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EL LAOCOONTE Y LA IMITACIÓN DE LA NATURALEZA
Por
J.W. Goethe
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El
Laocoonte, grupo escultórico atribuido a Agesandro y
Atenodoro, descubierto en 1506 en Roma; actualmente en
Palazzo Belvedere, El Vaticano.
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Sobre
el Lacoonte
Simple
imitación de la naturaleza, maniera o estilo
Goethe es una de las cimas ineludibles de la literatura moderna.
Su Fausto o Las lamentaciones del joven Werther
así lo atestiguan. Pero en la historia de la modernidad late
también un Goethe esteta, pensador del arte o el libre pensador
especulativo de la Teoría de los colores. En este momento
de Textos olvidados de Temakel presentamos dos momentos de
su reflexión estética. El primer texto consiste en un análisis
del célebre grupo escultórico griego Laocoonte y sus hijos.
Laocoonte (que motivó también otra famosa interpretación de
Lessing y su Laocoonte o los límites de la poesía y la
pintura) era un sacerdote de Apolo que advirtió a sus
compatriotas troyanos sobre el peligro de aceptar el caballo
de madera obsequiado por los aqueos luego de sus diez años
de infructuoso sitio de la ciudad que albergaba a Helena,
la bella raptada. Luego de su advertencia, dos serpientes
surgieron bruscamente del mar y estrangularon al sacerdote
apolíneo y a sus hijos. Esta obra fue descubierta en 1506
en Roma. Su influencia en el clasicismo del Renacimiento,
en la escultórica de Miguel Ángel, por ejemplo, fue fundamental.
En su hermenéutica de la obra, Goethe piensa también los rasgos
esenciales de una lograda obra de arte. Su pensamiento en
este sentido es una manifestación de una visión clásica del
orden, la armonía y la gracia que debe dimanar el arte. En
el segundo texto, Goethe vuelve sobre el canon de la imitación
de la naturaleza como legítima fuente de la creatividad artística
y como necesaria precaución contra la maniera o la
inflamada subjetividad del artista.
Antes
del acceso a los textos, adjuntamos también una breve semblanza
biográfica del autor del Fausto.
Un
estímulo para reflexionar sobre el sentido de la teoría clásica
del arte y para explorar el rico valle lírico, narrativo y
filosófico goethiano.
Esteban
Ierardo
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Breve
biografía de
Johann Wolfgang von Goethe
Fuente
de esta semblanza biográfica:
http://mx.geocities.com/sergio_bolanos/goethe.htm
Reconocido
generalmente como uno de las mas grandes y versátiles escritores y
pensadores Europeos de los tiempos modernos, Johann Wolfgang von
Goethe, nacido el 28 de Agosto de 1749, y muerto el 22 de Marzo de
1832, influenció profundamente el crecimiento del romanticismo
literario. Mejor conocido por su poesía lírica, por la gran
influencia de sus novelas, y particularmente por su poema dramático
Fausto (Parte 1, 1808; Parte 2, 1832), Goethe también hizo
substanciales contribuciones a la biología, historia y la filosofía
de la ciencia.
Por diez años una
figura política líder, Goethe fue un agudo observador de las
grandes revoluciones sociales e intelectuales de finales del siglo
XVIII y uno de los primeros pensadores en explorar las implicaciones
de la Revolución Industrial.
El mayor
significado de Goethe, sin embargo, es un individuo extremamente
sensitivo y vulnerable que lucho a través de un amplio rango de
crisis humanas y dejo un record crítico de esta experiencia.
VIDA
Goethe nació en
Frankfurt am Main dentro de una familia de clase media. Su padre,
Johann, se retiró de la vida pública y educó a sus hijos él
mismo. La autobiografía de seis volúmenes de Goethe, Aus meinem
Leben: Dichtung und Warheit (1811-22, traducido como Memorias de
Goethe, 1824) recuerda sus experiencias como caóticas, pero esto
pudo haber sido posiblemente lo que ayudo a su mente sintetizante.
A la edad de 16 años,
Goethe comenzó sus estudios en la universidad de Leipzig, entonces
un centro cultural líder. Aquí el escribió sus primeros poemas y
ejecuciones. En 1770 en la universidad de Strasbourg vino bajo la
influencia de Johann Gottfried von Herder, quien lo introdujo a los
trabajos de Shakespeare. En 1771, Goethe recibió una licenciatura
en leyes en Strasbourg y durante los siguientes 4 años practicó
leyes con su padre y escribió dos trabajos que lo llevaron a la
celebridad literaria. En 1775 fue invitado a la corte ducal de Karl
August en Saxe-Weimar, donde mantuvo numerosas oficinas (1775-86) y
pasó la mayor parte de su vida. Durante sus primeros años ahí
también escribió bellos y misteriosos líricos a Charlotte von
Stein, una mujer casada 7 años más grande que él.
Durante un viaje
de 2 años a Italia (1786-88), Goethe reconoció que era un artista
y resolvió dedicarse el resto de su vida a la escritura. La decisión
no prometía ser alguién feliz al principio; su regreso a Weimar
estuvo seguido por años de enajenación de la sociedad de la corte.
Muchos de sus amigos se ofendieron porque vivió con la joven
Christiane Vulpius, quien le dio un hijo en 1789. Para legitimar
este niño, Goethe se casó con Christiane en 1806.
Goethe pasó mucho
de su tiempo cerca de Jena y desde 1784 hasta 1805 desarrolló una
intensa conlaboración con Federico Schiller, una unión que muchos
juzgan como una cumbre en letras Germánicas. Sin embargo, la
problemática decisión de Goethe de salir de la vida pública puedo
haber sido, y lo llevó a su mas importantes avances científicios y
literarios. Los poderes creativos de Goethe persistieron a traves de
sus años sesenta y setenta, y murió en Weimar a la edad de 82 años.
TRABAJOS E
INFLUENCIAS
En sus tempranos
veinte años Goethe adquirió fama en Alemania con la representación
Goetz de Berlichingen (escrita en 1771; publicada en 1773), la cual
despreció el correcionismo, formalismo y cosmopolitismo literarios.
Tomó su inspiración de Shakespeare y del genio nativo de Goethe y
le dio cuerpo al pensamiento de su primer amigo y guía, Herder.
Poco después, Goethe se volvió famoso por toda Europa con una
novela sentimental e individualista al estilo de Jean Jacques
Rousseau, Los Males del Joven Werther (1774). Durante sus primeros
diez años en Weimar, Goethe no publicó nada de importancia, aunque
coleccionó muchos de sus trabajos previos en el Goethes Schriften
(Escritos de Goethe. 1787-90) de ocho volúmenes.
La altamente lírica
Bildungsroman (novela desarrollista) en la que Goethe trabajó mucha
parte de su vida, Wilhelm Mestier's Apprenticeship (1795), fue una
decepción para los admiradores de Werther, pero fue elogiada y
emulada por la siguiente generación de escritores románticos
alemanes como forma ejemplar, y aún continuó la influencia de la
novela bien entrado el siglo XX.
Mayormente
celebrado durante su vida como el autor de Fausto, Goethe también
fue conocido por el satírico Reynard El Zorro (1794) y el poco épico
Herman y Dorothea (1798), ambos escritos en remarcablemente buenos
hexámetros. Sus así llamados dramas clásicos, Ifigenia y Tauro
(versión final, 1787) y Torcuato Tasso (1790), fueron muy admirados
durante el siglo XIX, como lo fueron las baladas que escribió en
colaboración con Schiller.
Algunos de sus
trabajos maduros se comienzan a apreciar solo en el siglo XX,
incluyendo la segunda parte de Fausto, las irónicas Afinidades
Electivas (1809) y el profundamente pasional ciclo lírico, Divan de
Este-Oeste (1819). Otros trabajos, como los sensuales hexámetros de
Elecciones Romanas (1795) y Los Viajes de Wilhelm Mestier (1821),
una continuación muy discursiva de las primeras novelas, están
recibiendo solo ahora reconocimiento.
Goethe mismo esperó
ser renombrado como un Científico. La Biología ha reconocido su
larga deuda hacia él, especialmente por el concepto de morfología,
el cual es fundamental a la teoría de la evolución. Él pensó que
su trabajo mas importante era Zur Farbenlehre (3 volúmenes., 1810,
La Teoría de los Colores de Goethe), en el cual intentó
descreditar la ciencia Newtoniana. Este esfuerzo llevó a Goethe a
su pérdida de reputación con los positivistas del siglo XIX, pero el énfasis
actual en esta percepción es simpática al punto de vista de Goethe, y el primer volumen de Zur Farbenlehre contiene la primer
historia comprensiva de la ciencia.
La cuidadosa
atención de Goethe a factores sociológicos hicieron de él un
importante precursor de muchos pensadores modernos. Similarmente, la
actual escuela literaria encuentra en Goethe un primer abogado de
los conceptos como el Weltliteratur, o literatura comparativa, y
del rol decisivo jugado por el lector en darle significado al
trabajo literario. (*)
(*)
Fuente: http://mx.geocities.com/sergio_bolanos/goethe.htm
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SOBRE
EL LACOONTE
Por J.W. Goethe
Una
de obra de arte auténtica, al igual que una obra de la
naturaleza, es siempre infinita para nuestra mente. La contemplamos,
la percibimos, tiene un efecto, pero no podemos comprenderla
realmente y aun en mucha menor medida podemos expresar con palabras
su esencia y mérito. Lo que aquí se ha dicho sobre
Laocoonte no pretende agotar este objeto; nuestras observaciones
están inspiradas con motivo de dicha excelente obra de
arte que planteadas sobre la misma.
Cuando
se quiere hablar de una gran obra de arte es casi necesario
hablar de todo el arte, pues obras de este tipo contienden en
sí el arte en su conjunto. Cualquiera puede en
la medida en que sus fuerzas se lo permiten, desarrollar un
discurso acerca de lo general a partir de un caso particular.
Por esta razón comenzaremos con algo general. Todas las
obras de arte bellas representan la naturaleza humana, las artes
de diseño tienen una relación peculiar con el cuerpo
del hombre; vamos a hablar aquí acerca de éstas.
El arte tiene muchos niveles o peldaños, en cada uno de estos
pueden aparecer artistas prominentes; pero una obra de arte
perfecta reúne todas las cualidades que normalmente sólo
vemos dispersas.
Las
obras de arte supremas nos muestran:
Naturalezas
vivas altamente organizadas. Es exigible sobre todo un conocimiento
del cuerpo humano, de sus partes, medidas, fines internos y
externos y de sus formas y movimientos en general.
Caracteres.
Un conocimiento de la diferencia de forma y efecto de sus partes.
Las propiedades se separan entre sí y se presentan aisladas,
de ellas surgen los caracteres y de esta manera puede establecerse
una relación recíproca entre las diferentes obra
de arte, al igual que ocurre cuando las partes de una obra componen
a ésta y sus partes guardan una relación significativa
entre sí.
El
objeto se caracteriza por;
Estar
en reposo o movimiento. Una obra o sus partes pueden presentarse
o bien subsistiendo por sí mismas y sólo mostrando
su existencia de una forma tranquila, o en movimiento, en acción,
apasionadas y llenas de expresividad.
Ser
ideal. Para alcanzar este punto el artista necesita una
profunda y sólida sensibilidad dotada de paciencia, a
la que habrá que añadir un noble sentido capaz de abarcar
al objeto en toda su extensión, de encontrar el momento
más digno de presentación y en consecuencia de
hacerle que supere su factividad limitada y darle en un mundo
ideal medida, límites, realidad y dignidad.
La
gracia. Pero el objeto y la forma de representarlo están
sometidos a las leyes de la sensibilidad artística, concretamente
al orden, la perspicuidad, la simetría, la oposición
etc., por medio de las cuales son bellos para el ojo, es decir,
están dotados de gracia.
La
belleza. Además está sometido a la ley de la belleza
espiritual. Ésta surge de la medida, a partir de la cual,
el hombre formado para la representación o la producción
de lo bello sabe como someterlo todo, incluso los extremos.
Habiendo
indicado de antemano las condiciones que le exigimos a una obra
de arte de alta categoría, puedo decir mucho con pocas
palabras si digo que nuestro gusto cumple todas. Tanto es así
que podríamos exponer éstas sólo mediante
la observación del mismo.
No
se espere de mí la pruebas de que el artista ha mostrado
un profundo conocimiento del cuerpo humano, de que sabe dar
cuenta de lo característico de éste, así
como concederle expresividad y apasionamiento. En lo que sigue
quedara de manifiesto con que altura e idealidad ha sido concebido
el objeto. Nadie que sepa reconocer la medida en que son representados
aquí los dolores físico y espiritual extremos
dudara de que se puede llamar bella a esta obra.
Pero
a algunos les puede parecer paradójico que en este grupo
se manifiesta al mismo tiempo la gracia. Acerca de este asunto
diré algunas palabras.
Toda
obra de arte debe anunciarse por sí misma y esto sólo
puede llevarse a cabo mediante lo que llamamos belleza sensual
o gracia. Los antiguos, muy alejados de la opinión de
los modernos según la cual una obra de arte, siguiendo
la apariencia, tiene que volver a convertirse en una obra de
la naturaleza, caracterizaban a sus obras por un selecto orden
de sus partes. Ellos le facilitaban al ojo la intuición
de sus proporciones por la simetría y de esta manera
una obra compleja se hacia fácil de comprensión.
La simetría y las oposiciones daban como resultado la
posibilidad de producir los mayores contrastes mediante diferencias
difícilmente perceptibles. El cuidado que demostraba
el artista antiguo al oponer diversas masas unas a otras, al
dar una posición especialmente regular y recíproca
a las extremidades de los cuerpos en los grupos, era algo muy
feliz y muy estudiado. Dicho cuidado se ponían en juego
para que toda obra de arte, si se abstraía de su contenido
y se contemplaba de lejos, pueda aparecer ante el ojo con su
aspecto ornamental. Las antiguas vasijas nos ofrecen cientos
de ejemplos de este agrupamiento dotado de gracia, y tal vez
sería posible presentarle al ojo series de las mejores
muestras de composiciones simétricas de las vasijas empezando
por el Grupo de Laocoonte, más tranquilo y acabando
por el más agitado. Me atrevo otra vez a repetir que
el Grupo de Laocoonte, junto a todos sus otros méritos
es a la vez un ejemplo de simetría y variedad, de reposo
y movimiento, de contraste y transiciones paulatinas que se
presentan unidas, a veces de formas sensual a veces de forma
espiritual, a aquel que lo contempla. Estas cualidades, a pesar
del gran patetismo de lo representado, provocan una sensación
agradable y suavizan la tormenta de dolor y pasión mediante
la gracia y la belleza.
Es una gran ventaja para una obra de arte ser independiente,
estar acaba en sí misma. Un objeto sereno sólo
se muestra mediante su existencia, es terminado en y por sí
mismo. Un Júpiter con truenos que salen de su regazo,
una Juno que reposa en su majestad y su pureza, una Minerva
absorta en su reflexión, son objetos que no tienen, por
así decirlo, ninguna relación con lo que está
fuera de ellos, descansan en y por sí mismos y son los
prioritarios y preferidos objetos de la escultura. Pero en el
bello círculo mítico del arte, ámbito
en el que estas figuras aisladas y autónomas habitan
y descansan, hay círculos más pequeños en los
que las figuras aisladas son concebidas y esculpidas en relación
a otras. Por ejemplo cada una de las musas, al igual que su
líder Apolo, está concebida para representarse
separadamente, pero todos ganan interés en el coro completo
y variado de las nueve. Cuando el arte procede a la representación
de lo pasional significativo, entonces puede operar de la misma
forma: nos muestra un círculo de figuras que mantienen
entre sí un vínculo pasional como Níobe
y sus hijos, perseguidos por Apolo y Diana, o nos muestra en
la obra el movimiento junto a su causa. Recordemos aquí
tan solo al joven lleno de gracia que se saca una espina del
pie, a los luchadores, a dos grupos de faunos y ninfas en Dresde
y al dinámico y magnífico Grupo de Laocoonte.
Con
razón la escultura es tenida en tan alta consideración,
pues puede y debe llevar la representación a su mal alta
cumbre al privar en ésta al hombre de todo aquello que
no es esencial. Así, en este grupo, Laooconte es sólo
un hombre, los artistas lo han despojado de su sacerdocio, de
lo que es nacional y troyano en él, de todas sus referencias
poéticas y mitológicas; no tiene que ver nada
con que aquello en lo que lo convirtió la fábula.
El es un padre con dos hijos amenazados por dos animales peligrosos.
Éstos no son dos serpientes enviadas por los dioses,
son dos serpientes naturales, suficientemente poderosas para
acabar con varios hombres, pero en ningún caso, ni en
su forma, ni en sus actos, seres extraordinarios, vengativos
y punitivos. Conforme a su naturaleza, reptan, se enroscan,
oprimen, y una de ellas muerde después de haber sido irritada.
Si de este grupo no fuera conocida otra interpretación,
yo lo denominaría un idilio trágico. Un padre
está durmiendo junto a sus dos hijos, unas serpientes
se enroscan al grupo y, al despertarse, se afanan en liberarse
de esta red viviente.
Esta
obra es extraordinariamente importante por la representación
del momento. Cuando una obra de arte ha de moverse realmente
ante el ojo ha de ser escogido un momento fugitivo: poco antes
ninguna parte habría podido encontrarse en esa posición
y poco después todas las partes estarán obligadas
a abandonar esa posición; esta es la razón por
la que la obra siempre resultara nueva y viva aunque la vean
millones de espectadores.
Para
comprender bien la intención del Grupo de Laocoonte,
coloquémonos a distancia adecuada con los ojos cerrados
ante éste y abramos y cerremos los ojos alternativamente
y veremos todo el mármol en movimiento, de hecho, cada
vez que abramos de nuevo los ojos presentiremos que todo el
grupo haya cambiado su posición. Yo diría que
la posición que ahora tiene, es como la de un relámpago
fijado, como una ola petrificada en el momento en el que se
aproxima a la orilla. Se produce la misma impresión cuando
se ve al grupo por la noche a la luz de la antorcha.
(...)
uno de los méritos mayores de esta obra es el momento
que el artista ha representado y sobre esto añadiré aquí
unas palabras.
Hemos
supuesto que serpientes reales han aprisionado a un padre y
a sus dos hijos mientras dormían, para que los diferentes
movimientos de la acción tuvieran un efecto gradual.
Los primeros movimientos de las serpientes enroscándose
durante el sueño anuncian muchos acontecimientos, pero son irrelevantes
para el arte. Quizás se podría haber esculpido
como se enlazan unas serpientes a un joven Hércules durmiendo
cuya figura y tranquilidad en el sueño nos hacen adivinar qué
podemos esperar de él cuando despierte.
Vayamos
más allá con nuestra imaginación y pensemos
en un padre que, sea como fuere, se siente aprisionado por serpientes
junto a sus hijos, entonces vemos que sólo hay un momento
en el que el interés es máximo; cuando un cuerpo
ha sido tan aprisionado que se ha quedado indefenso; cuando
el segundo, estando en condiciones de defenderse, ha sido herido;
y cuando al tercero todavía le queda una esperanza de
huir. En el primer caso está el hijo menor, en el segundo
el padre, en el tercero el hijo mayor. ¡Es imposible buscar
otra situación!, ¡es imposible repartir los papeles de
otro modo!
Pensemos
en la acción desde le principio y reconozcamos que éste
es su momento culminante. Al imaginarnos los momentos siguientes
comprendemos que todo el grupo tiene que cambiar de postura
y que no puede haber un momento de mayor valor artístico
que éste. El hijo menor será ahogado por la serpiente
o, estando como está indefenso, si la irrita, será
mordido. Ambas situaciones son insufribles y al ser extremos
no se representa. En lo que respecta al padre, será mordido
en diferentes partes, y por ello la postura de su cuerpo, y
las primeras mordeduras pasarán desapercibidas para el
espectador, o, si se muestran, serán repugnantes. La
serpiente puede también volverse y atacar al hijo mayor,
entonces este se concentraría en sí mismo, ya
no habría nadie interesado en la acción. La última
apariencia de esperanza desaparecería del grupo, la representación
devendría de trágica a cruel. El padre que ahora
manifiesta toda su magnificencia y su sufrimiento se convertiría
en una figura secundaria.
El
hombre, frente la sufrimiento propio y ajeno, sólo experimenta
tres sensaciones: miedo, terror y compasión: el presentimiento
receloso de un mal que se aproxima a él, la percepción
inesperada de un sufrimiento presente y la participación
en uno en curso o ya pasado. Los tres son representados y provocados
por esta obra en sus gradaciones más adecuadas.
Las
artes plásticas que siempre trabajan para el momento,
al elegir un motivo patético, captan aquel que causa
terror, por su parte la poesía se detiene en aquellos
que provocan miedo y compasión. En el Grupo de Laocoonte
el sufrimiento del padre excita terror del máximo grado,
con él la escultura ha llegado a su cumbre. Pero, ya
sea para recorrer el círculo de todas las sensaciones
humanas, ya sea para suavizar la fuerte impresión de
terror, provoca la compasión por la situación
del hijo menor y miedo por la del mayor, dejando abierta la
esperanza para éste último. Así los artistas
le dieron cierto equilibrio a su obra, disminuían y aumentaban
un efecto mediante otros efectos y eran capaces de dar acabamiento
a un todo espiritual y sensual a la vez.
En
definitiva, podríamos sostener audazmente que esta obra
agota su objeto y cumple satisfactoriamente todas las condiciones
del arte. Esta nos enseña que si el artista puede comunicar
su sentimiento de la belleza a objetos inertes y simples, este
mismo sentimiento se muestra con su mayor energía y con
toda su dignidad cuando demuestra su fuerza y sabe moderar y
contener las violentas y apasionadas explosiones de las naturaleza
humana. (*)
(*)
Fuente: J.W. Goethe, versión
parcial de "Sobre el Laocoonte", en Escritos de
arte, Madrid, editorial Síntesis, pp.107-21
SIMPLE
IMITACIÓN DE LA NATURALEZA, MANIERA O ESTILO
Por
J.W. Goethe

Quizá
no sea irrelevante mostrar exactamente lo que queremos
decir con estas palabras que tan frecuentemente utilizamos.
Pues aunque los escritores han hecho uso de las mismas durante
muchos tiempo y aunque parece que han sido definidas en trabajos
teóricos, cada cual las utiliza la mayoría de
las veces a su manera y las piensa, con mayor o menor precisión,
conforme a cómo ha comprendido el concepto que ha de
ser expresado mediante éstas.
Simple
imitación de la naturaleza
Pensemos
en un artista al que se le presupone un talento natural. Éste,
después de haber ejercitado su ojo y su mano con muestras
de láminas, se dirige hacia objetos de la naturaleza
y copia sus formas con exactitud y conciencia, y trabaja con
veracidad y diligencia, comenzando y acabando siempre frente
a ella. Este artista será siempre de valía, pues
sería imposible que no fuera increíblemente veraz,
ni que sus trabajos no fueran seguros, poderosos y ricos.
Si
se piensa más detenidamente en estas condiciones, es
fácil ver que sólo pueden ser tratados de esta
manera una naturaleza y unos objetos agradables, pero limitados.
Estos
objetos deben ser fácilmente y en todo momentos accesibles,
cómodamente estudiados y tranquilamente copiados; el
alma que se ocupa de este trabajo ha de estar tranquila y recogida
y sentirse satisfecha con un placer moderado.
Este
tipo de imitación sería llevada a cabo por hombres
tranquilos, honestos y limitados a partir de las llamadas naturalezas
muertas, sin embargo no excluye un alto grado de perfección.
Maniera
Pero
habitualmente esta forma de proceder se le hace al hombre demasiado
tímida e insuficiente. Él ve una armonía
entre objetos que sólo puede reunir en una imagen sacrificando
lo particular. Le aburre dibujar como si pronunciara lo que
hay delante de él al pie de la letra e inventa su propio
método, crea su propia lengua para expresar a su modo
lo que ha aprendido su alma, para dar su propia forma característica
a un objeto que ha repetido frecuentemente, sin tener presente
la naturaleza cada vez que la reproduce o sin haberla retenido
de forma muy vívida.
Entonces
ésta se convierte en una lengua en la que el espíritu
del hablante se expresa y se define directamente. Y al igual
que las opiniones acerca de los temas morales se forman y agrupan
de forma diferente en la mente de cada persona que puede pensar
por sí misma, toda artista de este tipo verá,
captará y copiará el mundo de diferente modo;
tomará sus fenómenos con un talante más
circunspecto o superficial y lo reproducirá con mayor
gravedad o ligereza.
Apreciamos
que esta forma de imitación es más apropiada para
objetos que contiene un buen número de elementos
subordinados
constituyendo un gran todo. Éstos deben ser sacrificados
en aras de la expresión general del gran objeto, por
ejemplo en paisajes donde el todo se pierde si permanecemos
tímidamente ceñidos a los detalles más que atreviéndonos
a hacernos una idea de la totalidad.
Estilo
Supongamos
que el arte consigue, por medio de la imitación de la
naturaleza y con esfuerzo, crearse un lenguaje propio. Supongamos
que, con un exacto y profundo estudio de los objetos, llega
a conocer cada vez con más seguridad las cualidades de
las cosas y la forma en la que subsisten, de tal manera que reconoce
la serie completa de las cosas y sabe unir entre sí e
imitar las diferentes formas características. En este
caso, el arte llega al grado más alto que pueda obtener:
el estilo. El grado en el que el arte se puede equiparar a las
más nobles empresas humanas.
Al
igual que la simple imitación depende de una existencia
tranquila y de un entorno agradable, y la maniera tiene
facilidad para agrupar apariencias superficiales, el estilo
se apoya en las bases más profundas del conocimiento
de la esencia de las cosas, en la medida en que la podemos reconocer
en formas visibles y tangibles.
El
desarrollo de lo que se ha dicho arriba exigiría volúmenes
enteros y ya se puede encontrar algo acerca de ello en libros;
sin embargo el puro concepto hay que estudiarlo en la naturaleza
y las obras de arte. Añadiremos aquí unas cuantas observaciones,
y siempre que hablemos de artes plásticas tendremos oportunidad
de recordar estas páginas.
Es
fácil ver que estos tres modos de producir obras de arte,
presentados aquí por separado, están relacionados
con precisión entre sí, y que cada uno de ellos
puede derivar con facilidad en otro.
La imitación de objetos fácilmente aprehensibles
- tomemos por ejemplo las flores y las frutas - puede llegar
a un alto grado. Es natural, que uno que pinte rosas pronto
empiece a reconocer y distinguir las más frescas y las
bellas y las escogerá entre los millares de ellas que
les ofrece el verano. Por ello entra en juego aquí una
elección aunque el artista se haya hecho un concepto
general de la belleza de la rosa. Él se interesa por
formas aprehensibles; todo depende de definir las diferentes
texturas y el color de la superficie. El aterciopelado melocotón,
la finamente empolvada ciruela, la tersa manzana, la brillante
cereza, la resplandeciente rosa, los variados claveles, los
coloridos tulipanes; quiere tenerlos a todos en su perfección,
en flor y en su madurez cuando esté frente a ellos pintándolos
en la tranquilidad de su estudio. Él sabrá darles la
luz adecuada; su ojo se ha habituado a la armonía de
los brillantes colores que parecen reflejarse en ellos. Todos
los años estará en disposición de renovar los
mismos objetos y con la tranquila y atenta imitación
de su simple ser reconoce y capta las cualidades, sin necesidad
de un laborioso proceso de abstracción. Así surgieron
las maravillosas obras de un Huysum y una Rachel Ruysch (pintores
holandeses de flores y frutas); ambos trascendieron lo posible.
Es claro que un artista tal será más grande y
más resuelto si a su talento añade ser un instruido botánico,
si de la raíz para arriba reconoce la influencia de las
diferentes partes en la salud y el ofrecimiento de las plantas,
si observa el sucesivo desarrollo de las hojas, las flores,
los órganos sexuales, los frutos y de la nueva simiente
y reflexiona sobre los mismos. Entonces no sólo demostrará
su gusto en la elección del motivo, sino que nos asombrará
e instruirá por una correcta representación de
las cualidades. En este sentido se podría decir
que ha creado estilo. Por otra parte es fácil ver cómo
un maestro de este tipo, si no es muy escrupuloso y celoso en
su atención, podría caer en la maniera.
La
imitación simple trabaja como si se encontrara en el
antepatio del estilo. Cuanto más fiel, puro y cuidadoso
sea su acceso a la obra, más serenamente percibirá
lo que vea. Cuanto más deliberadamente lo imite, más
habituada esté a pensar en éste, es decir, cuando
más compare lo similar y haga diferir lo distinto, cuanto
más capacitada este para incluir objetos singulares bajo
conceptos generales, más digna se hará de cruzar
el umbral del santuario.
Si contemplamos con más detenimiento la maniera,
vemos que en su sentido más noble y en el sentido más
puro de la palabra es un término medio entre la imitación
simple y el estilo. Cuanto más se aproxime con su sencillo
método a la simple imitación, cuanto, por otra
parte, más ávidamente quiera captar lo característico
de los objetos y expresarlo claramente, cuanto mas aúne
a ambos mediante una pura, viva y activa individualidad, más
noble, grande y respetable será. Si un artista similar
desatiende permanecer junto a la naturaleza y reflexionar sobre
ella, se alejará de los fundamentos del arte y su maniera
se irá haciendo más y más vacua e insignificante,
en la media en que se aleje de la imitación simple y
el estilo.
No
tenemos que repetir aquí que entendemos el término
maniera en un sentido noble y respetable, por ello no
pensamos que tengan motivo de queja los artistas cuyo trabajo
cae según nuestra opinión en esta. Tan sólo
nos interesa concederle al término estilo los mayores
honores, para que podamos disponer de una expresión que
caracterice el grado más alto al que ha llegado y puede
llegar el arte. Ya sólo reconocer este grado es toda
una bendición y discutir con entendidos acerca del mismo
un raro placer que tendremos algunas ocasiones de estimular
en el futuro. (*)
(*) Fuente:
J.W. Goethe, "Simple imitación
de la naturaleza, maniera o estilo", en Escritos
de arte, Madrid, editorial Síntesis, pp.67-73.
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