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POETAS Y MÍSTICOS
Por Roland de
Reneville
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Retrato
de William Blake, uno de los poetas de fuerte entonación
mística mencionados por Roland de
Reneville. Adviértase su lúcida y atenta mirada concentrada en
alguna altura lejana de la que pareciera proceder la
inspiración de su escritura poética.
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Roland de Reneville es autor de una importante obra sobre
Rimbaud ("Rimbaud le Voyant”, 1928). En este texto olvidado
que ahora presentamos, Reneville aborda una estimulante cuestión:
las relaciones entre poesía y mística. El místico percibe
un estado de unión con el todo. Esta experiencia extática
es, en sí misma, silenciosa. Pero la profundidad y el valor
del éxtasis impele al místico a expresarse poéticamente; mediante
símbolos y palabras de potencia evocadora intentará
transmitir algo de su excepcional y efímero encuentro con
la esfera infinita de la existencia. El místico deviene entonces
poeta. Y el poeta, comienza con la palabra. Pero en su exploración
de las profundidades, de los abismos que giran dentro de la
materia, advierte la insuficiencia de lo verbal para expresar
lo más profundo del ser. La condición del poeta y el místico
tiende de este modo a confundirse. Reneville recorre varias
personalidades o momentos de la historia donde acontece ese
encuentro. Desde Laotzé y los Vedas en el Oriente, pasando
por San Juan de la Cruz, hasta los románticos
alemanes, William Blake, Rimbaud, Lautréamont,
Nerval, Poe, Mallarmé o Baudelaire.
La íntima coincidencia entre la poesía que desciende a lo
profundo, en un lugar que siempre se evade del lenguaje, y
la mística, habla a su vez del vínculo entre arte y religión.
El místico respira en la cumbre de la sensibilidad religiosa,
y el poeta es uno de los pináculos de la creatividad artística.
Cuanto más se sumerge en la oscuridad misteriosa, más se disuelven
las diferencias entre el artista embriagado por una fuerza
sin límites y la mística que, desde la bruma de lo inmemorial,
invoca una suprema unidad con una secreta divinidad.
Esteban
Ierardo
POETAS Y MÍSTICOS
Por
Roland de Reneville
Los
pueblos de la antigüedad no establecían distinción precisa
entre los místicos y los poetas. Los veneraban igualmente como a
mensajeros de los dioses. Las experiencias de los unos y de los
otros se interpenetraban de tal suerte que, con derecho, se podía
confundirlos. Los Vedas, los aforismos de Lao Tsé son poemas. Las
grandes obras que la civilización griega elaboró están
secretamente cargadas de una enseñanza que sus autores habrían
recibido en el momento de su iniciación en los Misterios. El
Antiguo y el Nuevo Testamento, enteramente construidos en períodos
ritmados, iluminados por imágenes grandiosas, fueron, durante
largo tiempo el libro básico de la poesía occidental
Si
se considera el espíritu humano en su totalidad, parece que su
centro de conciencia, es decir, su parte más desnuda, esté
situado en Occidente y que de ello provenga la necesidad de que
nos veamos obligados a llevar hasta el límites extremos el método
analítico, cuyas gestiones obligan al observador a distinguirse
de manera cada vez más acusada del objeto que considera antes de
aprehenderlo. Los objetos mismos son descompuestos por el análisis
en elementos simples y solamente cuando nuestras investigaciones
se detienen ante la noción de energía podemos llegar a
redescubrir la unidad del mundo, que el Oriente nunca ha tenido
ocasión de olvidar. La distinción que, en nuestros días, se
admite, sin definirla, entre la experiencia poética y la
experiencia mística, parece ser la consecuencia de nuestros métodos
de conocimiento y es extraño que tales métodos no hayan puesto
todavía, explícitamente, el acento sobre el solo momento en que
poetas y místicos se separan en el curso de su labor.
El
estudio de la inspiración nos ha revelado que algunos poetas se
abandonan al fluir de la sensibilidad y de las pasiones hasta el
instante en que resuena a sus oídos una voz que parece exterior
al espíritu, mientras que otros se esfuerzan, por el contrario,
en realizar, por medio de una atención sostenida, la construcción
verbal que han premeditado. Estas opuestas diligencias los
conducen a la obtención de una realidad única: la Poesía.
Conocemos, por otra parte, al escuchar las confidencias de los místicos,
que el éxtasis se apodera de ellos, tanto en el momento en que
deja de actuar sobre sí mismos lo que ellos llaman la gracia
divina, como cuando se esfuerzan, por una meditación voluntaria,
en acceder a la contemplación de la entidad que persiguen.
San
Juan de la Cruz distingue, de este modo, dos métodos que
permiten, uno y otro, alcanzar la noche de los sentidos: “Resta
ahora dar algunos avisos para saber y poder entrar en estado noche
del sentido. Para lo cual es de saber, que el alma ordinariamente
entra en esta noche sensitiva en dos maneras: la una es activa, la
otra pasiva. Activa es lo que el alma puede hacer y hace de su
parte para entrar en ella, de lo cual trataremos en los avisos
siguientes. Pasiva es en el que el alma no hace nada, sino que
Dios lo obra en ella, y ella se hace como paciente”.
Santo
Tomás admite una discriminación de la misma especie entre las técnicas
del éxtasis: “Hay efectos que la gracia en los que nuestra alma
es movida y no se mueve y en que sólo Dios la mueve; entonces la
operación es atribuida y, en este caso, la gracia es llamada
operante mientras que, cuando nuestra alma es movida y se mueve a
su vez, la operación es atribuida no solamente a Dios, sino también
al alma, y la gracia se llama cooperante”.
Los
místicos occidentales y los místicos orientales conocen
igualmente estas dos vías que la inconsciencia total y la
conciencia pura abren al que busca, pero, mientras los místicos
metódicos del éxtasis, se entregan más gustosos a las prácticas
que los conducen a una conciencia más y más aguda, parece que
los místicos occidentales, que crean para sí mismos las reglas
de la oración, de preferencia se dejan arrastrar dentro de las vías
del método pasivo. De ello resulta, en los primeros, una
tendencia a formular, al salir del éxtasis, preceptos de sentido
múltiple y superpuesto, cuya concentración es la marca de la
atención monstruosa que originó su nacimiento, mientras que, los
segundos, en los estados en que la palabra les es todavía
posible, presentan verdaderos casos de automatismo en sus
discursos.
“Santa
Magdalena de Pazzi se expresaba a veces con volubilidad tal que se
necesitaban seis secretarios para poder recoger sus palabras” (Vida
de Santa Magdalena de Pazzi, por el P. Cepan. Capítulo VII).
Y
más aún:
“Era
cosa de maravilla ver a Jean de Saint-Samson dictar sus tratados
con tal presteza, sin reflexión alguna, que todos sus
escribientes se fatigaban, pues era necesaria una vivísima atención
para retener lo que decía y tener la mano rápida a fin de poder
seguirlo… Y también es cosa admirable que cuando no se retenía
bien lo que había dicho anteriormente y se tenía que hacerle
repetir, con reflexión de su parte, he notado esto varias veces,
no podía acordarse de lo que había dicho la primera vez y no lo
decía en tan buenos términos, signo evidente de que el espíritu
de Dios actuaba en él y que él no reflexionaba. Y me ha dicho
varias veces, después de haber escrito los tratados, que
seguramente no sabía lo que había dictado sino después de haber
escuchado su lectura” (Vida del venerable Hermano Jean de
Saint-Samson por el R.P. Sernin Maarie de Saint-André,
carmelita descalzo. París, 1881).
No
podemos menos de recordar, ante estos ejemplos, las
recomendaciones de André Breton sobre la conducta que debe
seguirse para escribir un poema: “Colocarse en el estado más
pasivo o receptivo posible… Escribir rápidamente, sin tema
preconcebido; bastante rápidamente para no retener y no caer en
la tentación de releerse… Continuar tanto como plazca. Fiarse
al carácter inextinguible del murmullo” (Manifieste du Surréalisme).
El
surrealismo no ha hecho, desde luego, sino sistematizar una de las
formas más corrientes de la inspiración. Sin que me sea
necesario pedir ejemplos a sus adeptos declarados, la actividad poética
de todos los tiempos y de todos los lugares nos los ofrece
innumerables. William Blake, escribe Pierre Berger, “declaró
siempre que sus libros le eran dictados por los espíritus, que él
no hacía más que repetir sus palabras y que escribía para
ellos. Lo despertaban en la noche; se levantaba y escribía, a
veces horas seguidas, sin que jamás se hubiera creído con
derecho de cambiar nada de lo que había escuchado…”
Oigamos
aún lo que nos dicen del método de composición empleado por
Rainer María Rilke: “Rilke quizás no ha escrito nunca sin
inspiración o necesidad interna. Pero, en ese caso, no podía
contenerse y apenas sabía cómo las palabras de su pequeño
carnet de bolsillo, que llevaba siempre consigo, habían podido
nacer. A menudo me ha mostrado aquel carnet y cada vez me sorprendía
ante las frases claramente trazadas y que no presentaban casi
corrección alguna.
“Rilke
me contaba más tarde cómo nacieron esas Elegías. No tenía
la menor idea de lo que se preparaba dentro de él… Ante el
acantilado de Duino se detuvo de pronto: era como si en el ruido
de la tempestad una voz hubiera gritado: Wer, wenn ich…
“Escuchaba
inmóvil: “¿Qué es?” dijo a media voz… “Qué es esto? ¿qué
pasa?… Tomó el carnet de notas que llevaba siempre y escribió
las palabras oídas, luego, inmediatamente después, algunos
versos que se formaban por sí mismos… En la noche la elegía
estaba terminada.
“Así
fueron compuestas las primeras elegías. El conjunto de las elegías
fue escrito en tres días, no podía ni dormir ni comer, pero sí
escribir, escribir sin descanso. Su pluma podía apenas
seguir…” (Souvernirs de la Princesse de Thurn et Taxis),
rapportés par Jean de Nougayrol. N.R.F. 1er., mai, 1935.)
Los
poetas que, inversamente, optaron por le método activo y
persiguieron por medio del ejercicio de la atención el refuerzo
de su centro de conciencia, elaboraron así una accesis de
pensamiento muy cercana a aquella que los místicos de Oriente
practican. Estos tratan, sobre todo, de hacer pasar bajo el
control de la voluntad los movimientos reflejos de su organismo.
Así su atención se fija esencialmente sobre el fenómeno de la
respiración cuyo ritmo puede ser modificado por la voluntad, pero
que, sin embargo, se producen fuera de ella y constituye de este
modo una comarca mixta en la que lo voluntario y lo involuntario
se enfrentan: “El discípulo se retira al bosque, al pie de un
árbol, o a algún lugar solitario; se sienta cruzando las
piernas, el busto erguido, concentrado y atento el espíritu. Con
espíritu atento aspira, luego espira. Al inspirar largamente,
tiene conciencia de ello, pensando: “He aspirado largamente”
Lo mismo cuando sus aspiraciones son largas o cortas tienen
siempre conciencia de ello” Esta práctica debe conducirlo a un
ensachamiento de su conciencia que, poco a poco, alcanza las
regiones de la vida elemental reduciendo su imperio. Según la
frase de Novalis, se dispone a hacer pasar “lo involutario a lo
voluntario.”
Sin
duda, los poetas, que a su vez optaron por la conciencia pura, no
tuvieron nunca la ocasión, ni el cuidado, de experimentar un método
de atención tan riguroso, pero el afianzamiento de conciencia que
perseguían no por ello se sitúa menos en la misma dirección de
aquel que debe alcanzar el místico cuyos esfuerzos acabamos de
entrever. Poco nos importa que los problemas de ajedrez, para
Edgar Poe; los excitantes físicos de la atención, para
Baudelaire; las matemáticas, para Valéry, no hayan sido sino métodos
risibles en comparación con los recursos que el Yoga pone a
disposición de sus adeptos. Retengamos solamente la identidad de
su ambición, por lo menos en tanto que los místicos y los poetas
no hacen sino enrolarse en la búsqueda apasionada de una absoluta
conciencia y cuya obtención les parece deber resultar de un
desarrollo indefinido de las potencias de la atención.
Del
rápido examen que acabamos de efectuar de la primera fase de la
experiencia mística y de la experiencia poética, resulta la
certidumbre de que el estado de inspiración así como el de éxtasis
son buscados y obtenidos por dos métodos en apariencia
contradictorios, pero que concurren igualmente a la realización
de la unidad espiritual. Mientras que el método activo eclipsa el
centro de conciencia en provecho de regiones más oscuras pero que
se revelan sin límites. Sumergidos en el Alma universal, como una
chispa en una llama, el poeta y el místico pierden igualmente la
noción de su personalidad.
Semejante
abandono caracteriza la segunda fase de las experiencias que nos
ocupan; se le encuentra tanto en la una como en la otra. El
sentimiento tan acusado que el hombre tiene de su yo debe ceder a
la realización de su total conciencia. Que suprima la oposición
que el estado de vigilia mantiene entre el centro de conciencia y
la región negativamente llama inconsciente, a fin de conquistar
el imperio de su espíritu, o que obtenga esta conquista por la
extensión indefinida de su centro de conciencia, el hombre debe
de renunciar a la noción relativa de su yo, cuyos límites
estallan, tanto en la proximidad de la inspiración como del éxtasis.
A
este respecto los testimonios abundan del lado de los poetas y del
lado de los místicos. El tema fundamental de la poesía romántica
es la renunciación a la posesión de sí mismo, la transfiguración
del hombre a impulsos de la inspiración, que siguiendo la misma
expresión se describía implícitamente bajo los rasgos de un
gran Angel hablando por boca del poeta y del que no se sabía si
venía del cielo o del infierno. La personalidad del poeta estaba
en vías de no tener ya más valor que el de un instrumento
espiritual sobre el que vinieran a acordarse las fuerzas de un más
allá impenetrable y tumultuoso. La disociación de esas potencias
en provecho de una realidad exterior a la suya propia debía
consumarse en los poetas que sucedieron a los románticos y
encontrar su expresión doctrinal en la célebre: Carta del
Vidente, de Arthur Rimbaud: “Nunca se ha juzgado bien el
romanticismo. ¿Quién lo hubiera juzgado? ¡Los críticos! ¿Los
románticos? que prueban tan bien que la canción es tan poco a
menudo la obra, es decir, el pensamiento cantado y comprendido por
el cantor.
“Porque
Yo es otro. Si el cobre se despierta clarín no es por su culpa.
Esto me es evidente: asisto a la eclosión de mi pensamiento: lo
miro, lo escucho; golpeo con el arco: la sinfonía se agita en las
profundidades o aparece un salto en escena.
“Si
los viejos imbéciles no hubieran encontrado la significación
falsa del Yo, no tendríamos ahora que barrer millones de
esqueletos que, desde tiempo inmemorial acumularon los productos
de su inteligencia tuerta proclamándose sus autores!…”
Así,
pues, lo que constituye la esencia misma del Yo no debe ser
confundido con la personalidad transitoria y movible del
individuo. El Yo superior, al que el poeta hace alusión, no se
manifiesta sino por medio de bruscos relámpagos, en el momento en
que el fenómeno de la inspiración hace estallar el círculo de
la personalidad y obliga al hombre que lo sufre a reconocerse en
todas las formas y en todos los seres del cosmos. En este instante
la posibilidad de conocerse a sí mismo equivale para el hombre a
conocer el mundo: realiza el famoso gnauti seaton de la antigua
sabiduría. La pérdida consumada de su personalidad le permite
conocer su Yo y éste se revela sin limitación.
Semejante
experiencia fue llevada a cabo por William Blake, del que Pierre
Berger nos dice que uno de los principales artículos de su dogma
era el reconocimiento de la ilusión de la individualidad.
Tennyson a su vez la conoció y trató de esbozar su descripción:
“Jamás he tenido revelación por anestesia –escribe Tennyson
- pero sí una especie de éxtasis en estado de vigilia –no
encuentro otra expresión- a menudo se ha apoderado de mí cuando
me encontraba solo, y esto debe mi infancia. Me repetía mi nombre
interiormente; llegaba a una conciencia tan intensa de mi
personalidad, que mi personalidad misma parecía desvanecerse en
la infinidad del ser; no era un sentimiento confuso sino claro,
indudable y sin embargo inefable; la muerte me parecía casi una
imposibilidad, risible casi, pues la desaparición de mi
personalidad, si puede llamársele así, no me parecía ser el
aniquilamiento sino, más bien, la sola vida verdadera. Siento
vergüenza de no poder describir mi estado de alma; pero, ¿no he
dicho que era inexpresable?” (Citado por W. James, L´Expérience
Religieuse.)
La
noción de un Yo situado al interior de la personalidad interviene
de manera turbadora en la extraña explicación que Rainer María
Rilke se daba a sí mismo llegado a hacerse casi exterior a él,
al extremo que rehusó, hasta su muerte, dejar imprimir, bajo su
nombre, ciertos versos porque le habían sido enteramente dictados
por un personaje sentado enfrente de él”.
Los
poetas surrealistas tuvieron, a su vez, la ocasión de insistir
–y esa insistencia caracteriza una de sus más fecundas
contribuciones- sobre el carácter impersonal de la inspiración y
la necesidad para el poeta de dejarse escribir sin intervenir en
las palabras que vienen a la luz a través de él.
La
alusión de Rimbaud a la Inteligencia universal, que él opone a
la personalidad del poeta, en el texto de su carta del Vidente
encuentra, sin duda, un eco en la exigencia de Lautréamont: “La
Poesía debe ser hecha por todos. No por uno”. Pero su
resonancia más profunda me parece encontrarse en la seguridad que
se atreve a darnos Edgar Poea, al final de Eureka, de una
identidad de esencia entre el corazón del hombre y el corazón de
Dios. Vemos que después de haber supuesto, en el curso de esta
obra, que los mundos surgieron de un centro inconocible, que él
llama el corazón de la Divinidad, llega a pronunciar esta afirmación: “Y ahora, ¿cuál es ese corazón divino? Es
nuestro propio corazón.”
Que
la negación de la personalidad del hombre por el hombre pueda
conducirlo a la conclusión de que su Yo verdadero se confunde con
la divinidad misma, parece indicar que hay ahí algo más que una
necesidad lógica: una verdad cuyos buscadores, que hemos
observado, vivieron en su plenitud. Al menos esta afirmación, a
la que los poetas se vieron conducidos en el curso de su
experiencia, se vuelve a encontrar expresada con insistencia por
los místicos. No es de dudar que la disolución de la
personalidad en provecho de un Yo superior no se encuentre en el
fenómeno de la inspiración así como en el del éxtasis. Veamos
de qué manera Santa Teresa establece una distinción entre su
personalidad en el estado de vigilia y el Yo que se expresa a través
de ella en sus momentos de oración: “Y ansí me parece es grandísima
ventaja, cuando lo escribo estar en ella, porque veo claro no soy
yo quien lo dice, que ni lo ordeno con el entendimiento, ni sé
después cómo lo acerté a decir: esto me acaece muchas veces. (Vida,
cap. XIV.)
No
nos interesa, aquí, detenernos en las justificaciones que los
poetas y los místicos se imponen como tarea de añadir, bajo el
imperio de sus prejuicios filosóficos o religiosos, al
desvanecimiento, que comprueban, de su personalidad en provecho de
un yo superior tan distinto de ésta que les parece exterior a
ella, sino simplemente de corroborar tanto en los unos como en los
otros, aquella necesidad que experimentan de sacrificar su
existencia individual cuando llega la revelación.
A
este respecto la siguiente invocación del místico musulmán
Halladj testimonia la avidez de la propia pérdida que se apodera
de su espíritu: “¿Te invocaría yo: “Eres Tú” si Tú no
me hubieras llamado: “Soy Yo”? Entre y o y Tú se arrastra aún
un “soy yo” que me atormenta; ¡ah, aleja con tu “soy Yo”
mi “Soy yo” de entre nosotros dos!
“¿El
camino que conduce a Dios? No existe camino sino entre dos,
mientras que aquí, en Mí, ya no hay nadie.”
San
Juan de la Cruz insiste varias veces en su obra sobre el
intercambio que parece producirse entre la personalidad del hombre
y la realidad de Dios afirmando que se produce entonces una unión
tan íntima entre las dos naturalezas, tal comunión entre la
naturaleza divina y la naturaleza humana, que cada una parece
Dios, mucho más que, ni la una ni la otra, modifican su ser
propio.
Un
místico hindú como Vivekananda puede ir más lejos en el
reconocimiento de la ruina de la personalidad en el momento del éxtasis,
pues ningún dogma le prohibe establecer una relación de
identidad entre la conciencia del hombre y la de la divinidad.
En
el éxtasis “no existe ya sentimiento del yo y, sin embargo, el
espíritu actúa liberado del deseo y de la impaciencia, sin
objeto y sin cuerpo. Entonces la verdad resplandece y podemos
conocernos tal como somos verdaderamente… Libres, inmortales,
todopoderosos, liberados de lo finito, con sus contrastes de bien
y de mal, idénticos al Atman o Alma universal.” (Vivekananda.
Raja Yoa. Londres, 1896. Citado por W. James.)
Místicos
y poetas, ya se entreguen al método activo o al método pasivo,
concuerdan en reconocer el aspecto transitorio de su personalidad
y en la consumación de su sacrificio en provecho de la realidad
que persiguen. Que el yo se deje destruir o que se ensanche, al
contrario, hasta el punto de no sufrir objeto que le escape, cada
uno de esos movimientos lo conduce a la desaparición en tanto que
entidad separada. El hombre oscila entre la Nada y el Todo que son
los últimos velos de una fuerza por definición sin atributo.
En
el momento en que poeta y místico se reúnen en aquel punto nulo
en el que tanto la negación como la afirmación cesan de
prevalecer, la antinomia de las realidades contrarias se borra del
entendimiento. Al mismo tiempo que la máscara de su personalidad
les es arrancada, las categorías relativas de Bien y de Mal cesan
de oponerse y los experimentadores, cuyas gestiones hemos venido
siguiendo, entran, por ese mismo hecho, en la tercera fase de su
tentativa.
En
el curso de sus reflexiones sobre la Vía Unitiva, San Juan de la
Cruz decía que el estado de alma se asemeja entonces al estado de
Adán cuando éste ignoraba en qué consistía el pecado: el alma
no comprende el mal y no lo ve en nada. Si llega a escuchar cosas
muy reprensibles, ve aun cometer faltas, no vislumbrará la
malicia porque está liberada de la inclinación al mal, sin base
ya para asentar un juicio. La sabiduría divina ha arrancado de raíz
sus hábitos de imperfección y la ha libertado de la ignorancia
que produce el pecado.
Este
dejar atrás las categorías de Bien y de Mal por medio de la
identificación de la personalidad con el Alma universal,
alcanzada en un acto de amor, se encuentra en la base del mensaje
poético de Arthur Rimbaud. Verlaine no dejó de insistir sobre la
ambición que Rimbaud manifestaba a este respecto, cuando en el
poema intitulado Crimen amoris le presta estas palabras:
Nous
avons tous trop souffert, anges et hommes
De ce conflit entre le Pire et le Mieux.
Humilions, misérables que nous sommes,
Tous nos élans dans le plus simple des voeux.
Assez et trop de ces luttes trop égales!
Il va falloir que´enfin se rejoignent les
Sept Péchés aux Trois Vertus Théologales.
Assez et trop de ces combats durs e laids!
Et pour réponse à Jésus qui crut bien faire
En maintenant l´equilibre de ce duel,
Para mo l´enfer dont c´est ici le repaire
Se sacrifie á l´Amour universel!
Mientras
que Rimbaud insiste en sus poemas en el deseo de ver “enterrar el
árbol del Bien y del Mal”, Baudelaire se esfuerza, a lo largo de
su obra, en hacer resaltar la belleza del Mal, por oposición a los
postulados de la moral corriente: Algunos poetas ilustres se habían
repartido de tiempo atrás las provincias más florecientes del
dominio poético –escribe Baudelaire, en un proyecto del
Prefacio-; me ha parecido conveniente y proporcionalmente agradable,
dada la dificultad de la tarea, extraer la belleza del Mal. Nerval a
su vez no deja de hacer notar el valor enteramente relativo de las
categorías morales: “Sobre todo me gustaban los trajes y las
costumbres extrañas de países lejanos; me parecía desplazar así
las condiciones del bien y del mal” (Aurélia.) Finalmente
me parece que debemos buscar en la negación voluntaria del Bien y
del Mal el secreto de Lautréamont, cuando en Los Cantos de
Maldoror celebra la grandeza de la blasfemia mientras edifica
sus Poesías a la gloria del bien. Los poetas surrealistas
que descienden de Lautreámont, conscientes del carácter provisorio
de los valores éticos, pero arrastrados por su furia demoledora
frente a la moral común, cometieron el error de limitarse a la
exaltación del Mal. De suerte que su actitud parece originarse de
un error de pensamiento que no sería, en suma, sino el reflejo
inverso de aquel cuyos postulados tendieron a destruir.
La
tercera fase de las experiencias poética y mística se nos
manifiesta, pues, caracterizada, según la expresión de San Juan de
la Cruz, por el hecho de que el alma no tiene ya base para asentar
un juicio. Podemos aún citar a su propósito, y simplemente para
subrayar el acuerdo de los místicos de todos los tiempos y de todos
los cultos sobre este punto, algunas líneas de la Brhad Aranyaka
Upanishad que celebran el desvanecimiento del bien y del mal en el
momento en que el místico se identifica con el Alma universal:
“Allá (en el Atman) el padre no es padre, la madre no es madre,
los mundos no son mundos, los dioses no son dioses, los Vedas no son
Vedas. Allá el ladrón no es ladrón, el abortador no es abortador…
el asceta no es asceta: ni bien ni mal ligan a los actos; pues
entonces él está por encima de todos los sufrimientos del corazón”.
Para
el buscador los contrarios cesan de oponerse. Su integración recíproca
ha sido reconocida y anotada por William James en el curso de las
experiencias que tuvo ocasión de efectuar a propósito de los
estados místicos y de las cuales se expresa del modo siguiente:
“Para
volver a mis propias experiencias, me parece que todas ellas convergían
en una especie de intuición a la que no me puedo impedir atribuir
un alcance metafísico. Era siempre la síntesis armoniosa de los
contrario, cuya oposición es la causa de todos nuestros males. No
solamente veía en ellos dos especie extremas del mismo género,
sino que una de las dos, la mejor, con el género absorbía la otra.
Esta fórmula lógica es oscura sin duda, pero se impone a mí;
tengo la íntima convicción que tiene un sentido no lejano del
sentido de la filosofía hegeliana”. (La Experiencia Religiosa).
Sin duda será necesario que la integración de los contrarios en el
soberano Bien se encuentra desde luego como la base de las enseñanzas
platónicas.
Hemos
visto que los místicos y los poetas se encuentran sucesivamente a
través de las fases de su experiencia: a la hora en que la
inspiración o el éxtasis los arrebatan; en el momento en que el yo
debe ceder ante la intervención de una realidad más vasta que se
manifiesta a través de él y, finalmente, en el momento en que los
valores morales se borran del entendimiento. Su acuerdo se prolonga
aún en el momento en que abordan la fase final de su labor, aquella
en que el reconocimiento de la vacuidad de su yo los lleva no
distinguirse ya de la Unidad que han concebido y que, por el hecho
mismo de que ninguna entidad puede permanecer fuera de ella para
limitar su imperio, desaparece a su vez como valor positivo y de
Todo que era se hace Nada. En este preciso momento los místicos,
como los poetas, acceden a la realidad de la Noche.
Nos
ha sido dado considerar, en capítulos anteriores, a Novalis, Nerval,
Baudelaire, Poe y Mallarmé en su descubrimiento del imperio de
tinieblas. Parece, leyendo a los místicos, que sus gestiones los
hayan conducido a los bordes de la misma selva sin árboles cuya
sombra cubrió los pasos de los poetas que hemos tomado como guías.
Saint
Denys define la sabiduría secreta de Dios: un rayo de tinieblas. En
el curso de Ornement des Noces Ruysbroeck asegura que la
principal condición necesaria para la contemplación es la de
perderse así mismo en una ausencia de modos y en una tiniebla en la
que todos los espíritus contemplativos son devorados fructíferamente,
incapaces para siempre de volver a encontrarse a sí mismos según
el modo de la criatura. Pero, el acceso al conocimiento tenebroso no
se encuentra explícitamente definido sino en la obra de San Juan de
la Cruz: “… comenzando el camino de la virtud, y queriéndolas
Nuestro Señor poner en esta noche oscura para que por ella pasen a
la divina unión, ellas no pasan adelante”. (Subida del Monte
Carmelo. Prólogo.) Y sin duda el apego a los valores morales,
el conocimiento discursivo, la armonía interior no tienen relación
con el sacrificio del ser que la implacable realidad de la Noche
exige que se le rinda. Se trata, pues, para el espíritu, no de
exaltar sus fuerzas, sino, por el contrario, de sufrir “la
terrible purificación tenebrosa”. La noche del espíritu debe ir
emparejada con la Noche de los sentidos y estas dos Noches conducen
entonces a la Noche de Dios. Esta última se define como una Noche
resplandeciente, una Noche blanca, puesto que realiza la integración
de los contrarios. La destrucción del espíritu que debe dejar el
lugar a la afluencia de las tinieblas queda analizada también con
cruel paciencia: Toda actividad del alma debe quedar suspendida; lo
que es necesario es que ella (el alma) tenga el espíritu libre,
aniquilado a propósito de lo creado. Es necesario que el Alma se
mantenga vacía, completamente desprendida de lo creado, en pura
pobreza espiritual. Mientras se comprende distintamente, el progreso
es imposible. (San Juan de la Cruz.)
La
tensión de un discurso que se propone circunscribir una entidad sin
frontera, expresar un objeto esencialmente situado más allá de la
palabra, concluye finalmente en esas afirmaciones negativas cuya
aparición es el signo de su empeño de expresión de una realidad a
cuya cercanía tanto las palabras como el pensamiento se destruyen:
Abandonar esos modos de saber y pasar al no saber , esto es lo que
se debe practicar. En este camino no seguir ya su camino es penetrar
en la verdadera vía. (San Juan de la Cruz.)
Tal
revolverse del espíritu contra sus propias potencias se encuentra
en los textos místicos que produjeron las épocas y las regiones más
diversas: “La vía que es la vía no es la vía. El nombre que
puede ser pronunciado no es el nombre.” (Lao Tsé) En el momento
en que el discurso se hace inverso y se refugia en el no-discurso se
presiente lo absoluto: “Es aquel que no se puede designar sino por
No, no. Es inasible. No se le puede dividir. No tiene apego ni
bienes.” (Brihadarnyaka Upanishad.)
Para
los místicos de la India, como para San Juan de la Cruz, el acceso
a las tinieblas se confunde con la contemplación de la realidad
absoluta. El sol, punto central del cosmos, en analogía con el
centro de conciencia del hombre, no es sino el velo último de la
secreta y verdadera potencia que se esconde detrás de su esplendor:
el disco solar no es sino la máscara de la Noche.
“La
faz de la Verdad está cubierta por un disco de oro. Oh sol,
alimentador del mundo, levanta ese velo a fin de que yo, que guardo
la ley de la verdad, pueda ver su rostro!
“¡Oh Sol, en todo presente, único vidente y ordenador, hijo del
Señor de la Creación, aparta tus rayos, retén tu luz! ¡Haz que
pueda contemplar tu forma, la más bella entre todas!”
“¡Ese ser divino que está en ti soy yo mismo!”
Místicos
y poetas no solamente tienen ocasión de encontrar la última fase
de su experiencia un modo común de conocimiento: el del
conocimiento tenebroso, sino que se vuelven a reunir en la textura
de las aproximaciones que de él tratan de darnos. Hemos escuchado a
Nerval, a través de las páginas de Aurélia, insistir sobre el país
sin sol que descubre a medida que la Noche lo acoge: “Todos
sabemos –escribe Nerval - que en los sueños no se ve jamás un
sol, aunque a menudo se tenga la percepción de una claridad mucho más
viva. Los objetos y los cuerpos son luminosos por sí mismos.”
También hemos seguido la descripción que Baudelaire nos dio en Rève
Parisien de ese país de donde los astros y el sol han sido
desterrados:
Nul
astre d´ailleurs nuls vestiges
De soleil, même au bas du ciel,
Pour illuminer ces prodiges
Qui brillaient d´un feu personnel.
Una
mística, Marie de Valence, en el transcurso de sus éxtasis
descubre la luz sin sol esforzándose en hacer pasar con sus
palabras un reflejo de ella: “Lo que veía era una cosa sin forma
y sin figura y, sin embargo, era infinitamente bella y agradable de
ver. Era una cosa que no tenía color y, a pesar de ello, tenía la
gracia de todos los colores. Lo que veía no era una luz semejante a
la luz del día y, sí, es cierto, aquello esparcía una claridad
admirable y de ahí provenía toda la luz corporal y espiritual.”
De
esta luz sin sol, Santa Teresa de Avila tuvo igualmente experiencia
y trató de hacernos presentir su grandeza:
“No
es resplandor que deslumbre, sino una blancura suave y el resplandor
infuso, que da deleite grandísimo a la vista, y no la cansa ni la
claridad que se ve, para ver esta hermosura tan divina. Es una luz
tan diferente de la de acá, que parece una cosa tan deslustrada la
claridad del sol que vemos, en comparación de aquella claridad y
luz, que se representa a la vista, que no se querría abrir los ojos
después.
“Es como ver una agua muy clara, que corre sobre cristal, y que
reverbera en ella el sol, a una muy turbia y con gran nublado, y que
corre por encima de la tierra. No porque se le representa sol, ni la
luz es como la del sol; parece en fin luz natural, y esta otra cosa
artificial. Es luz que no tiene noche, sino que como siempre es luz,
no la turba nada. En fin es de suerte, que por grande entendimiento
que una persona tuviese, en todos los días de su vida podría
imaginar cómo es…” (Vida. Cap. XXVIII.)
Así
pues, los místicos y los poetas, empleando el método activo o el método
pasivo con el fin de conquistar la plenitud de su espíritu, llegan
progresivamente a la negación de su yo, a la negación de los
valores éticos y acceden a una realidad tenebrosa en cuyo seno la
noche y la luz cesan de oponerse.
Sin
embargo, tan numerosos acuerdos y encuentros deben ceder ante la
diferencia única, pero fundamental, que separa la experiencia poética
de la experiencia mística: Mientras que el poeta se encamina hacia
la Palabra, el místico tiende al Silencio. El poeta se identifica
con las fuerzas del universo manifestado, mientras que el místicos
las atraviesa, y trata de alcanzar, detrás de ellas, la potencia
inmóvil y sin límite de lo absoluto.
Tal
es por lo menos la conducta del poeta mientras no se desvíe del fin
que originalmente se ha propuesto: prolongar el universo por el
desencadenamiento de las fuerzas creadoras del lenguaje, trayéndole
la conciencia de su unidad. Debe ante todo aspirar las fuerzas que
constituyen el mundo, antes de espirarlas más armoniosas. Después
que el poeta ha verificado que su emoción verdadera no es lo que lo
distingue de los otros hombres, pero que un Alma gigantesca, aquella
de la que el mundo ha surgido, es, a la vez, la suya y la del
universo, llega a hacerse, en potencia, amo de este último y puede
actuar sobre su orden. Ladrón de fuego, se debe a sí mismo el
realizar su labor de demiurgo. La palabra le es impuesta. Desviarse
de ella equivale para el poeta a renegar de la poesía.
Muy
al contrario, el místico se esfuerza en dejar atrás las obras
divinas para acceder a su fuente original. Su reino no es de este
mundo. Que el universo sea considerado como un defecto dentro de lo
absoluto, una limitación voluntaria de sus potencias, o un
espejismo sin realidad que en nada podría mancharlo, el místico no
se detiene en sus prestigiosas apariencias. Si reconoce la vanidad
de su propio yo, la de las categorías de bien y de mal, no es sino
como una consecuencia del reconocimiento efectuado por él de la
irrealidad del mundo de cuya naturaleza participa. De toda la fuerza
de su voluntad y de su amor tiende hacia una realidad que no tolera
existencia alguna fuera de la suya y d ela que no se puede decir
nada sino que es inexpresable. El silencio se hace signo de su
acceso al fin que se ha propuesto. Usar palabras a propósito de la
revelación viene a ser para el místico traicionarla.
Las
fases de la experiencia poética y las de la experiencia mística se
desenvuelven paralelamente hasta su cumplimiento, en el que de
pronto se separan de todo el abismo que no cesa de oponer el
movimiento al reposo, la palabra al silencio.
¿Es
posible emitir un juicio de valor sobre la cualidad de estas dos
experiencias? Semejante juicio supone la comparación de las
realidades relativas frente a lo inconocible absoluto. Sin duda las
fuerzas creadoras exaltadas por el poeta en el sentido de una
conciencia más perfecta de su unidad están, por su aproximación
progresivamente violenta de lo absoluto, en vías de rectificar la
fallar armónica que las separa. Pero el mundo de la manifestación
del que son soporte, extrae una verdadera grandeza del hecho de que
puede, desvaneciéndose, dejar aparecer la realidad pura. La frase
con que Mallarmé precede el cuento de Igitur está, en lo que a
esto se refiere, llena de sentido: “El mismo, al fin, cuando los
ruidos hayan desaparecido, sacará una prueba de algo grande (¿ningún
astro? ¿el azar anulado?) del simple hecho que puede provocar la
sombra soplando sobre la llama”.
Si
todo el valor de la luz está en poder ser apagada en provecho de la
oscuridad, no es dudoso que la experiencia cuyas vías abren
directamente en plena noche prevalezca sobre aquella cuyo movimiento
desde su principio se desvía de ella. La superioridad de la
experiencia mística sobre la experiencia poética no puede desde
luego ser concebida, si se admite que los poetas fueron cautivados
por el sentido de la Noche cesaron de ser poetas. Es evidente que
desde ese momento presentaron el signo característico del estado místico
que es la suspensión de las potencias. El brusco silencio de Racine
o del de Rimbaud, la imposibilidad de expresarse, que fue todo el
tormento de Mallarmé, y hasta la angustia de lo indecible
manifestada por Baudelaire, son en cierto modo el estigma del estado al que accedieron.
Por
otra parte, que numerosos místicos hayan tratado, por el contrario,
de violentar las palabras para traducir sus iluminaciones, hace
pensar que en la medida en que lo lograron hicieron acto de poetas.
Un intercambio perpetuo no ha cesado nunca de establecerse entre
estas dos familias de espíritus que quizás no formaban sino una
familia en tiempos ya abolidos. Parece que sus comarcas espirituales
están demasiado cercanas para que en todo momento no tiendan a
unirse.
(*)
(*)
Fuente: Roland
de Reneville, "Poetas y místicos", Revista:
El hijo pródigo, México, Año II, Vol IV. Nro 19.
Octubre 1944; p.59 a 69;
traducción: César Moro (editado con anterioridad en
triplov.com/surreal).
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