|
 Imagen
de Artemisa de Efeso; obsérvese la multiplicad de sus
senos, señal del poder generador y protector de la vida por
parte de la diosa. |
El
erotismo y la sexualidad, plasmados en los mitos, las creencias y
las representaciones de los obeliscos y los pilares djed, presenta
en el Antiguo Egipto elementos simbólicos relativos a los rituales
de la fertilidad y de la vegetación similares a las religiones
semíticas, pero con una significativa originalidad; producto de su
sociedad, su entorno físico y su particular concepción del cosmos
en la constante búsqueda de la verticalidad.
El hombre arcaico, dentro del desarrollo sistemático de su
pensamiento religioso, dio atributos, funciones y personalidad a las
oscuras fuerzas de la naturaleza para tratar de comprender los
misterios que le rodeaban. A pesar del tremendo temor que le
producía sus avatares, estas no podían dejar de fascinarle. Pronto
todo su mundo se pobló de seres ambivalentes, genios, dioses y
demonios que influían en su vida y controlaban su destino.
En
otras palabras, desde esta mentalidad mítica, diversas experiencias
estremecieron al pensamiento humano, entre ellas la subsistencia
(caza, recolección y agricultura), el misterio de la muerte
(enterramiento y tratamiento del difunto) y el poder de transmitir
la vida mediante la reproducción sexual (símbolos y ritos
relativos a la fertilidad).
Aplicaciones
y correspondencias:
Los
procesos descriptos, se pueden aplicar sociológicamente de la
siguiente manera: un individuo funciona como tal, individualmente,
pero también como complemento de otro. En otras palabras, es un ser
social y se desarrolla culturalmente en la concepción dual (en
pareja). Vemos que se agrupa en clanes, adquiere mujer y al tener
simiente, se reproduce en un ser igual a él (a imagen y semejanza).
De esta forma, su sentencia dual pasa a desarrollarse en un terreno
tripartito. De alguna manera, en sentido simbólico, tener un hijo
es detener el tiempo, es lograr la trascendencia que la pareja por
su naturaleza finita no puede, y el acto sexual es el rito
mágico que lo produce.
El
"homo religiosus" tiende a objetivar los sucesos de
su propia experiencia en otros planos de la realidad, transfiriendo
estas funciones básicas de toda sociedad a una dimensión
simbólica, imaginativa y existencial.
En
esta misma corriente, en la mayoría de los pueblos del Oriente
Antiguo, por un lado el papel masculino lo asumía la hierofanía
del cielo. Este funcionaba como símbolo uránico de trascendencia e
inmutabilidad; guardián del orden y de las leyes que regían y
controlaban el universo. Por el otro, la tierra pasaba a cumplir el
papel femenino, activo, de gestar vida en su interior y dar lugar al
crecimiento de las cosechas y los frutos estacionales; esta se
fecundaba por las precipitaciones, o aguas seminales, que eran
provistas desde "arriba".
Esta
teovisión, se puede observar en los ciclos míticos de las
principales religiones orientales, donde el cielo (lo que esta
arriba), como elemento masculino y generador de vida, fecunda y
fertiliza a la tierra (lo que esta por debajo de él). En el ´Satapatha
Brahmana, donde se describe el ritual del fuego sagrado, se
ponían dos leños, uno sobre el otro, y una jarra de mantequilla
clara (ghí)en medio de ellos. El leño superior representa al Dios
Pururavas y el inferior a su esposa, la diosa Urvasí; siendo la
mantequilla el semen fecundador.
Los
textos Ugaríticos de Ras Shamra (siglo XVI a. C.), nos devela el
ciclo de la muerte, resurrección y reproducción del Dios demiurgo
Baal (hijo activo del Dios uránico El). Estos concluyen la
dramática rueda con la unión sexual, orgiástica, lasciva, de la
pareja divina en donde la tierra es fertilizada en temporada de
primavera. Esta madre, la antigua diosa Aserá (hebreo asche-ráh,
poste sagrado), en tiempos posteriores fue personificada
antropomórficamente con la Diosa Astoret. La misma deidad, que en
Efeso era conocida como Artemisa, donde proveía alimento a sus
hijos por medio de sus múltiples pechos.
En
la Teogonía de Hesíodo, es Urano, el cielo, quien preña
constantemente desde su posición superior a Gea, la tierra, dando a
luz una serie de titanes herreros. Interesantes estudios acerca del
simbolismo obstétrico de las cavernas y la metalurgia se han hecho
en torno a las religiones antiguas. Las profundidades transforman y
gestan los cambios, son él "anima mundi" de todo proceso
simbólico. En mesopotamia, Istar desciende a rescatar a su amado
Tammuz de las fauces de la muerte para darle un nuevo nacimiento. Su
resurrección es una especie de mutación alquímica. También los
rituales Sirios, dedicados a este Dios (Adonis-Tammuz) nos muestran
como las doncellas vírgenes después de lamentar la muerte del
Dios, se entregan a desenfrenadas orgías para apoyar mágicamente
su renacimiento a otro aspecto de su vida.
Sin
embargo, en la tierra de Egipto, si bien encontramos sistemas
simbólicos relativos a la fertilidad y la sexualidad divina, se dan
variantes interesantes. Veamos a continuación cuales son estas
diferencias, a que factores se deben y como esto fue plasmado en los
enigmáticos emblemas de los pilares.
La
Concepción cosmogónica de la fertilidad en el Antiguo Egipto
Al
igual que en la mayoría de los pueblos antiguos, Egipto no escapó
a las concepciones cosmogónicas que nos hablan de sistemas duales a
partir de aguas primigenias, sus uniones y sus correspondientes
reproducciones.
En
los Textos de las Pirámides, encontramos una de las eneadas divinas
llamada "la Grande", donde a partir de un principio neutro
eclosionan parejas que dan lugar a otros seres. Tum, el autocreado,
por medio de su masturbación eyacula a Shu y Tefnut. El
"caos" y el "teos" dan lugar al "Kosmos".
Vale decir que Shu, separa, o sirve de pilar, a otra pareja: Nut y
Geb, el cielo y la tierra, que mediante su consecuente unión sexual
dan nacimiento a otras dos parejas: Osiris-Isis (la pareja que
procrea) y Seth-Neftis (la pareja infructífera por tener sexo
contranatural); simbolizando los principios negativos y positivos
respectivamente. Por último cabe mencionar que del acople de la
mística-sexual entre Isis y Osiris, nacerá el vástago solar
triunfante al amanecer, el remero Horus, el halcón sagrado.
A
diferencia de las cosmologías orientales, en la visión egipcia el
papel del cielo y de la tierra (principio masculino-femenino) está
invertido. Es decir, que Nut, el cielo, en este caso es el elemento
femenino (la palabra "pet", para cielo, es femenina) y Geb,
la tierra, es el fecundador masculino. Aquel que engendra y
reproduce los misterios de la vida desde una posición horizontal.
Juntos cada mañana dan nacimiento al sol y a todos los demás
cuerpos celestes.
En
algunas versiones del mito, a Geb se lo representaba como un hombre
acostado que a sus espaldas le crecía plantas. En otras aparece
plasmado con cabeza de serpiente, por lo que muchos lo asocian con
un antiguo proto-Dios del submundo. El cielo, en este caso, es visto
como una Vaca ( Hat-hor de Denderah)con un disco solar entre sus
cuernos, sostenida sobre sus cuatro patas o pilares del mundo,
señalando así a los correspondientes puntos cardinales. En esta
versión, Re en su tránsito ascendente levanta el vestido de Hathor
y esta masturba al recostado Atum, quien de este modo mantiene el
orden del mundo. En otras palabras, desde una postura pasiva, como
"muerto", y desde esa condición, ocurría la fecundación
hierogámica entre la geografía terrestre con la celeste.
Estudios
sobre la sociedad egipcia muestran que las mujeres no eran pasivas
en asuntos sexuales. A diferencia del arquetipo de Ovidio o Luciano,
la mujer egipcia era extraordinariamente liberal, aunque quizá no
tanto como lo describe Herodoto. Tenemos como muestra el papiro
Turín quien certifica la conducta orgiástica, o el Papiro Orbiney
(dinastía XIX) en la que relata los acosos sexuales por parte de
mujeres, cuyo correlato lo tenemos en la Biblia(Génesis 39: 12).
También es interesante mencionar la representación en un
bajorrelieve de la tumba de un escriba durante el reinado de
Tutmosis IV(1413-1403), donde encontramos la figura de una bailarina
desnuda, que sin duda serían muy frecuentes.
El
papel de la situación geográfica
Las
diferentes posturas simbólicas del acto sexual entre el cielo y la
tierra, puede que se deba en buena medida, aparte de la situación
social, a la geografía y al entorno físico de cada pueblo.
Por
ejemplo, el ciclo mítico de la muerte y resurrección de Baal
(antes mencionado), se da en el seno de un pueblo cuyo territorio,
como es el de Siriopalestina, posee dos temporadas climáticas
bastante regulares y buen diferenciadas: una seca (marzo-noviembre)
y otra lluviosa (diciembre-febrero). En Mesopotamia, para citar otro
caso, los turbulentos e impredecibles ríos Tigris y Eufrates, daban
una sensación de inseguridad y temor al devenir, por lo que la
adivinación y la búsqueda de agüeros era una práctica muy
difundida; "ciencia" que dominaba la clase sacerdotal y
que le restaba hegemonía política al soberano de turno.
En
cambio en Egipto, "la tierra donde casi nunca llueve",
para su fertilización dependía de las aguas del Nilo. En otras
palabras, la diosa del cielo era fecundada "desde abajo hacia
arriba". Su estabilidad climática, dio además, una sensación
de eternidad como en ninguna otra parte, lo que llevó a la creencia
que el soberano era un Dios encarnado, guardián del orden ante el
caos más allá de las fronteras.
Las
diferentes concepciones de la monarquía entre Mesopotamia y Egipto,
están a la vista, y su marco geográfico contribuyó mucho a ello.
Se puede establecer una comparación interesante entre "la
estela de los buitres"(estela mesopotámica donde Eanatum,
gobernante de Lagash, celebra su victoria sobre Umma.). Aquí el
Dios Ningirsu esta grabado de tamaño grande dominando la escena y
el monarca, en cambio, en un tamaño similar al de sus tropas de
asalto. Esto no ocurre con la concepción del Egipto dinástico,
cuyo ejemplo clásico es la tableta votiva de Narmer (es posible que
este personaje pueda relacionarse con el legendario Menes). En esta
pizarra, se representa al faraón de gran tamaño, quien domina el
motivo y se establece su importancia sobre la dualidad.
En
este caso, el faraón es el eje o punto fijo de unión entre lo
celeste y lo terrestre En el se conjugan los dos principios de la
vida perfectamente asimilados. La semejanza iconográfica del
faraón con animales o con personas del sexo opuesto, revela su
condición de superioridad sobre los hombres. Muchos autores piensan
que en la representación de Amenofis IV (Akenaton), la artística
reúne estos aspectos andróginos complementarios para señalar su
naturaleza divina. Para la época asiria, el faraón ya era
representado del mismo tamaño que los dioses, si bien se ve la
influencia cultural extranjera, en la ideología egipcia el monarca
nunca deja de ser una deidad. En su arte, el cuerpo masculino era
pintado de color rojo, mientras que el cuerpo del elemento opuesto,
el femenino, era pintado de color blanco o amarillo claro, al igual
que la dualidad Alto y Bajo Egipto reunidas en la doble corona.
Por
lo tanto, la unión mística-sexual ocurría desde él acople del
Dios como muerto, inerte, acostado, y la Diosa estaba por encima de
él. Siguiendo este razonamiento, el levantamiento del pilar en las
construcciones de los templos y como coronación de las fiestas y
los rituales periódicos, tendrían una clara simbología
fálica-centrista de la búsqueda de la verticalidad. El pilar, era
la piedra enhiesta que servía de vehículo de unión entre los dos
principios cósmicos creadores y productores del nacimiento de
nuevas vidas todos los días y noches, hierofanizados en los ciclos
biocósmicos y circuitos celestes.
Pilares
y obeliscos: símbolos fálicos
Los
obeliscos (tejen "protección") eran como agujas de
piedra y granito que tenían por función la "penetración".
En otras palabras, llegar a planos cósmicos para favorecer la
unión. Su punta era en forma de pirámide, en algunos casos
recubierta de metal para captar la solarización, transmitiendo la
vida de Re al difunto y ayudando a su regeneración. No por nada,
estos monumentos fueron conocidos también como "la carne de
los Dioses".
Dobles
principios tripartitos dominaron la concepción cosmológica
Egipcia. Alto y Bajo, el Delta y las fuentes del Nilo; este y oeste,
las dos orillas; arriba y abajo, el cielo y la tierra; como la
experiencia misma de las relaciones entre lo masculino y lo femenino
y su respectivo fruto, (trinidad) unión que cubría las tres
dimensiones existenciales.
La
idea egipcia era la de complementar no la de oponer, la de lograr
armonía y unión positiva, reproductora y fecundadora del soplo
vital divino; la vida misma y sus misterios. Por lo tanto, hallar
los ejes o puntos de unión era su objetivo. Esto estaba plasmado en
la constante búsqueda de la línea vertical.
La
recta vertical, es el ideograma universal del hombre mismo. Esta
profundamente entretejido en la mentalidad mágico-religiosa. Es
árbol de la vida. Sobre su tronco erecto circula la energía
generadora y transmisora del espíritu divino primigenio. Unir los
opuestos por medio de la vertical y así transmitir la vida era
lograr la participación unificadora con él propósito divino.
Engendrar
vida mediante una unión sexual, física, era imitar a los dioses en
la repetición del ritual originario, aquellos que se produjeron a
partir de la colina escalonada primitiva, desde donde circula y
asciende la barca solar. Por lo tanto, la hierogamia, era algo más
que una imitación, era un rito cargado de operatividad. Cuando los
dioses en le mito se unieron "algo se produjo", crearon.
Cuando los hombres y las mujeres se unen transmiten esa vida,
"algo se produce", procrean; es un ritual mágico y
tremendamente efectivo.
Por
ello en todas las culturas, las devociones fálicas figuran entre
las más antiguas y perennes de la humanidad; comunes a todas ellas.
Desde las piedras aserá fenicias o los lingam
sagrados del culto Hindú al proto-Siva, pasando por las cruces Tau,
estos ideogramas inundan los alfabetos arcaicos; objeto de culto y
símbolos de imitación remisores a la pareja primordial. Signos que
la humanidad ha heredado desde tiempos remotisimos y han sobrevivido
en la heráldica, la magia y la liturgia.
Para
la teología egipcia, el eje vertical es el falo de la momia de
Osiris (este podía ser representado por ojos, bocas, manos,
serpientes o flechas), en su descanso en el inframundo, aquel que
hace nacer el sol y le otorga una nueva vida regenerada. La vertical
mantiene los ejes orientativos de la arquitectura sagrada, tanto los
obeliscos (elevaciones de piedra en punta, donde se pretendía
captar la energía solar) como los pilares djed (otra clase de
pilares en forma de poste coronado frecuentemente con cuatro
capiteles, a veces con plumas o con cuernos sosteniendo el disco
solar). Eran rectas verticales representadas en forma de hieroglifos
que luego se usaron como amuletos. Estos nos retrotraen al emblema
de la columna vertebral o poste de estabilidad, concentradores de la
vitalidad natural, representados a veces como el concepto del Neter.
El
pilar djed, desde épocas tempranas fue asociado al útero y a la
vagina de las diosas. Su capitel, posiblemente represente al
principio femenino y las cuatro direcciones cardinales del cielo. Esto podría tener alguna
correspondencia con la configuración del templo hebreo y su
concepción del cielo en sentido simbólico de lo cuadrangular, ya
que el sanctasanctórum del templo de Yahvé era un cubo perfecto.
Sin embargo, esta relación es muy difícil de establecer por la
prohibición mosaica de levantar postes sagrados (Deuteronomio 12:
3). En tiempos posteriores, fue el culto a Osiris, su estabilidad y
resurrección, que asociado con la veneración a Isis, fue
desarrollando una clara correspondencia con la procreación,
fecundidad y resurrección.
Los
obeliscos (en piedra) y pilares (en iconografía), funcionaban en
ocasiones como representación de Shu, aquel hombre de pie que
separa a Nut de Geb. En los predios de los templos se los encuentra
a la entrada frente a los pilonos simbólicos de la colina
primordial, con mucha frecuencia en parejas, en emblema del
nacimiento y muerte del sol en su transito diurno. Solo en el templo
de Heliópolis había uno solo de estos monumentos, predicando el
sol naciente y en complementación del unitario poste de Abu Gurah
(templo construido por Niuserre, Rey de la V dinastía), el sol
poniente. Estos dos extremos simbolizaban la unión sexual entre el
cielo y la tierra como configuración microcósmica.
Osiris,
el Dios muerto de la fertilidad
Desde
el período protodinástico, las representaciones de obeliscos
estuvieron presentes en las capillas primitivas. Por lo general, una
estatuilla en representación de algún animal (quizá algún culto
totémico), estaba guardada en un santuario doméstico que constaba
de una tienda-templo con una piedra fálica o un poste a su entrada.
En
un papiro de Abydos, se halló un interesante dato. Una inscripción
que los egiptólogos dieron en llamar "La casa de la
vida". El hieroglifo consta de cuatro ideogramas para casa,
cada una en dirección a un punto cardinal, y en su centro el
ideograma de la vida (la cruz Ankh). Posiblemente fue un edificio de
cuatro habitaciones en forma de cruz y un patio intermedio, en cuyo
centro se hallaba un tabernáculo conteniendo una figurilla de
arcilla momificada dentro de una piel de carnero, soporte de la vida
y encarnación de Re en el cuerpo de Osiris. El signo de la vida es
Osiris y las cuatro casas simbolizan a Isis y Neftis, este y oeste,
Nut y Geb, arriba y abajo, respectivamente. En el ideograma, los
edificios que corresponden al cielo y tierra deben interpretarse en
todas sus dimensiones, como que están por arriba y por debajo de
Osiris.
La
disposición cardinal, servia como un símbolo de captación
astronómica, donde el Sol y la figurilla de la momia de unían a la
mitad del día, encarnando la vida y reproduciéndola, "solo el
disco solar penetraba en sus misterios". La consecuente
alineación este-oeste encarnaba a las amantes Isis y Neftis quien
frecuentemente en los mitos se ocupan del miembro viril de Osiris.
En
el "Libro de los Muertos" a Osiris se lo representa en
algunos pasajes como "el macho cabrío". Sus mitos arrojan
mucha luz sobre este aspecto. Se cuenta que Osiris era un buen rey
que libró a Egipto de todas sus privaciones y bestias salvajes, y
al igual que el Mitra mistérico les dio a los hombres el
conocimiento de la agricultura. Fue el único rey sobre todo Egipto
durante la edad de oro. En tanto, su malvado y envidiosos hermano
Seth, un gobernante del área sur, trama un maléfico plan para
deshacerse de Osiris y apoderarse del poder. Manda a construir un
ataúd y durante un banquete al que Osiris fue invitado, hace que
cada uno de sus cómplices se meta en él para probarlo. Cuando le
toca el turno a Osiris este es encerrado y arrojado al Nilo.
Existen
variantes del mito, pero el motivo básico es que Isis rescata el
cuerpo y Seth nuevamente se lo arrebata, descuartizándolo en
catorce pedazos (dieciséis, según otras fuentes), Isis recupera las
partes, pero como nos cuenta Plutarco, le faltó el falo. Mediante
artes mágicas concibió con su esposo muerto un vástago, el niño
Horus, que para protegerlo de Seth lo escondió en los pantanos del
Nilo, cual el Moisés bíblico.
Del
fruto de su unión sexual sagrada (post mortem), nace Horus,
por artes mágicas, quien venga a su padre. En el combate, Horus
pierde sus ojos y Thot logra recuperar solo uno sustituyéndolo por
el ojo sagrado Udjat, el ojo del conocimiento. Osiris se convirtió
así en el Rey de los muertos que a pesar de su horizontalidad en el
Nilo inferior eleva cual obelisco su falo y hace renacer al Sol (Horus)
cada mañana fructificando la gran casa de la dinastía real.
Luego veremos este mito aplicado en el ritual anual de la
fecundación y en el levantamiento del pilar de la vida.
Isis
la madre virgen
Las
diosas madres, conocidas también como las "Venus
paleolíticas", engendran un vástago salvador. Este tema es
corriente en casi todos los mitologemas del mundo antiguo, ya que
nos hablan de antiquísimos cultos a la diosa madre. El tener un
hijo que a su vez sea su esposo sobrepasa toda lógica. Pero los
temas mitológicos, en su simbólica, lo plasman así. Por lo tanto,
el fruto es producto de una unión mística y virginal.
Entre
la religión de los antiguos egipcios se pueden entrever varias
diosas madres, con asombrosas semejanzas con el mundo mediterráneo,
simbolizadas en el drama nocturno y en las lunaciones y en sus
visibles "cuernos de vaca". Excavaciones en Nahariya, al
norte de Israel, llevaron a la luz a la Astarté cornuda, lo que
muestra que este símbolo es universal. Hathor fue la diosa del
cielo, vista como Nut, y representada iconográficamente como la
Isis con cuernos, con el niño esposo en sus brazos. También
podemos mencionar a Bastet y Ptoeris, como las diosas de los partos
y las preñeces.
La
representación del cielo como la Vaca era tema clásico en su
cosmología. Como ya mencionamos sus cuatro patas (pilares que
llegaban hasta Punt y Biblos) sostenían el firmamento y marcaban
los límites del dominio de Apifis, la serpiente originaria del
caos.
Esto
explica él porque en los templos fronterizos se solían levantar
santuarios a Hathor, como en Timna, en el este del Sinaí. Allí en
el sitio Serahit el Khadim se halló un emplazamiento reedificado
por los madianitas, que en su tiempo fue levantado en honor a la
vaca sagrada. Posiblemente el emplazamiento date de la dinastía XI,
reedificado en el Imperio Nuevo por Tutmosis III(dinastía XVIII).
En Biblos, el otro límite del mundo, la diosa Baalat era asociada
con Hathor y su hijo Ruti, el que tiene la apariencia de un león,
quien fue asimilado con Horus. Vemos que el motivo de la herencia de
la diosa cielo no fue exclusivo de Egipto, también se presenta
entre los hititas. Arinna, el fuego femenino, fue hierofanizada en
el sol y Tesud, las aguas, el elemento masculino era manifestado en
la lluvia (por debajo de ella).
Aquí
encontramos la clave de su cosmovisión, A diferencia de otras
culturas contemporáneas, Isis no es la madre tierra, es la cúpula
de los cielos estrellados y asociada con Nut, la mujer que conserva
sincretismos con los cultos protodinásticos. Osiris es el suelo, el
horizonte, donde mediante el pilar fecunda el cielo, y posiblemente
presente elementos más tardíos. Los Egipcios no necesitaban de la
lluvia seminal para la reproducción de la semilla. El Nilo, con su
misterioso origen, era la sangre y el semen de Osiris.
El
ritual de la fecundación
La
erótica también fue llevada a la representación ritual. El
cúmulo de festivales egipcios, habría que estudiarlos con
relación a la visión astronómica y la confección de los
calendarios antiguos; pero es una tarea muy basta para tratarla en
tan poco espacio. Por lo tanto, nos limitaremos a algunas de las
fiestas más ilustrativas.
En
la fiesta Opet (abundancia), ocurría el encuentro estatuario entre
el Dios Amon de Karnak con la diosa-esposa de Luxor, en la temporada
de la inundación. La procesión era acompañada por el faraón y su
reina. Este era un momento propicio, mientras los dioses se
apareaban, para que también los reyes engendraran el heredero Horus.
Además de la mística unión del Ka del faraón con el Ka de Amon,
amalgama parecida a la que mencionamos anteriormente entre Re y la
figurilla de Osiris en la "casa de la vida". Un dato
interesante es que durante la procesión terrestre, los sacerdotes
levantaban pequeños pilares fálicos primigenios, símbolos de la
nueva creación donde ofrecían dádivas a los dioses celestes y
como una especie de magia imitativa para favorecer la potencia y la
fecundación de los próximos encuentros sagrados.
Los
misterios de Osiris, eran las fiestas que continuaban al mes
siguiente. Están representadas con todo detalle en la estela 1204
del Museo de Berlín, en los motivos de la tumba de Kareuef en Tebas
y en el papiro de Remesaeum, además de las referencias de los
viajeros de la época clásica. Los sacerdotes moldeaban un pastel
de la forma de la estatua del Dios, con tierra negra, mezclada de
incienso y agua del Nilo. Parece que esto se repetía de manera
sistemática en los catorce nomos donde el mito narra que fue
esparcido su cuerpo. Las estatuas eran reunidas y depositadas por
cuatro días a la espera de su resurrección. Mientras tanto se
inmolaba un toro consagrado a Min.
Diferentes
fiestas contiguas, revivían las etapas del la muerte y el duelo de
Osiris. Cuando la momia de tierra germinaba con brotes fecundos, al
igual que crecían árboles en su tumba ocurría la mística
resurrección. Acto segundo una guerra ritual se efectuaba entre los
hombres de Seth y los hombres de Horus, cuando estos interrumpían
la procesión encabezada por el Dios Up-Uayt "el que abre los
caminos". La batalla simbólica fue mencionada por Herodoto
(Libro II, Sec. 63) y Juvenal (Juv. XV). La festividad llegaba a su
cenit cuando se levantaba un poste sagrado, el pilar djed, en
Busiris, para simbolizar el regeneramiento de la vida y la erección
del falo sagrado.
Conclusiones:
Los
emblemas del pilar y de los obeliscos, guardan una asociación de
semejanza simbólica: la de columnas de unión, física o
iconográfica, entre el mundo de la sutileza y el de la realidad. A
esta conjunción de los opuestos divinos y su singular fruto,
denominamos sexo sagrado. Entre sus aspectos emblemáticos, los
obeliscos como piedras verticales, quizá fueron los más
representativos, sirviendo además como libros, ecos de un mundo
perdido. Aquellos cuyas inscripciones y presencias oscuras,
atribuidos a la ciencia de grifos, escribas y titanes, causaron
perplejidad entre los gnósticos y cristianos de la nueva era.
Inspiración de Eratostes para hallar los misterios de las medidas
del cosmos, fue tema predilecto de la sabiduría hermética.
Cuando
los dioses suspiraron el "verbo divino", palabra creadora
y mágica, la vida llegó a manifestarse en múltiples formas.
Cuando los principios duales se acoplan en feliz encuentro,
en armonía, la vida sigue su curso eterno siendo el hombre solidario
con el plan divino. En la antigüedad, el misterio de la transmisión
de la vida y la procreación ocuparon uno de los principales
enigmas del hombre en su búsqueda de lo trascendente; y hoy
en muchos casos lo sigue siendo. Quizá por ello las piedras
enhiestas, los obeliscos y la simbología erótica, hayan traspasado
los límites del país bien amado para dejar una herencia secularizada,
velada, en el basto mundo de las representaciones humanas. (*)
|

Obelisco
del templo de Luxor. |
(*)
Fuente: Sergio
Fuster, "El simbolismo del pilar egipcio Djed. O el
sexo sagrado como 'feliz encuentro' entre el cielo y la tierra",
editado aquí de manera original.
BIBLIOGRAFIA
CONSULTADA
Bergua,
J. Historia de las religiones, Vol. 1,Madrid,1964.
Calvera,
L. Traducción de El Libro de los muertos de los antiguos Egipcios,
Buenos Aires, 1987
Cardona,
F. Mitologías y leyendas asiáticas, España, 1998.
Choisy,
A. Historia de la arquitectura, Buenos Aires, 1944.
Croatto,
J. Los lenguajes de la experiencia religiosa, Buenos Aires, 1994.
Corona,
N. Pulsion y símbolo, Buenos Aires, 1992
Eliade
M. Tratado de las religiones, México, 1998.
Ib.
Herreros y Alquimistas, Madrid, 1993.
Ib.
El mito del eterno retorno, Madrid 2000.
Ib.
Cosmología y Alquimia Babilónicas, España, 1991.
Frankfort,
H. Reyes y Dioses, Barcelona, 1999.
Galan,
J."Ideas sobre la percepción del cosmos y su representación
en el Antiguo Egipto", Boletín de la asociación Española de
Egiptología, España, 1991, Pág 135-141.
James,
E. O. Historia de las religiones, Madrid, 1996.
Kemp,B.
El antiguo Egipto, anatomía de una civilización, Barcelona, 1996.
Levirani,
M. El Oriente Antiguo, historia, sociedad y economía, Barcelona,
1995.
Montet,
P. La vida cotidiana en el Egipto Antiguo, Barcelona, 1961.
Mostafa,
D, "The Role of Djed-pilar in new kingdom private tombs",
Gottinger Miszellen, N-109, 1989, Pág 41-51.
Muller,
M. Mitología Egipcia, España, 1996.
Puech,
H. Las religiones antiguas, Vol. 1, España, 1970.
Serrano
Delgado, J. Textos para la historia antigua de Egipto, España,
1993.
Seux-Briend-Gitton-Cunchillos,
La creación del mundo... según los textos del Próximo Oriente
Antiguo, Documentos en torno a la Biblia N-6, España, 1982.
Schuwarz,
F: Geografía sagrada del Egipto Antiguo, Buenos Aires, 1996.
Toynbee-Koestler,
La vida después de la muerte, Argentina, 1976.
Velasco,
M. Introducción a la Fenomenología de la religión, Madrid, 1993.
Vernant,
P. El Universo, los dioses, los hombres, Barcelona, 2000.