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EL
ARTISTA COMO LUGARTENIENTE
Por Theodor Adorno
Theodor
Adorno (1903-69)
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Adorno
es uno de los pensadores claves de la escuela de Frankfurt.
Esta escuela de marxismo revisionista, arremetió contra el
postulado ortodoxo del materialismo mecanicista marxiano según
el cual el arte es producto de las tensiones de la infraestructura
económica. Tras el revisionismo frankfurtiano, el arte adquiere
cierta autonomía; su condición propia ya no es reductible
a una explicación economicista. En su famosa Teoría estética,
Adorno defendió la savia utópica del arte, su resistencia
a ser banalizado por un sentido estandarizado y repetible.
El arte utópico protege un futuro de libertad dentro de las
redes del presente; pero, a su vez, siempre late dentro de
la historicidad de la modernidad capitalista donde el hombre
padece el estrago del trabajo alienado. De ahí el necesario
compromiso ético de la creación artística con la expresión
de esa praxis negadora de lo humano. En la obra de Paul Valéry,
Adorno halló la expresión de un arte reflexivo, autocrítico,
que aspira a presentar al ser humano entero, en su amplitud.
El arte se libera así de su disolución en efectos sensoriales,
en un abstraccionismo sin correlato social. Valéry se inspira
en Degas para meditar sobre la relación entre el artista,
su obra y su compromiso con las potencialidades de un hombre
completo. El artista que se especializa en el acto creador
convierte lo especializado en estado universal, principalmente
si renuncia con tesón a los productos cerrados o el goce complaciente
y hedonista con sus propias obras. Valéry habla de una "tenacidad
infinita", a propósito de Degas y del artista que se
autotrasciende y se preserva como hombre pleno. "La
idea de dominar un día completamente la técnica
de un arte, la idea de encontrarse alguna vez en situación
de disponer de sus medios tan sin esfuerzo como se dispone
del uso normal de los sentidos y de los miembros, es uno de
esos deseos a los cuales ciertos hombres tienen que reaccionar
con una tenacidad infinita, con esfuerzos, ejercicios y tormentos
infinitos". Adorno
se interesa por el Valéry que, a pesar de su aura de autor
introspectivo, esotérico o elitista, medita con firmeza en
el artista como custodio del hombre no degradado ni mutilado. Para
la mirada adorniana, el artista obraría así como lugarteniente
del hombre sin divisiones, que supera su condición individual
y expresa las potencialidades de un sujeto más amplio, colectivo,
social: "En tal lugartenencia del sujeto social
total, de ese hombre entero y sin dividir al que apela la
idea de lo bello de Valéry, queda pensada también
una situación que extirpe el destino de la ciega soledad
individual, una situación en la que finalmente el sujeto
total se realice socialmente".
El
arte entonces aun cuando suele ser hechizado por la presunta
autosuficiencia de la obra, o por la libertad del artista como valor
absoluto, debe volver a la humanidad del creador y a su comunidad de
destino con el hombre concreto, cuya dignidad sólo puede brillar en
la trama de una sociedad no represiva.
Esteban
Ierardo
EL ARTISTA COMO LUGARTENIENTE
Por Theodor Adorno
La
recepción de Paul Valéry en Alemania, que no se ha conseguido
plenamente todavía, plantea dificultades especiales porque
su pretensión y reivindicación se basan ante
todo en la obra lírica. Apenas será necesario
perder palabras para justificar la afirmación de que
la lírica no puede ni con mucho trasponerse a una lengua
extranjera como la prosa; y aún menos la poesía
pura del discípulo Mallarmé, despiadadamente cerrada
y adensada contra toda comunicación con un lector predeterminado.
Con razón ha dicho precisamente George que la tarea de
traductor de lírica no consiste en absoluto en introducirle
en la propia lengua un autor extranjero, sino en levantarle
en ella un monumento como formula Benjamin el mismo pensamiento,
en ampliar e intensificar la propia lengua mediante la irrupción
de la obra poética extranjera en ella. A pesar de ello,
sin embargo, hoy día es imposible imaginar el material
histórico de la literatura alemana sin Baudelaire, no
obstante, o acaso gracias a la intransigencia de su gran traductor.
Nada semejante a propósito de Valéry; ya Mallarmé,
por lo demás permaneció esencialmente cerrado
para Alemania. Y si la selección de versos de Valéry
que intentó Rilke no ha conseguido nada de lo logrado
por la gran obra traductora de George o también acaso
por la traducción de Swinburne por Borchardt, la razón
de ello no es sola la ruda hostilidad del objeto.
(...)
como es sabido, la obra de Valéry no consta sola de lírica,
sino también de prosa, prosa de naturaleza verdaderamente
cristalina y que se mueve provocativamente por el estrecho filo
entre la conformación artística y la reflexión
sobre el arte. Hay en Francia jueces muy competentes. Gide entre
ellos, que conceden a esta parte de la obra de Valéry
mayor peso que a la otra. En Alemania no ha sido apenas conocida
tampoco ella, hasta hoy, si se exceptúa a Monsieur
Teste y Eupalinos. Y si en esta ocasión me
propongo hablar de uno de sus libros de prosa no es sólo
por conseguir un poco de resonancia, que no necesita mendigar,
para el célebre nombre de un autor prácticamente
desconocido en Alemania, sino también y sobre todo por
atacar con la fuerza real que alienta su obra la rígida
antítesis entre arte comprometido o engangé y arte puro.
Esta antítesis es un síntoma de la peligrosa tendencia
a la estereotipia, el pensamiento en fórmulas rígidas
y esquemáticas, que hoy produce en todas partes la industria
de la cultura y que ha penetrado también hace tiempo
en el ámbito de la consideración estética.
La producción amenaza con polarizarse en los estériles
administradores de los valores eternos por una parte y los poetas
de la desgracia por otra, de los cuales, por cierto, llega a
no saberse a veces si no les resultan muy agradables los campos
de concentración mismo, como lugares de encuentro con
la nada. Quería mostrar aquí el histórico
y social contenido que alienta precisamente en la obra de Valéry
y le evita todo precipitado e incorrecto paso a la práctica;
querría poner de manifiesto que la insistencia que se
concentra en la inmanencia formal de la obra de arte no tiene
necesariamente que ver con el elogio de ideas imprescindibles,
pero ya dañadas, y que en un arte tal y en el pensamiento que
se alimentó de él y le equivale puede manifestarse
un saber de las transformaciones que apuntan ansiosa y
premeditadamente a las transformaciones del mundo, que llegan
con ello casi a perder el peso mismo del mundo que se trata
de transformar.
El
libro al que me refiero...es Tanz, Zeichnung und Degas.
(Danza, dibujo y Degas,)...Envidia produce la capacidad que
tiene Valéry de formular juguetonamente, sin peso, las
experiencias más sutiles y difíciles, según
el programa que él mismo se pone al principio del libro
sobre Degas: "Al modo como un lector algo distraído
pasea el lápiz por los márgenes del libro y esboza,
por su distracción y por el humor del lápiz, figurillas
o arabescos indefinidos junto al texto impreso, así me propongo
escribir lo que sigue, según ocurrencia y capricho, al
margen de este par de estudios de Edgar Degas. Adjunto a esas
figuras un poco de texto que no es necesario leer, o que, al
menos, no tiene por que ser leído de un tirón,
y que no tiene, por lo demás, sino una laxa conexión
con esos dibujos, o aun más que no está en ninguna
relación directa con ellos".
(... ) No considero tarea mía hablar de Degas ni tampoco
me siento a la altura de una tal tarea. Los pensamientos de
Valéry a los que sí quiero en cambio referirme
rebasan todos el tema del pintor impresionista. Pero sin pensamientos
conseguidos gracias a esa proximidad al sujeto artístico
de que sólo es capaz aquel que produce él
mismo con responsabilidad extrema. La comprensión grande
del arte se debe o bien, en absoluta distancia a la consecuencia
del concepto, no perturbado por lo que suele llamarse de arte
- y tal es el caso de Kant o de Hegel-, o bien, en absoluta
proximidad, a la actitud de aquel que se encuentra él
mismo entre bastidores, no es público, sino que "co-realiza"
la obra de arte bajo el aspecto del hacer, de la técnica.
El entendido en arte, el hombre que penetra en él
por Einfuhlung, el hombre de gusto, está por lo
menos hoy, y probablemente siempre, en peligro de errar las
obras de arte por rebajarlas a proyecciones de su accidentalidad,
en vez de someterse a su disciplina objetiva. Valéry
ofrece el caso casi único del segundo tipo, de aquel
que sabe de la otra de parte por métier, por el
preciso proceso de trabajo, pero en el cual al mismo tiempo
ese proceso refleja tan felizmente que se transmuta en comprensión
teórica, en aquella buena generalidad que no pierde lo
singular, sino que lo conserva en sí y lo lleva a presencia
vinculatoria gracias al propio movimiento. Valéry no
filosofa sobre arte sino que rompe y penetra la ceguera del
artefacto a través de una nueva consumación, como
cerrada, de la formación artística misma. Así
expresa algo de la obligación que pesa hoy sobre toda
filosofía consciente de sí misma, la obligación
que, en el polo opuesto, el concepto especulativo, que fue alcanzada
en Alemania por Hegel hace ciento cuarenta años. El principio
de l'art pour l'art, exacerbado hasta la consecuencia extrema,
se trasciende con Valéry a sí mismo, según
la frase de las Wahlverwandtschaften para lo cual todo
lo que es en su especie perfecto alude a más allá
de su especie. La consumación del proceso espiritual
rigurosamente inmanente a la obra de arte misma significa al
mismo tiempo superación de la ceguera y la parcialidad
de la obra de arte. No es casual que el el pensamiento de Valéry
haya girado repetidamente en torno de Leonardo da Vinci, en
el cual se pone sin mediación, al principio de la época,
precisamente aquella identidad que al final de ella, y a través
de cien mediaciones, encuentra en Valéry su mas significativa
autoconciencia. La paradoja por la cual se ordena la obra entera
de Valéry, y que se anuncia también constantemente
en el libro sobre Degas, es precisamente que con toda manifestación
artística y en todo conocimiento de la ciencia lo mentado
es el hombre entero y el todo de la humanidad, pero que esa
intención no puede realizarse si no es mediante una división
del trabajo olvidada de su misma y exacerbada hasta el sacrificio
de la individualidad, hasta la entrega y pérdida del
hombre individual en cada caso.
No
soy el que arbitrariamente introduzco por interpretación
estos pensamientos en Valéry. "Lo que llamo 'arte
grande' es, en una palabra, el arte que reclama despóticamente
para sí todas las capacidades de un hombre, y cuyas obras
son tales que todas las capacidades de otro hombre tiene que
sentirse llamadas y tienen que ponerse a contribución
para poder entenderlas..." Y esto también se exige
del artista mismo como una oscura mirada de reojo histórico-filosófica,
y acaso precisamente recordando a Leonardo: "Más
de uno se preguntará aquí qué importa eso.
Yo por mi parte creo que es lo suficientemente importante que
la producción de la obra de arte intervenga el hombre
entero. Pero, ¿cómo es posible que lo que hoy
se cree sin más correcto descuidar se tomara en otro
tiempo como tan importante? Un aficionado, un entendido de la
época de Julio II o de Luis XIV se asombraría
mucho si supiera que casi todo lo que a él le pareciera
esencial en la pintura hoy no sólo se descuida, sino
que resulta del todo irrelevante para las intenciones del pintor,
y para las exigencias del público. Aún más;
cuanto más refinado es ese público, tanto mas
ha progresado, lo que quiere decir: tanto más lejos está
de aquellos anteriores ideales. Pero de lo que así se
va alejando es del hombre entero. El hombre pleno se extingue".
Dejemos de lado el si la expresión 'hombre pleno', que
suscita penosas asociaciones, ofrece traducción adecuada
de lo mentado por Valéry; en todo caso, la expresión
apunta al hombre indiviso, a aquel hombre cuyos modos de reacción
y cuyas capacidades no han sido disociadas ellas mismas según
el esquema de la división social del trabajo, enajenadas
las unas de las otras, cuajadas en funciones utilizables.
Pero
Degas, cuya insatisfactibilidad en materia de exigencia consigo
mismo desemboca, según Valéry, en esa idea del
arte, no se presenta, a pesar de ello, en las páginas
del poeta como genio universal, según es sabido, en la
plástica, sino que también escribió sonetos
que dieron lugar a curiosas controversias con Mallarmé.
Valéry dice de él:"El trabajo, el dibujo,
se convirtieron para él en pasión, en rigurosos
ejercicio, en objeto de una mística y de una ética
autosuficientes, en suprema intención que suprimía
en resolución toda obra, en impulso para tareas precisas
y nunca resuelta que le liberaban de cualquier otra curiosidad.
Era especialista y quería serlo en un ámbito que
puede exacerbarse hacia una cierta universalidad". Esta
exacerbación de la especialización hasta la universalidad,
la desmedida intensificación de la producción según
la división del trabajo, contiene según Valéry
el potencial de una contraofensiva posible contra aquella decadencias
de las fuerzas humanas -en el reciente lenguaje de psicologia
se diría: contra aquella debilitación del yo-
por la que se interesa la especulación de Valéry.
Este reproduce una manifestación de Degas cuando tenía
diecisiete años: "Hay que tener una opinión alta
no tanto de aquello que se está haciendo por el momento,
sino más bien de lo que un día se habrá por hacer;
sin esto no vale la pena trabajar". Valéry lo interpreta
así: "De este modo habla el orgullo auténtico,
contraveneno de toda vanidad. Del mismo modo que el jugador
medita febrilmente sobre sus partidas, se ve acosado de noche
por el fantasma del tablero de ajedrez o de la mesa de juego,
en la que caen las cartas, por combinaciones tácticas
y soluciones tan apasionantes como nulas, así también
el artista que lo es esencialmente. Un hombre que no sea acosado
constantemente por una presencia tan violentamente consumadora
es un hombre sin destino: tierra en barbecho. El amor,
sin duda, y la ambición, lo mismo que la codicia, exigen
mucho espacio en una vida humana. Pero la presencia de un fin
seguro y la certeza, con él ligada, de que esa meta se
encuentra cerca o lejos, alcanzada o no alcanzada, ponen determinados
límites a esas pasiones. En cambio, el deseo de crear
algo, de lo que nazca un poder o una perfección mayores
de lo que nosotros mismos esperamos de nosotros aleja infinitamente
al objeto en cuestión, que se escapa y se niega en todo
momento terreno. Cualquier progreso por nuestra parte lo aleja
tanto como lo embellece. La idea de dominar un día completamente
la técnica de un arte, la idea de encontrarse alguna
vez en situación de disponer de sus medios tan sin esfuerzo
como se dispone del uso normal de los sentidos y de los miembros,
es uno de esos deseos a los cuales ciertos hombres tienen que
reaccionar con una tenacidad infinita, con esfuerzos, ejercicios
y tormentos infinitos". Y Valéry resume la paradoja
de la especialización universal: "Flaubert, Mallarmé,
cada uno en su campo y a su modo, son ejemplos literarios de
la plena consunción de una vida al servicio de la exigencia
imaginarias y omnicomprensiva que pusieron en el arte de escribir".
Me
será permitido recordar mi afirmación que atribuye
al sospechoso artista y esteta Valéry más
profunda comprensión de la esencia social del arte que a la
doctrina de la aplicación práctico-política
inmediata del mismo. Esa afirmación está ahora
robustecida. Pues la teoría de la obra de arte comprometida
o engagée tal como hoy circula por todas partes,
se coloca por encima- sin verlo- del hecho, ineliminables en
la sociedad del trueque, de la extrañación entre los
hombres así como entre el espíritu objetivo y la sociedad
que él expresa y juzga. Esa teoría pretende que
el arte hable directamente a los hombre, como si en un punto
de universal mediación fuera posible realizar inmediatamente
lo inmediato. Con ello precisamente degrada palabra y forma
a nivel de meros medios, a elementos del contexto de influencia,
a manipulación psicológica, y mina la coherencia
y la lógica de la obra de arte, la cual no puede ya desarrollarse
según la ley de la propia verdad, sino que tiene que
seguir la línea de mínima resistencia de los consumidores.
Valéry es actual, y es precisamente lo contrario de ese
esteta en que lo ha convertido el vulgar prejuicio, pues
contraponen al espíritu corto y pragmático la
exigencia de la cosa inhumana, y ello por amor de lo humano.
Y que la división del trabajo no puede eliminarse por
su mera negación, que el frío del mundo racionalizado
no puede eliminarse por irracionalidad decretada, esto es una
verdad social demostrada del modo más palpable por el
fascismo. Sólo por un más, por un suplemento,
de razón, no por un menos, pueden sanar las heridas inferidas
por el instrumento razón al todo "no racional"
de la humanidad.
Y
en todo esto Valéry no ha asumido ingenuamente la posición
de artista solitario y alienado, no ha hecho abstracción
de la historia, no se ha hecho ilusiones acerca del proceso
social que terminó en esa alienación. Contra los
arrendatarios de la intimidad privada, contra la astucia que
tantas veces ha probado su función de mercado al hacer
el pregón de aquel que, con toda pureza, no mira ni a
derecha ni a izquierda, cita Valéry una hermosa frase
de Degas: "Este es uno más de esos eremitas que
saben a qué hora sale el próximo tren", Con
toda dureza, sin el menor añadido ideológico, con una
desconsideración que no sería capaz de conseguir
ningún teórico de la sociedad, Valéry proclama
la contradicción del trabajo artístico como tal
con las condiciones sociales de la producción material
hoy dominantes. Como Karl August Jochmann más de cien
años antes en Alemania, Valéry acusa al arte de arcaísmo:
"A veces se me ocurre la idea de que el trabajo del artista
sea un trabajo de naturaleza arcaica; y el artista mismo algo
sobrepasado; un individuo perteneciente a una clase agonizante
de trabajadores o artesanos que realiza trabajo a domicilio
según métodos y experiencias muy personales, que
vive en familiar confusión con sus instrumentos, sin
tener ojos para lo que le rodea, sin ver más que lo que
quiere ver, que pone al servicio de sus fines ollas rotas, trastos
caseros y otras cosas, mas superfluas en sí...
¿Cambiará
alguna vez esa situación? ¿Se verá un día,
en lugar de ese extraño ser que utiliza instrumentos tan dependientes
de la casualidad, un caballero cuidadosamente vestido de blanco,
con guantes de goma, en un laboratorio de pintura, trabajando
según horario estricto, disponiendo de aparatos
rigurosamente
especializados y de selectos instrumentos, con cada cosa en
su sitio, con precisa aplicación para cada útil?...Por
el momento, ciertamente, la casualidad no ha sido aún
eliminada de nuestro hacer, del mismo modo que no lo ha sido
el misterio en la técnica, ni la borrachera por los horarios
fijos; pero no garantizo nada al respecto". Seguramente
podría describirse la utopía irónica de
Valéry como el intento de mantenerse fiel a la obra de
arte y liberarla al mismo tiempo, por la modificación
del procedimiento, de la mentira que hoy parece afectar a todo
arte, y especialmente a la lírica, que se mueve bajo
las dominantes condiciones tecnológicas. El artista debe
transformarse en instrumento, hacerse incluso cosa, si no quiere
sucumbir a la maldición del anacronismo en medio de un
mundo cosificado. Valéry resume el proceso en una frase:
"El artista destaca y se retira, se inclina unas veces
hacia ese lado, otras hacia el otro, lanza miradas, se comporta
como si su cuerpo entero no fuera más que instrumento
auxiliar de sus ojos, y como si él mismo no fuera, desde
la coronilla hasta los pies, más que instrumento al servicio
del enmarcar, puntear, rayar, precisar". Con esto empieza
Valéry su ataque a esa noción infinitamente difusa
de la esencia de la obra de arte que, según el modelo
de la propiedad privada, le atribuye a aquel que lo ha conseguido.
Mejor que cualquier otro sabe Valéry que el artista no
"pertenece" sino lo mínimo de sus formaciones;
que en verdad el proceso artístico de producción,
y con ello también el despliegue de la verdad contenida
en la obra de arte, tiene la rigurosa forma de una legalidad
impuesta por la cosa, y que frente a eso la cantada libertad
creadora del artista no tiene apenas peso. En esto coincide
Valéry con otro artista de su generación, tan
consecuente como él, tan incómodo como él
- Arnold Schonberg-, que todavía en su último
libro, Style and Idea, expone que la gran música
consiste en la satisfacción de "obligations",
obligaciones que el compositor contrae por así decirlo
con la primera nota que escribe. Con el mismo espíritu
dice Valéry: "En todos los terrenos el hombre verdaderamente
fuerte es el que mejor comprende que no se le regala nada, que
todo tiene que hacerse, comprarse; el hombre que tiembla cuando
no nota resistencias; el que se las pone a sí mismo...
En este hombre la forma es una decisión fundada".
En la estética de Valéry impera una metafísica
de lo burgués. Al final de la época burguesa Valéry
quiere limpiar al arte de la tradicional maldición de
su insinceridad, hacerlo honesto. Espera de él que pague
sus deudas, las deudas en que cae inevitablemente toda obra
de arte al ponerse como real sin ser real. Está permitido
dudar de que la concepción de la obra de arte propia
de Valéry y de Schonberg, trazada según el modelo
del acto mercantil de trueque, obedezca a la entera verdad,
o si no está más bien sometida aquella constitución
de la existencia , no colaborar con la cual exige, a pesar de
ello, la concepción de Valéry. Pero a pesar de
todo hay un elemento liberador en la autoconciencia que finalmente
el arte burgués logra de sí mismo como burgués
en cuanto se toma en serio como la realidad que no es. Lo cerrado
de la obra de arte, la necesidad de su propio sello, tiene que
sanarla de la accidentalidad por la cual se encuentra a remolque
de la constricción y del peso de lo real. La afinidad
de la filosofía del arte de Valéry con la ciencia,
y también su afinidad electiva con Leonardo, debe buscarse
en el momento de la obligación objetiva, no en un desdibujarse
de los límites de ambos ámbitos.
Su
subrayar técnica y racionalidad frente a la mera intuición
que se trata de integrar; su destacar el proceso diferente a
la obra ya lista para siempre: todo eso no puede entenderse
del todo sino sobre la base del trasfondo del juicio de Valéry
acerca de las amplias tendencias de desarrollo del arte más
reciente. En este arte percibe Valéry una retirada de
las fuerzas constructivas, una entrega a la receptividad sensible
-en una palabra y en verdad, la debilitación de las fuerzas
humanas, del objeto total al que Valéry refiere todo
arte. Las palabras que, como en despedida, dedica a la poesía
y a la pintura de la obra impresionista podrán acaso
entenderse en Alemania del mejor modo si se aplican a Richard
Wagner y Strauss, cuya ficha, por así decirlo, trazan
involuntariamente. "Una descripción se compone de
frases que, en general, pueden intercambiarse unas por otras;
puedo describir una habitación por medio de una serie
de frases cuya sucesión es más o menos irrelevante.
La mirada vaga como quiere. Nada es más natural ni más
cercano a la ¡verdad que ese libre vagar, pues...la verdad es
lo dado por la casualidad...Pero si esa aproximación
sin vinculación, junto con la costumbre de ligereza que
de ella resulta, empieza a predominar en las obras, es posible
que acabe por llevar al escritor a renunciar a toda abstracción,
del mismo modo que ahorrará al lector todo deber, por
mínimo que sea, de atención para hacerlo exclusivamente
repetido por efectos momentáneos, por la convincente
violencia del shock...Este modo de creación artística,
sin duda defendible en principio y al que debemos tantas cosas
hermosas, lleva de todos modos, igual que el abuso hecho del
paisaje, a una debilitación de la espiritualidad del
arte". Y casi a continuación y aún más
radicalmente: "El arte moderno busca casi exclusivamente
la explotación de la faz sensible de nuestra capacidad
receptiva, a costa de la sensibilidad general o anímica,
a costa de nuestras fuerzas constructivas, así como de
nuestra capacidad de sumar intervalos de tiempo para realizar
transformaciones con la ayuda del espíritu. Es un arte
que sabe muy bien suscitar atención y que aplica todos
los medios para conseguirla: tensiones exacerbadas, contrastes,
enigmas, sorpresas. A veces consigue botines preciosos, gracias
a sus sutiles procedimientos o a la audacia de la ejecución:
situaciones muy complicadas o muy fugaces, valores irracionales,
sensaciones en germen, resonancias, concordancias, premoniciones
de incierta profundidad...pero todas estas conquistas tiene
que pagarse".
Aquí
se descubre por fin completamente el contenido en verdad social
de Valéry. Valéry pone la antípoda a las
modificaciones antropológicas ocurridas bajo la cultura
de masas de la era industrial tardía, dominada por regímenes
totalitarios o trust gigantescos, y que reduce a los
hombres a mero aparatos de recepción, a puntos referenciales
de conditioned reflexes y prepara así la situación
de ciego dominio y nueva barbarie. El arte que él muestra
a los hombres, tal como éstos son, significa fidelidad
a la imagen posible del hombre. La obra de arte que exige lo
sumo, tanto de la propia lógica y de la propia concordancia
cuanto de la concentración del que la recibe, es para
Valéry símbolo del sujeto dueño y consciente de
sí mismo, de aquel que no capitula. No casualmente cita
con entusiasmo una declaración de Degas contra la resignación.
Su obra entera es toda ella una protesta contra la mortal tentación
de hacerse las cosas fáciles renunciando a la felicidad
total y a la verdad entera. Mejor perecer en lo imposible. El
arte densamente organizado, articulado sin lagunas y sensualizado
precisamente por su fuerza de conciencia, ese arte que busca
Valéry, es apenas realizable. Pero ese arte encarna la
resistencia contra la presión indecible que el mero ente
ejerce sobre lo humano. Ese arte está en representación
de aquello que podríamos ser. No atontarse, no dejarse
engañar, no colaborar: tales son los modos de compartamiento
social que se decantan en la obra de Valéry, la obra
que se niega a jugar el juego del falso humanismo, del acuerdo
social con la degradación del hombre. Construir obras
de arte significa para él negarse al opio en el que se
ha convertido el gran arte de los sentidos desde Wagner, Baudelaire
y Manet; defenderse de la humillación que hace de las
obras, medios y de los consumidores víctimas del tratamiento
psicotécnico.
Se
trata del derecho social del Valéry etiquetado como esotérico,
se trata de aquello con lo cual su obra afecta a cada cual,
incluso y precisamente porque desprecia repetir las palabras
de nadie. Pero estoy esperando ahora una objeción y no
querría tomarla ligera y despectivamente. Puede preguntarse
en efecto si la obra y en la filosofía de Valéry,
después de lo que ha pasado desde entonces y en vista
de lo que aún amenaza, no está desmedidamente sobrestimado
el arte; si no pertenece por eso mismo y a pesar de lo demás
a ese siglo XIX cuya estética limitación percibí
tan claramente. Puede preguntarse además si, a pesar del giro
objetivo que da a la interpretación de la obra de arte,
Valéry no concede una metafísica del artista,
a la manera, por ejemplo, de Nietzsche. No me atreveré
a decidir si Valéry, o Nietzsche también, han
sobreestimado el arte. Pero sí que, para terminar, querría
decir algo acerca de la cuestión de la metafísica
del artista. El sujeto estético de Valéry- trátese
de él, de Leonardo, o de Degas -no es sujeto en el primitivo
sentido del artista que se expresa. Toda la concepción
de Valéry se resuelve contra esa noción, contra
la entronización del genio, tal como ésta arraiga,
profundamente, en la estética alemana sobre todo desde
Kant y Schelling. Lo que Valéry exige al artista, la
autolimitación técnica, el sometimiento a la cosa,
no tiende a la limitación, sino a la ampliación.
El artista portador de la obra de arte no es el individuo que
en cada caso la produce, sino que por su trabajo, por su pasividad
actividad, el artista se hace lugarteniente del sujeto social
y total. Sometiéndose a la necesidad de la obra de arte,
el artista elimina de esto todo lo que pudiera deberse pura
y simplemente a la accidentalidad de su individuación.
En tal lugartenencia del sujeto social total, de ese hombre
entero y sin dividir al que apela la idea de lo bello de Valéry,
queda pensada también una situación que extirpe
el destino de la ciega soledad individual, una situación
en la que finalmente el sujeto total se realice socialmente.
El arte que llega a sí mismo en la consecuencia de la
concepción de Valéry rebasaría el arte
y se consumaría en la vida recta de los hombres.
(*)
(*)
Fuente: Versión parcial de
Theodor Adorno,
"El artista como lugarteniente", en Crítica cultural y
Sociedad, Colección Grandes pensadores, ed. Sarpe, Madrid, pp.
205-219 (trad. Manuel Sacristán).
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