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LA
MISIÓN DEL ESCRITOR
Por Albert Camus
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Albert Camus (1913-1960)
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En este nuevo momento de Textos olvidados en Temakel incluimos el
discurso pronunciado por Camus cuando se le entregó el Premio nobel
de Literatura en Estocolmo, en 1958. El trasfondo de las obras
cruciales de Camus, como El extranjero, La peste, La
caída, o los ensayos El mito de Sísifo o El hombre
rebelde, surgen aquí como parte de una cosmovisión
trascendente que el escritor asume frente a su tiempo.
La
versión que aquí presentamos fue previamente editada en Visionarios
implacables, una antología de algunos de los más destacados
artículos publicados en la Revista Mutantia, que, en los años
sesenta, impulsada por Miguel Grinberg, animó la recuperación de
muchas de las expresiones de una cultura crítica y creadora.
E.I
LA
MISIÓN DEL ESCRITOR
Por Albert Camus
Al
recibir la distinción con que vuestra libre academia ha querido
honrarme, mi gratitud es tanto más profunda cuanto que
mido hasta qué punto esa recompensa excede mis méritos
personales.
Todo hombre, y con mayor razón todo artista, desea que se reconozca
lo que él es o quiere ser. Yo también lo deseo. Pero al conocer
vuestra decisión me fue imposible no comparar su resonancia
con lo que realmente soy. ¿Cómo un hombre casi joven todavía
rico sólo de dudas, con una obra apenas en desarrollo,
habituado a vivir en la soledad del trabajo o en el retiro de
la amistad, podría recibir, sin cierta especie de pánico,
un galardón que le coloca de pronto, y solo, en plena
luz? ¿Con qué estado de ánimo podría recibir
ese honor al tiempo que, en tantas partes, otros escritores,
algunos entre los más grandes, están reducidos
al silencio y cuando, al mismo tiempo, su tierra natral conoce
incesantes desdichas?
Sinceramente he sentido esa inquietud y ese malestar. Para
recobrar mi inquietud y este malestar. Para recobrar mi paz
interior me ha sido necesario ponerme a tono con un destino
harto generoso. Y como me era imposible igualarme a él
con el sólo apoyo de mis méritos, no ha llegado
nada mejor, para ayudarme, que lo que me ha sostenido a lo largo
de mi vida y en las circunstancias más opuestas: la idea
que me he forjado de mi arte y de la misión del escritor.
Permitidme que, aunque sólo sea en prueba de reconocimiemto
y amistad, os diga, con la sencillez que me sea posible, cuál
es esa idea.
Personalmente, no puedo vivir sin mi arte. Pero jamás
he puesto ese arte por encima de toda otra cosa. Por el contrario,
si él me es necesario, es porque no me separa de nadie
y que me permite vivir, tal como soy, al nivel de todos. A mi
ver, el arte no es una diversión solitaria. Es un medio
de emocionar al mayor número de hombres ofreciéndoles
una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes.
Obliga, pues al artista a no aislarse; muchas veces he elegido
su destino más universal. Y aquellos que muchas veces
han elegido su destino de artistas porque se sentían
distintos, aprenden pronto que no podrán nutrir su arte
ni su diferencia sino confesando su semejanza con todos.
El
artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo
a los demás; equidistantes entre la belleza, sin la cual
no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse.
Por eso los verdaderos artistas no desdeñan nada; se obligan
a comprender en vez de juzgar, y sin han de tomar un partido
en este mundo, este sólo puede ser el de una sociedad
en la que según la gran frase de Nietzsche, no ha de
reinar el juez sino el creador, sea trabajador o intelectual.
Por lo mismo, el papel del escritor es inseparable de difíciles
deberes. Por definición, no puede ponerse al servicio
de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la
sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo, privado hasta
de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía,
con sus millones de hombres, no le arrancarán de la soledad,
aunque consienta en acomodarse a su paso y, sobre todo, si lo
consintiera. Pero el silencio de un prisionero desconocido,
basta para sacar al escritor de su soledad, cada vez, al menos,
que logra, en medio de los privilegios de su libertad, no olvidar
ese silencio, y trata de recogerlo y reemplazarlo para hacerlo
valer mediante todos los recursos del arte.
Ninguno
de nosotros es lo bastante grande para semejante vocación.
Pero en todas las circunstancias de su vida, obscuro o provisionalmente
célebre, aherrojado por la tiranía o libre de
poder expresarse, el escritor puede encontrar el sentimiento
de una comunidad viva, que le justificara a condición
de que acepte, en la medida de lo posible, las dos tareas que
constituyen la grandeza de su oficio: el servicio de la verdad
y el servicio de la libertad. Y pues su vocación es agrupar
el mayor número posible de hombres, no puede acomodarse
a la mentira y a la servidumbre que, donde reinan, hacen proliferar
las soledades. Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales,
la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos
imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir
respecto de lo que se sabe y la resistencia a la opresión.
Durante
más de veinte años de una historia demencial, perdido
sin recurso, como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones
del tiempo, sólo me ha sostenido el sentimiento hondo
de que escribir es hoy un honor, porque ese acto obliga, y obliga
a algo más que a escribir. Me obligaba, esencialmente,
tal como yo era y con arreglo a mis fuerzas, a compartir, con
todos los que vivían mi misma historia, la desventura
y la esperanza. Esos hombres -nacidos al comienzo de la primera
guerra mundial, que tenían veinte años a tiempo de instaurarse,
a la vez, el poder hitleriano y los primeros procesos revolucionarios,
y que para poder completar su educación se vieron enfrentados
luego a la guerra de España, la segunda guerra mundial, el universo
de los campos de concentración, la Europa de la tortura
y las prisiones -se ven obligados a orientar sus hijos y sus
obras en un mundo amenazado de destrucción nuclear. Supongo
que nadie pretenderá pedirles que sean optimistas. Hasta que
llego a pensar que debemos ser comprensivos, sin dejar de luchar
contra ellos, con el error de los que, por un exceso de desesperación,
han reivindicado el derecho y el deshonor y se han lanzado a
los nihilismos de la época. Pero sucede que la mayoría
de nosotros, en mi país y en el mundo entero, han rechazado
el nihilismo y se consagran a la conquista de una legitimidad.
Les ha sido preciso forjarse un arte de vivir para tiempos catastróficos,
a fin de nacer una segunda vez y luchar luego, a cara descubierta,
contra el instinto de muerte que se agita en nuestra historia.
Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer
el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrías
hacerlo, pero su tarea es quizá mayor. Consiste en impedir
que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida
en la que se mezclan revoluciones fracasadas, las técnicas
enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas;
en la que poderes mediocres, que pueden destruirlo todo, no
saben convencer; en que la inteligencia se humilla hasta ponerse
al servicio del odio y de la opresión, esa generación
ha debido, en sí misma y a su alrededor, restaurar, partiendo
de sus amargas inquietudes, un poco de lo que constituye la
dignidad de vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de desintegración,
en el que nuestros grandes inquisidores arriesgan establecer
para siempre el imperio de la muerte, sabe que debería,
en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre
las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar
de nuevo el trabajo y la cultura y reconstruir con todos los
hombres una nueva Arca de la alianza. No es seguro que esta
generación pueda al fin cumplir esa labor inmensa, pero
lo cierto es que, por doquier en el mundo, tiene ya hecha, y
la mantiene, su doble apuesta en favor de la verdad y de
la libertad y que, llegado al momento, sabe morir sin odio por
ella.
Es
esta generación la que debe ser saludada y alentada donde
quiera que se halla y, sobre todo, donde se sacrifica. En ella,
seguro de vuestra segura aprobación, quisiera yo declinar
hoy el honor que acabáis de hacerme.
Al
mismo tiempo, después de expresar la nobleza del oficio
de escribir, querría yo situar al escritor en su verdadero
lugar, sin otros títulos que los que comparte con sus
compañeros de lucha, vulnerable pero tenaz, injusto pero apasionado
de justicia, realizando su obra sin vergüenza ni orgullo, a
la vista de todos; atento siempre al dolor y la belleza; consagrado,
en fin, a sacar de su ser complejo las creaciones que intenta
levantar, obstinadamente, entre el movimiento destructor de
la historia.
¿Quién,
después de esos, podrá esperar que el presente
soluciones ya hechas y bellas lecciones de moral? La verdad
es misteriosa, huidiza, y siempre hay que tratar de conquistarla.
La libertad es peligrosa, tan dura de vivir como exaltante.
Debemos avanzar hacia esos dos fines, penosa pero resueltamente,
descontando por anticipado nuestros desfallecimientos a lo largo
de tan dilatado camino. ¿Qué escritor osaría,
en conciencia, proclamarse predicador de virtud? En cuanto a
mí, necesito decir una vez más que no soy nada
de eso. Jamás he podido renunciar a la luz, a la dicha
de ser, a la vida libre en que he crecido. Pero aunque esa nostalgia
explique muchos de mis errores y de mis faltas, indudablemente
me ha ayudado a comprender mejor mi oficio y también
a mantenerme, decididamente, al lado de todos esos hombres silenciosos,
que no soportan en el mundo la vida que les toca vivir más
que por el recuerdo de breves y libres momentos de felicidad
y esperanza de volverlos a vivir.
Reducido así a lo que realmente soy, a mis verdaderos
límites, a mis deudas y también a mi fe difícil,
me siento más libre para destacar, al concluir, la magnitud
y generosidad de la distinción que acabáis de
hacerme. Más libre también para deciros que quisiera
recibirla como homenaje rendido a todos los que, participando
en el mismo combate, no han recibido privilegio alguno y, en
cambio, han conocido desgracias y persecuciones. Sólo
me resta daros las gracias, desde el fondo de mi corazón,
y haceros públicamente, en prenda de personal gratitud,
la misma y vieja promesa de felicidad que cada verdadero artista
se hace a sí mismo, silenciosamente, todos los días.
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Fuente:
Albert Camus, "La misión
del escritor", antología de Visionarios Implacables,
Buenos Aires, Mutantia, pp.20-23.
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