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EMMANUEL
BOVE: MIS AMIGOS O LA NUEVA NARRATIVA
Presentación
Marcelo Colombini
Prima
en mi mirada la bendición de la duda. (1)
Solo la
pura violencia es muda. (2)
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Emmanuel
Bove
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Presentación
Mis
amigos (capítulo dos),
por Emmanuel Bove
Taller de escritura creativa,
de Marcelo Colombini
Presentación
La nouvelle Mis amigos, del escritor francés de
origen soviético Emmanuel Bove (París, 1898-1945), está inspirada
en el efecto catártico de los años 1925, luego de concluida la
primera guerra mundial, época propicia para la reflexión y para
que el poder de la invención en las letras hiciera resurgir el uso
de la palabra como un arma más cierta y efectiva que un fusil.
Bove
era un joven escritor de menos de treinta años que se reunía a
cenar con otros literatos en La Villette. Allí se intercambiaban
textos y se sentaban las bases de una nueva mirada. Bové, con Mis
amigos, se anticipa al noveau romance, en el manejo
preciso del detalle, pero, en contraposición a la deportividad
descriptiva de Robbe Grillet, Claude Simon y sus seguidores, con una
abundancia de reflexiones subjetivas que colocaron la vertiginosidad
psicológica en la gravitación que la presencia de las cosas ejerce
sobre los sentidos. Samuel Beckett lo valoró por el manejo sutil
del detalle conmovedor.
El
narrador de Bove, en Mis amigos, Víctor Baton, antihéroe
como todos sus personajes, es un excombatiente de la primera guerra
mundial. La forma pormenorizada con que registra la realidad es
propia de quien ha pasado por una situación límite y hace del
tiempo un campo minado para la percepción. Una bomba tarda menos de
un segundo en estallar. En ese tiempo, multifacético y compuesto de
infinitos espacios, los sentidos de Baton registran lo real , sin
otra posibilidad para un sobreviviente que la de valorar el mundo
como si nunca antes lo hubiera visto.
Impresiones
de los cinco sentidos componen sus imágenes: el olfato vuelve
nítido el sondeo de la memoria ("...un olor a juguetes
pintados y algodón nuevo la acompaña..."), el oído moldea el
sonido de las palabras de acuerdo a lo que suena en escena
("percibí el chapoteo de una camisa limpia que se
despliega..."), el tacto corrobora la presencia de lo otro como
ante una película que pudiera tocarse ("...Las gotas de cera,
que cayeron sobre sus dedos, se endurecieron de inmediato..."),
los sabores que capta el aparato gustativo denotan el clima, la
comida de los restaurantes en contraste con la del regimiento, y el
ojo, afectado o maravillado por el movimiento exterior, define una
posición, una trinchera, un punto de vista ("...había dibujos
geográficos en la superficie de la luna..."). La escritura
como demarcadora de pistas para un posible aprendizaje
epistemológico.
Si
bien las observaciones de Bove se apoyan en la percepción
sensorial, y Descartes temía al engaño de los sentidos, la obra de
Bove mantiene un rigor, vigor y precisión cartesianos, propios de
una inteligencia pura y atenta que se expresa con facilidad y
distinción, de manera que no queda ninguna duda a cerca de lo que
comprendemos.
Es
difícil determinar la relación que podía existir entre Bove y sus
personajes. Perolo cierto es que era su y uno no duda de que los
conocía, los observaba, los juzgaba y, en consecuencia, se
distinguía de ellos. Baton no es Bove ni Bove es bato, pero lo que
Baton tiene de Bove es sin duda una integración desbordantemente
cubista de la realidad (Cezanne ya había anticipado en sus escritos
lo que serían los lineamientos de ese nuevo arte compuesto por los
signos del mundo aparente: los colores, la relación de los objetos
entre sí, y el olor como elemento de completud de pasado, presente
y futuro.), arte que no retrocede ante el efecto de choque y de
malestar que producirá su precisión.
Rilke
se vio muy interesado por su obra y quiso conocer a Bove al viajar a
Ciudad Luz. Jean Cassou afirma que el éxito de "Mis
amigos" radica en que en esta obra Bove inventa (en el más
puro sentido del invencionismo, pero con elementos crudos propios
del realismo) una nueva escritura. La personalidad de sus personajes
queda sugerida por la actitud que ellos adoptan frente a los
objetos, muy raras veces por medio del monólogo interior: no es
necesario para él. La impresión de la luz del sol disolviéndose
en los ojos de Baton es una idea más fuerte que la palabra
"tristeza".
Le
bastaron a Bove 47 años de vida para renovar la mirada de todo un
siglo.
Marcelo Colombini
Citas:
(1)
Piro, Guillermo. La golosina caníbal. Ediciones Ultimo
Reino, Buenos Aires, 1988.
(2)
Arendt, Hannah. La condición humana. Piadós, Barcelona,
1993.
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Taller
de escritura creativa
Taller
de escritura creativa (novela, cuento, ensayo, notas
periodísticas
varias) Marcelo Colombini (escritor) Tel.: 4300-7551
(librería Fedro, taller
grupal) 4983-6145 (particular); email: myscolombini@infovia.com.ar
Un cruce entre el rigor de la no-ficción y el trabajo
pormenorizado de la
percepción sensorial. Manejo de la sintaxis como
herramienta para la
precisión metafórica. La escritura como medio de
comunicación e instrumento
de aprendizaje epistemológico. Acción contra la página
en blanco y lecturas
de autores que agotan todas las posibilidades
gramaticales y se convierten
en modelos que orientan hacia caminos que los superen:
Emmanuel Bove, Bioy,
Piro, Dalmazzeto, Piglia y otros tan conocidos o tan
desconocidos como
éstos.
Objetivo 1: que el integrante del taller alcance un
manejo acertado de las
tres funciones principales de todo texto: reflexión,
acción y descripción
(ya sea en el ensayo, el cuento o la novela), a partir
de consignas
motivadoras, lecturas de autores fundamentales y poco
difundidos y de un
permanente debate en el grupo que replantee la dirección
de su escritura.
Objetivo 2: que el integrante del taller domine la
normativa gramatical
hacia la legibilidad.
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MIS
AMIGOS (capítulo 2)
Por
Emmanuel Bove
Vivo en
Montrouge.
Los
edificios nuevos de mi calle aún huelen a piedra de cantera.
Mi casa
no es nueva. El revoque de la fachada se cae a pedazos. Barras de
sostén atraviesan las ventanas. El techo sirve de cielorraso al
último piso. Un gancho sostiene los postigos al muro cuando no hay
viento. El arquitecto no grabó su nombre encima del número.
Por la
mañana la calle está tranquila. Sólo una portera barre delante de
su puerta.
Al pasar
junto a ella respiro por la nariz, a causa del polvo.
Por las
ventanas entreabiertas espío las plantas bajas. Veo plantas verdes
que acaban de ser regadas, cartuchos de obús rutilantes y
fragmentos de parquet estrechos, que hacen zig-zag.
A veces
una sábana blanca se mueve detrás de una cortina, a la altura de
un hombre: alguien se lava.
Tomo mi
café al lado de mi casa, en un cafetín. El cinc del mostrador
está ondulado en el borde. Se adivina la edad de la madera en el
piso lavado con agua limpia. Un fonógrafo, que andaba antes de la
guerra, está dado vuelta hacia la pared. Uno se pregunta qué hace
allí puesto que no funciona.
El
patrón es amable. Es chiquito como un soldado de la cola de la
formación. Tiene un ojo de vidrio. Imita tan bien al ojo verdadero
que nunca se sabe cuál es el bueno, lo que resulta fastidioso. Me
parece que se ofende cuando uno le mira el ojo falso.
Me
aseguró que había sido herido durante la guerra; sin embargo se
dice que era tuerto ya en 1914.
El buen
hombre se queja continuamente. El negocio no anda bien. Le gusta
enjuagar los vasos delante de los clientes; le gusta decir:
"Gracias, señor; hasta la vista, señor; deje la puerta
abierta". Nadie viene.
El
querría que la guerra se olvidara. Extraña el año 1910.
En
aquella época, parece, la gente era honesta, sociable. El ejército
tenía estilo. Se podía dar crédito. Había interés en los
problemas sociales.
Cuando
habla de todo esto sus dos ojos, el verdadero y el falso, se
humedecen. Y sus pestañas quedan pegadas en pequeñas mechas.
La
preguerra zozobró tan rápidamente que él no puede creer que ya no
sea sino un recuerdo.
Nosotros
también abordamos problemas sociales. El participa. Es la prueba,
para sí mismo, de que la guerra no lo cambió.
Cada
día me asegura que en Alemania, país mejor organizado que el
nuestro, los mendigos no existen. Los ministros franceses deberían
prohibir la mendicidad.
-Pero si
está prohibida!
-Vamos!
¿Y todos esos pordioseros que venden cordones? Son más ricos que
usted y que yo.
Como no
me gustan las discusiones me cuido mucho de responder. Trago mi
café, al que una gota de leche ha vuelto color marrón, pago y
salgo.
-Hasta
mañana! –grita poniendo mi taza aún caliente bajo un hilo de
agua que sólo puede detenerse en el sótano.
Más
lejos, hay un almacén.
El
patrón me conoce. Es tan gordo que su delantal le queda más corto
por delante que por detrás. Se le ve la piel bajo el pelo cortado a
cepillo. Su bigote "a la americana" le tapa las narices y
debe impedirle respirar.
Delante
de su negocio hay una estantería estrecha –es más prudente- con
bolsas de lentejas, de ciruelas frescas y frascos de caramelos. Para
atender sale, pero pesa lo que vende en el interior.
Antaño,
cuando se quedaba en el umbral, charlábamos. Me preguntaba si
había encontrado algo, o bien me aseguraba que tenía muy buen
aspecto. Después, entraba haciéndome con la mano una señal que
significaba: "Hasta otra vez".
Un día
me pidió que lo ayudara a llevar una caja. Habría consentido de
buena gana, pero siempre temí las hernias.
Me
negué balbuceando:
-No soy
fuerte, estuve herido.
Después
de este incidente no me dirige más la palabra.
En mi
calle hay también una carnicería.
Cuartos
de carne cuelgan, mediante un tendón, de ganchos plateados. El
banco se usa en el medio como escalón. Filetes de vaca ligados
sangran sobre papel amarillo. El aserrín se pega a los pies de los
clientes. Las pesas bruñidas están alineadas según su tamaño.
Hay una reja, como si temieran que la carne escapara.
Al
anochecer veo, a través de esa reja pintada de rojo, plantas verdes
sobre el mármol desnudo del escaparate.
El
patrón de esa carnicería no se acuerda de mí; sólo le compré
unos centavos de desecho para un gato sarnoso, el año pasado.
La
panadería está bien puesta. Cada mañana una joven lava la
vidriera. Chorros de agua siguen la pendiente de la acera.
A
través de la vidriera se ve todo el negocio con sus cristales, sus boiseries
Luis XV y sus postres en bandejas de alambre.
Aunque
esa panadería es frecuentada por gente de buen pasar, formo parte
de su clientela. El pan cuesta lo mismo en todas partes.
A veces
me detengo frente a un baratillo donde los chicos del barrio compran
cohetes.
Afuera,
sobre una mesa, hay diarios doblados de los cuales uno puede leer la
mitad de los títulos.
Sólo El
Excelsior cuelga como un mantel.
Miro las
imágenes, los clisés demasiado grandes representan siempre lo
mismo: un ring, un revólver con sus cartuchos.
Cuando
la tendera me ve llegar sale de su local. Un olor a juguetes
pintados y algodón nuevo la acompaña.
Es flaca
y vieja. Los vidrios de sus anteojos parecen lupas. Una redecilla de
niñera aprisiona su rodete reseco. Los labios han entrado en la
boca y no salen más. Su delantal negro modela un vientre que no
está en su lugar. Para cambiar cinco francos desaparece en la
trastienda.
Le
pregunto cómo está de salud.
Sería
muy descortés no responderme, de modo que menea la cabeza. La
puerta que ha dejado entreabierta me da a entender que espera que me
vaya.
Un día
levanté un diario para leer la letra chica.
Me dijo
de mal modo:
-Cuesta
tres centavos.
Tuve
deseo de decirle que había hecho la guerra, que fui gravemente
herido, que tengo la medalla militar, que cobraba una pensión, pero
comprendí de inmediato que era inútil.
Al
partir oí la puerta que se cerraba con un ruido de guardabarros.(*)
(*)
Fuente: Bové, Emmanuel. Mis amigos. Losada,
Buenos Aires, 1983. (Traducción
de Eduardo Gudiño).
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