Crítica
del Dolor - Eudemología
Prefacio
Tiempo
ha que tuve la idea de esta Crítica y anduve temiendo no saber
hacerme entender a causa de mi poca disciplina y diligencia para las
explicaciones -a veces la sola Gramática es suficiente para ponerme
en fuga del esfuerzo comenzado- y especialmente porque la
particularidad de la noción que trato de presentar, la singular
denominación y tema de mi asunto o haría imaginar que traigo uno
de esos libros que viven de su título, pacientemente estudiado en
las mejores horas mentales de su autor, o sugeriría desde luego al
lector otras ideas tras las cuales se me marcharía, no siendo
aquéllas a que deseo traerlo y creando una situación tan cómoda
como infecunda, que es la desesperación clásica de los escritores.
A estas
razones bastantes, quizá, para hacer de mi libro un caso de
inoportunidad permanente, se añade la inoportunidad actual nacida
de la gran prosperidad en que están viviendo los argentinos,
quienes apenas conservan impresiones de la riqueza en dolor de la
Vida. Viéndome hablar del Dolor no dejarán de suponerme un
estudioso de cosas antiguas, y sin desdén, con amistosa lástima,
pues como argentinos y como hombres felices mis lectores de ahora
acogen con doblada cordialidad toda aparición de un producto de
vida en la escena que ellos hacen hermosa con su trabajo, sus
capacidades de esperanza y su plena buena voluntad de vivir,
pensarán que seguramente se me ven méritos y labor, y haciendo de
Gobierno Nacional ya estarán preocupados con un buen empleo para
mi.
Por mi
parte no quisiera más honroso destino, pero bien advierto que tan
pronta iniciativa no significa otra cosa que la de cisión
firmísima de despedirse de mí desde ahora sin comprometerse en la
lectura más allá de la primera página y con una ojeada al índice
de "esta nueva producción que con la sugestiva carátula de
"Critica del Dolor" nos visita a principios de año y hemos
de leer con detenimiento".
Creo,
empero, que esta gallarda Nación que es uno de los grupos
nacionales de convivencia más culto y sano y vivaz de la Tierra,
esta sociabilidad en que el trabajo de todos los corazones parece
que esta concentrando y creando el más espléndido Sol humano de
Buena Voluntad actualmente existente o en formación, está sujeta a
una inminente catástrofe económica que abriré un período de
dolor nacional como el que soportamos hace veinte años o como el
que soportan los Estados Unidos desde 1907. El Dolor efectuará su
reaparición y estos hogares argentinos cuya estructura moral no
tiene igual en el mundo (los hogares son las fortalezas y la
finalidad de la nacionalidad: allí se refugia y se repara la patria
enferma o intimidada; de allí salen cotidianamente las fuerzas
puras, la sangre moral, sin las cuales la vida política y comercial
se hundiría en el crimen en una semana: un día de hogar es más
eficiente que toda la instrucción-educación pública que recibe un
joven: el Gobierno, la Religión Externa, las costumbres son
estructuras de lujo, productos residuales y de fricción que,
existen simplemente porque no se les ha podido evitar del todo,
porque el hogar no es una perfección) conocerán nuevamente las
amarguras de esos largos anos de combate estrecho y acérrimo que es
preciso para que entre el pan en la casa cuando un violento ciclón
económico ha pasado por la Nación.
Estamos
olvidados de que si no la miseria, la estrechez más o menos
disimulada y continua y el trabajo rudo es la ley en el noventa por
ciento de los hogares en toda la Tierra excepto en períodos locales
muy prósperos.
Solemos
creer que los privilegios propios de la Argentina consistentes en la
riqueza de su suelo, ausencia de gérmenes étnicos y en cierta
medida económico-sociales de conflicto y ruina., salubridad en sus
circunstancias físicas, benignidad de clima, son
extraordinariamente prominentes. Yo declaro que en mi opinión son
en conjunto superiores a los de Estados Unidos, Canadá, Australia,
Trasvaal, Bélgica y algunos otros países que en la hora actual
pueden reconocerse como las agrupaciones nacionales más
favorablemente dotadas por ventajas físicas, étnicas, sociales, y
a pesar de poner tan alto a mi patria creo que en un parangón
hedónico, es decir, comparando el bienestar y malestar sustancial,
subjetivo, las diferencias entre las nacionalidades son
insignificantes, como son insignificantes las diferencias reales de
sufrimiento y goce entre los diversos individuos cualesquiera sean
las variedades de condición, educación, carácter, poder mental,
etcétera, etcétera.
Sea como
fuere creo que la crítica del dolor como dirección teórica
sistemática, precisa -a nadie habíasele ocurrido hasta ahora que
era un problema especial deslindable y que debía deslindarse,
extraviado el problema entre esos tejidos de vaguedades con que se
componen los libros sobre la Felicidad- es un examen y preparación
cuya necesidad todo individuo siente mil veces en las vicisitudes de
su carrera hedónica, y opino que tal como la propongo hará que la
lectura de estas páginas sea de efecto más bien tónico que
depresivo, con mejora casi imperceptible pero general del nivel
permanente de combate en la "actitud" voluntaria.
Para mí
es ineludible optar en la carrera terrestre o por la actitud
metafísica o por la actitud práctica, tan valiosas y tan
legítimas una como otra. Con cualquiera de ellas llevadas a un
extremo de disciplina podemos situarnos favorablemente en lo que
tiene de hedónico nuestro pasaje terrestre.
La
"Critica del Dolor" es el capítulo mayor de mi posición
práctica general, lo que no significa que yo me sienta más llevado
hacia la posición práctica; al contrario, la posición metafísica
es mi gran escudo, pero he solido verme y he visto a otros bien
defendidos en la posición práctica en toda su desnudez. No sólo
se puede vivir sin necesitar a Dios (Religión) sino aún sin
necesitar ser Dios (Metafísica, Misticismo).
A veces
en verdad parece que se hace más honor a la Tierra como escuela del
momento enclavándose en un valor tan grande cual el Mundo.
A veces
la Metafísica, es decir, una disciplina sin límites de refutación
de la presentación práctica del mundo, parece más definitivo que
el Valor.
Mas,
¿qué hay más definitivo que un presente bien llenado? Una
recepción plena es lo que quiere el Presente para hacerse
Eternidad.
Al
compás de estas páginas voy pensando y haciéndome de disciplina
práctica. No entiendo de otra manera el escribir libros. Yo tengo
que preparar, como todos, reservas para emplearlas en las horas que
el Dolor se toma con nosotros. Pero si me siento a meditar actitudes
e inhibiciones con que resistir el dolor cuando llegue, la
meditación se dispersa a cada minuto. Tener en la cabeza un plan de
libro y ver páginas que crecen día a día, son auxilios internos y
externos para la continuidad de la meditación y, sobre todo, las
sensaciones musculares de la escritura la sostienen muy bien. Que
después de todo y habiendo ya sido útil a quien lo hacía el libro
que ayudó a pensar escribiendo ayude a pensar leyendo y que
todavía sus sugestiones -ya que no trasmisiones de ideas que rara
vez ocurren- levanten un minúsculo grado el tono del día anterior
del hijo, del amigo, del lector, que éste se separe de sus páginas
con más elasticidad para la Fiesta y más disciplina de Infierno...
Se
advertirá en estas páginas cierta inconstancia en el acento de
serio dogmatismo con que se calzan y visten todos los que escriben
libros científicos.
Es,
efectivamente, así; pero ante la incesante alternativa de las
opiniones de los más vigorosos pensadores, prueba eterna de la
fragilidad del pensamiento o de la complicación de las cosas, me
parece ridícula tanta seriedad y buenamente digo que la intención
científica de mis capítulos es sincerísima y que nada me interesa
tanto en este mundo como la verdad (no empleo mayúscula porque
estoy harto de énfasis); las dos verdades: la práctica y la
metafísica; esta última más que la otra.
Leyendo
la "vida" de Napoleón, de Beethoven, de Spencer, nuestra
sospecha de que la suerte humana, inextricable mixtura de
sufrimiento y goce, es igual y común y no la modifica de ninguna
manera favorable la posesión más extensa de cualquier
"bien" (poder, riqueza, ciencia, sensibilidad) se
robustece; y un examen sistemático de nuestra constitución psico-fisiológica
parece conducir a lo mismo.
La
"Historia" (de la Ciencia, de la Acción, de la
Expresión) narra tantos fracasos como victorias y cada vida
individual es un tejido de perplejidades y lucideces. Lo que se
llama Progreso, hecho incuestionable en mi opinión, es una
complicación creciente para el Placer y para el Dolor, para el
Error y la Verdad, pero la "vida" continúa siendo una
igual posibilidad de goce o sufrimiento y el "mundo" una
igual posibilidad de causas de dolor y de placer,
No es,
pues, el caso de adoptar una actitud de sapiencia ilimitada cuando
se descerraja un libro sobre el público, no tomar esa adorable
apostura de "lo sé todo" con que se retratan los autores
en la primera página o tapa de su "obra" con mirada
centelleante y gesto de inquebrantable voluntad; las señoritas y
damas también tienen para el fotógrafo una actitud insustituible
que llamaremos: la actitud virginal; pero aquella "perfecta
lucidez" y "definitiva orientación" y esto
"perfil virginal" son cosas cuya existencia positiva...
Téngase,
pues, presente que estamos escribiendo y estudiando; que
rectificaremos sin dificultad cualquier afirmación de los primeros
capítulos que al llegar a los últimos haya perdido nuestras
simpatías, y también, que sabemos, en este momento, tan poco que
ni aún podríamos decir si al fin sabremos algo irrefutable.
Es
decir, que no tenemos por qué desesperar de alcanzar alguna verdad
favorable a la dicha humana.
Así
sea.
Añadiremos,
para terminar, que estas páginas tratan un tópico que no tiene la
primera jerarquía en las meditaciones del autor. Han sido pensadas
y escritas para amenizar la persecución de la soberana intelección
metafísica, nuestra predilecta Esperanza.
CRÍTICA
DEL DOLOR
I
Estas
páginas no son un tratado de optimismo aunque la primera impresión
que ha de sugerir al lector el título de mi libro es la de que
aquí se expone una defensa optimista.
La
palabra optimismo es manifiestamente inexacta, pues sólo sería
aplicable al sistema que sostuviera lo que dícese -aunque por mi
parte no creo que a pensador alguno se le ocurran estas o semejantes
terquedades- opinaba Leibnitz: que la vida es hedónicamente no
buena y deseable sino óptima. Se llama optimismo, sin embargo, la
creencia de que la vida es generalmente mejor que la inexistencia,
que la vida contiene por lo general más placer que dolor. Yo
entiendo que por poco que se incline la vida en la mayoría de los
casos a procurar más placer que dolor, ya es buena y deseable. Y la
mejor prueba de que es generalmente deseable está en que es
generalmente deseada. Suponer que podría continuar prevaleciendo el
deseo de vivir a pesar de que en el contenido de la experiencia
individual y hereditaria prevalecieran los capítulos de dolor sobre
los de placer es enteramente caprichoso.
Pero
también creo que la prevalencia en la generalidad de las
existencias del placer sobre el dolor es apenas apreciable, es
insignificante, meramente lo suficiente para que hedónicamente sea
preferible haber nacido a no hacerlo, en el sentido terrestre,
único sentido de la palabra nacimiento. Y esto es así por una
razón metafísica, no por un accidente variable como si dijéramos
por circunstancias de confort. Así, pues, el progreso en que se
cifran tantas esperanzas no puede cambiar estas cosas: siempre ha
sido y será así, en el hombre como en el insecto, y los esfuerzos,
recibidos con tanto aplauso, de los que nos representan a nuestros
antepasados de hace un millón de años como criaturas de dolor,
perpetuamente aterrorizados, inermes y hambrientos, temblando en los
bosques y temblando en las cavernas, no demuestran sino que a veces
el hombre pierde y procura perder el sentido divino de la vida. Es
degradar el Tiempo y la Realidad imaginar que hay tiempos mejores
que otros y que el alma y la vida tengan que esperar perfecciones
del futuro. Toda existencia y nuestros antepasados o no existieron o
existieron actualmente: nuestra actualidad no vale más que la de
ellos: su presente es el mismo que hoy es nuestro.
Y así
como el deseo general de vivir es prueba de la deseabilidad de la
vida, la ilusión del progreso hedónico, la general espera del
Futuro es prueba de la profunda deficiencia hedónica de toda
actualidad y la vida es pura actualidad. Por eso, en suma y cerrando
esta digresión pienso que la vida es deseable pero apenas deseable
y que no puede ser de otra manera porque la vida es una invención
del alma; placer y dolor son sus invenciones; placer es lo que el
alma quiere que sea presente, dolor lo que quisiera que deje de ser
presente; pero la vida sin el dolor podría ser cualquier cosa menos
un algo hedónico, y el alma quiere que la vida sea un algo
hedónico, además de otras cosas; por eso hay tanto dolor en ella
aunque es invención del alma y por eso hay más placer que dolor,
porque es invención del alma. Si tales opiniones pueden autorizarse
con un símil cabe decir que el placer no podría crecer como no
puede aumentar la luz del mundo como hecho subjetivo, pues todo
acrecentamiento de la duración del reino de la luz lleva
correlativa una intensificación de nuestra sensibilidad para la
oscuridad. Puede prolongarse el día pero la noche será tanto más
extraña para nuestros sentidos.
En suma:
la Vida, que como posición terrestre del ser es invención del
alma, tenía que ser por ello satisfactoria hedónicamente, pero
ante todo tenía que ser hedónica para que pudiera ser
"moral", pues el fenomenismo terrestre ha sido concebido
como instalación moral y la moralidad nace con el dolor y la
pluralidad e individuación, como diría el gran Schopenhauer, el
maestro.
Esta
extemporánea digresión, cuyo espíritu sé muy bien será
decididamente antipático a juicio de casi todos mis lectores, ser
vira, sin embargo, si es que tengo algún oyente todavía, para
guiarlo en la interpretación de algunas singularidades que seguirá
encontrando en mi exposición. No puedo dejar de ser todo lo que soy
en todo lo que escribo; aunque escribiera sobre Derecho o sobre
Higiene no puedo dejar de ser risueño, doloroso y metafísico a
cada página. Sobre todo creo que la Metafísica es la disciplina
más favorable a la felicidad y nunca me abstendré de presentar
toda perspectiva metafísica que se ofrezca a mi espíritu mientras
llevo adelante mi redacción.
II
Nadie
quizá está tan lleno de miedos como el que escribe esto: y
seguramente de haber sufrido tanto por esta causa nació la
necesidad profunda de formarme una vez por todas una posición
mental completa con respecto al fenómeno Dolor en todas sus
posibilidades.
¿Qué
me propongo en este libro? ¿Demostrar que en la generalidad de las
vidas hay más placer que dolor? Ya he dado mi opinión apenas
optimista sobre este punto, pero estas páginas no tienen nada
absolutamente que hacer con el optimismo o el pesimismo.
Lo que
me propongo es hacer examen de las "intensidades" y
"duraciones" posibles de dolor con la esperanza de
aquietar mi alma y la del lector. Con el espíritu con que tantas
veces se ha hecho la "crítica del conocimiento" intento
una crítica de la sensibilidad tomada en el aspecto que suelen
llamar negativo: ensayo una crítica del dolor que hasta hoy no se
ha intentado y espero demostrar que incurrimos en exajeración, y
determinamos el nacimiento de ideas falsas en nosotros y en los
demás, en nuestros juicios y expresiones del dolor.
¿Qué
vinculación hay entre la Crítica del Dolor y la Eudemonología? Eudemonología
es la investigación de la probabilidad o efectividad en el pasado
de un balance hedónico favorable en promedio al vivir sobre el no
vivir, comparadas severamente las intensidades, frecuencias y
variaciones del dolor y del placer. La Crítica del Dolor es,
como la Critica del Placer, la comparación entre los valores,
diremos, del dolor y placer en perspectiva y su efectivo valor al
tiempo de ser experimentados; y la comparación entre los valores
afectivos inherentes a la labor misma de soportación, con los
dolores experimentados, según la fórmula de la sabiduría
tradicional, religiosa, de que Dios da las cargas pero da también
las fuerzas proporcionadas. Juzgamos con agrandamiento tanto el
dolor futuro como el placer futuro, y el momento presente de ellos
resulta tanto para el placer como para el dolor, menor en contenido
del que le adjudicaba nuestro juicio previo.
EUDEMONOLOGÏA
Eudemonología
vendría a ser el arte, extraído de la consulta combinada de todas
las ciencias o de un saber muy extenso, de indicar las conductas, o
reglas cuya observancia fuera más útil, es decir más evitadora de
dolores o procuradora de placeres. Consideradas las condiciones más
generales y comunes de toda vida humana, examinaría y tomaría el
peso a las ventajas e inconvenientes propios de cada uno de los
llamados "bienes": salud, ciencia, fuerza muscular,
dinero, belleza personal, sensibilidad, reputación, honradez, etc.,
haría la crítica severa de ellos, de la que quizá emergiera que
ninguno merecería el nombre de "bien", porque ofrecieran
inconvenientes que compensaran sus ventajas, o que alguno de ellos
era muy superior en saldo de ventajas sobre inconvenientes, a los
otros, y por tanto debiera ser erigido en objeto preferente de
nuestros esfuerzos; resultaría quizá que la salud era un bien más
plenamente que la ciencia y que por ejemplo las privaciones,
trabajos e investigaciones que nos propusiéramos para adquirir y
conservar salud fueran más útiles que los conducentes a la
adquisición científica; en otros casos resultaría quizá que era
más conveniente ser valeroso que ser erudito, que la honradez
traía más sufrimientos que la pillería, o que la belleza personal
acarreaba más dolores que placeres facilitaba, siendo preferible
ser feo o fea para vivir con más probabilidades de bienestar.
Es éste
un estudio comparativo sistemático que nunca se ha hecho y del que
surgiría quizá el descrédito de muchos de los llamados
tradicionalmente bienes. La salud misma debe tener sus
inconvenientes, pues si bien comporta la plenitud de la Actividad,
es decir de los recursos musculares e intelectuales que pueden
servirnos para obtener placeres y evitar dolores, también
representa la plenitud de los deseos sensuales, emocionales y de
todo orden, que son otras tantas exigencias que se truecan en
dolores si no disponemos de lo necesario para satisfacerlas.
Además, la salud es un equilibrio y armonía biológica nada fácil
de conquistar y mantener; es a costa de privaciones diarias, de
múltiples cuidados en nuestro sueño, alimentación, aereación,
ejercicio, vestimenta, placeres, pasiones, contagios prevenidos,
adulteraciones de alimentos y líquidos evitadas, etc., que se logra
conservarla, y esto requiere no sólo esfuerzos, privaciones y
mortificaciones, sino estudios, observaciones y consultas. Si,
después de todo esto, obtenemos la salud y sus goces nos compensan
los sufrimientos y labores que nos exije, resultando un saldo
favorable de los placeres que nos proporciona con las privaciones y
trabajos que nos impone, todavía quedará por examinar en este
balance una desventaja que acompaña a todos los estados y
condiciones de la vida y surge de la característica constitucional
de nuestra economía psico-fisiológica; la compensación o
Relatividad, en virtud de la cual el hombre que cuidando su salud
logra evitar durante muchos años toda enfermedad, si alguna vez
llega a enfermar, lo que no logrará eludir, será mucho más
sensible a las mortificaciones y molestias peculiares del estado de
enfermedad, que el que con frecuencia ha estado enfermo, y además
sus sufrimientos morales serán mucho mayores: no podrá tolerar la
inmovilidad y secuestro a que lo reduce la enfermedad y sus temores
ante una operación necesaria y sus inquietudes por la posibilidad
de morir, le impondrán tormentos que al hombre enfermizo o
desarreglado ya no abruman. Se ve pues cuan complicado es el tejido
de la vida y cuan difícil por tanto la tarea de la Eudemonología.
Señalar un camino o táctica que procure al hombre una probabilidad
algo apreciable de gozar más que padecer en el conjunto de su
existencia es obra muy ardua que toca cumplir a esta ciencia-arte.
Sin
embargo, de las múltiples compensaciones que toda cosa y estado
ofrecen, el principio fundamental de Eudemonología debe ser que la
Vida es aceptable, es buena, siempre que comporte para la
generalidad de los seres un saldo cualquiera de placer sobre el
dolor inherente, en diversas formas, a ella; este saldo nunca será
muy grande y muy poco podrá la Eudemonología acrecentarlo y ese
poco en que podrá aumentarlo estará también compensado por los
trabajos y estudios que habrá requerido la formación de esta
ciencia. Pero esta compensación existirá para el autor o autores
de la Eudemonología, no para el autor que acepte sus fórmulas
prestándoles fe, o que por lo menos se forme conciencia sobre el
asunto con menor esfuerzo intelectual aprovechándose de la
exposición coordinada, de las demostraciones claras y de los
ejemplos que el autor aporte.
La vida,
en general, no ofrece más probabilidades de placer que de dolor,
pues, subjetivamente, el Hombre puede definirse: una susceptibilidad
igual de placer y de dolor, y, objetivamente, el Mundo puede ser
definido: una posibilidad igual de causas de placer y de dolor. Por
consiguiente la vida no es un bien ni es un mal, la muerte no es
mejor ni peor que la vida, y renunciar a ésta no es una pérdida.
En ciertos momentos la existencia es buena; en otros es intolerable.
¿Podrá la Eudemonología aportar una probabilidad de que la
existencia vivida según sus indicaciones contenga más bienestar
que sufrimiento?
Esto
sólo podrá resultar de algún gran hallazgo, de algún gran
resorte o secreto, descubierto en la íntima constitución del
complejo tejido del vivir y del mundo físico y moral en que la vida
se desenvuelve.
Nadie ha
realizado una exploración profunda y sistemática de este problema
y yo por mi parte estoy muy lejos de haber acertado con nada
semejante.
Detengámonos
un momento a hacer ciertas advertencias. Como la Eudemonología debe
consultar todas las regiones del saber, ha de poder decir y ha de
decir a veces, comparando y pesando las ventajas de una verdad o
regla encontrada aquí y otra hallada allá: entre el precepto
higiénico: no meterse en cama con los pies húmedos o fríos,
secarlos o calentarlos previamente, y el precepto psicológico: no
abandonarse a gesticulaciones y expresiones de desaliento, y el
precepto económico: preferir siempre, en igualdad de condiciones,
en América especialmente, toda inversión en inmuebles, y el
precepto jurídico: no dejar espacio en blanco entre la última
línea y la firma, o no suscribir ninguna notificación recibida en
casa ni ninguna declaración prestada en juicio 1, y
el precepto sicofisiologico: favorecer la obtención del sueño
imaginando estar haciendo dormir a otro, no imaginando que uno se
está adormilando (Baldwin); -debe poder decir que considerada la
sencillez de tal regla, la frecuencia de su aplicación, la
facilidad de recordarla y de ejecutarla, el poco esfuerzo o
privación que impone y la magnitud del mal que elude o del bien que
hace aprovechar, es mejor que tal otra, y es preferible grabar
aquella en la memoria o apuntarla y procurar observarla, pues no es
muy grande el número de indicaciones útiles que uno puede tener
presente y mucho menor el de las que uno es capaz de ejecutar, dada
nuestra natural pereza y nuestro terror a toda molestia
voluntariamente impuesta ...
1
Indicaciones para los profanos y cuya conveniencia resulta de
que el rehusarse a firmar una y otra no trae ninguna mala
consecuencia porque no es materia de castigo ni de interpretación
judicial desfavorable, y evita grandes males por la fecha o
conceptos en que puede ser redactada la notificación, y por las
grandes desviaciones que, aún sin mala voluntad, sufre una
declaración verbal al ser puesta por escrito.
Este es
un capítulo de Eudemonología que no puede omitirse.
Otra
cosa que debe advertirse es que todo joven que quiere tener un poco
de fe en la vida, es decir en el pequeño saldo de placer, que
deducido de sus dolores, puede gozarse observando una cierta
táctica que le señale la Eudemonología, ha de empezar por
eliminar el prejuicio de creer que ciertos caracteres o
temperamentos son más aptos que otros para la felicidad. Esto no es
cierto y uno no debe tratar de cambiar de carácter porque crea que
otros caracteres son más propicios al bienestar: sólo ha de
procurar modificarse y aun cambiar de carácter (pues esto es
posible) cuando concretamente vea que, por ciertas
circunstancias, el carácter que tiene le trae más males que
bienes; si esas circunstancias cambian debe tender nuevamente hacia
otro tipo de carácter y así siempre, en la medida de sus
energías, porque en absoluto todo carácter tiene tantos
inconvenientes como ventajas y sólo en concreto, en tal o cual
situación y circunstancias, es más benéfico uno que otro.
Del
mismo modo no debe creer lo que tanto se repite y es falsísimo: que
hay caracteres felices, bienhumorados, joviales, que todo lo
sobrellevan bien. Esto nada tiene de verdad; es una ilusión muy
general. Las personas generalmente llamadas sociables son los
caracteres que sugieren con más frecuencia la calificación de
felices. Me parece haber explicado en otra parte de dónde dimana
este error.
La
felicidad existe: el placer es real, pero en el conjunto de la
existencia de una persona que haya vivido cuarenta o cincuenta años
y aún menos, el placer y el dolor se compensan casi en absoluto.
Sólo de un joven muerto a los quince años o antes se podría decir
que fue muy feliz.
Pero el
placer es tan real como el dolor: se puede ser pesimista en el
sentido de juzgar que por la constitución de la vida, o de los
seres vivos, o de la vida humana, y del Mundo en que respira, hecho
un balance general de probabilidades, haya de ser para la
generalidad de los individuos, en una época y lugar dados, o, aún,
en toda época y lugar (lo que excede de toda previsión y ciencia)
más probable, por comparación de frecuencia y de intensidad, un
saldo de dolor que de placer; pero es infantil negar al placer tanta
realidad como al dolor, y desconocer que existen momentos, días y
aun épocas prolongadas de casi continuo bienestar en toda
existencia humana, así como las hay de indecible sufrimiento y
miseria.
En fin,
no se olvide que de los beneficios de toda regla, verdad o
indicación descubierta, hay que descontar, además de los
inconvenientes que toda práctica, regla o conducta comporta casi
sin excepción, la mortificación del esfuerzo de actividad, de
pensamiento, de privación, etc., que para observar el precepto sea
necesario imponerse. Esto ocurre casi con toda prescripción, pues
hasta el calentarse o secarse los pies al entrar al lecho es alguna
molestia, si bien parece que este precepto puede prevenir males muy
superiores a la incomodidad de su observancia.
Terminadas
las advertencias, veamos qué es lo que cabe proponer como buenas
fórmulas eudemonológicas.
Luego,
será preciso seleccionar pocas, seguras y buenas reglas sin dejarse
ilusionar por aparentes ventajas.
Una
regla es buena: 1° a condición de que la molestia de esfuerzo que
su cumplimiento exija constituya un dolor menor que el que ella
evita o sea compensado con un placer inmediato o ulterior más
intenso o durable que el dolor de esfuerzo; 2° y a condición de
que sus ventajas sean mayores que sus inconvenientes pues no
habremos de imaginarnos que hagamos el hallazgo de algún precepto
libre de inconvenientes.
Del
saldo de ventajas sobre inconvenientes hay que deducir la molestia
del trabajo de estudio, comprobación y ensayos que habrá costado
el descubrir la regla: los beneficios que de ella se recojan
estarán casi bien pagos o casi compensados con las molestias de
buscarla primero y de ejecutarla después; si aun queda saldo aunque
sea muy módico la regla es muy apreciable; mas para un tercero que
no se ha tomado el trabajo de estudiarla y que la acepta porque se
la recomienda un padre, un amigo inteligente o un autor prestigioso,
las reglas son aun más benéficas.
Desde
que siempre seguir una regla cualquiera importa contrariar hábitos
ya formados o privarse de placeres o imponerse trabajos musculares,
o de atención o de reflexión, o luchas de dominio de emociones,
etc. (ya se trate de la regla que aconseja alternar ocupaciones,
madrugar, no fumar, no firmar en blanco, gesticular la alegría, no
hacer confidencias, etc.), la gran
dificultad para llegar a aprovechar las pocas buenas reglas posibles
es ser capaz de ejecutar esfuerzos, es decir, ser capaz de dolor
voluntario útil.
Tratando
de llegar a algunas indicaciones prácticas, generales y
particulares, sustancia y extracto prolijamente estudiados de lo
poco que es posible exprimir de una experiencia individual de vida
muy observada, rumiada y examinada, escaso es lo que de seguro
beneficio cabe aconsejar, por la indecible complicación de efectos
malos de lo bueno y buenos de lo malo que se presentan para todo
acto, toda conducta o regla, en el conjunto y compensación de
consecuencias inmediatas y remotas que se tejen y entretejen en la
totalidad de una existencia.
Muchas
reglas generales se han formulado desde Aristóteles a Bacon, Kant,
Feuschtersleben, Richter, Schopenhauer, Spencer y otros
eudemonólogos, prescindiendo de las "morales" y
las "religiones" que mucho tienen de eudemonologías,
aconsejando la virtud, la ciencia, la soledad, el vigor físico, el
cuidado de la salud, el cultivo del valor, la represión de los
deseos, etc., cada una en primer término, según el autor, como
fuente más sólida de bienestar, pero con frecuencia las ventajas e
inconvenientes no han sido escudrinados fríamente y hay mucho de
entusiasmo infundado y de repetición de viejas máximas que nadie
controló y todos recomiendan.
La misma
"salud", por ejemplo -ya he dicho- que parece tan
evidentemente un "bien" puro y sin mezcla, un beneficio
por excelencia, aparte de que reclama infinitos cuidados y
privaciones diarias para su obtención y conservación, de tal
manera que sus ventajas se pagan bien caro en forma de precauciones,
de estudio y de renuncia a casi todos los placeres y tentaciones,
que despojan a la existencia de sabor y alicientes, no es un bien absoluto
sino bajo el concepto negativo de ausencia de los sufrimientos
propios del estado de enfermedad; bajo el aspecto positivo no es un
bien ni un mal en sí; sólo es un bien cuando la vivacidad de todos
los apetitos y deseos (del sueño, de la alimentación, de la
actividad muscular e intelectual) en que se traduce el estado de
salud, coincide con la posibilidad de satisfacerlos; el buen apetito
es un martirio cuando nos es imposible satisfacerlo; el deseo de
pensar o de hacer ejercicio muscular es un sufrimiento cuando somos
interrumpidos en nuestras reflexiones por el bullicio o las visitas,
" impedidos de desplegar nuestros músculos por la etiqueta, o
por la falta de espacio en una prisión o en larga navegación en un
barco estrecho.
A esto
se añade que los placeres reales que nos proporcionan esos deseos
cotidianos, cuando nos es fácil satisfacerlos, se reducen a
intensidades nimias. El que todos los días puede acostarse a la
hora en que experimente sueño, comer en cuanto sienta apetito,
empezar su estudio o trabajo cuando su cerebro o sus músculos lo
pidan y suspenderlos cuando se note una leve molestia o fatiga, el
que puede aplacar su deseo sexual tan pronto como lo sienta nacer no
saboreará casi ningún placer en todos estos actos y momentos. Es
necesaria alguna postergación, privación, fatiga forzada según
los casos, para que se torne apreciable el placer de la
satisfacción postergada o del descanso tras una labor pesada
impuesta por las circunstancias. Es necesario que por la privación
o retardo, el deseo se intensifique hasta ser realmente un malestar,
un dolor, para que la supresión momentánea de ese deseo que se
llama satisfacción revista cierta intensidad de placer.
La
sustancia de la teoría de Schopenhauer relativa a nuestra
contextura afectiva (o hedónica: facultad de sufrir y gozar en
forma de sensación, de deseos o de emoción) es ciertísima y
constituye una de las grandes visiones de la inteligencia en sus
exploraciones de la realidad y de la vida. El placer es siempre
negativo, no en el sentido de irreal, lo que fuera niñería, pues
es tan efectivo como el dolor, sino en cuanto sólo se produce por
cesación de un dolor. No es sino muy leve y casi indigno de ser
tenido en cuenta todo placer que no está constituido por la
satisfacción de un deseo que nos ha molestado más o menos tiempo y
más o menos intensamente. La sensación de un perfume o la
percepción de un matiz agradable no son precedidas de dolor pero
poca es la intensidad que alcanzan; muy poco nos moveríamos por ir
a gustar un perfume o un color bellos, en tanto que para ir a beber
una taza de café caminamos con frecuencia muchas cuadras, porque en
este caso existe el deseo, es decir, una sensación molesta que por
satisfacción se transforma en placer: entretanto nos aguijonea y
nos pone en movimiento.
No
olvidemos que también solemos caminar larga distancia aunque al
final del recorrido no nos espere el placer de un perfume y sólo
por el placer del ejercicio muscular.
Observemos
también que si todos los días tuviéramos violetas en nuestro
escritorio el placer de su perfume se aminoraría mucho y que si al
contrario pasáramos largo tiempo sin disponer de ellas llegaríamos
a experimentar cierto malestar olfativo y el placer de su olor se
avivaría, cuando tuviéramos oportunidad de obtenerlas, porque
habría sido precedido de deseo, que es un dolor.
Anotemos
asimismo que cuando se cuenta con una satisfacción inmediata y
segura de un deseo, la certidumbre de que podemos satisfacerlo hace
aparecer como grato el deseo y aun nos complacemos en postergar un
momento su aplacamiento. Pero esto tiene otra explicación: es la
general de nuestra fisiología y de nuestra ideación por la
perspectiva de un placer seguro la que se traduce en una sensación
general grata; el deseo continúa siendo un malestar.
Sin
comprometernos en un análisis sistemático es de todos modos
visible que para la existencia de una gran parte de los placeres es
imprescindible la pre-existencia del dolor; que cuando más intenso
es el dolor de deseo más intenso es el placer de satisfacción; que
toda cesación de dolor (aunque no sea dolor de deseo sino de
sensación) se manifiesta en forma positiva de placer, que no es
simplemente la cesación de un estado (el de dolor) sino la
desaparición de éste seguida inmediatamente de la aparición del
estado contrario (el de placer); en fin que (como lo hacía Cardan)
todos podemos procurarnos en cualquier momento un placer
imponiéndonos previamente un dolor; por ejemplo postergando el
momento de acostarnos o la hora de una visita que deseamos hacer a
un amigo o imponiéndonos una tarea perentoria para luego disfrutar
del placer de cesación de trabajo forzado; y de libertad de esa
constricción.
Esta ley
de nuestra constitución establece una igualdad y una compensación
casi absoluta en el destino de todos los individuos bajo el punto de
vista de la felicidad, sea cualquiera la riqueza, la salud, el poder
intelectual, el poder muscular, el valor, la instrucción, la
belleza personal, etc., sea cualquiera el grado en que unas personas
más que otras posean alguno de estos llamados "bienes",
Dentro
de este límite que la dependencia del placer para con el dolor
impone a nuestra posibilidad de alcanzar alguna felicidad, caben
ciertas reglas que favorecerían nuestro bienestar, pero como sin
excepción la observancia de cualquier regla exige Esfuerzo (el
Trabajo muscular, intelectual, de represión de emociones o Valor,
de supresión o restricción de deseos o Ascetismo), la primera
misión del eudemonólogo debe ser estudiar una persecución del
placer, una evasión del dolor; el Placer es el único criterio
inconmovible de la existencia.
Cuando
hablemos de felicidad no aludiremos a ninguna entidad misteriosa, a
ningún tipo emocional, o estado especial psicológico o
fisiológico del hombre, sino a todo lo que comporte más goce que
sufrimiento, de cualquier naturaleza. Entendemos que el Placer es
tan real como el Dolor y que alcanzan iguales intensidades y
duraciones; creemos que la intensidad y la duración deben ser los
únicos motivos de nuestras preferencias, prescindiendo de las
calificaciones; placer o dolor egoísta, noble, innoble, superior,
etcétera.
Nos
parece que es un rasgo general de las vidas individuales el que
aparezcan divididas en largas épocas de sufrimiento y de bienestar
alternativamente; es decir que el placer y el dolor no nos llegan
inopinadamente alternándose a cortos intervalos, porque ningún
acontecimiento por extraordinario que sea puede trasportar a un
hombre de un día para otro de la dicha a la infelicidad ni sacarlo
bruscamente de un estado de profundo padecimiento para colocarlo a
la mañana siguiente en un estado paradisíaco. Los acontecimientos
no pueden tanto sobre nosotros. En vista de esto juzgamos que nada
merece tan cordial acogida como la muerte cuando llega en los
principios de una de nuestras malas épocas. Nada pesa tanto en ...
(se interrumpe el texto).
(La vida
vale a veces) algo más que el sueño y que la nada y a veces algo
menos, siendo tan frecuente lo primero como lo segundo y siendo
invariablemente cierto que ninguna vida es muy feliz y ninguna muy
desgraciada. Esto último tiene una única excepción: el suicidio y
la muerte involuntaria pueden producirse en el momento en que la
existencia de una persona iba a comenzar un largo periodo de
sufrimiento, y a la inversa. Si Napoleón hubiera perecido o
suicidándose en Waterloo fuera un ejemplo admirable de suerte y
dicha; Cronwell y Alejandro el Grande extinguiéndose bruscamente
son vidas envidiables. He aquí lo que vale más que todas las
reglas, todas las previsiones y todos los favores de la suerte:
morir en momento oportuno o acertado.
Eudemonología
ha sido tema predilecto de los hombres de inclinación meditativa,
quienes le han consagrado siempre, expresa o accidentalmente, muchas
páginas. Aparte de que varios sistemas morales y quizá todos no
son otra cosa que "tácticas para vivir" (señaladamente
los de Epícteto y Epicuro), métodos para la más segura obtención
del placer y exclusión o alivio del dolor, todos los filósofos han
sido atraídos por los pequeños y grandes problemas que ofrece el
abigarrado tejido de la vida práctica, de esa existencia cotidiana
donde la Naturaleza despliega un arte consumado para mezclar sutil e
inextricablemente el placer y el dolor en cada instante.
Si me es
posible haré al final un resumen de las máximas de estos
predecesores, las que, por lo demás, serán recordadas de camino en
cada oportunidad.
Escribieron
preferentemente sobre el arte de ser feliz: Sócrates, Platón,
Epicuro, Epícteto, Cicerón, Séneca, Marco Aurelio, Bacon, Cardan,
Pascal, La Rochefoucauld, Chamfort, Schopenhauer muy especialmente,
Feuchstersleben, Richter, Benjamín Franklyn, Leopardi comentando y
admirando a Epícteto, Carlyle y Emerson desde un punto de vista
sistemático, Droz, Payot y Janet, WiIIiam James. Por mi parte
recomiendo a Epícteto, Séneca, Bacon, Schopenhauer y W. James, el
espíritu más lúcido y penetrante de este momento. Payot sólo ha
extractado y aplicado los principios de Psicología formulados por
W. James y Lange; su obrita "Educación de la Voluntad" es
de útil lectura.
En fin,
el libro "La Educación", de Spencer, es de sumo mérito;
en el fondo, un arte de vivir lo mejor posible, como toda educación
en lo esencial; no ha podido dejar de hacer Spencer lo que todos los
espíritus contemplativos (no acumuladores, como los
sabios y eruditos): formular sus animadas reflexiones en presencia
de la distribución, tan igual y tan abigarrada, del Dolor y el
Placer en el mundo, indicando los expedientes, según él, más
propicios para eludir el primero y alcanzar el segundo.
Muchos
sistemas se han dibujado en este campo de la litera tura;
"esquivar el dolor más bien que perseguir el placer" es
el de Schopenhauer, quien invoca los votos de Aristóteles, Goethe,
Voltaire; la exaltación del poder voluntario, es el de Epícteto y
los estoicos; el cultivo de las grandes pasiones o sentimientos
metafísicos es la palabra de Emerson y de Cariyle; la cultura de
los poderes emocionales, Feuchstersleben; una conducta moral,
altruista, Richter, Droz y muchísimos otros; la ciencia o
acumulación de conocimientos de relaciones verdaderas, Spencer y
todos los sabios; la riqueza, los yanquis y el noventa por ciento de
toda la humanidad; el desprecio de las riquezas, los cínicos y los
santos; el método orden y trabajo, Frankiyn; la salud, otros; el
valor, otros; la perfecta educación intelectual, emocional y
muscular, los pedagogos; el ser mandados, los soldados y el jesuíta;
el poder, los caudillos; la soledad, Zimmermann; el contacto y el
estar bien con todo el mundo, lord Chesterfield y todo el mundo; la
previsión prolija y la prudencia infatigable, o, en fin, el
abandono e imprevisión, Walt Witman y el sublime Poe.
El
dinero y el trabajo constante, aun sin objeto alguno, son
indisputablemente las dos grandes recetas del vulgo; la tercera es
quizá la vida en multitud, la sociedad; y con todo, el vulgo sabe
muy bien y lo dice a menudo, que aún siguiendo todos sus preceptos
y peor aún, observando los de los filósofos, no se hace nunca gran
negocio con la vida.
Existen
además muchos otros pequeños sistemas, obsesiones y miopías: la
distribución igual de la riqueza (socialismo); el socialismo es la
burguesía en su máximum de ferocidad: es el criterio del dinero
convertido en sistema; la supresión de la carne, o vegetarismo; la
supresión del poder público: anarquismo; la destrucción de las
facultades de emoción: los adversarios del Arte, cuyo prohombre es
Nardau, que, al mismo tiempo, dispone de un entusiasmo de imprenta,
diremos así, por la acumulación científica, hermana de la
acumulación pecuniaria; los teetoballer, los temperantes, los
partidarios de la paz universal, e infinitos otros.
Como por
mi parte no he llegado aún a conclusión, ignoro en cuál de tantos
criterios y sistemas me verá alistado el lector al fin del libro o
sí me contemplará, con maliciosa complacencia, amasando a fuerza
de ingenio y ardorosa labor, en los últimos capítulos, alguna
amalgama preciosa de todos ellos, algún sanalotodo, alguna
malaquita.
Investiguemos
buenamente.
SOLUCIONES
PREVIAS
Digamos
que el problema primero en Eudemonología estriba en fijar
con precisión el alcance de la ley de relatividad afectiva. ¿Hasta
qué punto, por ley constitucional de la conciencia, es
indispensable haber sufrido para poder gozar?
En este
punto la gente de consulta son los psicólogos. ¿Existe una ley de
nuestra psiquis que, en todo o en parte, haga depender el dolor del
placer y este de aquél? Porque si así fuera en absoluto, la
inteligencia, la ciencia, la industria, la conducta, nada nos
serviría para modificar la igual distribución de placer y dolor en
cada vida,
Segundo
problema. ¿Existe por el contrario algún
factor o causa en cuya virtud necesariamente el placer haya de ser
más familiar a la vida que el dolor, o éste más que aquél?
Es
opinión general que la vida en sí misma es un placer, si bien
interrumpido por el frecuente accidente del dolor; se habla del
"placer de vivir", se dice "la vida es siempre
amable", y, en fin, se hace sistema de este optimismo y se
afirma con Leibnitz que nuestra existencia merece la clasificación
de "muy buena", por el gran saldo del placer sobre el
dolor, sin desconocer la multiplicidad e intensidad del dolor.
Schopenhauer
se dirige a la humanidad, en cambio, advirtiéndola de que el vivir
en sí es un deseo, es decir, un dolor, la sensación constante de
que algo nos falta en cada momento; la interrupción de este estado
continuo se llama placer y naturalmente, como toda interrupción, es
más corta que lo interrumpido, que es la aspiración, el deseo, un
malestar.
Vivir es
tener siempre sed, que es el dolor prolongado y renaciente; los
cinco segundos que se emplean en beber el vaso de agua, esperado
durante una hora, representan la posición y duración del placer en
la vida. Desde ya decimos que el más grande de los metafísicos en
nuestra opinión, no es aquí ni verdadero ni sincero; ha jugado en
este punto con sus lectores; ha empleado su buen humor en malhumorar
a la humanidad.
Para
nosotros la vida tiene tanto de malo como de bueno; no nos
entusiasman los énfasis pesimistas u optimistas; pero, al mismo
tiempo, entendemos que por muy poco que la vida se inclinara hacia
el placer siempre merecería ser considerada deseable.
Pueden
formularse también otros problemas menores, pero asimismo previos,
como el de saber si existe un instinto vago, una tendencia, una
impresión confusa, un rumor psíquico que vela por nuestro bien, o
si, por la eficacia de la adaptación, de la acomodación al medio,
consolidada por la misteriosa "herencia", el dolor y el
placer de nuestras sensaciones son guía sabia y suficiente para
apartar los males de nuestro camino (Spencer).
Estos y
otros serán estudiados al tratar los dos principales.
ler.
Problema: Relatividad afectiva
Cardan,
el físico, parece ser quien se ha dado cuenta mejor del hecho. No
sé que haya sido tratado después por algún psicólogo con
completa especialidad. Bain, Dumont y otros han hecho estudios
detenidos.
Trátase
de saber si es cierto que todos, que muchos o que algunos placeres
no son más que cesación de dolor y viceversa, cuáles dolores son
efecto inmediato de la cesación de un placer.
Dije ya
que si esta ley de relatividad fuera absoluta, ni la acción ni el
abandono ni la ciencia ni la inocencia, alterarían nuestro destino.
Adiós, entonces, Eudemonología.
Es, por
tanto, necesario examinar prolijamente la intimidad de nuestra
constitución psico-fisiológica, los placeres y los dolores y sus
leyes. Será éste mi capítulo más laborioso y poco falta para que
me desanime ante la perspectiva, pues no quisiera hacer afirmaciones
que dejaran de inspirarme absoluta confianza.
Veamos
si es posible abordar el problema con orden y claridad.
Excepto
en la muerte del sueño, nuestra psique hállase en todo momento
constituida u ocupada por algún estado de "Deseo", y en
todas las regiones del cuerpo que aportan estados a la conciencia
hay también en todo momento un estado correlativo.
Así un
músculo hallaráse en todo instante: o llenándose de energías que
le han sido sustraídas por un ejercicio normal (equivalente
psíquico de normal es en el caso placentero), es
decir, en estado de descanso que es también agradable; o en
ejercicio actual normal o agradable; o en ejercicio actual excesivo
o doloroso; o en el estado que de esto es consecuencia, es decir, en
el estado de náusea de ejercicio o fatiga; o en fin, en el estado
que corresponde al deseo puro en la conciencia, o sea cargado
de energías e impedido de desplegarlas. Tal es el caso del hombre
encarcelado o de aquél (lo que es igual) que en una visita
ceremoniosa no puede gesticular con libertad, o caminar o formular
todos sus pensamientos.
Otro
tanto ocurre con cualquier órgano al servicio de la conciencia,
pues no todos lo están.
Como el
músculo, o el órgano auditivo, o el esófago, o los órganos
sexuales, jamás pueden dejar de hallarse en alguno de estos
estados, por leves que sean, la psique se encontrará siempre
ocupada por algún estado del deseo y todo estado del deseo es
afectivo, es decir, o doloroso o placentero.
Existen
sólo dos excepciones: el sueño, durante el cual la psique no
existe, estado idéntico al de la muerte, desde un punto de
vista no metafísico; y la ocupación de la conciencia por otro
estado más intenso, que impide la entrada al primero.
Ese otro
estado puede ser: una sensación afectiva, es decir, de dolor o de
placer, pues una sensación no afectiva (visual, táctil, auditiva,
etc.) no puede luchar en la conciencia con ningún estado afectivo o
una emoción (que es siempre afectiva) o estado de atención
que siempre está sostenido por algún estado afectivo (el
interés).
Ahora
bien, el deseo cuando recién nace, cuando empieza a dibujarse en la
conciencia, no parece un estado penoso, o, al menos, no lo es nunca
cuando hay la certidumbre o perspectiva de su satisfacción
inmediata; no sólo no es penoso entonces sino que es positivamente
grato; es un placer emocional quizá superior al placer del instante
mismo de la satisfacción del deseo 1. Sobre esto
volveremos.
1 Esto
es tan cierto que cuando contamos con la seguridad de una
satisfacción inmediata preferimos postergarla unos instantes.
De donde
resulta que el mayor número de nuestros placeres es necesariamente
precedido de deseo pero no de dolor y aquí reside el
error (mi opinión es que Schopenhauer no padecía tal error, aunque
lo sostenía) de Schopenhauer.
La casi
totalidad de nuestros placeres y dolores son habituales o
cotidianos; los de la actividad muscular e intelectual, del cariño,
del amor, de la comida, de la imaginación emocional (creación y
percepción estética), cigarro, azar de los negocios o del juego;
esa masa de placeres y de dolores (cuando se padece su privación o
su deseo forzado) de todos los días que constituye el noventa por
ciento de nuestra dicha y desdicha total, son precedidos por el
deseo, positivo o negativo.
Llamo
positivo al deseo cuando éste es de tal naturaleza que por la
acción o funcionamiento se satisface, y negativo cuando se
satisface por la inacción; en uno y otro caso hay deseo, aunque
parezca que no lo hay en el descanso o inacción, y hay por
consiguiente satisfacción u obstáculo a ese deseo.
El
descanso del músculo es el deseo de la inmovilidad y se está
satisfaciendo con la inmovilidad; si en ese movimiento se le fuerza
al movimiento el dolor que ocasiona es tan grande como el placer que
se deja de experimentar, o tan grande como el que ocasiona cuando se
halla en estado de fatiga (es decir, después de un exceso de
acción) o cuando se le ejercita actualmente con exceso, o cuando se
le priva de ejercitarse hallándose de nuevo cargado de energías
gracias al reposo.
Es
decir, que el estado de descanso es un estado de satisfacción
continuada de un deseo; es un placer como el de apagar la sed o
alimentarse; el estado de fatiga es un dolor, la repercusión de un
deseo violentado o irritado largo tiempo por un funcionamiento
excesivo. Entre la fatiga y el estado llamado tedio o aburrimiento
existe cierta similitud; en ambos casos se trata del deseo
maltratado por las circunstancias, pero de diferente manera. En la
fatiga ha habido un deseo al que le ha sido proporcionada una
satisfacción forzada más allá del momento de su desaparición o
perfecta satisfacción; esto es aplicable a cualquier deseo. Un
hombre sale a caminar para su recreo y recorre una distancia muy
complacido; cuando ya su deseo de caminar ha sido ampliamente
satisfecho y por consiguiente se ha desvanecido, nuestro hombre toma
asiento en el banco más próximo de una plaza y estira sus piernas
con grata sensación acompañando este movimiento característico
con un suspiro de confort y de agradecimiento y una mirada en
derredor preñada de beatitud.
Mas,
desdichadamente, explorando sus bolsillos en busca de cigarros sus
dedos tropiezan con la ausencia de su cartera.
Inmediatamente
el banco, del cual salta como si le quemara, los árboles, la plaza
y la ocurrencia de haber salido aquella mañana, todo se le torna
odioso; instantáneamente recuerda que al dar vuelta la esquina de
su casa, tan luego a la distancia máxima del lugar en que se
encuentra, sufrió un vivo empellón de parte de otro transeúnte y
esta idea irritante de haber sido robado precisamente él cuando
podía haber sido otra persona, lo pone de regreso enseguida con
gran animación de piernas y desánimo de espíritu.
No tiene
una moneda en el bolsillo y es preciso caminar treinta y cuatro
cuadras, con celeridad y mirando prolijamente al suelo, pues es
posible que no haya habido robo sino extravío, lo que suscita un
sentimiento más vidrioso aún, dado que, en tal hipótesis, preciso
será volver el enojo contra sí mismo y desmerecer en el propio
concepto.
Sus
piernas, al encontrarse de nuevo en su casa, habrán trabajado
exactamente el doble de lo que deseaba, aparte de que las emociones
que lo habrán acompañado durante el retorno son muy extenuantes, y
entonces los músculos de las extremidades inferiores traducirán su
estado fisiológico en términos de conciencia y la sensación
resultante será de fatiga, cuya intensidad dolorosa será
equivalente a la intensidad grata del primer trayecto.
Al
entrar a su casa y echarse en un sillón habrá un instante
brevísimo de placer por la cesación del trabajo forzado, pero
inmediatamente reaparecerá el dolor en forma de fatiga general y
local. Ese breve momento de placer no compensará ni con mucho el
malestar del trabajo no espontáneo, pero al día siguiente o al
segunda día se producirá la compensación. Aquellos músculos
habrán crecido en proporción; los órganos que proveen de energía
a esos músculos y que también se habían fatigado, el pulmón, el
corazón, el estómago, el sistema nervioso, el cerebro, por tanto,
etc., etc., se habrán adaptado a la mayor demanda de esos músculos
y aquel hombre poseerá un apetito muscular más intenso que el
habitual; por tanto su aptitud al placer condigno será mayor y por
tanto su aptitud al dolor correspondiente (el de inacción forzada)
estará acrecentado también.
Disfrutará
más si puede caminar libremente; sufrirá más si es encarcelado o
si se ve obligado a hacer un largo viaje en un barco corto.
Acaece
lo mismo con el trabajo intelectual (nada hay tan parecido al
músculo como las imágenes o representaciones: son los dos
arsenales, las dos herramientas, los dos dominios de la Voluntad)
cuyo ejercicio o funcionamiento es la atención exterior e interior,
espontánea o forzada; en el primer caso placentera, en el segundo
penosa, resultando del ejercicio espontáneo otro placer, el del descanso
intelectual, y del ejercicio forzado, doloroso, otro dolor, el de la
fatiga intelectual.
Igual
caso sucede con el placer sexual que a veces es forzado, como en el
caso de una apuesta frecuente entre los hombres; con los placeres
emocionales (la audición de piano obligada en las cómicas visitas
sociales); con los de la gula (necesidad de hacer honor a cada
manjar, encomendando a Dios nuestro estómago en las mismas) y
tantas otras satisfacciones forzadas que a todos nos tocan en
nuestra parte de infierno terrenal.
Son
otros tantos casos de fatiga, de náusea; mas el aburrimiento o
tedio no se origina de un deseo satisfecho con exceso, sino de uno
satisfecho sólo a medias y que ha quedado subsistente a medias,
pero por las dificultades con que se ha tropezado para su
satisfacción aparece luego asociado a imágenes y recuerdos
molestos, de tal modo que posteriormente cada vez que ese deseo
resurge, resurgen con él las imágenes (y sus emociones) de
contrariedades diversas que se opusieron a su completa
satisfacción.
El
hombre entonces no intenta nuevamente disfrutar con ese deseo, salvo
que las circunstancias hayan cambiado, porque ha dejado de ser
deseable para él, pero lo experimenta y sufre.
El
aburrimiento no es la ausencia de deseos pues recuerdo que me hizo
viva impresión esta frase de un amigo proferida sin propósito
alguno y como quien habla consigo mismo: "En este momento no
envidio a nadie; no deseo nada ni sabría qué pedir; me siento
feliz". Esto es estar contento, no aburrido. Por
lo demás es un estado que no puede durar, un equilibrio
interior sumamente inestable.
Estar contento
de su situación y estado presente no es la alegría; es un
equilibrio momentáneo que proviene de que los deseos en general se
hallan satisfechos y no han empezado todavía a renacer.
El deseo
y los estados del deseo (emociones, sentimientos) constituyen la
casi totalidad de nuestra vida afectiva (Placer-Dolor) y están muy
sometidos, si no del todo sometidos a la ley de relatividad.
Pero
existe otra fuente afectiva que parece sustraída a dicha ley y
desvinculada del deseo.
Cuando
inesperadamente un nervio es lesionado por un contacto o corte, por
una temperatura violenta, o el nervio visual o auditivo es herido
por una luz o un sonido muy vivos, el dolor que se experimenta no ha
sido precedido de deseo alguno, no es un deseo contrariado. Aquí se
rompe la cadena de relación y compensación; un dolor de muelas, de
cabeza, una quemadura, una dislocación son dolores que alcanzan las
mayores intensidades y duraciones; son estados afectivos sin
cesación de placer o contrariedad de deseo.
Estos
son los dolores de sensación. ¿Cuáles son los placeres de
sensación?
Aquí
salta bajo la pluma un problema que no es posible desairar, a fuer de
buenos eudemonólogos.
¿Qué
placer físico de pura sensación hay que pueda compensar, que pueda
soportar la comparación con uno de esos formidables dolores
físicos, como una dislocación, una quemadura extensa o la
universalmente tradicional extracción odontológica?
Hay
placeres y dolores morales tan intensos como éstos pero ¿dónde
están los placeres de sensación que podamos echar en el otro
platillo de la balanza? Como la altura de los árboles, puede
medirse la intensidad de uno de estos dolores por la longitud de la
sombra que proyectan desde el futuro sobre nuestro presente. Cuando
un dolor semejante (como, en otro género, el dolor moral del terror
a los exámenes en los estudiantes) deba tocarnos ineludiblemente en
un futuro algo lejano, dentro de un año, por ejemplo, su
perspectiva desde la distancia envenena el presente, su sombra
empaña nuestra conciencia actual.
¿Qué
sensaciones de intenso placer pueden serles opuestas? Ninguna; el
nervio que aporta a la conciencia la terrible sensación de una
dislocación, no puede proporcionarle ningún placer ni intenso ni
leve. Por otra parte, la intensa sensación voluptuosa de un acto
sexual largamente postergado y codiciado, es la satisfacción de un
deseo irritado mucho tiempo por el tormento de la postergación; lo
mismo decimos del hambre, de la sed y de los deseos morales o
emocionales (cariño, odio, placer de una venganza largos años
aplazada). En todos estos casos la intensidad del placer que se
disfruta no hace más que retribuir lo mucho que se ha sufrido y por
tanto no se lo puede anotar en cuenta para compensar otros dolores.
Pues
bien, la compensaci6n se encuentra en los placeres cotidianos de
satisfacción de deseos en intensidades normales, habituales,
aplacados sin postergación, es decir, antes que se hayan trocado en
dolores, inmediata o casi inmediatamente de arribados a la
conciencia. Estos placeres no son precedidos de dolor: pueden, pues,
ser inscritos en el haber para compensar los dolores de sensación.
Con esta
lectura habrá refrescado el lector sus recuerdos y representaciones
pertinentes a lo que ha sufrido y a lo que ha gozado, y será ahora
más provechoso intentar un resumen y una clasificación y
enumeración.
Primero:
La Eudemonología trata del placer y el dolor de toda especie y
solamente del placer y el dolor, de toda especie.
Eudemonológicamente placer y dolor no tienen más que dos modos
(como diría Spinoza) o calidades: duración e intensidad; y estas
calidades son permutables o compensables; hablando en términos de
Matemática (ciencia que sentimos mucho ignorar completamente):
una duración A de una intensidad B es igual a una duración B de
una intensidad A.
Fuera de
la duración y de la intensidad, no hay calificativo que nos
conmueva; sea el dolor o el placer digno o indigno, superior o
inferior, noble o innoble, merecido o inmerecido, estas palabras
nada dicen a un eudemonólogo concienzudo. Segundo: El Placer
y el Dolor pueden ser, por su causa, de sensación, de emoción o de
deseo.
a)
Placer y Dolor de Sensación. Placer: La visión, audición y el
tacto son siempre gratas, pero su placer aunque casi continuo es
insignificante. El gusto y el olfato son fuente de placer y de
dolor, y ambos más intensos. Las sensaciones llamadas internas son
sólo de dolor y pueden llegar a terribles intensidades. Las de
temperatura son placenteras o dolorosas; pueden alcanzar gran
intensidad.
Placer y
Dolor de la Actividad intelectual y muscular. Son sensaciones gratas
o penosas que siguen la ley del deseo, ya se trate de acción o
inhibición. El Trabajo. Son origen de placer y de dolor pues,
también, todos los deseos sensuales o morales.
c) Las
Emociones son estados simultáneos musculares, intelectuales e
internos, es decir muy complejos, que suelen asumir a veces una
forma muy neta de deseo con toda su evolución- y otras no, siendo
en ambos casos fuentes de dolor y de placer.
EL
ARTE DE
VIVIR
Cuando
el individuo es feliz o pasablemente feliz, la insinuación de un
"arte de vivir", de un conjunto de principios, reglas e
indicaciones más o menos sólidas, conducentes a favorecer la
obtención de un bienestar moderado y a evitar algunos dolores,
excita su sonrisa.
Mas como
eludir el dolor y alcanzar el placer son la exclusiva preocupación
del ser vivo, ese mismo hombre temblará y palidecerá ante la
perspectiva de un insignificante sufrimiento o llenará su casa de
gritos y amenazas porque ha encontrado la sopa fría, y
siempre que cualquier circunstancia retire de su alcance alguno de
los manjares de su bienestar cotidiano.
Esto es
común a Rockefeller y a su portero, a Napoleón y a su más oscuro
soldado, a Spencer y a su criada; deliberadamente invierto todas las
jerarquías dominantes porque en esta materia no las hay; para
el placer y para el dolor todas las unidades humanas son iguales, y
el santo se enojará porque le estorban ser todo lo santo que desea
y palidecerá ante una tentación, es decir, temblará ante el
dolor, porque una tentación importa para él la inminencia de un
dolor moral, de una derrota de su voluntad.
El
disimulo puede cultivarse y también puede darse color de
indignación a lo que es siempre la misma moneda corriente de la
cólera. Nuestros goces y nuestros
sufrimientos podrán revestir la forma más egoísta o altruista;
siempre eludir dolor y obtener placer serán el modo único de
respirar la Vida, propio de todo ser vivo.
El
cultivo del Valor puede ser llevado a amplitudes admirables, pero no
alterará ese doble movimiento esencial de toda "vida" y,
además, comportará el sacrificio o abandono de otros poderes de la
personalidad.
Del
mismo modo, la milagrosa trasposición merced a la cual el individuo
rompe la ilusión del "yo", profana el egoísmo natural, y
hace suyos el placer y el dolor de otro ser, no modifica su criterio
hedónico, como no invierte su manera de respirar. La
"madre", consumada perfección de esta suprema gracia del
"yo", de ese bellísimo movimiento de trasposición que es
la agilidad más exquisita del "individuo", del mundo
cerrado de la conciencia individual, la madre sólo estará conforme
con su estado cuando se sienta feliz y estará y se manifestará
descontenta mientras falte algo a su felicidad, aunque el
significado de esa dicha o de esa desdicha sea textualmente éste:
mi hijo es feliz, o mi hijo sufre.
Y, por
tanto, la madre, el héroe, el santo, el asceta, actúan con
respecto al Placer y Dolor exactamente como el más simple individuo
humano o animal, y cuando el dolor invade sus existencias caen en
las mismas supersticiones y temores, buscando amuletos y refugios ya
en las religiones, ya en los moralismos, ya en tal o cual sistema
higiénico, sociológico, psicológico, cultura de la voluntad,
"conciencia tranquila", etcétera.
Entonces,
pues, en este asunto que a todos preocupa por igual ¿será posible
hallar reglas generales e indicaciones especiales que beneficien en
alguna proporción el estado humano?
Es,
quizá, verdad que una regla general para la vida en conjunto y en
todas las posibilidades y situaciones no podría formularse. No
existe ninguna observancia, ninguna conducta, probablemente, que en
toda circunstancia y ni siquiera en la mayoría de las
circunstancias presente más ventajas que inconvenientes,
descontando desde ya que ninguna regla carecerá de múltiples
inconvenientes.
Pero
existen circunstancias y situaciones más frecuentes que otras y es
por ello que vamos a intentar una exploración.
Toda
regla supone una privación, una abstención o una labor y es, desde
luego, contraria a nuestra repugnancia para todo dolor inmediato.
La
privación o esfuerzo que esa observancia supone es un dolor cierto;
en cambio el placer próximo o remoto que de ese esfuerzo nos
resultará nunca es cierto porque pertenece al futuro y nuestra
existencia puede cesar antes de recoger el fruto; además, porque
puede haber error parcial o total de en regla; también, porque aún
siendo exacta la regla puede estar mal o incompletamente expresada,
o ser mal interpretada por nosotros, o porque existen muchas reglas
que son benéficas si se cumplen todos los requisitos que ellas
exijen y faltando uno cualquiera de ellos, sus ventajas se truecan
en perjuicio.
Además
ningún precepto puede ser muy bueno, porque nada en la vida
lo es. Nuestra contextura psicológica y la infinidad de las
contingencias del Mundo imponen que en cualquier condición y
momento, individual o histórico, los bienes y los males se
compensen, de tal modo que la existencia humana o animal en general
no es mejor ni peor que la no-existencia. A esto se agrega que
dentro de una vida individual, por ley de relativismo psicológico,
nadie puede gozar mucho más de lo que ha sufrido ni puede sufrir
mucho sino a condición de haber gozado mucho.
Dentro
de tal relatividad la eficacia de cualquier regla eudemónica tiene
que ser muy circunscripta; y, además, es posible asegurar los
buenos efectos más o menos inmediatos de algunas conductas y
preceptos, pero los efectos distantes, por las circunstancias
mencionadas, o por otras, pueden llegar a ser grandemente
desfavorables al bienestar, sobre todo en virtud del relativismo
hedónico. Así el hombre que para combatir una dispepsia se ha
señalado un régimen frugalísimo habrá logrado su bienestar al
cabo de muchos tanteos, errores y privaciones; mas si repentinamente
las circunstancias cambian y se ve obligado a salir a campaña
militar o a vivir viajando por necesidad, su estómago habituado a
una labor ligera le hará casi intolerable o sencillamente
intolerable la existencia y los esfuerzos realizados por
frugalizarse no sólo no tendrán recompensa sino que le habrán
creado una condición directamente contraria a su felicidad.
De igual
modo, el buen fumador que, por no carecer de dinero ni de salud, ha
podido disfrutar a su gusto de la grata compañía del habano
durante ocho, diez, quince años (lo que no es poca dicha) si
inopinadamente, por prescripción médica o por carencia de dinero,
o por pérdida de la libertad o por encontrarse desprovisto de
cigarros en un largo viaje, se ve privado de su goce habitual,
sufrirá en una semana hasta enloquecerse o llorar (como lo he
observado muchas veces y aún en hombres que hacían un culto del
valor). Es decir, que su miseria y sufrimiento será tanto mayor
cuanto más holgada y libremente haya gozado, antes, de su placer;
o, lo que es lo mismo, que si su goce hubiera sido antes estorbado
por pobreza o prisiones o enfermedades, su dolor ahora sería menos
intenso y prolongado.
Y esto
es así de todas las condiciones y venturas; de los goces de la
amistad, del amor, del cariño fraternal, de la lectura, de la
ciencia, de la música, etc., y por ello puede enunciarse que ni la
belleza, ni la fuerza, ni la riqueza, ni el poder intelectual, ni la
aptitud al cariño, ni la aptitud al odio, ni la gloria, ni el
valor, ni la salud, son '"bienes" no digo absolutos, ni
siquiera son condiciones o circunstancias que puedan llamarse
"más buenas que malas". En otro capítulo trato de
demostrar esta verdad, que algunos hallarán demasiado amplia y
considerarán objetable, particularmente en lo que atañe a la salud
y al valor, que a todos parecen oro sin mezcla.
En
consecuencia, las reglas que yo acierte a formular no tenderán
sistemáticamente a la obtención de ninguno de estos llamados
"bienes" y por ello mi primera
advertencia al lector será que no envidie ninguna condición ni
ningún carácter, y, en segundo término, que sepa, si actualmente
sufre, que a él le está reservada tanta felicidad como a cualquier
mortal, sin necesidad de que llegue a alcanzar la gloria, la
riqueza, la valentía o la ciencia que otros poseen; que tenga
siempre presente que sufrir ahora es estar sembrando la semilla del
placer futuro.
Todo
hombre llega a la felicidad ineludiblemente, cualesquiera que sean
sus defectos de carácter (para la dicha y la desdicha ninguna forma
de carácter es cualidad o defecto sino que es las dos cosas
alternativamente y según las circunstancias), su condición y sus
fracasos. Unas veces llegará a ella por realización de sus deseos
y otras por destrucción de ellos a fuerza de fracasos, pero
llegará a ella indefectible y plenamente con tal de que su
existencia se prolongue unos años más y sin otro requisito que
éste. De idéntico modo tornará a vivir miserablemente después
que haya saboreado algunos años dichosos y también por la sola
razón de que gozar es crear las condiciones necesarias para el
sufrimiento ulterior, es sembrar dolor futuro.
Olvidé
enumerar entre los comúnmente llamados "bienes" el buen
humor o carácter alegre y lo he olvidado en mis páginas porque la
Realidad lo ha olvidado entre sus "casos" o
"creaciones". El carácter alegre no existe; colocadlo en
la condición o situación opuesta a aquella en que lo habéis visto
alegre y observaréis cuan poco alegre llega a ser. Las personas
llamadas "Alegres" son generalmente temperamentos
cariñosos y cordiales que en la sociedad de sus semejantes se
sienten dichosos como el pez en el agua; en la soledad son grandes
desdichados por la misma razón que el pez fuera del agua, pero
como, naturalmente, no cabe observarlos sino rara vez en la soledad,
dado que el observador les haría compañía, dejan siempre la
impresión dominante de un inagotable buen humor.
La
relatividad, pues, dice a todos: "alegraos si sufrís",
"entristeceos puesto que gozáis", en vista de que el
porvenir del dolor es el placer y el porvenir del placer es el
dolor.
Indicaremos,
asimismo, que la felicidad llega sólo cuando el individuo ha
adquirido a fuerza de esfuerzos de trabajo o de esfuerzos de
privación de satisfacciones, una abundantísima actividad o una
gran frugalidad en todos los deseos afectivos o sensuales y, en
fin, que no siempre se es desgraciado cuando uno cree serlo, ni es
imposible que seamos felices sin que nos hayamos apercibido de ello;
aunque tal cosa no ocurrirá a las personas que constantemente
reflexionan sobre su existencia, ocurre con frecuencia que hombres
estudiosos e inteligentes observan tan poco su vida interior que
emiten con respecto a los períodos de su vida juicios endemónicos
muy inexactos.
La
existencia es dura para todos y no puede ser de otra manera; lo
único que alcanza a determinar una diferencia considerable entre
una existencia y otra con respecto a su balance final de goces y
sufrimientos, es la oportunidad o inoportunidad con que llega la
muerte. Es una gran ventaja morir cuando se ha disfrutado de todo el
período bueno subsiguiente a uno malo; y es el colmo del infortunio
que se extinga la existencia cuando se iniciaba el buen período.
Vivir poco o mucho nada significa, pues la vida en sí no es un
bien, y ningún destino más envidiable que el de quien muere antes
de los veinte años.
Casi
siempre el brillo de la vida empieza a palidecer desde los catorce o
quince años; aunque bajo otros puntos de vista carece de toda
belleza ética y estética la niñez y la adolescencia, la
existencia donde el Dolor no ha invadido todavía, es lo cierto que
esa parte es la más deseable de nuestro pobre destino y que importa
un inestimable beneficio que ella cese a esa altura.
Pero la
intensidad de la dicha puede ser tan completa a los cincuenta años
como a los quince y muchos jóvenes a los veinte años son ya
profundamente desgraciados.
El Mundo
no es una morada hecha "a la medida" para el hombre o para
el ser vivo: la "vida" en general y la "vida
humana" son accidentes que han brotado, persisten y pueden
desaparecer en cualquier momento, y la ilusión de la adaptación
progresiva de la Vida al Mundo, es una esperanza pueril que se
desvanece con sólo detener un instante nuestro pensamiento en esta
consideración: que si la "vida" evoluciona en el seno de
la Realidad tendiendo a adaptarse a ella, a su vez la Realidad Total
paralelamente y con entero olvido de la "Vida" evoluciona
también, de tal manera que cuando la primera cree haber dado un
paso de adaptación, la Realidad, por las modificaciones graduales o
no graduales que constituyen su evolución propia, se ha alejado y
la Vida descubre que se ha adaptado a lo que era y ya no es, que se
ha adaptado al Pasado sin provecho alguno.
Es
infantil creer que la Vida se mueve en el seno de una Realidad
inmóvil. La especie "diamante" o la especie
"agua", del mundo inorgánico, es un tipo en marcha como
la especie "eucaliptus" o la especie "hombre",
del orgánico, y cuando la especie "hombre" cree haberse
adaptado a las condiciones de aprovechamiento de la especie
"agua", ésta ha modificado su constitución y requiere
una diferente adaptación que a su vez llega y se encuentra con un
nuevo distanciamicnto.
Pero,
por otra parte, tampoco el mundo es un infierno, como nos lo
notifica Schopenhauer. El Placer no es negativo, es real, tan real
como el Dolor. Lo que ha dado pábulo a tal afirmación en
descrédito del Placer (aunque lo mismo acontece con el Dolor) es
aquel rasgo singular de nuestra facultad afectiva, merced al cual la
certidumbre de ... {se interrumpe el
texto).
1
Empleo el término "evolución" aunque no creo que sea
cosa tan segura su gradualidad; el aforismo "natura no marcha a
saltos'' puede ser cierto y puede no serlo; lo único que es cierto
es que el deseo humano quisiera que así fuera, como en muchos otros
casos.
2 Me
consta que mi tecnicismo es muy pobre en ciencias naturales y me
duele porque no ignoro que en el mundo de los libros y de la ciencia
hay que presentarse, como en sociedad, con el frac del tecnicismo y
la verbologia clasificante, aunque el pensamiento no parezca
expuesto a naufragio por excesiva carga de "ideas". (*)
(*) Fuente:
Macedonio Fernández, "Teorías", Obras Completas
vol. III; editorial. Corregidor, 3ra. Edición, 1997.