LA TIERRA AUTENTICA Y EL HOMBRE
Si hay dos hombres en el mundo psicológica, ética,
socialmente diferentes, esos dos hombres son el habitante del "hinterland" argentino y el habitante de la ciudad. En la dimensión de esa diferencia me pareció siempre residir la dimensión de nuestro posible crecimiento hacia la positiva integración de
nuestro destino. Si semejante diferencia fuera un espectro, la Argentina invisible
sería un espectro; pero semejante diferencia es real.
Cualquiera que atraviese el país sin sueño en los ojos, sin sueño en la atención, podrá comprobar
cómo nada tiene que ver la esperanza del lento trabajador del norte con la esperanza de su pariente metropolitano de
Buenos Aires, Rosario o Córdoba; el sistema moral del hombre andino con la codicia del pequeño señor industrial de
Mendoza; la operosa vida del colono mediterráneo con la existencia de su explotador urbano; el ligero despertar del hombre ubicado junto a la tierra con el
concreto y codicioso sueño del hombre que vegeta en el aire. Las ambiciones, las ansias, las inquietudes son diferentes. Aun la cara del
país es diferente.
Anduve por muchos caminos, por muchos albergues, por muchas ciudades...Vi
al hombre de la provincia y al hombre que trabaja la tierra; vi al argentino que lo es, que lo es
en verdad; vi tanto al no instruido -que sin embargo lleva en sí viviente la virtud natural de que hablaremos después-
corno el instruido - que en el fondo de las granjas, las estancias, los establecimientos, no desdeña el libro sino que lo
acepta como alimento y como humanidad, útil en lo primero y
confortante, en lo segundo. (Nadie nos hará el agravio de creer que nos referimos a la acepción pueril del libro corno letra:
aludimos a él como fuente, como hontanar siempre creador no ya de nuevas letras, sino de sensibilidad viva.
Aprendí a ver nuestro campo, nuestros ríos planos, nuestros ríos acostados, de movimiento lento y
aguas de un color insólito, claras, otras veces algo turbias como si acabaran de
cruzar por un légamo, siempre lentas y tristes como la marcha de las cosas
eternas.
Aprendí a descifrar el monólogo articulado de la tierra, que tiene una voz extraña, diferente y significativa. Por
las mañanas, en campo abierto, se ve brillar una raya de sol, delgado resplandor sobre el filo de una larga cuchilla, y la reverberación va poco a poco apropiándose
-al tornarla blanca- de la infinita extensión verde, interrumpida muy de tarde en tarde por un monte de árboles oscuros;
soledad,
sol y animales, el cereal brillando al sol; de pronto el ruido de un galope resonando sobre la tierra, como si sobre el suelo tenso dieran secos golpes
con la palma ahuecada de la mano; soledad, sol y animales, el cereal brillando sol; luego, hora tras hora, el sol o la lluvia, el desierto plano, la llanura, el suelo de pasto ardido y el horizonte caen bajo el zarpazo rojo. Despacio, al llegar la tarde, todo va
modificando su raudal de gozo, de gozo que se respira
- y la atmósfera se va haciendo ligeramente hosca y el horizonte alejándose y la tierra saliendo de su yacimiento para
mostrarse alta y grávida en las horas que preceden al anochecer. De pasiva, la tierra se vuelve activa, se levanta, se "incorpora"-
ya no sirve de mero piso al galope del potro y las faenas del hombre, sale de su docilidad y los persigue, al potro y al hombre, en
el gran recinto libre de la noche; los toca, los busca, los corre; tan alta, la tierra, que la
luna misma parece estar rasguñada por la mano de la llanura. Llega una hora nocturna en que, durante las noches sin luna, ya no se ve horizonte alguno, sino la isla de tierra incorporada en que estamos parados, de pie por encima del mundo. Y la tierra, que por la mañana estaba tendida,
librada a nuestro furor laborioso, de noche nos acusa, nos cerca, nos amenaza... Pero el trabajo del día está hecho y sólo cuadra esperar. La rebelde nocturna volverá a ser sumisa, matinal. Mientras tanto, oímos el croar que no cesa, señalándonos la vecindad del charco o la laguna; miramos la chispa huyente de la luciérnaga; tememos, en la sombra, el aletazo del murciélago; sentimos el suelo en tinieblas, hollado por sigilosas especies, el sapo, la lagartija, el
crótalo.
Y nuestra reflexión está empapada de humanidad, casi tan cerca del cielo como de la napa de agua que corre en la tierra, subterránea. No podemos pensar sino con naturalidad
-ese mundo que nos circunda es demasiado grande para nuestros odios, para nuestras pasiones, para nuestra vil morosidad, para todo lo que sea sentimiento cerrado. Una
inmensa naturalidad nos está rodeando y, lejos de concluirnos, de cerrarnos, nos comunica, nos extiende a su medida; nos pone tan cerca del alto campo estrellado, como del campo firme y bajo, como del agua profunda, como de los demás hombres, de las mujeres, de las cosas. Lo que tenemos es ganas de gritar:
"¡Señor, Señor, estamos, con cada segundo, naciendo, renaciendo! ¡Universo, te tocamos! Tierra, te tocamos!" Y lo que tenemos de la tierra no es tan sólo la tierra, sino el modo como nos lleva al absoluto.
Antes de medianoche, cuando ya vamos a entrar en la casa para acostarnos, todavía nos acompaña en nuestra soledad un rombo de luna lechosa; nuestra sombra se dobla al acercarnos al muro enjalbegado de la casa, que parece azul. Y sólo al amanecer, la tierra y nosotros estamos definitivamente en paz, los dos inertes, los dos yacentes.
(1)
LA
FISONOMIA MORAL DEL ARGENTINO PROFUNDO
El escritor respira en la cima de un monte de
perfumes, cristales y oídos. Y, desde allí, contempla las geografías
diversas de Argentina. Y entreve al hombre esculpido con tierra y aire de
su hogar, del paisaje acomodado en los bordes de sus cabellos. Y con la
cuerda de su pluma, sigue al hombre argentino que derrama huellas en su
tierra...
...Y hay, en fin, un hombre que vive en la tierra, que la prueba, la hiere, la trabaja y la
fertiliza; un hombre a quien rara vez se siente vivir en la Argentina: un hombre casi sumergido en el secreto de su labor. La generosa planicie le ha dado su forma, que es la de una
pródiga fertilidad. Esta vez, fertilidad de ánimo y corazón. Es el hombre detrás de cuyos gestos, sentimientos, pasiones, inteligencia, existe el horizonte: una posibilidad de
mutación, de extensión, o sea de progreso, más que físicos. En este habitante de la tierra hay hombría, es decir: humanidad
substancial, substancia humana en libertad. Hasta sus manos son raíces, no ya esos ojos quietos y profundos en los que parece ir a nacer a cada instante un nuevo estado de amor.
Y si en el otro ser adventicio y metropolitano en que el país se desvirtúa, rara vez se descubre una vertebración
espiritual no endeble, firme, con este otro tipo de humanidad en estado puro, aun tomándolo en su forma más primitiva, siempre está a punto de hacerse real aquel ético elemento que Ganivet veía entrañado en las palabras de Séneca:
"No te dejes vencer por nada extraño a tu espíritu: piensa, en medio de los accidentes de la vida, que tienes dentro de ti una fuerza madre,
algo fuerte e indestructible, como un eje diamantino, alrededor del cual giran los hechos mezquinos que forman la trama del diario vivir; y sean cuales fueren los sucesos que sobre ti caigan, sean de los que llamamos prósperos, o de los que llamamos adversos, o de los que parecen envilecernos con su contacto, manténte de tal modo firme y erguido, que al menos se pueda decir siempre de ti que eres un
hombre."
¿Quiero aludir al gaucho, quiero aludir al paisano, al agricultor, al estanciero? No, no aludo a ninguna de esas "profesiones", sino a un estado especial, al estado de un hombre argentino éticamente muy definido, que se parece, hasta
identificarse en modo asombroso con ellos, al clima propio, la forma, la naturaleza de la
tierra argentina. De la tierra argentina y de su proyección intemporal, de su proyección como historia y como nacionalidad.
Porque, cosa que me parece muy importante, este argentino cuya proyección actual es invisible, ha tenido, y tendrá por consiguiente otro día, en el correr de nuestra historia, en el formarse de nuestra nacionalidad, en el devenir esencial de la Argentina, una proyección predominantemente activa.
Lo que llamo argentino invisible no es, de manera simplista, el hombre del campo en contraposición al hombre de la ciudad. La diferencia estriba en que existe un hombre cuya fisonomía moral es el de las ciudades y otro cuya fisonomía moral es el de nuestra naturaleza no desvirtuada, de nuestra
naturaleza natural. No importa que quien entrañe esta última viva en la ciudad, ni importa que aquel que tiene la fisonomía moral de nuestras ciudades viva en nuestro "hinterland". Esto puede ser una circunstancia fortuita. Lo importante no es dónde estos hombres están, sino cómo
son.
Es la imperturbabilidad activa, su esencia lo que me atrae inmediata y vehementemente hacia el
argentino -llamémoslo todavía así- invisible. Naturaleza fuerte y a la vez muy sensible, carece del alarde físico de ciertos héroes engañosamente exaltados por la imaginación popular, pero su coraje interior es lo que tiene en él temple y calidad perdurables. Una calidad moral, una calidad interior, un valor inmanente y más que físico, condiciones sobre las cuales la voluntad de crear crea con solidez, como sobre una roca, y no con endeble transitoriedad como todo lo que
crea aquel cuya planta moral vegeta en el aire.
Cuando este hombre invisible fue para mi visible, cuando me acerqué en la ciudad capital y en las ciudades del interior a su continente grave sin solemnidad; silencioso sin resentimiento; alegre sin énfasis; activo sin angurria, hospitalario sin cálculo de trueque, naturalmente pródigo; amigo de los astros, las plantas, el sol, la lluvia y la
intemperie; pronto a la amistad, difícil a la discordia; humanamente solidario hasta el más inesperado y repentino sacrificio;
lleno de exactas presciencias y zumos de sabiduría, simple sin alarde de letras; justo de fondo, más amigo del bien directo, de la ecuanimidad de corazón que del prejuicio teorizador; viril, templado en su vehemencia, tan morigerado en la vida
-morigerado en su codicia- que no le espanta con su ademán la muerte
-pues nada le arrebata que él no haya ofrecido antes con humana dignidad-; cuando me acerqué a este hombre
-y lo vi siempre solitario ante una tierra que lo circundaba sin proporción, dándole sufrimiento no sólo material sino de
espíritu por aquello de Pascal- creí con alegría haber hallado el cogollo vivo de mi tierra.
...Vi a esos hombres, hablé con esos hombres, ausculté conmovido esas conciencias que no habían disertado su relación de mutua fertilidad con la tierra y los otros hombres. Nada encontré en ellos que fuera imprevisible, pues la corriente interior de nuestra formación como país tenía el mismo caudal químico que el que daba ahora este precipitado. En ellos residía sobreviviendo una causa espiritual eminentemente
argentina, un sentido de la existencia. Privativo de ellos, propio y auténtico. Y a ese sentido le llamé: "una exaltación severa de la vida".
Propia del argentino profundo, del verdadero, del
que es raíz humana y no follaje, garrulería y representación.(2)
LA
EXALTACION SEVERA DE LA VIDA
Desde su colina, el
escritor atisba un triángulo de silencio que rasguña a las nubes primero
y, después, se detiene en el aliento de los hombres y mujeres de la
geografía argentina. Y en esa ausencia de palabra, de voces estentóreas,
un espíritu severo germina. La severa y silenciosa dignidad del que danza
dentro de los collares de la imposibilidad...
...Con cuanto mayor cuidado remontemos en la meditación de lo que somos en verdad los argentinos, más nítida tendremos la convicción del contenido intrínseco de aquellas
palabras. He subido con mucha obstinación por el camino de ese pensamiento y cada vez me parece más
cargado de una verdad en la que me es grato demorarme. Exaltación, y exaltación severa, y exaltación severa de la vida. No sé cuál de las tres palabras me parece más digna ni cuál más importante en la unidad de su movimiento. Las tres podrían ser norma de tiempos en que las normas servían a los hombres un poco más que de meros expedientes verbales y en que cada uno las llevaba incorporadas a su existir
como la preocupación a una frente, tiempos en que las normas eran "normales" y movían una espada, doblaban en el atrio una rodilla, encendían el trance del martirio o llevaban
a un hombre a vivir con integridad y a morir sin interiores estertores.
Exaltación es ya por sí acto de elevar; tal vez el poder de exaltarse, el
poder de exaltarse por una idea, por una experiencia o por una fe, tal vez el poder de exaltarse, sea la categoría que más diferencia la condición humana de la condición del resto de las especies vivas.
Exaltarse es un acto generalmente espiritual y si a esto se agrega la circunstancia de severidad
-es decir; de ánimo que piensa sin trivialidad y obra consiguientemente- ya se
salva de ser una exaltación inferior, que es la exaltación por embriaguez, y es exaltación trascendente por aquello de que
toda moral real trasciende al hombre dignificándolo, haciéndolo señor de sí, es decir, más que si, poseedor de sí, a
discreción. Ese signo argentino, esa exaltación severa de la vida que llevaban en sí como un sacramento estos hombres interiores a quienes había podido observar en los sitios más inesperados del país, lo había yo reconocido en la
fe humana -y no estatuaria, estólida o documental por supuesto- de algunos de nuestros hombres cimeros.
La veía venir, como un glorioso fulgor, bajando desde el alba hasta pasar sobre nuestra tierra y tramontar dejando tras sí cierto esplendor austero; o como un
río, pasando a través del cauce de cosas y tiempo, de hombre en hombre: desde aquel que ganó
América con sus manos y cuyo caballo -como decía Avellaneda- había recorrido sobre la tierra más espacio que cualquier otro como no fuera el de Alejandro, hasta el Santo Esquiú, no sin contar a otros
-incluso Martín Fierro, el moralista- cuya enumeración patronímica no haría sino cortar aquí la unidad de esta corriente, de este caudal activo, subterráneo, incesante; de esta marcha no turbada, de esta fluida corriente espiritual a lo largo del tiempo
argentino.
Esa exaltación severa de la vida consistía en un estar particular del hombre en el
espacio que abarca la terrestre realidad, las contingencias y la aspiración hacia Dios; posición soberanamente digna, en ese espacio tomado inespacial gracias a la unidad del lazo humano tendido entre los dos
extremos; en el estar de aquel que, dueño de un poderío real, no lo ejerce sino para demostrarse que aun prodigándolo hasta perderlo, conservará aún algo que vale más, y es su comunión de hombre que siente con las cosas que lo hacen sentir; en el estar del hombre que conoce el nombre de los árboles y el lado por donde gravita cada estrella, y para quien esta elemental sabiduría tiene categoría de riqueza, como para el músico la acomodación precisa de ciertas notas que lo libra de la angustia anterior y lo colma; en el estar, muy especial, no difícil de definir, de quien no ejerce acto que no lleve su fin inmanente, con lo cual es de la especie de cierta humanidad perfectamente pura, cuyas manos, inteligencia y ánima se mueven de acuerdo con un movimiento universal; para ser menos sentenciosos o abstractos: en el estar del hombre que tiene en el mundo sentido de comunidad. Lo cual no viene más que de una religiosidad natural, que es sentido de la posición de la persona no tan sólo frente al humano convivente, sino en relación con la estrella, la
planta, la piedra y la forma general de cuanto existe.
Nada tan distante del puritanismo como esta forma de pureza, por así llamarla, corpórea. Lo malo del puritano es que su moral es una práctica y que el origen de esta práctica es exterior y
literal. Lo que lleva a exaltar severamente la vida a aquellos que viven sin perder pie en la
tierra, es un coraje del hombre fuerte ante una oposición primaria y desencadenada de la naturaleza. Una forma de mística,
una forma de heroísmo.
La historia de América es la historia del hombre ante la rebeldía del espacio. Y como este espacio es naturaleza, lo que equivale a decir forma, la lucha es del hombre con la forma desencadenada, con la forma primitiva
y pujante, con lo increado. Espiritual, material, políticamente, todo tiene ese hombre que crearlo, que reducirlo, que dejarlo construido por un acto de predominio y
-como todo predominio sobre la materia- de creación. Su modo de conquista es el más terrible de todos. Su
tradición es la de esfuerzos atroces y la de algunos triunfos sobre suyo
crédito no puede -como el hombre europeo- vivir. Tal situación priva a tal hombre de posibles argumentos
falsos ante su obra. La realidad que tiene ante sí es inédita. Cada civilización nueva inventa su palanca y este hombre
tiene que inventar su propio instrumento; por lo que su esfuerzo es doble, ya que requiere a la vez intelecto y poder físico. La tragedia del misionero jesuita frente al indio cada día se remueve en nuevas formas desde el Cabo de
Hornos hasta el extremo más opuesto de una América que todavía tiene hielo y muerte en sus selvas, sin contar con la labor diaria del hierro en sus ciudades monstruosas y hoscas en sus ciudades donde las plantas crecen sin medida o no florecen en absoluto. Yo he visto hombres doblados de
dolor ante la devastación de su campo, descubierta de pronto ante sus ojos por el levantarse de la plaga, el acridio
devorador; he visto hombres alzando al cielo, ante la seca obstinada, un rostro de ruego y al día siguiente una mueca iracunda y luego nuevamente una súplica; yo he visto a hombres con un pañuelo al cuello como todo abrigo salir al campo en
invierno soportando sus úlceras y la muerte próxima para arar a tiempo y de prisa; yo he oído de médicos que sufrían en despoblado por no tener un instrumento eficaz ante el
enfermo agonizante y he sabido cómo mi padre docto abría alguna vez un
vientre con un esterilizado cortaplumas en pleno desierto, de toda urgencia, inundado de inmensa misericordia, bajo la
amenaza del marido de la enferma en lo más crítico de la desolación y la desesperanza; he visto a hombres de ciencia solitarios errando en nuestro desierto; he visto a hombres queriendo enseñar sin engaño perseguidos por los funcionarios más altos, mal pagados, hambrientos; he visto a desconocidos y cultos periodistas corrigiendo la prosa de hombres eminentes que al día siguiente iban a ser espectacularmente felicitados por la prosa de esos artículos; he visto hombres afligidos en las calles tristes, arrastrando entre las luces babilónicas su gran ansiedad de conciencia, su entraña llena
(!hasta ya no poder más!) de dolor y de necesidad de creación, de expresión; he visto a grandes espíritus ahogados por
el manejo tétrico de aquellos que los mandaban; he sentido en los corredores de la gran ciudad, hacia la
madrugada, las huellas del desvelo inteligente de tantos rostros demacrados, perdidos; he esperado, ansiado, muchas veces escuchado el
levantarse casi insensible, pero inteligible y ya como articulado, de todas estas gentes que llevaban en los ojos la imagen universal de una nueva
Argentina.
Y los hombres que hicieron nuestro país lo hicieron así. Lo mismo que esos a quienes he visto. Y el precipitado espiritual de todos estos hombres no era diferente, sino uno. Era, en mitad del infortunio, del mal o del bien circundante, del fracaso o el gozo, de la repentina contingencia, cualquiera fuera el desastre o el éxito: la exaltación severa de la
vida. Los he visto así silenciosos y sin miedo, todavía conmovidos, severos para consigo y exaltando la vida. Templados. No sé si mejores o peores: pero
auténticos. Los he visto. Y estos son los hombres "invisibles" de la Argentina, estos que he visto crear sin ficción, vivir sin alarde, sobrevivir sin resentimiento, no tener en la superficie del país el predicamento que enarbolan los aparentemente
"grandes", los fariseos, los filisteos. (3)
EL
ACTO DE LA CREACION
Y el escritor escribe con
sensible pluma, lúcida, la distancia, el largo espacio entre el hombre y
su cristalización. Y descubre llanuras yermas, mapas sin señal de
presencia humana. Y el escritor sabe que el destino de lo yermo es la
creación. Lo creador que transforma lo yermo en follaje, en vegetación
de obras humanas...
...El esfuerzo del hombre en la dolorosa creación de un mundo no tiene comparación sino con el de aquel que se expone, que arriesga sacrificio y coraje en la
conquista de una forma de arte, de un crear, duramente enfrentado con otra materia que le es tan indócil y hostil como la materia del mundo físico. Pero el riesgo a que se exponen ese sacrificio y ese coraje cuyo destino es el acto de crear no es en modo alguno un riesgo estéril; de este casamiento en la más dura de las circunstancias surge un clima nuevo de la sensibilidad. No es otro el clima de la Argentina verdadera, de la profunda, de la que yo quisiera mostrar en su fuerza más gravitante y oculta. Ante una atmósfera muerta, he ahí el clima vivo, el que viene, el fresco viento que
se insinúa por los corredores y empuja las puertas. Ese viento alimenta
dos cosas: el trabajo y el sueño de los hombres.
No hay trabajo creador que no tenga su origen en un rapto de inteligencia desinteresada. No hay
trabajo creador que no tenga su origen en un ensueño, en el proceso de una fantasía transformadora; sin ese resorte, no
hay labor que no acabe siendo la repetición laboriosa de un esfuerzo fisiológico y de una rutina vegetativa; en cambio
la voluntad de crear, siendo de origen divino, impone al producto de una inteligente tenacidad aplicada ese elemento
incorpóreo, animado, absoluto, por el que sobrepasa las reglas relativas de lo concreto y se relaciona con lo
inespacial, lo sublime y lo eterno. El acto de crear es el acto más esencialmente espiritual. Más de cuatro siglos de aspiración infinita es lo que ha realizado el milagro de que las piedras de la arquitectura medieval tengan menos peso que
cualquiera otra piedra edificada, como no sean las de otra edad, más primitiva aun, cuando aquella misma unción creadora movía toda mecánica. Hay siempre un elemento espiritual que
define en primer término la grandeza de una arquitectura, aunque ese elemento no sea, en su forma más primaria, sino el riesgo humano comprometido en la obra; tal vez en el rascacielos y el puente no quede ya sino ese elemento espiritual
primario, pero si alguno de ellos llega a poseer algo imponente, su imponencia radicará en ese elemento; pues no hay dimensión más considerable que la dimensión en que una criatura ha trascendido su condición humana por la aspiración o por el peligro, es decir, nada más que por la fe y el modo
como ha osado; y nada menos que por eso.
Desde los tiempos de la organización nacional el trabajo de la Argentina visible ha sido de más en más un trabajo sin ensueño, un trabajo desprovisto de espiritualidad. Físicamente, en el sentido de la civilización confortable, lo que se ha hecho es enorme; espiritualmente, en el sentido de la cultura, lo que se ha hecho es nada, lo que se ha hecho es regresar, regresar sin medida, perder terreno cada día. Cuanto más ahondemos nuestra observación peor será la decepción con que lo comprobaremos; pero no es necesario ahondar; el mal llega ya a la epidermis y se le reconoce en los más inmediatos
síntomas: basta ver a los hombres que nos rigen en todos los dominios de la vida pública y académica. Son infinitamente más mediocres, torpes, triviales, plebeyos e individualistas que los hombres de nuestras primeras horas, y
si fuéramos a auscultar su aspiración profunda, nuestra repugnancia no tendría límites. De más en más se ha trabajado aquí sin ensueño creador, lo que equivale a decir
-en un sentido profundo -sin vida: vegetativa, telúricamente, con la
obsesión del trueque inmediato; tal trabajo para tal objeto utilitario - no para tal fin, sólo para tal objeto; pues estas existencias se mueven, ya lo sabemos, en el mundo limitado de los
medios.
Este estado de aparente orden encierra una sorda anarquía moral. Quien se acerque a los centros donde trabaja la Argentina visible verá los signos exteriores de una laboriosidad próspera y aparentemente fructuosa. Pero
-en todos esos profesores, en todos esos personajes de la ciencia y el arte
oficiales en todas esas ambiciosas ficciones exaltadas a un repentino poderío, en todos esos industriales prestamistas y
magnates, en toda esa corte de burgueses locuaces y progresistas- ¡qué desolador
vacío! No los agita ninguna llama, no los asiste ninguna fe impersonal, no los habita ningún sentido del ascenso orgánico de la nación como
espíritu y cuerpo, como un todo capaz de trascenderse por actos de inteligencia creadora, sino como la vaga encarnación de vagos "ideales"
-en los cuales se oculta siempre la rudimentaria concepción positivista del "bienestar" y del "progreso"
-; no los visita en ningún caso esa necesidad de contradicción con uno mismo, de negación a sí, de duda activa, de rudo conflicto, de hostilidad agria y dramática frente a la
circunstancia que se vive, sin los cuales ninguna vida nace porque ninguna vida puede nacer sino de conflicto cruel,
ya que aun para integrarse "tienen lucha" esos elementos del cuerpo que, según Zohar, se debaten en la extrema hora por unirse todavía, por más unirse antes de la suprema
disgregación.
¿Qué acusar con mayor certeza en esta Argentina nociva que su derrochado contento de
sí? "Pero en verdad os digo que no hay más seguro signo de un ánimo pequeño que el estar contento de todo." Quien lo dijo, Giovanni
Papini, no mentía -y menos que nunca mintiera al tratarse de nosotros, porque de ese especioso contento se ha vivido
en este país, de ese contento se ha alimentado este país en la metrópoli de su "bienestar", de ese contento están, casi dijera, hechos los argentinos ostensibles y por eso están prontos a darlo todo a cambio de él. ¿Contento? ¿Pero qué es el contento? ¿Es el gozo, la alegría? No; es una satisfacción que se
satisface de ella misma más que de su objeto. No es gozo ni alegría porque estos, gozo y alegría, son por esencia movimientos que elevan el ánimo, y la especie de satisfacción a que aludimos
no se levanta de sí; en ella queda y en ella muere, árida y sin continuación. El gozo superior y la alegría común son del pueblo, son sentimientos de humanidad; la
satisfacción es un estado eminentemente burgués, un estado de clase, un estado de comodidad, logrado ya el no arriesgarse. Es precisamente el estado de "no arriesgarse", de vivir sin
prolongaciones (excepto las pecuniarias, que lejos de extender al hombre lo reducen cada vez un poco
más como ciertas formaciones patológicas); contento sin gloria, contento de conformidad, contento de los aburridos en una monótona distracción; contento del animal de especie inferior, del topo o el lagarto que se solea y como fundamental función,
asimila; contento de la satisfacción mísera que no osa ser alegría, dar un paso para ser gozo, correr peligro de ensombrecerse para tomar el pique heroico y mejorar, excederse.
¡Qué diferencia con los hombres no ostensibles, los profundos, los subterráneos, los llamados a una existencia
trágica en el fondo del pozo que sólo recibe la estrella, pozo solitario y sin paisaje, con su extenso abismo bajo el arco sideral, con sus alternativas de noche y sol y contratiempo,
pozo grave, oscuro, pozo permanente! Los unos gárrulos y contentos; los otros hilando en las noches de llanura, o en la oscuridad creadora de la ciudad, o al borde boscoso de las montañas, o en el templado litoral, o en el sur frío su pertinaz silencio sin amargura a lo largo de las jornadas argentinas; los unos, ricos de solemnidad; los otros, solemnes de orgullosa pobreza; los unos, triviales ante la materia demasiado dócil; los otros, trabados con las alternativas de una perenne resistencia, resistencia de tierra, roca, clima, ciencia; los unos representando, los otros
creando.
La diferencia más grande era que cuando uno de esos pequeños universos comenzara a morir sería exactamente el momento en que el otro comenzara a
vivir. (*)
(*)
Fuente de todas las citas: Eduardo
Mallea, Historia de una pasión argentina, Buenos
Aires, Ed. Sudamericana.