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EL UNICORNIO
Por Manuel Mujica Lainez
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"La
dama del Unicornio", obra de Rafael. Sobre su falda, la
virgen sostiene el mítico animal que avivó la imaginación
medieval y del Renacimiento.
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Manuel Mujica Lainez es un esencial escritor de la literatura de
habla hispana. Quizá nunca fue suficientemente valorado su vigoroso
talento lírico y narrativo. Es autor de novelas históricas
cruciales como Bomarzo o El escarabajo de oro. Su Misteriosa
Buenos Aires es un ejemplo de la capacidad de recreación
mediante la imaginación literaria de una ciudad. La narración
refunda la capital argentina y le agrega a su identidad no sólo su
historia y su arquitectura, sino también una misteriosa aura
poética.
Mujica Lainez gustaba de la burla al realismo
cristalizada desde los valles de la fantasía. Una casa piensa, vive
y narra la historia de su ocupantes en La casa; en el
mencionado El escarabajo de oro, un anillo narra su vasta
historia a través de numerosos siglos y dueños. Y en uno de
sus textos olvidados que aquí deseamos recuperar para alentar su
lectura, Mujica le concede vida a un hada que, desde el mundo
moderno, recuerda su vida medieval. El hada Melusina, personaje
mágico del folklore medieval francés, vive oculta en un
campanario. Desde allí, contempla el aburrido mundo moderno,
inficionado de racionalismo, e impotente para todo elixir poético o
mágico. Melusina, en primera persona, nos interna lentamente en el
frescor y vivacidad de sus reminiscencias medievales. De esa época
donde el hombre convivía, sin ningún trazo de escepticismo, con la
cercana realidad de los ángeles, los demonios, el misterio divino,
la magia del bosque. Y los unicornios recostados en la faldas de una
virgen. Y las hadas. Como Melusina. Que nos invita a revivir un
universo pasado como si fuera aún una escondida tersura de violines
en el presente.
Esteban
Ierardo
EL UNICORNIO (fragmento)
Por Manuel Mujica Lainez
Yo
había soñado, el campanario robusto de Lusignan, capilla
del priorato de Nuestra Señora , el toque de Vísperas
y el castillo y el pueblo flotan en la vaguedad que precede
al tintineo de Completas, la última hora canónica
del día, la hora en que los monjes, reunidos en las salas
de los Capítulos, iniciarán la salmodia que despide
a la tarde. Pronto, quien aguzara el oído escucharán
a través de Francia, de una a otra catedral, de uno a
otro monasterio, en la ciudad y en el corazón del los
bosques, el gangoso susurro de abejas de largos latines, y los
dominios feudales, las tierras de magos y de enemigos, se
transforman
una vez más, con esa vibración, a medida que avanzaba,
sobre el olor y el temblor del verano, la suave incertidumbre
del crepúsculo, en otras tantas colmenas sagradas. Recuerdo
que me asomé a las aberturas de la torre fundada por
Hugo IV, entre las campanas cuya función esencial aspira
tanto a mantener alerta la piedad de los hombres débiles
como a espantar a los ejércitos del Diablo, y que mis
ojos, atravesando las piedras de la fortaleza que yo misma había
comenzado a construir, siglos atrás, y que era un prodigio
militar de fosos, de murallas o baluartes, o girando la visión
sobre la cúpula eclesiástica, escamosa como una
cola de sirena o de serpiente- como mi propia cola célebre,
sin ir más lejos-, se distraían con los verdes
y los oros que subrayan el curso del Vonne y el valle de la
fuente de Cé. El momento logra en esa época del
año, un esplendor singular, mientras las luces del cielo
se encienden y ceden paso al azul y a la plata, que son, por
otra parte, los colores heráldicos de los Lusignan, cual
si mis príncipes levantarán a un tiempo sus escudos
en la penumbra, para proteger a los suyos del horror de la noche.
Entonces las estrellas dibujan sus mensajes, secretos y exactos
como los signos del Zodíaco que decoran los portales
de algunos santuarios de la región. Y que siempre
(aun cuando significan que la Iglesia tiene delante de ella
a la eternidad de los siglos) me alarmaron un poco, a causa
de su origen infiel, pues en Oriente oí decir que una
de las glorias de Alá finca en haber creado esas astrológicas
figuras y las casas lunares. Pero en el abrigo materno de Poitou,
la angustia y la maravilla del Oriente resultaban tan irreales,
a pesar de los relatos de quienes volvían de la cruzada,
que si de algo teníamos que ocuparnos no era de las invenciones
de Alá, sino, durante el invierno, de los lobos que aullaban
a nuestras puertas blancas de nieve, y durante meses cálidos,
de las plagas que combatían a las cosechas, cuyos frutos
- cuando Dios había sido benigno- se amontonaban en los
carros rebosantes de coles y de heno, de infinitas tonalidades
sutiles, que al rodar plañideramente hacia las ferias, con muchachos
despatarrados, semidormidos encima de la carga parecían
arrastrar en su bamboleo el triunfo de los tapices señoriales
sembrados de hierbas y de flores misteriosas.
Los
rumores cesaron uno a uno. La brisa estremeció con leve
suspiro la pálida humareda de los árboles; un
pastor invisible prolongó en su caracola, erguida hacia
la paz de la luna su extraña queja, insinuándonos viejísimas
cadencias de mar y de mitología, que callaron de súbito;
rechinaron en el castillo goznes y cerrojos; onduló unos
segundos, alrededor de mi torre, el canto de una mujer que apaciguaba
a un niño, y el silencio- aguardando al instante en que el vigía
reiteraría con voz indiferente, como si no se tratara
de algo muy grave, su pedido ritual de una oración para
los muertos, se instaló entre nosotros, enorme, sofocándonos,
de suerte que se dijera que un ave gigantesca estaba incubando,
en la extática noche que nacía, a las fortificaciones
y al caserío de Lusignan, y que, apretados bajo su peso,
sólo alcanzábamos a distinguir la iluminación
celeste a través de sus plumas grises.
Me
eché a dormitar -también las hadas duermen-, cubierta
por el baldaquín metálico que formaba la comba
de una campana, y mi antiguo sueño, el sueño de mi adolescencia
famosa, escandalosa, tornó a visitarme. Pienso que debo
narrarlo enseguida, para que el lector aprecie con exactitud
la jerarquía excepcional de quien escribe para él.
Pero, puesto que ese repetido sueño y la historia de mi vida
constituyen un todo inseparable, referiré, concretamente,
en las primeras páginas de este libro que será
sin duda extenso y curioso, mi vida, mi vida que semeja un sueño,
porque así lo quiso la incalculable fantasía de
Dios, y el lector sabrá a qué atenerse. Por lo
demás, es una anécdota harto conocida. Los aldeanos
la narran, junto al fuego, sin tantos pormenores; las madres
-acaso esa madre que arrullaba a su pequeño, cerca de la torre
de Lusignan- la cuentan y cantan admirablemente a sus hijos;
los poetas la exaltaron con más o menos eficacia, y los
estudiosos especialistas la han analizado con paciencia, sin
conseguir, empero, todavía, y eso que su esfuerzo ha
sido notable, acumulando las fichas tristemente folklóricas
y las búsquedas en las que la filología sagaz
rivaliza con el erudito candor, despojarla de un lirismo dramático
que me enorgullece y me asusta y que hasta hoy demuestra ser
más fuerte que sus metódicos embates sabios.
Es
la historia de un hada, la vida de un hada; que quien no crea
en las hadas, cierre este libro y lo arroje a un canasto o lo
reduzca al papel suntuario de relleno de su biblioteca, lamentando
el precio seguramente substancioso que habrá pagado
por su gruesa estructura. Al proceder así, y al no tener
en cuenta que todo, absolutamente todo, en este mundo inexplicable,
funciona por razones que se nos escapan, su escepticismo anticuado,
que tacharía de victoriano, de no mediar mi respecto por esa
gran reina, lo privará de enterarse de asuntos de interés
trascendente. Lo siento de antemano por él: hay distintos
modos de ser pobre de espíritu: hay distintos modos de
andar por la Tierra tildándola de insípida y,
aburriéndose, dejándose morir de monotonía
y tedio; y uno de ellos - tal vez el más tonto- consiste
en negarse a probar la sal y la pimienta ocultas que la sazonan
de magia.
En
cuanto a la idea de rechazar la existencia de las hadas, hadas
malas y hadas buenas, es menester ser ciego para no verlas,
para no reconocerlas, pues su enjambre pulula por doquier. Por
obvias razones, me unen a cada uno de ellas lazos de afecto
o de aversión. Las hay ricas, extravagantes, que derrochan
en Venecia, en Montecarlo. Son esas fabulosas, inmemoriales
mujeres, cuyas edades, rentas y procedencias se ignoran, que
les impone a las ruletas malabarismos estupendos, como la sospechosa
complacencia de reincidir en el mismo número más
vueltas de lo previsible, mientras lo siguen cargando de fichas
con ademanes indolentes y expelen el humo de sus largas boquillas.
O esas otras que, de la noche a la mañana, decoran sus departamentos de
Paris y Nueva York con tapices góticos desconocidos,
soberbios, asombro y desesperación de los marchands,
que ellos conservan de su propia belle époque
medioeval, en subterráneos arcones de abandonados castillos
y abadías. O las que, fieles a vocación primordial,
se dedican a sacudir las mesas del espiritismo y a organizar
el trajín de las casas embrujadas. O aquellas, caritativas,
que ayudan a la gente, pero de una manera fantástica,
a menudo arbitraria o errónea. Y las zalameras que no
renuncian a sus características de sempiternas enamoradas
sensuales; y, como cuando revolotean sobre el Valle Sin regreso
de la floresta de Brocenlandia, donde Morgana enclaustró
al bello caballero Guyomar y a muchos amantes perjuros, o sobre
la isla de Avalon, a donde un hada se llevó secuestrado
al doncel Lanval (y fueron felices), siguen dándose maña,
a pesar de su ancianidad evidente, para raptar jovencitos que
ansían progresar económicamente, quienes luego
desfilan de su brazo, bien vestido y enjoyados, por los halls
de los hoteles internacionales. O aquellas, más aplicadas,
más respetables, densas de generosa voluntad científica,
que zumban y soplan sobre las cabezas fatigadas de los inventores
y les sugieren ideas pasmosas, pero que ahora se van quedando
atrás, sumergidas por el alud de las cifras, de
las fórmulas y de las máquinas electrónicas,
y miran multiplicarse en torno las expresiones que no entienden
y que convulsionan a un mundo que se les desliza entre las manos
aéreas y que no les pertenecen ya. Y así sucesivamente.
Hay hadas y hadas y hadas. Cuchichean, ronronean, como insectos
impalpables, por los caminos de la Tierra estúpida. Yo
soy una de ellas.
Hay
ángeles también. Que el sensible lector se convenza:
hay, como en la Edad media, hadas y ángeles, que eso
fue la Edad media: el hada, y el Ángel. Y el demonio.
Pero no me extenderé por el momento sobre el tema del
ángel. Aunque es justo que, al pensar fugazmente en ellos,
copie aquí la frase que he murmurado en ocasiones innúmeras:
¡todo ha cambiado tanto!
Cuando yo tenía a mi cargo los deberes inherentes a la
joven señora de Lusignan, y también cuando se producían
los acontecimientos que más adelante describiré,
era habitual que las hadas nos encontráramos con los
ángeles, mientras cumplíamos nuestras respectivas
tareas. La similitud de ciertas raras consignas nos hacía
recorrer itinerarios iguales. En esa época, una topaba
con ángeles en lugares inesperados: en las encrucijadas
de un bosque, en las cocinas de un convento. Pasaban, filosos,
tendidos los delgados dedos bendicientes, alzándose las
claras vestiduras. Iban a visitar a un ermitaño, portándole
una cesta con tortas dulces, o a recibir, de labios de una duquesa
beata, las preces que recogían en sus mantos como un
aroma de incienso. Nosotras, como ellos, teníamos mucho
que hacer. Nos cruzábamos, afanosos, incorpóreos
para los demás, y si bien la etiqueta exigía que
fingiéramos, por ambas partes, que no captábamos
nuestras mutuas esencias, que ni siquiera nos veíamos,
a veces eran tan hermosos y recordaban de tal modo a los señores
adolescentes que nosotras espiábamos y socorríamos,
que no podíamos evitar que una sonrisa iluminase nuestras
caras. Entonces ellos se inclinaban un poco, casi nada, y proseguían
su marcha suave y solemne. Pero ya lo dije: ¡todo ha cambiado
tanto! Los ángeles, si todavía ambulan por el
mundo, se han modificado de tal manera que ni aún nosotras,
que los comprendíamos bien y que participábamos
de algunos -solo de algunos- de sus rasgos sutiles, somos capaces
de reconocerlos. En la época que evoco -el año 1174-
un ángel vivía, me atrevo a asegurar que permanentemente,
en la torre principal del castillo. Durante los trabajos agrícolas
del mes de marzo, cuando los aldeanos podaban las viñas, descendía
al campo ondulado y secundaba su tarea, sin que ellos se percataran.
Luego regresaba al castillo, que no era todavía tan complicado
como se lo detalla en la miniatura de las "horas"
(tres riches) del duque de Berry, pero no carecía
de grandeza imponente, y yo, desde mi refugio del campanario,
lo atisbaba ir y venir, en lo alto de su celda, leyendo, a la
luz temblona de una candela, un libro de devoción. Con
ser vecinos y los únicos habitantes sobrenaturales de
Lusignan, no nos hablamos nunca.
Me
llamo Melusina y la sola mención de mi nombre debería
bastar. Pero no basta ¡ay! nada basta en un siglo como
el actual en que los escolares deben aprender tantas cosas difíciles
e inútiles que no les queda ya tiempo para las fundamentales".
(*)
(*)
Fuente: Manuel Mújica Láinez, El unicornio, Buenos Aires,
Planeta, pp. 11-14.
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