Abuelo
amando, beso tu mano, beso tu hombro derecho, beso tu hombro
izquierdo. Mi confesión ha terminado; ahora, formula tu juicio.
No te he hablado de detalles de mi vida cotidiana, son cáscaras
vacías que tú has arrojado a la basura en el abismo,
yo también las he arrojado. Grandes y pequeñas amarguras,
pequeñas y grandes alegrías, a veces la vida me hería, a
veces me acariciaba, son los incidentes triviales de cada día; todo esto nos ha abandonado,
nosotros lo hemos abandonado también, no vale la pena mirar hacia
atrás para sacarlo del abismo.
(...)
He amado a algunas mujeres; he sido afortunado en esto, he
encontrado en mi camino mujeres maravillosas, nunca los
hombres me han hecho tanto bien ni me han ayudado tanto en mi
combate como estas mujeres. Y más que todas la última. Pero
tiendo sobre el cuerpo enamorado el velo que los hijos de Noé
tendieron sobre su padre ebrio. He amado, tú lo has amado
también, abuelo, este mito de nuestros antepasados que habla
de Eros y Psique. Existe una gran vergüenza, un gran peligro
en hacer la luz, en ahuyentar la oscuridad para ver dos
cuerpos abrazados. Tú no lo sabías, tú que has ocultado en la
sombra divina del amor a tu amada compañera, Jerónima de las
Cuevas; yo he hecho lo mismo con mi Jerónima, valiente
compañera de lucha, gran consuelo, fuente fresca en el
desierto inhumano porque atravesamos. La pobreza, la miseria,
razón tienen los cretenses al decirlo, no son nada, siempre
que se tenga una buena esposa. Nosotros dos tuvimos una buena esposa, la tuya se llamaba
Jerónima, la mía Helena. ¡Qué suerte tuvimos, abuelo! Cuánta veces, al mirarlas, nos
hemos dicho:
-
¡Bendita sea ahora de nuestro nacimiento!
Pero
las mujeres, ni siquiera las más amadas, no nos han
extraviado. No hemos seguido su camino sembrado de flores, la hemos
traído con nosotros, o mejor dicho, no las hemos traído, ellas nos han seguido por su propia voluntad, como
animosas compañeras, en nuestra ascensión.
Los dos hemos cazado durante toda nuestra vida una sola cosa,
una visión cruel, sanguinaria, indestructible, la sustancia.
¡Cuántas copas de amargura nos han llenado los dioses y los
hombres, cuánta sangre, sudor y lágrimas hemos vertido por
ella! Durante toda nuestra vida un demonio -¿era un demonio
o un ángel?- no nos ha dejado reposar; se agachaba, se pegaba
contra nosotros y nos musitaba al oído: ¡Inútil! ¡Inútil!
¡Inútil! Creías que nos cortaría brazos y piernas, pero nosotros
sacudíamos la cabeza, lo expulsábamos y apretábamos los
dientes: -¡Esto es lo que queremos! -le respondíamos-, no
trabajamos por un salario, no queremos cobrar el premio de
nuestro esfuerzo, luchamos más allá de la esperanza, más
allá del Paraíso, en el vacío.
Esta
sustancia ha tomado muchos hombres; a medida que la perseguíamos cambiaba de
máscaras- ya la llamábamos suprema
esperanza, ya cumbre del alma del hombre, ya espejismo del
desierto y ya pájaro azul y libertad. Y finalmente se nos
aparecía como un círculo perfecto cuyo centro era el corazón
del hombre y la circunferencia la inmortalidad; y nosotros le
dábamos arbitrariamente un nombre cargado del peso de todas
las esperanzas y de todas las lágrimas de la tierra: Dios.
Todo
hombre cabal tiene en sí, en el corazón de su corazón, un
centro secreto alrededor del cual gira el universo; esta
revolución secreta da una unidad a nuestro pensamiento y a
nuestras acciones y nos ayuda a descubrir o a inventar la armas del mundo. Unos tienen el amor, otros la sed de
conocimiento, otros la bondad o la belleza; o también la pasión
del oro o del poder: todo esto lo refieren y los someten a
esta pasión central. Desdichado el hombre que no
siente en el fondo de sí mismo a un monarca absoluto que lo
gobierna: su vida, anárquica ce incoherente, se dispersa a
todos los vientos. Abuelo, nuestro centro, que en su
torbellino se ha apoderado de todo el mundo visible, esforzándose, por levantarlo al estadio superior del
calor y
de la responsabilidad, es este: la lucha con Dios. ¿Cuál Dios?
La cumbre salvaje del alma humana que siempre estamos a punto
de alcanzar y siempre se nos escapa un salto y sube más
arriba.
-¿Se
ha visto a alguien luchar con Dios?- me preguntaron un día los
hombres, por burla.
-Con
quien otro queréis que luchemos?- le respondí.
Y
verdaderamente, ¿con quién otro?
Por eso, abuelo, toda nuestra vida ha sido una ascensión. Una
ascensión, un abismo, un desierto. Partimos con muchos
compañeros de lucha, muchas ideas, una escolta numerosa; pero
a medida que subíamos la cuesta y la cumbre se desplazaba y
alejaba, las ideas, las esperanzas, los compañeros de lucha,
se despedía de nosotros; estaban sin aliento, no querían, no
podía subir más alto. Y quedábamos solos, con los ojos
clavados en la Monada movediza, en la cumbre que se
desplazaba. Si subíamos, no era porque teníamos la presunción
ni la ingenuidad de creer que un día la cumbre se detendría y
la alcanzaríamos; ni tampoco porque, si la alcanzábamos,
encontraríamos allá arriba la felicidad, la salvación y el
Paraíso: subíamos porque la propia subida era para nosotros la
felicidad, la salvación y el Paraíso.
Yo admiro el alma del hombre: ningún poder en el cielo ni la tierra
es tan grande; llevamos en nosotros la omnipotencia y no lo sabemos;
aplastamos nuestra alma bajo un montón de carne y de grasa, sin
darnos cuenta de lo que somos y de lo que podemos. ¿Qué otro poder
en
el mundo puede mirar de frente, sin quedar ciego, el comienzo y el
fin del mundo? Al principio no era, como lo proclaman las almas aplastadas
bajo la carne, la grasa, el Verbo, ni la Acción; ni la
mano del Creador llena de la arcilla vital: al principio era el
Fuego, y al final no es la inmortalidad, ni la recompensa,
Infierno o Paraíso: al final es el Fuego. Entre estos dos fuegos
marchamos los dos, amando abuelo, y nos esforzábamos, acatando el
mandamiento del Fuego, trabajando con él, de hacer de la carne una
llama, del pensamiento una llama, una llama también de la esperanza
y de la desesperación , y del honor y del deshonor y de la gloria.
Tú
marchabas delante de mí y yo te seguía. Tú me enseñaste que la
llama que está en nosotros, contrariamente a las leyes de la
carne, puede expandirse sin cesar a lo largo de los años.
Por eso te veía y te admiraba: a medida que declinabas te volvías
más feroz, a medida que te acercabas al abismo de tu corazón se
volvía más reírme. Y tú arrojabas los cuerpos, los santos, los
señores, los monjes, en el crisol de tu mirada, los fundías como
metales, los purificabas de su herrumbre y afinabas el oro puro de
su alma. ¿Qué alma? La llama - y tú la unía a la hoguera que
nos ha parido y a la hoguera que nos devorará.
Los
prudentes nos han acusado de dar alas demasiado grandes a los ángeles y de
tener la imprudencia de querer lanzar nuestra flecha
mas allá de las fronteras de lo humano. Pero no éramos nosotros
quienes queríamos lanzarla más allá de las fronteras; había en el
fondo de nosotros un demonio, llamémoslo Lucifer por ser portador
de la luz, y él era quien nos impelía. Él era quien quería superar
las fronteras de lo humano para ir no sabemos dónde -solo
sabemos una cosa: íbamos más alto. Como San Jorge, que llevaba en
la grupa de su caballo a la princesita que el dragón quería
devorar, este demonio llevaba la vida que se ahogaba, estaba en
peligro en cada hombre y quería irse, liberarse. Así debieron
sentir en su los monos el impulso del universo entero que los
empujaba, ya a aullar de dolor, a sostenerse sobre sus patas
traseras y frotar dos trozos de piedra, ante la risa de los otros
monos, para sacar una chispa. Así nació el pitecantropo, así nació el
hombre. Así también esa fuerza indómita e implacable se
precipitaba en nuestro pecho, abuelo, para liberarse del hombre,
para ir más allá. Por eso hemos sido tan desgarrados, por eso
hemos sufrido tanto entre los hombres: no iremos más lejos,
gritaban, cortad las alas, no lancéis vuestra flecha tan alto, ¿
no teméis a Dios? ¿no entendéis la razón? ¡Sentáos!" Pero
nosotros no hablábamos, nosotros trabajábamos; trabajábamos las alas,
poníamos tenso el arco. Desgarrábamos nuestras entrañas para que
pasara el demonio.
-
No me gustan los santos que pintas, ni tus ángeles- te reprocho un
día el gran inquisidor de Toledo. No os incitan a orar sino a
admirar: la belleza se interpone como un obstáculo entre Dios y
nuestra alma.
Te
reíste:
-
Pero yo
no quiero hacer orar a los hombres. ¿Quién te ha dicho que yo quiero hacer orar a
los hombres?- lo pensaste, pero nada dijiste.
Y
otro, un pintor amigo tuyo, cuando vio Toledo en la tempestad, meneó
la cabeza y te dijo:
- Tú
violas las leyes, esto no es arte; tú sales de los límites de la
razón, ya entras en la locura.
Y
tú - ¿ cómo hiciste para no enojarte?-, tú sonreíste:
-
¿Quién
te ha dicho que hago obras de arte, no me preocupo de la belleza;
la razón es demasiado estrecha para mí, y también la ley. Como
el pez volador yo salto fuera de las aguas tranquilas y entro en un
aire más ligero, lleno de locura.
Tu
guardaste silencio un instante y miraste la Toledo que habías
pintado, envuelta en nubes negras, desgarrada por los relámpagos - las
torres, las iglesias, los palacios que se habían liberado de
su cuerpo de piedra y surgía del fondo de la noche negra, espectros revestidos de un brillo
inquietante. Tú lo mirabas y tus
fosas nasales palpitaban, respiraban un olor a azufre. Callabas,
pensativo, y luego, al cabo de un momento:
-
¿Qué
demonios hay en mí?- gritaste- ¿Quién ha pegado fuego a Toledo? En
verdad respiro un aire lleno de locura y muerte. Quiero decir lleno
de libertad.
Y
clavaste tus diez uñas en tu pecho. Sufrías.
Sólo un poeta, poco importa que
también haya sido monje, el Padre Hortensio Félix Paravicino, pudo comprender tu divina locura.
Él veía las tinieblas amenazadoras, los relámpagos sagrados, las
grandes alas, los santos que habían consumido su cuerpo, se habían
convertido en antorchas y ardían; tomo un día tu mano manchada de
colores y la beso:
-Tú
haces arder la nieve, tú has superado la naturaleza y el alma
permanece indecisa en su admiración y no sabe, entre la criatura de
Dios o la tuya, cuál es más digna de vivir- dijo, y al pronunciar
estas últimas palabras su voz temblaba.
Y
tu escuchabas, impasible, los insultos y los elogios y sonreías;
y si a menudo simulabas enojarte, la cólera era una tempestad
superficial sobre tu rostro, el fondo de tu ser permanecía inmóvil. No
tenías esperanza, ni temor, ni vanidad, porque conocías el gran secreto. Los
hombres luchan con la cabeza baja
contra los dos grandes elementos - o tal vez los dos rostros de Dios: el
bien y el mal. Los más irreflexivos dicen: el bien y el mal son
enemigos; otros suben un grado más alto y dicen: el bien y el mal
son complementarios. Y otros, abarcando de una mirada total el
juego de la vidas y de la muerte sobre esta corteza de la tierra,
gozan de la armonía y dicen: Bien y Mal son sólo Uno.
Pero
nosotros, abuelo, conocemos el gran secreto. Nosotros lo revelamos,
aunque nadie lo crea, y es mejor que no crean: el hombre es débil,
tiene necesidad de consuelo, y si creyera este secreto, estaría
completamente desanimado. ¿Cuál secreto? Tampoco este Uno existe.
Un
día fui a tu casa de Toledo, abuelo, para ver tus santos, tus apóstoles, los señores que
pintaste, cómo los has aligerado del
peso de la carne y preparado para convertirse en llamas. Nunca había
visto llamas tan ardorosas. Así es, pensé, como se triunfa en la
carne, así es como se salva la ruina, no estos pies ni estas manos
de arcilla, ni estos cabellos rubios o negros, sino la sustancia
preciosa que lucha en este odre de cuero y que unos llaman alma y
otros llama.
Si
todavía estuvieras revestido de tu carne, abuelo, te traería un
poco de queso fresco, miel y naranjas, obsequios de Creta; y al buen
tañedor de viola, Caridemos, con una ramita de albahaca en la
oreja, para cantarte los tres dísticos que tanto amabas:
Vamos ,
elige tu camino, y suceda lo que suceda,
Triunfe
o fracase tu obra, ¡no importa!
Cuando
piensas en un trabajo, ve derecho y no temas;
Entrega
tu juventud y no la ahorres.
Soy
hijo del rayo y nieto del trueno
Y si
quiero trueno y relampagueo y si quiero nievo.
Pero tú ya te habías convertido en una llama. ¿Dónde podría encontrarte,
cómo podría verte, qué obsequio podría traerte para hacerte
recordar de Creta; para hacerte subir de tu tumba? Sólo la llama
puede hallar misericordia ante ti. !Ah, si pudiera convertirme en
llama para reunirme contigo!
(...)
( Meneghis, el narrador de la carta, sueña y, en su soñar,
se ve Creta, mientras lo visita El Greco joven, que habla
sobre la obra que éste proyecta realizar cuando abandone la
isla para trasladarse a Italia).
- No te
atormentes, pequeño Meneghis- me dijiste... -. tengo
grandes designios en mi mente, un gran poder en mis manos. En Europa
donde voy, lucharé con los más grandes, para obligar a mi alma a perderse o a triunfar. Ya
verás, ya verás. Y primero que todo, voy a competir - no tengas miedo- con Miguel
Ángel. He visto hace un tiempo una pequeña reproducción del Juicio Final que ha pintado en Roma. No me gusta.
Tus
ojos a la luz de la luna lanzaban llamas; tu voz se había puesto áspera. Te agachaste,
recogiste una piedra del suelo y la lanzaste
violentamente abajo al mar. Parecía que querías mostrar tu fuerza
lapidando las olas.
-
¿Por qué me miras así? ¿Crees que he bebido demasiado y estoy
borracho? No estoy borracho, no, eso no me gusta. Él resucita la
carne, llena de nuevo el mundo de cuerpos, ¡no quiero eso! Yo
pintaré otro Juicio Final. Habrá dos planos: en el de abajo, tumbas
que se abren, de ellas salen grandes larvas, del tamaño de un
hombre, inquietas, la cabeza levantada, parecen husmear el aire;
en el de arriba: Cristo. Cristo completamente solo. Se inclina,
sopla sobre las larvas y el aire se llena de mariposas. Esto es lo
que se llama resurrección: que las larvas se conviertan en mariposas
en lugar de renacer simplemente y ser larvas inmortales.
Levanté
la cabeza y te mire a la luz mágica de la luna; el aire, en torno
a tu cabeza ardiente, se había inundado de mariposas.
Ya
abría yo la boca para hablar, este Juicio Final me parecía en verdad
demasiado herético, pero tú te habías lanzado y te apresurabas -estaba
a punto de amanecer- para tener tiempo de revelarme tus secretos
antes de dejarme. Me parecía que tú no me hablabas, sino que
caminabas hablando para ti solo.
-Ellos
pintan el Espíritu Santo bajando sobre la cabeza de los Apóstoles en forma
de una paloma. ¿No tiene vergüenza? ¿Nunca se
han sentido quemados por el Espíritu Santo? ¿Dónde han ido a buscar
ese pájaro inocente y comestible, para presentárnoslo como el Espíritu? No,
el Espíritu Santo no es una paloma, es un fuego, un
fuego devorador de hombres, que se aferra a la cima del cráneos
de los santos, de los mártires, de los grandes luchadores, y los
reduce a cenizas. Son las lamas mediocres las que lo toman por una
paloma, los que creen que puede degollarlo y comerlo.
Te pusiste a
reír:
-Yo, si
Dios quiere, pintaré un día al Espíritu Santo sobre la cabeza
de los Apóstoles, y entonces verás.
Callaste,
movías nerviosamente tu mano de arriba a abajo, como si pintaras en
el aire la futura Pentecostés.
-
¿No
puedes trasformar el fuego en luz?- te pregunte, pero inmediatamente
lo lamente, pues tu rostro se había
ensombrecido.
Frunciste
el ceño:
-¡Qué
es esta manía de la luz!- me respondiste, y me pareció por un
instante que me mirabas con colores-. ¿Por qué tanta prisa? No es nuestro trabajo.
Aquí es la tierra. No es una nube, es la tierra con
sus cuerpos hechos de carne, de grasa, de huesos, hay que hacer una
llama con ellos. Esto lo podemos, ir más lejos es imposible, ya está bien
así. En un tronco muerto, en una hoja de árbol, como en el más
resplandeciente manto de seda de un rey dormita el fuego y
espera a que el hombre lo despierte. Una llama atraviesa las piedras,
los hombres, los ángeles, esto es lo que yo quiero pintar. No quiero
pintar la ceniza, soy pintor y no teólogo. Quiero pintar el instante
en que las criaturas de Dios arden: un poco antes de que caigan en
cenizas. Siempre que tenga tiempo. Por eso tú me ves jadear,
apresurarme: tengo que pintarlas antes que se conviertan en cenizas.
-
Cállate -le
dije; yo había sentido las llamas que rodeaban tu cuerpo, cállate,
compañero, tengo miedo.
-No
tengas miedo, pequeño Meneghis, el fuego es la Virgen Madre de
quien nace el niño inmortal. ¿Qué niño? La luz. La vida es un
Purgatorio en que ardemos. Su trabajo está en el paraíso, y es hacer
la luz con la llama que nosotros hemos preparado.
Te detuviste y luego, al cabo de un momento:
-Esta es,
sábelo bien, la colaboración y Dios. Algunos me dicen hereje, dejémoslos decir. Tengo mi propia Sagrada
Escritura, que dice lo
que la otra ha olvidado de decir o no se ha atrevido a decirlo. La
abro y leo el Génesis: Dios ha creado el mundo y el séptimo día
reposó. Entonces llamó a su última criatura, el hombre, y le dijo:
"Escucha, hijo mío, y tendrás mi bendición.- Yo he hecho el
mundo, pero no lo he terminado, lo he dejado a medio hacer; a ti te
toca continuar la creación: quema el mundo, conviértelo en fuego y
entrégamelo así. Y yo lo trasformaré en luz".
El
aire puro y la grave discusión empezado a expulsar la embriaguez.
Nos sentamos en una roca y miramos el mar. El cielo en oriente había
tomado ya un tinte lechoso; a nuestros pies el mar, todavía sombrío, bramaba.
-
Eres
un inquisidor implacable -te dije; atormentas y matas los cuerpos
para sacar su alma.
-
Lo que tú llamas alma, yo le digo llama- me respondiste.
-
Amo los
cuerpos, la carne me parece santa, ella también viene de Dios. Y déjame
decirte esto, no te encolerices; la propia carne tiene un
reflejo del alma y el alma tiene algo así como una pelusilla carnal;
ellas se equilibran armoniosamente, viven juntas, buenas amigas y
buenas vecinas. Tu rompes el santo equilibrio.
-
Equilibrio
quiere decir inmovilidad. E inmovilidad quiere decir muerte.
-
Pero
entonces la vida es una negación perpetua; tú niegas lo que habría
podido, al realizar el equilibrio, poner un obstáculo a la
destrucción. Tú lo rompes y buscas lo incierto.
-
Busco lo cierto. Yo rompo las máscaras, levanto las carnes; me digo: es
imposible que sea de otro modo, existe bajo las carnes de algo
inmortal, esto es que lo que busco, esto pintaré. Todo lo demás, máscaras, carnes, bellezas, se las dejo a los Ticianos y a los
Tintoretos, ¡que les hagan provecho!
-
¿Quieres
superar al Ticiano y al Tintoreto? No olvides la copla cretense:
Haces
un nido muy alto,
se romperá la rama débil.
Meneaste la cabeza:
-
No, no
quiero superar a nadie; soy el único de mi especie.
-
Eres desmesuradamente orgulloso, Meneghis, eres semejante a Lucifer.
-
No,
soy desmesuradamente solo.
-
Dios
castigas la presunción y la soledad; ten cuidado, amado amigo.
No
respondiste. Lánzate una última mirada al mar que bramaba,
recorriste largamente con la mirada la ciudad aún dormida, cantaron
los primeros gallos. Te levantaste: