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CUANDO
SE VIAJA DESDE ABRA PAMPA
Por
Rodolfo Kusch (*)
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Paisaje de Abra Pampa,
sitio donde Rodolfo Kusch se encontró con
Mamaní, un entrañable viejo de la puna. (Foto: ruta0.com). |
Encontrar
al otro: persona, ambiente o situación conlleva un desafío, una
apuesta, un temor. Requiere un planteo y una reubicación, un
salto hacia. Un asalto al prejuicio para romper con los patrones
conocidos. Exige un dar y un asumirse desinteresadamente.
De
esta manera, Temakel se interna en la reflexión que el filósofo y
americanista Rodolfo Kusch entrega luego de unos momentos
compartidos con Mamaní, un viejito de la puna.
Tras
un viaje elíptico que emprende para combatir la diferencia
burda: la que infiltra entre él -Mamaní- y nosotros una cierta
evolución en el tiempo que nos distancia considerablemente, Kusch
se asoma al “ucamau mundajja”, al fondo común de las cosas. Al
misterio de una misión que desconocemos: a reconocer nada menos que
la duda del por qué se ha venido al mundo.
Andrés
Manrique
(*)
Gunter Rodolfo Kusch nació en la ciudad de Buenos Aires el 25 de
junio de 1922. Egresó de la Facultad de Filosofía y Letras de
Buenos Aires en 1948 con el título de profesor de Enseñanza
Secundaria, normal y especial en Filosofía. Desde temprano, abocó
sus estudios a los problemas de los aborígenes americanos, tema al
que le dedicó su vida. Vivió sus últimos años en Maimará, lugar
desde el que se despidió el 30 de septiembre de 1979.
Además de este texto olvidado de Rodolfo Kusch, en Temakel
podrán encontrar Sin
magia para vivir
Cuando se viaja desde Abra Pampa hacia el Oeste se sigue un largo
camino que sube una lomada y de pronto se topa uno con el pueblo de
Cochinoca. Las casas se desparraman a lo largo de un cerro y entre
ellas aparecen las iglesias. Hacia el fondo se extiende un llano y a
lo lejos se levantan las lomadas de la puna.
Cuando
se llega se encuentra uno con gestos de sorpresa y el típico recelo
con que es recibido el forastero. Cuando pudimos lograr alguna
comunicación nos llevaron a recorrer el pueblo. Supimos así de la
proximidad de la fiesta de Santa Bárbara, de la migración de sus
habitantes, de la penuria de reunir el agua durante el año y de
muchas cosas más.
Por
supuesto, cuando nos disponíamos a volver hubo que llevar gente a
Abra Pampa. Así conocimos a Mamaní, un viejito flaco, de piel
arrugada, vestido con sombrero y traje y
gestos vitales y rápidos. Nos había dicho que iba a llevar
un bultito y cuando vino trajo dos corderos cuarteados para
venderlos en Abra Pampa.
En
el camino hablamos de adivinación. Sospeché que conocería algo de
adivinación boliviana, pero el viejito se escurría con toda
habilidad. Se diría que desconfiaba de nosotros.
Cuando
llegamos a Abra Pampa lo dejamos en el mercado. Luego lo vimos una
vez más, caminaba con gesto apesadumbrado. Me quedó la preocupación
sobre lo que le pudo haber ocurrido, quizá algún desencuentro, o
alguna mala venta.
Un
hombrecito como Mamaní daba la idea de lo que es una vida atrapada
por la puna. Seguramente tendría una manada de corderos, viviría
en una casa de adobe donde haría sus rituales propiciatorios y se
tomaría al fin de la semana algunos vinos.
Cuando
volvíamos rumbo al sur pensamos qué significa vivir en América. O
mejor se trata de preguntar algo más. Decir que vivimos en América
el viejito y yo sería demasiado superficial. La pregunta iría a
algo más profundo, ¿qué había de común entre la vida de ese
viejito y la mía? Si analizamos su vida que consiste sólo en
llevar el cordero cuarteado para vender o en llamarse Mamaní, o en
habitar desde hace tiempo en Cochinoca, evidentemente no habría
nada en común. Al fin y al cabo, yo vivo en la ciudad, me dedico a
escribir, soy profesor y vivo en una casa de ladrillos, no tengo
nada que ver con Mamaní. Es más, infiltramos entre él y nosotros
una cierta evolución en el tiempo que nos distancia
considerablemente. Hacia nosotros crece la civilización y hacia
Mamaní decrece, y en el medio se dan varios siglos de heroicos
inventos y de grandes conquistas logradas por la humanidad.
Pero
aunque nos cuenten todo eso no puedo evitar la intuición de que
entre el viejito y yo hay algo en común. Para encontrar esto habrá
que dejar de lado los esquemas y las ideas hechas y obrar un poco
como hace el filósofo: seguir la intuición para lograr el cabo de
una reflexión, seguramente incómoda, lo que hay de común entre
ambos. En suma, ¿qué es eso de vivir los dos en América y qué
tenemos en común? Si con la primera pregunta me refiero a un simple
episodio, con la segunda trato de encontrar el sentido mismo de la
vida que va más allá de América.
Claro
que no se trata del estilo de vivir porque en ese sentido se puede
pensar que vivir es otra cosa. Si fuera por el estilo, creemos que
lo hay en Jujuy o en Buenos Aires. Ahí, en cada esquina tenemos una
cigarrería, un almacén, vamos al cine, al concierto y nos bañamos
con frecuencia.
Por
ese lado perdemos a Mamaní. Pero ¿en qué queda entonces la
intuición de que entre él y uno mismo hay algo en común?
Preguntar así significa entrar en el secreto mismo de la vida, ya
no en América sino en general. Pero aquí entramos en las tinieblas
¿sabemos acaso qué es vivir? Vivir es una condición atávica
condicionada por milenios de vida de la humanidad pero que no
conocemos. ¿Lo sabrá Mamaní? Puede ser.
Recuerdo
un brujito muy simpático que en Tihuanaco me había realizado
varios rituales propiciatorios tal como hacen los aymarás. Mi
impaciencia ciudadana me hacía preguntarle por qué hacía tal cosa
y por qué hacía tal otra. Al principio me contestaba fabulando
motivaciones en las cuales él no creía pero como yo insistía, se
limitó a decir en aymará “ucamau mundajja”: “el mundo así
es”.
Decir
“así es el mundo” significaba abstenerse de encontrar causas.
Pero significa también haber perdido la impaciencia y aceptar la
realidad en su verdadera constitución. Pensemos que el mundo
moderno no está muy lejos de esa misma actitud.
Cuando
la física moderna descubrió que no podían determinarse las causas
de los fenómenos, los científicos se limitaron a la simple
descripción de los mimos. Es una forma de decir “así es” al
fenómeno físico. Pero claro está que si empleamos el término
“así es” para determinar lo que hay de común entre Mamaní y
uno mismo, no significa que estemos diciendo algo. Pero he aquí el
problema ¿podemos decir algo de lo que hay en común?
Juzgamos
la vida un poco por lo que ella manifiesta. Si Mamaní hubiera
tocado el erque en Cochinoca nos habría llamado la atención ya que
en la gran ciudad eso no se hace, pero tampoco en Cochinoca se daría
un concierto de violín.
Decir
que la vida es esto o aquello encierra un margen de miedo. ¿Será
que el vivir mismo se da antes que el gesto, en un área misteriosa?
Si se da en el misterio no sabremos qué decir, y si no sabemos qué
decir entramos en el silencio. Detrás del gesto, del erque, del
violín, y aún de la palabra está el silencio y en ese silencio se
abre un largo camino que se interna en el misterio. Ahí no cabe
otra cosa que decir “así es” y decir así, es una explicación
por el silencio. ¿Y nada más? Pues le parece poco. Decir “así
es” es aceptar el misterio del vivir mismo y hacer esto es
reconocer nada menos que la duda del por qué se ha venido al mundo.
Es el misterio de una misión que no conocemos, pero tomando la
palabra “misterio” en el sentido griego, como mystés, el guía,
que nos lleva por corredores ignotos. La noche oscura de San Juan de
la Cruz, o la tortura filosófica de enfrentar un silencio donde
nada determinamos.
Pero
ahí mismo se adivina esa comunidad de estar todos en lo mismo,
donde yo y Mamaní nos fundimos. Es el milagro de estar, antes de
ser. El fondo común antes de que yo me llame Kusch y el hombrecito
Mamaní. Es un área no pensada e imposible de pensar. El silencio
en suma y detrás del silencio quizá un símbolo: quizá los dedos
de la divinidad, la misma que estuvo arrugando los cerros: una vida
realmente en común, la mía, la del viejito y la de la puna, y
todos en silencio. (*)
(*)
Fuente:
Artículo publicado por primera vez en San Salvador de Jujuy, el 25
de junio de 1988, en edición controlada por Salma Haidar. Reeditado
por la revista KIWICHA CULTURAL DEL MUNDO ANDINO, Año 2, n° 10:
julio-agosto 1996.
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