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EL LIBRO DEL FUEGO Y EL VACÍO
Dos
momentos del clásico japonés El libro de los Cinco Anillos
Por Miyamoto Musashi
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Portada
de El libro de los Cinco Anillos en la edición de Ladosur.
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El
libro del fuego
El
libro del vacío
Como
el Bushido o el Hagakure, el Libro de los
Cinco Anillos de Miyamoto Musashi es un clásico japonés
del arte del combate samurai. Musashi (1584-1645) fue un famoso
guerrero que en más de setenta duelos a muerte salió siempre
airoso. A los trece años derrotó a Arima Kigei, un reputado
samurai de la escuela Shinto de artes marciales. Su carácter
gustó de las brisas de la soledad y la meditación. En sus
últimos años se retiró a la cueva de Reigendo donde concluyó
su célebre obra poco antes de morir. Su Libro de los Cinco
Anillos es una serie de consejos sobre las artes marciales
de la espada. En el arte japonés de la espada, el Kendo, la
obra de Musashi siempre ocupa un lugar fundamental. Pero más
que un código de combate, los preceptos de Musashi constituyen
un forma de sabiduría, una lúcida inmersión en las aguas de
una conciencia profunda. Musashi elabora así su método de
la "Escuela de la dos espadas". Su arte alcanzó
claridad conceptual mediante la identificación con los elementos
naturales. De ahí la composición de la obra a través de un
Libro de la tierra, el agua, el fuego y el viento. Y el Libro
del vacío. El vacío: el trasfondo indefinible e infinito que,
para el pensamiento japonés de raigambre budista zen, es la
matriz enigmática del ser de la que proceden las formas y
que sólo manifiesta su fuerza en un estado de absoluta espontaneidad.
Esteban
Ierardo
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El
Libro del Fuego y el Libro del Vacío, perteneciente
al Libro de los Cinco Anillos que presentamos en
este momento de Textos olvidados de Temakel fue
traducido especialmente por Sonia Baljau para su
edición en la editorial Ladosur, abocada a títulos
de resonancias trascendentes, y a la que agradecemos
el envío del texto que sigue a continuación.
Para
comunicación con Ladosur: ladosur@inter.com.ar |
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El
libro del Fuego
Por
Miyamoto Musashi
En
nuestra escuela, que sigue los principios de la "Escuela de las
dos espadas", acostumbramos a ver la lucha como un fuego. Por
lo tanto, todo lo que tiene que ver con los distintos desarrollos de
una batalla se trata en el Libro del Fuego.
Por lo
general, la mayoría de las personas tiene una visión mezquina y
estrecha sobre las cuestiones del arte marcial. Han aprendido alguna
técnica especial y creen que con eso les basta. Están los que
saben usar los dedos para golpear en una parte determinada del
cuerpo, otros se especializan en usar el abanico. No faltan los
adeptos a la velocidad, los que imaginan que usar algo liviano como
una vara de bambú o las manos y los pies en forma rápida
constituye una gran ventaja.
Mi
manera de practicar el arte marcial ha sido el producto de numerosas
horas dedicadas al entrenamiento y de muchos combates a muerte. Esa
es la manera en que he aprendido el uso de la espada. Así adquirí
el conocimiento necesario como para evaluar el poderío del enemigo,
sus puntos débiles y sus virtudes, la habilidad para calcular las
posibilidades del filo y del revés del arma del contrincante. Puedo
afirmar que durante las decenas de duelos en los que me vi
involucrado, jamás he cometido un error estúpido. No es muy
difícil entender la importancia de estar concentrado cuando se
pelea a muerte, embutido en una pesada armadura.
La
esencia de mi arte militar es la adquisición del conocimiento su
enemigos. Se trata del mismo procedimiento, he aquí algo que merece
la más cuidadosa de las reflexiones.
Resulta
muy difícil reunir un grupo grande de guerreros para practicar
todos los días; pero por medio de la práctica individual con la
espada es posible no sólo instruirse en los fundamentos del arte
militar, sino también ejercitarse para distinguir con rapidez los
puntos fuertes y débiles del enemigo y así diseñar una estrategia
para derrotarlo. Esa es la manera de adquirir verdadera maestría en
el camino del arte marcial.
La vía
más rápida para convertirse en maestro del arte militar es la
práctica en forma continua y obstinada. Nuestra mente tiene que
estar completamente absorbida en el aprendizaje de los principios
del arte, sabiendo que nuestra meta debe ser la perfección. Una vez
que seamos capaces de realizar una práctica impecable, estaremos en
condiciones de adquirir una libertad y una maestría que resultan
difíciles de imaginar al neófito. El verdadero maestro logra
adquirir por medio del conocimiento de las leyes cósmicas un poder
que no parece humano.
La
ubicación en el espacio
Cuando
tomamos ubicación en un campo de combate, siempre intentamos
colocarnos de forma tal que el sol quede a nuestras espaldas. Si eso
no es posible, entonces hay que tratar de que la luz solar quede
situada a la derecha.
Este
principio debe mantenerse aun en lugares cerrados. La luz siempre
estará atrás o a la derecha. Hay que estar consciente de los
obstáculos que puedan existir atrás nuestro. Lo deseable es que el
terreno que se extienda a nuestras espaldas esté despejado. Nos
desplazamos intentando que la mayor parte del terreno libre quede a
nuestra izquierda, y la menor a la derecha.
En caso
de combate nocturno, procuramos que la luz de las hogueras queden
atrás nuestro y las otras luces a la derecha, este principio es
invariable.
Conociendo
la ventaja de combatir desde una posición superior, intentamos
situarnos en la parte más elevada de un terreno, aunque se trate de
una diferencia mínima. En los lugares cerrados o llanos, el sitio
privilegiado será considerado como el lugar más alto.
Lo ideal
es que en la lucha podamos empujar a los enemigos hacia la
izquierda. Es de fundamental importancia que los obstáculos del
terreno queden a espaldas de los enemigos. Una vez conseguido este
propósito, nos empeñaremos en empujarlos contra esos obstáculos,
apelando a cualquier medio. Cuando los adversarios comienzan a
retroceder, hay que empeñarse en redoblar el ataque para impedirles
la observación del terreno circundante. Esto se aplica también
cuando el combate se desarrolla en lugares bajo techo, entonces hay
que obligarlos a desplazarse contra columnas, puertas, muros,
pilares o cualquier otro obstáculo.
El
principio básico siempre es desplazar al enemigo hacia un terreno
que impida afirmar los pies con solidez, o que tenga alguna clase de
impedimento. Hay que estar siempre atento a las particularidades del
terreno del combate, para aprovechar sus ventajas. Esto es algo que
merece toda nuestra consideración.
Tres
maneras de apoderarse de la iniciativa
Hay tres
maneras de tener la iniciativa. La primera es atacar sin considerar
al enemigo. La segunda posibilidad consiste en tomar la iniciativa
durante un ataque adversario. La tercera variante se produce cuando
tanto nosotros como el enemigo nos lanzamos al combate en forma
simultánea.
Estas
son las tres maneras de tomar la iniciativa. No existen otras
maneras que no sean estas tres. Para triunfar hay que obrar con
rapidez, ser consciente de la importancia de adelantarse. Por eso el
manejo adecuado de la iniciativa es algo fundamental.
No tiene
sentido extenderse sobre los muchos detalles implicados en el arte
de la iniciativa. Lo importante es que sepamos definir de manera
rápida y concreta la situación en que nos vemos envueltos. Al
poder caracterizar al adversario, estaremos en condiciones de
emplear nuestros conocimientos para vencerlo.
La
primera manera de obtener la iniciativa es partir del estado de
acecho. Para atacar, mostramos una apariencia tranquila y relajada.
En el momento que consideremos oportuno, descargamos el ataque de la
forma más rápida y agresiva posible. Podemos ejecutar una
embestida con mucha violencia y decisión, aunque internamente
mantengamos reservas. También el ataque puede ejecutarse en el
mismo momento en que se efectúa la aproximación al enemigo. Otra
variante es atacar sin tener una idea acabada de las técnicas a las
que apelaremos, confiando sobre todo en nuestra determinación de
vencer. Estas son distintas variables posibles de usar partiendo del
estado de acecho.
La
segunda forma de la iniciativa se basa en un estado de espera. El
enemigo se hace presente y nosotros no damos señales de reacción.
Adoptamos una actitud vacilante y poco resuelta. Cuando el enemigo
se pone a distancia, lo atacamos con toda nuestras fuerzas. No hay
que darle tiempo a que intente golpearnos, debemos adelantarnos a su
acometida. También es posible que durante la lucha, percibamos un
cambio de ritmo en los movimientos del enemigo, motivado por nuestro
contraataque. Es probable que este cambio nos indique el momento de
descargar un golpe que permita alzarnos con el triunfo en ese
preciso instante.
La
tercera forma de apoderarse de la iniciativa es el estado de
enfrentamiento mutuo. Como siempre, estamos muy atentos al ritmo del
combate. Si nos atacan con rapidez, respondemos con tranquilidad y
fuerza. Si el enemigo se acerca, afirmamos nuestra guardia; apenas
percibimos alguna señal de debilidad, atacamos de inmediato. Si el
enemigo combate con calma, nosotros apelamos a un ataque rápido y
violento. Una vez que el enemigo está a una distancia suficiente,
lo acometemos de repente, tratando de derrotarlo mediante una
embestida a fondo. Todas estas variantes son difíciles de ser
detalladas por escrito, y no son más que ejemplos para que vayamos
apreciando los principios generales. No siempre nos hallaremos en
condiciones de iniciar un ataque, pero de estar en igualdad de
condiciones, hay que procurar ser el primero en atacar, y de esta
forma obtener un triunfo seguro y rápido.
Agarrar
la almohada
Agarrar
la almohada significa tener el control de la situación. En la
lucha, como en muchas otras actividades, no es bueno que el
adversario disponga del manejo de los hechos. Hay que apelar a
cualquier recurso para no perder las riendas de la situación. Nunca
hay que perder de vista que el manejo y control de la lucha es un
objetivo fundamental que todos los participantes de un combate
quieren conquistar.
En un
terreno práctico, agarrar la almohada significa que disponemos de
la suficiente habilidad y conocimiento como para detectar los
movimientos del enemigo antes de que los realice. Es decir, que
bloqueamos los ataques en el inicio mismo. Podemos reducir el
principio del arte marcial a la capacidad de sorprender al enemigo
cuando intente atacarnos, neutralizando de esta forma sus intentos.
En esta
cuestión, el manejo del tiempo es fundamental. No importa lo que
hagamos, el hecho es que debe ser realizado con la anticipación
suficiente como para anular los inicios mismos del movimiento del
enemigo. Controlar y manejar de esta forma a los adversarios
significa que estamos en posesión del arte de agarrar la almohada.
Esto se consigue mediante la práctica y merece todos los esfuerzos
que podamos dedicarle.
Cruzar
un brazo de mar
Cuando
el mar se extiende por lugares no muy grandes, se los denomina
brazos de mar. El guerrero avezado sabe que su desempeño en los
asuntos humanos es comparable al del capitán que está al mando de
una embarcación. Un buen marino sabe adaptarse al estado y tamaño
de su embarcación. Conoce los vientos, las corrientes marítimas,
etc. Está en condiciones de llegar a buen puerto, aun sin la ayuda
de otras embarcaciones. Al tratarse de un brazo de mar, el capitán
se lanza a navegar sabiendo que si lo sorprende algún imprevisto
cambio de los vientos, podrá apelar a los remos y alcanzar así el
puerto.
De la
misma forma, al involucrarnos en los asuntos del mundo, estamos
prevenidos para actuar en caso de que se presente algún imprevisto,
lo mismo que el capitán que cruza el brazo del mar. Los recursos de
un guerrero para capear los obstáculos son el conocimiento del arte
marcial, la capacidad de evaluar el estado del enemigo y maniobrar
para colocarlo en un estado de inferioridad; la templanza del
espíritu le permite afrontar los peligros con calma. Sin importar
las dimensiones de los hechos bélicos en que podamos vernos
involucrados, hay que tener presente que los principios necesarios
para atravesar un brazo de mar son siempre los mismos.
Captar
la situación
En la
estrategia militar, captar la situación significa estar en
condiciones de captar el momento del tiempo, los ciclos de aumento y
de disminución, intuyendo las intenciones del enemigo, su estado de
ánimo y su poderío bélico. También captar la situación apela a
la capacidad de ejecutar nuestros planes, de prever con
anticipación los movimientos que han de desarrollarse en el curso
de la batalla, la habilidad de disponer las propias tropas; en
definitiva, a la claridad en el manejo de los principios del arte
militar que nos permita una victoria certera.
Todos
estos principios aplicados en las batallas entre ejércitos son los
mismos que se emplean en el combate individual. Cuando nos
enfrentamos a un guerrero aislado también necesitamos conocer en
forma rápida sus habilidades, su grado de determinación, las
características de su personalidad. Es necesario imbuirse de los
ritmos con que se desarrolla el combate, sus momentos de alza y
baja, para poder maniobrar de tal forma que podamos sorprenderlo,
sabiendo que lo esencial es poder efectuar el primer movimiento.
Si
nuestro conocimiento es profundo, dispondremos de la intuición
suficiente como para hacernos una composición rápida y precisa de
todos estos factores. Esto significa que hemos alcanzado una
comprensión del arte marcial que nos permite adivinar los cursos
probables del desarrollo de la situación. Estamos en condiciones de
ajustar nuestros movimientos para asegurarnos una victoria
contundente, apelando a las tácticas más convenientes. Todo esto
requiere de un trabajo constante y profundo.
Detener
un golpe de espada
La
detención del golpe de espada es una táctica empleada en el arte
de la esgrima. Si observamos la manera en que se desenvuelven los
enfrentamientos entre ejércitos, vemos que al ser atacados a
distancia mediante el uso de arcos y armas de fuego, se nos hace
difícil contestar las andanadas enemigas si nos vemos en la
necesidad de cargar proyectiles en las armas de fuego o en los
arcos, aunque el ataque enemigo esté momentáneamente detenido por
el proceso de recarga de sus armas. El principio que debe guiar
nuestro accionar es el de atacar antes de que el enemigo pueda
descargar sus proyectiles contra nosotros. Tratamos de pasar al
ataque con la mayor velocidad porque esa es la manera de dificultar
el uso de arcos y armas de fuego. Para eso se precisa captar el
ritmo con que se mueven las tropas enemigas y maniobrar de tal forma
que consigamos bloquear todos sus intentos ofensivos.
Lo mismo
sucede en el enfrentamiento individual. Si nos apuramos a golpear la
espada del adversario al inicio del combate y sin un motivo preciso,
la lucha degenera en un intercambio desordenado de golpes que no
conduce a ningún lado. El guerrero experimentado intenta bloquear
la espada del enemigo con su pie, para anular así la posibilidad de
otro golpe. No sólo es posible bloquear con la espada, sino
también con el cuerpo y con la mente.
El hecho
de que asumamos la iniciativa en todas las fases del combate no
significa lanzar mandobles al azar, con la esperanza de que un golpe
de suerte nos permita concluir la lucha. Disponer de la iniciativa
implica estar concentrado todo el tiempo y no ceder en nada. Todo
esto debe ser apreciado en profundidad.
Reconocer
la disolución
Todas
las cosas están sometidas a procesos de disolución. Tanto se trate
de un animal o un ser humano, vemos que tarde o temprano sufren una
etapa de dispersión que los aparta del ritmo temporal.
En los
enfrentamientos entre ejércitos, también es preciso determinar el
ritmo del enemigo, captar el momento en que se insinúa un proceso
de derrumbe para pasar al ataque y derrotarlo, sin concederle
ninguna oportunidad de reagrupamiento. No saber definir el momento
de desintegración nos impide efectuar contraataques exitosos.
Esto se
aplica de la misma forma a los enfrentamientos individuales. Estamos
siempre atentos ante cualquier asomo de pérdida de ritmo del
adversario y su entrada en una fase de disolución. Si no
aprovechamos estas oportunidades, el enemigo tendrá la posibilidad
de reponerse y pasar a la ofensiva. Por este motivo, es imperativo
multiplicar nuestro empeño apenas veamos señales de
desmoronamiento en el enemigo, para terminar de anularlo y obtener
la victoria. Esto requiere de una actitud decidida y contundente,
que se aprecia en la forma en que manejamos la espada, en la
violencia y la fuerza con que descargamos golpes que imposibilitan
la recuperación del enemigo. Es necesario pensar en todo lo que se
acaba de exponer y estar dispuesto a trabajar en ello.
Colocarse
en lugar del enemigo
Para
ampliar nuestra perspectiva del enemigo, es necesario que pensemos
ubicándonos en su punto de vista, es decir que hay que estar en
condiciones de apreciar el núcleo de cada situación particular en
relación a un conjunto más amplio. Por ejemplo, si vemos a un
atracador introducirse en una casa, todos lo consideramos como un
elemento peligroso. Sin embargo, la situación del ladrón es la
más débil, todos están en contra de él, necesita obrar con gran
rapidez y en forma furtiva, huir con presteza antes de que lo
arrinconen y lo atrapen, etc.
Si
tenemos que enfrentarnos a un ejército poderoso, sentiremos la
necesidad de tener precauciones especiales, de meditar en
profundidad cada movimiento. El hecho es que si disponemos de buenos
soldados, bien armados y entrenados, si estamos imbuidos de un
conocimiento profundo del arte militar, no existe motivo alguno que
justifique ese ánimo dubitativo y preocupado.
Si
analizamos las cosas desde una perspectiva individual, también es
necesario colocarse en la cabeza del enemigo. Imaginemos a alguien
que debe enfrentarse con un maestro de artes marciales. No hay que
pensar mucho para advertir que esta persona, aun antes de entrar en
combate, se sentirá derrotada y sin esperanzas, por tener enfrente
a un experto conocedor del arte marcial. Hay que meditar bien este
tema.
Evitar
las cuatro manos
Evitar
las cuatro manos se impone al estar en una situación de igualdad en
un combate. No encontramos el modo de volcar el resultado del
combate a nuestro favor, y la lucha tiene todo el aspecto de
terminar en un empate. Es necesario apartarnos con fuerza de esta
perspectiva y volcar el esfuerzo en otra vía que permita alzarnos
con el triunfo.
Lo mismo
acontece en el enfrentamiento estratégico entre ejércitos. Si hay
una situación de paridad y ninguno de los adversarios demuestra
superioridad, se entra en una fase de desgaste. Se pierde gran
cantidad de tropas, sin ninguna ventaja. Es el momento de volcarse a
desarrollar una maniobra nueva e inesperada que sorprenda al
enemigo.
También
en el enfrentamiento individual, en caso de encontrarnos atascados
en un escenario en que nadie consigue superioridad, hay que adoptar
en forma rápida otra táctica, luego de caracterizar el estado del
enemigo.
Amagar
con la sombra
Esto se
hace cuando nos resulta imposible averiguar la intención del
enemigo. Cuando un jefe de ejército necesita saber la real
disposición del enemigo, finge una maniobra y analiza la reacción
de sus adversarios.
En el
combate individual, puede suceder que un guerrero que está
blandiendo su espada, de repente nos permite adivinar la intención
de su golpe. Esto nos da una ventaja al permitirnos obrar sabiendo
de su propósito y así nos da la oportunidad de poder anticiparlo.
Capturar
las sombras
Se habla
de capturar las sombras cuando reaccionamos ante una intención de
agresión hacia nosotros, es decir, que se procura la anulación del
ataque enemigo antes de que se efectivice. Aquí se trata, sobre
todo, de mostrar al enemigo el conocimiento que tenemos de sus
intenciones, y de esta manera amedrentarlo, obteniendo así la
iniciativa que nos permita alzarnos con la victoria.
En el
combate individual, se utiliza esta técnica para frenar el inicio
del ataque del adversario. Una vez debilitada su determinación
ofensiva, aprovechamos el momento de la pausa para tomar la
iniciativa y derrotarlo. Hay que considerar este tema en
profundidad.
Influjo
Todo se
mueve en base a influjos. Podemos lograr que alguien se duerma por
el influjo, el bostezo es por supuesto mucho más fácil de inducir.
También se llega a hablar del influjo del espíritu de una época.
En la
guerra entre ejércitos, a veces sucede que el enemigo se muestra
presa de un gran entusiasmo, dispuesto a dar batalla lo más pronto
posible. Entonces procedemos a actuar en forma dilatoria, como si
estuviésemos totalmente calmos y relajados, sin ningún apuro por
combatir. Es muy probable entonces que el enemigo se deje influir
por nuestra manera de proceder y pierda gradualmente su empuje.
En el
combate individual, es de gran importancia relajar cuerpo y mente,
estar atento al momento en que el adversario se relaja y entonces
proceder a atacarlo con la mayor energía.
Algo
similar al influjo es el "emborrachar". Se trata de otra
forma de contagio emocional. El tedio, el miedo o el nerviosismo son
emociones que se transmiten con mucha facilidad. Hay que meditar a
fondo sobre este tema.
El
desconcierto
El
desconcierto puede afectarnos de muchas formas. Una de las más
comunes es cuando actuamos en un ambiente de tensión extrema. O
cuando somos sometidos a una violencia inexplicable. Los hechos
sorpresivos también suelen producir desconcierto.
Un jefe
militar debe dominar el arte del desconcierto, por ejemplo,
irrumpiendo en sitios enemigos mediante maniobras sorpresivas. Una
vez sembrado el desconcierto, resulta fácil obtener la victoria.
En los
enfrentamientos individuales, tratamos de infundir desconcierto
mediante los cambios violentos de ritmo. Al principio nos mostramos
calmos, de repente atacamos con gran violencia. Así desconcertamos
al enemigo, impidiéndole una apreciación objetiva de la
situación; de esta manera vamos generando posibilidades de
encontrar una brecha en su defensa y vencerlo. Hay que meditar sobre
esta cuestión con profundidad.
Intimidar
Hay
muchas cosas que pueden llegar a infundir temor, es decir, que
disponemos de una gran cantidad de variantes para intimidar al
enemigo.
El
general de un ejército puede intimidar de una forma sutil e
indirecta. Se puede asustar mediante el sonido, exagerando la
cantidad y la fuerza de nuestras tropas, o por desplazamientos
inesperados. Todas estas son posibilidades de inducir miedo. Si
podemos aprovechar este momento, se nos facilita mucho la victoria.
En los
enfrentamientos individuales, se puede amenazar por la espada o por
la voz. El procedimiento consiste en producir un movimiento
inesperado y rápido, y una vez sembrado el miedo, aprovecharse a
fondo de esta situación para obtener el triunfo inmediato. Hay que
trabajar sobre esta cuestión.
Sujetar
estrechamente
El
sujetar estrechamente es posible cuando se combate a distancias
cortas, desplegando una gran fuerza, y el resultado no nos favorece.
Entonces, para capear el mal momento, nos agarramos estrechamente al
enemigo, manteniendo siempre el objetivo de imponernos, aun en la
lucha cuerpo a cuerpo.
No
importa la magnitud de los enfrentamientos. En cualquier
circunstancia, si los flancos están cubiertos y el enemigo está
frente a nosotros, sin que ninguno de los adversarios pueda exhibir
una superioridad significativa, entonces es el momento de sujetar
estrechamente al enemigo, con la fuerza suficiente para que no
podamos ser rechazados. Aprovechamos esta circunstancia para
establecer una posición de superioridad, y así obtener una
victoria rápida y definitiva. Se trata de una técnica fundamental,
y como tal, merece ser estudiada con toda seriedad.
Atacar
los flancos
Atacar
los flancos es un recurso utilizado contra tropas fuertes,
difíciles de derrotar mediante una embestida frontal.
En los
movimientos de ejércitos, primero se observa el desplazamiento de
las tropas enemigas, una vez que hemos determinado su ritmo,
lanzamos un ataque contra un flanco del frente más poderoso, y así
nos hacemos de una posición de superioridad. Una vez quebrado un
flanco, entre las tropas enemigas no es raro que cunda un
sentimiento de desmoralización. Hay que estar muy atento a esa
oleada de abatimiento, pues así sabremos la manera y el momento
adecuados para seguir profundizando nuestro ataque.
En los
combates individuales, cuando golpeamos al enemigo en un mismo punto
repetidas veces, no sólo le causamos dolor sino también vamos
debilitando su cuerpo, y así preparamos el terreno para el ataque
final que nos deparará la victoria. La elección del lugar en que
hemos de descargar nuestro ataque merece una cuidadosa ponderación.
Confundir
Se llama
confundir cuando logramos que el enemigo no pueda mantener la
claridad mental sobre nuestros propósitos.
En las
maniobras de ejércitos, el confundir presupone intuir el estado de
la mente de los jefes enemigos, y utilizar nuestro conocimiento para
desconcertarlos, impidiéndoles que logren tener pensamientos claros
sobre nuestras intenciones. Es decir, que tenemos que encontrar un
ritmo que logre confundirlos, y así colocarnos en una situación
que nos permita obtener la victoria.
En los
combates individuales, el guerrero hábil realiza diversas
maniobras, con la intención de sembrar confusión sobre el
propósito de sus movimientos. Hace una maniobra, luego otra
totalmente inesperada, por fin una tercera que no tiene nada que ver
con las anteriores; el enemigo comienza a ser invadidod por un
estado de perplejidad y, en esos momentos comienza a deslizarse
hacia su derrota segura.
Este es
el principio fundamental para ganar una batalla, y difícilmente sea
estudiado lo suficiente.
Los
gritos
Los
gritos son tres: inicial, medio y final. Se emiten de acuerdo a la
situación del combate. El grito tiene gran poder, por eso se los
emplea en situaciones peligrosas como los combates, los incendios y
las tempestades. Por medio del grito se manifiesta la fuerza y la
determinación de los que participan en esas situaciones. Los
ejércitos emplean el grito inicial lo más fuerte posible. El grito
medio, o sea el usado en el curso del combate, suele ser grave. El
grito final o de la victoria es alto y fuerte.
En las
luchas individuales, los gritos se usan junto con las fintas, para
provocar el movimiento del adversario, y así encontrar la
posibilidad de descargarle un golpe con nuestras armas. Si
conseguimos derrotarlo, gritamos para festejar la victoria. Estos
gritos son denominados grito preliminar y grito final.
Evitamos
gritar en el momento de mover la espada. En los combates se usa el
grito para aumentar el ritmo, empleando un tono grave.
Entremezclar
Esta
táctica se emplea en los enfrentamientos entre ejércitos. Cuando
consideramos que el enemigo está en una posición sólida, es
aconsejable proceder a atacar por un flanco, haciendo que nuestros
soldados se entremezclen con los enemigos. Una vez obtenida la
victoria, reagrupamos nuestras tropas y procedemos a atacar el punto
fuerte. Es preferible atacar mediante un desplazamiento en zigzag.
Cuando nos vemos enfrentados a varios guerreros en forma individual,
es importante aplicar esta técnica. Derribamos a uno y enseguida
embestimos a otro que se destaque por su fuerza, siempre atentos al
ritmo y yendo en zigzag de izquierda a derecha, manteniendo bajo
control al resto del grupo atacante.
Una vez
que nos hemos ubicado frente al enemigo, si queremos conquistar una
posición de superioridad, debemos lanzarnos al ataque sin ninguna
clase de titubeos, absolutamente decididos. Esto se aplica tanto a
los combates entre ejércitos como al enfrentamiento individual. En
esto consiste la técnica de entremezclar. Nos sumergimos en las
filas enemigas con una completa resolución. Hay que considerar esta
cuestión con atención.
Aplastar
Para
ejecutar esta técnica, es necesario tener la absoluta
determinación de aplastar. Sólo estaremos en condiciones de
aplastar cuando nos sintamos claramente superiores a nuestro
enemigo.
Si un
ejército quiere efectuar una maniobra de aplastamiento, debe sentir
que su adversario es muy inferior, sin importar su número. Una vez
que se consigue desmoralizar al enemigo, es el momento de lograr el
aplastamiento y la victoria.
El
aplastamiento no puede ser hecho con debilidad, pues entonces hay
posibilidades de que resulte contraproducente.
En los
combates individuales hay que aprovechar cualquier disminución del
ritmo del enemigo, cualquier muestra de debilidad o inferioridad,
sin darle posibilidad alguna de recuperación. Así estaremos en
condiciones de obtener una victoria rápida y segura. Hay que
meditar sobre esto con suma atención.
La
transformación de la montaña y el mar
La
montaña y el mar nos hacen tener presente lo nocivo que es la
repetición. No nos referimos a aquello que se repite
ocasionalmente, sino a la acción hecha una y otra vez sin ninguna
variante. Si ejecutamos una táctica y fracasamos, no tiene ningún
sentido volver a ejecutarla. Se impone un cambio radical, hacer algo
inesperado y diferente. En caso de que esto tampoco funcione,
entonces habrá que probar otra cosa nueva.
Por eso
se dice que el guerrero hábil tiene la capacidad de volverse mar
cuando el enemigo es montaña y de ser montaña cuando el enemigo se
transforma en mar. Esto demanda una consideración atenta.
Desmoralización
Puede
suceder que en el combate contra un adversario, tengamos una clara
superioridad y nos estemos imponiendo con facilidad. Sin embargo,
vemos que nuestro enemigo sigue combatiendo con empeño, como si no
pudiese reconocer su derrota. Ha llegado el momento de practicar
alguna táctica de desmoralización. Es decir, necesitamos un cambio
instantáneo de actitud para disolver las ilusiones que nuestro
enemigo todavía sostiene. Un adversario es vencido cuando el
sentimiento de derrota se instaura en lo profundo de su corazón.
Las tácticas de desmoralización pueden hacer uso de distintos
medios, como armas, el cuerpo o los recursos espirituales. Una vez
que hemos logrado desmoronar el espíritu del enemigo, podemos
dedicarnos a otra cosa. No obstante, es necesario permanecer siempre
vigilantes. Nunca sabemos cuándo el enemigo puede sentirse con
ganas de intentar un retorno a la lucha.
El arte
militar en todas sus variantes emplea la táctica de
desmoralización. No será necesario entonces insistir sobre lo
valioso de su estudio y práctica.
Reanimarse
No es
rara la sensación de estar empantanados durante un combate, de
estar haciendo siempre lo mismo; nos repetimos y no conseguimos
ninguna ventaja. Este sentimiento improductivo de agobio debe ser
sustituido por otra emoción. Cuando esto suceda, entraremos en otro
ritmo y estaremos cerca de la victoria. A esto se denomina
reanimarse.
En
cualquier situación de tirantez entre conocidos, existe la
posibilidad de producir un cambio radical de nuestro ánimo en forma
instantánea. De esta forma, se consigue un cambio de atmósfera de
la que nadie puede sustraerse. Este es el efecto de reanimarse.
En el
arte militar de la conducción de ejércitos es fundamental el
conocimiento profundo de la táctica de la reanimación. Es uno de
los principios básicos que involucra prácticamente todos los
aspectos del arte marcial. Hay que considerar esta cuestión con
suma atención.
Pequeño
o grande
Puede
acontecer que estemos envueltos en una lucha y que nos encontremos
estancados, absorbidos por pequeñas maniobras que no parecen llevar
a ningún lado. Probablemente, esto signifique que ha llegado el
momento de apelar a uno de los grandes principios de la estrategia
militar, es decir, el cambio de perspectiva; en este caso a una gran
perspectiva.
Pasar de
lo grande a lo pequeño, o viceversa, es una maniobra consciente del
arte de la guerra, y puede ser aplicada con ventaja en los asuntos
de la vida cotidiana.
Por ser
esta técnica tan importante, empleada en toda clase de asuntos
militares, merece todo la atención que podamos dispensarle.
El
general y la comprensión de la tropa
Este
método se usa en los combates, una vez que se han dominado todos
los demás aspectos del arte marcial. Estando en posesión de todas
las cuestiones relativas al arte de la guerra, nos encontramos en
condiciones de pensar en las tropas enemigas como si fueran nuestras
propias fuerzas. En consecuencia, tratamos de imponerles nuestros
deseos y manipularlos de acuerdo a las propias necesidades, tal como
haría un general que imparte órdenes a sus soldados. Esto es algo
que demanda trabajo.
Soltar
la empuñadura
Esta
expresión tiene varios sentidos. Uno de ellos significa el triunfo
sin espada. También puede aplicarse como fallar sin espada. No
resulta posible describir los distintos significados, porque estos
se aprenden por medio de una práctica continua.
El muro
de piedra
Es la
cualidad que tiene un maestro de artes marciales de asumir una
postura que lo asemeja a la invulnerabilidad y a la inamovilidad de
un muro de piedra. Esto se enseña en forma personal.
Conclusión
Todo lo
que he escrito son situaciones y problemas que se repiten en forma
continua a los practicantes del arte de la espada. Al intentar poner
por escrito estos principios por primera vez, puede que estén en un
orden alterado, y que su descripción sea un tanto confusa. Sin
embargo, creo que pueden servir como fundamentos básicos para
aquellos que practican esta ciencia.
He
dedicado mi vida entera a la práctica de las artes marciales,
entrenando cuerpo y mente desde mi juventud. He aprendido muchas
técnicas y muchos estados distintos del espíritu. También he
conocido muchas escuelas marciales. Debo decir que muchas de ellas
se agotan en largos y pretenciosos discursos, mientras otras se
esfuerzan en movimientos excesivamente sutiles y elaborados. Puede
que al lego le parezcan excelentes, pero la triste verdad es que
carecen de una verdadera base, de un corazón auténtico.
No
importa que los adeptos a estas escuelas practiquen en forma ardua y
continua. Toda la actividad que despliegan no los salva de
convertirse en enfermos por la desviación del auténtico camino.
Esta clase de práctica produce la decadencia de las artes marciales
y su creciente relegamiento.
Yo
sostengo que el arte marcial es una ciencia efectiva, probada en
incontables situaciones de combate real. No hay ninguna razón que
autorice a modificar los fundamentos de esta ciencia. Cuando se
logra conocer en profundidad los principios de nuestra escuela, y se
está en condiciones de llevarlos a la práctica sin errores,
entonces se puede estar seguro de la victoria.
El
Libro del Vacío

En la
"Escuela de las dos espadas", cuando se habla del vacío
se habla de una dimensión en que nada existe, que no puede ser
aprehendida, que carece de forma.
El
vacío no existe. Experimentar la existencia como vacío es conocer
de la no existencia.
Cuando
una persona no entiende o no distingue algo, lo juzga vacío. Pero
esto no es el vacío sino apenas una ilusión de la mente. Aplicado
este ejemplo al campo de las artes marciales, el desconocimiento de
las leyes de la guerra no es vacío. Podremos denominar a la
confusión como un estado de vacío angustiado, pero no se trata del
vacío real.
Los
guerreros aprenden que el arte de la guerra es una técnica precisa,
al ejercitarse con perseverancia en las artes marciales. Esta
práctica no tiene nada de misterioso o de confuso. Al permanecer
con un espíritu atento, sin distraerse en ningún momento, afinando
la percepción de la mente, concentrados en el ojo que observa y el
ojo que ve, se llega al estado de vacío, donde no hay oscuridad ni
es posible la confusión o el error.
La gente
no conoce el verdadero camino, ya sea en los asuntos religiosos o
mundanos y va por la vida creyendo que su vía es segura y correcta
porque la mayoría sigue pautas similares. Pero al considerarlo
desde el camino verdadero, se advierte que vive apartada de la
verdad, confundida por las percepciones erróneas de la mente.
Al
conocer el camino, nos esforzamos en ser honestos y claros en
nuestra conducta y en nuestras palabras. Intentamos aprehender el
verdadero espíritu y practicamos las artes marciales en la forma
más amplia; tomando el vacío como camino, podemos sentir el camino
como vacío.
En el
vacío hay bondad, pero no maldad. Existe el conocimiento, existe la
razón, el camino existe, la mente está vacío. (*)
(*)
Fuente: Miyamoto Musashi,
"El libro del fuego", y "El libro del vacío" en
El libro de los cinco anillos, Editorial Ladosur, Buenos
Aires, 2004 (traducción
Sonia Baljau).
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