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LOS
MOTIVOS DE PROTEO
Por
José Enrique Rodó
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Imagen
del antiguo dios griego Proteo, símbolo de las
metamorfosis constantes. En este poder del cambio se
inspira Rodó para bucear en los múltiples yoes que el
tiempo genera en cada persona. El continuo cambio del
tiempo enseña
que la realidad es transformación y creación. |
José Enrique Rodó
deslumbró y guió a las juventudes latinoamericanas mediante su
obra Ariel. Allí, Ariel, el espíritu convocado por el
mago Próspero en La tempestad shakespereana, es símbolo
de la fuerza de elevación del alma hacia lo ideal. En Motivos
de Proteo, Rodó, como Nietzsche o Hume antes, destaca la
esencial mutabilidad del ser. El tiempo del que nada puede
escapar, siembra el cambio continuo. No somos uno, sino, muchos,
muchos yoes que el devenir temporal genera. Esta modificación
constante puede reducirse a una propiedad superficial de los
individuos o de la realidad. Pero la mutación permanente que el
tiempo trae con sus aguas nunca quietas, significa nueva
creación. Un caudal ininterrumpido de nueva vitalidad. En la
mitología griega, Proteo era la deidad de las muchas
metamorfosis. Lo proteico es la vida que se rehace, mejora y
amplia mediante la expresión de nuevas formas. El cambio, el
movimiento, no es así únicamente consecuencia mecánica del
tiempo. Es esencial o potencialmente, una colina de muchas laderas
hacia la cima de la vida versátil, mutable y creadora.
En este nuevo momento de Textos Olvidados de Temakel,
nos acercamos así a los Motivos de Proteo, la líquida
plasticidad de la vida que genera la personalidad singular y
creadora.
E.I
Reformarse
es vivir... Y, desde luego, nuestra transfomación personal
en cierto grado, ¿no es ley constante e infalible en el tiempo?
¿Qué
importa que el deseo y la voluntad queden en un punto si el tiempo
pasa y nos lleva? El tiempo es el sumo innovador. Su
potestad, bajo la cual cabe todo lo creado, se ejerce
de manera tan segura y continua sobre las almas como sobre
las cosas.
...Cada
uno de nosotros es sucesivamente, no uno, sino muchos.
Y estas personalidades sucesivas, que emergen las unas de las
otras, suelen ofrecer entre sí los más raros y asombrosos
contrastes.
... ¿Desde qué día dejaste de creer? ¿En qué
preciso día nació el amor que te inflama? Pocas veces hay respuesta para tales preguntas. Y
es que cosa ninguna pasa en vano dentro de ti; no hay impresión que no
deje en tu sensibilidad la huella de su paso: no hay imagen que no estampe una leve
copia de sí en el fondo inconsciente de tus recuerdos; no hay idea ni acto que no
contribuyan a determinar, aun cuando sea en proporción
infinitesimal, el rumbo de tu vida, el
sentido sintético de tus movimientos, la forma fisonómica de tu
personalidad. El dientecillo oculto que roe en lo hondo de tu
alma; la gota de agua que cae a compás en sus
antros oscuros; el gusano de seda que teje allí hebras sutilísimas, no
se dan tregua
ni reposo; y sus operaciones acordes, a cada instante te matan, te rehacen, te destruyen, te
crean... Muertes cuya suma es la muerte; resurrecciones cuya
persistencia es la vida. ¿Quién ha expresado esta inestabilidad
mejor que Séneca, cuando dijo, considerando lo fugaz y precario
de las cosas: "Yo mismo, en el momento de decir que todo
cambia, ya he cambiado". Perseveremos sólo en la continuidad
de nuestras modificaciones; en el orden, más o menos regular, que
las rige; en la fuerza que nos lleva adelante hasta arribar a la
transformación más misteriosa y trascendente de todas...Somos la
estela de la nave, cuya entidad material no permanece la misma en
dos momentos sucesivos, porque sin cesar muere y renace de entre
las ondas: la estela, que es, no una persistente realidad, sino
una forma andante, una sucesión de impulsos rítmicos, que obran
sobre un objeto constantemente renovado.
Hombres
hay, muchísimos hombres, inmensas multitudes de ellos,
que mueren sin haber nunca conocido su ser verdadero y radical,
sin saber más que la de la superficie de su alma, sobre la cual
su conciencia pasó moviendo apenas lo que del alma está en
contacto con el aire ambiente del mundo, como el barco pasa por la
superficie de las aguas sin penetrar más de algunos palmos bajo
el haz de la onda. Ni aun cabe, en la mayor parte de los hombres,
la idea de que fuera posible saber de sí mismo algo que no saben.
¡Y esto que ignoran es, acaso, la verdad que los purificaría, la
fuerza que los libertaría, la riqueza que haría resplandecer su
alma como el metal separado de la escoria y puesto en manos del
platero!...Por ley general, un alma humana podría dar de sí
misma más de lo que su conciencia cree y percibe, y mucho más de
lo que su voluntad convierte en obra. Piensa, pues, cuántas
energías sin empleo, cuántos nobles gérmenes y nunca
aprovechados dones... ¡Cuántos espíritus disipados en estéril
vivir, o reducidos a la teatralidad de un papel que ellos
ilusoriamente piensan ser cosa de su naturaleza; todo por ignorar
la vía segura de la observación interior; por tener de sí una
idea incompleta, cuando no absolutamente falsa, y ajustar a esos
límites ficticios su pensamiento, su acción y el vuelo de sus
sueño! ¡Cuán fácil es que la conciencia de nuestro ser real
quede ensordecida por el ruido del mundo, y que con ella naufrague
lo más noble de nuestro destino, lo mejor que había en nosotros
virtualmente! ¡Y cuánta debiera ser la desazón de aquel que
toca el borde de la tumba sin saber si dentro de su alma hubo un
tesoro que, por no sospecharlo o no buscarlo, ha ignorado y
perdido! ( *)
(
) Fuente: José Enrique Rodó, Motivos de Proteo,
editado en "Antología del ensayo latinoamericano" (Gabriel Cristian
Taboada compilador), Sánchez Teruelo Editor, Buenos Aires,
1994, pp.183-184.
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