Imagen
de William Blake, de 1795, a propósito del Macbeth de
Shakespeare. |
Vicente Fatone (1903-1962) es tal vez el pensador más
auténtico que haya dado la Argentina. Su trayectoria –como la de
Cansinos Assens- fue la de un "divino fracaso". (Tal vez a
propósito, en El hombre y Dios, se permitió recordar –casi
a propósito- esta frase del deán Inge: "Nada fracasa tanto
como el éxito").
Orientalista
ejemplar, versado en el existencialismo y en todas las expresiones
místicas en general (en el Tao, en Eckhart, en Nagarjuna, en
Manacorda en particular), dedicó su inteligencia al estudio del
hecho místico. No del misticismo, que hace doctrina sobre el hecho,
sino de aquello que en griego puede transmitirse de la más simple
manera: tà mystiká –lo místico. Y entendió que la
mística no era una deformación ni de la filosofía ni de la
religión sino una formación autónoma que puede cifrarse como una
búsqueda de independencia absoluta.
Al
margen de sus libros publicados, Fatone escribió una inmensa
cantidad de artículos –la mayoría bajo seudónimos. A esa parte
de su producción pertenece el siguiente texto publicado en La
Nación con el seudónimo de Luis Vivot. Característica de
Fatone es cierta capacidad que Borges creía reconocer en Dante y en
Stevenson: la de pintar a un personaje en unas pocas páginas.
Hasta
donde sabemos, Fatone no nombra nunca a Blake salvo en estas
páginas. Este parece haber sido también otro de sus rasgos
propios: nunca hablar de más. Al parecer Blake ocupó un lugar
en su vida. Pero eso no se traduce más que en este único ensayo.
Tenía esa capacidad de expresar su sentir y su pensar de una
sola vez. No necesitaba abordar los temas y los autores desde
diferentes puntos de visto para ir aclarando su comprensión
e interpretación en sucesivas aproximaciones. Podía concentrar
todo lo que se puede decir sobre algo en un único punto.
El siguiente es el punto en el que está su Blake. Pero no
su Blake estudiado: su Blake vivido. Una anécdota habla de
esto. Cuentan que cuando Perón lo dejó en la calle, sus amigos
más íntimos le pidieron que les diera lecciones de filosofía.
Pensaban que así podrían ayudarlo económicamente. Fatone les
dio las clases. Los atendía en su casa prolijamente vestido
de traje los domingos por la mañana. Pero nunca aceptó dinero.
Ese dinero podría comprar el pan de la casa, pero quitaba
a un tiempo el pan espiritual del alma.
WILLIAM
BLAKE
Por Vicente Fatone
El
niño William Blake escandalizaba a sus padres con los relatos que
del jardín o de la calle traía: acababa de ver un coro de
ángeles, una procesión de hadas. Con los años fue poniendo más
énfasis en la afirmación de sus aventuras: no veía ángeles sino
demonios y hasta había entablado relaciones personales con algunos
de ellos. Ya anciano, reincidió diariamente; y en sus últimos
momentos, después de entonar cantos de dicha y de alabanza, llamó
a su esposa para advertirle: estos cantos no son míos, no
son míos.
Los
aficionados a la psicología han resuelto muy fácilmente este
problema de William Blake: el poeta y grabador inglés era un
alucinado, pues la alucinación consiste en una percepción sin
objeto que la determine. Pero William Blake era un artista, y sus
alucinaciones no consistieron en meras "percepciones sin
objetos": tenían un sentido. Y eso fue lo que William
Blake se empeñó en mostrar y demostrar. "No miro con los
ojos; miro a través de ellos",- decía- escandalizando ahora a
los académicos que rechazaban sus versos y sus grabados. Era
lógico, pues, que William Blake prefiriese invocar el testimonio de
los niños quienes ven a las hadas y a los ángeles.
Una
mañana, el Niño sentado en una nube le dijo: "Canta tus
cantos de perfecta dicha... El canto del Cordero." Y Blake
escribió sus "Cantos de inocencia" para que todos
los niños, al oírlos, se alegrasen. En esos cantos la
inocencia está representada por la perfecta dicha que aún no ha
envejecido lo suficiente para tener nombre: la del recién nacido.
Pero esa dicha formula de pronto preguntas y reclama respuestas.
Nace la experiencia, y con ella los nuevos cantos del poeta:
"Tigre, ¿qué mano, qué ojo inmortal formó tu tremenda
simetría?" El tigre, el insecto, la oruga; siempre motivos
próximos a la dicha perfecta del niño sin nombre; los pájaros del
cielo y los lirios del valle. Siempre la pequeña criatura que se
presentará más tarde en las formas del gusano, provocando el
asombro de Thel:
Art
thou a Worm? Image of weakness, art thou but a Worm?
I see
thee like an infant wrapped in the Lilly´s leaf.
Is this
a Worm? I see thee lay helpless and naked, weeping,
And none
to answer, none to cherish thee with mother´s smiles.
* * *
William
Blake hizo algo más que proyectar imágenes: se proyectó él
mismo, y fue a colocarse en los planos irreales que eran los de sus
imágenes. Se trasladó más allá de las cosas, volviéndose
súbitamente para sorprenderlas como podían sorprenderlas los
académicos de fines del siglo XVIII. Pudo, así, ofrecer lo que
para todos era invisible. Su "Crucifixión" es el mejor
ejemplo de ello. Nadie había ido, hasta entonces, a colocarse
detrás de la Cruz. Desde allí no se ve a Cristo: apenas si son
visibles los brazos, pero se descubre en cambio, en su mayor
intensidad, el símbolo: el dolor de María es más grande, y el
tribunal del mundo, mostrado en la contemplación de su propio
crimen, es más repulsivo. De la misma manera sorprendió Blake al
Ángel que removía la piedra del Sepulcro, y a Jesús en la
Ascensión, y a Thel que interrogaba al gusano envuelto en hojas de
lirios. Ni el Ángel, ni Thel están "posando" para el
artista: ni Jesús ni María son figuras. Blake ha buscado en ellos
la "forma", esa forma que los viejos filósofos no
reconocían sino en la vida misma y nunca en el simulacro. (La mano
de la estatua - decía Aristóteles - tiene la figura pero no la
forma de nuestra mano.)
Esta
preocupación de Blake se advierte, definitivamente, en su visión
del Nacimiento, donde sentía la necesaria presencia del Espíritu
Santo por cuya obra y gracia había sido posible el misterio. El
Niño está suspendido en el aire junto al regazo de la Virgen
transida y envuelto en una luz que es la misma del cielo.
El arte
era, para Blake, un medio que permitía la comunicación de los
hombres con el paraíso, es decir una plegaria. Sus
"formas" se mueven en los dos elementos más
familiarizados con la altura: el viento y el fuego. Del fuego se ha
dicho que nadie, en Europa, nunca ha conseguido pintarlo tan
"espléndidamente". El viento que invade las formas de los
hombres, que las curva, las concentra, las humilla, tiene en sus
dibujos el valor de un símbolo: despoja a los hombres de toda
soberbia; y la actitud de quienes rezan es en los dibujos de Blake,
la que la plegaria cristiana exige: "Hágase tu voluntad."
William
Blake afirmó que no se podía ser artista sin ser cristiano. Y dio
a entender que el mundo es indigno de los artistas porque no sabe
merecer a los cristianos. En su inocencia no sospechó que es
difícil ser artista permanentemente; y se creyó permanentemente
cristiano. Lo fue por momentos; cuando exigía "un Rey, un
Dios, una Ley"; cuando vistió al hombre desnudo y le
dio de comer al hambriento, y aún más cuando renunció a todo lo
que manos generosas le ofrecían, porque esas manos le obligaban a
renunciar al pan espiritual. Fue cristiano cuando se alejó del
mecenas Hayley, que le ahorraba todas las privaciones imponiéndole
la privación de su arte; cuando comprendió que sólo una cosa era
necesaria y que el sacrificio de lo perecedero era la conquista de
lo imperecedero. En uno de esos momentos pudo decir:
- No
necesito nada. "I am quite happy." ¡Completamente feliz!
* * *
Se ha
querido ver en su pensamiento y en su obra la influencia de
Swedenborg, el sabio que sin ser artista ni santo se abandona
súbitamente a la contemplación alucinada. Pero Blake estuvo lejos
de Swedenborg. A pesar de sus alusiones a lo diabólico era un
niño, y la inocencia lo salvó como artista y como hombre. Se dijo
amigo del demonio, pero tuvo un solo amigo: su esposa; y no pensaba
en los espíritus infernales cuando en sus últimos momentos, llamó
a su Catherine y le murmuró al oído: "Eres un ángel."
Contra las turbias concepciones de Swedenborg Blake fue claro y
preciso. Swedenborg tenía la soberbia de los fundadores de sectas,
de los ángeles caídos, porque "creía que todos eran unos
hipócritas y sólo él un hombre religioso." La obra de
Swedenborg nada valía, porque "cualquier hombre con habilidad
meramente mecánica hubiera podido extraer de los libros de
Paracelso y de Böhme diez mil volúmenes iguales a los suyos";
y de las obras de los grandes poetas- Dante, Shakespeare- se podría
extraer un número infinito. Aunque hablase de los demonios, aunque
se declarase amigo de ellos, se sabía cerca de los ángeles y de
los artistas (de los cristianos, ya que artista y cristiano eran,
para él, sinónimos.)
William
Blake no creyó tampoco en la realidad de sus imágenes. Mejor: no
las creyó suyas, y por eso las creyó reales. Esas imágenes
tenían realidad exterior, concreta, independiente. Sostuvo, sí,
que lo físico no era la última realidad: que detrás de ella
había otra, preferible. Por eso no quería ver la luz, en la luz:
veía ángeles; y alguna vez, para mostrar esta realidad a los
incrédulos, pintó un arco iris que era una teoría de querubines.
Siempre inocente, fue Jacobino, porque también en lo político
miraba a través de sus ojos: supuso que con la caída de los Luises
terminarían, para siempre, los leones y los lobos. Su visión del
mundo es la del Cordero: la del Niño que le ordenó cantar sus
"Songs of Innocence".
* * *
Se
inició dibujando las tumbas de la abadía de Westminster, y
descubrió entonces dos realidades: la Edad Media y Albión; pero
esas dos realidades eran vislumbres de otras más amplias: la Biblia
y Jerusalén. Alucinado pero artista, quiso construir un nuevo
pasado, recurriendo al mito, y así escribió sus libros más
"obscuros" y pintó sus cuadros más
"extraños". Para un artista, la construcción no puede
ser una actividad mecánica: construir es siempre crear; lo
contrario de la creación es precisamente el procedimiento de
quienes extraen el futuro partiendo del presente: ése es el
procedimiento de los sabios, cuyos problemas parten de datos que
implican o condicionan ya la solución. La verdadera creación tiene
ya un modelo: Dios, que creó de la nada. Y Blake quiso imitar a
Dios, recrear el mundo. Para ello - pues era partir de la nada -
recurrió al mito y revivió los días primeros en que el
surgimiento de la sombra humana hizo que la eternidad "fuese
recorrida por un alarido y suspendida por un ataque de
parálisis". Toda su obra se resolvió, al fin, en mitos y en
símbolos equívocos. Lo obscuro, lo extraño de esos mitos y
símbolos es en Blake también una forma de humildad: la humildad
ante el misterio. (*)
