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RELIGIÓN
E IDEOLOGÍA EN HOMERO
Por
Carlos Espejo Muriel
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Homero.
el poeta esencial de la Grecia antigua. |
En
el texto que sigue, Carlos Espejo Muriel, investigador,
de la Universidad de Granada,
se introduce en el ideal heroico que mueve la ética homérica
centrado fundamentalmente en la areté (virtud), la tímé
(honor o status) y la disyuntiva agathós-kakós y así
conectar con el mundo de la justicia y analizar el peso de la
costumbre (themis-diké); para terminar con unas reflexiones
sobre el panteón olímpico y las relaciones existentes entre
dioses, daemones, hombres y héroes (entre los que destacamos
las figuras del adivino y del médico), y la determinación
de las características de lo que podría denominarse
una filosofía homérica.
RELIGIÓN
E IDEOLOGÍA EN HOMERO
Por
Carlos Espejo Muriel
1.
ETICA HOMÉRICA
En
cualquier unidad social existe todo un sistema de individuos
sociales prototípicos de los cuales brota una influencia positiva
sobre el comportamiento moral, pues bien, en nuestro caso, este
sistema se condensa en el ideal heroico, en la ética que se
desprende del comportamiento de sus héroes, ética que se
caracteriza fundamentalmente por:
-
La
idea de felicidad (según cuatro grandes virtudes, como son:
la prudencia, el coraje, la sabiduría y la justicia).
-
El
sucumbir en el combate como el honor supremo (así como la
gloria posterior o kleos, dado que nos movemos en un
sistema de valores propios de una sociedad de guerreros y que
conecta perfectamente con la eterna juventud que señalaba
Mossé(1), y por lo que, la peor injuria que se podía cometer
contra un enemigo era la de mutilar su cadáver. Además, esta
gloria como renombre adquirido en el medio calificado de los
valientes, es la medida, el reconocimiento objetivo del valor.
De aquí viene ese deseo apasionado de gloria, de ser
proclamado el mejor, que es el impulso fundamental de esta
moral caballeresca -el héroe homérico no es realmente feliz
si no se siente, si no se afirma como el primero, distinto y
superior, dentro de su categoría). (2)
-
La
voluntad de la aventura, el desprecio al peligro, la
superioridad en la acción y el amor a sí mismo (philautiva)
que no es el amor del yo, sino el de él, de la belleza
absoluta.
-
La
aceptación del orgullo, megalopsychía, que no es
vicio sino la elevada aspiración de quien ansía ser grande.
Es
una moral, por tanto, que ignora absolutamente una noción de
deber, de conciencia, mérito o falta; por lo que encontramos una
moral hecha de lealtad para con el jefe y los compañeros de
combate; y que tiene carácter de ley, donde tanto hombres como
dioses, deben actuar conforme a ella.
Esta
moral, pues, es agonística ya que «convierte la rivalidad en un
impulso poderoso configurador del comportamiento" (3). 0 sea,
que este ideal heroico refleja los valores de una sociedad en la
que la habilidad física, el coraje y el liderazgo fueron los
atributos más preciados en un ambiente de competición individual
por el prestigio, dentro de un contexto rígido y proscrito de
obligaciones.
No
obstante, hay una parcela que no vamos a tratar y que forma parte
de esta ética (aunque de manera un poco contradictoria), nos
estamos refiriendo al campo de la bondad y la dulzura que debe
incluir toda agonística heroica (si bien no se consideran
características éticas del guerrero homérico, aunque pensamos
que esto se debe no a la épica homérica sino al sustrato
cultural de los investigadores del tema(4). Así pues, en Patroclo,
por ejemplo, registramos atributos tales como
"bondadoso" y "gentil" (que erróneamente se
han explicado como ejemplificación de una cierta sentimentalidad
"femenina" que suponemos se debe a su relación con
Aquiles) además de esthlos entre los héroes -con su
significado de irreprochabilidad opuesta a la dureza(5)- que no
son para nada extraños a la epopeya.
Pasemos
ahora a considerar el problema de la cólera o hybrís. Con
ésta comienza la llíada, y cuando termina la de Aquiles, termina
el poema, pero esta cólera está más allá del bien y del mal psíquico
o ético, pues es obsesión enviada por los dioses, fatídica,
inexorable e inconmensurable, como la vida, la muerte o una
epidemia. Por lo que estamos de acuerdo con Lasso de la Vega
cuando dice que se entronca con el aspecto religioso de los
griegos, pues no existiría como conciencia social sino en función
de una serie de deberes religiosos(6).
Esta
cólera nace de haber sido ofendido el honor de los héroes, a
quienes no mueve otro impulso que el afán de la honra debida a su
areté. No obstante, Griffin nos señala también que -el
honor heroico es en los poemas homéricos inseparable de la posesión,
y llamamos la atención sobre el hecho de que tanto la cólera de
Aquiles como la venganza de Ulises fueron provocadas por privar a
un héroe de algo que fue posesión suya(7).
Respecto
de la disyuntiva homérica agathós-kakós, debemos señalar
que el carácter ético que desprenden estos términos se reduce
en este contexto a la bravura física que demuestren los
guerreros. Aún así, los vocablos registrados para designar lo
mejor son los siguientes: areté, agathós, esthlos, chrestos,
ameinon, beltion, adstos y heltistos; por el contrario,
los términos más importantes para designar lo peor o más
denigrante, son: kakotes, kakos, deilos, ponemos, kakion, kakistos,
aischron y elencheie. Respecto del primer campo todos ellos
designan en Homero las cualidades humanas más altamente
estimadas, así por ejemplo, agathós es el guerrero
capacitado y valiente que en tiempos de guerra obtiene el éxito,
y en tiempos de paz goza de las ventajas sociales inherentes a su
condición. Mientras que en el segundo caso es todo lo contrario.
Pero
realmente, si hay un elemento que define y articula esta ética,
pensamos que es el honor, la areté. Esta sería el
compendio de todas las cualidades deseables en el hombre, «virtud»
en el sentido de excelencia interior y exterior; también podríamos
definirla como aquello que hace del hombre un valiente, un héroe(8);
o que es la expresión del más alto ideal caballeresco unido a
una conducta cortesana selecta y al heroísmo guerrero; o que es
el atributo propio de la nobleza,... en realidad, es una palabra
intraducible.
Siempre
se mantuvo firme la idea de que la areté o las aretaí estaban
referidas, en lo esencial, al comportamiento activo hacia el
exterior. Es decir, que siempre era el comportamiento el que, en
último término, decidía sobre la existencia o la falta de areté,
con lo que, a su vez, se expresan dos cosas: que la areté descansa,
en parte, en la consideración externa que se reconoce al
individuo en el ámbito de la comunidad -de manera que se aproxima
así al concepto de respeto-, y que siempre era el caso concreto
el que exigía la areté (el individuo tenía libertad para
obrar como él creía que debía hacerlo y obraría siempre
adecuadamente si poseía la areté). (9)
Intimamente
vinculado con la areté se halla el honor, que en los
primeros tiempos era inseparable de la habilidad y el mérito -con
lo que se aprecia que el hombre homérico adquiera exclusivamente
conciencia de su valor por el reconocimiento de la sociedad a la
que pertenece, siendo el elogio y la reprobación (epaínoslfoghos),
las dos fuentes del honor y el deshonor-, y que es considerado
todavía como el premio de esta areté.
Dentro
de este honor nos encontramos con unos términos que nos gustaría
señalar. Uno de ellos es kudos, que se le otorga a los
hombres victoriosos que adquieren su prestigio a los ojos de los
otros, a conciencia (para las mujeres el término es kleos) y timé
(honor, estatus) que se relaciona con el anterior, pero mientras
éste es una cualidad relativa (es la evaluación del lugar que
ocupa un hombre en relación a otro), kudos es una cualidad
absoluta, como la fuerza.
II.
DERECHO Y JUSTICIA
En
este nuevo ámbito es donde quizá se pueda rastrear mejor el
sustrato gentilicio de estas comunidades; para empezar diremos que
en Homero el proceso de extensión de la categoría de lo justo (y
de su contrapartida, lo injusto) ha avanzado poco, lo que explica
el escaso desarrollo de la administración de justicia; y además,
estamos en una sociedad fundada esencialmente en principios
agonales donde la sanción social tilda ciertas acciones de
"hermosas" (kalá) y otras de "feas" (aisjrá),
por lo que las conductas sometidas a juicio pasarán poco a
poco de «feas» Categorías puramente privadas- a «injustas».
El arbitraje se convertirá en condena en Homero, esta condena está
todavía puramente en las manos un tanto distantes de los dioses
(así tiene razón Adkins cuando dice que en la sociedad homérica,
la creencia en una causación no humana de los actos humanos, no
tiene prácticamente efectos sobre la adscripción de
responsabilidad). (10)
En
este mundo no encontramos ningún concepto de impureza espiritual,
de "pecado" como tal; no conocen ninguna categoría que
pueda parangonarse a tal vocablo ni a tal idea (aunque ello no
quiera decir que no consideren los elementos o conductas
negativas). Y por supuesto, dentro de los límites de las
corporaciones tribales -familia, casa, linaje, clan- las
relaciones entre individuos y subgrupos se mantienen por
mecanismos sociales que no requieren apelar a una autoridad mayor.
Otra característica de estas nociones de justicia y derecho en
Homero es que éste no utiliza nunca ni thesmos ni nomos para
decir «ley» (y que por supuesto, ésta no estaba escrita, sino
que es el peso de la costumbre la que la ha elevado al carácter
de ley), y que se puede ver perfectamente (lo cual no es nada ilógico,
sino que al revés, viene a subrayar muchas de las ideas que
comentamos) la estrecha relación que existe entre el derecho como
"lo justo" y Zeus; lo cual es además muy interesante
porque pone de manifiesto en la concepción que tienen estos
hombres de atribuir fuerza vital a los objetos (y no sólo en la
norma del derecho criminal), lo cual se aprecia en ciertas fiestas
y ritos, concretamente en las posteriores Bufonías atenienses
donde tras buscar al culpable del sacrifio del toro, atribuían la
culpa al hacha y la arrojaban al mar(11).
Pero
veamos con un poco más de calma las leyes (themis) en
Homero. El poeta le otorga el calificativo de athemistoi a
los Cíclopes, por no respetar las leyes, y con el nombre themís
encontramos en los poemas a los dioses que se encargan de
convocar a los demás dioses a la asamblea, por esto Ruipérez
cree que el significado más antiguo de themís no parece
haber sido "ley, derecho o justicia", -que debe ser
reciente- sino algo material y concreto, relacionado de algún
modo con la actividad de la diosa, de reunir la aghoré, y
más concretamente, themislthemístes, en su significado
material más antiguo, designaban precisamente los xethtoilithoi
que constituían el hierós de la bolué y que
servían de asiento a los gerontes(12). Así la diosa Themis era
la personificación de la fuerza religiosa del hierós kiklos, pues
esta diosa es la que gobierna la convivencia de los padres, hijos
y siervos de la casa, regula el ceremonial con que se acoge a un
huésped, y sobre todo, tiene valor en la asamblea, en el ágora,
en la corte donde se reunen los hombres de la comunidad, donde
cada uno tiene el derecho de hablar libremente. Además, no está
fundada sobre un pacto, pero los crea. Themis por lo tanto,
tiene en sí un germen suicida: cuanto más importancia más
terreno pierde en sí misma(13).
Ahora
bien, como hemos visto, en Homero no existen aún leyes donde todo
esté regulado, y mucho menos un derecho codificado que diga en
cualquier caso qué cosa está permitida, y cuál no, ya que los
hombres no son aún plenamente conscientes de lo que puedan hacer
por sí mismos. Este conocimiento de los límites puestos a las
propias pretensiones determina las concepciones jurídicas de los
griegos.
Existe
una vieja polémica, de la que nosotros sólo vamos a recordar un
pequeño eco, sobre las diferencias entre diké y themis, fundamentalmente
en cuanto a significado. Para Glotz (14) la themis va íntimamente
ligada al genos, en cambio, cuando empiezan a aparecer las
divisiones en fratrias y tribus, es cuando cree que aparece la diké.
Pues bien, por ejemplo Frisch, que es partidario de la
corriente contraria, cree que estas diferencias entre diké y
themis no tienen nada que ver con la familia, sino que la
diferencia consiste en que themis es lo recto y legal,
mientras que diké es lo recto y lo apropiado, separándose
ambas porque la primera tendría más rasgos de veneración
religiosa y la segunda se aproximaría más a la propia idea jurídica(15).
Visto
esto podemos comprender mejor el entramado gentilicio que subyace
en estas consideraciones «normativas.. Por lo pronto, la esfera
penal no interesaba al conjunto, sino que era la familia la que
debía reaccionar en el caso del asesinato de uno de sus miembros,
para conservar los patrones de conducta. No obstante, la
comunidad, en ocasiones, se vió forzada a intervenir para dar una
solución a las diferencias personales (Finley establece la
diferencia en tanto en cuanto un asunto era «privado. cuando
permanecía dentro de la autoridad única del oikós o
grupo de parentesco, mientras que un asunto era público cuando la
decisión era tomada por los jefes de todos los grupos separados
después de reunirse en consejo) (16). Entonces era cuando entraba
en funciones el mecanismo de la administración de justicia, muy
rudimentario aún, aunque L. Gernet cree que también en esta
parcela se estaba dando un fenómeno de cambios que estaban
originando una aparición tímida de lo procesal, separándose de
la costumbre agonística(17); que en ocasiones se atribuía al
rey, otras sin embargo, a los ancianos, es decir, a los nobles
miembros del Consejo. A cargo de ambos estaban las themistes (sentencias
o normas consuetudinarias transmitidas por tradición oral) que
nunca fueron leyes escritas.
En
esta organización tribal de los griegos, todavía pues no se ha
elaborado el concepto de responsabilidad individual por lo que la
culpabilidad se extiende sobre todo a la familia. El ofensor podía
"pagar la culpa" huyendo de la región o proponiendo una
compensación a los familiares de la víctima. Si huía, debía
someterse, en el país que lo acogiera, a un rito de purificación,
ya fuese su homicidio voluntario o involuntario. Con la huida del
ofensor la familia del ofendido perdía todos sus derechos sobre
él, pero la familia también podía negociar las condiciones de
regreso: una embajada compuesta por amigos iría solemnemente a la
casa de la familia del difunto, comerían luego y hablarían, irían
como suplicantes y harían una llamada al aídós, es
decir, a la obligación que todo hombre tiene consigo mismo, con
los suyos, con los demás hombres, con los dioses y la ley divina.
En compensación por la ofensa se ofrecerían regalos de la
calidad del ofendido y de la riqueza del suplicante. El ofendido
se levantaría, rechazaría (obligatoriamente) pues si no sería
faltar a la obligación que debía mostrar hacia el difunto,
recordaría la magnitud de la ofensa y la exageraría, para
terminar aceptando.
La
reconciliación se hacía en el ágora, donde todo el pueblo la
presenciaría. El ofendido echaba un pequeño discurso y el
ofensor culparía a Zeus o al Destino o a las Erinis, pagando el
rescate y sellando el pacto con un sacrificio y un juramento,
arrojando el cuerpo del animal al mar, como el de todas las víctimas
entregadas a los dioses infernales sobre los cuales se había
prestado juramento, para terminar con un banquete (en Grecia, el
procedimiento normal de la venganza para los crímenes contra los
dioses fue la ordalía, siendo sus agentes los
representantes de la divinidad y los magistrados -tomándose como
escenario el mar o un precipicio). (18)
Y
desde aquí nos introducimos en el último aspecto que queremos señalar,
seguidos de la mano de las interesantes investigaciones del
profesor Dodds(19) nos estamos refiriendo a la concepción de
cultura de vergüenza (shame culture y cultura de
culpabilidad, como sustratos básicos para entender esta sociedad.
En ella conocemos la solidaridad familiar pero no conocíamos la
idea de culpa heredada y del castigo diferido, sin lugar para la
compasión. Todo ello se aprecia en lo que Kardier llamó
"interiorización de la conciencia" o en la palabra ághos,
en la que se pueden rastrear ideas tales como contaminación,
maldición y culpa.
Sobre
todo si tenemos en cuenta que en el mundo homérico la suciedad no
reside en la materia sino en la forma, por lo que el conflicto
entre "lo puro" y "lo impuro" será una
variante del conflicto entre naturaleza y cultura, ya que la
cultura, como instauración colectiva de formas y límites, es la
purificación de la naturaleza.
III.
DIVINIDADES
Existe
un primer problema a la hora de hablar de estos dioses, y éste
radica en la consideración de si son o no reales. O sea, si
responden sólo a un interés literario o si forman parte del
bagaje cultural y religioso de este pueblo. Hay algunos autores,
como G. Thiele, que los considera como un invento de los poetas épicos
anteriores o de Homero mismo, por lo que pasarían a ser pura
ficción intencionada, ideada por y para la epopeya, sin ser,
pues, expresión de una fe ni constituyendo una religión(20). Por
otro lado tenemos la opción contraria llevada a su más exagerado
extremo: en las interpretaciones que hace Buffiére sobre el
contenido de los poemas, como si fuese un mundo teológico
totalmente poblado por fuerzas y dioses, revistiendo los poemas de
un carácter místico. Así pues, él ve la guerra de Troya como
una ejemplificación del combate de las almas, siendo los troyanos
las almas carnales y los griegos las espirituales. A la vez que en
la Odisea, el largo errar de Ulises por los mares, como una
representación del exilio del alma en el "país de la
materia"(21).
Existe
también un segundo problema derivado al igual que el origen de la
épica, sobre la posible relación Homero-Micenas en cuanto
al tratamiento de los dioses o su simple denominación. De todas
formas, hoy se considera lo más acertado no intentar rastrear en
lo micénico, o en todo caso como expone L. Stella que "ogni
ricerca di caratteri micenei nell'Olimpo dell'Odissea deve
procedere quindi con estrema cautela, appoggiandosi solo ai
pochissimi dati sicuri"(22). Actualmente se reconoce la
existencia de ciertas similitudes de denominación (una docena
escasa de nombres divinos griegos aparecen en las tablillas, tales
como Zeus, Hera, Poseidón, Artemis, Dionisos, Hermes,... si bien
estos aparecen acompañados en las tablillas de otros muchos
nombres divinos que no figuran en la religión homérica, en la
que por el contrario figuran muchos nombres divinos que todavía
no se han encontrado en los textos micénicos), sin embargo se
recuerda, que al igual que en el resto de los demás aspectos del
mundo homérico, se superponen dos planos diferentes: el recuerdo
de un pasado micénico y aqueo, que proviene de la tradición épica,
y las impresiones personales del poeta, reflejo del mundo que le
tocó vivir.
Vamos
a clasificar a continuación las características que definen esta
religión para dar paso posteriormente a los rasgos definitorios
de las divinidades. Lo primero que encontramos es que no se trata
de una religión revelada, pues no existen textos sagrados ni
castas sacerdotales, -los únicos que pueden codificar o renovar
las representaciones mitológico-religiosas son los poetas, y
precisamente por ello ejercen una influencia amplia y duradera.
Tampoco encontramos en las prácticas y nociones religiosas, ni
los temores supersticiosos ni los tabúes (por lo menos no de una
forma muy extendida), el miedo a los fantasmas o
"demonios", como tampoco existen semidioses, puesto que
los reyes eran honrados como dioses pero nunca adorados; y los héroes
eran hombres, pero no objetos de culto.
Tampoco
encontramos una casta de sacerdotes sino un grupo de expertos en
cosas divinas, encargados de aconsejar, guiar y asistir a los
reyes en el ejercicio de sus funciones. Son los guardianes de los
ritos, de las fórmulas y de los cantos sacros, conservadores de
los gestos y los ritmos, cuya observación y respeto hacen la
eficacia de las ceremonias, cuya memoria infalible sirve de
archivo a los dirigentes de la comunidad. Las funciones que
realizaban serían: degollar las víctimas, despojarlas,
separarles las entrañas, cortar las carnes, presidir la cochura
ritual -aunque parece ser que se podían hacer reemplazar por
auxiliares o mageiroi- y generalmente desempeñarían dos
ritos esenciales: la dedicatoria de la víctima que comienza la
ofrenda y el pronunciar la oración que acompañaba al sacrificio.
Así pues, más que sacerdotes (que no podemos hablar de ellos
como tales) son oficiantes, sobre todo cuando las palabras que nos
ofrece Homero para designarlos subrayan esta idea (hiereus o
sacrificador y areter o suplicante), y nos ponen en relación
con la alta estimación social que debieron tener, precisamente
por esto.
Por
último señalar que se considera a los animales como hermanos del
hombre y seres dotados de un alma razonable, siendo las almas de
unos intercambiables por la de los otros (de aquí la raíz del
gran principio de las reencarnaciones).
Respecto
de las divinidades, en Homero aparecen las siguientes: Zeus, Hera,
Afrodita, Ares, Apolo, Artemis, Atenea, Hermes, Poseidón,
Hefestos, Demeter y Dionisos. Nosotros sólo vamos a deternernos
un poco en la última que citamos, pues si bien aparece
escasamente en los poemas, se ha querido interpretar como que en
aquel tiempo no había alcanzado aún en la vida y en la fe de los
griegos una significación que trascendiera más allá de unos
cuantos cultos locales, lo cual puede ser cierto, pero nosotros
creemos que estaría ya arraigado -debido sobre todo a las
características propias de su culto que tan ampliamente
difundidas forman parte del contexto cultural y gentilicio de esta
época griega-, y si no aparece con la asiduidad de los otros es
debido fundamentalmente a que estamos en un género literario
determinado en el que difícilmente podría tener una cabida mayor
de la que tiene.
Ahora
bien, todas estas divinidades están caracterizadas por una serie
de rasgos determinados.
-
Ninguna
característica de los dioses es más típicamente homérica
que su antropomorfismo (23).
-
Son
los portadores de las cualidades que convierten al hombre homérico
en un ser superior.
-
Son
los que realizan los cambios inesperados que interrumpen la
rutina de sus vidas.
-
Su
burla o su indiferencia frente a las luchas, sufrimientos y
muertes de los humanos, no son sino la expresión hiriente de
su rango divino.
-
Son
la contrarréplica a la existencia humana, marcada por el
temor y la miseria.
-
Cuando
actúan a título personal se comportan exactamente igual que
los hombres, luego no son inmortales sino que siguen una regla
de moral muy definida cuyo principio básico es el deber de la
autoafirmación.
-
Son
los que garantizan el orden decretado por el destino y
castigan su transgresión.
-
No
poseen ningún poder misterioso o diferente al de los seres
humanos, salvo que pueden volar a través del aire, son
invisibles a los ojos humanos -los cuales tienen una niebla
sobre ellos que los previenen de ver a un dios o a una diosa-,
que pueden tomar una apariencia visible si lo desean -al menos
humana-, y que en todo caso pueden alterar la apariencia de un
ser humano o hacerlo desaparecer.
-
Son
los dueños de todos los estados de conciencia, de todos los
fenómenos psíquicos del hombre.
-
Son
portadores de una mayor areté y timé que los
hombres (por lo que un exceso de areté es lo que puede
hacer que los hombres lleguen a ser dioses).
-
Y
por último, son los sueños de los humanos hechos realidad.
En
cuanto al orden, los dioses no pueden alterar el curso del destino
del hombre arbitrariamente, y si Zeus se somete al resultado de
esta operación no implica sometimiento alguno a un poder
superior, sino a un orden al cual conforma su actuación. No
obstante, esta creencia en el destino y en los dioses parece
contradecirse, pero nosotros no lo pensamos así, pues corresponde
a una visión estática y dinámica respectivamente, de la vida:
el hombre piensa que lo que sucede es lo que debe acontecer y no
hay otra solución que la de conformarse; o bien cree que los
sucesos de la vida dependen de la benevolencia o de la ira de unos
dioses, sobre los cuales puede el hombre influir con sus plegarias
y sacrificios.
En
cuanto a los daemones y theoi, no se puede decir que los
primeros sean divinidades maléficas y los segundos lo contrario,
ya que, precisamente lo opuesto se puede ver en el vocabulario de
Homero(24). Lo interesante es saber que puede darse una actividad
divina que produce el mal y el bien, que theos y Daimon en
Homero significan la divinidad, que son utilizados en contraposición
a los dioses que se llaman con sus nombres y que ejercen un
influjo sobre la naturaleza y sobre el hombre (causando vientos,
tempestades, calmas de mar, etc... en el primer caso, y engañando,
infundiendo ánimo, miedo, etc... en el segundo). Sin embargo, el
hombre logra a veces superar estas actividades y "esto sucede
cuando la actividad de ellos trata de actuar directamente en
contra o en favor de algunos hombres, y sólo indirectamente
actuaría con relación a sus compañeros"(25).
El
influjo de theos y daimon en el hombre puede ser triple:
favorable, adverso, o favorable y adverso al mismo tiempo. Y en
general, son tuerzas mal identificadas -o una designación vaga de
la divinidad- que intervienen en los asuntos humanos; y no como
han querido ver otros, seres divinos dotados de poder
pertenecientes a las creencias populares y primitivas.
Veamos
cuál es la relación entre estos daemones y los héroes:
a veces, sus campos culturales se aproximan pero hay
suficientes características como para separarlos; por ejemplo:
ambos coinciden o forman parte del culto a la muerte pero se
diferencian porque el de los héroes se asocia al culto a los
antepasados. Y sobre todo, lo que diferencia claramente a ambos es
que el daimon poseía habilidad para estar presente en
cualquier lugar y en cualquier momento(26).
En
cuanto a los dioses y los héroes, mientras que en
todas las religiones arcaicas del próximo y medio Oriente los
personajes dotados de caracteres y funciones heroicas fueron
considerados igualmente ,dioses», los griegos son los únicos que
en su ambiente desarrollaron una idea religiosa particular. Y esto
es lo que realmente distingue a la mitología griega: la posición
dominante que desempeñan los héroes dentro de ella, porque ellos
iluminan con sus acciones y su naturaleza la posición y las
limitaciones del hombre en el mundo(27).
Por
lo que respecta, finalmente, a los hombres y a los dioses,
intentaremos mostrar todos aquellos actos o funciones que estén
relacionados con las divinidades y que las llevan a cabo los
seres humanos. Empezamos, por ejemplo, por un estatus intermedio
entre ambos, del que gozan los adívinos en este universo
homérico.
En
la mayoría de los casos son profesionales independientes, de
vocación generalmente hereditaria, encontrándolos sedentarios,
caminantes, etc... cuya misión estribaba en averiguar cuál era
la voluntad de los dioses, ya que como mantis eran seres
inspirados con capacidad para conocer el pensamiento de los dioses
(mantosíne), don que le otorgaban ellos mismos.
Homero
establecía la distinción entre una mántica natural o intuitiva,
y otra artificial o inductiva que infiere los acontecimientos
futuros de la combinación de signos y procesos del mundo
exterior, pero sin tener de ellos una percepción inmediata. El
primer tipo exigía bien un carisma especial por parte de los
dioses que permitiese al adivino, aún en plena normalidad psicológica
(emfron), la clarividencia del futuro; o un estado animico
"sui generis" que capacitase al hombre para
recibir la revelación de un dios (este tipo lo analizaremos más
tarde, en relación con el entusiasmo).
La
técnica adivinatoria más en boga en los poemas es la ornitomancia
que consistía en extraer los presagios del vuelo o del
graznido de las aves, especialmente del águila, del halcón, del
cuervo y de la corneja. Pero también la encontramos en la
inspección de las entrañas de los animales tales como la cabra,
la oveja o el toro, cuyo especialista recibía el nombre de thyoscoos.
En
cuanto a los médicos, vuelven a estar en ese estatus
privilegiado en contacto con la divinidad, pues es la propia
divinidad quien distribuye los beneficios de la curación
"privilegio legítimo y natural, puesto que las enfermedades,
como todos los males, no son sino el efecto de la cólera y de los
celos de los dioses(28). Se les conoce como ieter kakón por
su condición de demiurgo o trabajador público, gozando de gran
prestigio. Pues los griegos no precisaron acudir para curarse, a
los auxilios de un sacerdote o de un adivino, sino que se
conformaron con los buenos servicios de un hombre hábil en el
manejo de las manos (kheirourgein) o entendido en bálsamos,
brebajes y emplastes.
Los
poemas homéricos muestran que la cirugía, por necesidades de la
guerra, había llegado a un grado de desarrollo muy superior al de
la medicina interna, y aunque en ellos la actividad terapéutica
fuera ejercida indistintamente por los héroes en momentos de
emergencia, o por las mujeres (tan vinculadas a esta parcela), el
médico es un personaje bien definido. De todas formas, la práctica
central fue la administración de medicamentos internos, fármacos,
que en el epos-y dado el estatus del médico- son hechizos
(no dirigidos al enfermo sino a las potencias o divinidades,
procediendo su eficacia de la acción de lograr
"encantar" o "seducir" el ánimo de las
mismas) más que remedios.
Luis
Gil (29) ha puesto de manifiesto que en estos poemas la enfermedad
no se concibe todavía como una posesión demoníaca, sino tan sólo
como un trauma o un contagio con un daimon (por ejemplo, la
peste es una enfermedad resultado de un castigo que la divinidad
impone al hombre por haber transgredido la ley moral). Las tres
enfermedades con más frecuencia enviadas por los dioses griegos
como castigo individual fueron la lepra, la ceguera y la locura.
Vemos
a continuación unas cuantas características de la
filosofia homérica:
-
La
vida se mantiene en tanto que el aliento permanezca en el
pecho, mientras que la muerte cuando la psyche o el thymós
abandonan el cuerpo.
-
Mientras
que la muerte por herida o enfermedad no podía dejar de ser
concebida en tiempos de Homero como un hecho natural, la
muerte repentina de un hombre hacía pensar que había sido
producida por un arma invisible, flecha por lo general,
esgrimida por los dioses.
-
El
desmayo o colapso, para el que falta en el epos un vocablo
especial, es concebido, al igual que la muerte, como una evasión
de la psyche o del thymós, produciéndose la
recuperación cuando éstos retornan al cuerpo.
-
En
los poemas, la actividad anímica no se encuentra todavía
localizada en el cerebro.
Por
último, Homero conoció el uso de una serie de pócimas e
ingredientes de una acción química particularmente enérgica, de
las que no nos dice nada sobre su composición, ya se tratara de
medicamentos o de venenos, pero es muy probable que fuesen de
naturaleza vegetal, puesto que pharmakon designa a la vez
el medicamento y la planta medicinal(30).
Retomamos
ahora el discurso del entusiasmo: ya habíamos comentado que
conocieron dos tipos de mantis, pues bien, aquí nos
referiremos al segundo, a aquel estado "sui generis"
(ataque de locura o delirios) que no era enviado exclusivamente
por los dioses, sino que se podía deber a una forma de posesión
por un daemon.
Hoy
en día, nadie pone en duda que en Homero, aunque de un modo
confuso, existió un cierto tipo de adivinación de rasgos
intuitivos, sin llegar a ser extático-entusiástica, aunque
"la inspiración interior, colocada en el alma desde fuera
por la divinidad, está ya cercana a la posesión. Basta tan sólo
eliminar la parte de cooperación de la inteligencia personal que el
mantis aporta a esta revelación interior para obtener el entusiasmos
mántico". (31)
Y
ya sí, para terminar, sólo nos quedan dos aspectos que nos
gustaría tratar antes de dar por finalizado este trabajo, nos
referimos al culto de los héroes y al de
las almas.
En
la fe popular, en las prácticas religiosas de estas comunidades,
y en las diferentes ramas étnicas del pueblo griego, nadie
disputa a los héroes el lugar que les corresponde junto a los
dioses. A ellos se les honra y venera por medio de sacrificios
pero son distintos de los tributados a los moradores del Olimpo
(por el tiempo, lugar y naturaleza), pues se realizan al atardecer
o por la noche, en altares a ras del suelo, sacrificándoles
animales de color negro y siempre machos (porque los héroes moran
en la cercanía de la tierra), por lo que normalmente se los asoció
con los dioses ctónicos, y su culto, con el culto a los
antepasados. Este culto tuvo en Grecia una enorme extensión y
arraigo popular. Durante siglos se mantuvo una veneración muy
definida en torno a los supuestos sepulcros de tal o cual héroe o
en santuarios (de carácter más tardío) o parajes consagrados a
su recuerdo.
Por
lo que respecta al culto a las almas, sabemos que se desarrolló
con unas reglas precisas plasmándose la fe en la inmortalidad, y
todo ello como consecuencia del fenómeno que, en parte,
representa la aparición de antiguos elementos de vida religiosa
que el periodo anterior no había dejado manifestar, y en parte,
la entrada en escena de fuerzas totalmente nuevas que unidas a los
elementos antiguos ahora renovados, hicieron surgir algo que no
fue ni lo uno ni lo otro. No obstante, se diferencia del culto de
los héroes porque no envuelve ningún privilegio especial
conferido a unos cuantos individuos por milagro divino, sino que
encuentra su premisa fundamental en la cohesión de la familia. Se
le atribuye, además, al igual que a los dioses ctónicos de cuyo
reino han pasado a formar parte, el poder de favorecer la
agricultura y de interceder en favor de las nuevas almas cuando
estas nazcan. (*)
(*)
Fuente: Carlos
Espejo Muriel, "Religión e ideología en Homero", publicado
en Studia Historica XII (1994), 9-20.
Notas:
-
Cl.
Mosse, La Gréce archaique dhomére á Eschyle, Paris
1984
Ibidem,
p. 39.
-
H.
Escobar, Historia social del libro. Grecia I.- De Cnossos a
Atenas, Madrid 1975, p. 130.
-
Precisamente
ésta es la crítica que hace a Adkins, J. Romilly en su obra
La douceur dans Homére, en La douceur dans la pensée
grecque, Paris 1979, p. 13, cuando le advierte que no ha
dedicado casi nada a este tema, bien presente en la epopeya,
por ser fiel a una tradición que se obsesiona con la guerra
como eje de los poemas.
-
J.
Romilly, op. cit., p. 21.
-
J.
Lasso de la Vega, "ldeales de vida en la antigua
Grecia", Helmántica XIII(1962), p. 40.
-
J.
Griffin, Homero, Madrid 1984, p. 84.
La
areté en los héroes
está fundada en la propia physis.
-
B.
Knauss, La Polis. Individuo y Estado en la Grecia Antigua, Madrid
1979, p. 251.
-
A.Adkins,
Merit and Responsability. A study in Greek Values Oxford
l960, p.25.
-
D.
Plácido,. Protágoras y Pericles,HA II (1972), p.10.
-
M.Ruipérez,-
Historia de Thémis en Homero., Emerita 28 (1960), pp.
103 y ll2.
-
B.
Snell, Poesía e societá nella comunità prestatale. en L'origine
sello stato nella Grecia Antica, Roma 1975, p. 67.
-
G.
Glotz, Histoire Grecque, I, 1925, p. 118 citado por H.
Frisch, Might and Right in Antiquity, from Homer to the
Persian Wars, Kobenhaun 1949, p. 38.
-
H.
Frisch, op. cít., pp. 42-49.
-
M.
1. Finley, El mundo de Odiseo, México 1978, p. 87.
-
L.
Gernet, «Jeux et droit. Remarques sur le XXIII chant de
I'Iliadc., CRAI (1947), pp. 572-574.
-
A.
Barcenilla, Grecia, origen y destino en torno a Homero, Salamanca
1964, pp. 45-46 y E. Mircaux, La vida cotidiana en tiempos
de Homero, Buenos Aires 1962, pp. 181-192, y de la misma
autora, Les poémes homeriques et I'histoire grecque, Paris
1948, p. 6,
-
E.
Dodds, Los Griegos y lo irracional, Madrid 1981
-
G.Thiele,
Homero y su Iliada,Caracas 1969,p.91.
-
F.Buffiére,Les
mythes d'Homére et la pensée grecque, Paris
l973,pp.411-415.
-
L.Stella,
Il Poema di Ulísse, Firenze 1965, p. 188.
-
Se
ha querido ver en él una forma de racionalismo originario de
la filosofía naturalista de Jonia, para más detalle
consultar la obra de H. Pose, P. Chantraire et al¡¡, La
notion du divin depuis Homérejusqy,í'a Platon, Entretiens
sur l'antiquité Classique I, Foundation Hardt, Genéve 1952,
p. 63.
-
J.Fantini,Theos
y Daimon en Homero, Helmantica II(1951), pp.3-48.
Ibidem.,
p. 47.
-
B.
Dietrich, Death, fate and Gods. The development of a
religious idea in Greek popular beliefand in Homer, London
1965
-
J.
Griffin, op. cit., p. 177 y A. Brelich, Gli eroi
greci. Un problema storico-religioso, Roma 1958,p.387.
-
E.
Mireaux, op. cit., p. 97.
-
L.
Gil, La medicina popular en el mundo clásico, Madrid
1969, citado por A. Albarracín, Homero y la medicina, Madrid
1970, p. 183, que son la base de estas reflexiones.
-
Ch
Mugler, Les Origins de la Science chez Homére, Paris
1963, p. 148; de todas formas los objetos mágicos son muy
discretos y están reservados a los dioses.
-
A.
Piñero-Sáenz, ,Sobre Homero y el entusiasmo mántico, EClás
XX ( 1976), p. 8. E. Dodds, op. cit., pp. 71-90,
por su parte, cree que esta locura profético se debe a la
necesidad de una seguridad sobrenatural en una cultura
de culpabilidad.
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