IRLANDA,
ISLA DE SANTOS Y SABIOS
Por James Joyce
Irlanda, la Insula
sacra, y su viaja sabiduría
Las naciones, lo mismo que los individuos, tienen su propio
ego. El caso de un pueblo que gusta de atribuirse cualidades
y glorias de las que otros pueblos carecen no es totalmente
desconocido en la historia, desde los tiempos de nuestros
antepasados, que se atribuyeron a sí mismos el nombre
de arios y nobles, o de los griegos, que daban a cuantos vivían
fuera de los límites de la sacrosanta tierra de la
Hélade el nombre de bárbaros. Los irlandeses,
con un orgullo que quizá es menos fácil explicar,
gustan de llamar a su patria isla de santos y sabios.
Este alto título no fue inventado ayer ni anteayer.
Se remonta a los más remotos tiempos, a los tiempos
en que la isla era verdaderamente un foco de santidad e inteligencia,
y proyectada sobre el continente su cultura y su enérgica
vitalidad. Sería fácil formar una lista de los
irlandeses que llevaron la antorcha del saber de un país
a otro, como peregrinos y ermitaños, profesores y sabios.
Su huella se advierte todavía en abandonados altares,
en tradiciones y leyendas en las que incluso el nombre del
héroe es de difícil indentificación,
o en alusiones poéticas, tales como el pasaje del Inferno
de Dante, donde su guía le indica un mago celta, atormentado
por infernales dolores, y dice:
Quel'altro
che ne' gianchi' é cosé poco,
Michle
Scotto fu, che veramente
Delle
magiche frode seppe il gioco?
En realidad, harían falta los conocimientos, la paciencia
y el tiempo libre de un bolandista para relatar hechos de
estos santos y sabios. Recordemos por lo menos al notorio
oponente de Santo Tomás, Juan Duns Escoto (llamado
el Doctor Sutil, para distinguirlo de Santo Tomás,
el Doctor Angélico, y de San Buenaventura, el Doctor
Seráfico), que fue militante campeón de la doctrina
de la Inmaculada Concepción, y que, como nos dicen
las crónicas de su tiempo, fue también invencible
polemista. Difícilmente cabe negar que Irlanda, en
aquellos tiempos, era un inmenso seminario, al que acudían
los estudiosos de los más distintos países de
Europa, tan grande era el prestigio de su magisterio en cuestiones
espirituales. Y, aun cuando las afirmaciones de esta clase
han de contemplarse con grandes reservas, es más que
probable (teniendo en cuenta el religioso fervor que aún
impera en Irlanda, del que vosotros, alimentados con el manjar
del escepticismo de los últimos años, difícilmente
podéis formaros cabal idea) que este glorioso pasado
no sea una fantasía nacida del espíritu de autoglorificación.
...El idilio irlandés es de origen oriental, y muchos
filósofos lo han identificado con el antiguo lenguaje
de los fenicios, los iniciadores de la navegación y
el comercio, según los historiadores. Este pueblo aventurero,
que tenía el monopolio del mar, estableció en
Irlanda una civilización que decayó y casi había
desaparecido antes de que el primer historiador griego tomará
la pluma. Esta civilización guardó celosamente
el secreto de su existencia, y la primera mención que
de la isla de Irlanda se hace, en una literatura extranjera,
se halla en un poema griego del siglo V antes de Jesucristo,
en que el historiador repite la tradición fenicia.
El lenguaje que el autor latino Plauto pone en boca de los
fenicios en su comedia Poenulus es casi el mismo lenguaje
que hablan los campesinos irlandeses de nuestros días,
según el crítico Vallancey. La religión
y la civilización de este antiguo pueblo, conocidas
más tarde con el nombre de druidismo, eran egipcias.
Los sacerdotes druidas tenían sus templos al aire libre,
y adoraban al sol y a la luna en los robledales. Según
los primarios criterios de conocimientos de aquellos tiempos,
los sacerdotes irlandeses eran considerados como hombres muy
sabios, y cuando Plutarco menciona Irlanda, dice que es patria
de hombres santos. En el siglo IV, Festo Avieno fue el primero
en dar a Irlanda el título de Insula Sacra;
y más tarde, tras haber sufrido las invasiones de las
tribus españolas y celtas, fue convertida al cristianismo
por San Patricio y sus discípulos, mereciendo una vez
más el título de "Isla Santa".
No
me propongo relatar la historia de la iglesia irlandesa de
los primeros siglos de la era cristiana. Hacerlo superaría
los límites propios de esta conferencia, y, además,
tampoco sería excesivamente interesante. Pero es imprescindible
explicar hasta cierto punto mi título "Isla de
santos y sabios", e indicar su base histórica.
Prescindiré de los nombres de innumerables hombres
de la Iglesia cuya labor fue exclusivamente nacional, pero
os ruego que me prestéis atención durante unos
minutos, en los que me referiré a los rastros que los
numerosos apóstoles celtas han dejado tras de sí en
casi todos los países. Es necesario recordar brevemente
unos hechos que en nuestros días parecen triviales
para las mentes profanas, ya que en los siglos en que ocurrieron
y a lo largo de la Edad Media, no sólo la historia,
sino también las ciencias y las diversas artes, eran
de naturaleza totalmente religiosa, y estaba bajo la más
maternal tutela de la iglesia. Y, en realidad, ¿qué
eran los científicos y artistas italianos anteriores
al Renacimiento, sino obedientes instrumentos de Dios, eruditos
comentaristas de las Sagradas Escrituras, o ilustradores con
verso o pincel, de la fábula cristiana?
Parece raro que una isla como Irlanda, tan alejada de los
centros de cultura, pudiera alcanzar altas cimas en cuanto
a escuela de apóstoles. Pero incluso una superficial consideración
nos mostrará que la insistencia de la nación
irlandesa en desarrollar su propia cultura por sus propios
medios no es tanto la exigencia de una joven nación
que desea ocupar un buen lugar en el concierto europeo, cuanto
la exigencia de una nación muy antigua para renovar
bajo nuevas formas la gloria de una civilización pasada.
Incluso en el primer siglo de las era cristiana, bajo el apostolado
de San Pedro, encontramos al islandés Mansueto, posteriormente
canonizado, desarrollando actividades de misionero en Lorena,
donde fundó una iglesia y predicó por más
de medio siglo. Cataldo tuvo una catedral y doscientos teólogos
en Ginebra, y más tarde fue consagrado obispo de Tarento.
El gran heresiarsa Pelagio, viajero e incansable propagandista,
si no era un irlandés, como muchos aseguran, no cabe
la menor duda de que su origen era irlandés o escocés,
al igual que Celestio, su mano derecha. Sedulio viajó
por casi todo el mundo, y al fin fijó su residencia
en Roma, donde compuso casi quinientos bellísimos discursos
teológicos, y muchos himnos sacros que incluso en nuestros
días se utilizan en la liturgia católica.
Fridolino Viator, es decir, el Viajero, de real familia irlandesa,
fue misionero entre los germanos, y murió en Seckingen,
en Alemania, donde fue enterrado. El valeroso Columbano reformó
la iglesia francesa, y después de haber provocado,
con sus prédicas, una guerra civil en Borgoña, se trasladó
a Italia, donde fue el apóstol de los lombardos y fundó
el monasterio de Bobbio. Frigidio, hijo del rey de Irlanda
del Norte, ocupó el obispado de Lucca. San Galo, que
en sus primeros tiempos fue compañero y discípulo de
Columbano, vivió entre los grisones en Suiza como ermitaño,
cazando y pescando, y cultivando los campos con sus propias
brazos. Rechazó el obispado de la ciudad de Constanza,
que le fue insistentemente ofrecido, y murió a la edad
de noventa y cinco años. En el lugar en que tuvo su ermita
se alzó una abadía, cuyo abad pasó a
ser príncipe del cantón por la gracia de dios,
y enriqueció grandemente la biblioteca benedictina,
cuyas ruinas todavía se muestran a los visitantes de
la antigua ciudad de San Galo.
(...)
En resumen, el período que terminó con la invasión
de Irlanda por las tribus escandinavas, en el siglo VIII,
no es más que una ininterrumpida crónica de
apostolado, misiones y martirios. El rey Alfredo, que visitó
el país y nos dejó sus impresiones del mismo
en los versos llamados "The Royan Journey" (El viaje
Real), nos dice en la primera estrofa:
I
found when I was in exile
In
Ireland the beautiful
Many
ladies, a serious people,
Laymen
and priests en abundance.
(Mientras
estaba exiliado descubrí
en
Irlanda la hermosa
a
muchas damas, a un pueblo serio,
abundancia
de legos y clérigos).
Debemos
reconocer que en el curso de doce siglos el cuadro no ha cambiado
demasiado, aun cuando si el buen Alfredo, que encontró
abundancia de legos y clérigos en aquel entonces, volviera
ahora al país, encontraría mayor abundancia
de los segundos que los primeros.
Para
leer la historia de los tres siglos que precedieron a la llegada
de los ingleses a la isla, hay que tener mucho estómago,
ya que las luchas intestinas, y los conflictos en los daneses
y los noruegos, los extranjeros negros blancos, como les llamaban,
fueron tan constantes y feroces que convirtieron esta época
en un auténtico matadero. Los daneses ocuparon los
principales puertos de la costa este de la isla, y establecieron
un reino en Dublín, actual capital de Irlanda. Después,
los reyes nativos se dedicaron a mantenerse entre sí,
tomándose de vez en cuando merecidos descansos en los
que jugaban al ajedrez. Por fin, la sangrienta victoria del
usurpador Brian Boru sobre las hordas nórdicas, en
las dunas de arena junto a la muralla de Dublín puso
término a las incursiones escandinavas. Sin embargo,
los escandinavos, no abandonaron el país, sino que
se integraron gradualmente en la comunidad, hecho que no debemos
olvidar si queremos comprender el curioso carácter
de los irlandeses modernos.
Durante este período de la cultura no pudo desarrollarse
demasiado, pero a Irlanda le cupo el honor de dar al mundo
tres grandes heresiarcas: Juan Duns Scoto, Macario y Vergilio
Solivago. Este último fue destinado por el rey francés
a la abadía de esta diócesis, donde construyó
la catedral. Fue Vergilio Solivago filósofo, matemático
y traductor de los escritos de Ptolomeo. En su tratado de
geografía sostenía la tesis, a la sazón
subversiva, de que la tierra era esférica, y por tal
audacia los papas Bonifacio y Zacarías le declararon
sembrador de herejías. Macario vivió en Francia,
y en el monasterio de San Eligio aún se conserva su
tratado De anima, en el que enseñaba la doctrina posteriormente
conocida como averroísmo, de la que Ernest Renan, celta-bretón,
nos ha dado un magistral análisis. Escoto Erígena,
rector de la Universidad de París, fue un místico
panteísta, que tradujo del griego la teología
mística de Dioniso el PseudoAeropagita, santo patrón
de la nación francesa. En esta traducción se
ofrecía a Europa, por primera vez, la trascendental
filosofía de Oriente, que tuvo gran influencia en el
pensamiento religioso europeo, como después las traducciones
de Platón, efectuadas en tiempos de Pico della Mirandola,
influyeron en el desarrollo de la civilización laica
italiana. No es preciso decir que tal innovación (que
fue como un aliento vital que resucitó los huesos muertos
de la teología ortodoxa, amontonados en un inviolable
cementerio, en un campo de Ardat), no mereció la aprobación
del Papa, quién pidió a Carlos el Calvo que
mandara a Roma el libro y su autor, debidamente escoltado
éste, probablemente con la intención de que
saborease las delicias de la cortesía papal. Sin embargo,
parece que Escoto, que aún conservaba una pizca de
sentido común en su exaltada cabeza, fingió
no enterarse de tan cortés invitación y partió
apresuradamente hacia su patria.
Desde la invasión inglesa hasta nuestros días,
median casi ocho siglos, y si me he referido con cierta extensión
al período anterior a fin de que comprendierais las
raíces de la idiosincracia irlandesa, no tengo intención
de relatar las vicisitudes de Irlanda bajó la ocupación
extranjera. Y entre otras razones porque Irlanda había
dejado de ser, en dicha épocas, una potencia intelectual
en Europa. Las artes decorativas, en las que los antiguos
irlandeses destacaron, fueron abandonadas, y la cultura, tanto
la profana como la sagrada, dejó de cultivarse.
Dos o tres nombres ilustres brillan cual las últimas
escasas estrellas de una noche radiante que muere al acercarse
el alba. Según la leyenda, Juan Duns Escoto, a quien
me he referido hace poco, fundador de la escuela de los escotistas,
escuchó las argumentaciones de todos los doctores de
la Universidad de París durante tres días enteros,
después se levantó y, de memoria, las refutó
todas, una tras otra; también debemos referirnos a
Joannes de Sacrobosco, que fue el último gran defensor
de las teorías geografías y astronómicas
de Ptolomeo, y a Pedro Hiberno, el teólogo a quien
le cupo la suprema tarea de educar la mente del autor de la
apología escolástica Summa contra Gentiles,
San Tomás de Aquino, quizá el intelecto más
agudo y lúcido de la historia de la humanidad.
Pero, mientras estas últimas estrellas aún recordaban
la pasada gloria de Irlanda a las naciones europeas, se estaba
formando una nueva raza céltica, compuesta por el viejo
linaje celta y las razas escandinava, anglosajona y normanda.
Sobre los cimientos de la anterior idiosincracia nacional
se levantó otra, en la que dichos elementos diversos
se mezclaron y renovaron el antiguo cuerpo de la nación.
Los viejos enemigos hicieron causa común para defenderse
de la invasión inglesa, los ciudadanos protestantes
(que se habían convertido en Hibernis Hiberniores,
más irlandeses que los propios irlandeses) se unieron
a los católicos irlandeses para oponerse a los fanáticos
calvinistas y luteranos del otro lado del mar, y los descendientes
de los colonizadores daneses, normandos y anglosajones luchaban
por la causa de la nueva nación irlandesa contra la
tiranía británica.
Irlanda e
Inglaterra
(...)
Entre ambos países existe una separación de
orden moral. No recuerdo haber oído jamás el
himno nacional inglés God Save the king cantado
en público sin que desatara una tormenta de gritos,
silbidos y aullidos que impidiera oír las mayestática
composición. Pero para quedar convencido de esta
separación es preciso haber estado en las calles cuando
la reina Victoria visitó, un año antes de su
muerte, la capital de Irlanda. Ante todo, es preciso advertir
que, cuando un monarca inglés quiere ir a Irlanda en
viaje político, se produce una intensa oleada de precisiones
encaminadas a convencer al alcalde de que debe recibirle en
las puertas de la ciudad. Pero la verdad es que el último
monarca que efectuó tal visita tuvo que contentarse
con una recepción formal, a cargo del jefe de policía,
ya que el alcalde declinó el honor.
La
reina Victoria había visitado Irlanda solamente una
vez, cincuenta años antes, desde su matrimonio. En aquel entonces,
los irlandeses (que no habían olvidado totalmente su
fidelidad a los infortunados Estuardo ni el nombre de María
Estuardo, reina de los escoceses, ni al legendario fugitivo
"Bonnie Prince Charlie") tuvieron la perversa idea
de burlarse del consorte de la reina, considerándole
como a un renegado príncipe alemán, burlándose
de él por el medio de imitar su mal acento inglés,
y arrojándole alegremente, a modo de bienvenida, un
troncho de col en el preciso instante en que pisaba la
tierra irlandesa.
La actitud y el carácter de los irlandeses desagradaban a
la reina, que comulgaba con los aristocráticas e imperialistas
teorías de Benjamín Disraeli, su ministro favorito,
mostrando muy escaso o nulo interés en el destino del
pueblo irlandés, salvo a través de observaciones
despectivas que, como es natural, siempre provocaron vigorosas
reacciones adversas. Es verdad que en cierta ocasión,
cuando se produjo un horrible desastre en el condado de Kerry,
que quedó prácticamente sin viviendas y comida,
la reina, que administraba sus millones con gran tacañería,
envío a la comisión de socorro, que había
recaudado miles de libras esterlinas de benefactores de todas
las clases sociales, un donativo real por el importe de diez
libras. Cuando la comisión se enteró de
la llegada del regalito, lo metió en un sobre y lo devolvió
al donante a vuelta de correo, con una tarjeta de gracias.
Estos pequeños incidentes demuestran que no había grande
vínculos de amor entre la reina Victoria y sus súbditos
irlandeses, y si decidió visitarlos en el ocaso de
su vida, esta visita fue motivada por razones puramente políticas.
La verdad es que la reina no vino a Irlanda; fue enviada
por sus consejeros. En aquel entonces, la gran derrota sufrida
por los ingleses en Sudáfrica en la guerra de los Bóers
hizo al ejercito inglés objeto del escarnio de la
prensa
europea, y fue preciso el talento de dos generales en jefe,
Lord Roberts y Lord Kitchener (ambos irlandeses, nacido en
Irlanda), paras evitar el desprestigio que amenazaba al ejército
inglés (igual que en 1815, fue el genio de otro soldado
irlandés el que derrotó el renovado poderío
de Napoleón, en Waterloo), y fueron reclutas y voluntarios
irlandeses quienes demostraron su renovado valor en el campo
de batalla. En reconocimiento por estos hechos, el gobierno
inglés, al terminó de la guerra, autorizó
a los regimientos irlandeses a llevar el "shamrock"
(trébol) o emblema de Irlanda con el propósito
de recuperar las evanescentes simpatías del pueblo,
y facilitar la tarea a los sargentos encargados de reclutar
tropas.
Ya he dicho que, para comprender el abismo que media entre
países, es necesario haber estado presente entre ambos
países, en necesario hacer estado presente en su entrada
en Dublín. A lo largo de las calles se alineaban los
soldaditos ingleses (porque desde la revuelta feniana de James
Stephnes, el gobierno dejó de destinar a Irlanda regimientos
irlandeses), y en los balcones adornados se hallaban los funcionarios
y sus esposas, los empleados unionistas y sus esposas, los
turistas y sus épocas. Cuando apareció el cortejó,
la gente situaba en los balcones comenzó a gritar vítores
y a agitar pañuelos. Pasó el coche de la reina, cuidadosamente
protegido por un impresionante cuerpo de guardia con los sables
desenvainados, y dentro de él los espectadores vieron
a una mujer menuda, casi enana, constantemente sacudida por
el traqueteo del coche, vestida de luto, con gafas de concha
y un rostro pálido y carente de expresión. De
vez en cuando, inclinaba secamente la cabeza para agradecer
algún que otro víctor, como alguien que ha aprendido
mal su lección. Inclinaba la cabeza a derecha e izquierda,
con un movimiento vago y mecánico. Los soldados ingleses
se ponían respetuosamente firmes al paso de su arma,
y, tras ellos, la multitud de ciudadanos contemplaba con curiosidad
y casi con lástima el ostentoso cortejo y la patética
figura central; y cuando pasaba el coche, lo seguían
con mirada ambigua. En este caso no hubo bombas ni tronchos
de col, pero la reina de Inglaterra entró en la capital
irlandesa rodeada de un pueblo silencioso.
Las
razones de este diferente temperamento, que ahora, se ha convertido
en un lugar común de los gacetilleros de Fleet Street,
son de naturaleza racial e histórica. Nuestra civilización
forma un vasto tejido en el que se mezclan los más
diversos elementos, en el que se mezclan los más diversos
elementos, en el que se encuentran la agresividad nórdica
y el derecho romano, las nuevas convenciones burguesas y los
restos de un religión de origen sirio. En este tejido
resulta imposible encontrar un hilo en estado de pureza y
virginidad, un hilo que no haya sufrido la influencia de otro
hilo vecino. ¿De qué raza o de que idioma (salvo los
pocos que una voluntad juguetona ha conservado en hielo, cual
ocurre con el pieblo islandés) se puede decir, actualmente,
que es puro? Y ninguna raza tiene menos derecho a alardear
de lo dicho que la actualmente aposentada en Irlanda. La nacionalidad
(si no se trata de una cómoda ficción igual
a tantas otras a las que el bisturí de la ciencia actual
ha dado el golpe de gracia) debe hallar las razones de su
arraigo en algo que supere y trascienda e informe realidades
tan cambiantes como la sangre y las palabras humanas. El místico
teólogo que adoptó el seudónimo de Dionisio,
el Pseudoaeropagita, afirma que "Dios ha dispuesto los
límites de las naciones de acuerdo con sus ángeles",
y seguramente esto no es una idea puramente mística.
¿Acaso no es cierto que en Irlanda los daneses, los firbolgs,
los milesios de España, los invasores normandos y los colonizadores
anglosajones se han unido para formar una nueva entidad, bajo
la influencia, cabría decir, de una deidad local? Y,
aunque la actual raza irlandesa sea inferior y rezagada, vale
la pena hacer constar que es la única, entre todas
las de la familia celta, que se ha negado a vender su primogenitura
por un plato de lentejas.
3.
La fidelidad irlandesa al catolicismo y el aporte de Irlanda
a la cultura británica.
(...) El pueblo irlandés, el noventa por ciento del
cual es católico, ha dejado de contribuir al mantenimiento
de la Iglesia protestante, que solamente existe para las necesidades
espirituales de unos millares de colonizadores. En resumen,
la hacienda inglesa ha perdido dinero, y la Iglesia Católica
tiene una hija más. En cuanto hace referencia al sistema
de educación, podemos decir que permiten que las aguas
del pensamiento moderno si filtren hasta cierto punto, y muy
despacio, en la árida tierra. A su tiempo, quizá
se produzca el gradual renacimiento de la conciencia irlandesa,
y quizá cuatro o cinco siglos después de la
Dieta de Worms, veamos como un monje irlandés arroja
el hábito lejos de sí, se fuga con una monja,
y proclama a voz en grito el fin de aquel coherente absurdo
llamado catolicismo y el inicio de este incoherente absurdo
que se llama protestantismo.
Pero una irlanda protestante es inimaginable. Sin duda alguna,
Irlanda ha sido hasta el presente la más fiel hija
de la Iglesia Católica. Quizá sea el único
país que recibió con cortesía a los prisioneros
misioneros, y que se convirtió a la nueva doctrina
sin verter ni una gota de sangre. En realidad, la historia
eclesiástica de Irlanda carece en absoluto de martirología,
como afirmó el obispo de Cashel con orgullo al contestar
las burlas de Giraldus Cambrensis. Durante seis u ocho siglos,
fue el foco espiritual de la cristiandad. Sus hijos iban a
todos los países del mundo para predicar el Evangelio,
y sus doctores interpretaban y renovaban las Sagradas Escrituras.
Su fe jamás vaciló gravemente, con excepción
de cierta tendencia doctrinal de Nestorio, en el siglo V,
referente a la unión hipostática de las dos
naturalezas de Jesucristo, ciertas diferencias litúrgicas,
carentes de importancia, aparecidas en la misma época,
tales como la forma de la tonsura eclesiástica y el
tiempo de celebración de la Pascua, y, por último,
la defección de ciertos de clérigos ante las
presiones de los reformados emisarios de Eduardo VII. Pero,
ante las primeras noticias de que la Iglesia corría
peligro, un verdadero enjambre de clérigos irlandeses
partió hacia la costa de Europa, donde se esforzaron
en suscitar un fuerte movimiento general entre los católicos,
a fin de enfrentarse con los herejes.
(...) Ahora bien , ¿qué ha ganado Irlanda con su
fidelidad
al papado y con su infidelidad a la corona inglesa? Ha
ganado mucho, pero no para sí misma. Entre los escritores
irlandeses que adoraron el idioma inglés en los siglo
XVII y XVIII, y casi olvidaron su tierra natal, encontramos
el nombre de Berkeley, el filósofo idealista; de Oliver
Goldsmith, autor de The Vicar of Wakefield; dos famosos
comediógrafos, Richard Brinsley Sheridan y William
Congreve, cuyas magistrales obras cómicas se admiran
todavía hoy en los estériles escenarios de la
moderna Inglaterra; Jonathan Swift, autor de Gulliver's
Travels, que comparte con Rabelais el más alto
puesto satírico en la literatura mundial, y Edmund
Burke, a quien incluso los ingleses calificaron de moderno
Demóstenes y consideraron como el más profundo
orador que jamás haya hablado en la Cámara de
los Comunes.
Incluso hoy, pese a los grandes obstáculos, Irlanda
contribuye al pensamiento y al arte ingleses. En realidad,
los irlandeses no son esos desequilibrados e irremediables
del Standard y del Morning Post, como lo demuestran
los nombres de los tres más grandes traductores de
la literatura nglesa: FitzGerald, traductor del Rubaiyat,
del poeta persa Omar Khayyam; Burton, traductor de las obras
maestras árabes, y Cary, el traductor de la Divina
Comedia. También podría alegar los nombres
de otros irlandeses, cual Arthur Sullivan, el decano de la
música inglesa moderna; Edward O'Conor, fundador del
cartismo; el novelista George Moore, un oasis intelectual
en el Sahara de los falsos escritores espiritualistas, mesiánicos
y detectivescos que infestan Inglaterra; y los nombres de
los dos dublineses, el paradójico e iconoclasta comediógrafo
George Bernad Shaw, y el sobradamente conocido como Oscar
Wilde, hijo de una poetisa revolucionaria.
Por último, y en cuanto concierne a los asuntos prácticos,
esta concepción peyorativa de Irlanda queda desmentida
por el hecho de que los irlandeses, cuando se encuentran fuera
de su país, en otro ambiente, se convierten muy a menudo
en hombres respetables. Las circunstancias económicas
e intelectuales dominantes en Irlanda no permiten el desarrollo
de la propia individualidad. El espíritu del país
está debilitado por siglos de luchas estériles
y tratados incumplidos, y la iniciativa individual está
paralizada por la influencia y exhortaciones de la Iglesia,
mientras que su cuerpo está esposado por la policía,
los impuestos y el cuartel. Ningún irlandés
que se respete a sí mismo permanece en Irlanda, sino
que huye de un país que ha recibido la visita de un
airado Júpiter.
4. El incierto
renacimiento celta

(...)
¿Está este país destinado a recuperar algún
día su antiguo rango de Grecia del Norte? ¿Esta la
mentalidad celta, lo mismo que la eslava, a la que en tantos
aspectos se parece, destinada a enriquecer lo conciencia civil
con nuevos descubrimientos y hallazgos? ¿O acaso el mundo
celta, las cinco naciones celtas a las que naciones más
fuertes han confirmado a las orillas occidentales del continente,
a las islas más alejadas de Europa, será al
fin arrojadas al océano, tras largos siglos de lucha?
Somos sólo sociólogos aficionados, y, por lo
tanto augures de tercera clase. Miramos fijamente las entrañas
del animal humano, y, después, confesamos que nada
vemos de ellos. Únicamente nuestros superhombres pueden
escribir la historia del futuro.
Sería interesante, aun cuando rebasa los límites
que me he fijado esta noche, averiguar qué efectos
produciría en nuestra civilización el renacimiento
de esta raza. Los efectos económicos de la aparición
de una isla rival cercana a Inglaterra, una isla bilingüe,
republicana, centrada en sí misma y emprendedora, con
su propia flota mercante, y sus propios cónsules en todos
los puertos del mundo. Y los efectos morales de la aparición
de los artistas y pensadores irlandeses en la vieja Europa,
la aparición de estos espíritus extraños, frígidos
entusiastas, artística y sexualmente inadecuadas, pletóricos
de idealismo e incapaces de dejarse arrastrar por él,
espíritus infantiles, satíricos e ingenuos,
los "irlandeses sin amor", como se les ha llamado.
Pero, mientras esperamos este resurgimiento, confieso que
no veo la utilidad de despotricar contra la tiranía
inglesa, mientras la tiranía romana ocupa el palacio
del alma.
De nada sirven, a mi parecer, las amargas invectivas contra
el expoliador inglés, el desdén hacia la vasta
civilización anglosajona, pese a que es casi totalmente
una civilización materialista, ni las orgullosas y
vacías afirmaciones de que el arte de la miniatura
en los antiguos libros irlandeses, tales como el Book of
Kells, el Yellow Book of Lecan, el Book of the
Dun Cow, que se remontan a los tiempos en que Inglaterra
era un país aún por civilizar, es casi tan antiguo
como el arte chino, que Irlanda fabricó y exportó
a Europa sus tejidos durante varias generaciones, antes de
que a Londres llegara el primer flamenco que enseñaría
a los ingleses a cocer pan. Si estos recursos al pasado tuvieran
validez, el fellahin de El Cairo tendría pleno derecho
a negarse desdeñosamente a cargar con los equipajes de los
turistas ingleses. La antigua Irlanda está tan muerta
como el antiguo Egipto. Ya se ha entonado su responso, y ya
se ha se colocado la lápida en su tumba. La vieja alma
nacional que durante siglos habló por boca de fabulosos
visionarios, de vagabundos trovadores, de poetas jacobeos,
desapareció del mundo con la muerte de James Clarence
Mangan. Con él terminó la larga tradición
del triple orden de los viejos bardos celtas; y hoy otros
bardos, animados por otros ideales, tienen la palabra.
Sólo veo con claridad una cosa. Hace tiempo que llegó
el momento de que Irlanda terminé de una vez con tanta
frustración. Si realmente puede resurgir, que despierte,
o cubramos su cabeza y dejemos que descanse en paz en su tumba.
En cierta ocasión, Oscar Wilde dijo a un amigo mío:
"Nosotros, los irlandeses, no hemos hecho nada, pero
somos lo más grandes habladores habidos desde el tiempo
de los griegos". Pero, aunque los irlandeses son elocuentes,
una revolución no se hace con el aliento y la negociación.
Irlanda ha cometido ya demasiadas equivocaciones y ha caído
en demasiados malentendidos. Si realmente desea dar el espectáculo
que durante tiempo hemos esperado, que esta vez sea íntegro,
completo y definitivo. Nuestro consejo a los productores irlandeses
es el mismo que nuestros padres les daban no hace mucho tiempo:
¡Daos prisa! Pero tengo la seguridad de que al menos yo no
veré alzarse el telón, porque cuando ocurra
habré emprendido ya mi último viaje. (*)

(*)
Fuente: Versión
parcial de conferencia de
James Joyce "Irlanda, isla de santos y sabios",
en James Joyce. Escritos
críticos, Madrid, Alianza, 1983, pp. 202-26.