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MANIFIESTO POÉTICO
Por
Dylan Thomas
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Dylan
Thomas en su juventud
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Manifiesto
poético
Y
la muerte no tendrá dominio (poema)
De la tierra galesa brotan las voces de las antiguas leyendas
celtas. El paisaje embelesa con imágenes de montañas, hierbas
y árboles, lagos y rocas. La naturaleza, en el amanecer, el
mediodía o el ocaso, abre cascadas de belleza. Que parecen
nacer de los labios de hechiceros dioses creadores. Un poeta
podría celebrar el pasado de los profundos mitos, y la lírica
de la tierra, y de las nubes errantes. Que pintan el cielo.
En el pequeño poblado galés de Swansea, en 1914, nació ese
poeta. Dylan Thomas.
En
su infancia, su padre y su maestro lo encauzaron en un incipiente
aprendizaje poético mediante el estímulo a la lectura y la
escritura. Luego, buscó conquistar alguna cima en Londres.
Entre la niebla y la agitación cultural, fue reconocido como
poeta. En 1934, escribió sus “Dieciocho Poemas”, donde
su poesía adquirió un tinte no convencional, muy alejado del
puro subjetivismo o del libre hermetismo metafórico surrealista.
Su poesía comenzó a exhalar sus típicos vapores panteístas,
su acento religioso, su regreso a esa fusión céltica de la
fantasía y la existencia cotidiana. Su poema arquetípico,
que une intensidad lírica y religiosa con un simbolismo de
matriz céltica y pagana, es "Visión y Plegaria";
aquí los versos se ordenan dentro de la forma de un Grial.
En
1936 se casó con la bella Caitlin Macnamara. Tres seres nacieron
de ese amor. Una alegría y vitalidad infantiles que se ensombrecieron
bajo el tormentoso vínculo con su cónyuge, que iría empeorando
y que malograría los futuros días del poeta.
Durante el derrumbe de su matrimonio y del Viejo Continente
que se desangraba en la segunda Guerra, Dylan se dedicó a
la radiodifusión y a escribir guiones para el cine. Percibió
entonces los poderes infernales de la muerte. Pero ésta no
alcanza a destruir la belleza, el misterio y un sentido de
pulsación divina. Así lo manifiesta su gran poema: "
Y la muerte no tendrá dominio" (que incluimos al final).
Aun durante la tempestad bélica, escribió y publicó los apuntes
autobiográficos “ Retrato del Artista Cachorro” (1940) y “Aventuras
en el Tráfico de Pieles” (de póstuma edición en 1954).
Y luego, tras la agudización de su doloroso desencuentro matrimonial
y de la orgía sangrienta de la guerra, le dio vida a “Defunciones
y Nacimientos” (1946), “En el Sueño Campestre” (1951), y la
obra de teatro para voces “Bajo el Bosque Lácteo”(también
de aparición póstuma en 1954).
En
el crepúsculo de su camino, dictó conferencias y recitó sus
poemas en numerosas universidades
norteamericanas. Su relación con la bebida trepó hasta un
vértigo incontrolable. Esta adicción, que era también una
lenta embriaguez del frenesí y la muerte, detuvo su corazón
el 9 de noviembre de 1953, en Nueva York.
Aquí, en este momento de Textos Olvidados en Temakel,
presentamos un texto poco difundido del gran poeta galés.
En el verano de 1951, un joven estudiante que realizaba una
tesis sobre Dylan, le realizó cinco preguntas. Las respuestas
que en esta ocasión dio Dylan Thomas, componen este informal
manifiesto de su visión personal sobre su propio oficio de
poeta y sobre el significado de la poesía.
Esteban
Ierardo
MANIFIESTO POÉTICO
Por
Dylan Thomas
Usted quiere saber por qué y cómo empecé a
escribir y qué poetas o tipo de poesía me emocionaron e
influyeron en mí.
Para
responder a la primera parte de esta pregunta diría en primer lugar
quería escribir poesía porque me había enamorado de las palabras.
Los primeros poemas que conocí fueron canciones infantiles, y antes
de poder leerlas, me había enamorado de sus palabras, sólo
de sus palabras. Lo que las palabras representan, simbolizan o querían decir
tenía una importancia secundaria; lo que importa era
su sonido cuando las oía por primera vez en los labios de la remota
e incomprensible gente grande que, por alguna razón, vivía en mi
mundo. Y para mí esas palabras eran como pueden ser para un sordo de
nacimiento que ha recuperado milagrosamente el oído, los tañidos de
las campanas, los sonidos de instrumentos musicales, los rumores
del viento, el mar y la lluvia, el ruido de los carros de lechero,
los golpes de los cascos sobre el empedrado, el jugueteo de las
ramas contra el vidrio de una ventana. No me importaba lo que decían las palabras,
ni tampoco lo que le sucediera a Jack, a Jill,
a la Madre Oca y a todos los demás; me importaba las formas sonoras que
sus nombres y las palabras que describían sus acciones creaban en mis
oídos; me importaba los colores que las palabras
arrojaban a mis ojos. Me doy cuenta de que quizás, mientras
repienso todo aquello, estoy idealizando mis reacciones ante las
simples y hermosas palabras de esos poemas puros, pero eso es todo
lo que honestamente puedo recordar, aunque el tiempo haya podido
falsear mi memoria. Me enamoré inmediatamente -esta es la única
expresión que se me ocurre-, y todavía estoy a merced de las
palabras, aunque ahora a veces, porque conozco muy bien algo de su
conducta, creo que puedo influir levemente en ellas, y hasta he aprendido a dominarlas de vez en
cuando, lo que parece gustarles.
Inmediatamente empecé a trastabillar detrás de las palabras. Y
cuando yo mismo empecé a leer los poemas infantiles, y, más tarde,
otros versos y baladas, supe que había descubierto las cosas más
importantes que podía existir para mí. Allí estaban, aparentemente
inertes, hechas solo de blanco y negro, pero de ellas, de su propio
ser, surgían el amor, el terror, la piedad, el dolor, la admiración
y todas las demás abstracciones imprecisas que tornan peligrosas,
grandes y soportables nuestra vidas efímeras. De ellas surgían los
trasportes, gruñidos, hipos y carcajadas de la diversión corriente
de la tierra; y aunque a menudo lo que las palabras significaban era
deliciosamente divertido por sí mismo, en aquella época casi
olvidaba que me parecían mucho más divertidas la forma, el matiz, el
tamaño y el ruido de las palabras a medida que tarareaban,
desafinaban, bailoteaban y galopaban. Era la época de la inocencia;
las palabras estallaban sobre sí, despojadas de asociaciones
triviales o portentosas; las palabras eran su propio ímpetu, frescas
con el rocío del Paraíso, tales como aparecían en el aire. Hacían
sus propias asociaciones originales a medida que surgían y
brillaban. Las palabras "Cabalga en un caballito de
manera hasta Banbury Cross" (Ride a cock-horse to Bandury
Cross), aunque entonces no sabía qué era un caballito de madera ni
me importaba un bledo donde pudiera estar Bandury Cross, eran tan
obsesionantes como lo fueron más tarde líneas como las de John
Donne: "Ve a recoger una estrella errante. Fecunda raíz de
mandrágora" (Go and catch a falling star. Get with child a
mandrake root), que tampoco entendí cuando leía por primera vez. Y
a medida que leía más y más, y de ninguna manera eran sólo versos,
mi amor por la verdadera vida de las palabras aumentó hasta que sabía que
debía vivir con ellas y en ellas siempre. Sabía, en
verdad, que debía ser un escritor de palabras y nada más. Lo primero
era sentir y conocer sus sonidos y sustancia; que haría con esas
palabras, como iba a usarlas, que diría a través de ellas, surgiría
más tarde. Sabía que tenía que conocerlas mas íntimamente en todas
sus formas y maneras, sus altibajos, partes y cambios, necesidades y
exigencias. (Temo que estoy empezando a hablar vagamente. No me gusta
escribir sobre las palabras, porque entonces uso palabras malas,
equivocadas, anticuadas y fofas. Me gusta tratar las palabras como el
artesano trata la madera, la piedra o lo que sea, tallarlas,
labrarlas, moldearlas, cepillarlas y pulirlas para convertirlas en
diseños (secuencias, esculturas, fugas de sonidos que expresan algún impulso
lírico, alguna duda o convicción espiritual, alguna
verdad vagamente entrevista que tenga que alcanzar y comprender).
Cuando era niño y empezaba a ir a la escuela, en el estudio de mi padre, ante deberes
que nunca hacía, empecé a diferenciar una clase de escritura de
otra, una clase de bondad, una clase de maldad. Mi primera y mayor
libertad fue la de poder leer de todo y cualquier cosa que quisiera.
Leí indiscriminadamente, todo ojos. No había soñado que en el
mundo encerrado dentro de las tapas de los libros pudiese ocurrir cosas
semejantes, tales tormentas de arenas y tales ráfagas heladas de
palabras, tales latigazos a la charlatenería y también tanta
charlatanería, una pez tan tambaleante, una risa tan enorme, tantas
y tan brillantes luces enceguecedoras que se abrían paso a través
de los sentidos recién despiertos y se diseminaban por todas las páginas en un
millón de añicos y pedazos que eran todos palabras,
palabras, palabras, cada una de las cuales estaba viva para siempre
en su propia delicia, gloria, rareza y luz. Escribía infinitas
imitaciones, aunque no las consideraba imitaciones sino más bien
cosas maravillosamente originales, como huevos puestos por tigres.
Eran imitaciones de lo que estuviera leyendo en ese momento; Sir
Thomas Browne, de Quincey, Henry Newbolt, las Baladas, Blake, la
Baronesa Orczy, Marlowe, Chums, los imaginistas, la Biblia, Poe,
Keats, Lawrence, los Anónimos y Shakespeare.
(...)
a media que empecé a amar las palabras y odiar las manos torpes que las
zarandeaban, las lenguas espesas sin sensibilidad para los
infinitos sabores, los obtusos y chapuceros escritores mercenarios
que las aplastaban convirtiéndolas en una pasta colorada e insípida,
los pedantes que las tornaban moribundas y pomposas como ellos
mismos. Lo que primero me hizo amar el idioma y desear trabajar en
él y por el fueron las canciones infantiles y los cuentos
populares, las Baladas escocesas, algunas líneas de los himnos, las
narraciones más famosas de la Biblia y sus ritmos, Los cantos de
inocencia de Blake y la casi incomprensible majestad mágica y
desatino de Shakespeare escuchado, leído y casi asesinado en los
primeros años de la escuela.
(...)
la pregunta siguiente es si mi empleo de combinaciones de las palabras
para crear algo nuevo, "a la manera surrealista", está de
acuerdo con una fórmula prefijada o es espotáneo.
Aquí
hay una confusión puesto que, la fórmula prefijada de los
surrealistas era la de yuxtaponer lo impremeditado. Trataré de
aclarar esto si puedo. Los surrealistas (es decir superrealistas, o
sea los que trabajan por encima del realismo) constituían en la
década de 1920 en París un círculo de pintores y escritores que
no creían en la selección consciente de las imágenes. Para decirlo
de otra manera: eran artistas insatisfechos tanto de los realistas
(en términos gruesos: los que trataban de poner dibujos o en
palabras una representación real de lo que ellos imaginaban que era
el mundo real en que vivían) como los impresionistas quienes,
hablando otra ves en términos gruesos- trataban de dar una impresión de lo que ellos
imaginaban que era el mundo real. Los surrealistas querían bucear
en el subconciente, en la mente que estaba por debajo de la
superficie consciente, y de allí extraer sus imágenes sin la ayuda
de la lógica o la razón y ponerlas, ilógica e irracionalmente, en
colores o en palabras. Los surrealistas afirmaban que, dado que tres
cuartas partes de la mente estaban sumergidas, la función del
artista era la de extraer su material de la mayor, de la masa
sumergida de la mente más bien que de esa cuarta parte que,
como el extremo de un iceberg, surgía del océano subconciente. Uno
de los métodos que empleaban los surrealistas en su poesía era el
de yuxtaponer palabras e imágenes que no tenían ninguna relación
racional entre sí y con eso esperaban alcanzar una especie de
poesía subconciente u onírica, que sería más fiel al mundo real
e imaginativo de la mente, sumergido en su mayor parte, de lo que lo
es la poesía de la mente concientes, que descansa en la relación
racional y lógica de ideas, objetos e imágenes.
Este
es, muy crudamente, el credo de los surrealistas, con el que estoy
en profundo desacuerdo. No me interesa de dónde se extraen las
imágenes de un poema; si quiere se pueden sacar del océano más
recóndito del yo oculto; pero antes de llegar al papel deben
atravesar los procesos racionales del intelecto. Los surrealistas,
por otra parte, escriben sus palabras sobre el papel exactamente
como emergen del caos; no las estructuran ni las ordenan; para ellos
el caos es la estructura y el orden. Esto me parece excesivamente
presuntuoso; los surrealistas se imaginan que cualquier cosa que
rastree en sus subconscientes y pongan en colores o en palabras debe
ser, esencialmente, de algún interés o valor. Yo lo niego. Una de
las artes del poeta es la de tornar comprensible y articular lo que
puede emerger de fuentes subconcientes; uno de los usos mayores y
más importantes del intelecto es seleccionar de entre las masa
amorfa de imágenes subconcientes aquellas que mejor favorezcan su
finalidad imaginativa, que es escribir el mejor poema posible.
Y
la quinta pregunta es, Dios nos ampare, cuál es mi definición de
poesía.
Yo
sólo leo poesía por placer. Leo sólo los poemas que me gustan.
Esto significa, naturalmente, que tengo que leer una cantidad de
poemas que no me gustan antes de encontrar los que me gustan pero
cuando los encuentro, entonces lo único que puedo decir es
"Los encontré" y leerlos por placer.
Lea
los poemas que le gusten. No le preocupe el que sean
"importantes" o perdurables. Después de todo, ¿qué
importa lo que la poesía es? Si quiere una definición de poesía,
diga: "Poesía es lo que me hace reír o llorar o bostezar, lo
que hace vibrar las uñas de mis pies, lo que me hace desear hacer
esto, aquello o nada", y conténtese con eso. Lo que importa
con respecto a la poesía es el placer que proporcionada, por
trágico que sea. Lo que importa es el movimiento eterno que está
detrás de ella, la vasta corriente subterránea de dolor, locura,
pretensión, exaltación o ignorancia por modesta que sea la
intención del poema.
Puede
despedazar un poema para ver que lo hace técnicamente rico y al
tener ante sí la estructura, las vocales, las consonantes, las
rimas y los ritmos, decirse a sí mismo: "Sí, es esto.
Por esto me conmueve el poema: Por la artesanía". Pero está
usted de vuelta en donde empezó. Otra vez se encuentra con el
misterio de haber sido conmovido por las palabras. La mejor
artesanía siempre deja agujeros y grietas en la estructura del
poema de manera que algo que no está en el poema pueda arrastrarse,
deslizarse, relampaguear o tronar.
La
alegría y la función de la poesía es, y ha sido, la alabanza del
hombre, que es también la alabanza de Dios.
(*)
(*)
Fuente: Dylan Thomas, Manifiesto
poético, Ediciones nueva caledonia, pp. 89-100.
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Por
Dylan Thomas
Y
la muerte no tendrá dominio.
Desnudos
los muertos se habrán confundido
con
el hombre del viento y la luna poniente;
cuando
sus huesos estén roídos y sean polvo los limpios,
tendrán
estrellas a sus codos y a sus pies;
aunque
se vuelvan locos serán cuerdos,
aunque
se hundan en el mar saldrán de nuevo,
aunque
los amantes se pierdan quedará el amor;
y
la muerte no tendrá dominio.
Y
la muerte no tendrá dominio.
Bajo
las ondulaciones del mar
los
que yacen tendidos no morirán aterrados;
retorciéndose
en el potro cuando los nervios ceden,
amarrados
a una rueda, aún no se romperán;
la
fe en sus manos se partirá en dos,
y
los penetrarán los daños unicornios;
rotos
todos los cabos ya no crujirán más;
y
la muerte no tendrá dominio.
Y
la muerte no tendrá dominio.
Aunque
las gaviotas no griten más en su oído
ni
las olas estallen ruidosas en las costas;
aunque
no broten flores donde antes brotaron ni levanten
ya
más la cabeza al golpe de la lluvia;
aunque
estén locos y muertos como clavos,
las
cabezas de los cadáveres martillearan margaritas;
estallarán
al sol hasta que el sol estalle,
y
la muerte no tendrá dominio.
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