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EL PANTEÍSMO
MODERNO Y LO SAGRADO
Por
Massimo Borghesi (*)
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Imagen
del planeta tierra, manifestación de vida
que, luego de su percepción o explicación
religiosa es entendida desde una interpretación
secularizadora por la cultura moderna.
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Si
la época del Espíritu anunciada por el abad calabrés Joaquín
de Fiore en el siglo XII, no ha encontrado una respuesta
inmediata, hoy es más vivo que nunca su pensamiento. Estamos
en la época "joaquinita" en donde la idea de espíritu
domina lo sagrado, la experiencia religiosa y, consecuentemente,
los conceptos de Dios, hombre y mundo. Con ello se cumple
una condición en la que desvanecen los contornos del sentido
de la realidad, último obstáculo para dar salida a la inventio
de la coincidentia opositorum.
Esta
coincidencia ha pasado a través del terreno fértil de la
modernidad para llegar a nosotros con la pretensión
gnóstica del panteísmo nihilista; del "yo" que
se supone todo en todo: la desolación desértica de su
espíritu.
En
este artículo, Borghesi nos traza un interesante itinerario
de la secularización moderna y nos plantea una perplejidad:
si los temas de lo sagrado y de lo religioso sobreviven
en lo moderno sólo como un "residuo", o si, en
cambio, la cultura moderna se acerca a ellos de una forma
nueva. La respuesta es importante, porque de ella se genera
la religiosidad posmoderna. La religiosidad posmoderna conjuga
religión y nihilismo, de tal manera que La "sociedad
del vacío" puede legitimarse a si misma. "La nada
sobre la cual flota no es el abismo sobre el cual se hunde
sino el espacio aéreo de su libertad. Para que eso sea posible,
soportable, se necesita la prioridad del sueño sobre la
realidad."
1.
Lo
moderno y lo sagrado
El
prejuicio que mueve a la cultura de la Ilustración y de la
post-Ilustración explica por qué, en el ámbito científico,
la dimensión de lo sagrado, y de lo religioso en general, se
trata más a nivel étnico-antropológico. En el fondo se
encuentra la idea, codificada por el pensamiento positivista
de la segunda mitad del siglo XIX, de que la religiosidad es
una característica del hombre premoderno, cuya mentalidad
está marcada por el temor frente a la naturaleza que ni la
ciencia ni la técnica han dominado aún. En esta perspectiva,
la religión se considera como un reflejo de lo sagrado natural,
es decir, de una visión no objetiva de las cosas, que el
pensamiento científico, al permitirnos el dominio de la
realidad, va disipando inexorablemente. Si la idea de Dios
nace del miedo frente a un mundo hostil y amenazador, esta
idea desaparecerá con la de-sacralización del mundo y la
evolución hacia una versión profana y secular del mismo. Se
trata de una perspectiva que se ha vuelto tan habitual que ya
no necesita ninguna justificación. Para dicha visión toda
manifestación de lo religioso dentro de la modernidad asume
el aspecto de un "residuo", de la supervivencia de
un modelo arcaico, cuya existencia puede solamente explicarse
como una reacción. Resistencia anti-moderna al desarrollo de
un proyecto histórico ineluctable e irreversible. Con este
objetivo, la tripartición historiográfica entre antiguo,
medieval y moderno asume el valor normativo-axiológico de un
tiempo marcado por el "no retorno". La visión
religiosa del mundo ha llegado a su fin, pertenece a un
pasado, el de la adolescencia de la humanidad.
Esta
perspectiva, común en el ámbito historiográfico hasta los
años setenta, resulta hoy inaceptable para muchos y por ello
la critican. Esto no sucede porque se dé una relectura
cristiana de lo moderno, sino por una comprensión de las
implicaciones religiosas que lo moderno asume al alejarse del
cristianismo. Como escribe el historiador de las religiones Giovanni
Filoramo: "De las muchas paradojas que acompañan de
modo parasitario el gran cuerpo del Leviatán moderno, una de
las menos llamativas y dramáticas, pero no por eso menos
interesante y sorprendente, es, por supuesto, la paradoja de
su situación religiosa, es decir, de una situación donde el
desencanto y la desilusión del mundo tecnológico y
secularizado hacia la religión se han revelado como un
desencanto y una desilusión del carácter religioso. Desde
hacía más de dos siglos, la cultura occidental de tipo
ilustrado se empeñaba en proclamar la muerte de un sujeto: la
religión que tenazmente se substrae al destino que le han
asignado". [1]
La
paradoja de la que habla Filoramo, nos plantea un problema: si
los temas de lo sagrado y de lo religioso sobreviven en lo
moderno sólo como un "residuo", o si, en cambio, la
cultura moderna se acerca a ellos de una forma nueva. El mismo
Hegel —y éste es un aspecto de su reflexión que no
ha sido estudiado suficientemente— nos coloca en el camino
de los orígenes religiosos de lo moderno, cuando en sus Lecciones
sobre la historia de la filosofía habla de Jacob
Böhme y Francis Bacon como los iniciadores del
pensamiento moderno. Böhme, antes que Descartes, es el
philosophus y theosophus teutonius que da la
dirección de la nueva reflexión, una dirección en la que lo
Absoluto se presenta como coincidentia opositorum.
Añádase a esto la opinión contenida en las Lecciones
sobre filosofía de la historia, según la cual lo moderno
no comienza con Descartes, la ciencia moderna, el Renacimiento
¾ categoría que Hegel no conoce sino con Lutero y la
Reforma protestante. "Con la Reforma comienza el reino
del Espíritu, en el que Dios es verdaderamente conocido
como espíritu. Con esto se despliega la nueva, la última
bandera en torno a la cual se reúnen los pueblos: la bandera
del espíritu libre, que habita en sí mismo y en la
verdad". [2] La edad nueva es una edad en la que,
actuando el principio protestante en la relación entre lo
humano y lo divino, se ve la manifestación de la era que,
según Joaquín de Fiore, debía seguir al tiempo del
Padre y al tiempo del Hijo.
El
ideal de Joaquín de Fiore, reactualizado por Lessing
en la cultura alemana de finales del siglo XVIII, como han
demostrado Jacob Taubes en su Abandländische
Eschatologie [3] y Henri de Lubac en La
posterité spiritualle de Joachim de Fiore [4], atraviesa
el pensamiento europeo entre 1700 y 1900, dándole un tono
religioso, tendencialmente apocalíptico. Lo moderno es
consumación de la historia, tiempo de la Razón en el que lo
humano y lo divino se identifican según una perspectiva que
al mismo tiempo es titánico-prometéica y religiosa [5]. Religiosa
en cuanto titánica, es decir, que tiende a una progresiva
identidad entre el hombre y Dios, hasta quitarle todo espacio
a la fe en un Dios personal y trascendente. La filosofía
moderna, en la medida en que se opone al cristianismo, oscila
entre una visión panteísta, en la que la filosofía se
convierte en religión, y una deísta, según la cual la
filosofía construye a la religión.
La
primera corriente, presente en el análisis historiográfico
de Wilhelm Dilthey, depende de Giordano Bruno y Baruch
Spinoza y encuentra su máxima expresión en el idealismo
alemán. La segunda, centrada en la idea de un Absoluto que no
puede representarse, llega a su ápice con Immanuel Kant
y, en el pensamiento del siglo XX, con Karl Jaspers. A
estas dos corrientes corresponden dos tipos de religiosidad:
uno animado por la percepción de la presencia
"divina" del cosmos (Schaftesbury), el otro
impregnado de una religiosidad negativa hacia lo finito y el
mundo sensible, que tiene su expresión en la estética de lo
"sublime".
Fuera
de las diferencias, no cabe duda de que si lo examinamos
atentamente vemos que lo moderno está animado por una fuerte
tensión religiosa, a veces incluso mística, y esto, cosa
singular, cuando más se opone al cristianismo. La
filosofía moderna, cuando quiere "superar" al
cristianismo, tiende a asumir un carácter
"religioso". Lo cual no sólo es evidente en
Giordano Bruno y Spinoza, sino también en el Aufklärung,
en el Romanticismo alemán, cuyo objetivo, en Novalis y
Friedrich Schlegel, es la fundación de una nueva
"mitología" y de una nueva religión [6], en Hölderlin,
en el idealismo, en la mística de Schopenhauer, en Feuerbach
y en la izquierda hegeliana, para la cual, según Karl
Löwith: "Ninguna postura es jamás bastante radical:
lo que a uno le parecía ateísmo, el que venía después lo
seguía viendo como algo teológico, religioso y cristiano. A Bauer,
Strauss le parecía un « cura », Stirner
veía a Feuerbach como un "ateo devoto", para Marx,
Bauer era un crítico, y seguía siendo crítico sólo en
cuanto teólogo. De Stirner, que creía superar a todo, se
ríe con la "Sagrada Familia" (Bauer) Marx, que lo
llama "Padre de la Iglesia y San Marx", mientras que
Feuerbach descubre en la "nada de Stirner" aún un
"predicado divino", y en su "nico" ve
aparecer la "felicidad individual cristiana". Cada
uno quiere demostrar a los otros que siguen teniendo un
residuo de cristiandad". [7]
Es
lo que sucede con Friedrich Nietzsche, quien a su vez
critica comunismo y socialismo como consecuencias de la
antropología cristiana, contraponiéndoles el Evangelio de
Zaratrustra. El Uebermensch que se afirma después de
la "muerte de Dios" es, en una perfecta fusión
entre mística y titanismo, el anti-tipo respecto a la
"religión de la humanidad y del progreso" que
atraviesa la cultura europea desde la revolución francesa en
adelante. Es un culto como ha demostrado Henri de Lubac en Le
drame de l´humanisme athée, que halla su expresión más
clamorosa en el pensamiento de Augusto Comte. [8]
Positivismo,
comunismo, mística de los hombres y de las razas superiores
son, "en la era de la secularización", las
creencias laicas de una religión civil que enciende el
pensamiento utópico entre 1800 y 1900. Esto lleva a
reflexionar sobre el problema de si la culminación de lo
moderno coincide con una supervaloración de lo sagrado,
con un exceso de religiosidad que oscila entre una
desacralización del mundo y una negación radical..
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2.
La secularización como metamorfosis de la gnosis
La
respuesta a la cuestión y la observación de Filoramo según
la cual el desencanto moderno es un desencanto y una
desilusión de tipo religioso, tienden a cuestionar de nuevo
los modelos interpretativos de la secularización moderna.
Estos modelos, que dependen sobre todo del paradigma
ilustrado, tienden a leer la secularización como un cambio de
los contenidos de la fe desde el plano religioso al racional,
inmanente. La religión desempeña aquí el rol de
propedéutica de la razón. Como escribe Kant: "Podemos
tranquilamente creer que, si el evangelio no hubiese enseñado
antes las leyes éticas universales en su íntegra pureza, la
razón no las habría conocido en su integridad, aunque ahora,
puesto que ya existen, cada uno puede estar convencido
de su exactitud y validez únicamente mediante la
razón." [9]
Este
cambio del ámbito de la fe al ámbito autónomo de la razón
no carece naturalmente de problemas. [10] Para Löwith de Meaning
in History. The theological implications of the Philosophy of
History (Chicago, 1949), esta transposición, evidente en
el cambio de la escatología cristiana a la moderna filosofía
de la historia basada en la idea de progreso, es el origen de
las contradicciones que reinan en el modernismo histórico. El
resultado aporético (incierto, dudoso) confirma, sin embargo,
la idea de que lo moderno, hasta Nietzsche inclusive, se mueve
dentro de un horizonte cristiano. La secularización es
transposición de contenidos cristianos a un plano laico,
meramente racional.
Friedrich
Gogarten
llega a una opinión análoga, aunque con valoraciones
distintas. En la interpretación gogartiana, lleva al extremo
la contraposición típica de la "teología
dialéctica" entre fe y religión: la secularización es
el resultado de la desacralización del mundo inaugurada por
el cristianismo. La autonomía del mundo en sentido moderno no
tiene lugar en contra del cristianismo, sino a partir de
éste. La fe cristiana, al disolver la visión divina del
cosmos propia del paganismo antiguo, hace posible una visión
profana del mundo, y, por consiguiente, el camino de la
ciencia moderna.
Contrario
a la lectura de Gogarten, y asimismo a la de Löwith, es Hans
Blumenberg con su trabajo de 1966, del título
programático Die Legitimität der Neuzeit [La
legitimidad de la Modernidad]. Blumenberg rechaza la tesis
teológica de la secularización: la autonomía del hombre
moderno no adquiere su legitimidad porque la fe cristiana lo
ha hecho posible, sino porque ha conquistado dicha legitimidad
en contra de la fe. De aquí el rechazo de la categoría de
"secularización" en cuya metáfora reside una
pretensión cristiana: reconquistar lo que ha sido expropiado.
Podemos aquí observar que Blumenberg tiene en parte razón al
rechazar la idea de que lo moderno es el resultado de la
secularización cristiana. En realidad, la mera transposición
de contenidos cristianos, sobre todo de carácter ético, a un
ámbito inmanente, califica solamente una parte del
pensamiento moderno; una parte que, como ha evidenciado Alasdair
McIntyre, estará destinada a sucumbir bajo las críticas
de Nietzsche.[11]
A
diferencia de esto, una corriente esencial de lo moderno está
marcada no por una secularización del cristianismo, sino por
su metamorfosis, o mejor dicho, por una metamorfosis de la
gnosis. [12] Blumenberg no concibe este aspecto dado que
para él la modernidad se presenta precisamente como
superación del momento gnóstico no totalmente dominado,
según su opinión, por la postura cristiana. En realidad,
parte del pensamiento moderno reencuentra, de forma nueva, el
momento gnóstico precisamente a partir de su contraposición
al cristianismo. Reencuentra, pues, esa noción
(soteriológica) salvífica de la filosofía como
"ejercicio espiritual", que redimensionada por el
cristianismo, en la Patrística y en la Edad Media, es el
centro del sentido antiguo del filosofar, como ha demostrado
egregiamente Pierre Hadot. [13]
Por
eso los grados del conocimiento forman las etapas de un
proceso espiritual de ensalzamiento y autoelevación del alma
"divina" de la prisión del mundo sensible, donde ha
caído, a la contemplación-identificación con lo divino de
donde procede. En esta perspectiva, la gnosis es salvación,
redención del yo, gracias al conocimiento filosófico que
substituye a la religión.
Durante
la edad moderna la Ethica de Spinoza y la Fenomenología
del Espíritu de Hegel no son solamente obras
"teoréticas", especulativas, sino también
"itinerario del alma hacia Dios", "caminos de
conversión", sendas de salvación. No se trata de un
proceso indoloro. La cruz precede a la resurrección. La
identificación del yo con la substancia divina universal
comporta, en efecto, el sacrificio del mundo ilusorio de los
sentidos. El yo empírico es la víctima sacrificada en el
altar del Uno-Todo.
En
esto reside la ambigüedad del panteísmo, el cual por un lado
embriaga la conciencia identificándola con lo divino, y por
el otro, disuelve toda identidad del sujeto particular como
una gota del gran mar del Ser. La religión del Uno-Todo
oscila entre la supervaloración del yo y su negación, entre
hombres-dioses y víctimas del sacrificio. Es evidente, pues,
cómo esta concepción asume el modelo gnóstico, cuyo
misticismo dialéctico puede afirmar lo "totalmente
ajeno" sólo sobre las cenizas del mundo presente. Esta
negación, que distingue a las corrientes gnósticas de la
antigüedad, se halla de nuevo en la tendencia pesimista, de
por si minoritaria, que caracteriza a la modernidad.
Dicha
tendencia, como podemos ver en Schopenhauer, se une a la
mística de Oriente. El mundo como "representación"
es el velo de Maya, el lugar del principium individuationis
que el arte y la música deben superar. De este modo, el
hallazgo del paradigma antiguo de la gnosis le permite a
Occidente fundirse con Oriente. Una concepción que hallamos
también en el "transcendentalismo" americano de Ralph
Waldo Emerson, en el que confluyen tanto el gnosticismo
occidental de Swedenborg, que tiende a la conciliación
entre religión y ciencia, como la gnosis hindú, cuya
presencia favorece una concepción impersonal de la divinidad
como Energía Cósmica.
A
diferencia de América, en Europa el hechizo de Oriente está
unido, por lo general, a una crítica del saber científico y
de la racionalidad occidental. El esquema gnóstico sigue el
modelo antiguo de contemplación y huida del mundo. Sin
embargo, en la unión entre optimismo y gnosis, que se
encuentra en el núcleo de la modernidad, predomina una
formulación nueva del modelo clásico, una metamorfosis de
la gnosis. Aquí la transformación reside en el hecho de
que la "gnosis antigua" (con su negación de la
creación por parte de Dios) hace ateo al mundo en nombre de
la trascendencia divina; la postcristiana lo hace en nombre de
un "inmanentismo radical". [14] Para la primera, el
mundo no puede ser obra de Dios, hasta el punto de que lo
considera obra del Demiurgo malvado. Para la segunda, lo
negativo es lo divino en cuanto resulta ser diverso de lo
mundano.
De
este modo se exalta el mundo como el Todo, el Ser que todo lo
abraza y totaliza, lo sagrado. Sobre este punto, la
"nueva gnosis" se va segmentando y dividiendo en dos
direcciones. Una está marcada por una
continuación-superación de la postura judeo-cristiana; la
otra, por un retorno al paganismo cosmocéntrico de los
antiguos. Para la primera, la diversidad entre viejo y nuevo
eón asume, siguiendo el modelo joaquinita (Joaquín de Fiore)
de los tres reinos, una frecuencia temporal. Se critica el
mundo presente a partir del mundo futuro, la edad del
Espíritu que debe aún manifestarse. Mientras la gnosis
antigua se ocupaba de las reglas para liberar al alma de la
prisión cósmica, la nueva se ocupa de las reglas para
liberarla del mundo presente en dirección del futuro
imaginado como perfecto. Es la dirección, estudiada por Karl
Löwith, que surge de darle un carácter inmanente al escahton
cristiano. Al contrario, la otra corriente del panteísmo
moderno, que a partir de Giordano Bruno se distingue por la
continuación de la religiosidad antigua del cosmos, entiende
la liberación del yo como regreso a la Gran Madre, a la
Tierra, al Dios-naturaleza, al mundo divino. Es la fe de
Shaftesbury, Goethe, Herder, Schelling.
Es la mística de David Herbert Lawrence, que en Apokalypse
expresa el lamento de la muerte de lo divino: "Hemos
extraviado el cosmos. Ni el sol ni la luna logran comunicarnos
con su energía. En términos místicos: la luna se ha
oscurecido para nosotros y el sol se ha ocultado". [15]
El
esplendor del cosmos antiguo, pagano, se ha apagado después
de que con el cristianismo el yo, la persona, ha tomado
relieve e importancia. "Para nosotros todo es personal.
El panorama que podemos contemplar y el cielo mismo nos sirven
sólo de trasfondo estupendo para nuestra existencia
personal..." Para el pagano el mensaje y el trasfondo
personal eran, al fin y al cabo, indiferentes; lo que al
contrario, era real era el cosmos. El hombre vivía con
el cosmos, consciente de la mayor grandeza de éste respecto a
él. [16] Lawrence, que en México se había entusiasmado con
su antigua civilización, escribiendo la novela la serpiente
emplumada (The Plumed Serpent, Londres, 1926), es un
representante moderno del culto del sol, que como un dragón
enfurecido, "odia nuestra inquieta conciencia
personal". [17] La negación de dicha conciencia se
convierte así en el elemento que engloba las tres formas de
la gnosis que hemos mencionado: la pesimista-schopenhaueriana,
la idealista-evolutiva, la estático-cósmica. En los tres
casos la mística está al servicio de la explotación del yo,
es funcional a la legitimación del sacrificio con el que la
víctima, el yo individual, deposita su propia individualidad,
en el altar del Super-Ego cósmico-histórico universal.
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3.
Lo sagrado entre divino y diabólico
Ese
proceso, que actúa donde lo religioso se convierte en la
forma que tiene el mundo de cerrarse en sí mismo lo cual,
según Romano Guardini, es lo que sucede durante la era
moderna [18], requiere una profundización en el análisis
sobre la violencia y lo sagrado desarrollado por René
Girard. [19] En efecto, sorprende el hecho de que, dentro
de la perspectiva panteísta, la subjetividad acepte
voluntariamente su propia disolución. Esta capitulación
depende, por un lado, de una especie de agotamiento del
"yo" consiguiente a la descristianización y, por el
otro, de un proceso de autorredención en el que la extinción
del ego coincide con una salvación metapersonal. El aspecto
de violencia de lo sagrado, propio de la mística del
Uno-Todo, se conjura a partir de una visión según la cual el
yo originario, visto como "limitado" y, por tanto,
como "malo", se supera en la individualidad
trascendental, universal. En esta transformación, la
redención es generación de Dios, teogonía. Las
angustias y sufrimientos del hombre antiguo son los dolores
del parto del hombre nuevo, del divino-en-nosotros que
viene a la luz.
De
este modo, el panteísmo moderno afirma, frente al
cristianismo, otro modelo de redención. La
transformación del yo coincide con una divinización que se
realiza mediante lo negativo, el mal. Éste, justificado por
su necesidad, es el elemento que media en el cambio de la
necesidad a la libertad, de la heteronomía a la autonomía.
Es la oposición que, al disolver la Ley antigua, eleva la
humanidad a un destino superior. Es la interpretación
gnóstica del cristianismo, la cual conduce a un dualismo
antitético entre los dos Testamentos, entre el viejo y el
nuevo Dios. Cristo se convierte, véase Hegel, en el
hombre-Dios que libera de la tiranía del Padre, del Dios
"trascendente" [20] al "Dios Humano", el
cual redime, quita la visión de dios "no humano".
Dios muere en Cristo, Dios como Ser personal distinto y
diverso del hombre. El nuevo dios que surge, después de
Cristo, es el "Espíritu del mundo" (Weltegist),
donde lo humano y lo divino se unen no en una persona
irrepetible, sino en lo universal de los pueblos y de la
historia. La redención gnóstica es redención del hombre
por medio de su redención de Dios. Cristo sufre y muere
para poder negar visiblemente al dios antiguo y permitir el
nacimiento del nuevo. En cuanto tal es la víctima
propiciatoria, víctima expiatoria y, al mismo tiempo,
espíritu rebelde. Es Antígona y Prometeo,
inocente y culpable. Su delito es su grandeza. En la visión
gnóstica, según el cual el Dios del Antiguo Testamento es,
véase Marción, el Demiurgo malo, Cristo es el liberador. Él
libera restaurando la verdad originaria de la serpiente, es
decir, elevando el hombre a dios y rebajando dios al hombre.
[21]
Con
esto el Jesús gnóstico procede a la justificación del
pecado originario: el orgullo diabólico es el resorte del
progreso humano y de la sed de libertad. Dios nos libera de
Dios, de la oposición y del contraste que son la raíz
del mal. Con esto el mal –la oposición- deja de tener
razón de existir y se transforma en bien.
El
cambio del mal en bien es, por lo tanto, el resultado de una metamorfosis
de dios que, símbolo de represión y de heteronomía
(Dios Padre), pasa a ser inmanente y no coercitivo (Dios
Hijo). Desde este punto de vista asume un significado
particular el hecho de que Thomas J.J. Altizer, en su
volumen escrito con William Hamilton, Radical
Theology and the Death of God (Nueva York-Kansas City,
1966), llegue, en su lectura de la kenosis
cristológica influenciada por Hegel, al hallazgo de la
posición de William Blake. Blake, con su Marrige of
Heaven and Hell es el puente entre Jacob Böhme, con su
teosofía de los opuestos en Dios, y la teología radical por
la cual la kenosis es la liberación del Dios airado,
extranjero. [22] Según Altizer: "Después de haber
reconocido la presencia total de Dios en la encarnación,
Blake y todos los cristianos radicales están liberados del
Dios totalmente ajeno al hombre, y al mismo tiempo del peso de
la autoridad de una ley heterónoma o radical." [23] Con
la "muerte de Dios toda la ley y autoridad ajena quedan
desarraigadas desde sus fundamentos." [24]
Donde
la forma auténtica, originaria del cristianismo dada por su
tensión escatológica que, "sepultada" por la
Iglesia oficial y por el proceso de helenización, el
cristianismo "radical" se propone recuperar. En eso
—no obstante las críticas de Altizer a la gnosis— se
vuelve a encontrar el esquema gnóstico fundamental.
"Existir en nuestro tiempo —escribe— significa
existir en el caos liberado de todo aspecto de significado
cosmológico o de orden. Si la muerte de Dios ha dado origen a
la resurrección de una auténtica nada, entonces, la fe ya no
puede considerar al mundo como "creación". Una vez
más la fe debe considerar al mundo como "caos". Sin
embargo, desde el punto de vista teológico, el mundo que el
hombre considera como "caos" o como la
"nada" corresponde al mundo que la fe escatológica
considera como "el antiguo periodo cósmico" o
"antigua creación" ambos privados de cualquier
significado y valor positivos. Por eso la disolución del
"ser" del mundo permitió el renovarse, y el regreso
de la fe escatológica." [25]
Un
escatologismo radical se une aquí con la negación del mundo
presente, malvado, del mundo de la creación, obra del dios
antiguo, para afirmar al mundo nuevo, la nueva Jerusalén. En
esta lucha contra el Padre, Cristo asume el semblante de
Satanás para, después, rebasarlo ofreciendo una nueva imagen
de lo divino. Como escriben Altizer y Hamilton, Blake presenta
"una nueva y decisiva imagen de Dios —una imagen que
anticipa proféticamente Moby Dick— y una imagen que
refleja un nuevo momento de la historia de la redención, un
momento en donde Dios mismo cambia, asumiendo una forma
satánica y por fin muere bajo el semblante de Satanás para
permitir el revuelco cósmico del Apocalipsis." [26]
En
esta visión donde Cristo se "convierte en el Anticristo
antes de resurgir como Jerusalén" [27] la apocalíptica
se cierra con la coincidentia opositurum, revelando
cómo la final unión de Dios y del hombre aniquilará el Dios
que es sólo Dios, haciéndolo resucitar como "La gran
Humanidad Divina". [28] Ésta que en el Edén futuro
asumirá la forma de "un solo hombre", [29] puede
ser anticipada en el tiempo presente mediante la eliminación
de las diferencias que dependen de las distintas egoidades.
Cada fragmento de alegría estática o de placer físico
preanuncia esta unión, toda muerte momentánea de la
individualidad niega una barrera que se opone a este revuelco
apocalíptico, toda afirmación de un "otro
opuesto", santifica a aquel Satanás que al final se
transfigurará en Jerusalén." [30]
El
eros se convierte en "sagrado" en la medida
en que realiza la unidad entre distintos, supera los opuestos,
actúa el idéntico. [31] La unión sexual, como en el final
tanto sugestiva y ambigua de la película Azul de Krzysztoof
Kieslowski es —según esta concepción— la
manifestación del himno a la caridad de San Pablo. En esto se
evidencia un aspecto de lo sagrado moderno: la fusión entre
sagrado y profano en función de la autorredención del
hombre. El camino del pecado es el camino de la salvación, el
"camino hacia abajo" es, como señalaba Heráclito
de Efeso, idéntico al "camino hacia arriba". La
justificación del mal implica la idea de Dios como unidad de
los opuestos. Por eso Böhme, según Hegel, está al inicio
del pensamiento moderno. Böhme, quien comprendió "el
origen del mal en Dios y de Dios" [32] está al inicio de
la versión especulativa del Absoluto como coincidentia
opositurum. A ella se reconectan idealistamente tanto
Hegel como Schelling. El Absoluto es vida y la vida es
contradicción, contraste de opuestos.
Una
similar concepción puede desembocar tanto en una mística
apocalíptico-revolucionaria, como en Ernest Bloch o en
la "teología radical", cuanto en una de tipo
libertino según la cual el espíritu debe reconciliarse con
la materia, la razón con los instintos, la luz con la sobra.
Es lo que sucede con la psicología de Karl Gustav Jung
que, según Martin Buber, constituye la
"manifestación moderna de la gnosis", la "toma
del motivo carpocraciano, ensañado ora como psicoterapia, el
cual diviniza místicamente los instintos en lugar de
santificarlos en la fe". [33] Para el Jung
"esotérico" de Los siete sermones a los muertos:
"Dios y demonio son las primeras manifestaciones de la
nada que llamamos pleroma." [34] Arriba de ellos hay un
Dios más grande, Abraxas, que "genera verdad y
mentira, bien y mal, luz y tinieblas" [35] Es el
dios-demonio cuya fe, en clara correspondencia con Jung, está
en el centro de la novela Demian. Die Goschichte einer
Jugend von Emil Sinclair publicada por Hermann Hesse
en 1919.
También
aquí el nuevo "Dios se llama Abraxas y es Dios y
Satanás y abraza en sí al mundo luminoso y al mundo
oscuro". [36] La fe en ello permite rebasar la idea de
sacrificio, para poder mirar con estima y cariño sus propios
instintos y así dichas tentanciones.
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4.
La religiosidad post-moderna
La
nueva religión fundada sobre la unificación de los opuestos es
el resultado de la negación del Dios bíblico. Desde éste
punto de vista hay una clara orientación antijudía que
atraviesa la gnosis moderna. Ella está presente en la misma
reflexión sobre lo "sagrado" que encuentra su
expresión emblemática en el texto de Rudolf Otto, Das
Heilige (1917,1936). En polémica en contra de la teología
y la dogmática con sus atributos racionales de Dios, Otto pone
al centro de la experiencia religiosa el escalofrío místico
que se siente frente a lo numinoso que aparece como mysterium
tremendum. Este miedo brota del susto frente a lo
irracional, a la "ira de Dios", a su energía. El Dios
religioso, distintamente del Dios filosófico, está
caracterizado por la orghé, por la ira, vitalidad,
pasión, voluntad, fuerza. Esta energía divina aparece, según
Otto, en Fichte, Schopenhauer, y en lo que Goethe llama el
"demoníaco". Aparece en Lutero, del cual De servo
arbitrio Otto confiensa haber tomado la idea de
"numinoso". [37] Aparece en Böhme según el cual hay
"un dúplice aspecto de la divinidad misma, concebida como
bondad y amor por una parte, furia e ira por otra." [38]
Aparece, entonces, en el Dios del Antiguo Testamento, imponente
y terrible, mientras que a partir del Evangelio se muestra como
"paternal" aunque en su doctrina escatológica del
Reino conserva el contraste con el mundo en la figura del
"totalmente otro". "El Soberano de este Reino —escribe
Otto— es el "Padre celestial".Suena para nosotros
hoy suave y es frecuentemente sinónimo de familiar, algo como
"el buen Dios". Pero de esta forma nosotros mal
entendemos el significado bíblico así del sustantivo como del
predicado. Ante todo este "Padre" es el Santo y
altísimo Señor de este Reino, la amenaza obscura con la
plenitud de emát de Javhé, que se acerca del profundo
cielo". [39]
En
esta visión, el cristianismo hace menos lejano cielo y tierra
pero, sin que el contraste se haga menos. La unión entre los
dos Testamentos es una armonía de opuestos, del Dios cercano y
del Dios lejano, de amor y de temor. De tal manera la
reconciliación cristiana no elimina el aspecto inquietante de
lo divino, su distancia, el miedo frente a la irracionalidad de
su potencia. Radicalizando la teología dialéctica de Lutero,
Otto vuelve a encontrar, en realidad, el dualismo moderno entre
bien y mal en Dios derivado de la teosofía de Böhme. Queda
latente el antijudaísmo de Marción, según el cual Jahvé se
convierte en el demiurgo malvado al que se opone la divinidad
buena en la persona de Jesucristo.
Esta
postura de Marción se casa, en la gnosis moderna, con la retoma
de postura de Joaquín de Fiore, según el cual la Edad del
Espíritu, como eliminación del contraste entre espiritual y
material, divino y humano, supera las divisiones aún presentes
en la Edad del Hijo. En el clima actual, marcado por la New
Age, la nueva era asume el rostro de la "edad de
Acuario"cuya llegada designa la declinación de la
"era de los peces", la era cristiana durante dos mil
años. El abrirse del nuevo milenio se carga de expectativas
escatológicas en un nuevo tiempo que "va a
acontecer". La edad del Espíritu está a las puertas. Esta
"nueva fe", que pone al centro de los nuevos
movimientos religiosos nacidos en Norteamérica, depende de una
visión del mundo que, como ha demostrado Harold Bloom, Michael
Lacroix y Giovanni Filoramo, repite el esquema gnóstico
antiguo, fundado sobre la autorredención y divinización del
alma mediante un saber salvífico, reformulado al interior del
optimismo moderno. [40]
Como
en toda postura panteísta, este esquema prevé, en su interior,
la oscilación entre la "religión del Sí" de un
lado, en donde la psicología se convierte en análisis
salvífico del alma, y la "religión del mundo" por
otro, como acontece en las versiones más radicales de la
ecología en donde el primado antropológico viene decisivamente
negado. Más allá de las diferencias, idéntico es el clima:
una religiosidad que lejos de ser el éxito de una
confrontación entre razón y realidad, exigencia de felicidad y
constatación dolorosa del límite —así como se expresa en Ludwing
Wittgenstein, Albert Camus, Max Horkeimer—,
es más bien una religiosidad funcional para la ocultación de
las contradicciones, una religiosidad aérea y ligera, informe,
que lejos de abrir lo humano hacia Dios entendido como
"otro", es, más bien, el elemento llamado a
"cerrar" el mundo, a volver soportable la existencia
acabada en la "era del vacío" (Lipovestsky).
[41]
Se
establece así un círculo extraño entre religiosidad y
nihilismo. El panteísmo, por el cual el yo personal es
ilusorio, genera un nihilismo empapado de mística, análogo a
las filosofías del Oriente. La superación del sujeto y del
primado del logos por obra del nihilismo prepara el
terreno a una solución religiosa fundada sobre la imaginación
y el sueño. Como escribe Eugen Drewermann, cuya
teología depende claramente de C.G.Jung, "No tanto el
mundo de los hechos y los pensamientos, cuanto aquello de los
sueños: allí está el punto de partida de la experiencia
religiosa". [42]
Identificada
con la dimensión onírica, en donde lo divino aparece como el
arquetipo de los sueños, la religiosidad post-moderna aparece
como el expediente con el cual la modernidad, después del
fracaso de las utopías histórico-políticas de los años
70-80, puede evitar interrogarse a sí misma. En la despedida
del escatologismo revolucionario de Bloch y de Altizer la nueva
gnosis puede proponer una redención sin cambio. Eso es posible
gracias al progreso tecnológico, según éste, el pasaje del
mundo real al mundo "virtual" es pensado como proceso
de "espiritualización". Muy interesante, desde este
punto de vista, es la vuelta que intenta parte de la postura
"post-moderna" en la filosofía. Saliendo del rechazo
de toda metafísica y religión en cuanto expresiones del
pensamiento "fuerte", raíz de intolerancia y de
violencia, la postura post-moderna mantiene esta originalidad
integrándola, pero, con una concepción nueva de la
religiosidad. Por ella el éxito de la secularización moderna
es la eliminación del confín entre lo real y lo imaginario, la
abolición de la verdad como adequatio. A eso llevan
tanto la tecnología, como su transformación de la
"naturaleza", así como la hermenéutica post-heideggeriana.
El resultado es, según Gianni Vattimo, la llegada de la
"edad del Espíritu", una era en donde la
debilitación del ser impone una visión estética del
mundo en donde son eliminadas las diferencias
ético-ontológicas. El cristianismo, más allá de su
ortodoxia, contribuye —según la ideología postmoderna— en
ese acontecimiento en la medida en que la kenosis cristológica
indicaría, según una lectura que ya hemos analizado, la
eliminación del rostro autoritario de Dios. La conexión entre
la violencia y lo sagrado, estudiada por Girard, hay que
extenderla, según Vattimo, también a aquellas concepciones que
atribuyen a la divinidad todos los caracteres de omnipotencia,
absolutez, eternidad y trascendencia.
En
este sentido, "el Dios violento de Girard es en esta
perspectiva el Dios de la metafísica, aquello que la
metafísica ha llamado ipsum esse subsistens, que resume
en si de manera eminente todos los caracteres del ser objetivo
como ella —la metafísica— lo piensa". [43] Vattimo
vuelve a encontrar aquí, a través de la "deshelenización"
y la crítica al Dios "metafísico", la típica
perspectiva de Marción que retoma gran parte del pensamiento
moderno. La Encarnación, en la lectura kenótica de la
secularización, aparece, en efecto, como la eliminación del
rostro violento del dios antiguo. "La Encarnación, es
decir, el abajamiento de Dios al nivel del hombre, lo que el
Nuevo Testamento llama kenosis de Dios, hay que
interpretarla como signo de que el Dios no violento y no
absoluto de la época post-metafísica tiene como su rasgo
distintivo aquella misma vocación al debilitamiento de que
habla la filosofía de inspiración heideggeriana". [44]
Por eso la relación entre los dos rostros de Dios parece ser
como una relación entre momentos distintos de la historia de la
salvación. En el primero prevalece la justicia y la ley; en el
segundo, la caridad y la libertad. Aquí hay que entender la
caridad no como "cumplimiento" sino como
"superación" de la ley. La edad del Espíritu es el
Reino de la libertad en donde se le quita tanto la
"letra" de los textos sagrados —su verdad
"literal" —, cuanto la "materia" del mundo
natural, el ámbito de los límites y de las necesidades.
Tecnología
y neocristianismo, en una síntesis que recuerda de alguna forma
Saint-Simon, se convierten así en los ingredientes de la
utopía postmoderna. En la era estético-virtual, que ve a
Friedrich Nietzsche, Martin Heidegger y Hebert Marcuse,
—este último con su idea del eros liberador—, dar
forma al ideal de Joaquín de Fiore, la secularización se abre
a una nueva sacralización, a un reencantamiento del mundo por
el cual "la historia "profana" y la historia
"sagrada" no aparecen más separables". [45] Como
ya sucede en Hegel, la secularización del cristianismo prepara
el terreno a la sacralización de la historia. El tiempo nuevo,
privado de conflictos y de divisiones, es el tiempo de la
plenitud. De tal manera que el debilitamiento del ser coincide,
curiosamente, con una plenitud escatológica. El Mesías que lo
hizo posible está muerto. Víctima del sacrificio y chivo
expiatorio, él, como en todas las corrientes de la gnosis
moderna tiene la tarea de eliminar la obediencia a lo divino por
parte de lo humano. Su kenosis es muerte del Padre.
Esta
muerte, el tiempo del nihilismo, abre el escenario de lo sagrado
post-cristiano, un sagrado que, además de la secularización
del cristianismo, ve el cielo vacío llenarse de nuevos dioses.
El politeísmo que adelanta es politeísmo del yo, disolución
del ego, de la unidad, identidad, integración. "Términos
sobrecargados todos de valores que tienen a sus espaldas a una
psicología monoteísta". [46] Aquella que James Hillman
llama la renovada "batalla entre paganos y cristianos"
[47] ve la lucha del inconsciente, sede de los antiguos dioses,
en contra del "monstruoso yo occidental que tiene que ser
amansado por todo tipo de virtud cristiana: tolerancia,
autocontrol, paciencia, caridad, humildad, obediencia,
pobreza". [48] Lucha en contra del "prejuicio
cristiano" expresado en el concepto del mal.
Distintamente de dicho prejuicio, según Hillman, "en el
mundo griego no hay algún principio particular del mal, no hay
diablo, el mal no se encuentra rebasado por el bien. (...) cada
singular divinidad tiene su lado destructor. Dionisos era un
libertador y al mismo tiempo un destructor, así como Atenea o
Apolo: la destructividad es una sombra que acompaña todas las
cosas, no un principio rebasado". [49]
Proponiendo
el ideal griego Hilman afirma, una vez más, aquella coincidentia
opositorum en donde el ideal está al centro de la gnosis
moderna, como observaba Romano Guardini: "Está
operante en todos lados la idea fundamental gnóstica de que las
contradicciones son polaridades: Goethe, Gide, C.G.Jung, Thomas
Mann, Herman Hesse..., todos ven el mal, lo negativo... como
elementos dialécticos de la totalidad de la vida, de la
naturaleza". [50]
La
autorrendención es autojustificación y, juntos,
autoexplotación. El yo está en función de la totalidad,
absuelto allá donde acepta disolverse en el gran Todo. Ese es
—como armonía de los contrarios—, lo "sagrado",
es Abraxas, el Acéfalo, el dios "sin cabeza", es
decir, sin rostro. Una divinidad impersonal requiere la
despersonalización del yo. Su deconstrucción es el sacrificio
querido por lo sagrado post-cristiano.
El
resultado es un politeísmo de la imaginación del corazón cuyo
espacio está caóticamente llenado por los muchos ídolos del
mundo virtual.
La
"sociedad del vacío" puede legitimarse a si misma.
La nada sobre la cual flota no es el abismo sobre el cual se
hunde sino el espacio aéreo de su libertad. Para que eso sea
posible, soportable, se necesita la prioridad del sueño sobre
la realidad. Lo sagrado post-moderno es el lugar de la gran
ilusión, el regreso al Edén perdido en donde Dios y la
serpiente se funden en el "hombre divino" elevado al
"más allá del bien y del mal". (*)
(*)
Fuente:
Intersticios. Publicación Semestral de la Escuela de
Filosofía de la Universidad Intercontinental, Ciudad de
México, No. 11, Año 5, 1999. pp. 9-29.
Traducción
al español por Stefano Lavaggi Caselli. Instituto Italiano de
Cultura, México.
(*)
Dr.
en Filosofía. Catedrático de Filosofía de la Religión en la
Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Perugia
(Italia). Así mismo, imparte clases de Estética, Ética y
Teología filosófica en la Pontificia Facultad Teológica
"S. Buenaventura", recientemente ha tomado la cátedra
"filosofía y cristianismo" en el Ateneo Pontificio Regina
Apostolorum. Entre sus obras publicadas destacan: La
figura di Cristo in Hegel, (1983), Romano Guardini.
Dialettica e antropología (1990), L´etá dello Spirito
in Hegel. Dal Vangelo "storico" al Vangelo
"eterno" (1995), Posmodernidad y cristianismo.
¿Una radical mutación antropológica? (1997), y
recientemente, Memoria, evento, educazione (2000).
Colaborador de las revistas 30Días, Il Nuovo Areopago,
COMMUNIO. Revista Católica Internacional de Teología.
Notas
[1]
G. Filoramo, Il nuovi movimenti religiosi, Bari, 1986,
p.3.
[2]
G.W.F. Hegel, Lezioni sulla filosofia della storia, 4
vol. Trad. It. Florencia 1941-1967, vol. IV, p. 151. Sobre la
interpretación hegeliana de lo moderno como "edad del
Espíritu" véase M. Borghesi, L´età dello Spirito in
Hegel. Dal Vangelo "storico" al Vangelo
"Eterno", Roma, 1995; Ibidem, Postmodernidad y
cristianismo, Ediciones Encuentro, Madrid, 1997, pp.
166-182.
[3]
J. Taubes, Abandländische Eschatologie, Bern, 1947 (München
1991).
[4]
H. De Lubac, La posterité espiritualle de Joachim de Fiore, 2
vols, Paris, 1979-1981.
[5]
Cfr. Hans Urs von Balthasar, Prometheus. Studien zur
Geschichte des deutschen Idealismus, Heidelberg. 1947.
[6]
Véase M. Frank, Der Kommende Gott. Vorlesungen ubre die Neue
Mythologie, Frankfurt am Main, 1982. [trad. esp., El dios
venidero. Lecciones sobre la nueva mitología, Ediciones del
Serbal, Madrid, 1999.]
[7]
K. Löwith, Von Hegel zu Nietzsche. Der revolutionäre Bruch
im Denken des neunzehnten Jahrhunderts, Zurich, 1941. p.
500-501 [trad. esp., De Hegel a Nietzsche. La quiebra
revolucionaria del pensamiento en el siglo XIX. Marx y
Kierkegaard. Traducción de Emilio Estiú, Editorial
Sudamericana, Buenos Aires, 1968.]
[8]
H. De Lubac, Le drame de l´humanisme athée, Paris,
1944. [Trad. esp, El drama del humanismo ateo, Ediciones
Encuentro, Madrid, 1991]
[9]
Kants Briefwechsel, II, Berlín, 1922, p. 76.
[10]
Una crítica a la posibilidad de tal pasaje es dada por Romano
Guardini según el cual "El hombre se convierte consciente
de valores que de por si son evidentes, que sin embargo se
vuelven visibles solamente en aquella atmósfera [determinada
por la fe cristiana]. La idea que estos valores y estas posturas
pertenecen simplemente a la evolución de la naturaleza humana,
demuestra desconocer el verdadero estado de las cosas; más aun,
se necesita tener el valor de decirlo abiertamente, conduce a
una deslealtad que al observador atento parece característica
de la imagen de la época moderna." (Das Ende der
Neuzeit. Ein Versuch zur Orientierung, Basel, 1950, p.
114-115.) [trad. esp., El Ocaso de la Edad Moderna. Un
intento de Orientación, Ed. Cristiandad, Madrid, 1998.].
Sobre la interpretación de Guardini de lo moderno, véase M.
Borghesi, Romano Guardini. Dialettica e antropología, Roma,
1990, pp. 161-236; Id. Romano Guardini, Cristianismo y
"visión del mundo", en "Vertebración",
Revista del Instituto de Investigaciones Humanísticas de la
Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, No. 45,
Diciembre, 1998, pp. 24-37.
[11]
A. McIntyre, After Virtue. A study in moral theory, Notre
Dame (Indiana), 1981, pp. 135-159. [tra. esp. , Tras la
virtud, Barcelona, Crítica, 1987]
[12]
Véase, A. Del Noce, Violenza e secolarizzazione della gnosi,
en: AA.VV., Violenza. Una ricerca per´comprendere, Brescia,
1980, pp. 195-216; Sobre la lectura de Del Noce, véase M.
Borghesi, Postmodernidad y cristianismo, cit., pp.
183-192.
[13]
P. Hadot, Exercices spirituels et philosophie antique, Paris,
1987. Id., ¿Qu´est-ce que la philosophie antique ?,
Paris, 1995 [tra. esp. ¿Qué es la filosofía antigua?, Fondo
de Cultura Económica, México, 2000]. Sobre la perspectiva de
Hadot, Cfr. J. E. Pérez Valera, La filosofía como
ejercicios espirituales, según Pierre Hadot y el "Insight"
de Bernard Lonergan, en "Revista de Filosofía",
Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, 95, mayo-agosto
1999, pp. 121-164.
[14]
A. Del Noce, Eric Voegelin e la critica dell´idea di
modernitá, Introducción a: E. Voegelin, La nuova
scienza politica, tr.it., Turín, 1968, p. 19.
[15]
D.H. Lawrence, Apocalypse, Florencia, 1931, p. 35
[16]
Op.cit., p. 33
[17]
Op.cit. p. 34.
[18]
Romano Guardini, Welt und Person, Versuche zur christlichen
lehre vom Menschen, Würzburg, 1939- Mainz, 1988, pp. 3-133.
[19]
R. Girard, La violence et le sacré, Paris, 1972. [Trad.
esp., La violencia y lo sagrado, Anagrama, 1999]
[20]
Eso vale no sólo para el Hegel de los "Escritos
teológicos juveniles" sino también para el Hegel de la
madurez según el cual Dios veterotestamentario queda siempre la
expresión de la "conciencia infeliz" lacerada entre
sujeto y objeto. "Hegel también en su edad madura, cuando
ya terminó de polemizar, partirá en dos la Biblia y pondrá
entre judaísmo y cristianismo toda entera oposición",
Hans Urs von Balthasar, Herrlichkeit, Eine theologische
aesthethik, Vol. 5, In Raum der Metaphysik, Einsiedeln,
1965, p. 516. [Trad. esp., Gloria. Una estética teológica, Vol.
5, Metafísica: Edad Moderna, Ediciones Encuentro,
Madrid, 1998]. Radicalizando la dialéctica luterana entre ley y
evangelio Hegel vuelve a encontrar la dialéctica gnóstica de
Marción. Su reflexión expresa un "antijudaísmo
originario gnóstico: la cruz es en último análisis la
"dilaceración" del judaísmo que en el Nuevo Pacto
debe entonces ser lacerado: ya no es la cruz de Jesús, sino una
situación dialéctica." Hans Urs von Balthasar, Mysterium
Paschale, in : AA.VV., Mysterium Salutis, vol.
VI, Brescia, 1980, p. 216. Sobre la dialéctica hegeliana entre
los dos Testamentos, Cfr. Massimo Borghesi, L´etá dello
Spirito in Hegel. Dal Vangelo "storico" al vangelo
"eterno", cit, pp. 168 sig.
[21]
"En nosotros no hay sólo el Adán afligido, cuyo deseo de
conocer lo bueno y lo malo fue satisfecho por el salvador Jesús
[...]. Ya que mas alto está el inconsolado Lucifer y su deseo
de ser como Dios [...]. Sólo en Lucifer, queda secreto
en Jesús para ser manifestado más tarde, al final, en los
tiempos en que este rostro podrá develarse, sólo en Lucifer,
vueltose inquieto desde cuando fue abandonado por segunda vez,
desde cuando de la cruz se levantó el grito que quedó sin
respuesta, desde cuando por segunda vez fue aplastada la cabeza
de la Serpiente del paraíso colgado a la cruz: sólo en Él
entonces, en el escondido en Cristo, en cuanto anti-demiurgo
absoluto, está comprendido también el auténtico elemento
teúrgico de quien se rebela porque es hijo del hombre". E.
Bloch, Geist der Utopie, Frakfurt am Main, 1963, p. 252.
[22]
Al centro de la postura de Blake, como al centro de toda
teosofía, hay "la concepción de Dios como coexistencia de
los opuestos, como abismo y como revelación, como boda entre
cielo e infierno, donde los opuestos son reales y al mismo
tiempo relativos, pero no absolutos; [...]
[23]
T.J.J. Altizer-W. Hamilton, Radical Theology and the Death of
God, New York-Kansas City, 1966, p. 203.
[24]
Idem.
[25]
Op. cit., p. 120
[26]
Op. cit., p. 213
[27]
Op. cit., p. 214
[28]
Idem.
[29]
Idem.
[30]
Idem.
[31]
Blake "es el único entre los artistas cristianos que
identifica la real pasión sexual con la más inmediata
epifanía de una "Energía" sea demoníaca que
redentora." (Op. cit., p. 206)
[32]
G.W.F. Hegel, Lezioni sulla storia della filosofia, 3 vol,
Florencia, 1930-1973, vol. III (2), p. 54. [Trad. esp., Lecciones
sobre la historia de la filosofía, 5 vols., Fondo de
Cultura Económica, México, 1985.]
[33]
M. Buber, Gottesfinsternis, Zürich, 1953, p. 138. [Trad.
esp., Eclipse de Dios, Fondo de Cultura Económica,
México, 1996.]
[34]
Erinnerungen, Traume, Gedanken von C.G.Jung, Zürich,
1961, p. 454.
[35]
Op. cit., 456.
[36]
H. Hesse, Demian. Die Goschichte einer Jugend von Emil
Sinclair, Berlín, 1919, p. 216. [Trad. esp., Demian,
Alianza Editorial, Madrid, 1995]
[37]
"Y cuando arriba, yo usé la designación de un aspecto de
lo numinoso, precisamente el tremendum a la maiestas,
lo he hecho precisamente bajo el estímulo de una reminiscencia
de los términos de Lutero mismo. Los recabé precisamente de su
divina maiestas y de su metuenda voluntas, que se
me quedaron en el oído de mi primera familiaridad con él. En
efecto, en el De Servo Arbitrio se formó mi inteligencia
de lo numinoso y su diferencia de lo racional, mucho antes de
que se me volviera a ofrecer en el gädosh del Viejo
Testamento y en los momentos del "horror religioso" a
través de la historia de las religiones[...]. Lo que nosotros
hemos dicho de la piedad del evangelio y de la paradoja de
la fe en Dios Padre, brinca a los ojos en la experiencia
religiosa de Lutero, en una intensidad inaudita. Es el inabordable
que se convierte abordable, lo Sagrado que se vuelve pura
Bondad, la maiestas que se vuelve en familiaridad.
Es la armonía de los constrastes que forma la íntima esencia
de la religión de Lutero". R. Otto, Das heilige. Ueber
das Irrationale in der Idee des Göttlichen un sein Verhältnis
zum Rationalen, Breslavia, 1917- Berlín, 1936, p. 103-104 [Trad.
esp., Lo Santo, lo racional y lo irracional en la idea de
Dios. Alianza Edit., Madrid, 1980].
[38]
Op. cit., p.110.
[39]
Op. cit.,p. 89. Una continuación actual de la tesis de
Otto, junto a la perspectiva de Carl Gustav Jung, es dada por el
volumen de Isabel Cabrera, El lado oscuro de Dios,
Paidós, México-Buenos Aires-Barcelona, 1998. Según la autora
"La concepción que combatimos, y que llamamos
"dominante" por ser común en Occidente, es la de un
Dios trascendente, revestido de atributos jurídicos y morales,
que por largo tiempo fue sostén supramundano de muy diversas
normas de conducta" (op. cit. p. 11). Según Cabrera
"A esta imagen de Dios se contrapone aquella que estas
páginas intentan resucitar. Hay múltiples pasajes del Antiguo
Testamento que traslucen la concepción de un dios misterioso e
impredecible, más cercano a un poder creador arbitrario que a
un legislador justo. Un dios que se opone a que sus criaturas
adquieran la ciencia del bien y del mal, que exige el sacrificio
de un inocente y que se deja tentar por "el espíritu de la
duda" para atormentar a un justo, es una divinidad que no
se ciñe a los términos de pacto alguno y que, por lo mismo,
suscita un temor específico y una peculiar devoción. Esta otra
imagen del dios judeocristiano palpita —como se ha señalado—
en el Antiguo Testamento y nuestra intención es recogerla para
contraponerla a la imagen del dios legalista. Hemos elegido
aquellos pasajes, familiares dentro de nuestra mitología
colectiva, donde el Yahvé legislador manifiesta "un lado
oscuro" que parece serle por completo antagónico, y que
nos obliga a abandonar la concepción de un dios capaz de
describirse mediante predicados morales o legales. Como veremos,
a veces el dios trascendente deja su lugar a un tácito dios
inmanente que se confunde con el destino, el azar o la
naturaleza, y al cual la atribución de propiedades morales
parece serle completamente ajena." (op. cit., p. 13).
[40]H.
Bloom, La religione americana, tr.it., Milán,
1944:"New Age, l´orfismo californiano, pp. 211 sig.,
M.Lacroix, L´ideologie du New Age, G. Filoramo, op.cit.;
también, Figure del sacro. Saggi di storia religiosa, Brescia,
1993, parte III; Figure del sacro post-modern", pp.
231-351. Un estudio de conjunto, esmerado y preciso en: A.
Pompei, New Age, ragione e cristianesimo, en "Miscellanea
Francescana", 99, gennaio-giugno, 1999, pp.186-244.
[41]
G. Lipovetsky, L´ére du vide. Essais sur l´individualisme
contemporain, Paris,1983-1993. [Trad. esp., La Era del
Vacío. Ensayos sobre el Individualismo Contemporáneo.
Barcelona: Anagrama, 1999.]
[42]
E. Drewermann, An ihren Frühchten sollt ihr erkennen. Antwort
auf Rudolf Peschs und Gerhard Lohfink, "Tiefenpsychologie
und keine Exegese", Olten in der Scheweiz und Freiburg
1Br. 1988, p.72.
[43]
G. Vattimo, Credere di credere, Milán, 1996, p. 30. [Trad.
esp., Creer que se cree, Paidós, Barcelona, 1996].
[44]
Idem.
[45]
G. Vattimo, Dio, l´ornamento, en "Micromega",
1996 (Suplemento al No. 5, 1995), p. 191. Sobre las
implicaciones religiosas de la reflexión de Vattimo, Cfr. M.
Borghesi, L´ironia e il mondo como favola. Riflessioni
sull´ideologia post-moderna, en "Il Nuovo Areopago",1(1996),
pp. 19-31.
[46]
J. Hillman, Intervistasuamore, anima e psiche, Bari,
1984, p. 113.
[47]
Op. cit. p., 110
[48]
Op. cit. p., 116
[49]
Op. cit. p., 117-118.
[50]
R. Guardini, Wahrheit des Denkens und Wahrheit des Tuns.
Notizen und Texte 1942-1964, Pderborn-München Wien Zürich,
1980, p. 245. La nota es del 20 de enero de 1964.
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