HEBDÓMEROS
Por Giorgio de
Chirico
...Hebdómeros
fue a acostarse y no despertó al día siguiente
hasta muy tarde. Aun despierto no podía decidirse a
levantarse; entonces permaneció unas cuantas horas
más en su cama meditando y por fin se decidió
a mirar qué hora era en el reloj que siempre dejaba
sobre una silla, junto a su cama; eran las cinco de la tarde.
La hora, pensó Hebdómeros, que en los doce meses
del año corresponde a septiembre. Entonces comprendió
que hubiera sido lógico por su parte de cerrar, al
concluir ese mismo día, su ciclo metafísico.
Prefería el orden y la lógica a la armonía;
desde el momento en que el azar (u otra cosa) le había
llevado a consultar su reloj justo en el minuto en que las
agujas marcaban la hora correspondiente al mes de septiembre,
más valía aprovechar ese afortunado azar y no
buscar, como se suele decir, tres pies al gato. Comprendió
que lo que esperaba, no era la felicidad, tal como suponen
en general los hombres; no se trataba en absoluto de sentir
ese frío en el estómago, esa sensación
de malestar e inquietud, esa imposibilidad de quedarse tranquilamente
sentado en su sitio, ese afán de locuacidad y expansión,
ese deseo de contar, incluso al primero que llegara, el acontecimiento
que nos turba, esa especie de abandono y endeblez inconmensurables,
en fin, todos esos síntomas que se dejan notar cuando
una felicidad repentina nos sorprende en el monótono
desarrollo de la vida. Hebdómeros, igual que todo el
mundo, había pasado por momentos similares, no muy
violentos, no hasta el punto de morirse de gozo, como el perro
de Ulises, o de volverse loco, como el pintor Frank Shysko,
que sufrió un ataque de demencia el día que
supo que había ganado un millón en una lotería,
pero, de todos modos, bastante importante y significativos.
No obstante sintió, y rara vez le engañaba el sentimiento,
sintió que, esta vez, no se trataba tanto de felicidad
como de seguridad; le iba a invadir un sentimiento de seguridad
y se dispuso a recibirlo dignamente, con recogimiento, de
la misma manera que el creyente se dispone a recibir en su
bajo forma de hostia o de lo que sea, al Dios en quien cree.
Hebdómeros abrió la ventana de su habitación
pero evitó respirar a fondo el aire de fuera, y tampoco
quiso poner cara de preso liberado, de enfermo que se siente
mejor, etc...; además, no tenía motivo para
hacerlo, y la naturaleza, o mejor dicho los propios elementos
le ayudaron a evitar esas actitudes comprometedoras para un
hombre serio como él, de modo que, con relación
a las actitudes, podía jactarse a medias de ser un
pícaro en el sentido metafísico de la palabra.
En efecto, el aire de fuera no era ni más puro, ni
más fresco, que el aire de su habitación; eso
no significaba que aquel aire de fuera se le parecía
totalmente, como una gota de agua se parece a otra gota de
agua, su hermana. Ni una racha; un equilibrio absoluto; en
ese sitio, las casas de la ciudad aparecían diseminadas
aunque bastantes cercanas unas de otras; era día semifestivo
y en cada persona se habían introducido las esperanzas
de un semidios. Ahora había varios semidioses vestidos
como todo el mundo, paseándose por las aceras y esperando
en los cruces de las calles a que pasaran los coches. Si la
quinta hora de la tarde es la que se encuentra entre el atardecer
y la segunda parte del día, el mes de septiembre es
el que se encuentra entre dos estaciones: verano y otoño.
Eso corresponde, en un enfermo, al momento que precede a la convalecencia
y que, naturalmente, es al mismo tiempo el
que marca el final de la enfermedad propiamente dicho. En
efecto, el verano, es la enfermedad, es la fiebre y el delirio
y los sudores externos, los tedios sin fin. El otoño es la convalecencia
antes de que empiece la vida (el invierno).
-Sí -pensaba Hebdómeros-, es algo que parece
extraño, algo que me obliga a discutir con mis semejantes.
A riesgo de pasar por un desequilibrado y de sentir luego
a mis espaldas las burlas de los lógicos, de los que
creen poseer las claves de las causas y los efectos, y la
tabla de valores para cada cosa en este bajo mundo. Y sin
embargo, estoy seguro de que la cosa no va así; esas malas
costumbres, esos falso movimientos que la humanidad, de su
infancia acostumbra a hacer, es lo que ha falseado el camino
de la verdad o lo que, mejor dicho, ocultándolo, rodeándolo
de niebla y vaho, lo empaño, le confirió el color de los objetos
que lo circundan en la tierra, de modo que se confunde con
el ambiente hasta el punto de que el hombre distraído pasa
por su lado sin reconocerlo, junto a la codorniz inmóvil sin
advertir su presencia porque el color de su plumaje se confunde
con el del terreno en que se halla.
Hebdómeros, esta vez, sabía al menos a qué
atenerse y pensaba con razón que si, en otras ocasiones,
había temido la felicidad y, ante su constante amenaza,
había, en señal de exorcismo, rotó unos cántaros,
esta vez sus temores eran absolutamente inadecuados y completamente
injustificados; no le gustaba hacer cosas inútiles
a menos que no se tratara de lo que él llamaba la inutilidad
necesaria, aunque en este caso ya no se hubiera tratado
de una inutilidad. Sus teorías sobre la vida variaban
según su bagaje de experiencias,. ¿Qué conclusión
podía sacar, en tal caso, sino que el secreto de la
felicidad, ese inestimable secreto que la mayoría de
filósofos se agotan en buscar teóricamente y
que la inmensa mayoría de hombres se esfuerza prácticamente
en descubrir, consistiría en no admirar nada, en no
amar ninguna cosa? ¿Escepticismo, entonces? No, pues lo que
sus adversarios, en momentos particularmente delicados o graves,
estaban dispuestos a creer, solo era cierto a medias, ¡y aún!
Que se jactara, no cabe duda, pero ¿acaso jactarse no suele
ser algo necesario y hasta indispensable? ¿Y no es mejor jactarse,
aun a riesgo de irritar a nuestros contemporáneos,
que hacer como aquel célebre cortesano cuya memoria
al final se resintió de manera enojosa por la práctica
demasiado prolongada de su profesión de cortesano?
Lo que sí era seguro, demostrado por Hebdómeros
cada vez que se presentaba la ocasión, es que era infinitamente
menos riguroso en la aplicación de su regla de conducta
cuando se trataba de su propia personalidad. De hecho, hubiese
sido algo verdaderamente muy original declararse superior a
los demás sin serlo primero con respecto a sí
mismo. De todos modos y a pesar de ese gran deseo de justicia
que siempre había predominado en cada uno de sus actos,
no envidiaba para nada a los que lograban jugar ese doble
juego. Más bien hubiese intentado decir que los enemigos
son necesarios. Sin ellos, la existencia amenazaría
con volverse bastante insípida y de una monotonía
exasperante; pensaba que los enemigos tienen su función
importante en la organización de la vida social y en
las manifestaciones de la vida humana, similares en eso a
ciertos animales más o menos desagradables, a menudo
incluso bastante repugnantes, y cuya utilidad no se manifestaba
al primer instante, aunque sin embargo tienen un sitio destinado
con toda justicia en el plan de la creación. Y además,
¿cabe concebir así a sangre fría una existencia
en donde no hubiera elección más que entre no
admirar nada, no ilusionarse incluso por nada, o guardar celosamente
para sí las ilusiones y admiraciones propias? Eso explica
que Hebdómeros dejara de seguir defendiendo ante sus
contemporáneos, sin hacer excepción de sus amigos
más próximos ni siquiera de sus más fervientes
admiradores, las circunstancias atenuantes, y no se esforzó
en buscar otros rodeos para reivindicar el derecho a elogiar.
Por otra parte esperaba, y eso durante mucho tiempo y hasta
en épocas de transición que le permitieron abrir
nuevas puertas a los espectáculos más inesperados,
que los que le siguieran no le acusaran por usar, con una
discreción conciente, en la presentación de
lo que él llamaba modestamente sus Maravillas,
un lenguaje que, en cualquier otra ocasión, le hubiese
valido, no sólo los sarcasmos de la muchedumbre, que
con mucha frecuencia son necesarios para las mentes de gran
envergadura, sino también los sarcasmos de la élite,
de esa misma élite a la que con razón se jactaba
de pertenecer, pero de la cual muy a pesar suyo estaba obligado
a renegar, como el profeta renegado de su madre. Eso sucedía
cada vez que una creación de índole especial
le forzaba a aislarse completamente y a situarse más
allá del bien y del mal, aunque sobre todo del bien.
Tarea por lo demás de las menos fáciles.
Lo
que decía, lo que hacía, estaba dicho y hecho
con objeto de fascinar muy naturalmente a los más diversos
gustos. Poseía más que suficiente para complacer
a los niños, a los niños de verdad que suelen ser jueces temibles,
y que también suelen tener voz para complacer a los
aficionados y coleccionistas de cromos e incluso y sobre todo
a esos niños mayores y falsos que son los artistas. ¡Ah! Es
que el arte de ver y de decir lo que se ha visto, anterior
como todos saben a la invención de la poesía
propiamente dicha, había recorrido orgullosas distancias
desde sus primeras tentativas. Y a pesar de eso (y eso era
una de las cosas que mas le entristecían) siempre había
gente dispuesta a reprocharle que sobrepasara el marco que
parecía haberle asignado su propia naturaleza, gente
que se extrañaba ante las hazañas realizadas y ante
el sinfín de dificultades vencidas. Por todo ello había
adquirido una situación privilegiada de donde en vano
procuraba desalojarle sus antagonistas. Sus cualidades particulares
y el talento que iba perfeccionado sin cesar, le preservaban
a bueno seguro de las vicisitudes de la moda. El sistema que
utilizaban tenía unas ventajas ciertas e innegables.
Era particularmente rápido y respetaba con rigurosa
fidelidad el carácter, y hasta lo que en general
es más difícil, el color de la inspiración
original. Original y no original; Hebdómeros desconfiaba
de la originalidad tanto como de la fantasía:
-
No conviene excederse en galopar a lomos de la fantasía...,
lo que conviene es descubrir, pues, descubriendo, hacemos
posible la vida en el sentido de que la reconciliamos con su madre
la Eternidad; descubriendo pagamos nuestro tributo a ese
minotauro que los hombres llaman el Tiempo y que representan bajo el
aspecto de un anciano alto y enjuto, sentado con expresión absorta
entre una guadaña y una clepsidra.
Una vez más, Hebdómeros se sintió amarrado
a las encrucijadas, mientras el suave chapotear del agua chocaba
con los bloques del muelle. Entonces le asaltaron la elocuencia
y una especie de nueva inspiración romántica,
y, dirigiéndose a los amigos que le acompañaban, habló
así:
-Nada puede sustituir esta inefable dulzura, resultado de
veinte años de experiencias y constantes esfuerzos, ni nada
tampoco puede superar en poder evocador esa divina serenata
en la que se mezclan nuestra propia ignorancia, el gozo misterioso,
el temblor o mejor dicho los latidos del corazón a
la luz de la luna, mientras los rítmicos acordes de
las guitarras caen una y otras vez como el agua que cae en
el agua. De nuestras disposiciones, de nuestras debilidades,
de las inconmensurables tensiones en que el arte que, al fin
y al cabo, no es más que una invención de
los hombres, nos había sumido desde la pubertad, los
recuerdos, atenuados por el velo de los años, pasan con un
aleteo silencioso. Fuente fecunda de fracasos y decepciones,
para luchar contra tu ignorancia, oh poeta, sigue los sabios
consejos de tu musa; ahí la tienes, apoyada pensativa
en ese fuste de columna por donde se desliza el lagarto y
trepa la hiedra...¡Oh flores de ternuras! ¡Tesoros!
¡Lamentos! ¿Estancias infinitas a las estrellas! ¡Aleteos!
¡Albadas de los segadores! ¡Encantadores interludios! ¡Ofrendas!
¡Fiestas de los benditos caseríos bajo el cielo azul!
¡Oh Pastorales! ¡Oh hojas que caen! ¡Escucha la lenta
confesión del viejo violoncelo, oh corazón
que nunca cambiaste! ¡Acuérdate del beso de Eunice!
¡Acuérdate del adiós de las rosas! ¡Escucha
la canción del nido por el camino en flor! ¿Oh sinfonía
inacabada en esos eternos voglio amarti! ¡Cantos sin
palabras quedamente murmurados! ¡Tristes ensueños! ¡Rememoraciones!
¡Recuerdos! ¡Oh noche estrellada! ¡Juanita! ¡Juanita! ¡Canta
el agua y canta aún bajo los floridos parques de los
hogares polacos! ¡Olas del Ródano y olas del
Rin! ¡Tristeza de las geografías, a ratos grises, a
ratos verdes, pero siempre azules cuando se abren los lagos
y se extienden los vastos mares! ¡Las falenas de la
noche quemaron sus alas en las lámparas de acetileno!
¡Las hojas del otoño, húmedas de lluvia, cayeron
girando sobre la podrida madera de los balcones de nuestras
villas! ¿Qué dicen tus ojos? ¿Siempre o jamas! ¿Abrid
de par en par las cancelas de vuestros jardines, amigos de
corazón oprimido! Os secundaremos en vuestras tareas;
estudiaremos con vosotros, fraternamente, amistosamente, cordialmente
todas las propuestas que querías hacernos.
No
obstante, había que volverse a casa. Así lo
comprendió Hebdómeros y una gran tristeza le
invadió el corazón. Las transfirmaciones fatales
reflejaban al infinito las más locas esperanzas y las
decisiones jerárquicas se instalaban triunfales, impresas
en caracteres negros y solemnes sobre la blancura del papel.
Los propios generales, los altos funcionarios y los altos
dignatarios de rictus obsceno bajo sus grasientos bigotes,
se inclinaban con la falsedad de una humillación protocolaria
que no tenía más objetivo que salvar las apariencias,
apariencias por lo demás dudosas, de las que fácilmente
hubieran podido prescindir. Hebdómeros conocía
el resto. Conocía tan bien esas tardes interminables
en el cuarto de las cartas geográficas (lado jardín).
Sin, después de comer se retiraban ahí a descansar,
digamos, pues hacía calor, un calor implacable desde
las primeras horas del día. Pero una vez ahí
dentro, ¿dónde estaba el descanso? Sí, ¿dónde
se había metido, ese dios tan dulce, hermano del sueño?
Nostalgias, nostalgias sin fin, manos tendiéndose en
la punta de los brazos fuera de las ventanas cuyas blancas
cortinas con diseños de extrema trivialidad, se agitaban,
un poco bajo el soplo intermitente de una cálida brisa
procedente de los campos, de esos campos que se extendían
alternando, todos iguales, salvo muy leves variaciones de
color que no contaban apenas en la monótona sinfonía
de los grises, grises verdosos, ocres grises, verdes, ocre,
etc...Y encima, ¿por qué había que pararse de
repente? Y renunciar a las oportunidades y posibilidades de
una empresa por lo demás muy costosa pero que prometía
gozos y descansos inesperados e inolvidables aunque no fuera
una empresa para descansar de lleno, como decía
el propio Hebdómeros sonriendo irónico. Pero
nadie da nada por nada; dar por dar; en las puertas de las
ciudades orientales, bajo la apabullante cúpula del
cielo rojizo, los traficantes disentéricos gesticulaban
en torno a las mercancías arrojadas entre
el polvo caldeado y sobre las que moscas de trompas tanatóforas,
es decir portadoras de muerte, se obstinan con el minúsculo
zumbido de sus alitas iridiscentes, aleteando a toda velocidad.
-Sí
-decía Hebdómeros- el comercio, el tráfico,
los negocios, los trueques, los especulaciones, las valoraciones,
la confianza, el crédito, los beneficios, los negocios
que son los negocios, y luego, al anochecer, muertos de
cansancio
y con las manos sucias por la vil moneda, ¿qué recibimos
por toda recompensa? Un puñado de dátiles podridos
y un trago de agua tibia y emporcada por los pájaros
del cielo, bebida en una escudilla que apesta a madera mojada...¡Pero
la gran recompensa, esta noche eres tú, oh Cornelia!
¡Tú, pastora de piernas ceñidas por cintas y con manos
de madre! ¡Tú, sólida gacela, tu madrecita de
los Gracos! Aunque, en las calles sórdidas y oscuras, la plebe
enfurecida lapidara a tu hijo, oh conmovedora y desnuda como
un borriquillo sin albarda, el que haya adivinado el fulgor
de tu mirada se arrojará sólo contra la multitud
delirante, monómaco ante quien todo retrocede, y te
traerá en sus brazos a tu hijo, un hijo ensangrentado,
pero a salvo, tu hijo desmayado pero vivo, a fin de ver,
después
del milagro de tus lágrimas, como se deslizan esas
perlas primero despacio y luego más aprisa por tus
mejillas tan bellas, para caer en tus manos tan puras, ¡oh,
Cornelia!
 |
| Una
trasposición mágica de la plaza de Turín
de de Chirico que refleja la coexistencia de objetos heterogéneos
entre sí en un espacio común. Esta composición de imagen
será adoptada luego por el surrealismo. |
Volvió
a camibar el ambiente. Se había extendido el crepúsculo.
Los sórdidos callejones, de donde subía el hedor
de las basuras en fermentación, se hallaba ya muy lejos;
se acabaron las matanzas. La madre de los Gracos había
evolucionado, si es que vale expresarse así...
Afligidos
transeúntes, llevando sus niños de la mano,
regresaban a sus lares con esa vaga melancolía procurada
por la sensación de una dicha terminada, de una felicidad
concluida. Hebdómeros abrió de par en par su
ventana al espectáculo de la vida, al escenario del
mundo. Con los brazos cruzados sobre el pecho, la cabeza alta,
como un navegante erguido en la proa del barco ante la aparición
de una tierra desconocida, esperó. Pero estaba obligado
a esperar, pues de momento todo se limitaba al sueño,
e incluso al sueño en el sueño. En el horizonte, el cielo
se encendía por los últimos fulgores del crepúsculo.
Varias humaderas, rectas como columnas, subían y subían
sin cesar...Hebdómeros se dio vuelta en el lecho...
-
¿Qué hora es? -y siguió hablándose en
voz alta- ¿Cuánto falta aún?...Pronto saldrá
la luna y con ella el viento y las estrellas...; las pulgas
me devoran y la enteritis me retuerce las entrañas. ¡Me
he bebido las últimas de belladona y de beleño!
¿Qué debo esperar? ¿En que he de seguir creyendo?
Los dioses emigrados; las alegrías juguetonas que se
ocultaban detrás de los arbustos y desde ahí
te mandan señas para que te acerques, cosa que te guardarás
muy mucho de hacer, pues con que de dos pasos hacia ellas,
ya se te ponen más lejos, muchos más lejos,
por desgracia...Los asesinos alejados de las ciudades; la
paz y la justicia reinando por doquier. ¡Y tú,
a quien vislumbre antes de mi sueño diurno; tú, visible
para mí solo, tú cuya mirada me habla de inmortalidad!
...Desconfiando
como siempre se acercó con precaución, guardando
una mano en el bolsillo del pantalón y la otra libre,
dispuesta a parar el golpe. Algunos destacamentos de hoplitas
pasaban por su lado con cierta expresión obstinada
y taciturna. Subían cohetes al cielo pero sin ruido;
todo ruido había muerto. Todo lo que revista una dureza
en el mundo; las piedras de la tierra, los huesos de los hombres
y de los animales, todo parecía haber desparecido para
siempre; una gran ola, grasienta e irresistible, de infinita
ternura, lo había sumergido todo y, en medio de ese
nuevo Océano, la nave de Hebdómeros flotaba
inmóvil, con todas sus velas flojas. Pero entonces,
despacio, de manera enigmática, una nueva y extraña
confianza comenzó a renacer en su alma. Al principio
tuvo miedo; hasta tembló, como tiembla el anciano valetudinario
en su sillón, sólo en el castillo vacío,
durante una noche de invierno, viendo que el pomo de la puerta
se abre lentamente, movido desde fuera por una mano misteriosa.
Luego, de golpe, barridos por un soplo irresistible, el miedo,
la angustia, la duda, la nostalgia, el descontento, las alertas,
las desesperaciones, los cansancios, las incertidumbres, las
cobardías, las debilidades, los ascos, la desconfianza,
el odio, la ira, todo, todo despareció en una formidable
vorágine, detrás de aquellas tapias de ladrillo
semiderruidas, a cuyo alrededor crecían zarzas y ortigas
como una enfermedad tenaz. Olas cuyas glaucas profundidades
tenían en su superficie bordados de espuma irrumpieron
al revés e inmensos rebaños de cábalas salvajes,
de cascos duros como el acero, desparecieron en un desenfrenado
galope, en un alud de grupas rozándose, chocando, empujándose
hasta el infinito...
Y una vez más volvió el desierto y la noche. Todo dormía
de nuevo, inmóvil y silencioso. De golpe Hebdómeros
vio que esa mujer tenía los ojos de su padre; y comprendió.
La
mujer habló de inmortalidad, en la noche grande sin
estrellas.
-...Oh
Hebdómeros -dijo-, soy la Inmortalidad. Los nombres
poseen su género, o mejor dicho su sexo, como ya dijiste
una vez con mucha astucia, y los verbos por desgracia, se
declinan. ¿Jamás pensaste en mi muerte? ¿Jamás
pensaste en la muerte de mi muerte? ¿Alguna vez pensaste
en mi vida? Un día, oh hermano...
Pero
ya no hablo más. Sentada en un fuste de columna rota,
la mujer le apoyó suavemente una mano en el hombro
y, con la otra, apretó la derecha del héroe.
Hebdómeros, con el codo apoyado en el vestigio y la
barbilla en la mano, había dejado de pensar...Su pensamiento
ante la purísima brisa de la voz que acabada de oíir,
cedió lentamente y terminó abandonándose
del todo. Se abandono al oleaje acariciador de las palabras
inolvidables y, a través de ese oleaje, navegó
hacia playas extrañas e ignotas. Navegó bajo la tibieza
de un sol que declina, sonriendo en su declieve a las soledades
cerúleas...
Entretanto,
entre el cielo y la vasta extensión de los mares, islas
verdes, islas maravillosas fueron pasando despacio, como pasan
los buques de una escuadra ante la nave almirante, mientras
largas teorías de aves sublimes, de inmaculada blancura,
volaron cantando. (*)
(*)
Fuente: Giorgio de Chirico, Hebdómeros,
Barcelona, Ediciones del Cotal.