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LA
CASA DEL TÉ
Por
Okakuro Kakuzo
Pabellón
de la Casa de té Omote Senke, en Japón. El camino de
piedra y verde conduce hacia una puerta por la que se
ingresa a un jardín interior y luego, por una pequeña
puerta ( nijiriguchi) se ingresa al salón de
té propiamente dicho. (Imagen en libro El jardin del té,
de Mizuno Katsuhiko). |
Presentación
La
casa del té, por Okakuro
Kakuzo
|
Presentación
Por
Esteban Ierardo
La ceremonia del té
es el chanoyu (literalmente: agua
caliente para el té). La agradable
infusión llegó al Japón
a través de China, en el siglo
VII. El té fue intensamente saboreado
durante la dinastía Han (25-220
d.c.). En el siglo XII, durante la dinastía
Sung, la inmensa China comenzó
a exportar a la pequeña isla nipona
el matcha (té verde en polvo, el
tipo de té que es bebido en la
fase final del chanoyu).
La planta del té es oriunda del
sur de China. Desde remotos tiempos era
conocida por la botánica y la medicina
chinas. Se la apreciaba principalmente
por su poder para mitigar la fatiga, para
alegrar el alma y vigorizar la voluntad.
Los taoístas creyeron que era uno
de los ingredientes del elixir de la inmortalidad.
Los antiguos poetas chinos llamaron al
té "la espuma del líquido
de jade". Con la dinastía
Tang, a mediados del siglo VIII, desde
el trasfondo del confucianismo, el budismo
y el taoísmo, surgió la
obra de Luwuh el Chakin (La sagrada
escritura del té). El cultivo de
la planta y la selección de sus
hojas adquirieron una gran importancia.
Entre los budistas chinos de la secta
Zen del Sur surgió un rito alrededor
del té. Los monjes se sentaban
frente a la estatua de Bodhidharma, el
sacerdote hindú fundador de la
secta budista zen. Todos bebían
de un único té que compartían
mediante un cuenco que pasaban de mano
en mano. Este ritual zenista será
luego, en el siglo XV, una de las inspiraciones
esenciales para la conformación
de la ceremonia japonesa del té. En
el siglo XIV, el té fue el centro
del tocha, juego japonés que
se practicaba en fiestas durante las cuales
se servía a los invitados varias
clases de té oriundas de distintas
regiones. Quien acertaba el lugar de procedencia
de un té específico, era
premiado. La difusión del tocha
supuso la profusión de plantaciones
de té que alcanzaron gran fama,
como las de la región de Uji, cerca
de Kyoto.
El tocha fue lentamente transformándose.
De una festiva práctica lúdica
y popular pasó a ser una costumbre
relajada, cultivada por las clases altas.
El propósito de la reunión
ya no eran los premios sino el contemplar
pinturas y obras diversas de arte chino,
exhibidas en un shoun (estudio),
mientras se saboreaba el té con
sereno deleite y recogimiento. Entonces,
los samurais eran la clase dominante.
En la vida militar, la obediencia de las
reglas y la disciplina son esenciales.
La reunión para saborear el té
adquirió entonces preceptos que
los practicantes debían obedecer.
Esto inspiró la reglamentación
posterior del chanoyu.
Sobre el final del siglo XV, vivió
Murata Juko, hombre humilde del pueblo,
que conocía el chanoyu celebrado
por la clase alta. De la inventiva de
Juko nació la adaptación
de la ceremonia del té al ideal
wabi (en su traducción literal:
"solitario", "empobrecido").
El ideal wabi es la pobreza cultivada,
la austeridad
que dimana de la simplicidad y de la indiferencia
ante las riquezas. Esta actitud vital
forja una sensibilidad estética
para la cual lo sencillo, lo imperfecto
e inacabado, lo pobre e irregular, es
superior a lo refinado, perfecto y simétrico.
La luna cubierta parcialmente por las
efímeras nubes o la delicada bruma,
es más plena que una luna que brilla
en toda su plateada y circular extensión.
Asimismo, el chanoyu es un ejercicio
espiritual signado por la influencia del
budismo zen. El zen (término que
deriva del chino chan, y éste
del sánscrito dhayna) es
negación de toda doctrina dogmática,
de las liturgias repetitivas y vacías,
del estéril lenguaje teológico.
En el zen, como en el taoísmo,
la meta es una experiencia directa del
todo, más allá de las palabras
y teorías; el todo aquí
es imaginado como vacío. Y lo vacío,
en su fibra más abisal, es experimentado
a través del satori o iluminación.
La vacuidad o el ser esencial no es divisible,
por lo que no puede hallarse en algunos
lugares y no estar en otros. Lo vacío
brilla en cada cosa singular que late
en la totalidad. Así, en lo más
modesto, y en apariencia insignificante,
aflora el vivo resplandor del todo. En
la sencilla y humeante taza de té
puede percibirse algo de la gracia y misterio
del ser total.
El
chanoyu alcanzó su cumbre
con tres grandes maestros del té:
el ya mencionado Murata Juko (1422-1502);
Takeno Joo (1502-1555); y Sen no Rikiu
(1552-1591). Todos ellos eran practicantes
del budismo zen. La personalidad de Rikiu
es quizá la que más influencia
ejercerá sobre la posteridad. Era
natural de Imachi, Sakai. En su adolescencia
recibió de Takeno Joo la enseñanza
del chanoyu. A los veinte años
ya era un consumado y exigente maestro.
Rikiu pertenecía a una acomodada
familia de comerciantes de pescado. En
el siglo XVI, Oda Nobugana, unificó
el reino (tenka) aplastando a los
daimyos (3) rivales. Su sucesor fue
Toyotomi Hideyoshi. Ambos líderes
militares tuvieron en alta estima las
cualidades como maestro del té
de Rikiu.
La ceremonia del chanoyu se expandió
entonces vigorosamente. En 1587, Hideyoshi
ordenó una gran ceremonia de té
en los alrededores del santuario Kitane,
en Kyoto. Dispuso que se emplearan exquisitas
piezas que destilaban ostentación,
refinamiento, lujo. Cerca de 800 maestros
acudieron al evento. Todos podían
concurrir. Era un acto público.
Cualquiera podía contemplar a Hidesyoshi,
u otros maestros, manipulando los refinados
utensilios. En esta ceremonia colectiva
se enlazaban dos elementos políticos
contradictorios: por un lado el cariz
popular del evento lo impregnaba de un
tinte de gekokujo, una práctica
de relajamiento o supresión parcial,
bajo ciertas circunstancias, de las diferencias
sociales. Por otro lado, la gran ceremonia
de Hideyoshi suponía una legitimación
cultural de su autoridad. Otro
efecto de aquella gran reunión
del té fue el distanciamiento entre
Hidesyoshi y Rikiu. El lujo de los utensilios
en el chanoyu de Hideyoshi irradiaba excesiva
riqueza y refinamiento. La ceremonia se
degradaba así al convertirse en
una exhibición de poder. Para Rikiu,
en cambio, el chanoyu era la humilde
y sencilla belleza del camino wabi.
Sus reparos a la llamativa aparatosidad
de la que gustaba Hideyoshi habría
malquistado a éste con su más
afamado maestro del té. Además,
es posible que haya contribuido a la caída
en desgracia de Rikiu la decadencia comercial
de Sakai, su hogar. Hideyoshi quería
invadir Corea. El puerto de Hakata,
en Kyushu, era el sitio más propicio
para lanzar la invasión. Así,
Hakata fue ensalzada, y Sakai perdió
su anterior importancia. Hideyoshi apeló
entonces a un ardid para acusar a Rikiu
de una ofensa a su majestad, por lo que
el afamado maestro del té fue finalmente
obligado a practicarse el seppuku, la
honorable muerte por su propia mano.
A pesar de su conflicto con el poder,
la influencia de Rikiu sería muy
poderosa. La enseñanza de la espiritualidad
mediante la sencillez perdurará
en la cultura japonesa. La jardinería,
la arquitectura, los arreglos florales,
la pintura, la caligrafía, la poesía,
incluso la cocina japonesa, habrían
de recibir su influjo. Para el japonés,
un influjo de mística belleza dimanara
siempre de una madera sin adornos, de
una pared lisa, de las sencillas vasijas
de hierro, de un modesto techo de paja,
de un danzante horno de fuego. O de una
diminuta flor.
En la ceremonia del té se induce
el paso del ajetreado y disperso mundo
profano a un ámbito de serenidad
y de intensa atención a la grandeza
de lo pequeño. El chanoyu se
practica en la Sukiya, la casa
del té. Los utensilios fundamentales
durante el rito son el cha-wan
(la tetera), el cha-ore (el recipiente
para el té), el chan-sen
(el agitador especial de bambú),
y la cha-shaku (el cucharón
de servir, también de bambú).
Al recinto del té se llega luego
de recorrer un camino (roji) (4)
de verde suelo y piedras, y de atravesar
las puertas (amigasamon, puerta
del parapeto entretejido, que comunica
con un jardín interior, uchiroji).
Luego, se accede al salón propiamente
dicho mediante una pequeña entrada,
de 70 cm de ancho por 80 cm de alto, llamada
nijirigochi. El ingreso por esta
diminuta abertura subraya la sensación
de abandono del mundo exterior y de acceso
a otro tiempo. Antaño, los samurais
debían desprenderse de sus armas
para entrar. Luego de su ingreso, los
invitados se arrodillan ante la capilla
o tokonoma, y realizan una respetuosa
reverencia. Despliegan su abanico plegable,
que colocan ante sí, y admiran
la pintura colgada en la pared del tokonoma.
Se reverencia luego el hornillo o brasero.
Los huéspedes se colocan delante
del maestro de la ceremonia. Intercambian
las debidas cortesías. Y reciben
el kaiseki, o comida ligera. Luego,
ante una indicación del anfitrión,
se retiran a un banco ubicado en el jardín
interior. Cinco o siete gongs de metal
anuncian la siguiente fase, el goza-ir.
El tokonoma ahora no alberga una
pintura sino un arreglo floral. Los
recipientes de cerámica para el
agua y el té se hallan ya en su
correcto lugar. Luego, el maestro limpia
la tetera y el cucharón con un
paño llamado fukusa. Tras
varias manipulaciones, elabora en un cuenco
una sopa de guisantes espesa denominada
koicha. El cuenco circula después
entre los invitados, que beben con reverencial
delicadez. Durante la última fase
o Usucha, el té preparado
para cada huésped se elabora con
dos cucharadas de matcha. Cada invitado
bebe de su cuenco. El maestro de ceremonias
saca los utensilios del recipiente del
té. Realiza una reverencia en silencio
ante los invitados. Quienes abandonan
la sukiya bajo la serena mirada
del maestro de ceremonias. El rito ha
concluido.
Según Okakuro Kakuzo, el chanoyu
es expresión de una filosofía del té,
del té-ismo que "no es mero esteticismo,
en el significado corriente del término,
puesto que expresa conjuntamente con la
religión y la ética todo nuestro punto
de vista acerca del hombre y de la naturaleza.
Es higiene porque impone la limpieza;
es economía porque enseña bienestar en
la simplicidad antes que en la variedad
y el lujo; es geometría moral en cuanto
define nuestro sentido de la proporción
respecto del universo. Representa el verdadero
espíritu de la democracia oriental, haciendo
de todos sus adeptos, aristócratas en
el gusto".
Una
de las recreaciones más genuinas del rito
chanoyu procede del recién aludido
Kakuzo. Kakuzo nació en Yokohama en 1862.
Estudió inglés en la Escuela de Idiomas
de su ciudad natal. Luego de estudiar
chino clásico ingresó a la Facultad de
Literatura de la Universidad imperial
de Tokyo. Estudió filosofía con el norteamericano
Ernest Fenollosa que en 1878 fue designado
profesor en la universidad de la capital
japonesa. Luego de graduarse inició una
serie de viajes por la India y Occidente.
Producto de su viaje por la tierra de
Buda es su obra Los ideales del oriente,
de 1903. Al año siguiente se estableció
en Estados Unidos como asesor del Museo
de Boston. Publicó allí en inglés El
despertar del Japón (The Awakening
of Japan). Fue designado director
del Departamento oriental del Museo de
Boston. En 1906 escribió su trascendente
obra El libro de té. Luego de regresar
a su patria murió en 1913. Aquí presentamos
uno de los capítulos de la obra recién
mencionada donde se recrea el espíritu
de la casa del té y su arquitectura, la
filosofía y los momentos principales de
la ceremonia del chanoyu. (*)
(*) Este texto es parte del ensayo personal
(que puede ser visitado aquí en
Temakel) donde la cereremonia del té
japonesa es puesta en relación
con el arte occidental de los objetos:
EL
SENCILLO RESPLANDOR DEL OBJETO
La ceremonia japonesa del te y el arte
occidental
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LA
CASA DEL TÉ
Por
Okakuro Kakuzo
Para
los arquitectos europeos, educados en las tradiciones de las
construcciones hechas con piedras y ladrillos, el método
japonés de edificar con madera y bambú apenas
puede ser llamado arquitectura. Sólo en los últimos
tiempos un calificado estudioso de la arquitectura oriental
ha reconocido y rendido tributo a la notable perfección
de nuestros grandes templos (1). Si esto sucede respecto a
nuestra arquitectura clásica, difícilmente podemos
esperar que el extranjero aprecie la sutil belleza de la casa
de té, ya que los principios de su construcción
y su decoración son completamente diferentes de los
de Occidente.
La casa de té (el sukiya) no pretende ser más
que una simple cabaña: una choza de paja, como nosotros lo
llamamos. Los ideogramas originales de sukiya significan
"morada de la fantasia". Posteriormente los distintos
maestro del té substituyeron varios caracteres chinos
de acuerdo a su concepción del recinto del té,
y así el término sukiya puede significar
"morada del vacío" o "morada de lo asimétrico".
Es una morada de la fantasía en cuanto es una efímera
estructura, edificada para albergar un impulso poético.
Es una morada del vacío en cuanto está desprovista
de ornamentación, excepto aquello que puede ser colocado
allí para satisfacer alguna necesidad estética
del momento. Es una morada de lo asimétrico en cuanto
está consagrada a la veneración de lo Imperfecto,
dejando siempre algo sin terminar para que el juego de la
imaginación lo complete. Desde el siglo XVI los ideales
de té-ismo han venido influyendo en nuestra arquitectura
hasta tal punto que un interior japonés común
del presente, por la pureza y la simplicidad extrema de sus
esquemas decorativos, parece excesivamente árido a
los extranjeros.
La
primera sala de té independiente fue creada por Sen-no-Sokeyi
(2) más conocido por su nombre posterior de Rikiu,
el mayor de todos los maestros del té, quien en el
siglo XVI, bajo el patronazgo de Taiko Hideyoshi (3) institutó
y llevó a un alto grado de perfección las formalidades
de la ceremonia del té. Las proporciones del recinto
del té habían sido previamente determinadas
por Showo, (4), famoso maestro del té del siglo XV.
El primitivo recinto del té era simplemente una parte
de la sala de estar común, separada del resto de la
habitación por biombos y destinada a la reunión
de té. Este sitio era llamado el kakoi (recinto),
nombre que aún se aplica a aquellas salas de té
que están dentro de una casa y no son construcciones
independientes.
El sukiya se compone de la sala de té propiamente
dicha, proyectada para acomodar a no más de cinco personas,
número que sugiere el dicho: "más que las
Gracias y menos que las Musas"; una ante-cámara
(mizuya), donde los utensilios del té son lavados
y arreglados antes de presentados; un pórtico (machiai),
en el cual esperan los invitados hasta que se los llama a
la sala de té, un sendero de jardin (el roji)
que une el machiai con la sala del té. La casa
de té es en apariencia poco imponente. Es más
pequeña que la más pequeña de las casas japonesas
y los materiales usados en su construcción japonesa
y los materiales usados con intención de sugerir una
refinada pobreza. Empero, debemos recordar que todo esto es
el resultado de una profunda premeditación artística,
y que los detalles han sido calculados con más cuidado
quizás que el prodigado en la construcción de
los más ricos palacios y templos. Una buena sala de
té es más costosa que una mansión común
porque la selección de los materiales, así como la
mano de obra, requiere inmenso cuidado y precisión.
Es así como los carpinteros empleados por los maestros
del té forman una clase diferente, muy honrada entre
los artesanos, ya que su trabajo no es menos delicado que
el de los artífices de gabinetes de laca.
La
casa de té no solamente difiere de cualquier otra de
la arquitectura occidental, sino que además contrasta
fuertemente con la arquitectura clásica del mismo Japón.
Nuestros antiguos y nobles edificios, seculares o eclesiásticos,
eran impresionante aun en su tamaño. Los pocos que han sido
perdonados durante siglos de conflagración desastrosas,
aun son capaces de inspirarnos reverente admiración
por la grandeza y suntuosidad de su decoración. Inmensos
pilares de madera de dos a tres pies de diámetro y
treinta o cuarenta pies de altura soportaban, sobre una complicada
red de ménsulas, las enormes vigas que gemían
bajo el peso de los sesgados techos de tejas. El material
y el modo de construcción, aunque débil frente
al fuego, demostró ser fuerte frente a los terremotos,
y se adaptaba bien a las condiciones climáticas del
país. En la Sala Dorada de Horyuji (5) y en la pagoda
Yakushuji (6) tenemos relevantes ejemplos de la duración
de nuestra arquitectura de madera. Estos edificios han permanecido
prácticamente intactos cerca de doce siglos. El interior
de los antiguos templos y palacios estaba profusamente decorado.
En el templo Hoodo de Uji (7), que data del siglo X, aún
podemos ver el elaborado dosel y los baldaquines dorados,
coloreados y con incrustaciones de espejos y madreperlas,
así como los restos de pinturas y esculturas que antiguamente
cubrían las paredes. Más adelante, en Nikko
(8) y en el castillo Nijo (9) en Kyoto, vemos la belleza estructural
sacrificada a una riqueza de ornamentación que en color
y exquisitez de detalles iguala a las mayores suntuosidades
de los moros y los árabes.
La
simplicidad y purismo de la casa del té fueron el resultado
de la emulación de los monasterios Zen. Un monasterio
Zen se diferencia de los monasterios de otras sectas budistas
en que quiere ser solamente un lugar de habitación
para los monjes. Su capilla no es un lugar de adoración
o peregrinaje, sino un cuarto de colegio donde los estudiosos
se congregan para discutir y practicar la meditación.
El cuarto está desnudo salvo una alcoba central en
la cual, detrás del altar, se encuentra la estatua
de Bodhidharma, el fundador de la secta o de Sakyamuni rodeado
por Kashiapa y Anada, los dos primeros patriarcas Zen. En
el altar se ofrecen flores o incienso en memoria de las grandes
contribuciones hechas por estos patriarcas al budismo zen.
Ya hemos dicho que el ritual de los monjes Zen de tomar té
sucesivamente de un bol frente a la imagen de Bodhidharma
originó la ceremonia de té. Podemos añadir que
el altar de la capilla Zen era el prototipo del tokonama
-el lugar en honor en una habitación japonés
donde se colocan flores y pinturas para edificación
de los invitados.
Todos nuestros grandes maestros del té estudiaron el
Zen y trataron de introducir el espíritu del zenismo
en los hechos actuales de la vida. De esa manera, el recinto,
como los otros elementos de la ceremonia del té, reflejan
muchas de las doctrinas Zen. El tamaño de la sala de
té ortodoxo -cuatro esteras y media o sea diez pies
cuadrados- está determinado por un pasaje en el Sutra
de Vikramaditya. En este interesante trabajo, Vikramaditya
recibe al Santo Manjushiri y a ochenta y cuatro mil discípulos
del Buda en una habitación de ese tamaño - alegoría
basada en la teoría de la inexistencia del espacio
para los verdaderos iluminados.
Así,
el roji, el sendero del jardín que lleva al
machiai a la sala del té, significa las primera
etapa de la meditación: el pasaje hacia la autoiluminación.
El roji se proponía quebrar toda conexión
con el mundo exterior y producir una fresca sensación
favorable al pleno goce del esteticismo en la misma sala del
té. Aquel que ha hollado este sendero de jardín
no puede dejar de recordar como su espíritu, mientras
él caminaba en la penumbra de las siemprevivas sobre
las regulares irregularidades de las lajas, bajo las cuales
yacían agujas seca de pino, y pasaba junto a las linternas
de granito cubierta de musgo, se elevaba por encima de los
pensamientos comunes. Uno puede hallarse en el corazón
de una ciudad y sin embargo sentirse como si estuviera en
una selva, lejos del polvo y del estrépito de la civilización.
Grande era el ingenio desplegado por los maestros de té
para producir estos efectos de serenidad y pureza. La naturaleza
de las sensaciones que debían producirse al pasar
por el roji variaba de acuerdo a los diferentes maestros
del té. Algunos, como Rikiu, aspiraban a una
soledad total y sostenían que el secreto para construir
un roji estaba contenido en este antiguo poema:
"Hacia
dome miro, no
hay flores
ni
arces.
En
la bahía
una
cabaña solitaria a
la luz menguante de
un ocaso otoñal." (10)
Otros,
como Korobi Enshiu (11) buscaban un efecto diferente. Enshiu
decía que la idea del sendero de jardín debía
encontrarse en los siguientes versos:
Entre
los árboles estivales,
un
trozo de mar,
bajo
una pálida luna crepuscular. (12)
No
es difícil captar su intención. Deseaba recrear
la actitud de un alma recién despertada que se demora
aún entre brumosos sueños del pasado, y sumida en la
dulce inconciencia de una mórbida luz espiritual, añora
la libertad que yace en el espacio más allá.
 |
La
llamada Jo-an, casa de té construida en 1618
por Oda Uraku, uno de los discípulos de Sen-no Rikyu. |
Así
preparado, el invitado se aproximará silencioso hasta
el santuario; y si es un samurai dejará su sable en
la percha bajo el alero, ya que el recinto del té es
ante todo la casa de la paz. Después se inclinará
y se arrastrará hasta la habitación por una
pequeña puerta de solo tres pies de alto. A este proceder
debían ajustarse todos los individuos, nobles o plebeyos
por igual, y su finalidad era inculcar humildad. Habiendo
llegado a un acuerdo en el orden de precedencia mientras descansaban
en el machiai, los invitados entran uno por uno sin
hacer ruido y hacen primero una reverencia al cuadro o al
arreglo floral que hay sobre el tokonoma. El anfitrión
no entrará en la sala hasta que todos los invitados
se hayan sentado y reine la quietud sin que nada rompa el
silencio salvo el sonido del agua hirviendo en la pava de
hierro. La pava canta bien, porque en el fondo han sido colocadas
piezas de hierro de tal manera que producen una peculiar melodía
donde se puede escuchar el eco de una catarata ensordecida
por nubes, del mar lejano rompiendo contra las rocas, de un
aguacero barriendo a través de un bosque de bambú
o el susurro de los pinos en alguna colina lejana.
Aún durante el día de la luz del cuarto es tenue
porque los aleros bajos del techo sesgado solo admiten algunos
rayos de sol. Desde el techo al piso todo los colores son
sobrios, e incluso los invitados han elegido vestimentas de
colores moderados. La pátina del tiempo envuelve todo,
ya que todo lo que sugiera adquisición reciente es tabú
excepto la nota de contraste ofrecida por la batidora de
bambú (chasen ) y la servilleta de hilo, ambos
nuevos e inmaculadamente blancos. Por mas opaco que aparezca
el recinto y el equipo de té, todo está absolutamente
limpio. No se encontrará una partícula de tierra
ni en el más oscuro de los rincones, porque si existiera
alguna el anfitrión no sería un maestro. Uno
de los primeros requisitos para ser maestro del té
es saber barrer, limpiar y lavar, porque hay un arte para
la limpieza y el barrido. Una pieza de metal antigua no debe
ser atacada por el celo inescrupuloso de un ama de casa. No
necesariamente debe secarse el agua derramada de un florero,
porque puede sugerir la frescura del rocío.
Sobre
el tema hay una historia de Rikiu, que ilustra bien las ideas
de limpieza sostenidas por los maestros del té. Rikiu
vigilaba a su hijo Shoan mientras éste barría
y regaba el sendero del jardín. "Aún no
está suficientemente limpio", dijo Rikiu cuando
Shoan hubo terminado su trabajo, y le ordenó que probara
otra vez. Después de otra hora de trabajo, el hijo
se dirigió a Rikiu - "Padre, ya no hay nada más
por hace. Los escalones han sido lavados por tercera vez,
los faroles de piedra y los árboles han sido bien salpicados
con agua, el musgo y los líquenes brilla con fresco
verdor; no he dejado ni una rama ni una hoja en el suelo".
"Jovenzuelo tonto", refunfuñó el maestro,
"ésta no es manera de barrer un sendero de jardín".
Diciendo esto, Rikiu salió al jardín, sacudió
un árbol y desparramó hojas doradas y púrpuras:
¡retazos del brocato del otoño! Lo que Rikiu pedía
no era solamente limpieza, sino también belleza y
naturalidad.
El
nombre "morada de la fantasía " implica una
estructura creada para llenar un requerimiento artístico
individual. El recinto del té está hecho para
el maestro del té y no el maestro para el recinto.
No está destinada para la posteridad y es, por lo tanto,
efímera. La idea de que cada uno debiera tener su propia
casa se basa en una antigua costumbre de la raza japonesa,
pues la superstición sintoísta decreta que todo
vivienda deberá ser evacuada a la muerte de su principal
ocupante. Tal vez hubiera alguna razón sanitaria subconciente
en esta practica. Otra costumbre antigua era la de proporcionar
una casa recién edificada para cada pareja que contrajera
una casa recién edificada para cada pareja que contrajera
matrimonio. A raíz de esta costumbre las capitales
imperiales, en la antigüedad, eran trasladadas frecuentemente
de un sitio a otro. La reedificación cada veinte años
del Templo Ise (13), santuario supremo de la Diosa del Sol,
Amaterasu Omikami, es un ejemplo de uno de esos antiguos ritos
que se han perpetuada hasta nuestro días. La observación
de tales costumbres era posible solamente con medios de construcción
como los ofrecidos por nuestra arquitectura de madera, fácil
de demoler y construir. Un estilo más duradero, basado
en la piedra y el ladrillo, hubiera vuelto impracticable las
migraciones, lo que ocurrió cuando adoptamos, después
del período Nara (del 645 al 974), la construcción
china de madera, más maciza y estable.
Sin
embargo, con el predominio del individualismo Zen en el siglo
XV, la vieja idea adquirió un significado más
profundo en relación con el recinto del té.
El zen, con la teoría budista de la evanescencia y
su afirmación de la primacía del espíritu sobre
la materia, reconocía la causa únicamente como
refugio temporario para el cuerpo. El cuerpo mismo no era
más que una cabaña en el desierto, un refugio endeble
construido con manojos de pasto que crecía en el lugar;
al desatarse estos volvían a confundirse en el yermo
inicial. En el recinto del té la fugacidad es sugerida
por el techo de paja; la fragilidad, por los pilares esbeltos;
la levedad, por los soportes de bambú; el aparente
abandono, por el uso de materiales comunes. Lo eterno sólo
ha de hallarse en el espíritu, el que, encarnado, en
esos simples elementos, los embellece con el sutil resplandor
de su refinamiento.
La
casa de té debe ser construida de acuerdo al gusto
individual, esta exigencia responde al principio de vitalidad
en el arte. El arte, para ser plenamente apreciado, debe ser
fiel a la vida contemporánea. No se trata de que ignoremos
los reclamos de la posteridad sino de que tratemos de gozar
el presente. No debemos desechar las creaciones del pasado,
sino tratar de asimilarlas a nuestra conciencia actual. El
sometimiento servil a las fórmulas y tradiciones restringe
la expresión de la individualidad en la arquitectura.
No podemos menos que lamentar la imitación absurda
de edificios europeos que encontramos en el moderno Japón.
Nos preguntamos extrañados por qué, entre las naciones
más progresistas de Occidente, la arquitectura carece
tanto de originalidad y está tan saturada con repeticiones
de estilos anticuados. Tal vez estemos pasando por una época
de democratización del arte, mientras esperamos la
aparición de algún nuevo maestro principesco
que establezca una nueva dinastía. Ojalá amáramos
mas a los antiguos y los copiáramos menos. Se dice que la
grandeza de los griegos residió en que jamás
copiaron de la antigüedad.
El término "morada del vacío", además
de transmitir el propósito taoísta de abarcar
todo el universo, involucra la concepción de una necesidad
continua de cambio en los motivos decorativos. El recinto
de té está absolutamente vacío, con excepción
de lo que podrá ser colocado allí temporariamente
para satisfacer algún
estado de ánimo estético. Algún objeto de arte
especial es introducido para esa ocasión, y todo lo
demás se selecciona y se arregla con miras a realzar
la belleza del tema principal. No se pueden escuchar diferentes
trozos musicales al mismo tiempo, ya que la verdadera aprehensión
de la belleza es posible únicamente a través
de la concentración sobre algún motivo central.
Es así como el sistema decorativo en nuestras salas
del té es opuesto al usado en Occidente, donde el interior
de una casa se convierte a menudo en un museo. Para un japonés,
acostumbrado a la simplicidad en la ornamentación y
al cambio frecuente del motivo decorativo, un interior occidental
permanentemente repleto con una pompa aparatosa de cuadros,
estatuas y bric-a-brac que da la impresión de
un vulgar despliegue de riquezas. Es necesario un gran caudal
de apreciación para gozar del espectáculo debe
ser la capacidad de sentimiento artístico en aquellos
que pueden subsistir, día tras día, en medio
de una confusión de formas y colores como la que se
encuentra a menudo en los hogares de Europa y América.
La "morada de lo asimétrico" sugiere otra
fase de nuestro esquema decorativo. La ausencia de simetría
en los objetos de arte japoneses ha sido frecuentemente comentadas
por los críticos occidentales. Esto también
es un resultado de la realización de ideales taoístas
a través del Zen. El confucianismo, con su arraigada
idea del dualismo, y el budismo del norte, con su culto de
la trinidad, no se oponían de ninguna manera a la expresión
de la simetría. Tanto es así que, si estudiamos
los antiguos bronces chinos o las artes religiosas de la dinastía
T'ang y del período Nara, encontraremos un constante
esfuerzo para lograr la simetría. La decoración
de nuestros interiores clásicos mostraba regularidad
en su distribución. El concepto taoísta y Zen
de la perfección, sin embargo, eran distinto. La naturaleza
dinámica de su filosofía consideraba más
importante el proceso por el cual se buscaba la perfección
que la perfección misma. La verdadera belleza podía
ser descubierta sólo por aquel que completara mentalmente
lo incompleto. El vigor de la vida y el arte consistía
en sus posibilidades de crecimiento. En el recinto del té
se deja que cada invitado complete con su imaginación
el efecto total en relación consigo mismo. Desde que
el Zen se transformó en el modo de pensar prevalente,
el arte del lejano Oriente ha evitado concientemente lo simétrico
en cuanto a expresión, no sólo de terminación
sino, incluso, de repetición. Se consideraba la uniformidad
en el diseño como algo fatal para la frescura imaginativa.
Por lo tanto, paisajes, pájaros y flores se transformaron
en los temas favoritos para ser representados en lugar de
la figura humana, por encontrarse está presente en
la persona del mismo espectador. Tal como son las cosas ya
estamos demasiado en evidencia y, no obstante nuestra vanidad,
aun la autocontemplación tiende a volverse monótona.
En el recinto del té, el temor de la repetición
es una presencia constante. Los diversos objetos usados en
la decoración de una habitación deben estar
cuidadosamente seleccionados de modo que ningún color
o diseño se repita. Si hay flores naturales, un cuadro de
flores está permitido. Si se usa una pava redonda,
la jarra debe ser angular. Una taza con barniz negro no debe
usarse al mismo tiempo que una caja de té de laca negra.
Al colocar un florero o un sahumador sobre el tokonoma,
debe cuidarse de no ponerlo en el centro exactamente, evitando
así dividir el espacio en dos mitades iguales. El pilar
del tokonoma debe ser de una madera distinta de la
de los otros pilares, a fin de romper cualquier sugestión
de monotonía en el cuarto.
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La
encargada de la ceremonia prepara el té mientras las
huéspedes la observan en respetuoso silencio. |
Aquí también el método de decoración
japonés difiere del occidental, donde vemos objetos
ordenados simétricamente sobre las repisas de las chimeneas
o en cualquier otra parte. En las casas occidentales nos vemos
a menudo confrontados con lo que parece ser inútil
reiteración. Nos resulta molesto hablar con un hombre
cuando su retrato de tamaño natural nos mira fijamente detrás
de su espalda. Nos preguntamos cuál es real, si el
del cuadro o el que nos habla, y experimentamos la curiosa
convicción de que uno de los dos es un fraude. Muchas
veces nos hemos sentado a una mesa festiva contemplando, con
secreto sobresalto para nuestra digestión, la representación
de abundancia en las paredes del comedor. ¿Por qué
estos grabados de peces y frutas, estos cuadros de víctimas
de la caza y el deporte? ¿Por qué esa exhibición
de vajilla familiar que nos recuerda a aquellos que han comido
en ella pero ahora están muertos?
La simplicidad del recinto del té y su falta de vulgaridad
lo hacen verdaderamente un santuario alejado de los disgustos
del mundo exterior. Sólo allí puede uno consagrarse
a la imperturbada adoración de la belleza. En el siglo
XVI, la casa del té proporcionaba una agradable tregua
en su labor a los fieros guerreros y a los estadistas comprometidos
en la unificación y reconstrucción del Japón.
En el siglo XVII, después que el estricto formalismo
del reino Tokoguwa ( llamado también período Edo, 1614-1868),
se hubo desarrollado, ofrecía la única oportunidad
posible para la libre comunicación entre los espíritus
artísticos. Ante una obra de arte no había diferencia
entre daimyo (14), samurai y plebeyo. Hoy en día
el industrialismo está haciendo cada vez más
difícil el verdadero refinamiento a través del
mundo entero. ¿Acaso no necesitamos entonces más que
nunca la casa del té?".
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Interior de una casa de té en Kyoto. Al la izquierda
pueden apreciar la ventana (nijiriguchi)
por la que se ingresa al interior del salón de té.
En el centro la tetera (cha-wan ). (Imagen
en libro El jardín del té, de Mizuno Katsuhiko).
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(*)
Fuente: Okakuro Kakuzo, "El recinto del
té",en El libro del té, Buenos Aires, Leviatán,
1992, pp.61-76 (trad. María Teresa Solá). Citas:
(1)
Me refiero a Ralp N. Cram: Impressions of Japanese Architecture
and the Allied Arts, The Baker and Taylor Co., Nueva Yoprk,
1905.
(2)
Sen-no-Soeki (1521-1591) fundador de la familia de los maestros
del té, cuya genealogía continúa hasta
nuestros días, no sólo es considerado el más
grande maestro del té sino un artista consumado, y
uno de los destacados pensadores y estetas japoneses.
(3)
(1536-1598). De apellido Toyotomi, fue uno de los más
notables guerreros y unificó el país después
de una larga guerra civil, convirtiéndose en primer
ministro. De humilde origen, llegó a proteger y amar
las artes, y su nombre está íntimamente ligado
a la historia del culto del té, no sólo por
la protección que le brindó, sino por su particular
relación con el maestro Rikyu, al que sentenció
a muerte.
(4)
Takeno Joo (1502-1555), maestro de té y monje budista,
se destacó como poeta.
(5)
El templo Horyuji, construido a principios del siglo VII,
es considerado la más antigua construcción de
madera del mundo que existe en la actualidad, y es indudablemente
una de las mejores obras arquitectónicas del antiguo
Japón.
(6)
El templo Takushiji fue construido a fines del siglo VII,
pero sufrió diversas modificaciones a consecuencia
de varios incendios y otras calamidades, conservándose
intactas únicamente la pagoda del este.
(7)
Llamado Byodoin, fue levantado cerca de Kyoto en 1052.
(8)
El nombre oficial del templo es Toshogu; fue construido en
memoria del Shogun Tokugawa Ieyasu en 1616, en la localidad
de Nikko. De estilo shinto-budista, es famoso por su abundante
decorado de suntuoso como decadente barroquismo, contrastando
con la simplicidad y sobriedad de la arquitectura japonesa
tradicional.
(9)
Construido por el Shogun Ieyasu en 1603-4, en Kyto, como residencia
personal.
(10)
Conocido poema de Fujiwara no Sadaie, 1161-1241, hijo del
poeta Shunzei, uno de los más grandes de su época.
(11)
1579-1647. Creador de famosos jardines, té-ista, poeta y
pintor.
(12)
Poema incluido en Chawa Shigetsushu, 1701, recopilación
de anécdotas sobre el té, de Fujimara Yoken
(1613-1699), fundador de la escuela Yoken del té-ismo.
(13)
Construido en el año 4a.C, se lo reedifica cada 20 años según
la tradición shintoísta, siendo el actual el
59 edificio.
(14)
Jerarquía militar de los samurai. Antiguamente se refería
a los que poseían cierta cantidad de tierras y campos;
luego con el surgimiento de la clase guerrera, alrededor del
siglo XII, se convirtió en la denominación de
los guerreros de más alta posición, para llegar
en la época del gobierno dictatorial de Tokugawa (siglo
XVII-XIX) a referirse a los jefes militares que poseían
dominados por valor de más de 10.000 koku (1 koku equivale
aprox. a 28 m3) de arroz, y su correspondiente ejército.
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