
El
Campanario", obra de Juan Francés
Simbolismos
de las campanas en el cristianismo y otras culturas
Historia
de la campanología
Las campanas antiguas en la cultural oriental
Las
campanas antiguas en la cultura occidental
Las campanas en las culturas prehispánicas
Las campanas europeas durante la Edad Media
Las
campanas europeas durante el Renacimiento
Las
campanas en Nueva España
El
arte de la campanología en la actualidad
El
valor de las campanas
Conclusiones
SIMBOLISMOS
DE LAS CAMPANAS EN EL CRISTIANISMO Y OTRAS CULTURAS
Antes de dedicar las campanas al culto, la Iglesia acostumbra
bendecirlas (es incorrecto decir "bautizarlas"), con
un rito lleno de poesía y simbolismo. El rito implica
exorcismo, lavatorio, imposición del nombre, padrino, unciones,
incienso, sahumerios, canto, lectura del Evangelio aludiendo a
María, la contemplativo, etc. De aquí se deduce el simbolismo
de las campanas: eco de la voz de Dios, terrible unas veces,
otras dulce y atrayente; símbolo de la vigilancia de la
Providencia divina sobre la Iglesia y sobre los hombres; símbolo
de la contemplación, por cuanto, suspendida en los altos
campanarios no llega hasta ellas el revuelo de las cosas
humanas, ni la distraen ni turban las vicisitudes de los
tiempos, sino es para asociarse a las manifestaciones religiosas
y fiestas solemnes del calendario.
El Pontífice Pablo VI dijo:
"Hace
sentir su voz, que resuena entre tierra y cielo; es el diálogo
de la fe y la oración, suspendido en lo alto, sobre nuestra
vida terrena, horizontal y profana; un canto metálico, intérprete
del aquel otro vocal que sube a las alturas para invocar aquí
abajo la efusión de las bendiciones de Dios".
Es costumbre muy antigua convocar al pueblo cristiano a la
asamblea litúrgico mediante alguna señal o sonido y también
advertirle, a través de esos signos, de los principales
acontecimiento de la comunidad local. De este modo, la voz de
las campanas expresa, de alguna manera, los sentimientos del
pueblo de Dios, cuando se regocija o cuando llora, cuando da
gracias o suplica a Dios, cuando se congrega y manifiesta el
misterio de su unidad en Cristo.
El simbolismo de las campanas se relaciona con la percepción
del sonido. En la India, por ejemplo, simboliza el oído y el
sonido que éste percibe, que es reflejo de la vibración
primordial. Así, la mayor parte de sonidos en las experiencias
yóguicas son tañidos de campana. En el Islam, la resonancia de
la campana es el sonido sutil de la revelación coránica, la
repercusión de la Potencia divina en la existencia: la percepción
del talán de la campana disuelve las limitaciones de la condición
temporal. De forma bastante parecida, el Canon búdico asimila
las voces divinas al sonido de una campana de oro.
En China, el repique de las campanas se relaciona con el trueno
y se asocia, como es frecuente, al del tambor, pero la música
de campanas es música principesco y criterio de la armonía
universal.
Las campanillas suspendidas de los techos de las pagodas
orientales tienen por finalidad hacer percibir el sonido de la
ley búdica. Pero el retintín de las campanillas tiene
universalmente un poder de exorcismo y purificación: alejan las
malas influencias, o al menos advierte de su proximidad. Esto
ocurre en particular con las campanas que protegen del mal y de
las enfermedades.
Un simbolismo muy particular es el de la campana tibetana.
Opuesta al rayo, la campana representa el mundo fenoménico
frente al mundo de las apariencias, simbolizando por la extinción
rápida del sonido. Es también la Sabiduría asociada y opuesta
al Método, el elemento pasivo y femenino, mientras que este
rayo es activo y masculino; lo que incluso se traduce por un
simbolismo sexual y por el hecho de llevar los iniciados un
anillo que re- presenta al rayo en la mano derecha, y un anillo
de plata que representa la campana en la mano izquierda. Esta es
una práctica común en el Hinduismo.
La campanilla, por oposición al rayo, simboliza las virtudes
femeninas, la Doctrina. El asidero es habitualmente un rayo de
ocho brazos amputado de una mitad. Utilizada en religión y en
magia, a menudo simboliza así un saludo sánscrito. Está
frecuentemente ornada por la rueda de la ley, por un círculo de
Pétalos de loto, de leones, de divinidades, etcétera. Sin duda
simboliza la llamada divina al estudio de la Ley, la obediencia
a la palabra divina, en todo caso una comunicación entre el
cielo y la tierra.
Por la posición de su badajo, las campanas evocan la posición
de todo lo que está suspendido entre tierra y cielo, y que, por
ese mismo hecho, establece una comunicación entre ambos. Pero
también poseen el poder, de entrar en relación con el mundo
subterráneo.
Una campanilla mágica puede servir para evocar a los muertos.
Según Girardius, para que sea eficaz, "es preciso
envolverla en un trozo de tafetán verde y conservarla en este
estado hasta que la persona que acomete el gran misterio tenga
la libertad y la facilidad de poder poner dicha campanilla en un
cementerio en medio de una fosa y dejarla en este estado por
espacio de siete días. Mientras que la campanilla subsiste en
el vestido de la tierra del cementerio, la emanación y la
simpatía que la acompañan no la dejan ya; ellas la conducen a
la perpetua cualidad y virtud repetidas, cuando se hace sonar a
tal efecto".
La campana ritual tibetana y su badajo, con su asidero en forma
de rayo, simbolizan la bóveda celeste y el eje de¡ mundo que
la atraviesa por su cúspide.
Guilelmus Durandus, un escrito franco-italiano del siglo XIII
que se especializó en simbolismo y alegorías, definió a las
campanas como símbolo de la predicación, como lo habían sido
las trompetas anteriormente. Es por ello que son de bronce, una
aleación dura, de sonido fuerte. El badajo simboliza la voz de
los predicadores del Nuevo Testamento, por lo que será
escuchado hasta el final de los tiempos, y en todos los rincones
de la tierra.
A las campanas se les considera como un símbolo de la conexión
ente el cielo y la tierra; por eso, las campanas llaman a la
oración y recuerdan la obediencia a las leyes de Dios y la
armonía cósmica. El sonido de la campana se considera un eco
de la omnipotencia divina, o sea 'la voz de Dios" que,
cuando se escucha, conduce al alma más allá de los confines de
lo mundano. Según la, tradición, las campanas protegen contra
las desgracias. Según el Éxodo, debe haber campanillas
doradas, alternadas con granadas, en el ropaje de los
sacerdotes.
Se le debe a san Carlos Borromeo mucha de la reglamentación
conocida acerca del uso de las campanas. En sus instrucciones
para la fábrica y el ajuar eclesiásticos, establece que las
torres de las catedrales deben llevar siete campanas, o a lo mínimo
cinco; de la iglesia colegial, tres, es decir, una más grande,
una media y una chiquita; las parroquias otras tantas, o al
menos, dos. Según san Carlos, las campanas deben tener sonido
distinto, siendo "unánimes entre si, y según los oficios
divinos en que participan".
Se conocen diversos tipos de repiques de campanas:
-
Alba,
o toque de la oración a la salida del sol
-
Toque
de oración
-
Toque
de queda
-
Doble
por el fallecimiento de personalidades
-
Toque
vacante por el fallecimiento de prelados
-
Vuelo
de campanas por festejos civiles
-
Toque
de plegaria o rogativa
-
Toque
de fuego
Actualmente, en los momentos de alegría y jubilo, no sólo se
requiere de un campanero, sino de muchos para auxiliarle y
turnarse en el "quehacer de echar las campanas al vuelo,
por ser labor harto fatigosa y de fácil cansancio".
Hoy en día, la electrificación de las campanas, para
impulsarlas por medio de un motor, parece una alternativa
inevitable ante el problema de la falta de campaneros.
Para lo referente a la historia de las campanas, desde la antigüedad
hasta nuestros días, me ha basado en los textos de André Lehr,
de especial valor por su abundante bibliografía.
Las
campanas más antiguas se han encontrado en China en el siglo
XII a.C. Además de lo ya mencionado en cuanto al simbolismo,
solo mencionaremos que había campanas de 2 tipos: las
denominadas chung, que son campanas sin badajo para tocarse con
un martillo separado, y las ling, que son campanas con badajo.
Hay que recordar que el badajo siempre golpea la campana por el
interior, mientras que los martillos sirven sólo para el
exterior.
Desde el principio, las campanas de bronce se han fundido con
una composición promedio de 80% cobre, 10% estaño y 10% plomo.
Cuando más plomo tenga una campana, más opaco será su sonido;
por el contrario, el estaño produce un bronce de mayor dureza,
y por lo tanto de mayor sonoridad. Hay casos de campanas
europeas de reconocida pureza de sonido, cuyo bronce tiene 80%
cobre y 20% estaño.
En China hay campanas de muchas variedades. Hay conjuntos o
chines de unas pocas campanas, hasta complicadas combinaciones
de varias decenas. Hay un caso que diversos arqueólogos chinos
encontraron recientemente, en la tumba del Marqués Yi, que data
aproximadamente del año 433 a.C. que consta de sesenta y cinco
campanas. También es muy famoso un conjunto cromático de
dieciséis campanas, es decir, un conjunto de campanas que
difieren un semi-tono entre sí.
La rica cultura de las campanas de China obviamente se extendió
a otros países orientales, como Japón, Corea, Vietnam,
Cambodia, Tailandia y hasta en Java, en el actual sureste asiático.
En este último lugar hubo un inusitado florecimiento del diseño
artístico de campanas, debido a la presencia del hinduismo y
del budismo desde el siglo VIII hasta principios del siglo XVI,
en que se implantó el Islam. Algunas piezas que se han
conservado son bellos ejemplos de esculturas, como las que
representan al tor, dios de la fertilidad, el león, que
representa a la esposa de Shiva, el rayo, símbolo de la más
profunda realidad (al igual que el vajra de los chinos), el
tridente como símbolo del fuego, la serpiente como símbolo del
bien y del mal en los seres humanos, y el símbolo del sol.
En
los países alrededor del Mediterráneo, las campanas con badajo
más antiguas que se conocen son las de terracota a barro cocido
del tercer milenio antes de Cristo, en vestigios arqueológicos
de Knossos y Creta. Las de bronce más antiguas datan del año
1200 a.C. y provienen de Irán y del sur del Cáucaso.
En el Imperio Romano, los conjuntos de campanas recibían el
nombre de tintinnabulum, vocablo onomatopéyico que
indudablemente se refiere al repicar de las campanas. La palabra
latina campana apareció a principios de la Edad Media para
designar una campana grande. Todos estos casos se refieren a
campanas con badajo, lo cual recuerda el hecho histórico de que
las campanas sin badajo no tuvieron ningún papel significativo
en el mundo occidental.
Por su tamaño y su sonoridad, las campanas de la antigüedad
occidental no lograron competir con las campanas de la China,
que poseía una verdadera cultura de¡ bronce. Esto se puede
comprobar por la diferencia en el número de piezas que ha
llegado hasta nuestros días, en lo referente a campanas de gran
tamaño y a utensilios metálicos de cocina.
El aspecto protector de las campanas múltiples ejemplos desde
la literatura griega y romana. No es casualidad que las campanas
más antiguas que se conocen hayan pertenecido al arnés de un
caballo, a manera de amuleto. En el siglo XII a. C., el caballo
dejó de usarse sólo como animal de tiro en carretas, y comenzó
a utilizarse como montura, y por lo tanto necesitaba la misma
protección que el jinete contra la presencia de los malos espíritus.
Se creía que el repiqueteo de las campanillas mantendría a
distancia a las potencias del mal. Para proteger a los vivos,
desde tiempo inmemoriales se han colgado campanas al cuello de
caballos, burros, mulas, vacas, borregos, perros, etcétera. No
sólo se trataba de identificar la ubicación del animal
mediante el sonido, o para decoración, el significado simbólico
es muy claro. Las mujeres en Esparta en Roma tenían la
costumbre de salir a las calles tocando campanillas y cascabeles
cuando moría un rey o un emperador. Se conservan múltiples
ejemplos del uso de campanas en tumbas y monumentos funerarios
de la antigüedad, con la creencia de que espantaban las furias
y las potencias del mal.
Las
campanas eran un instrumento conocido entre los aztecas, mayas,
incas y otros pueblos que florecieron antes de la llegada de los
españoles al Nuevo Mundo. Sin embargo, es claro que
permanecieron muy modestas en su magnitud y en su forma. El uso
de los metales fue muy restringido en las culturas
precolombinas, y aunque hubiera estado presente, las campanas no
podían compararse por ejemplo con los grandes monolitos
aztecas. De hecho, los ejemplares que se conservan eran de
materiales perecederos, y las campanas no eran significativas
para el desarrollo cultural de los pueblos mesoamericanos.
A la llegada de los españoles, las sonajas en oro, cobre o
bronce de todos tipos de formas y tamaños tenían la misma
función que las campanas antiguas de las culturas occidental y
oriental. Prácticamente no ha llegado a nuestros días ningún
vestigio de campanas con badajo, aunque sí se conservan muchas
figurillas que portan campanillas como parte de su ajuar. Por
ejemplo, tenemos a la diosa Cihuacoatl, asociada con las mujeres
muertas en el parto. Una de las representaciones que se
conservan, de la cultura veracruzana de Remojadas, Fase II, la
muestra como diosa-serpiente, con sendas campanas bajo los
brazos, como símbolo de la fertilidad de la tierra. Esta figura
pertenece a la misma región tiempo de las famosas caritas
sonrientes. Se han conservado algunas piezas de niños que
pertenecen a este grupo, en los cuales una figura infantil de
gesto contorsionado, portando campanas en los brazos, era
ofrecido en sacrificio a Xochipilli, diosa de la danza. Las
campanas no se han conservado, puesto que estaban hechas con
frutas que se desintegraron.
Sin embargo, las sonajas fueron mucho más numerosas. Estas
piezas tuvieron mucha importancia ritual. Por ejemplo, se ha
conservado un cuchillo ceremonial inca del siglo XII, de valor
sagrado por el sonido que tenían las partículas sueltas en el
momento de ser utilizado. En el México actual, se han
recuperado cascabeles y sonajas de algunos cenotes sagrados,
como el de Chichén Itzá en la zona maya, que corresponden al
mismo servicio. Según los especialistas, el simbolismo de estos
objetos hace pensar necesariamente en ritos funerarios, de
fertilidad, plegarias para la lluvia, etcétera.
Por supuesto, a la llegada de los españoles el uso de sonajas y
cascabeles entre los indios fue cambiando gradualmente. Hoy en día,
las campanas de debajo son un instrumento común en las iglesias
cristianas, aunque los cascabeles sigan usándose en la
actualidad entre los ejecutantes de bailes autóctonos.
Las fuentes cristianas más antiguas
remontan a Egipto y a lo que entonces era Palestina, en las
regiones donde aparecieron los primeros monjes y ermitaños. Por
ejemplo, desde tiempos inmemoriales se ha representado a san
Antonio Abad (251- ca. 356), que vivió como ermitaño cerca del
Nilo, con un bastón, y una campana, de mano. San Jerónimo
(muerto en el año 420), el famoso traductor de la Biblia
Vulgata, también conoció el uso litúrgico de las campanas. Se
conservan hasta la fecha muchas piezas de esta época; la mayoría
son de origen copto, y están ornamentadas con una simple cruz.
Ha llegado hasta nuestros días, y se conservasen el Museo
Nacional del Carrillón en Asten, Holanda, la campana de San
Blas (muerto ca. 316 en Armenia), o por lo menos una campana de
esa época con una inscripción dedicándola a ese santo.
Al extenderse la cristiandad por Europa, puede suponerse que las
campanas gradualmente fueron empleándose cada vez más para
usos religiosos. Inicialmente, parece que se utilizaron en
monasterios. Por ejemplo, en el año de 513, el monje Cesáreo
(muerto ca. 543) promulgó una regla en Arles, al sur de
Francia, en la que se incluía un precepto tomado de un ejemplo
egipcio, según el cual se regañaría a los monjes que llegaran
a la iglesia cuando la campana hubiera dejado de sonar. Esta es
una de las pruebas documentales que existen del uso de las
campanas para anunciar las horas canónicas de los oficios.
Parece sospecharse por piezas conservadas hasta ahora que las
campanas que así se usaban en esta época eran del tipo
suspendido, con badajo. Aparentemente, hasta el siglo VI, no habían
entrado en uso las esquilas o campanas giratorias. Este es un
ejemplo de un vestigio documento que muestra que no todos los
artistas comprendían el oficio del campanero: en este caso los
ejecutantes tocan con martillos unas campanas que tiene badajo.
En cuanto a la denominación, la palabra latina campana no ha
sido siempre la empleada para este tipo de instrumento. Por el
contrario, la Iglesia cristiana antigua empleaba el término
signum, o signo. La fuente más antigua del vocablo campana es
una carta escrita por el Diácono Ferrando de Cártago a Eugipio,
un obispo de la región de Nápoles, aproximadamente el año de
515.
En esa carta se usa el vocablo por primera vez en la historia,
refiriéndose a una pieza que encargó el obispo. Hay otra
fuente histórica, de origen dudoso, según la cual el vocablo
campana se utilizó por primera vez un siglo antes, por Paulino,
obispo de la ciudad de Nola (ca. 353-431). Esta ciudad se
encuentra en un distrito italiano denominado Campania, de donde
tal vez pudiera provenir el vocablo. Sin embargo, la referencia
es dudosa, pues proviene del siglo VII, y nunca pudo comprobarse
documentalmente. Por la similitud entre el vocablo y la región,
la tradición se ha conservado hasta nuestros días. De hecho,
en Italia anteriormente se denominaba campana al instrumento de
gran tamaño, y Nola al de tamaño menor. Desde el punto de
vista lingüístico, el vocablo campana está relacionado con
los términos eslavos kiampan y kanban, que se refieren al
doblado y a la curvatura de las piezas. De la palabra campana
proceden sus múltiples derivados; de entre ellos cabe destacar
el de campanologista, que se refiere a la persona que en la
actualidad está dedicada a estudiar el sonido y los procesos de
fundición de las campanas.
La palabra tintinnabulum se refiere a las campanas de tamaño
pequeño, y sólo se utilizó de manera esporádica en la
literatura cristiana. En la mayoría de los textos, se utiliza
la palabra signum para referirse a las campanas. Este vocablo,
como signo de la iglesia, el mensaje podía darse, por otros
instrumentos diferentes a las campanas, como es el caso del
symandrum, que es una plancha de madera sagrada, de gran tamaño,
que se golpeaba con un martillo, a la manera de un tambor. La
descripción explícita se debe a san Efrén, en Siria, en el año
de 370. Esta es una de las hipótesis con las que se cuenta para
el nacimiento de las campanas, que se supone que nacieron cuando
la Iglesia dejó de tener la necesidad de operar en secrecía
dentro de las catacumbas, con la consiguiente evolución de los
instrumentos de percusión. Documentalmente, esto se ha
demostrado con los textos de la visita del obispo Amalario a la
ciudad de Roma, en el año de 831.
Sin embargo, el objeto más comúnmente representado por el
vocablo signum era una campana. Según la Historia de los
Francos del erudito obispo Gregorio de Tours (muerto en el año
de 954), el objeto "se movía hacia adelante y atrás, jalándolo
mediante una cuerda". Hay pruebas de que las campanas de
bronce se utilizaban en Francia desde el siglo V. A partir del
siglo siguiente, existen evidencias documentales en la Europa
occidental de que las campanas eran de uso generalizado. Los
tamaños de campanas empezaron a incrementarse desde el momento
de que las campanas dejaron de tocarse portándolas en la mano.
Al dejarse libres mientras colgaban, se pudo incrementar el tamaño.
Alrededor del año 1000, era normal que las campanas pesaran
alrededor de una tonelada actual.
Medio milenio más tarde, campanas con un peso diez veces mayor
no tenían mayores problemas. Desde luego, el desarrollo aquí
descrito se refiere más bien a la Europa occidental, pues la
Iglesia Ortodoxa de la Europa orienta¡ hace un uso distinto de
las campanas.
Cabe señalar que en Holanda, país sumamente ligado a la
tradición de las campanas desde hace muchos siglos, a la
campana se, le denomina klok, que proviene del vocablo celta
clog, cuyo significado original era "golpear".
Pocos siglos después, Juan Crisóstomo, patriarca de
Constantinopla, protestó contra la costumbre de colocar
amuletos en forma de campanas en el cuerpo de los infantes, para
protegerlos de fuerzas malignas.
En el año de 615, cuando el rey franco Clotario II asedió la
ciudad francesa de Sens, al sureste de París, el obispo Lupus
reunió ala población con la signum ecclesiae, o señal de la
iglesia, que según el historiógrafo, tenía un "sonido
voluminoso". Asustado por la voz santa y desconocida, el ejército
enemigo huyó.
Según otro reporte de la misma época, había un sacerdote
corrupto que no se arrepentía y que tuvo que suspender sus
intentos de tocar la campana, que permanecía muda y sin
proferir un solo sonido. Cuando el sacerdote expió culpas, la
campana recuperó la voz.
Por último, está el recuento hagiográfico que hizo Willibaldo
(muerto antes de 768), sobre la vida de San Bonifacio (ca.
674-754), a quien habían asesinado cerca de Dokkum, en Holanda.
Cuando el cadáver llegó a Utrecht para enterrarse ahí, surgió
una fuerte discrepancia con los habitantes del monasterio de
Fulda, que había sido fundado por Bonifacio. Él había
indicado alguna vez su preferencia de que se le enterrase en
Fulda, pero los de Utrecht no estaban dispuestos a entregar sus
despojos mortales. La discusión se resolvió cuando el
campanario de Fulda comenzó a tocar, aparentemente sin
intervención humana alguna, lo cual hizo que los de Utrecht
aceptaran el entierro en Fulda.
La fórmula de la consagración de las campanas -no bautismo,
según decretó el propio Carlomagno- apareció en España desde
el año de 711. La función litúrgico tenía que confirmarse
mediante un rito, para dedicarse a la tarea de ser "como
las trompetas de los israelitas, las que usaba Moisés para
juntar a losjudíos para las fiestas religiosas". Se
pretende que el bronce se depurara de malos espíritus, y que el
instrumento ratificara su nuevo papel predicador. El ritual de
consagración de las campanas de iglesias permaneció prácticamente
sin variación hasta el reciente Concilio Vaticano II. Entre
otras cosas, el texto establece que:
Cuando
los creyentes oigan el sonido de esta campana, que se
incremente su piedad; que se distingan las trampas del enemigo
y se calmen los granizos, huracanes, rayos y tormentas, y que
los vientos soplen favorablemente. Que se calme la potencia
del aire, para que tiemblen al escuchar la campana y se
disipen en los cielos, la tierra y en las profundidades de la
tierra, al amparo del símbolo de la santa cruz aquí
representada.
En cuanto a las fundiciones más antiguas que se conocen, sólo
hay informaciones dispersas. Sólo se sabe que los primeros
casos corresponden a monjes en monasterios. Cuando las ciudades
crecieron, la artillería fue adquiriendo importancia, y a
partir del siglo XII, la fundición de campanas empezó a
transferirse a manos seculares, generalmente castrenses. El
cambio duró varios siglos, pues en el siglo XIV, todavía había
un monje alemán llamado Nicolaus que fundía campanas.
El fundidor más antiguo que se conoce era el monje Tanco,
respecto al cual se ha conservado una leyenda. A finales del
siglo VIII, Carlomagno le encargó una campana, lo que hizo de
manera exitosa. Sin embargo, un fundidor local le envidió, y le
pidió a Carlomagno que también le encargara una campana a él.
Sin embargo, puso como condición que se le permitiera sustituir
el estaño que tradicionalmente se usaba en las campanas por
plata. Dijo que sólo de esta manera se lograría un sonido de
verdadera pureza. Se le dio la plata, pero fraudulentamente se
la embolsó, sin utilizarla para la campana. Cuando la campana
estaba lista se hizo evidente su engaño, porque la campana no
producía ningún sonido. El fundidor se impacientó y quiso
tocar la campana por sí mismo. Entonces el badajo se desprendió,
matándolo de un solo golpe.
Dentro de los más antiguos fundadores que aparecen
documentados, están los mojes Paternues y Daniel, del
monasterio de Lobbes, en Hainault, Francia, aIrededor de 850.
A
partir de los siglos XIII y XIV, en los países del norte de
Europa las ciudades ya se habían conformado desde el punto de
vista urbanístico. Además, con el advenimiento de la artillería
como arma tradicional de guerra, se englobaron las funciones en
el mismo oficio para trabajar los metales. Por lo tanto, los
mojes dejaron de ocuparse de manera exclusiva de la fundición,
que gradualmente pasó a convertirse en un oficio gremial. Así,
por ejemplo, en 1337 el maestro Gillis de Brujas fundía
campanas, cañones y utensilios de cocina, todos ellos de
bronce. En 1410, Wolter, apodado el "fundidor de
cazuelas", hizo los dos mejores cañones del pueblo
flamenco de Zwolle. El gremio de "tocadores de
campanas", o sea campaneros, se fundó en Utrecht, Holanda,
en 1505, y de la misma época es el de Groningen. Antes de eso,
como el documento de 1477 de Asten que lo certifica, los
campaneros pertenecían al mismo gremio que los herreros.
A partir del Renacimiento, las campanas cobraron importancia no
sólo como piezas individuales, sino también agrupadas como
carillones, cuya aceptación general ocurrió a partir del siglo
XVI.
Los textos más antiguos que se conservan sobre la fundición de
campanas datan de la segunda mitad de la Edad Media. El caso más
conocido se dio en el monasterio de Helmarshausen, cerca de
Paderborn, en Alemania. Ahí, el monje Teófilo escribió en
1125 un ensayo titulado De campanis fundendis, como capítulo 84
del tratado De diversas artibus, que describe en forma detallada
todo tipo de artes y oficios. Gráficamente, una parte de este
texto se ilustró en el Códice Behaim, del siglo XVI, que se
conserva en la Biblioteca de Cracovia. Según Teófilo, las
campanas deberían de sonar mejor si tenían lo que él denominó
"foramina", o sea cuatro perforaciones triangulares en
el hombro de la campana. Sin embargo, ello no resulta cierto
para los versados en campanología. Sin embargo, este tipo de
perforaciones se utilizaron en esta época para fijar la camisa
exterior al corazón interior, con el propósito de lograr un
espesor de pared uniforme en todo el cuerpo de la campana.
Debido a este tipo de función, las campanas de esta época
tienen una forma característica, denominada "de panal de
abeja".
Son las inscripciones que llevan las propias campanas los
mejores testimonios acerca de su historia. Desde 1285 hasta la
actualidad, la tradición dicta que en la inscripción la propia
campana declare su constructor. "Cristianus me hizo en el año
de 1285". Desde principios del siglo XIV, se estableció la
conocida regla de las proporciones para la fabricación de las
campanas, para todas las piezas construidas en Occidente, la
altura de una campana sin corona es de ochenta por ciento de diámetro,
y la altura de una campana con corona es igual a su diámetro.
Esta regla es válida para las campanas de gran tamaño, no
necesariamente se sigue en las denominadas "Campanas de
horas", es decir, piezas estacionarias a las que golpea un
martillo con el lado exterior, conectado a un reloj en la torre
del campanario, cuando éste marca cada hora.
Durante los siglos XIV y XV, los principales centros europeos de
fundición de campanas estaban en los Países Bajos,
especialmente en las ciudades de Utrecht, Mechelen, Venlo,
Ainberes y Hertogenbosch.
A partir del siglo XV, se estableció la técnica que todavía
se sigue hoy en día para decorar el cuerpo de campanas con
inscripciones con textos al gusto del que encargaba la fabricación,
mediante el empleo de moldes de letras.
Por cierto, que se conservan algunas piezas curiosas, por
contener equivocaciones ocurridas durante los primeros tiempos
de la aplicación de inscripciones en campanas. La causa de
estos errores era la falta de cuidado en aplicar los textos en
negativo, como si fuera un espejo, para que al fraguar el
fundido la pieza original tuviera las letras bien colocadas.
Esto le ocurrió a Jan de Leenknecht en 1395 al fabricar la
campana del pueblo de Sluis. Otra campana famosa, de los siglos
XII ó XIII, lleva este texto, por supuesto equivocado. Esta
campana se conserva hoy en día en el Museo Nacional del Carillón,
en Asten, Bélgica.
Desde el siglo XVI, la función de campanas de repique fue
gradualmente sustituyéndose por la de los juegos armónicos de
campanas de tamaños variables, o sea lo que en inglés se
denomina chimes, y que son los antecesores de los actuales
carillones. En estos conjuntos armónicos, los badajos se unen
mediante cuerdas a un punto central del campanario, en donde las
toca el campanero. Se produce un sonido rítmico, como si fueran
campanas estacionarias. Gradualmente, el campanero llegará
incluso a tocar desde un teclado similar al de un órgano.
Como instrumento musical, las campanas han estado asociadas a la
señalización del tiempo desde el siglo XVI. Son incontables
los ejemplos que se conservan de campanas acopladas a relojes
para marcar las horas. Asociadas a diversos instrumentos científicos,
y apoyándose en la numerología, las campanas ejercieron una
muy singular atracción en el intento de medir el tiempo.
En el siglo XVII se empezaron a hacer esfuerzos para afinar las
campanas que formarían parte de un conjunto, ya sea armónico
(de chimes) o de carillón, con el fin de que tuvieran un tono
reconocible. En un rango de hasta cuatro semitonos, el ajuste
podía hacerse variando el espesor de metal en la zona del
batiente.
El tañido de conjuntos armónicos de campanas de diferentes
tamaños, aparecen en documentos desde el siglo VI. Parece
existir un cierto tono festivo asociado a la obtención de melodías,
tanto en actos religiosos como civiles. La costumbre prevalece
hasta hoy en día, y en algunos lugares conserva la misma
tradición que desde hace varios siglos. La forma de tocar esas
campanas es muy variada, ya sea con martillos, o jalando cuerdas
atadas a los badajos. Lo que importa es la obtención de
combinaciones armónicas de sonidos, mediante variaciones en el
ritmo al golpear campanas de tamaños distintos. Los primeros
teclados asociados a campanarios en Flan- des se remontan a
1480.
A partir de la segunda mitad del siglo XIII, los carillones
tuvieron un fuerte impulso como conjunto instrumental que tocaba
melodías a intervalos regulares, y por lo tanto asociadas con
relojes. Esta situación se debe al auge que tuvo la construcción
de relojes durante el reinado de Alfonso X El Sabio (1221-1284),
rey de Castilla y León. El ingeniero encargado de este tipo de
obras para el rey inventó un reloj de agua, que impulsaba un
carillón, para producir melodías a cada hora. Cabe señalar
que el mecanismo impulsor de los carillones con tambores, en
lugar de agua, es posterior, pues se impulsó a partir de 1530.
Musicalmente hablando, un carillón típico del siglo XVI podía
estar constituido por dieciocho campanas, afinadas en un
intervalo de dos octavas diatónicas, es decir, aumentadas en
tres semitonos: un sí bemol en las dos octavos inferiores, y
una fa en el rango superior. Esta era la manera tradicional,
aunque en muchos casos se utilizaba la transposición con
intervalos de una tercera. Tradicionalmente, el sonido más
grave solía darse por una campana afinada en la nota de fa, con
un peso mínimo de una tonelada.
Al correr los años, los carillones fueron complicándose
gradualmente. Por ejemplo, el de la catedral de Bruselas, de
1642, consta de 38 campanas que abarcan un intervalo de tres
octavas y media. Asimismo, las series diatónicas se
sustituyeron por series cromáticas, o sea con separación de un
semitono. En estos conjuntos, es claro que se podía tocar prácticamente
cualquier tipo de melodía.
Al igual que los procesos comunes de fundición habían hecho
que los cañones y las campanas tuvieran el mismo origen, a
veces su destino también era común, pues desde el siglo XV fue
común que las campanas pasaran a ser botín de guerra en las
plazas que caían ante el enemigo, con el fin de volver a ser
fundidas y convertirse en cañones. Las campanas europeas
durante el Barroco Como testimonio curioso, existe una pintura
realizada en 1642 por el pintor y organista Theodore de Sany
(1599-1658), quien sucedió a su padre como encargado del carillón
municipal de Bruselas. La Glorificación del carillón de
Bruselas incluye un inventario de muchísimos carillones
flamencos y holandeses, y proporciona gran cantidad de detalles
técnicos.
A esta época también corresponde la fundición de la mayor
campana del mundo, de 210 toneladas, que nunca produjo ningún
sonido. La fundición original la hizo Iván Motorin en 1732,
pero tuvo una falla en el metal, porque por un aguacero
explotaron dos de los cuatro hornos de fundición. En 1733, su
hijo Mitchail logró completar la titánica tarea de fundición.
Sin embargo, cuando la campana colgaba de un andamiaje
provisional, se cayó se le desprendió un fragmento de once
toneladas. Hoy en día se encuentra en exhibición en la Plaza
Roja de Moscú.
Hernán Cortés logro fundir cañones
de bronce, y consumada la Conquista, el bronce tuvo un objeto
mucho más apacible y caritativo: las numerosas campanas que
hubo necesidad de fundir para los nuevos templos que se
edificaban.
En la Nueva España, el mismo gremio estaba ocupado en fundir
campanas y cañones, además de fabricar utensilios de cocina y
pólvora. Durante el siglo XVI, las fábricas de pólvora
estaban a cargo de empresarios independientes, ya que los
artilleros tardarían algunos años en tener facultades para
inspeccionar las fábricas, las cuales finalmente quedarían a
cargo de la milicia del Estado.
Aparentemente, uno de los primeros fundadores del siglo XVI fue
Cristóbal Gudiel, que ya ejercía en 1569 como polvorista y
artillero mayor en la munición de las casas reales, por
autorización del virrey Martín Enríquez de Almansa.
Se conservan algunas campanas del siglo XVI, que se caracterizan
por una forma alargada, que poco a poco fue desapareciendo para
dotar a las campanas de mayor altura y mayor diámetro. Entre
estas primitivas campanas están las del convento de Acolman.
A partir del siglo XVIII, el bronce se utilizó también para
elaborar rejas y barandales en edificios suntuosos. Ejemplos de
ello son los que se encuentran en el coro de la Catedral
Metropolitana de México.
A finales del siglo XVII, el campanero ocupaba el penúltimo
lugar de las "raciones", o sean los sueldos que pagaba
el cabildo catedralicio. La nómina asignada al campanero una
partida de 6 tomines, sólo superior a la del
"perrero", que ganaba únicamente dos.
En la Nueva España, una de las campanas de mayor interés es la
campana mayor de la catedral de Puebla, llamada Santa María de
la Concepción. Hubo que fundirla repetidas veces entre 1625 y
1720. La campana actual fue hecha en 1730 y pesa casi 9
toneladas.
Para fundir una campana, el artesano usa instalaciones del tipo
rústico, con un número relativamente pequeño de herramientas
y materiales.
Se emplea tierra mezclada con estiércol de caballo, borra y cáñamo
para elaborar el macho, o molde interior para la parte hueca de
la campana. El molde se cuece en un horno de ladrillo. Se usa
cera para moldear figuras, piezas de armas, ornamento, sello del
campanero, imágenes de santos, letreros e inscripciones
inscritos en tablillas o placas de madera. Los relieves se hacen
con cera que por medio del calor se expulsa del molde, razón
por la que el procedimiento se conoce como de "a la cera
perdida".
Se utiliza una pieza de cantera porosa corno molde exterior.
Tanto el molde exterior como el interior se destruyen una vez
fabricada la campana. La fundición se lleva a cabo en un hueco
abierto en la tierra, vertiendo entre ambos moldes los metales
precalentados a 2.000 grados Centígrados, y manteniendo la alta
temperatura durante ocho a diez horas. Las asas generalmente son
siete, y se elaboraban aparte; seis tenían forma de corona, y
cada una lleva dos puntos de apoyo sobre la denominada tabla de
hornos; la séptima servía para unirlas, formando un soporte
recto más firme que el resto de las asas. La tabla de hornos en
realidad es un casquete en la parte superior de la campana; en
el centro se dejaba un hueco para colocar un anillo de hierro
llamado hembrilla destinado a suspender el badajo mediante una
correa designada con el nombre de coyunda. Una vez fundida, la
campana se pule con esmeril para quitarle sobrantes de metal,
tanto por la parte interior como por la parte exterior. Un
defecto en la fusión de los metales es causa del
resquebrajamiento de una campana; otro es el uso de badajos
inadecuados. El peso de un badajo debe ser entre el 2 y el 5%
del peso total de la campana.
La mezcla de metales debe estar constituida por un bronce
compuesto de cobre con un 25% de estaño. La creencia de que la
campana debía contener oro se debe a una tradición que existe
de que la madrina debía de arrojar algunas de sus alhajas de
oro a la mezcla de metales, cuando ya se encontraban fundidos y
listos para vaciarse en el molde. Hoy se sabe que la verdadera
riqueza de una campana radica en su forma, su voz, su
ornamentación y su valor histórico.
El resultado final de una fundición seguramente será una pieza
de gran belleza, sin importar su tamaño. Hay que recordar que
el bronce se oxida y toda campana de más de diez años de
fundida presentará el conocido color oscuro.
Una pieza de máximo interés histórico es la Campana de la
Independencia. En mi opinión, la tesis del maestro Carrillo y
Gariel es acertada, pues no es fácil aceptar la tradición de
la manera en que don Miguel Hidalgo y Costilla realizó el
repique de la Campana de Independencia el 16 de septiembre de
1810, en vista de que se trata de una esquila. Esto hace pensar
que en realidad la campana original no ha llegado a conservarse.
En
los tiempos modernos, la fundición de campanas y la fabricación
de relojes de campanarios se hace en empresas que han heredado
la tradición desde hace muchos siglos. Hay ejemplos de muy alta
reputación en la Bélgica actual, y en Inglaterra.
Otras instituciones que merecen mención por su interés en la
investigación en campanología son la Asociación de Carillones
de Holanda, el Gremio Belga de Carilloneros, la Escuela Real de
Carillón en Mechelen, Bélgica (fundada en 1922) y la Escuela
Holandesa de Carillón en Amersfoort (fundada en 1953). Otra
institución de gran prestigio internacional es el Museo
Nacional del Carillón en Asten, Holanda (establecido en 1969).
Esta última funciona en realidad como Instituto de campanología,
y su curador y director es el afamado Doctor André Lehr, cuyos
textos son los más reconocidos en el medio.
Para efectos de comparación, en Bélgica en la actualidad el
costo de una campana (sin incluir el IVA) es de 15 pesos por
kilo, de los cuales 40% es el valor del bronce. En México, sin
incluir gastos de traslado, el costo de una campana fluctúa
entre 60 y 80 pesos por kilo.
Como un regla general, los fabricantes de campanas consideran en
la actualidad que el número de segundos durante los que una
campana debe permanecer audible por la vibración de su metal, a
corta distancia, es aproximadamente igual a 0.6 veces el diámetro
de la campana en centímetros.
En
la música, tal vez el más conocido ejemplo sea el de la
Obertura 1812 de Tchaikowsky, en cuyas interpretaciones se
combina el uso de campanas y cañones para dar mayor impresión
de realismo por la victoria de los rusos contra las tropas
napoleónicas. No se diga la fama que recientemente ha adquirido
el catalán Llorenc Barber, con sus monumentales
"Vaniloquios Campaneros" para el conjunto de todas las
iglesias de una ciudad, como es el caso de Cholula.
En escultura, este es solo un ejemplo en que el artista no pudo
terminar una representación de Erasmo de Rotterdam por lo que
tuvo que fundirse en el taller de un fabricante de campanas.
Además del caso del pintor-organista-campanero antes mostrado,
este es un ejemplo de la manera en que se realizaban los
repiques de campanas en el siglo XIX.
En arquitectura, las campanas han inspirado obras diversas por
su forma, como modelo decorativo. Estos dos ejemplos están en
Tlahuelompa, en el estado de Hidalgo, que hoy en día es la cuna
de la fabricación de campanas a nivel nacional.
En la literatura, son innumerables las referencias a campanas
que han excitado la imaginación de escritores a lo largo de los
siglos. Por ejemplo, está "La Leyenda de Ulenspiegel",
del escritor decimonónico francés Charles de Coster sobre
Rolando, el paladín de Carlomagno que murió en la batalla de
Roncesvalles en el año de 778. Otra pieza famosa es la
"Campana de Flandes", del poeta belga moderno Albert
Giraud.
Ambos poemas se refieren a la célebre campana
"Rolando" que hoy se encuentra en la Plaza Mayor de
Gante. Hecha en 1315, se refundió en 1660 y se reconstruyó en
1948, al dañarse durante la Primera Guerra Mundial.
Las campanas, instrumentos universales de percusión, cumplen
una función simbólica para toda la humanidad. Su voz repica en
un lenguaje universal, entendido por todos, con sonidos que
suenan con absoluta pureza, en una expresión eterna de
sentimientos, por pena o por alegría. Según lo expresó
Chateaubriand en 1802:
Cuándo
celebramos, los carillones y las sonoras voces de sus campanas
parecen aumentar la alegría general. Es gozo puro, expresado
en una inmensa escala de sonidos. Sin embargo, cuando ocurren
calamidades, su sonido se vuelve terrible.
Es famosa la escena del Retablo del Maese Pedro el Quijote en
que se relata que:
El
rey Marsilio mandó tocar alarma. Y mieren con qué priesa,
que ya la ciudad se hunde con el son de las campanas, que en
todas las torres de las mezquitas suenan. ¡Eso no! -dijo a
esta sazón don Quijote-. En esto de las campanas anda muy
impropio maese Pedro porque entre moros no se usan campanas,
sino atabales, y un género de dulzainas que parecen nuestras
chirimías. Y esto de sonar campanas en Sansueña sin duda que
es un gran disparate.
No es necesario describir aquí los instrumentos de percusión o
de aliento a los que se refiere don Quijote, pero si hay que
aclarar que es muy cierta la afirmación de que en las mezquitas
de los moros no se emplean campanas, como en las iglesias. Sin
embargo, ya que se ha descrito aquí el uso de cascabeles y la
existencia de vestigios arqueológicos en el Medio Oriente, con
el fin de puntualizar este concepto.
Por último, tenemos una bella referencia a las campanas en la
literatura en el texto de Ernest Hemingway, Por quien doblan las
campanas, novela escrita en 1940 sobre la Guerra Civil Española:
La
muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy una parte
de la humanidad. Pero eso no quieras saber nunca por quién
doblan las campanas: ¡están doblando por tí...!.
La
catedral metropolitana tiene un total de 28 piezas, entre
campanas, esquilas y piezas del reloj. Están distribuidas en
dos torres, cuyo proyecto es obra del arquitecto José Damián
Ortíz de Castro, originario de Jalapa, Veracruz que trabajó de
1787 a 1791. Tienen como remate la forma de una inmensa campana,
y su altura total a la cúspide de la cruz es de 61 metros.
La campana mayor pesa casi trece toneladas. Fue fundida por
Salvador de la Vega y consagrada el 8 de marzo de 1792, al pie
de la torre, por el arzobispo Alonso Núñez de Haro y Peralta.
Está dedicada a la Virgen de Guadalupe, fue estrenada el 7 de
junio de 1792 y su fama es que su toque se oye en más de dos
leguas a la redonda. Tiene el honor de que el aparato que se
inventó especialmente para transportar esta campana desde el
taller de fundición de Tacubaya hasta la catedral, se probó
antes con la Piedra del Sol o Calendario Azteca, cuyo
descubrimiento ocurrió en los mismos días. Cabe señalar que
hoy no quedan vestigios del taller de fundición de la familia
Vega en Tacubaya.
Gracias a los documentos que se encontraron en el Archivo del
Cabildo Metropolitano de México, hoy sabemos que la técnica de
fabricación de campanas no ha variado desde hace mucho tiempo.
Afortunadamente, la valiosa información de archivo en este
proyecto se pudo compaginar con el inventario físico que se
realizó. Aquí se muestra el día de la jubilación del
campanero don Polo, en noviembre de 1995.
Estos son algunos ejemplos de la manera en que se clasificaron
cada una de las cédulas.
Veamos ahora algunas vistas de las piezas de mayor valor artístico
que se encuentran actualmente en las torres de la catedral
metropolitana.
Escuchar
campanas produce el efecto de olvidar cualquier dificultad que
se tenga en ese momento. No importa de qué religión sean las
iglesias que tocan las campanas: traen un indudable mensaje de
paz para toda la humanidad. No importa raza, nacionalidad ni
creencia religiosa. Es la belleza de las campanas, en un mensaje
internacional. Entre los sentimientos que se puedan expresar,
los más importantes son el Júbilo y la Meditación.
La música de campanas tiene una gran cualidad introspectivo que
escapa a la descripción, como portadoras de un mensaje
personal.
Quiero terminar con un ejemplo de la cualidad introspectivo
personal de las campanas, a la que me he referido. Mi familia
recibió recientemente un obsequio de una colega y amiga muy
querida, a su regreso de un largo viaje. Al escuchar la obra,
pronto se me hizo notar, y decidí incluirlo aquí. Se trata de
una grabación recientemente efectuada del sonido de las
campanas del Real Monasterio de Monjas Benedictinas de San
Pelayo en Oviedo, Asturias, España. Este repique había
provocado el tan conocido efecto de recordarle sus vivencias de
juventud al oyente a que me refiero.
Tal vez la descripción más bella de este fenómeno de
introspección es la que hace Fausto en la obra de Goethe, en el
momento en que un repique le salva la vida cuando estaba a punto
de suicidarse, decepcionado por no haber podido alcanzar la
sabiduría:
Otras
veces, en medio del austero recogimiento del domingo, descendía
sobre mí el ósculo de amor celeste; entonces resonaba, llena
de presagios, la plenitud del sonido de las campanas, y la
plegaria constituía para mí un férvido deleite; un dulce e
inexplicable anhelo me impelía a divagar por bosques y
praderas, y bañado en ardientes lágrimas, sentía nacer un
mundo para mí. Este canto anunciaba los alegres juegos de
juventud, la franca felicidad de las fiestas primaverales. Tal
recuerdo, impregnado de sentimiento infantil, me impide dar
ahora el último, el imponente apso. ¡Ah! Seguid sonando,
dulces cantos celestes. Brota una lágrima de mis ojos: la
tierra se enseñorea de mi otra vez.
Esto implica por lo tanto, que la campana más importante es la
más conocida y por lo tanto la más amada.
Quiero hacer referencia en este momento a un poema inédito que
apareció en el archivo, al cual pretendo adherirme con
entusiasmo, por los cuatro siglos de antigüedad de la campana
Santa María de la Asunción.
Los fragmentos inicial y final de las "Octavas de¡
Visitante Anónimo", de 1796, dicen así:
Esta
Matriz Yglesia Mexicana
que de grandeza, y magestad blasona
tiene una torre fuerte; aunque algo enana,
que a su fabrica sirve de Corona.
En cada arquillo cuelga una Campana,
que entre cantos su timpamo eslavona;
y con su tono claro, es signo externo
para reglar el Coro y el govierno.
Entre estas, la mayor que por su fama
obtiene indisputable primacia,
Santa María de la Asumpcion se llama
y por voz popular Dª María.
Aun con estar estrecha, y sufocada
su concepto armonioso el oido alaga,
y el clamor de cualquiera campanada
mas de legua en circuito al aire vaga.
Con el aliento de su voz pausada
á las demas las voces les apaga,
y burlandole al tiempo desengaños
numera ya dos siglos y nueve años.
Estas octavas ejemplifican la enorme trascendencia que tiene la
investigación en fuentes primarias, como los documentos que
aparecieron en el Archivo Histórico de la Catedral. Ojalá que
puedan ser debidamente explotados, y que algún día puedan
desarrollarse estudios formales de campanología en México,
empezando por supuesto con las campanas de la catedral.
(...) Ojalá que el mensaje de las campanas quede vibrando en
nuestros oídos y en nuestro espíritu por mucho tiempo, ya que
en realidad es un mensaje eterno. (*)
(*)
Fuente: "La
voz de las campanas", por
Fernando E. RODRÍGUEZ-MIAJA, Memoria 1995 – 1996
de la Sociedad de Historia Eclesiástica Mexicana; páginas
73-96.