo de modo gradual
también, nuestra parte interior se ha dividido en fuerzas tan
numerosas; y el ejercicio continuo hará aumentar aún
más, esas divisiones. Tal vez se trate, únicamente, de una aptitud
enfermiza de los hombres recién llegados, que les hecho perder la
facultad de mezclar nuevamente los colores internos de su espíritu y
de restablecer, a voluntad, el primitivo y sencillo estado natural, así como también, de obtener
con aquellos colores, combinaciones nuevas y diversas. Cuanto
más unidas están las fuerzas del espíritu, con tanta más
intensidad, de manera más completa y personal entran en ellos cada cuerpo y cada fenómeno; pues la
naturaleza de la impresión corresponde a la del sentido; y por esa
razón, a los hombres primitivos todo debió parecerles humano, conocido y
amable. Sus sentidos
podían percibir hasta la particularidad más pequeña; cada una
de sus expresiones era un verdadero rasgo natural, y sus
manifestaciones debían armonizar con el mundo que los rodeaba siendo fiel expresión
del mismo. La opinión que nuestros antepasados tuvieron de las
cosas del Universo puede considerarse pues, como una producción necesaria,
una huella del estado primitivo de la Naturaleza terrestre. Ya que ellos
fueron los instrumentos más aptos para observar el universo, podernos preguntarles, en particular,
cuál era la relación capital de aquel universo y cuáles los
vínculos primeros con sus habitantes, y los de dichos habitantes,
y los dichos habitantes con él. Observamos que son precisamente los
asuntos más elevados los que, ante todo, atraen la atención de esos hombres; y que
buscan la llave de aquel edificio maravilloso, ora en el conjunto de las cosas
reales, ora en el objeto imaginario de un sentirlo ignorado.
Es notable el hecho de que el presentimiento general ese objeto se encuentre en los líquidos, los
fluidos, y los cuerpos sin forma. La lentitud y la impotencia de los cuerpos consistentes podría, de modo significativo, originar la creencia de que son subordinados e inferiores. Poco tiempo
antes, un pensador tropezó con la dificultad de explicar las formas surgidas
de aquellos océanos y de esas fuerzas informes. Trató de hacer comprender las cosas, encadenando ideas e imaginando, en primer término, no
corpúsculo formado, consistente, pequeño de modo infinito; creyó poder construir el edificio monstruoso
con ayuda de ese mar de polvo y la cooperación de seres inteligentes y de fuerzas atractivas o repulsivas. Antes aún,
hallamos, en lugar de explicaciones científicas, leyendas y poemas llenos de imágenes notables; los
hombres, los dioses y los animales trabajan en común, y se
describe de la manera más natural, el nacimiento del universo. Por
lo menos, se adquiere la certeza de su origen accidental y mecánico; tal representación es
significativa, hasta que aquellos que desprecian las concepciones
desordenadas de la imaginación.
La idea de referirse a la historia del universo como a la del hombre, y
de hallar únicamente relaciones y acontecimientos humanos, es una idea
difundida en todas partes y que, en el transcurso de los años más
diversos, resurge sin cesar, bajo la apariencia de nuevas imágenes;
puede decirse que siempre ha ejercido, más que otra cualquiera, una influencia maravillosa y una fuerza de
persuasión muy grande. El carácter accidental de la naturaleza
parece también unirse de por sí a la idea de personalidad humana y, de ese modo pudo ser
entendido más fácilmente. Por tal razón, fue la poesía el
instrumento favorito del amigo de la naturaleza; y en los poemas
es donde más claramente se ha manifestado el espíritu de la misma. Al
leer o escuchar un poema verdadero, experimentamos la sensación de que
se conmueve una inteligencia muy íntima de la naturaleza y flotamos, como su
cuerpo celestial, en ella y sobre ella a la vez. Los sabios y
los poetas han parecido, siempre, ser oriundos de la misma
nación; hablaban idéntico idioma. Lo que unos agrupaban en un
todo y disponían en conjuntos extensos ordenados, otros lo han
dividido y transformado aquella naturaleza ilimitada en
elementos diversos, agradables y moderados. Mientras uno tenían
especial interés en las cosas fluidas y fugitivas, los demás trataban de descubrir, con el
hacha y la azada, la estructura interior y las conexiones
de las distintas partes. Hicieron parecer a la Naturaleza amiga
y, de ella sólo quedaron restos palpitantes o muertos; pero
revivía, para el poeta, cual si un vino generoso le hubiese reanimado;
y modulaba los sones más serenos y divinos. Perdiendo contacto
con la vida diaria, se remontaba hasta el cielo, danzaba y profetizaba, acogía a todos los huéspedes
y prodigaba con alegría sus tesoros. De este modo, gustó, con
el poeta, horas divinas; y no llamó al sabio sino cuando estuvo enferma y la conciencia le remordió. Entonces,
contestó a todas las preguntas y respetó al hombre grave y sereno.
El que quiere conocer su alma, a fondo, debe buscarla en compañía del poeta, pues sólo así se
manifiesta y su corazón maravilloso se prodiga. Pero aquél que
no lo ama de todo corazón, y sólo la admira y la busca en sus
detalles, ése, debe visitar cuidadosamente sus hospitales y sus osarios.
Nuestras relaciones con la Naturaleza son tan increíblemente diversas
como las que mantenemos con los hombres; ante el niño demuestra puerilidad y se inclina con
gracia sobre su corazón infantil; con los dioses, es divina, y
responde a la inteligencia superior de los mismos. Afirmar que
hay una Naturaleza, es manifestar algo superfluo; cuando se trata de ella, todo esfuerzo que tiende
hacia la verdad se aleja, cada vez más, de lo natural. Mucho se ha
conseguido cuando el esfuerzo realizado para comprender plenamente a la Naturaleza se ennoblece con el
deseo: un deseo tierno y discreto que agrada al ser extraño y frío; y
éste puede, entonces, contar con una amistad muy fiel. Constituye, dentro
de nosotros mismos, un instinto misterioso que parte de un punto central, infinitamente profundo, y se extiende. Y cuando
nos sentimos rodeados por la maravillosa Naturaleza que nuestros
sentidos perciben, y por aquélla que los sentidos no logran
captar, no podemos menos que pensar que este
instinto es una atracción de la Naturaleza y la expresión le nuestra simpatía hacia ella. Sin embargo detrás de
esas formas azuladas, algunos buscan, además, la patria, cierta
enamorada de su juventud, padres y hermanos, viejos amigos y un pasado muy grato; otros, creyendo que
un porvenir desbordante de vida se oculta tras esas cosas,
tienden hacia un mundo nuevo, sus manos que anhelan. Pocos son los que se detienen tranquilamente en medio
de las bellezas que los rodean, y se contentan con poder
penetrarlas en su perfección y en sus conexiones. Muchos,
reparando en detalles, olvidan los eslabones deslumbrantes que unen, armoniosamente, las partes, y
forman el lustro sagrado. ¡Cuán pocos sienten que su alma despierta a la contemplación
de aquel tesoro viviente que flota sobre los abismos dc la
noche!
Así difieren y varían las miras de la Naturuleza. En tanto para unos, la experiencia de ella sólo es
un banquete o una fiesta, para otros se convierte en religión muy solicita; y fija el derrotero, la actitud y el significa o de toda una
vida.
Ya en los pueblos muy nuevos se encontraban almas graves para quienes la
Naturaleza era, realmente, el rostro de una divinidad; mientras los corazones
más livianos únicamente le recordaban en sus fiestas. El
aire les sabía a brebaje embriagador; las estrellas solían ser las antorchas de sus danzas nocturnas; las plantas y
los animales no eran sino alimentos valiosos; y la Naturaleza en lugar de ser un templo tranquilo y maravilloso, se
había convertido en cocina y alegre despensa. Se encontraban,
también, almas inclinadas a la meditación que no observaban,
en la Naturaleza actual, más que disposiciones aptitudes grandiosas
pero salvajes, y que, noche y día, se dedicaban a crear los modelos
de una Naturaleza más noble. El inmenso trabajo fue distribuido: unos trataron de despertar los
sonidos que habían callado, perdiéndose en el aire y los bosques. Otros, mientras tanto, depositaron en el bronce
y la piedra el presentimiento y la idea que tenían acerca de razas
más perfectas; reconstruyeron rocas más sublimes a fin de transformarlas en moradas; hicieron surgir los
tesoros ocultos de la tierra; domaron los torrentes desenfrenados; poblaron el mar inhospitalario; volvieron
a conducir, hacia las zonas desiertas, a los animales y las
plantas de antaño; detuvieron la invasión de los bosques;
cultivaron las plantas y las flores superiores; abrieron la tierra, poniéndola en
contacto con el aire generador que vivifica y la luz que inflama;
enseñaron a los colores a mezclarse y ordenarse en imágenes encantadoras; también
enseñaron a los bosques y a los prados, a las fuentes y a las rocas,
a convertirse de nuevo en jardines armoniosos; insuflaron tonos llenos de melodía en los miembros
vivos para desarrollarlos y hacerlos mover con sereno balanceo; adoptaron a los animales pobres y abandonados que
se prestaban a las costumbres de los hombres, y limpiaron los bosques de monstruos peligrosos, engendros de una
fantasía degenerada.
Muy pronto, la Naturaleza volvió a adquirir costumbres amistosas; se hizo más grave y reparadora y tornóse favorable a los deseos del hombre. Poco a poco, su corazón volvió a
humanizarse, sus fantasías fueron más pacíficas, sus relaciones se tornaron más fáciles. Respondió, de buen grado, al que
la interrogaba y amaba; y así, gradualmente, pareció resurgir la edad de oro durante
la cual había sido, para los hombres, amiga, consoladora,
sacerdotisa y taumaturga; y habitaba entre ellos, a quienes las
relaciones celestiales transformaban en seres inmortales. Pues las estrellas visitarán de nuevo la tierra,
contra la cual se habían irritado durante aquellos días de tinieblas. El sol
depondrá su cetro severo y volverá a ser estrella entre las estrellas; y todas las razas del universo
han de reunirse después de larga separación. Entonces, se volverán a encontrar las antiguas familias huérfanas;
y cada día habrá nuevos saludos y nuevos abrazos; porque vendrán los primitivos moradores de la tierra, a habitarla
una vez más. Ya se elevan sobre la colina cenizas que acaban de
inflamarse; las llamas de la vida brotan por doquier, se reconstruyen antiguas moradas,
renuévanse los tiempos idos y la historia se convierte en el sueño
de un presente sin límites.
El que pertenece a tal raza y tiene esa fe, el que quiere participar en aquella roturación de la
Naturaleza, debe frecuentar el taller del artista, escuchar la
poesía insospechada que se filtran a través de todas las cosas, no cansarse jamás de contemplar a la Naturaleza ni de mantener relaciones con ella, seguir en todas
partes sus consejos, no tratar de ahorrarse una marcha penosa
cuando ella lo llama, aunque tuviera que atravesar pantanos; encontrará, seguramente, indecibles tesoros; la
lamparita del minero aparece, ya, en el horizonte. ¿Y quién sabe en
cuántos celestiales secretos puede, una maravillosa habitante de los dominios subterráneos,
iniciarlo?
Pero, en verdad, nadie se aleja más de la meta que quien cree conocer, ya, el extraño reino, pudiera
fácilmente sondar su constitución y hallando, en todas partes, el camino
adecuado. La intuición no puede surgir espontáneamente en aquél que se ha apartado, convirtiéndose en una isla; y los
esfuerzos son necesarios. Eso sólo sucede a los niños o a los hombres semejantes a niños, que no saben lo
hacen. Trato duradero e incansable,, contemplación libre y sabia, atención fija en los menores indicios y
señas, vida interna de poeta, sentidos ejercitados, alma piadosa y
sencilla; he allí lo que se exige, ante todo, al verdadero amante
de la Naturaleza, y sin lo cual nadie verá prosperar sus deseos. No es prudente querer penetrar y
comprender un mundo humano sin haber desarrollado, en sí mismo,
una perfecta humanidad. Es menester que ningún sentido se adormezca, y si no todos están
igualmente despiertos, conviene que todos estén excitados y que
ninguno de ellos permanezca oprimido o exasperado. Así como vemos a un futuro pintor en el niño que cubre los muros y la arena de dibujos, y colorea los contornos,
así también vislumbramos al futuro filósofo, en quien persigue sin tregua las casas naturales, las interroga, se cuida
de todo, compara los objetos notables entre sí, y se siente
feliz cuando se ha hecho dueño y es poseedor de una ciencia, de
una potencia y de algún fenómeno nuevos.
Hay quien cree, ahora, que no vale la pena estudiar las
subdivisiones infinitas de la Naturaleza y que, por otra
parte, se trata de una empresa peligrosa y sin salida. Jamás se descubrirá la película más pequeña de los cuerpos sólidos, ni
fibra más tenue, ya que todo tamaño se resuelve, ora avanzando, ora retrocediendo, en lo infinito. Lo mimo sucede con las especies, los cuerpos y las fuerzas.
También en este caso desembocamos en nuevas combinaciones y apariencias, hasta llegar a lo infinito. Dichas combinaciones y apariencias no parecen detenerse sino
cuando nuestro fervor disminuye; de ese modo se pierde, en contemplaciones inútiles y enumeraciones fastidiosas,
un tiempo muy valioso; finalmente, ello se convierte en verdadero delirio y en vértigo absoluto ante el
abismo espantoso. Pues, por mucho que andemos y a cualquier parte que lleguemos,
la Naturaleza sigue siendo el aterrador molino de la muerte. En todo lugar hay
revoluciones monstruosas y torbellinos inexplicables. Reinan los
devoradores y la tiranía más insensata. Es una inmensidad agobiada por la desgracia. De cuando en
cuando, se divisan ciertos puntos luminosos que sólo sirven para
revelar una noche más pavorosa. Toda clase de terrores paralizan al observador. La muerte, cual salvadora,
permanece junto a los pobres humanos, pues, sin ella, el hombre más demente
sería el más feliz. El esfuerzo requerido para sondar tan gigantesco mecanismo es ya un paso
hacia el abismo y el comienzo del vértigo que no tardará en apoderarse completamente del miserable, para arrastrarlo con él hasta lo más profundo de
una noche abominable. Este es el lazo ingenioso tendido a la razón humana por
la naturaleza que, en todas partes, trata de aniquilarla, como a su peor enemigo. Debemos agradecer a los
hombres por su ignorancia e inocencia pueril: éstas han logrado ocultarles los peligros tremendos que cual
nubes amenazadoras, se cernían sobre sus tranquilas moradas, y a cada instante parecían querer precipitarse sobre ellos. Sólo la desunión intestina de las fuerzas de la naturaleza
ha permitido a los hombres conservarse hasta ahora; pero no tardará en llegar el gran día en que todos los
hombres, tomando una inmensa resolución general, acaben con tan miserable situación, se evadan de esa prisión
terrible y, mediante el renunciamiento voluntario a su permanencia
en la tierra, libren para siempre a su raza del dolor,
refugiándose en un mundo mejor, junto a sus antepasados. De esa manera, terminarán dignos de sí
mismos, eludirán el aniquilamiento fatal y violento, y evitarán el peligro de descender
a la categoría de animales, como resultado de los estragos graduales
de la demencia en los órganos del pensamiento. Las relaciones con las fuerzas de la
Naturaleza con los animales, las plantas, las piedras, las tempestades y las
olas, deben, necesariamente, asimilar los hombres dichos objetos; y la asimilación, la transformación y la
resolución de lo humano y lo divino en fuerzas ingobernables constituyen el propio espíritu de la
Naturaleza, la horrible devoradora. ¿No es por ventura, todo lo que vemos, un
hurto hecho al cielo, las ruinas inmensas de las glorias de antaño y las sobras de
una cena detestable?
Pues bien ¡sea! exclamaron otros, más animosos:
¡emprenda nuestra raza una guerra larga y destructora contra las fuerzas de la
Naturaleza! Es preciso que tratemos de vencerla por medio de venenos lentos. El sabio debe ser la imagen
del héroe que se arroja al abismo para salvar a sus semejantes. Los artistas la han combatido, secretamente, más de una vez. Continuad así; apoderaos de las cuerdas ocultas y haced que sus fuerzas se anulen
recíprocamente. Aprovechad cada desacuerdo para encadenarlo según vuestros deseos,
como aquel toro que arrojaba llamas. Hay que someterla. La paciencia y la fe convienen a los hijos de los hombres. Muchos hermanos, que están lejos, se
unirán a nosotros, tendiendo al mismo fin; el torbellino de las estrellas ha de convertirse en la rueca de nuestras vidas; y, entonces, nuestros esclavos nos
construirán un nuevo paraíso. Consideremos tales tumultos y devastaciones, con un
sentimiento de triunfo interior. Ella misma vendrá a entregarse y pagará caro cada una de sus violencias. Vivamos y muramos con la conciencia íntima y entusiasta
de nuestra libertad; ved correr el río que
un día la inundará: sumerjámonos en él y templemos allí
nuestro valor, para nuevas hazañas. La rabia del monstruo no llega hasta este lugar; una gota de libertad es
suficiente para paralizarlo definitivamente y acabar con tantas
destrucciones.
Tienen razón, exclaman varios; ¡sólo aquí se
encuentra el talismán! Esta es la fuente de la libertad, y desde
este sitio acechamos. La libertad es el gran espejo mágico donde
toda la creación pura y cristalina se refleja; en ella se abisman los espíritus tiernos y las formas de la naturaleza
entera. Aquí, todas las puertas están abiertas. ¿De qué sirve recorrer, penosamente, el agitado mundo
de las cosas visibles? Un mundo más puro habita en nosotros en
el fondo de esta fuente. En él se manifiesta el verdadero
sentido del espectáculo inmenso, multicolor y complejo; si con las pupilas
aún dilatadas por este mismo espectáculo, penetramos en la Naturaleza, todo nos
parece allí familiar; y reconocemos cada objeto. No es menester
que busquemos mucho: una comparación rápida, algunos trazos sobre la arena, bastan para hacernos comprender.
Todo se vuelve un extensísimo criptograma cuya clave poseemos; nada nos parece inesperado pues, de
antemano, conocemos la marcha del gran reloj. Sólo nosotros
podemos gozar de la Naturaleza, en la plenitud de nuestros sentidos, ya
que no nos aporta de ellos, que ningún sueño afiebrado nos oprime y que un sereno dominio
sobre las facultades nos torna confiados y tranquilos.
Los otros se equivocan, dijo un hombre grave a estos últimos. ¿No reconocen acaso, en la
Naturaleza, las huellas fieles de sí mismos? Se consumen, de por sí, en el
desierto del pensamiento. No saben que su Naturaleza es solo
diversión del espíritu y estéril fantasía de sus propio sueños. La consideran, por supuesto, como una
bestia horrible, una larva extraña y fabulosa de sus deseos. El
hombre despierto contempla sin miedo a esos hijos de su imaginación
desordenada, pues sabe que son vanos espectros de su propia debilidad.
Se siente dueño del mundo; su
"yo" flota poderosamente sobre aquel abismo; y, a través
de las eternidades, se cernirá sobre las vicisitudes infinitas.
Su espíritu trata de anunciar y propagar la armonía. Y, en el
transcurso de los siglos sin fin, su unión con él mismo y con
su creación que lo rodea, se tornará más perfecta. Continuamente
ha de observar, en el universo, la total actividad de elevado orden moral; y verá afirmarse, cada
vez con más claridad, lo más puro de su yo. La
"Razón" es el sentido del universo; éste sólo existe para ella. Y si, al
principio, no es sino la liza de una razón de niño que acaba de
apenas de despertar, se convertirá un día en la imagen divina de su actividad y
en la sede de una iglesia verdadera. Mientras tanto, debe el hombre honrarla
como el emblema de su alma, emblema que se ennoblece, con él, por
grados infinitos. El que quiere, de ese modo, llegar al
conocimiento de la Naturaleza, tiene que cultivar su sentido moral, pensar
y obrar según la noble esencia de su alma se manifestará, de por sí, ante él. La acción moral es la
gran tentativa en la cual resuelven todos los enigmas de los
innumerables fenómenos. Quien logra comprenderla y puede lógicamente aplicarla, es para siempre dueño de la
Naturaleza.
El discípulo escucha, angustiado, las voces contradictorias.
Parécele que todas tienen razón; y extraña turbación se
apodera de su alma. Luego, poco a poco, la emoción interior se
aquieta y, sobre las sombrías olas que se estrellan unas contra otras, diríase que se
eleva un espíritu de paz cuya venida se anuncia, en el alma del joven,
mediante una sensación de valor nuevo y de serenidad
dominadora.
Un alegre
compañero cuya frente estaba adornada con rosas y volúbilis, se acercó y le
vio abrumado. ¡ Oh soñador! ¡vas fuera del camino! exclamo;
así nunca avanzarás. No hay cosa mejor que la alegría del
alma. ¿Crees que interpretas lo que significa el humor de la
Naturaleza? ¿Cómo es posible que, siendo joven aún, no sientas en tus venas el orden de la juventud? ¿No
llenan el amor y el deseo, tu pecho? ¿Cómo puedes permanecer en la soledad? ¿Es acaso la Naturaleza solitaria? La
alegría y el deseo huyen del que está solo; y, ¿para qué sirve
la Naturaleza, sin deseo? Este último únicamente entre los hombres
vuelve a encontrar su patria, el espíritu, el cual, bajo mil colores variados, penetra en los sentidos y rodea
como una amante invisible. En nuestras fiestas su lengua se
desata, ocupa la cabecera de la mesa y entona los cánticos de la
vida bienaventurada. ¡ Desgraciado! ¡tú no has amado todavía! Al primer beso, un nuevo
universo se abrirá ante ti; y la vida, con sus mil destellos, penetrará
tu corazón extasiado. Voy a contarte tuna leyenda, escúchame:
Hace tiempo vivía, en dirección al Poniente, un hombre joven. Era muy bueno, pero muy
extraño también. Se irritaba continuamente, sin razón, caminaba sin volver
la cabeza, se sentaba en un lugar solitario cuando los demás jugaban alegremente; le agradaban las
cosas singulares. Tenía predilección por los bosques y las grutas; conversaba sin cesar con los cuadrúpedos y los
pájaros, los árboles y las rocas. Naturalmente, no eran palabras sensatas sino términos absurdos y grotescos. Permanecía
siempre grave y melancólico a pesar de que la ardilla, la mana, el loro y el pardillo tenían empeño en distraerlo y
encaminarlo de nuevo. El ganso narraba cuentos, el arroyo
murmuraba una balada; una pesada piedra saltaba de modo ridículo,
la rosa se deslizaba amistosamente tras él y rodeaba su
cabello; y la hiedra acariciaba su frente pensativa. Pero el
desaliento la tristeza eran constantes. Sus padres estaban afligidos; no sabían
qué hacer; su hijo gozaba de buena salud, comía; y nunca lo habían ofendido. Pocos
años antes, era más alegre y jovial que ninguno; y el primero
en todos los juegos. Todas las jóvenes lo amaban. Era hermoso
como un dios y danzaba como un ser sobrenatural. Entre las
vírgenes había una niña admirable y llena de gracia. Parecía de cera. Tan bella era, con sus
cabellos de seda y oro, sus labios de grana y sus ojos
intensamente negros, que quien la contemplaba creía morir. En
aquel tiempo, Rosaflor (así se llamaba ella), amaba tiernamente
al bello Jacinto (tal era su nombre); y él la quería con
pasión. Los otros niños no lo sabían; pero una violeta les
comunicó lo que ocurría; los gatitos ya lo habían notado. Las moradas de sus padres
eran vecinas y una noche, cuando Jacinto se asomaba a su ventana,
mientras Rosaflor aparecía en la suya, los gatitos que iban a cazar ratones los divisaron, de paso,
y echaron a reír tan estrepitosamente, que Rosaflor y Jacinto
los oyeron y se enfadaron. La violeta lo había dicho, confidencialmente, a la frutilla; ésta
le comunicó a sin amiga la grosella la cual, cuando pasó
Jacinto, no pudo resistir a la tentación de pincharlo; muy pronto, todo
el jardín y el bosque entero estuvieron al tanto del asunto, de
manera que cuando Jacinto salía, por todos lados se oía gritar:
"¡Rosaflor es mi tesorito!" Jacinto se irritaba; sin embargo, tuvo que reírse de buena garra cuando llegó el lagartito, arrastrándose, se sentó sobre
una piedra, movió la cola y cantó:
Rosaflor niña hermosa,
Ha perdido la
vista,
Cree a Jacinto su madre
Y lo estrecha entre sus brazos.
Mas, si advierte de pronto
Que es un rostro extraño,
Sigue abrazándolo,
Como si nada hubiera pasado.
Pero, ¡cuán poco duró esa alegría! Un hombre llegó de países exóticos; había viajado
increíblemente lejos; tenía una larga barba, ojos profundos, cejas impresionantes, y llevaba una maravillosa túnica de
abundantes pliegues, donde se bordaba con figuras sorprendentes. Se senté frente a la casa de los padres de
Jacinto. La curiosidad de éste se excitó fuertemente;
aproximándose al recién llegado, ofrecióle pan y vino. El extranjero
separó su gran barba blanca y habló hasta el fin de la noche.
Jacinto, inmóvil, no se cansaba de escuchar. Según se supo más tarde, el anciano había hablado de
tierras extrañas, de comarcas desconocidas y de cosas milagrosas. Estuvo allí tres días y bajó con
Jacinto a pozos muy profundos. Rosaflor no pudo menos de maldecir
al viejo hechicero, pues Jacinto parecía estar encadenado a sus palabras y nada ya le importaba,
sin lograr contenerse más. Finalmente, el extranjero partió; pero
dejando a Jacinto un pequeño libro que nadie podía leer. El joven le había dado frutas, pan y vino, y
acompañado durante largo trecho. Regresó, pensativo, iniciando
luego una vida completamente nueva: Rosaflor comenzó a sufrir cruelmente pues, a partir de aquel instante,
Jacinto no se ocupó más de ella, permaneciendo siempre encerrado en sí mismo. Un día, al regresar a su casa,
pudo creerse acababa de renacer. Cayó en brazos de sus padres y
lloró. Es preciso que parta, les dijo; la extraordinaria vieja del bosque
me ha indicado cómo llegaré a recobrar la salud después de
arrojar el libro a las llamas, me ha ordenado venir hacia vosotros y pediros la
bendición. Quizá regrese pronto, quizá nunca. Saluden a Rosaflor;
hubiera deseado hablarle; no sé lo que me pasa; algo me empuja,
me arrastra. Cuando quiero pensar en los días transcurridos, se interponen
dominantes pensamientos; la paz ha huido y, con ella, el corazón y el amor. Es preciso que vaya en su busca. Quisiera deciros dónde voy, pero
yo mismo lo ignoro. Me encamino hacia la morada de la Madre de las Cosas, la virgen velada; mi alma
se inflama y consume por ella. Adiós. Y, apartándose con
violencia, partió. Sus padres se lamentaron y vertieron lágrimas.
Rosaflor se encerró en su habitación, llorando desconsoladamente.
Jacinto, a través de valles y desiertos, por torrentes y montañas
se dirigió, presuroso, a la tierra desconocida. Preguntó a los hombres y a los animales, a las rocas y a los árboles, el
camino que conducía hacia Isis, la diosa sagrada. Muchos se burlaron
de él; otros callaron; y en ninguna parte pudo obtener respuesta.
Atravesó, primeramente, tierras salvajes y desoladas; brumas y nubes le cortaron el
camino, y las tempestades no amainaban jamás. Luego encontró desiertos sin
límites y arenas incandescentes A medida que avanzaba su alma se transformaba también. El tiempo le pareció largo y la inquietud interior fue
atenuándose, suavizándose. La angustia violenta que lo dominaba se convirtió, poco a poco, en deseo discreto, pero fuerte, que
consumía lentamente su alma. Hubiérase dicho que muchos años se extendían tras él. Pronto
volviéronse los paisajes más variados, las tierras más fértiles, los cielos
más cálidos y azules, y los caminos menos ásperos. Bosquecillos, llenos de verdor; lo
llamaban, atrayéndolo hacia su encantadora penumbra; pero él
no comprendía su lenguaje. Por otra parte, no parecía que
ellos hablasen y, sin embargo, llenaban su corazón de dulces
matices verdes y de la esencia más fresca y serena. En él se elevaba con creciente intensidad, ese
suave deseo; y las hojas se extendían, desbordantes de savia.
Los pájaros y las bestias se tornaban cada vez más ruidosos y
alegres, las frutas más profundas y sabrosas, el azul del cielo
más intenso, el aire más cálido, y su amor también . El tiempo
transcurría rápidamente, como si estuviera presintiendo la
proximidad de la meta. Un día, Jacinto encontró una fuente de cristal y una infinidad de
flores en la ladera de una colina, bajo columnas sombrías que
se elevaban hasta el cielo. Lo saludaron amistosamente, con
palabras que él conocía.
"Queridas compatriotas, les
dijo, ¿dónde hallaré la santa morada de Isis? Debe encontrarse
cerca de aquí, vosotras conocéis estos lugares mejor que yo". "Estamos aquí
solo de paso, respondieron las flores; una familia de espíritus llegará en breve y le
preparamos el camino y el albergue. Sin embargo, acabamos de
atravesar una comarca donde hemos oído pronunciar tu nombre. Debes seguir
avanzando hacia el paraje de donde venimos y allí te enterarás mejor" ...
Las flores y la fuente se echaron a reír al pronunciar estas palabras,
le ofrecieron agua fresca y continuaron su camino. Jacinto
obedeció, siguió inquiriendo y, finalmente, llegó a la morada que
durante tanto tiempo había buscado y se ocultaba bajo palmeras y
plantas raras. Su corazón palpitaba a impulsos de un deseo infinito; y dulcísima
ansiedad lo penetraba, ante la mansión de los siglos eternos.
Durmióse en medio de perfumes celestiales, pues sólo el sueño podía conducirlo al santo de los santos.
Y, milagrosamente, al son de músicas deliciosas y de acordes alternados, el sueño le condujo a través de
innumerables salas llenas de objetos extraños. Todo le parecía
conocido, pero rodeado, sin embargo, de esplendor jamás visto. Entonces, y como devorados por el aire, desaparecieron los últimos vestigios de la tierra y se halló en
presencia de la virgen celestial. el velo resplandeciente y leve, y. . .
Rosaflor se arrojó en sus brazos. Una música lejana ocultó los secretos del encuentro de los amantes y de las confidencias del amor, alejando a
los extraños de aquel lugar de éxtasis. Jacinto vivió mucho tiempo aún con
Rosaflor, en medio de sus padres y de los compañeros de sus juegos; e innumerables nietos
agradecieron a la maravillosa anciana, sus consejos y sus llamas; pues en aquel tiempo, los hombres tenían,
aún, tantos hijos cuantos querían...
(*)
(*) Fuente:
Novalis, "Los discípulos en Sais", en Los
románticos alemanes, Buenos Aires, Centro editor de
América Latina, 1978, pp.5-27. (Trad. de Violeta Cané).