EL
MITO DE LA EDAD, SÍMBOLO DE LA SABIDURÍA EN LA SOCIEDAD AFRICANA
Por Joseph-Marie
Awouma
Desde
hace milenios hay en el pensamiento humano dos nociones que
siempre han estado, con el consenso universal, íntimamente
unidas: la de ancianidad y la de sabiduría. La sabiduría
de los viejos, mito común a toda la Humanidad, responde
seguramente a una necesidad del hombre, a su seguridad y también
a cierta actitud fundada en el criterio intelectual denominado
experiencia. Entonces, ¿por qué llamarla mito? Aquí
se puede entender por mito una representación conceptual
o una idea, cuyo valor -conferido por un grupo, o una sociedad,
y aun la Humanidad- orienta cierto modo de pensar o comportarse.
De donde resulta que la edad avanzada, o ancianidad, es un
hecho apodíctico que el consenso de los hombres atribuye
y adjudica a la noción de sabiduría.
Esta, a su vez, determina, la actitud del individuo frente
a sí mismo y a su ambiente, lo que se refleja en su
conducta, motivaciones y arte de vivir.
A
primera vista, la sabiduría parece ser un complejo
de soluciones debidas a la observación y la prueba,
es decir, a la experiencia, que, por su parte, la ancianidad
resulta de un fenómeno biológico: la medida
del tiempo vivido, cuya longitud es el factor determinante,
A estos fenómenos se agregan otros del ámbito
físico, psicológico, intelectual y moral, sin
que podamos preferir a uno en detrimento de los otros. El
problema consiste en saber sí, en medio de las transformaciones
socio-económicas y políticas, en medio de las
variaciones de los hechos científicos y de sus consecuencias
sobre el pensar y vivir de los individuos y, a pesar del gran
desarrollo de los medios de comunicaciones, en especial, los
mass media, este mito de la edad avanzada como símbolo
de la sabiduría puede mantenerse aun hoy en su integridad
e inmutabilidad, aceptando la clásica numeración
de los años, el valor que les confiere la experiencia y el
que, generalmente, le conferimos a ésta.
El
pasado histórico de las civilizaciones, la literatura
escrita u oral de los pueblos, atestigua esta situación
privilegiada de la ancianidad. La tendencia de las sociedades
antiguas insistía en confiar a los viejos del gobierno
de la comunidad, o directa o indirectamente. Asimismo, la
justicia - culminación de las instituciones sociales-
se mantuvo casi siempre en manos de la gerousia y los
gerontes. Podemos leerlo en Glotz:
"La
constitución de Atenas...que permite a todos los ciudadanos
ingresar en la ekklesia desde que son mayores de edad,
no les abre la bouleia ni la heliea sino después
de los treinta años, ni los admite a administrar justicia
arbitral como diaitetés ante de los sesenta".
Por
tanto, toda decisión que repercuta en la vida del grupo
o de la sociedad debe ser tomada por hombres a los que la
edad ha puesto en situación de dar dictámenes
sabios; es decir, que se descarta la precipitación,
la prisa y el apasionamiento y el amortiguamiento de toda
pasión. Hermes, a quien suele representarse con espesa
barba, es el personaje típico del mito griego del intelecto;
con sus sandalias aladas, además de ser mensajero de
Zeus, simboliza la fuerza de la elevación. También
los viejos, por su habitual delgadez, tienen formas menos
pesadas, y en ellos el espíritu se eleva por encima
de la materia. Este mito invade las civilizaciones de todos
los tiempos, sin exceptuar a la Europa medieval y moderna,
en las que se mantiene el prestigio de los viejos, y hasta
el poderío gerontocrático, todo lo cual se refleja
en las respectivas literaturas, espejo de las sociedades,
con múltiples ejemplos.
Los
escritores moralista, que han querido dar forma de sabiduría
práctica y eterno a los hombres, suelen poner en el
haber de los viejos la buena conducta y las palabras ejemplares.
Y son precisamente los filósofos del Iluminismo los
que encuentran totalmente cómodo exponer sus ideas
de mejoramiento humano y buena organización de la
comunidad
por intermedio de sus ejemplares viejos.
En
las sociedades sin escritura, los viejos eran la garantía
de conservación y continuidad de las tradiciones, así
como de la estabilidad social; y todo ello tanto por sus
palabras como por su ejemplos. Es que la transmisión
de la herencia del pasado en beneficio del presente y del
porvenir sólo podía estar asegurada por quienes
habían oído a otros viejos, a la vez que había
vivido los hechos más notorios y susceptibles de aportar
cierta vitalidad y virtudes morales eficientes para la edificación
del grupo social, pues los problemas de la vida se resuelven
con ejemplos y consejos. Quienes habían oído
mucho y bueno eran los más indicados para mantener
bien el ambiente social, y nadie mejor que los viejos, que
podían, si llegaba el caso, citar su ejemplo personal
o las soluciones que habían visto o aprendido oyendo
a los mejores ancianos desaparecidos. Además, casi
siempre, los jefes de familia se preocupan de designar, poco
antes de morir, a quien había de continuarlos en la
protección intelectual y moral de la generación
siguiente; lo que significa que, para servir de símbolo
de la sabiduría, había que poseer no sólo
cualidades físicas -de las que ya habrían dado
pruebas durante su juventud y edad madura-, sino también
dotes morales y palabra persuasiva, para hacer de todo ello
el ejemplo de los jóvenes.
Si
en las civilizaciones que gozaron del don de la escritura,
los ciudadanos prefirieron normalmente rendir su homenaje
y acatamiento a los ancianos, con más razón
habría de ocurrir todo eso y en mayor grado en las
sociedades carentes de escritura, donde resultaba indispensable
la presencia y palabra de los ancianos para asegurar la buena
marcha del grupo social, el buen funcionamiento de las instituciones
y la estabilidad de la moral. En este caso, los viejos tenían
que ejercer con más razón las funciones de inspiradores,
jueces, jefes religiosos y hasta poetas para subsiguientes
conjuntos de
personas en las que no solía darse la
evolución rápido como fenómeno característico.
De este modo, los ancianos resultaban partícipes, tal
como los veían sus sucesores, del mundo presente y
del mundo del más allá. Así lo dicen
los antropólogos:
"La ancianidad es, para los bantúes, símbolo de
sabiduría, pues los viejos conservan las tradiciones
de la tribu y son responsables de su continuidad. A los que
ya son muy viejos se los asimila con los antepasados"
(J.Rouméguére-Eberhardt, Pensée et societé africaines, París,
1963, pag.31)
De aquí que entre esas gentes sea común la creencia
de que los ancianos pueden interpretar el sentido exacto de
los sueños y de los presagios, ya que todos creen que los
ancianos se comunicaban con los muertos y los espíritus.
Siempre es un viejo el que preside las ceremonias rituales
o iniciativas para conservar su mejor aplicación,
la liturgia y el sentido de las palabras y los gestos; su
función desborda el cuadro de las actividades cotidianas,
sin limitarse al simple proceso de aportar soluciones inmediatas
a los problemas de la vida diaria. Es que el anciano es el
depositario de la cultura, y a él le corresponde explicar
a los jóvenes el sentido de las adivinanzas y los
enigmas, el esoterismo y simbolismo de los personajes de los
cuentos y fábulas, así como el contenido sentencioso
de los proverbios. Como jefe espiritual que es, tiene que
explicar los mitos y sus valores idealizantes y extraer la
sustancia contenida en las leyendas y epopeyas, que son relatos
destinados a mantener la fuerza espiritual y la cohesión
del grupo social. Este conjunto de responsabilidades confiere
al anciano una aureola que le atrae el respeto y sumisión
de todos; así, aunque sea débil físicamente,
siempre resultara fuerte al manejar esa arma tremenda
que es su palabra, por lo que todo temerán la maldición
que ocasionalmente lance el anciano contra alguien o algo,
y tanto si es un individuo como si es un grupo entero. Es
que pasa por vidente y profeta, ya que se comunica permanentemente
con los antepasados, los espíritus y Dios...
Ahora bien, los tiempos cambian; por lo que tenemos que preguntarnos
si las sociedades africanas actuales prestan a sus ancianos
análogo respeto y aun veneración. El hecho de
que ahora se adquieran con más rapidez y precocidad
ciertos conocimientos y ciertas experiencias, ¿no estará
bajando a los ancianos de su clásico pedestal? La escritura
y los libros han socavado la imagen del anciano sabio, prudente,
ponderado y fundamento del grupo social, pues la instrucción
ha reducido el gran abismo que existía entre los conocimientos
de la edad avanzada y los de la juventud. Ahora hasta es posible
preguntarse si los ancianos no habrán confundido su
saber moral con el auténtico saber reflexivo y conceptual;
quizá podemos conciliar la frase de Pascal que decía:
"La humanidad se asemeja a un solo hombre que existe
y piensa", con la de La Bruyére que confirma:
"Todo está dicho, y hace más de siete mil
años que resulta tardío y excusado asegurar que hay
hombres y que piensan".
(...) Las características preferidas en el anciano
son: la experiencia (que da la sabiduría), la inteligencia,
la equidad, la abnegación y mucha serenidad, es decir,
que debe tener reacciones lentas y pesar bien sus palabras,
ya que sus consecuencias sobre el ambiente social son incalculables.
El retrato del viejo Oundjo en Kocoumbo, el Ake Loba,
resume el conjunto de ideas que la sociedad tradicional tenía
acerca de su anciano: es tribuno y protector; es moderado
y pilar de buenos ejemplos; es el guardián de las costumbres
y la encarnación de la ciencias de los muertos; debe
su longevidad al hecho que ha vivido sin excesos ni odios,
y por todo ello es apto para conducir a sus sucesores.
"Tal
patriarcas no interviene sino para dilucidar algún
debate difícil, sobre todo cuando se trata del interés
general de la tribu. Sus decisiones son entonces infalibles,
y nadie puede dudar de sus palabras. Todo lo que diga será
producto maduro de sus experiencias, juicios y comprobaciones
"(Jomo Kenyatta, Au pied du mont Kenya, Maspero, París,
1960)
Sin embargo, la edad avanzada no ofrece por sí sólo,
garantía suficiente para asegurar la protección
del grupo social o hacerse obedecer por él. Es que la
sociedad africana disponía también de un sistema
de elección "natural", que se hacía
estimando los méritos de un hombre joven sin que él
se enterase; se observaba su prontitud de espíritu,
sus reacciones ante los problemas familiares y su energía
para conducir bien sus propios negocios; los ancianos se ponían
"a prueba" encargándole comisiones cada vez
más importantes, como ir a llevar víveres o
animales a las tribus vecinas, o acompañar a los viejos que
tenían que viajar; después, cada vez que el
grupo deliberada sobre algún problema de cierta gravedad,
el joven debía asistir a las sesiones y a sus consecuencias
públicas. Así es como aprendía a conducir
los debates, a la vez que el arte de velar sus pensamientos
mediante proverbios o cuentos significativos...aunque rara
vez participaba de las deliberaciones propiamente dichas.
Esta
lenta formación aseguraba el relevo; y no sólo
para la tribu en general, sino que, por similar procedimiento,
cada jefe de familia podía descubrir, entre sus hijos
varones, al que sería capaz de reemplazarlo.
(...)
El prestigio y consiguiente poder del anciano se basa en su
conocimiento del mundo visible y del invisible. Aunque no
se presente como curandero ni adivino, se supone que tiene
amplio saber sobre la naturaleza del cuerpo humano, de los
animales y vegetales; por tanto, todo respetarán las
advertencias que dicte como oportunas para conservar mejor
la salud de su grupo. A su vez, él está por
encima de tales reglas, ya que su cuerpo es aguerrido y se
ha templado en mil experiencias, por lo que ya se considera
al margen de las leyes biológicas y exento de ciertas
obligaciones sociales como lo es, por ejemplo, la procreación,
tan importante para el porvenir del grupo.
Gozan
casi siempre los ancianos de una situación ambigua,
pues lo mismo tiene que descifrar los presagios concernientes
a su grupo social, que explica los sueños, cuando estos afectan
a la comunidad. Evidentemente, el equilibrio y la estabilidad
de sus grupos sociales dependen de ellos. Cuando hay que acudir
a ceremonias rituales, para purificar, por ejemplo, a sus
convecinos de una epidemia (que siempre presupone un pecado),
el más anciano de la aldea debe intervenir en todo,
para que se realice correctamente cada liturgia, para que
se reciten lo más exactamente posible las fórmulas
de encantamiento o exorcismo, con los cánticos, bailes,
etc, que deban acompañarlas. Él comunicará a
la concurrencia las intenciones de los muertos, con los que
está, según creencia general, en comunicación
permanente.
(...)
Tales tradiciones de respeto y aun de veneración se
están perdiendo en la vida africana moderna, probablemente
por el contagio de las civilizaciones europeas y las transformaciones
exigidas por las nuevas estructuras económicas, políticas
y sociales. Ya nuestra literatura antigua nos muestra casos
de viejos libidinosos que abandonaban el "Consejo de
Ancianos" para precipitarse hasta las murallas de Troya,
con el afán de ver pasar a la bella Helena; y también
tenemos narraciones según las cuales ciertos viejos
ansiaban postergar su muerte, a similitud de lo que ocurre
en el cuento de Abstemius, retomando por La Fontaine en
La Mort et le Mourant. En efecto, la situación
social de estos ancianos se ha ido desmejorando desde que
llegó a África la revolución industrial,
con los nuevos problemas económicos y los medios masivos
de comunicación. A los ancianos se los considera ya
como poco rentables, como antieconómicos, pues resultan
demasiados y duran demasiado tiempo; con esto y con el creciente
aumento de la población, se agravan los problemas de
alimentación, vestido, alojamiento, etc, pues cada
vez hay menos muertes y más nacimientos.
(...)
La gerontocracia vigente en otro tiempos se ve desalojada
por nuevos "mandones o por "superiores", que
ya no son los más viejos, sino los que hacen mayores
aportes económicos. Tales conflictos entre padres e
hijos se han reflejado ya ampliamente en la literatura africana;
por el sólo hecho de que estos hayan concurrido a las
escuelas de los blancos, toman inmediatamente conciencia de
su superioridad y desprecian a sus antepasados. En este sentido
es característica la obra de Mongo Beti, en la que
el padre es el símbolo del pasado, que equivale a lo
decadente e inservible para afrontar las nuevas situaciones.
Los viejos resultan así representados de manera grotesca
y son el hazmerreír de los jóvenes.
(...)
Dicho de otro modo, la tensión entre la juventud y
la edad avanzada se debe a las transformaciones sociales que
se han impuesto sin tener en cuenta los íntimos problemas
de tal convivencia; creemos que tales tensiones sería
menos patológicas si jóvenes y viejos vivieran
dentro de un sistema que ya hubiese resuelto semejantes problemas;
en tal caso, se le acordaría a la ancianidad las cualidades
que le son afines; la inteligencia, la equidad, la serenidad,
la abnegación, etc. El astuto Ulises, o Néstor,
el de abundante barba, refrenarán con sus sabios consejos
los movimientos impulsivos de los guerreros, en el largo
asedio de Troya, y sobre todo los del inquieto Aquiles. La
tradición africana adjudica generalmente a los ancianos
lugar privilegiado en la vida social, por considerarlos como
intermediarios entre los vivos y los antepasados.
(...) En África, donde la prevalencia del poderío
económico es fenómenos reciente, sus consecuencias
se complican tremendamente con la política. Los más
astutos y precavidos son generalmente los que tienen el poder,
o los que más influyen sobre las decisiones políticas:
estos personajes son realmente decisivos. Frente a ellos están
los jóvenes, que casi siempre son meros técnicos
o tecnócratas, y a los que se utiliza para resolver
los problemas de su especialidad en las diversas actividades
nacionales. Ocurre que suelen chocar las opiniones de estos
jóvenes con las de los citados personajes superinfluyentes,
en especial por las consecuencias sociales que tiene la aplicación
de ciertas técnicas; entonces, los de mas edad - que
se aferran a su poder de decisión aunque no siempre
tengan la necesaria capacitación intelectual ni comprendan
las profundas metamorfosis que las nuevas técnicas
y concepciones ocasionan en los diversos miembros de las sociedades
modernas- dan preferencias a aquello en lo que ya tienen ventaja;
la expansión y administración de los benéficos
materiales, con todas sus secuelas de honores, cargos oficiales,
prebendas, etc.
Vuelven entonces las acusaciones de los jóvenes
a tildar a esos viejos e influyentes de intrigantes, acaparadores
y cosas peores. ¿Para qué sirve el saber y el progreso,
si con ellos siguen medrando desproporcionadamente tan anticuados
amos? Además, la política merece tener en un ungüento
lentificante que impide que sus ancianos se sientan
viejos: no es raro que falsifiquen sus actas de nacimiento,
que se aferren con todas sus fuerzas a la dulzura de la vida
privilegiada que detentan y que aplasten sin piedad los obstáculos
materiales o personales que los estorben, con la consiguiente
burla de toda justicia y sin querer aceptar la declinación
de sus facultades.
¿De
dónde recibirán los jóvenes, en tales
circunstancias, consejos e instrucciones para resolver los
problemas actuales? No olvidemos que la generación
joven tiene los dientes largos y que su formación técnica
ha suscitado en ella multitud de ilusiones acerca de los hombres
y las cosas. Estos jóvenes recién salidos de
su época colonial, creen que su formación y sus diplomas
deben bastarles para lograr sus ideales: conseguir muchos
bienes materiales y gran poderío. Como la juventud
es impulsiva, quiere llegar a eso urgentemente, prescindiendo
del clásico y lento trabajo de maduración y
sin considerar que los escaladores de montañas solo "hacen
cumbre!" sanos y salvos cuando ascienden con lentitud
y firmeza. Ya se ha visto, lamentablemente, que muchos de
esos jóvenes, tras alcanzar sus "cumbres",
se han abandonado a increíbles bajezas, han dejado
decaer su rentabilidad profesional y hasta han preferido su
interés particular, en desmedro del interés
público a su cargo. Caen así en el círculo
de los "viejos privilegios" a los que antes criticaban
y con los que ahora coinciden en normas, hechos y modos de
pensar. Desaparece así toda noción de prudencia
y sabiduría frente a los contrastes de las realidades
modernas.
¿Volverá
mañana tal sabiduría? Todo depende del momento en que
las sociedades actuales recobren su equilibrio. Si las bases
morales se han fijado sólidamente y las estructuras
que se establezcan funcionan con normalidad tras las sacudidas
y ajustes que les tocara sufrir, quizá reaparezcan
las características estables que preconizó Aristóteles
en su Retórica (II, 12), a saber; que los jóvenes
son violentos, volubles, y coléricos, pero buenos y
repletos de alentadoras esperanzas, porque
"la
esperanza mira hacia el porvenir como los recuerdos hacia
el pasado; para la juventud el porvenir es largo y el pasado
es corto, como, al comienzo, los recuerdos no son nada mientras
que la esperanza lo es todo". Los jóvenes
son fáciles de engañar, valientes y puntillosos en
cuestiones de honor; es que tienen el alma llena de vuelos;
por eso,
"prefieren
el bien a lo útil, pues se manejan más
bien por instintos que por cálculos; durante la juventud
se aprecia la amistad y la camaradería más que
en cualquier otra edad de la vida; los jóvenes creen
saberlo todo y en todo se mezclan: razón suficiente
para que sean desmesurados".
Su
inconducta viene de su arrebato más bien que de su
malicia. Finalmente, son propensos a reír y buenos
compañeros; tal amabilidad es su ardor disciplinado.
El carácter
de los viejos es todo lo contrario, pues suelen ser desconfiados,
maliciosos, tacaños y aferrados a los bienes materiales; casi
todos son amigos del pasado, charlatanes y calculadores; también
son piadosos, pero esto es más bien por retorno egoísta
sobre sí mismo que por auténtico impulso de
generosidad. La verdadera sabiduría, la de la edad
madura, se coloca, según Aristóteles, a igual
distancia de esos extremos, reuniendo las ventajas de ambos
y eludiendo sus inconvenientes.
Tal
clase de hombres es lo que queremos encontrar: los que, cargados
de experiencia, nos aseguren la prevalencia de los mejores
valores humanos, dejando su huella en el mapa de la Humanidad
y en las incesantes metamorfosis de las sociedades. (*)
(*)
Fuente: Joseph-Marie
Awouma, "El mito de la edad, símbolo de la sabiduría en
la sociedad y en las literaturas africanas", en Revista
Diógenes, octubre-diciembre 1972, número 80, Buenos Aires,
editada por ed. Sudamericana con auspicio de la Unesco.