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EL DISCURSO
SOBRE LA DIGNIDAD HUMANA
Por Pico
della Mirandola
Pico della Mirandola es uno de los humanistas
cruciales del Renacimiento. En 1494, publicó su influyente
Discurso sobre la dignidad humana. Una obra crucial como
matriz del humanisno, y como constitución de la imagen
renacentista que celebra la inocencia y el valor supremo del
hombre. La reflexión de Pico contribuyó a la gradual
salida del orden medieval y a una síntesis entre el cristianismo
y el incipiente ideario humanista.
La versión que presentamos aquí de esta esencial
texto filosófico que generó nuevas sendas dentro
de la cosmovisión religiosa tardomedieval de Occidente,
fue previamente editada en la página amiga El hilo de
Ariadna, excelente sitio de difusión de la temática
mítica-religiosa.
E.I
EL DISCURSO
SOBRE LA DIGNIDAD HUMANA
Por Pico de la
Mirandola
He leído en los antiguos escritos de los árabes, padres
venerados, que Abdala el sarraceno, interrogado acerca de cuál
era a sus ojos el espectáculo más maravilloso en esta escena
del mundo, había respondido que nada veía más espléndido que
el hombre. Con esta afirmación coincide aquella famosa de
Herrnes: "Gran milagro, oh Asclepio, es el hombre".
Sin embargo, al meditar sobre el significado de estas
afirmaciones, no me parecieron del todo persuasivas las
múltiples razones que son aducidas a propósito de la grandeza
humana: que el hombre, familiar de las criaturas superiores y
soberano de las inferiores, es el vínculo entre ellas; que por
la agudeza de los sentidos, por el poder indagador de la razón
y por la luz del intelecto, es intérprete de la naturaleza;
que, intermediario entre el tiempo y la eternidad es (como dicen
los persas) cópula, y también connubio de todos los seres del
mundo y, según testimonio de David, poco inferior a los
ángeles. Cosas grandes, sin duda, pero no tanto como para que
el hombre reivindique el privilegio de una admiración
ilimitada. Porque en efecto, ¿no deberemos admirar más a los
propios ángeles y a los beatísimos coros del cielo?
Pero, finalmente, me parece haber comprendido por qué es el
hombre el más afortunado de todos los seres animados y digno,
por lo tanto, de toda admiración. Y comprendí en qué consiste
la suerte que le ha tocado en el orden universal, no sólo
envidiable para las bestias, sino para los astros Y los
espíritus ultramundanos. ¡Cosa increíble y estupenda! ¿Y por
qué no, desde el momento que precisamente en razón de ella el
hombre es llamado y considerado justamente un gran milagro y un
ser animado maravilloso?
Pero escuchad, oh padres, cual sea tal condición de grandeza y
prestad, en vuestra cortesía, oído benigno a este discurso
mío.
Ya el sumo Padre, Dios arquitecto, había construido con leyes
de arcana sabiduría esta mansión mundana que vemos,
augustísimo templo de la divinidad.
Había embellecido la región supraceleste con inteligencia,
avivado los etéreos globos con almas eternas, poblado con una
turba de animales de toda especie las partes viles y
fermentantes del mundo inferior. Pero, consumada la obra,
deseaba el artífice que hubiese alguien que comprendiera la
razón de una obra tan grande, amara su belleza y admirara la
vastedad inmensa. Por ello, cumplido ya todo (como Moisés y
Timeo lo testimonian) pensó por último en producir al hombre.
Entre los arquetipos, sin embargo, no quedaba ninguno sobre el
cual modelar la nueva criatura, ni ninguno de los tesoros para
conceder en herencia al nuevo hijo, ni sitio alguno en todo el
mundo donde residiese este contemplador del universo. Todo
estaba distribuido y lleno en los sumos, en los medios y en los
ínfimos grados. Pero no hubiera sido digno de la potestad
paterna el decaer ni aun casi exhausta, en su última creación,
ni de su sabiduría el permanecer indecisa en una obra necesaria
por falta de proyecto, ni de su benéfico amar que aquél que
estaba destinado a elogiar la munificencia divina; en los otros
estuviese constreñido a lamentarla en sí mismo.
Estableció por lo tanto el óptimo artífice que aquél a quien
no podía dotar de nada propio le fuese común todo cuanto le
había sido dado separadamente a los otros. Tomó por
consiguiente al hombre que así fue construido, obra de
naturaleza indefinida y, habiéndolo puesto en el centro del
mundo, le habló de esta manera:
"Oh Adán, no te he dado ni un lugar determinado, ni un
aspecto propio, ni una prerrogativa peculiar con el fin de que
poseas el lugar, el aspecto y la prerrogativa que
conscientemente elijas y que de acuerdo con tu intención
obtengas y conserves. La naturaleza definida de los otros seres
está constreñida por las precisas leyes por mi prescriptas.
Tú, en cambio, no constreñido por estrechez alguna, te la
determinarás según el arbitrio a cuyo poder te he consignado.
Te he puesto en el centro del mundo para que más cómodamente
observes cuanto en él existe.
No
te he hecho ni celeste ni terreno, ni mortal ni inmortal, con el
fin de que tú, como árbitro y soberano artífice de tí mismo,
te informases y plasmases en la obra que prefirieses. Podrás
degenerar en los seres inferiores que son las bestias, podrás
regenerarte, según tu ánimo en las realidades superiores que Son
divinas".
¡Oh suma libertad de Dios padre, oh suma y admirable suerte del
hombre al cual le ha sido concedido el obtener lo que desee, ser
lo que quiera!
Las bestias en el momento mismo en que nacen, sacan consigo del
vientre materno, como dice Lucilio, todo lo que tendrán después.
Los espíritus superiores, desde un principio o poco después,
fueron lo que serán eternamente. Al hombre, desde su nacimiento,
el padre le confirió gérmenes de toda especie y gérmenes de
toda vida. Y según como cada hombre los haya cultivado,
madurarán en él y le darán sus frutos. Y si fueran vegetales,
será planta; si sensibles, será bestia; si racionales, se
elevará a animal celeste; si intelectuales, será ángel o hijo
de Dios, y, si no contento con la suerte de ninguna criatura, se
repliega en el centro de su unidad, transformando en un espíritu
a solas con Dios en la solitaria oscuridad del Padre, él, que fue
colocado sobre todas las cosas, las sobrepujará a todas.
¿Quién no admirará a este camaleón nuestro? O, mas bien,
¿quién admirara mas cualquier otra cosa? No se equivoca Asclepio
el ateniense, en razón del aspecto cambiante y en razón de una
naturaleza que se transforma hasta a sí misma, cuando dice que en
los misterios el hombre era simbolizado por Proteo. De aquí las
metamorfosis celebrada por los hebreos y por los pitagóricos.
También la más secreta teología hebraica, en efecto, transforma
a Henoch ya en aquel ángel de la divinidad, llamado "malakhha
-shekhinah", ya, según otros en otros espíritus divinos. Y
los pitagóricos transforman a los malvados en bestias y, de dar
fe a Empédocles, hasta en plantas. A imitación de lo cual solía
repetir Mahoma y con razón: "quien se aleja de la ley divina
acaba por volverse una bestia". No es, en efecto, la corteza
lo que hace la planta, sino su naturaleza sorda e insensible; no
es el cuero lo que hace la bestia de labor, sino el alma bruta y
sensual; ni la forma circular del cielo, sino la recta razón, ni
la separación del cuerpo hace el ángel, sino la inteligencia
espiritual.
Por ello, si veis a alguno entregado al vientre arrastrarse por el
suelo como una serpiente no es hombre ése que veis, sino planta.
Si hay alguien esclavo de los sentidos, cegado como por Calipso
por vanos espejismos de la fantasía y cebado por sensuales
halagos, no es un hombre lo que veis, sino una bestia. Si hay un
filósofo que con recta razón discierne todas las cosas,
venéralo: es animal celeste, no terreno. Si hay un puro con
templador ignorante del cuerpo, adentrado por completo en las
honduras de la mente, éste no es un animal terreno ni tampoco
celeste: es un espíritu más augusto, revestido de carne humana.
¿Quién, pues, no admirará al hombre? A ese hombre que no
erradamente en los sagrados textos mosaicos y cristianos es
designado ya con el nombre de todo ser de carne, ya con el de toda
criatura, precisamente porque se forja, modela y transforma a sí
mismo según el aspecto de todo ser y su ingenio según la
naturaleza de toda criatura.
Por esta razón el persa Euanthes, allí donde expone la teología
caldea escribe: "el hombre no tiene una propia imagen nativa,
sino muchas extrañas y adventicias". De aquí el dicho
caldeo: "Enosh hushinnujim vekammah tebhaoth baal haj",
esto es, el hombre es animal de naturaleza varia, multiforme y
cambiante.
Pero ¿a qué destacar todo esto? Para que comprendamos, desde el
momento que hemos nacido en la condición de ser lo que queramos,
que nuestro deber es cuidar de todo esto: que no se diga de
nosotros que, siendo en grado tan alto, no nos hemos dado cuenta
de habernos vuelto semejantes a los brutos ya las estúpidas
bestias de labor.
Mejor que se repita acerca de nosotros el dicho del profeta Asaf:
"Sois dioses, hijos todos del Altísimo".
De
modo que, abusando de la indulgentísima liberalidad del Padre, no
volvamos nociva en vez de salubre esa libre elección que El nos
ha concedido. Invada nuestro ánimo una sacra ambición de no
saciarnos con las cosas mediocres, sino de anhelar las más altas,
de esforzamos por alcanzarlas con todas nuestras energías, dado
que, con quererlo, podremos.
Desdeñemos las cosas terrenas, despreciemos las astrales y,
abandonando todo lo mundano, volemos a la sede ultra mundana,
cerca del pináculo de Dios. Allí, como enseñan los sacros
misterios, los Serafines, los Querubines y los Tronos ocupan los
primeros puestos. También de estos emolumentos la dignidad y la
gloria, incapaces ahora desistir e intolerantes de los segundos
puestos. Con quererlo, no seremos inferiores a ellos. Pero ¿de
qué modo? ¿Cómo procederemos? Observemos cómo obran y cómo
viven su vida.
Si nosotros también la vivimos (y podemos hacerlo), habremos
igualado ya su suerte. Arde el Serafín con el fuego del amor;
fulge el Querubín con el esplendor de la inteligencia; está el
trono en la solidez del discernimiento. Por lo tanto, si, aunque
entregados a la vida activa, asumimos el cuidado de las cosas
inferiores con recto discernimiento, nos afirmaremos con la
solidez estable de los Tronos. Si, libres de la acción, nos
absorbemos en el ocio de la contemplación, meditando en la obra
al Hacedor y en el Hacedor la obra, resplandeceremos rodeados de
querubínica luz. Si ardemos sólo por el amor del Hacedor de ese
fuego que todo lo consume, de inmediato nos inflamaremos en
aspecto seráfico.
Sobre el Trono, vale decir, sobre el justo juez, está Dios, juez
de los siglos. Por encima del Querubín, esto es, por encima del
contemplante, vuela Dios que, como incubándolo, lo calienta. El
espíritu del Señor en efecto, "se mueve sobre las
aguas". Esas aguas, digo, que están sobre los cielos y que,
como está escrito en Job, alaban a Dios con himnos antelucanos.
El seráfico, esto es, amante, está en Dios y Dios está en él:
Dios y él son uno solo.
Grande es la potestad de los Tronos y la alcanzaremos con el
juicio; suma es la sublimidad de los Serafines y la alcanzaremos
con el amor.
Pero ¿cómo se puede juzgar o amar lo que no se conoce? Moisés
amo al Dios que vio y promulgo al pueblo, como juez, lo que
primero había visto en el monte. He aquí por qué, en el medio,
está el Querubín con "su luz quien nos prepara para la
llama seráfica ya la vez, nos ilumina el juicio de los Tronos.
Este es el nudo de las primeras mentes, el orden paládico que
preside la filosofía contemplativa: esto es lo que primero
debemos emular buscar y comprender para que así podamos ser
arrebatados a los fastigios del amor y luego descender prudentes y
preparados a los deberes de la acción. Pero si nuestra vida ha de
ser modelada sobre la vida querubínica, el precio de tal operar
es éste: tener claramente ante los ojos en que consiste tal vida,
cuáles son sus acciones, cuáles sus obras. Siéndonos esto
inalcanzable, somos carne y nos apetecen las cosas terrenas,
apoyémonos en los antiguos Padres, los cuales pueden ofrecemos un
seguro y copioso testimonio de tales cosas, para ellos familiares
y allegadas.
Preguntemos al apóstol Pablo, vaso de elección, qué fue lo que
hicieron los ejércitos de los querubines cuando él fue
arrebatado al tercer cielo. Nos responderá como interpreta
Dionisio, que se purificaban, eran iluminados y se volvían
finalmente perfectos.
También nosotros, pues, emulando en la tierra de la vida
querubínica, refrenando con la ciencia moral el ímpetu de las
pasiones, disipando la oscuridad mental con la dialéctica,
purifiquemos el alma, limpiándola de las manchas de la ignorancia
y del vicio, para que los afectos no se desencadenen ni la razón
deleite.
En el alma entonces, así compuesta y purificada, difundamos la
luz de la filosofía natural, llevándola finalmente a perfección
con el conocimiento de las cosas divinas.
Y para no restringimos a nuestros Padres, consultemos al patriarca
Job, cuya imagen refulge esculpida en la sede de la gloria.
El patriarca sapientísimo nos enseñará que mientras dormía en
el mundo terreno, velaba en el reino de los cielos. Nos enseñará
mediante un símbolo (todo se presentaba así a los patriarcas)
que hay escala que del fondo de la tierra llegan al sumo cielo,
distinguidas en una serie de muchos escalones: en la cúspide: se
sienta el Señor, mientras los ángeles contempladores
alternativamente suben y bajan. Y si nuestro deber es hacer lo
mismo imitando la vida de los ángeles, ¿quién osará, pregunto,
tocar las escalas del Señor o con los pies impuros o con las
manos mal limpias? Al impuro según los misterios, le está vedado
tocar lo que es puro.
Pero, ¿qué son estos pies y estas manos? Sin duda el pie del
alma es esa parte vilísima con que se apoya en la materia como en
el suelo: y yo la entiendo como el instinto que alimenta y ceba,
pábulo de líbido y maestro de sensual blandura. ¿Y por qué
llamaremos manos del alma a lo más irascible que, soldado de los
apetitos por ellos combate y rapaz, bajo el polvo y el sol, pilla
lo que el alma habrá de gozar adormilándose en la sombra? Para
no ser expulsados de la escala como profanos e inmundos, estos
pies y estas manos, esto es, toda la parte sensible en que tienen
sede los halagos corporales que, como suele decirse, aferran el
alma por el cuello, lavemos con la filosofía moral, como en agua
corriente.
Pero tampoco bastará esto para volverse compañero de los
ángeles que deambulan por la escala de Jacob si primero no hemos
sido bien instruidos y habilitados para movemos con orden, de
escalón en escalón, sin salir nunca de la rampa de la escala,
sin estorbar su tránsito. Cuando hayamos conseguido esto con el
arte discursivo y raciocinante y ya animados por el espíritu
querúbico, filosofando según los escalones de la escala, esto
es, de la naturaleza, y escrutando todo desde el centro y
enderezando todo al centro, ora descenderemos, desmembrando con
fuerza titánica lo uno en lo múltiple, como Osiris, ora nos
elevaremos reuniendo con fuerza apolínea lo múltiple en lo uno
como los miembros de Osiris hasta que, posando por fin en el seno
del Padre, que está en la cúspide de la escala, nos consumaremos
en la felicidad teológica.
Y preguntemos al justo Job, que antes de ser traído a la vida
hizo un pacto con el Dios de la vida que es lo que el sumo Dios
prefiere sobre todo en esos millones de ángeles que están junto
a él. "La Paz", responderá seguramente, según lo que
se lee en su propio libro: "(Dios es) Aquél que hace la paz
en lo alto de los cielos". Y puesto que el orden medio
interpreta los preceptos del orden superior para los inferiores,
las palabras del teólogo Job nos sean interpretadas por el
filosofo Empédocles. Este, como lo testimonian sus carmenes,
simboliza con el odio y con el amor, esto es, con la guerra y con
la paz, las dos naturalezas de nuestra alma por las cuales somos
levantados al cielo o precipitados a los infiernos. Y él,
arrebatado en esa lucha y discordia, a semejanza de un loco, se
duele de ser arrastrado al abismo, lejos de los dioses.
Sin duda, oh Padres, múltiple es la discordia en nosotros;
tenemos graves luchas internas peores que las guerras civiles. Si
queremos huir de ellas, si queremos obtener esa paz que nos lleva
a lo alto entre los elegidos del Señor, solo la filosofía moral
podrá tranquilizarlas y componerlas. Si, sobre todo, nuestro
hombre establece tregua con sus enemigos y frena los descompuestos
tumultos de la bestia multiforme y el ímpetu, el furor y el
asalto del león. Entonces, si más solícitos de nuestro bien,
deseamos la seguridad de una paz perpetua, ésta vendrá y
colmará abundantemente nuestros votos: muertas la una y la otra
bestia, como víctimas inmoladas, quedará sancionado entre la
carne y el espíritu un pacto inviolable de paz santísima. La
dialéctica calmará los desórdenes de la razón tumultuosamente
mortificada entre las pugnas de las palabras y los silogismos
capciosos. La filosofía natural tranquilizará los conflictos de
la opinión y las disensiones que trabajan, dividen y laceran de
diversos modos el alma inquieta.
Pero
los tranquilizara de modo de hacemos recordar que la naturaleza,
como ha dicho Heráclito, es engendrada por la guerra y por eso
llamada por Homero "contienda".
Por eso no puede damos verdadera quietud y paz estable, don y
privilegio, en cambio, de su señora, la santísima teología.
Esta nos mostrará la vía hacia la paz y nos servirá de guía, y
la paz viendo de lejos que" nos aproximamos, "Venid a
mi", gritará, "vosotros que estáis cansados, venid y
os restauraré venid a mí y os daré la paz que el mundo y la
naturaleza no puede daros".
Tan suavemente llamados, tan benignamente invitados, con alados
pies como terrenos Mercurios, volando hacia el abrazo de la
beatísima madre, la ansiada paz gozaremos; paz santísima,
indisoluble unión, amistad unánime por la cual todos los seres
animados no sólo coinciden en esa Mente única que está por
encima de toda mente, sino que de un modo inefable se funden en
uno sólo. Esta es la amistad que los pitagóricos llaman el fin
de toda la filosofía, ésta la paz que Dios actúa en sus cielos
y que los ángeles que descendieron a la tierra anunciaron a los
hombres de buena voluntad para que también los hombres,
ascendiendo al cielo por ella se volviesen ángeles.
Esta paz auguremos a los amigos, auguremos a nuestro siglo,
auspiciemos en toda casa en que entremos, invoquémosla para
nuestra alma para que vuelva así morada de Dios, para que,
expulsada la impureza con moral y con la dialéctica se adorne con
toda la filosofía como con áulico ornamento, corone el frontón
de las puertas con la diadema de la teología, de modo que así
descienda sobre ella el Rey de la gloria y, viniendo con el Padre,
ponga mansión con ella. Y si el alma se ha hecho digna de tal
huésped, ya que la bondad de El es inmensa, revestida de oro como
de veste nupcial y de la múltiple variedad de las ciencias,
acogerá el magnífico huésped no ya como huésped, sino como
esposo, con tal de no ser de El separada, deseará apartarse de su
gente y, olvidada de la Casa de su padre y hasta de sí misma,
ansiará morir para vivir en el esposo a cuya vista es preciosa la
muerte de los santos. Muerte he dicho, si muerte puede llamarse
esa plenitud de vida cuya meditación de los sabios dijeron que
era el estudio de la filosofía.
Y también invocamos a Moisés, en poco inferior a esa rebosante
plenitud de sacrosanta e inefable inteligencia con cuyo néctar
los ángeles se embriagan. Oiremos al juez venerando dictamos así
leyes, a nosotros que habitamos en la desierta soledad del cuerpo:
"Aquéllos que, aún impuros, necesiten de la moral, habiten
con el vulgo fuera del tabernáculo, bajo el cielo descubierto
como los sacerdotes tesalios, hasta que estén purificados.
Aquéllos, en cambio, que ya compusieron sus costumbres, acogidos
en el santuario, no toquen todavía las cosas sagradas, sino, a
través de un noviciado dialéctico, como celosos levitas presten
servicio en los sagrados oficios de la filosofía. Admitidos al
fin también ellos, contemplen, en el sacerdocio de la filosofía,
ya el multicolor, es decir, sidéreo ornamento del palacio de
Dios, ya el celeste candelabro de siete llamas, ya los pelíceos
elementos, para que, acogidos finalmente en las profundidades del
templo por méritos de la sublimidad teológica, apartado todo
velo de imágenes, de la gloria de la divinidad". Esto
ciertamente nos ordena Moisés y, ordenando así, nos aconseja,
nos incita y nos exhorta a preparamos por medio de la filosofía,
mientras podamos, el camino de la futura gloria celeste.
Pero no sólo los misterios mosaicos y los misterios cristianos,
sino asimismo la teología de los antiguos nos muestra el valor y
la dignidad de estas artes liberales de las cuales he venido a
discutir. ¿Qué otra cosa quieren significar, en efecto, en los
misterios de los griegos los grados habituales de los iniciados,
admitidos a través de una purificación obtenida con la moral y
la dialéctica, artes qué nosotros consideramos ya artes
purificatorias? ¿Y esa iniciación, qué otra cosa puede ser sino
la interpretación de la más oculta naturaleza mediante la
filosofía?
Y finalmente, cuando estaban así preparados, sobrevenía la
famosa Epopteia, vale decir, la inspección de las cosas divinas
mediante la teología.
¿Quién no desearía ser iniciados en tales misterios? ¿Quién,
desechando toda cosa terrena y desprecian do los bienes de la
fortuna, olvidado del cuerpo, no deseará, todavía peregrino en
la tierra, llegar a comensal de los dioses y, rociado del néctar
de la eternidad, recibir, criatura mortal, el don de la
inmortalidad? ¿Quién no deseará estar así inspirado por
aquella divina locura socrática, exaltada por platón -en el
Fedro, ser arrebatado con rápido vuelo a la Jerusalem celeste,
huyendo con el batir de las alas y de los pies de este mundo,
reino maligno?
¡Oh sí, que nos arrebaten, oh padres, que nos arrebaten los
socráticos furores sacándonos fuera de la mente hasta el punto
de ponemos a nosotros y a nuestra mente en Dios!
Y ciertamente que por ellos seremos arrebatados si antes hemos
cumplido todo cuanto esta en nosotros; si con la moral, en efecto,
han sido refrenados hasta sus justos límites los ímpetus de las
pasiones, de modo que éstas se armonicen recíprocamente con
estable acuerdo: si la razón procede ordenadamente mediante la
dialéctica, nos embriagaremos, como excitados por las Musas, con
la armonía celeste. Entonces Baco, señor de las Musas,
manifestándose a nosotros, vueltos filósofos, en sus misterios,
esto es, en los signos visibles de la naturaleza 36, los
invisibles secretos de Dios, nos embriagará con la abundancia de
la mansión divina en la cual, si somos del todo fieles como
Moisés, la sobreviniente santísima teología nos animará con
dúplice furor.
Sublimados, en efecto, en su excelsa atalaya, refiriendo a la
medida de lo eterno las cosas que son, que fueron y que serán, y
observando en ellas la original belleza, cual febeos vates, sus
amadores alados, hasta que, puestos fuera de nosotros en un
indecible amor, poseídos por un estro y llenos de Dios como
Serafines ardientes, ya no seremos más nosotros mismos, sino
Aquél que nos hizo.
Los sacros nombres de Apolo, si alguien escruta a fondo sus
significados y los misterios encubiertos, demuestran
suficientemente que este dios era filosofo no meno que poeta. Pero
habiendo ya copiosamente ilustrado esto Ammonio, no hay razón
para que yo lo trate de otra manera. Recordemos, no obstante, oh
padres, los tres preceptos délficos indispensables a aquéllos
que están por entrar en el sacrosanto y augustísimo templo, no
del falso sino del verdadero Apolo que ilumina toda alma que viene
a este mundo: veréis que no reclaman otra cosa que no sea abrazar
con todas nuestras fuerzas aquella triple filosofía sobre la que
ahora discutimos.
En efecto, aquel medén agan, este es, "nada con exceso"
prescribe rectamente la norma y la regla de toda virtud según el
criterio del justo medio, del cual trata la moral. Y el famoso
gnothi seautón, esto es, "conócete a tí mismo" incita
y exhorta al conocimiento de toda la naturaleza, de la cual el
hombre y como connubio. Quien, en efecto, se conoce a sí mismo,
todo en sí mismo conoce, como ha escrito primero Zoroastro y
después Platón en Alcibíades. Finalmente, iluminados en tal
conocimiento por la filosofía natural, próximos ahora a Dios y
pronunciando el saludo teológico El, esto es, "Tú
eres", llamaremos al verdadero Apolo familiar y alegremente.
Interrogaremos también al sapientísimo Pitágoras, sabio sobre
todo por no haberse nunca considerado digno de tal nombre. Nos
prescribirá en primer lugar, "no sentamos sobre el
celemín", esto es, no dejar inactiva aquella parte racional
con la cual el alma mide todo, juzga y examina, sino dirigirla y
mantenerla pronta con el ejercicio y la regla de la dialéctica.
Nos indicará luego dos cosas que hay que primero evitar:
"orinar frente al Sol" y "cortamos las uñas
durante el sacrificio". Sólo cuando con la moral hayamos
expulsado de nosotros los apetitos superfluos de la voluntad y
hayamos despuntado las garras ganchudas de la ira y los aguijones
del ánimo, sólo entonces empezaremos a intervenir en los
sagrados misterios de Baco, de los cuales hemos hablado, y a
dedicarnos a la contemplación de la cual el Sol es merecidamente
reputado padre y señor.
Nos aconsejará, en fin, "alimentar el gallo", de saciar
con el alimento y la celeste ambrosía de las cosas divinas la
parte divina de nuestra alma. Es éste el gallo cuyo aspecto teme
y respeta el león, esto es toda potestad terrena. Es éste el
gallo al cual según Job fue dada la inteligencia. Al canto de
este gallo se orienta el hombre extraviado. Este es el gallo que
canta cada día al alba, cuando los astros matutinos alaban al
Señor. Este es el gallo que Sócrates moribundo, en el momento en
que "esperaba reunir lo divino de su alma con la divinidad
del Todo y ya lejos del peligro de enfermedad corpórea dijo ser
deudor a Esculapio, o sea, el médico de las almas.
Examinemos también los, documentos de los caldeos y, si les damos
fe, encontraremos que en virtud de las mismas artes se abre a los
mortales la vía de la felicidad. Escriben los intérpretes
caldeos que fue sentencia de Zoroastro que el alma era alada y
que, al caérseles las alas, se precipita al cuerpo y vuelve a
volar al cielo cuando de nuevo le crecen. Habiéndole preguntado
los discípulos de que modo podrían volver al alma apta para el
vuelo, con las alas bien emplumadas, respondió: "rociar las
alas con las aguas de la vida". Y habiéndole preguntado a su
vez dónde podrían alcanzar estas aguas, les respondió, según
su costumbre, con una parábola: "El paraíso de Dios está
bañado e irrigado por cuatro ríos: alcanzad allí las aguas
salvadoras. El nombre del río que corre en el Septentrión se
dice Pischon, que significa justicia; el del ocaso tiene por
nombre Dichon, vale decir, expiación; el de oriente se llama
Chiddekel y quiere decir luz, y el que corre, en fin, a mediodía
se llama Perath y se puede interpretar fe. Fijaos, oh padres, y
considerad con atención el significado de estos dogmas de
Zoroastro. No significan, ciertamente, sino que purifiquemos la
legañosidad de los ojos con la ciencia moral, como con ondas
occidentales; que con la dialéctica, como un nivel boreal,
fijemos atentamente la mirada; que luego debemos habituamos a
soportar en la contemplación de la naturaleza de la luz todavía
débil de la verdad, como primer indicio del sol naciente; hasta
que, por último, mediante la piedad teológica y el santísimo
culto de Dios, podamos resistir vigorosamente, como águilas del
cielo, el fulgurante esplendor del sol a mediodía.
Estos son, acaso, los conocimientos matutinos, meridianos y
vespertinos cantados primero por David y después explicados más
ampliamente por Agustín. Esta es la luz esplendente que inflama
directa a los Serafines y que al par ilumina a los Querubines.
Esta es la razón a que siempre tendía el padre Abraham. Este es
el lugar donde, según la enseñanza de los cabalistas y los
moros, no hay sitio para los espíritus inmundos. (*)
(*) Fuente: "Discurso
sobre la dignidad del hombre", Pico della Mirandola, Traducción de Adolfo Ruiz Diaz, 1978, ed.
Goncourt (antes editado en página
www.elhilodeariadna.com
).
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