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EL
DÍA QUE LLOVIÓ PARA SIEMPRE
Por Ray Bradbury
El universo podría ser desierto y la poesía podría haber sido
olvidada bajo secas dunas de polvo. Pero si sólo la pluma del
autor de Crónicas marcianas estuviera allí, con precisas
y poéticas palabra crearía un mundo de urbes y cohetes, de soñadores
solitarios y evocadoras mareas de imaginación. Caracterizar
a Bradbury como representante problemático de la ciencia ficción
es tema seguramente secundario y pueril. Lo que importa no es
identificar el género de una escritura sino su potencia para
resaltar la extraña presencia humana, rodeada por misteriosos
anillos de espacio. El modo más poderoso para frotar la presencia
del hombre y el mundo, y para cristalizar una comunicación entre
ambos, es tal vez la poesía. Blandir palabras o sonidos poéticos
es confraternizar con el universo y despertar respuestas muchas
veces inaceptables para la lógica. "El día que llovió para
siempre", en Remedio para melancólicos, es quizá
un texto poco recordado de Bradbury. En este relato,
la lluvia es la respuesta poética a la poesía liberada
por unas manos de mujer recorriendo las delicadas y resonantes
cuerdas de un arpa. Los habitantes de un hotel padecen una larga
sequía, la agobiante aridez de un cielo sin gotas. En el mundo
antiguo, para obtener el alivio de la húmeda liquidez de las
alturas, el hombre desesperado por la fiebre de la tierra reseca
apeló a la danza, la invocación a los dioses, la pronunciación
de palabras mágicas. En la bellísima ficción de Bradbury, una
anciana profesora de música, la señorita Hillgood, hábil musa
del arpa, acaricia con poesía el espacio. Y el cielo responde...
Esteban
Ierardo
EL
DÍA QUE LLOVIÓ PARA SIEMPRE
Por Ray Bradbury
El
hotel se alzaba en el desierto como un hueso descarnado y hueco,
bajo el cenit donde el sol calcinaba el tejado, todo el día.
Toda la noche, el recuerdo del sol se movía en los cuartos
como el fantasma de un viejo bosque incendiado. Muchos después
del crepúsculo, pues la luz era calor, las luces del
hotel permanecían apagadas. Los habitantes del hotel
preferían andar a ciegas por los corredores, buscando
un aire fresco.
Esa
noche el señor Terle, el propietario, y sus dos únicos
huéspedes, el señor Smith y el señor Fremley, que se
parecían, y olían a dos viejas hojas de tabaco
curado, se quedaron en la larga galería hasta muy tarde.
Jadeaban a oscuras, en las chirriantes mecedoras, tratando de
abanicar un viento.
-¿Señor
Terle..? ¿No sería agradable, realmente...algún
día...si pudiese comprar un equipo de aire acondicionado...?
El señor Terle se recostó un momento, cerrando los ojos.
-No
tengo dinero para esas cosas, señor Smith.
Los
dos viejos huéspedes se sonrojaron; hacia ventiún
años que no pagaban una sola factura.
Muchas
tarde el señor Fremley lanzó un suspiro doloroso.
-
¿Por qué, por qué no salimos de aquí,
y nos vamos a una ciudad decente? Dejaríamos de achicharrarnos,
de cocinarnos, de sudar.
-¿Quién
compraría un hotel muerto en un pueblo abandonado?-dijo
tranquilamente el señor Terle-. No. No, nos quedaremos aquí
y esperaremos el gran día, el 29 de enero.
Lentamente,
los tres hombres dejaron de mecerse.
29
de enero.
El
único día del año en que llovía realmente.
-No
tenemos mucho que esperar.
El
señor Smith sostuvo en la palma de la mano el reloj de oro,
como una caliente luna de estío.
-Dentro
de dos horas y nueve minutos será 29 de enero. Pero no
veo una miserable nube en diez mil kilómetros a la redonda.
-¡Siempre
llueve el 29 de enero! ¡Siempre, desde que nací!-. El
señor Terle se detuvo, sorprendido. Había hablado con
una voz estridente-. Si este año se atrasa en un día,
no iré a tirarle a Dios de los faldones.
El
Señor Fremley tragó saliva y miró de este a oeste
por encima del desierto, hacia los cerros.
-Me
pregunto...si habrá alguna vez por aquí otra fiebre del
oro.
-Nada
de oro -dijo el señor Smith-. Y más aun, apuesto que
tampoco nada de lluvia. No lloverá mañana, ni pasado,
ni más adelante. No lloverá en todo el año.
Los
tres viejos contemplaron, inmóviles, la luna inmensa,
amarilla como un sol, que quemaba un agujero en la alta calma
del cielo.
Al
cabo de un rato, dolorosamente, empezaron a mecerse otra vez.
Las primeras ráfagas de la mañana enroscaron las páginas
del calendario como la piel seca de una vívora contra
la fachada descascarada del hotel.
Los
tres hombres, ajustándose los tiradores a la desnuda
percha de los hombros, bajaron descalzados, y miraron con ojos
entornados el cielo idiota.
-29
de enero...
-Y ni
una gota miserable.
-El
día es joven.
-Yo no.
El señor
Fremley dio media vuelta y se fue.
Tardó cinco minutos en encontrar su camino a lo largo
de los pasillos delirantes, hasta la cama caliente, recién
horneada.
A
mediodía, el señor Terle asomó la cabeza.
-Señor
Fremley...
-Malditos
cactos del desiertos, eso somos- jadeó el señor Fremley,
acostado, sintiendo que la cara, en cualquier momento, se le
desprendería en cenizas calientes sobre el piso de madera-.
Pero hasta el más maldito de los cactos tiene derecho
a un sorbo de agua antes de volver por otro año a la misma hoguera
maldita. Le diré algo: no puedo moverme más, me
quedaré aquí, acostado, y me moriré si
no oigo otra cosa que esos pájaros que repiqueteaban en el techo.
-Rece
sencillamente y tenga el paraguas a mano- dijo el señor Terle,
y se alejó en puntas de pie.
Al
atardecer, resonó en el tejado un leve golpeteo...
La
voz del señor Fremley cantó doliente desde la cama.
-Señor
Terle, eso no es lluvia. Es usted con la manguera del jardín
que arroja agua del pozo sobre el tejado. Gracias de todos modos.
El
golpeteo cesó. Desde el patio se oyó un suspiro.
Al
volver, un momento después, por la parte lateral del
hotel, el señor Terle vio que el calendario volaba y caía
en el polvo.
-Maldito
29 de enero -gritó una voz-. Doce mes meses más.
¡Tendremos que esperar otros doces meses!
El
señor Smith estaba de pie en el umbral. Entró, tomó
dos maletas estropeadas y las arrojó al porche.
-¡Señor
Smith! -exclamó el señor Terle-. ¡No puede irse así
después de treinta años!
-Dicen
que en Irlanda llueve veinte días por mes- dijo el señor
Smith-. Me buscaré un empleo allí y saldré
sin sombrero y con la boca abierta.
-¡No
puede irse!-. El señor Terle trataba de pensar, frenéticamente,
chasqueando los dedos-. ¡Me debe nueve mil dólares!
El
señor Smith retrocedió. Le asomó a los ojos una
expresión de resentimiento, tierno e imprevisto.
-Discúlpeme.
- El señor Terle desvió la mirada-. No era lo que quería
decir. Mire, vaya a Seattle. Allí llueve cinco centímetros
por semana. Págueme cuando pueda, o nunca. Pero hágame
un favor: espere hasta medianoche. De todos modos, siempre refresca.
Será un agradable paseo nocturno.
-Nada
pasará, entre ahora y la medianoche.
-Debe
tener fe. Cuando ya no queda nada, hay que creer en algo. Quédese
aquí conmigo; no es necesario que se siente, quédese
de pie y piense en la lluvia. Es la última cosa que le
pido.
En
el desierto, unos súbitos remolinos de polvo se levantaron,
y volvieron a caer. Los ojos del señor Smith escudriñaron el
horizonte crepuscular.
-¿Qué
tengo que pensar? ¿Lluvia, oh, lluvia, ven? ¿Cosas así?
-Cualquier
cosa. Cualquier cosa.
El
señor Smith permaneció largo tiempo de pie, inmóvil,
entre sus dos maletas sarnosas. Cinco, seis minutos trascurrieron.
No se oía ningún sonido, salvo la respiración
de los dos hombres en la tarde.
Entonces,
al fin, el señor Smith se agachó para tomar las maletas.
En
ese preciso instante, el señor Terle pestañeó. Se inclinó
hacia adelante, con la mano ahuecada sobre la oreja.
El
señor Smith se quedó inmóvil, con las manos siempre
en las maletas.
Desde
la distancia, entre las colinas, venía un murmullo, un
rumor suave y trémulo.
-Llega
la tormenta-susurró el señor Terle.
El
ruido fue creciendo, una especie de nube blanca se levantó
entre las colinas.
El
señor Smith se enderezó en puntas de pie.
Los
ojos del señor Terle se agrandaban y se agrandaban cada vez
más, para ver mejor. Se aferró a la baranda del porche
como el capitán de un navío que zozobra en la
calma, sintiendo las primeras ráfagas de una brisa tropical
que olía a tilo y a la pulpa helada y blanca de los cocos.
Un
viento ínfimo le goleaba las doloridas fosas nasales
como campanas de una chimenea al rojo.
-¡Allí!-exclamó
el señor Terle-. ¡Allí!
Y
por encima del último cerro, levantando plumas de polvo
ardiente, llegó la nube, el trueno, la tormenta ruidosa.
En
lo alto del cerro el primer automóvil que había
pasado en veinte días se lanzó cuesta abajo por
el valle con un alarido, un golpe, un lamento.
El
señor Terle no se atrevía a mirar al señor Smith.
El
señor Smith miraba hacia arriba pensando en el señor Fremley
encerrado en su cuarto.
El
señor Fremley, desde la ventana, miraba hacia abajo y vio el
automóvil que expiraba frente al hotel.
Porque
el sonido que había hecho el automóvil era curiosamente
definitivo. Había recorrido un largo camino ardiente
y sulfuroso, cruzando planicies salitrosas, abandonadas por
las aguas diez millones de años atrás. Ahora -las hilachas
de cable le brotaban entre las costuras como la cabellera de
un caníbal, y un párpado de lona había
caído fundiéndose en pastillas de menta sobre
el asiento trasero- el auto, un Kissel modelo 1924, se estremeció
como exhalando el espíritu.
La
anciana, sentada en el asiento delantero del coche, aguardo
pacientemente, mirando a los tres hombres y el hotel como si
dijese: "Perdónenme, mi amigo está enfermo;
hace mucho que lo conozco, y ahora debo acompañarlo en su hora
postrera". Se quedó sentado en el coche, esperando
a que las ligeras convulsiones cesarán y que los huesos
se aflojaran; los signos del proceso final. Estuvo así sentada
más de medio minuto escuchando al coche, y había algo
tan sereno en ella que el señor Terle y el señor Smith se inclinaron
lentamente. Por último, la mujer los miró esbozando
una grave sonrisa y alzó una mano.
El
señor Fremley se sorprendió al ver que su propia mano
salía por la ventana y contestaba al saludo.
En
el porche, el señor Smith murmuró:
-¡Qué
raro! No es una tormenta. Y no me siento decepcionado. ¿Qué
será?
Pero
el señor Terle bajaba ya por el sendero, hacia el automóvil.
-Creíamos
que era-...es decir...-Se contuvo.-Terle es ni nombre. Joe Terle.
La
mujer le tomó la mano y lo miró con ojos azules
límpidos y trasparentes, como nieve fundida que ha recorrido
millares y millares de kilómetros, purificada por el
viento y el sol.
-Blance
Hillgood-dijo en voz baja-. Graduaba en el Grinnel College,
soltera y profesora de música; maestra, treinta años,
de un club de canto en la escuela superior y directora de la
orquesta estudiantil, en Green City, Iowa; veinte años de profesor
particular de piano, arpa y canto; jubilada hace un mes, con
una pensión vitalicia, y ahora, con mis raíces
a cuestas, camino a California.
-Señora
Hillgood, no me parece que vaya a ninguna parte desde aquí.
-Tuve un
presentimiento.
Observó
a los dos hombres que rodeaban cautelosamente el automóvil.
Parecía está sentada, como una niña indecisa,
en el regazo de un abuelo reumático.
-¿No
se podría hacer nada?
-Sí,
un cerco con las ruedas, un gong para la cena con los tambores
del freno. El resto, podría ser un bonito jardín
de rocas.
El
señor Fremley gritó desde el cielo.
-¿Muerto?
Quiero decir, ¿está muerto el coche? ¡Lo siento desde
aquí! Bueno...ya pasó la hora de la cena.
El
señor Terle tendió la mano.
-Señorita
Hillgood, este el hotel El desierto, de Joe Terle, abierto
veintiséis horas por día. Se ruega a los monstruos
y salteadores de caminos anotarse en los registros, antes de
subir. Duerma tranquila esta noche, gratis; luego sacaremos
nuestro Ford de sus cuarteles y la llevaremos a la ciudad mañana
por la mañana.
La
mujer les permitió que la ayudaran a bajar del coche.
La máquina gruñó como protestando por ese abandono.
La
mujer cerró cuidadosamente la portezuela.
-Mi
compañero ha muerto, pero hay una amiga que todavía me
acompaña. Señor Terle, ¿quisiera tener la bondad de librarla
de la intemperie?
-¿Librarlas,
señorita?
-Perdóneme,
nunca pienso en las cosas como cosas. Para mí son siempre
personas. El coche era varón, supongo, porque me llevaba
a distintos lugares. Pero un arpa es mujer, ¿no le parece?
Señaló
con la cabeza el asiento trasero del automóvil. Allí,
mirando el cielo, cortando el viento, por encima de cualquier
posible conductor, se alzaba un estuche como la encorvada proa
de cuero de un antiguo navío.
-Señor
Smith-pidió el señor Terle-, déme una mano.
Desataron
el estuche enorme y lo alzaron cuidadosamente.
-¿Qué
llevan ahí?-gritó desde arriba el señor Fremley.
El
señor Smith tropezó. La señorita Hillgood jadeó.
El estuche se balanceó entre los brazos de los hombres.
Del
interior brotó un débil canturreo.
El
señor Fremley, allá arriba, lo oyó. Era toda la
respuesta que necesitaba. Boquiabierto, observó a la
mujer y a los dos hombres que sostenían a la amiga encajonada.
Al fin se metieron en el porche cavernoso.
-¡Cuidado!-dijo
el señor Smith-. Algún condenado imbécil dejó
aquí sus maletas-...-Se interrumpió.-¿Algún
condenado imbécil? ¡Yo!
Los
dos hombres se miraron. Ya no traspiraban. De algún lado
llegaba un viento, un viento suave que movía los cuellos
de las camisas y arrastraba lentamente las hojas del calendario,
desparramadas en el polvo.
-Mi
equipaje...-dijo el señor Smith.
Todos
entraron.
-¿Quiere
más vino, señorita Hillgood? No hemos tenido vino en
la mesa desde hace años.
-Sólo
una gota, si es tan amable.
Estaban
sentados a la luz de una sola bujía. La habitación
era un horno y la platería y la vajilla intacta centelleaban.
Todos hablaban, bebían vino caliente, y comían.
-Señorita
Hillgood, cuéntenos más de su vida.
-Toda
mi vida -dijo la mujer- he estado tan atareada corriendo de
Beethoven a Bach y a Brahms, y al fin descubrí que ya tenía
veintinueve años. Cuando miré otra vez, tenía
cuarenta. Ayer, setenta y uno. Oh, hubo hombres; pero habían
renunciado al canto a las diez y al vuelo a las doce. Siempre
pensé que habíamos nacido para volar, de una u
otra manera, y yo no soportaba que la mayoría de los
hombres se arrastrase con todo el hierro de la tierra en la
sangre. Nunca conocí a ningún hombre que pesara
menos de cuatrocientos kilos. Rodaban todos como coches fúnebres,
en trajes negros de faena.
-¿Y
entonces usted voló?
-Sólo
con la imaginación, señor Terle. Tarde sesenta años en
soltar las últimas amarras. Durante todo ese tiempo viví
aferrada a piccolos, flautas y violines, que son verdaderas
corrientes en el aire, como los ríos y torrentes de la
tierra. Recorrí todos los afluentes y gusté todos
los vientos acuáticos, y frescos, desde Haendel hasta
toda una estirpe de Strausses. Fue ese largo rodeo lo que me
trajo aquí.
-¿Cómo
fue que al fin se decidió a irse?-preguntó el
señor Snith.
-La
semana pasada miré a mi alrededor y me dije: "Bueno,
mira, has estado volando sola! A nadie en toda Green City le
importa si vuelas, ni a qué altura vuelas". Era
siempre: "Magnífico, Blanche", o "Gracias
por el concierto en el té de la PTA, señorita Hillgood".
Pero en realidad nadie escuchaba. Y cuando yo hablaba, hace
mucho tiempo, de Chicago a de Nueva York, la gente me palmeaba
el hombro y se reía. "¿Por qué ser una ranita
en un estanque cuando se puede ser la rana más grande
de toda Green City?" Y entonces me quedaba mientras la
gente que me daba consejos se iba o se moría o las dos
cosas. Los otros tenían taponados los oídos. Hace
una semana me desperté, de pronto, y me dije: "¡Vamos!
¿Desde cuándo las ranas tienes alas?"
-¿Así
que ahora se va al Oeste?-dijo el señor Terle.
-Sí,
quizá para actuar en películas o en esa orquesta
a la luz de las estrellas. Pero, y sobre todo, necesito tocar
para alguien que oiga y escuche realmente...
Estaban
sentados ahí, en la penumbra cálida. La señorita
Hillgood había terminado de hablar, lo había dicho
todo, aunque pareciera absurdo, y se reclinó en silencio
en la silla.
Arriba
alguien tosió.
La
señorita Hillgood lo oyó, y se puso de pie.
El
señor Fremlely tardó un momento en despegar los párpados
y distinguir la figura inclinada de la mujer, que ponía
la bandeja junto a la cama revuelta.
-¿De
qué hablan ustedes abajo?
-Volveré
más tarde y se lo contaré todo palabra por palabra-
dijo la señorita Hillgood-. Ahora coma. La ensalada es excelente.
Fue
hacia la puerta.
-¿Piensa
quedarse?- preguntó apresuradamente el señor Fremley.
La
señorita Hillgood se detuvo a mitad de camino y trató
de descifrar la expresión de aquel rostro sudoroso en
la oscuridad. El hombre, a su vez, no podía ver la boca
y los ojos de ella. La señorita Hillgood se quedó allí
un momento, en silencio, y luego bajo las escaleras.
-No
me habrá oído-dijo el señor Fremley.
Pero
sabía que lo había oído.
La
señorita Hillgood cruzó el vestíbulo de la planta
baja y buscó a tientas el cierre del estuche de cuero
vertical-
-Debo
pagarle mi cena.
-Va
por cuenta de la casa-dijo el señor Terle.
-Debo
pagarlo-dijo ella, y abrió el estuche.
Hubo
un repentino destello dorado.
Los
dos hombres revivieron en las sillas. Miraron de reojo a la
anciana menuda, de pie junto al objeto tremendo que se alzaba
como un corazón sobre un pedestal reluciente, y allá
arriba un sereno rostro griego de ojos de antílope que
los miraba serenamente, como la señorita Hillgood.
Los
dos hombres se lanzaron la más rápida y las más
sorprendida de las miradas, como si los dos adivinasen lo que
iba a ocurrir. Cruzaron rápidamente el vestíbulo,
respirando con dificultad, para sentarse en el borde mismo del
caliente diván de terciopelo, enjugándose los
rostros con pañuelos húmedos.
La
señorita Hillgood acercó una silla, apoyó dulcemente
el arpa dorada en el hombre y puso las manos en las cuerdas.
El
señor Terle aspiró una bocanada de aire abrasador y agurdó.
El
viento del desierto corrió de pronto por el porche, inclinando
las sillas, que se mecieron como barcas en un lago nocturno.
La
voz del señor Fremley protestó desde arriba.
-¿Qué
pasa ahí abajo?
Y
entonces la señorita Hillgood movió las manos.
Empezando
en el arco que estaba junto al hombro, hizo correr los dedos
por el simple tapiz de alambre hacia la columna donde miraba
la diosa, y luego de vuelta. Hizo una pausa entonces, y dejo
que el aire caliente del vestíbulo llevará los
sonidos a los cuartos vacíos.
Si el señor Fremley gritó, arriba, nadie lo oyó.
Porque el señor Terle y el señor Smith estaban tan ocupados,
poniéndose de pie en las sombras, que no oyeron nada
excepto los propios latidos tormentosos, y las ráfagas
de aire en los pulmones.
Boquiabiertos,
en una especie de absoluta demencia, miraban a las dos
mujeres, la musa ciega y orgullosa en la columna de oro, y la
mujer sentada, de ojos dulcemente entornados, y de manos abiertas
en el aire.
Como
una niña, pensaron los dos locamente, como una niñita que saca
la mano por la ventana, ¿para sentir qué? Bueno, por
supuesto, por supuesto.
Para
sentir la lluvia.
El
eco de la primera lluvia se apagó, a la distancia, en
empedrados y desagües.
Arriba,
el señor Fremley se incorporó en la cama como si lo hubiesen
levantado por las orejas.
La
señorita Hillgood tocó.
Tocó,
y no era una música que ellos conociesen, pero una música
que había escuchado mil veces en sus largas vidas, con
o sin palabras, con o sin melodía. La señorita Hillgood
tocaba, y cada vez que movía los dedos la lluvia caía
repiqueteando por el hotel oscuro. La lluvia caía fría
en las ventanas abiertas y empapaba los tablones calcinados
del piso del porche. La lluvia caía sobre el tejado,
caía en una arena silbante, caía sobre el automóvil
herrumbrado y en el establo vacío y en los cactos muertos
del jardín. Lavaba las ventanas y depositaba el polvo
y colmaba los barriles de agua de lluvia y tapizaba las puertas
con hilos de perlas que se abrían y murmuraban. Pero,
y sobre todo, el tacto suave y la frescura cayeron sobre el
señor Smith y el señor Terle. El peso delicado entró
en ellos, más y más, y los dos se sentaron. Sintieron
en la cara los pinchazos y las agujas, y cerraron los ojos y
las bocas y alzaron las manos, protegiéndose. Reclinando
lentamente las cabeza, hacia atrás, dejaron que la lluvia
cayera donde debía caer.
El
repentino diluvio duró un minuto. Los dedos descendieron
por las cuerdas, dejaron caer unos últimos lamentos y
explosiones y luego se detuvieron.
El
acorde final quedó en el aire como la fotografía
de un relámpago que golpea y congela el vuelo descendente
de un millón de gotas de agua. Luego el relámpago
se apagó. Las últimas gotas cayeron en silencio,
en la oscuridad.
La
señorita Hillgood apartó las manos de las cuerdas, con
los ojos todavía cerrados.
El
señor Terle y el señor Smith abrieron los ojos y miraron a aquellas
dos mujeres milagrosas, allí, en el otro extremo del vestíbulo,
que de algún modo había atravesado la tormenta
intactas y secas.
El
señor Terle y el señor Smith se estremecieron. Se inclinaron
hacia adelante como si fuesen a hablar. Parecían impotentes,
sin saber qué hacer.
Y
entonces oyeron un sonido que venía de los corredores
altos del hotel.
El
ruido bajo flotando débilmente, revoloteando como un
pájaro cansado que bate las alas antiguas.
Los
dos hombres alzaron la mirada y escucharon.
Era
el sonido del señor Fremley.
El
señor Fremley, en su cuarto, aplaudiendo.
El
señor Terle tardó cinco minutos en darse cuenta. Entonces
le dio un codazo al señor Smith y empezó, también
él, a aplaudir. Los dos hombres se golpeaban las manos
en poderosas explosiones. Los ecos resonaban en las cavernas
de hotel, arriba y abajo, conmoviendo las paredes, los espejos,
las ventanas, tratando de dejar los cuartos.
Entonces
la señorita Hillgood abrió los ojos, como si esta nueva
tormenta la hubiese sorprendiendo a la intemperie, desprevenida.
Los
hombres dieron su propio recital. Batían palmas fervorosamente
como tuviesen fuegos de artificio en las manos, y los aplastaran
unos contra otros. El señor Fremley gritó. Nadie lo oyó.
Las manos volaban, se entrechocaban una y otra vez hasta que
los dedos se hincharon. Al fin los hombres se quedaron sin aliento
y dejaron las manos sobre las rodillas, y un corazón
quedo latiendo dentro de cada mano.
Entonces,
muy lentamente, el señor Smith se incorporó, y, mirando
el arpa, entró las maletas. Se detuvo al pie de la escalera
contemplando largamente a la señorita Hillgood. Miró
en el suelo la maleta de la mujer que descansaba en el primer
peldaño. Miró la maleta, y luego a la señorita Hilllgood
y alzó las cejas.
La
señorita Hillgood miró el arpa, la maleta, al señor Terle
y por último al señor Smith.
Asintió
una sola vez.
El
señor Smith se inclinó y con sus propias maleta bajo
un brazo, y la de la señorita Hillgood en el otro, subió
lentamente las escaleras en la dulce oscuridad. Mientras subía,
la señorita Hillgood apoyó de nuevo el arpa en el hombro
y tocó acompañando los paso del señor Smith, o el señor
Smith subió acompañando la música. Nadie lo supo
bien.
A
mitad de camino, el señor Smith se encontró con el señor
Fremley que trataba de bajar lentamente, envuelto en una bata
descolorida.
Pero
allí se quedaron, mirando el vestíbulo; el hombre
solitario en el extremo de las sombras, y las dos mujeres algo
más allá, solo un movimiento y un destello. Los
dos hombres pensaron los mismos pensamientos.
El
sonido del arpa, el sonido del agua fresca que caería
todas y todas las noches. Ya no era necesario regar el techo
con la manguera del jardín. Bastaba sentarse en el porche
o tender en la cama de noche y escuchar la lluvia...la lluvia..la
lluvia...
El señor Smith siguió subiendo las escaleras. El señor
Fremley bajó.
El arpa, el arpa. ¡Escuchen, escuchen!
Los
cincuentas años de sequía habían quedado atrás.
Había
llegado la temporada de las lluvias. (*)
(*)
Fuente:
Ray Bradbury, "El día
que llovió para siempre", en Remedio para melancólicos,
Barcelona, Minotauro, pp.200-212.
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