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EL GEOCOSMOS DE ATHANASIUS KIRCHER
Una imagen organicista del mundo en las ciencias de la naturaleza del siglo XVII
Por Leandro Sequeiros 
 

 Portada de Ars magna lucis et umbrae, obra de Athanasius Kircher, publicada en 1646.

 

Athanasius Kircher es un asombroso y versatil pensador jesuita alemán. Su obra fundamental, Mundus Subterraneus, constituye una amplia elaboración reflexiva impregnada de teología, filosofía y ciencia desde una impronta experimental y especulativa. Esta obra ejerció una apreciable influencia en el medio intelectual europeo de finales del siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIII. En Mundus Subterraneus, Kircher pretendió encontrar "dentro" de la esfera terrestre, una posible respuesta a los interrogantes que laten sobre la superficie de la misma. En el desarrollo de esta actitud intelectual, Kircher desarrolló la categoría del Geocosmos. Para adentrarnos en el fascinante universo de la especulación kircheriana, presentamos aquí un excelente artículo, de gran rigor, fundamentación y solidez, de Leandro Sequeiros, Doctor en Ciencias Geológicas por la Universidad de Granada (1974). Desde 1996 es profesor de Filosofía de la Naturaleza y de Filosofía de la Ciencia en la Facultad de Teología de Granada.
En Athanasius Kircher, ciencia, teología y filosofía, aún se funden dentro de los nervios de una única aventura intelectual.

E.I

  

EL GEOCOSMOS DE ATHANASIUS KIRCHER
Una imagen organicista del mundo en las ciencias de la naturaleza del siglo XVII
Por Leandro Sequeiros
 
 
1. Introducción
    Los historiadores no están de acuerdo sobre el año de nacimiento del erudito y polifacético jesuita alemán padre Athanasius Kircher. Las opiniones se dividen entre los partidarios del año 1601 y del año 1602. Sí se sabe que nació un día 2 de mayo, día de San Athanasio. Por tanto, entre el año 2001 y 2002 celebramos la conmemoración de los cuatro siglos del nacimiento de este estudioso enciclopédico y escritor fecundo. El filósofo y escritor italiano Umberto Eco, ha escrito de Kircher: es "el más contemporáneo de nuestros antecesores, el más trasnochado de nuestros contemporáneos".
 
    Entre los muchos libros publicados por Kircher, el más conocido es Mundus Subterraneus, una vasta obra científica, filosófica y teológica de gran influjo en muchos ambientes intelectuales europeos de finales del siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIII. Kircher finalizó su redacción, tras muchos años de trabajo, en 1660 pero no se publicó hasta cinco años más tarde. Mundus Subterraneus tuvo una primera edición en 1665, pero la que alcanzó más difusión fue la segunda, de 1678, más ampliada por su autor. El título original de la misma es: Athanasii Kircheri e Soc. Iesu. Mundus Subterraneus, in XII Libros digestus; quo Divinum Subterrestris Mundi Opificium, mira Ergasteriorum Naturae in eo distributio, verbo pantamorfon Protei Regnum, Universae denique Naturae Majestas et divitiae summa rerum varietate exponuntur. Fue editada la primera edición en la ciudad de Amsterdam, en 1665, en dos volúmenes de 346 y 487 páginas respectivamente.
 
    La portada, grabada en Roma, está fechada en 1664 aunque el libro salió a la venta un año más tarde, en 1665. En la segunda edición, de 1678, se corrigió el año de edición pero el grabado barroco, con una bola del mundo suspendida de la mano de Dios por una gruesa cadena y rodeada de ángeles, filósofos, figuras míticas y nubes permaneció intacta.De igual modo, se mantuvo la leyenda que sostiene un águila en el pico: "Spiritus intus alit; totamque infussa per arctus Meus agitat molem" (Virgilio, Eneida, VI, 625). De esta obra se publicó una amplia crónica en el Journal de Savants, de 1666 en dos números sucesivos (páginas 299-305 y 347-352). La segunda edición se editó también en Amsterdam trece años después de la primera, en 1678. Tiene dos tomos y aporta nuevas observaciones, con lo que el número de páginas es superior: 366 y 507 páginas respectivamente.
En Mundus Subterraneus, Kircher propone una de las teorías globales de la Tierra, basada en la idea del Geocosmos, que más influjo han tenido en las ciencias naturales de los siglos XVIII y XIX. En ella se articulan elementos de observación natural junto a sugerentes y poderosas concepciones filosóficas de raíz platónica y a teorizaciones teológicas de gran envergadura [UDÍAS Y STAUDER, 1998; SEQUEIROS, 1999, 2001a, 2001b].
 
   El interés que los investigadores dedican a la figura de Kircher puede medirse en función de los trabajos de investigación y tesis doctorales sobre su figura. En la clásica obra del padre Lazlo Polgár, conteniendo la bibliografía sobre la historia de la Compañía de Jesús, se reseñan 80 trabajos sobre la figura y la obra de Kircher, publicados entre 1901 y 1980. Puede resultar sorprendente que son varias las tesis doctorales que se han defendido en estos últimos años sobre Kircher. Así, citamos de pasada las tesis de Baldwin (defendida en 1987 en Chicago) sobre la filosofía magnética de Kircher [BALDWIN, 1987], la de Cantoni sobre la armonía universal [CANTONI, 1994] y la de Ziller, también sobre la armonía del mundo en el siglo XVII según Kircher [ZILLER, 1995].
 
 
I. Rasgos biográficos de Athanasius Kircher
I.1 Nacimiento y juventud
    No son muy abundantes los datos biográficos fiables del P. Kircher. Las fuentes directas son poco accesibles y, por lo general, se trabaja sobre fuentes secundarias [LANGENMANTEL, edit.,1684; BRISCHAR, 1877; SOMMERVOGEL, 1893; KOCK, 1934; ADAMS, 1938; MacCRACKEN, 1942; GODWIN, 1980; KANGRO, 1973; SIERRA VALENTÍ, 1981; BRAUEN, 1982; SEQUEIROS, 2001c; CORRADINO, 2001]. Los autores consultados coinciden en estos datos generales sobre la biografía de nuestro autor: Athanasius Kircher nació en Geisa (Ghysen), cerca de Fulda (provincia de Hesse-Nassau, en Sajonia-Weimar) un 2 de mayo, día de San Atanasio. Pero no hay acuerdo si fue en el año 1601 o en 1602.
 
   Athanasius fue el más pequeño de los ocho hijos (seis varones y dos mujeres) fruto del matrimonio entre Johannes Kircher y Anna Gansek. Johannes Kircher, su padre, había nacido en Maguncia (Mainz), y era doctor en Teología. Siendo éste un joven teólogo laico, obtuvo un puesto de trabajo de tipo administrativo en la Abadía benedictina de Fulda. Esto le hizo trasladarse a esta ciudad en la que conoció a la que sería su esposa, Anna. Precisamente, en Fulda tenían los jesuitas un colegio donde estudiaron los hijos varones, y entre ellos el joven Athanasius. En este centro estudió latín, griego y hebreo desde 1614 a 1618 (desde los 13 a los 17 años) y allí sintió su vocación a la Compañía. El 2 de octubre de 1618 ingresa como novicio en la Compañía de Jesús, y en 1620 se traslada a la ciudad de Paderborn, donde estudia Humanidades Clásicas, Filosofía escolástica, Ciencias Naturales y Matemáticas hasta 1622. Estos estudios los completó un año más en Münster y Colonia.
.2 La formación intelectual y académica de Kircker
    Una vez terminados los estudios de Humanidades y Filosofía, Kircher pasó a la etapa que en la tradición jesuítica se llama el "magisterio", durante la cual el joven estudiante pasa a ser temporalmente profesor en alguno de los colegios para niños y jóvenes. En 1623, Kircher fue destinado al Colegio de Coblenza donde imparte clases de lengua griega a los niños y a los jóvenes. El curso siguiente, 1624 -1625, Athanasius Kircher, a la sazón de 24 años, pasa a impartir clases en el laboratorio de Física del Colegio jesuita de Heiligenstadt en Sajonia. Este laboratorio tenía una fama bien ganada, pues en él se encontraban los aparatos "más modernos" (entonces) para acercar a los jóvenes a los métodos de lo que hoy llamamos la investigación científica. Esta experiencia será de gran valor para Kircher [SEQUEIROS, 2001c].
 
    Finalizada en 1625 la etapa llamada por los jesuitas el "magisterio", Athanasius Kircher inicia sus estudios de Teología en la Universidad de Maguncia, donde también había estudiado la misma materia su propio padre. En esta ciudad fue ordenado sacerdote en 1628, con 27 años. Sus estudios los compaginó con trabajos de planimetría y agrimensura por encargo del Elector de Maguncia los cuales contribuyeron grandemente a su posterior interés por la geografía. También empezó a utilizar el telescopio para sus observaciones que tuvieron como objetivo principal el estudio de las manchas solares, retomando el debate que mantuvieron antes que él Galileo y el también jesuita Scheiner.
 
   Ese mismo año, 1628, fue nombrado profesor de la Universidad de Würzburgo, donde se le encarga enseñar materias tan variadas como la filosofía escolástica, las matemáticas, las lenguas hebrea y siríaca (nombre con el que se conocía entonces al arameo). Ese mismo año inicia su interés por la interpretación de los jeroglíficos egipcios con ocasión de la lectura de un libro que trataba de los obeliscos conservados en la ciudad de Roma. En Würzburgo tuvo su primer contacto con la medicina profesional (a la que hace abundantes referencias en Mundus Subterraneus) y publicó su primer libro en 1631: la Ars Magnesia, referente al magnetismo terrestre [KIRCHER, 1629; ROSSI, 1998:160-163].
 
   El tema del magnetismo es el objeto de este trabajo. Recuérdese que en 1600 se publica uno de los libros de física más influyente en los siglos XVII y XVIII: el De Magnete de Gilbert [ROSSI 1998:160-164]. El tema del magnetismo terrestre lo retomará años después publicando en 1641 el Magnetes sive de arte magnetica que conoció varias ediciones (Roma, 1641; Colonia, 1643; Roma, 1654).
 
   En 1631, Kircher abandona la ciudad de Würzburgo debido al avance de las tropas de Gustavo Adolfo, y se establece en el Colegio de los Jesuitas de Avignon. Se llevó consigo a su discípulo, el también jesuita Caspar Schott. No se tienen muchas noticias sobre este gran colaborador de Kircher. El padre Caspar Schott nació en Königshofen (diócesis de Würzburgo) en 1608. Entró en la Compañía en 1627. No se tienen datos fiables sobre cómo entró en contacto con Kircher e iniciaron su fecunda cooperación científica. Una hipótesis es que lo conociese en Würzburgo, la ciudad de Schott, hacia 1628, cuando era aún novicio. Solo sabemos que en 1631, Schott y Kircher huyen de esta ciudad hacia Lyon y luego a Avignon. Desde 1633 se pierde el rastro de Schott. Posiblemente, es la época en que estudió en Sicilia y fue profesor de teología moral y matemáticas en Palermo. Esto coincide con un reencuentro con Kircher con ocasión de su viaje al sur de Italia. Volvió a Würzburgo en 1657 donde se dedica a escribir y a impartir clases de ciencias físicas. Es el momento en el que publica la segunda edición del Iter Exstaticum de Kircher (1660). La amistad entre Kircher y Schott fue constante y les llevó a una fecunda colaboración científica. Entre otras cosas, Schott será quien complete la segunda edición, editada en 1660, del Iter Exstaticum coeleste et terrestre (de 1654). Schott falleció en la ciudad de Augsburgo en 1666. Más adelante hablaremos con más detalle de este interesante libro y sus imágenes.
En el Colegio de Avignon, ciudad que era territorio pontificio, Kircher enseñó matemáticas y desarrolla una amplia tarea científica en muy diferentes campos: la astronomía, el desciframiento de inscripciones egipcias, la planimetría y la agrimensura. También construye un planetario para el cual realizó experimentos basados en dirigir la luz del Sol y de la Luna hacia la Tour de la Motte del Colegio mediante ingeniosas combinaciones de espejos. De todos estos experimentos resultó un libro sobre las observaciones astronómicas por medio de la reflexión de la luz y otro sobre una disciplina extraña: la catóptrica (la parte de la óptica que trata de los procesos de reflexión de la luz).
 
   Durante la etapa en Avignon, Kircher mantuvo correspondencia con el jesuita Christophorus Scheiner, descubridor de las manchas solares y enemigo científico de Galileo. Tal vez en esta época adquirió la costumbre de la correspondencia frecuente con otros científicos europeos y que mantuvo toda su vida.
 
   En 1633, estando aún en Avignon, le presentaron a Pierre Gassend (conocido como Gassendi) (1592-1655) en Aix-en-Provence, con el cual seguirá manteniendo correspondencia y amistad durante muchos años. Téngase en cuenta que Gassendi es un representante cualificado de las posturas opuestas al rígido mecanicismo de Descartes. Están por estudiar las influencias mutuas que Gassendi y Kircher pudieron tener [ELLENBERGER, 1989: 188-194].
 
   En este mismo año (1633), Kircher se propone interpretar el lenguaje de los jeroglíficos egipcios. Casi dos siglos antes de Champollion y la Piedra Rosetta, Kircher trabajó en este campo basándose en la lengua copta (que dominaba perfectamente) como herramienta lingüística para descifrar la escritura egipcia. Según los expertos, en este trabajo dominó más su juvenil fantasía que el rigor científico. De estos trabajos resultó una pintoresca gramática de la lengua copta, editada en Roma diez años más tarde.
 
 
I.3 Los extraños caminos que llevan a Roma: el Colegio Romano en los tiempos de Kircher
    Diversas circunstancias hicieron que en el año 1633 el Emperador Fernando II, conocedor de la sabiduría del jesuita, propuso a los superiores de Kircher que concedieran autorización para ser nombrado profesor de matemáticas en Viena. Concedida ésta, Kircher se dirigió desde Francia a Alemania por vía marítima. En una accidentada travesía, sufrió varios naufragios que le obligan a arribar a la ciudad de Roma, donde no tenía intención de ir. Athanasius Kircher nunca llegó a Viena. Desde ese año hasta su muerte en 1680, permaneció como profesor en Colegio Romano, que gozaba en aquel tiempo de una merecida fama. Desde 1633 hasta 1638, Kircher dispuso de su tiempo para trabajar libremente en Roma. No tenía aún una misión concreta. Por ello se dedicó a la egiptología publicando el Prodromus Coptus sive Aegiptiacus (1636), un pequeño tratado de coptología.
 
   Desde 1638, cuando tenía 37 años de edad, se incorporó como profesor de Física y de Matemáticas al claustro de profesores del Colegio Romano. No se puede entender la obra completa de Kircher, el impresionante esfuerzo intelectual de ámbito científico, filosófico y teológico, sin situarlo en el contexto de esta institución al servicio de la Iglesia. El Colegio Romano [GARCIA-VILLOSLADA, 1954] fue fruto del desarrollo de una de las intuiciones más preclaras de Ignacio de Loyola y tenía como objetivo colaborar en la restauración católica que había iniciado el Concilio de Trento. En la mente de Ignacio se trataba de impulsar una institución dedicada a la educación cristiana de la juventud, a la formación del clero, a la recuperación de la presencia católica en las letras y en la ciencia, a la formación de apóstoles decididos a difundir la fe de Roma.
 
   No pretendamos juzgar con las categorías del siglo XXI los objetivos concretos pretendidos por Ignacio y sus compañeros. Dicho en un lenguaje de nuestros días, el Colegio Romano quiso intervenir decididamente y con ideas propias en el debate renacentista y barroco de la revolución científica de los siglos XVI y XVII. La institución pensada por Ignacio no cristaliza inmediatamente. Aprobada la Compañía en 1540 (bula Regimine militantis Ecclesiae, de Paulo III), Ignacio deseaba que los jóvenes jesuitas recibiesen su formación en una universidad pública [GARCÍA-VILLOSLADA,1954: 10].
 
    Por ello, Ignacio de Loyola envió en ese mismo año de 1540 a un grupo de estudiantes a la Universidad de París, otro grupo a la Universidad de Padua en 1541, y otros dos a las de Lovaina y Coimbra en 1542. Pero pronto pensó en la posibilidad de crear centros propios de estudio. Así, en 1546 aparece el Colegio de Gandía (Valencia), para los cursos de Artes o Filosofía. A este le siguió el Colegio de Messina, en 1548, dirigido por el P. Jerónimo Nadal con la ayuda de un grupo de jesuitas de sólida formación, como Pedro Canisio, Andrea Freux y otros. El Colegio de Messina, fundado sobre todo para remediar la ignorancia del clero local, puede considerarse como el primer esbozo de lo que sería la pedagogía jesuítica, la cual tendrá su forma más elaborada en el Colegio Romano.
 
   En los tiempos de la llegada de Kircher al Colegio Romano (en 1633), éste estaba ya bien establecido. Había un buen edificio y una organización docente bien elaborada, una buena biblioteca y un profesorado dotado de gran potencia intelectual. La enseñanza, y en especial la enseñanza de la Teología, era muy apreciada, siendo los portavoces de las reformas teológicas iniciadas tras el Concilio de Trento [FILOGRASSI, 1942; GARCÍA-VILLOSLADA, 1954:214-232].
 
I.4. La filosofía natural el Colegio Romano en los tiempos de Kircher (1633-1680)
    La edad dorada del Colegio Romano, iniciada con las clases de Toledo y Belarmino y culminada con las de Suárez, Vázquez y Valencia se prolonga en el siglo XVII con Juan de Lugo, Antonio Pérez, Sforza Pallavicino y Silvestre Mauro. Es la época de Kircher. Fieles al Concilio de Trento, los teólogos del Colegio Romano se mantenían dentro de la ortodoxia del tomismo. Pero se trata, según algunos autores, de un tomismo ecléctico, más abierto a las novedades científicas. Sin embargo, el tema de la cooperación de la Ratio Studiorum a la filosofía natural y al desarrollo científico está muy debatido.
 
   Algunos hechos culturales enmarcan la obra de Kircher: en 1637, Descartes escribe el Discurso del Método y en 1638, Galileo publica en Holanda los Discurso (Discursos sobre las dos nuevas ciencias). La estancia de Kircher en Roma coincide con otros acontecimientos científicos y sociales de importancia: en 1647, Gassendi publica De vita Epicuri y Blas Pascal las Nuevas experiencias acerca del vacío. En 1651, von Guericke construye la máquina neumática en 1661, Boyle formula la ley de los gases. En 1662 se funda la Royal Society of London. En 1665, precisamente en el año en que se publica Mundus Subterraneus, se inicia en Londres la publicación de la primera revista científica mundial: las Philosophical Transactions.
 
    Los historiadores de la ciencia [ROSSI, 1998] muestran el papel protagonista que desempeñaba el Colegio Romano en el contexto de las ciencias de la tierra, la astronomía, las matemáticas y la cosmología, en la época en que Kircher llega al mismo. Los jesuitas eran respetados en sus opiniones y tenidos en cuenta y fueron considerados por los científicos más eminentes de la época como interlocutores válidos en el debate sobre el conocimiento de la naturaleza.
 
   Para situar históricamente la obra de Kircher, recordemos que poco después de su fallecimiento en 1680, se publicó (en 1687) uno de los libros más revolucionarios en el mundo del pensamiento científico: los Principia Mathematica Philosophiae Naturalis de sir Isaac Newton. Al llegar Kircher al Colegio Romano ya habían finalizado las controversias de algunos profesores de este con Galileo. Pero debe reconocerse que la estancia de Kircher en Roma coincide con el gran florecimiento europeo del conocimiento científico. Para centrar históricamente la llegada de Kircher al Colegio Romano, recordemos que en 1632, Galileo Galilei había publicado sus Diálogos sobre los sistemas del mundo, lo que provocó un nuevo proceso contra Galileo y la obligación de abjurar de sus ideas el 22 de junio de 1633. En ese año es cuando Kircher llega al Colegio Romano [UDÍAS, 2000; SEQUEIROS, 2001c].
Debe resaltarse que, entre los que ocuparon cátedra de Matemáticas (con Geometría y Astronomía) están algunas de las figuras más conspicuas de la ciencia jesuítica de la época de la Revolución Científica: Christophorus Clavius (desde 1564 a 1571 y desde 1587 hasta una fecha no precisada por los documentos), Bartolomeus Ricci (desde 1571 hasta una fecha no precisada por los documentos que se conservan), Christophorus Grienberger (desde 1602 a 1605, desde 1612 a 1616, desde 1624 a 1625, desde 1628 a 1633), Orazio Grassi (desde 1616 a 1624 y desde 1626 a 1628). En los 47 años que Kircher estuvo en el Colegio Romano, coincidió con 51 profesores de Física (de Filosofía Natural) y con 23 profesores de Matemáticas (con Geometría y Astronomía).
Durante el siglo XVII se produce una renovación generacional importante en el Colegio Romano [BANGERT, 1972:187, 220, 325]: el gran astrónomo Christophorus Clavius fallece en 1612; Grienberger muere en 1636; Christophorus Scheiner, en 1650; Orazio Grassi, opositor a Galileo, fallece en 1654. Pero la llegada de Kircher en 1633, apodado "el Maestro de las cien Artes" ocupa pronto un gran espacio por su actividad incansable [UDÍAS, 2000].
Muchas de estas nuevas ideas se conocían ya entre los jesuitas del Colegio Romano que intervenían y opinaban con razones de peso en muchas de estas cuestiones científicas relacionadas con la filosofía y la teología. En torno al Colegio Romano las llamadas "redes jesuíticas" difundían por el mundo las nuevas imágenes de la realidad natural para las cuales buscaban respuestas filosóficas y teológicas más acordes con las nuevas propuestas. En este ambiente hemos de situar la obra científica de Athanasius Kircher.
 
 
.5 La obra científica escrita de Athanasius Kircher
    Sorprende encontrar que la actividad estrictamente docente de Kircher en Roma no fue demasiado prolongada. Entre 1638 y 1646 imparte Física y Matemáticas (con Geometría y Astronomía) en el Colegio Romano, con una interrupción intermedia de algunos años. No tenemos datos sobre cómo eran sus clases, pero se puede aventurar la hipótesis de que lo suyo era la investigación y no la brega diaria con los alumnos. Parece ser que, desde esa fecha, 1646, fue descargado de las clases para que pudiera emplearse en la redacción de su vasta obra. Pero es el momento ahora de describir su actividad investigadora tal como se refleja en sus numerosos, variados y, a veces, desconcertantes escritos [SEQUEIROS, 2001c].
 
   La obra impresa de Kircher es de 44 títulos de muy diversos temas. [SOMMERVOGEL, 1893]. De igual modo, los manuscritos y su correspondencia son muy amplios. Recientemente, el investigador Vicktor Gramatowski [2000] ha dado a conocer un catálogo del fondo kircheriano. Consta de 2.587 documentos en 20 lenguas, con cartas que proceden de 336 ciudades en 42 países. Entre los muchos corresponsales, Kircher mantuvo una amplia correspondencia con el español Juan Caramuel y Lobkowitz (1606-1682) [CEÑAL, 1953; PASTINE, 1975; LÓPEZ PIÑERO, 1979:436-439]
 
    Uno de sus primeros libros [KIRCHER, 1635] está dedicado a los experimentos realizados en Avignon años atrás con espejos, a partir de los cuales construye un reloj de reflexión. En los primeros años de estancia en Roma, además del tratado de coptología, al que aludimos más arriba, publicó cuatro gramáticas árabes en latín (Lingua Aegiptiaca restituta, Roma, 1643). Años más tarde, vio la luz un monumental tratado de egiptología (Oedipus Aegiptiacus). Los cuatro tomos se editaron entre 1652 y 1653 [CORRADINO, 2001].
 
   Tras estos, vinieron otros muchos libros de temas variados, tocando los temas más diversos: desde la interpretación de los jeroglíficos egipcios (Obeliscus Pamphilius, 1650), tratados de lenguas orientales, de cultura china (China Monumentis illustrata, Amsterdam, 1667), de música (Musurgia Universalis, Roma, 1650), de física (Primitiae gnomonicae catoptricae, Avignon, 1635) y geofísica (Ars Magna Lucis et Umbrae, Roma, 1646) y de magnetismo (Magnes sive de Arte Magnetica, Roma, 1641; Ars magnesia, Würzburgo, 1631; Magneticum Naturale Regnum, Roma y Amsterdam, 1667), de matemáticas, de medicina (Scrutinium physico medicum contagiosae luis, quae pestis dicitur, Roma, 1657), de zoología (Arca Noe, Amsterdam, 1675; Turris Babel, Amsterdam, 1679), etc. [CORRADINO, 2001]. Parece ser que Kircher tenía gran interés en divulgar los conocimientos. Sus obras tienen gran claridad expositiva, acude con frecuencia a las anécdotas, acompañaba al texto con preciosas litografías y, al escribir en latín, se difundieron sin dificultad por toda Europa.
 
   Su afán divulgador le llevó a montar en Roma un gran Museo (conocido luego como Musaeum Kircherianum). Nuestro activo autor, empezó a coleccionar objetos curiosos en su propio cuarto en Roma. Como la cantidad de objetos aumentó desmesuradamente, el Rector concedió a Kircher una estancia mayor. Pero en 1615 Alfonso Donnini (más conocido por su nombre latinizado de Donninus) había donado al Colegio una colección de cosas curiosas y valiosas. Este fue el germen del Musaeum Kircherianum que fue dirigido por el P. Athanasius Kircher en Roma [GARCÍA-VILLOSLADA, 1954:185 ss; GRAMATOWSKI, 2000; LO SARDO, 2001].
 
   El Museo comprendía colecciones de curiosidades, rarezas naturales, arqueología, etnografía, instrumentos científicos, malacología, rocas, minerales y fósiles, etc. En 1678, Jorge de Sepi, bajo la dirección de Kircher, publicó un catálogo del mismo (Romani Collegii Soc. Jesu Musaeum celeberrimum, cuius magnum antiquariae rei, statuarium imaginum, picturarumque partem ex legato Alphonsi Donnini S.P.Q.R. a secretis munifica liberalitate relictum P. Athanasius Kircherus Soc. Iesu novis et raris inventis locuplectatum, cumpluriumque Principum curiosis donariis magno rerum apparatu instruxit; Amsterdam, 1678).
 
   A la muerte de Kircher, los jesuitas encomendaron al padre Filippo Bonanni (1638-1735) su reorganización e ilustración. En 1709 publicó un catálogo del Museo: Musaeum Kircherianum sive Musaeum a P. Athanasio Kirchero In Collegio Romano Societatis Iesu iam pridem incoeptum Nuper restitutum, auctum, descriptum, et Iconibus illustratum. (Roma, 1709, 522 pág, 171 láminas). Con la supresión de la Compañía de Jesús en 1773, las piezas del Museo fueron dispersadas. Aunque tras la restauración hubo un intento de agruparlas, la incautación por parte del Gobierno italiano en 1870 acabó con el Musaeum. Los restos del mismo se integraron en 1913, parte de ellos en el Museo Paleoetnográfico del Museo de Roma, y otros en los fondos del Museo Nazionale de Castel Sant´Angelo.
 
   Se atribuyen a Kircher muchos "inventos" curiosos, entre ellos, un sistema de proyección a través de colores, que puede considerarse antecesor del cinematógrafo [WAGENAAR, 1979]. Kircher pretendía difundir y divulgar los conocimientos de que disponía por medio de esta obra monumental. Sus obras son de gran claridad, reúne los avances científicos de su época en armonía con los datos de la Escritura, de los Santos Padres y la tradición de la Iglesia. Al estar escrito en latín el libro se divulgó rápidamente por Europa en la que obtuvo gran popularidad. Jungius y Leibniz citaron las obras de Kircher y von Guericke aprovechó muchas de las ideas de la Magnes, sive de arte magnetica (1643), de la Ars magna lucis et umbrae (1646), del Iter Exstaticum (1654) y del Mundus Subterraneus (1665).
 
 
I.6 1638: una fecha crucial en la vida de Athanasius Kircher
    ¿Cómo surge la idea del Geocosmos en la mente de Kircher? Hay veces que en la vida de los grandes científicos una serie de circunstancias ocasionales colaboran a reelaborar todo el pensamiento. El año 1638 hay que considerarlo, según sus biógrafos, fundamental para la obra geográfica y geológica de Athanasius Kircher. Según él mismo escribe en el capítulo I del llamado Prefatio a Mundus Subterraneus (su obra más brillante), concibió la idea de elaborar una gran obra sobre la Tierra:
"Me di cuenta de que no faltaban en el curso de este siglo (se refiere al siglo XVII) esclarecidos varones ilustres en el cultivo del estudio geográfico que se entregaron con gran esfuerzo y diligencia y sin perdonar gastos a explicar la faz externa del Geocosmos, en un intento noble y digno de la mayor alabanza y fama, pero nadie se dedicó a lo único que faltaba: la economía interna de la Tierra y los escondidos secretos de la naturaleza en los que nadie llegó a pensar siquiera... " [A. KIRCHER: Mundus Subterraneus, escrita en 1660, publicada en 1665. Prefacio, capítulo I].
    En la vida hay ocasiones en que las circunstancias hacen cambiar la orientación de toda una vida. Es lo que le sucede a Kircher. En 1638 surge una ocasión única que él mismo nos describe:
"Estaba yo agitado por la gran fuerza de mis pensamientos y sucedió que en aquel tiempo y por mandato de mis superiores me incorporé en concepto de confesor al séquito del excelentísimo príncipe Federico, landgrave de Hesse, luego dignísimo cardenal, en el viaje que emprendía a Sicilia y Malta. Interpreté esta ocasión como suministrada por la providencia de Dios y maravillosamente oportuna para ejecutar mi empresa. Y no me equivocaba" (A. KIRCHER: Mundus Subterraneus, escrita en 1660, publicada en 1665. Prefacio, capítulo I).
    Kircher, tal como él mismo describe minuciosamente, recorrió en ese viaje las islas de Malta y de Sicilia, ascendió al volcán Etna, estudió las corrientes marinas del estrecho de Messina. De vuelta hacia Roma tuvo la "suerte" (para él) de experimentar directamente el terremoto de Calabria y ascendió para estudiarlo al cráter del Vesubio en Nápoles. Estas experiencias son las que le movieron a escribir, primero el Iter Exstaticum en 1654 y luego el Prefatio de 1660 a Mundus Subterraneus (que no llegó a publicarse hasta 1665).
 
   Las escenas maravillosamente descritas en el Prefatio a su Mundus Subterraneus muestran la viveza de una experiencia muy intensa, como escribe el profesor Eduardo Sierra. En su mente poderosa se fueron fraguando las ideas que le llevaron a sus estudios de la Tierra o Geocosmos (como acostumbra a denominarla). Es entonces cuando concibió el proyecto de publicar una gran obra sobre la Tierra. Estos textos son expresivos de su pensamiento:
"Después de tantas pruebas por mar y tierra y tras haber explorado la increíble fuerza de la naturaleza que opera en las galerías subterráneas, me sobrevino un gran deseo de conocer si el Vesubio tenía alguna relación con el Strómboli y el Etna en esta terrible guerra de la naturaleza. Fui, pues, a Pórtici, lugar situado al pie del monte; a partir de aquí me hice guiar por un campesino conocedor de los caminos a quien di una espléndida propina y que me condujo a media noche haciéndome subir a través de sendas difíciles y escabrosas. Cuando alcancé el cráter, presencié un espectáculo horrendo: todo él estaba iluminado por el fuego y envuelto en un intolerable hedor de azufre y betún quemado. Atónito ante tan inusitado espectáculo, creía estar viendo el infierno, pues para serlo solo faltaban los demonios. Se oían los horrendos mugidos y estrépitos del monte que creo son inexplicables, así como los humos mezclados a los globos de fuego que vomitaban continuamente once bocas abiertas tanto en el fondo como en los lados del monte" (Del Prefacio a Mundus Subterraneus. Escrito en latín en 1660 y publicado en 1665) [SIERRA, 1981: 26-27].
    Son muy expresivos los textos en los que Kircher relata con detalle su encuentro con los volcanes de Italia:
"Encendido, pues, por el deseo de explorar todas las cosas con la ayuda insigne de las trirremes maltesas (...) subí al Etna, que es como la fuente de todos los prodigios que hay en Sicilia, para comprobar por propio experimento (...) las maravillas que los historiadores de todos los siglos habían escrito. Y luego fui a las islas Eolias o Hefestias y ante todo a Strómboli y también al estrecho de Messina, al que llaman de Vulcano, y que es muy peligroso por los cambios de las corrientes y lo exploré durante tres años y luego con gran esfuerzo me dediqué a estudiar los maravillosos movimientos, ebulliciones y toda clase de síntomas de las famosas Escila y Caribdis. Todas las cosas que llamaban mi atención, las confiaba luego al papel en casa, ponderándolas con la mayor exactitud, y esta relación es la que el lector encontrará en el curso de esta obra y podrá así comprobar lo que en ella se describe" (Del Prefacio a Mundus Subterraneus. Escrito en latín en 1660 y publicado en 1665) [SIERRA, 1981: 22].
    A su regreso a Roma, Kircher inicia inmediatamente la redacción de su gran cosmovisión científica, filosófica y teológica sobre el Geocosmos. En esos años empieza a impartir las clases de matemáticas en el Colegio Romano, pero tanto le absorbe la investigación y la redacción de sus obras que pronto (hacia 1646, ocho años después de su viaje) es descargado del trabajo lectivo para que pueda dedicarse a escribir. En ese tiempo la correspondencia es abundantísima. La redacción de sus teorías se enriquece con las conversaciones con los compañeros jesuitas que pasan por Roma desde lejanos países de misión o que envían memoriales al Padre General y que le ilustran sobre procesos naturales en lejanas tierras. Él mismo escribe en Mundus Subterraneus:
"A todo esto se une la riquísima ayuda de las relaciones con nuestros Padres, enviadas cada tres años desde la India aquí a Roma: cuando ven y exploran en la tierra o en el mar alguna cosa digna de admiración, la ponen por escrito y me la comunican a mí, que estoy ávido de saber esas cosas". (A. KIRCHER. Mundus Subterraneus, Prefacio, capítulo III).
    De sus ideas científicas, filosóficas y teológicas en torno al paradigma unificador del Geocosmos tratamos más adelante. Kircher tuvo una vida intensa y prolongada: falleció en el Colegio Romano, en Roma, con casi 80 años de edad, el 27 de noviembre de 1680. En este centro de investigación y enseñanza, y en esta ciudad vivió los últimos cuarenta y siete años de su vida, y aquí redactó sus obras más significativas.
 
II. El contexto científico de Athanasius Kircher: las ciencias de la naturaleza en el siglo XVII en Europa
    Para un entendimiento correcto de las aportaciones científicas, filosóficas y teológicas de Kircher, será necesario situarlo en el contexto de las ciencias de la naturaleza en el siglo XVII en Europa.
 
II.1 Tradición y modernidad en la ciencia europea del siglo XVII
    No se puede entender a Kircher como un personaje ausente del complejo sistema cultural europeo del siglo XVII [PASTINE et al., 1998]. Tras el tumultuoso período del Renacimiento, -escribe el profesor René Taton [TATON edit., 1988, 211-236] - durante el cual occidente entró en íntimo contacto con la ciencia antigua, no sin manifestar, en diversos dominios, una indiscutible voluntad de creación, el siglo XVII ve nacer en la Europa occidental una nueva ciencia, que se desarrollará en los siglos siguientes, y que poco a poco se difundirá por todo el mundo".
 
   Esta "nueva ciencia" de la que tratan los historiadores se corresponde con un momento de efervescencia de la creatividad humana. Desde Gilbert, Kepler y Galileo hasta Huyggens, Malebranche, Leibniz y Newton, pasando por Bacon, Harvey y Descartes, los que hoy llamamos "científicos" del siglo XVII en Europa colocan los principios de la ciencia moderna. Mientras sostenían su lucha, a menudo difícil, contra los prejuicios, la tradición y la rutina, esos hombres geniales supieron explicar los grandes principios que todavía hoy se encuentran a menudo en la base de nuestras concepciones. Aquellos filósofos naturales tuvieron el mérito inmenso de crear métodos originales y fecundos, de renovar amplios dominios científicos y de dar a la investigación un decisivo impulso.
 
   Suele ser normal en los autores de Historia de las Ciencias de la naturaleza identificar el siglo XVII con el comienzo de la que puede llamarse Ciencia Moderna. Sin embargo, es necesario matizar mucho esta afirmación. En primer lugar, no todas las áreas del conocimiento racional y organizado de la naturaleza caminaron a un mismo ritmo durante la época de la Revolución Científica. Así, las matemáticas y la física tuvieron un desarrollo epistemológico que no lo tuvieron las ciencias de la vida y las ciencias de la Tierra. Aún así, se considera, como veremos, que en el siglo XVII aparece la Geología como ciencia natural dotada de su propia racionalidad.
 
   En segundo lugar, y utilizando las metáforas kuhnianas la incipiente comunidad científica de la época barroca se hallaba escindida en dos facciones: la tradicional (que se mantenía fiel a los principios, metodologías y contenidos propios de la tradición aristotélica y escolástica y que, por lo general, se atrincheraba en las Universidades) y la facción "moderna" (o renovadora) que, por lo general, desde la periferia de las instituciones académicas, propiciaba una nueva manera de afrontar el problema del conocimiento del mundo natural, social y teológico.
 
    Pero hay un tercer elemento a tener en cuenta en este intento de matización del concepto de nueva ciencia: si se estudia en detalle a los grandes personajes de la filosofía y de la ciencia en este período, puede llegarse a la conclusión sorprendente de que un autor, podía ser "renovador" en unos aspectos y por otra parte seguir acartonado en concepciones arcaicas. El caso más clarificador es el del gran científico Isaac Newton, que alternaba sus estudios sobre física con investigaciones sobre alquimia o sobre astrología. "El Gran Babilonio", ha sido etiquetado por algunos autores.
 
   Hechas estas matizaciones, será necesario presentar, aunque sea muy esquemáticamente, lo que el siglo XVII supuso en la construcción de ideas científicas para comprender a Kircher dentro de esas coordenadas. Por ello, el escolasticismo y la tendencia a la especulación sin suficientes fundamentos experimentales de Kircher hay que entenderlos en el contexto de la cultura general del siglo XVII que no puede despegarse de un lenguaje muy establecido. Desde la deducción de la estructura interna del Mundo de Descartes, hasta las discusiones de los llamados yatromecánicos (de iatros, médico) y de los yatroquímicos, o la disputa sobre las fuerzas vivas. Sin embargo, pese al lastre filosófico, metodológico, ideológico o teológico, muchos de estos "científicos" del siglo XVII llegaron a conclusiones sorprendentes que pusieron las bases para un nuevo modo de concebir la imagen del mundo, del ser humano, de la sociedad o de las relaciones del hombre con Dios. En este sentido, destacamos como avances que han pasado al patrimonio común de la humanidad los siguientes: las leyes de Kepler, la Mecánica de Galileo, el sistema circulatorio de Harvey, la Geometría de Descartes, la Geología de Niels Stensen, la Óptica astronómica y los Principia de Isaac Newton, el mundo de los "pequeños animales" al microscopio de Leeuwenhoek. Muchos errores se mezclan en todo ello con las verdades. Pero, )acaso no es esta, en cualquier época, la condición misma de la investigación, de la búsqueda de la verdad sobre el mundo, la vida, los humanos y Dios?
 
   Tal vez, el fenómeno desencadenante de la Revolución Científica del siglo XVII es la publicación en 1620 de un libro que transforma el modo de trabajar. Este libro es el Novum Organum de Francis Bacon, escrito como alternativa al Organon aristotélico y como un intento de superar la vieja especulación estéril por un método de conocimiento sustentado en el "experimento", en la observación minuciosa y libre de prejuicios de la realidad. Muy posiblemente, en el Colegio Romano era conocida la obra de Bacon y sus reglas metodológicas serían explicadas en las clases de Filosofía Natural.
 
   La vida científica de Athanasius Kircher se desarrolla fundamentalmente en la península italiana. Por tanto, serán los autores y las ideas italianas las que más pudieron incidir en sus planteamientos. En el siglo XVI se había constituido aquí una rica burguesía que quería escapar de los maestros tradicionales y favorecía a artistas, filósofos, literatos y pensadores. Los príncipes, como los Médicis, los cardenales y los papas tenían sus "sabios " a su servicio y financiaban sus trabajos. Así, Galileo era matemático del Gran Duque de Toscana. Las ciudades de vieja tradición autónoma, como Padua, Pisa y Florencia, intentaban acaparar para sí los "científicos" más famosos. De Italia llega la ciencia, lo mismo que el arte, y casi todos los sabios franceses de la primera mitad del siglo XVII sabían italiano, lengua que era, como el latín, el primer idioma de comunicación entre los filósofos y científicos.
 
   Bajo los auspicios del príncipe Federico Cesi, se constituyó en Roma en 1603 la primera institución que amparaba la comunicación y el trabajo entre los científicos, era la Accademia dei Lincei, de la cual será miembro, entre otros, Galileo Galilei. Medio siglo más tarde, en 1657, el gran Duque de Toscana, Fernando II, quiso tener en Florencia su grupo de "sabios" y así nació la Accademia del Cimento (Academia de la Experiencia) a la que pertenecía, entre otros, el citado fundador de la Geología, Niels Stensen, así como Viviani, Borelli, Redi y otros. Esta Academia tuvo una vida floreciente pero efímera, pues desaparece en 1667, diez años después.
 
 
II.2 Las ciencias de la Tierra en la época de Athanasius Kircher
        Mundus Subterraneus (1665) de Athanasius Kircher tiene una componente esencial que entronca con las Ciencias de la Tierra, con lo que posteriormente se llamará la "Geología". Los historiadores de la Geología coinciden en afirmar que en el siglo XVII es cuando aparece la Geología como ciencia natural dotada de su propia racionalidad .
 
   El término "Geología" ha sufrido muy diversas interpretaciones. En la Edad Media, designaba el estudio de todo lo "terrestre", por oposición a lo "divino" (la "Teología"). Parece ser que la palabra "Geología" fue utilizada por vez primera en su sentido moderno en 1657 (unos años antes de la publicación de Mundus Subterraneus) en el título de una obra danesa de M. P. Escholt, titulada Geologia Norvegica, traducida al inglés en 1663, y que trata de los terremotos y de los minerales. Algo más tarde, en 1690, Erasmo Warren publicó su libro Geologia, or a discourse concerning the Earth before the Deluge. El descubrimiento de la circulación de la sangre por William Harvey (su De motu cordis se publica en 1629) ejerció una influencia notoria en las ideas de aquéllos primeros geólogos, que concebían la Tierra como un cuerpo vivo con su circulación de agua. La influencia del pensamiento de Harvey en los geólogos se continúa hasta final de siglo XVIII. El que se considera "padre" de la Geología moderna, Hutton, estudió medicina e hizo la tesis sobre la circulación de la sangre. Estas ideas las recupera para el concepto de "ciclo geológico" [SEQUEIROS, PEDRINACI, ÁLVAREZ Y VALDIVIA, 1995]
 
   Los historiadores de la Geología están muy interesados en el hecho de que diversos filósofos y naturalistas hacen propuestas diversas sobre las llamadas "Teorías de la Tierra". Los autores de estas primeras grandes síntesis cosmográficas tenían la pretensión de reconstruir "físicamente" la historia pasada del planeta reinterpretando (sin alejarse de la letra) las ideas bíblicas de la Creación y el Diluvio Universal. Así, encontramos las figuras de Descartes (que en 1644 había presentado una visión "laica" del planeta), Burnet, Whiston, Woodward, los hermanos Scheuchzer y Bourget. Pero un grupo de naturalistas entre 1600 y 1800 mantenían en sus obras la pretensión de la existencia de una gran cavidad subterránea (Leonardo de Vinci, Burnet, Boulanger) en el interior del globo terráqueo. ADAMS [1938: 426-460] cita una larga serie de autores griegos y romanos que apuntan hacia la existencia de cavernas interiores. En este sentido, el paradigma kircheriano no es original. Pero contó a su favor con un lenguaje vivo y directo y con una difusión rápida gracias a los jesuitas y al uso del latín [SEQUEIROS, 2000b].
 
II.3 Las ideas sobre el interior de la Tierra en el siglo XVII
    La obra de Kircher, Mundus Subterraneus, intenta buscar "dentro" de la esfera de la Tierra, la respuesta a los problemas que se detectan en la superficie de la misma. Desarrollar este capítulo es de gran importancia para entender las aportaciones científicas del Geocosmos.
 
   Entre 1650 y 1800, los primitivos geólogos propusieron diversas hipótesis sobre la composición y estructura del interior del globo terráqueo [ELLENBERGER, 1994: 16-23]. Una de ellas, muy influyente, fue la de Athanasius Kircher. Pero no fue la única. Desde los tiempos de Galileo, los filósofos se preguntan sobre lo que hay en el interior de la Tierra. Con anterioridad, en la época medieval, los autores no dudaban en situar el infierno en el interior del planeta, en un lugar donde hay fuego. El mismo Dante Alghieri, en La Divina Comedia, escrita entre 1307 y 1321, trata del viaje que hace el poeta, primero al infierno, luego al purgatorio y por último al cielo. En los dos primeros le sirve de guía el poeta Virgilio y, en el último, su enamorada Beatriz. Imagina un mundo compuesto por esferas concéntricas, con la Tierra en posición central (el clásico modelo geocéntrico de Aristóteles y Ptolomeo), y alrededor de ella, en siete círculos concéntricos los siete planetas. Envolviéndolos a éstos, la esfera de las estrellas fijas en la que están las figuras del Zodíaco. Y más arriba, la llamada esfera cristalina del primum movile, más allá de la cual está el Paraiso empíreo. El purgatorio lo sitúa en una capa intermedia entre la Tierra y la Luna. Y en lo más hondo de las cavernas de la Tierra, por las bocas vomitando fuego, el infierno. Este es el imaginario que se ha perpetuado durante siglos y que fue en su momento un punto de conflicto entre ciencia y teología.
 
        Pero volvamos ahora a las explicaciones "racionales" del interior de la Tierra que se fueron acuñando a partir de mediados del siglo XVII, precisamente en la época en que Kircher está escribiendo su obra.
 
   El cuadro siguiente, tomado de diversos autores, sistematiza las diversas opiniones dominantes en ese período:
 
El globo terrestre está hueco por dentro
* el globo terrestre pétreo está hueco pero aparece relleno de un líquido más o menos denso
*el globo terrestre pétreo está hueco pero aparece relleno de un fluido aeriforme
El globo terrestre está lleno por dentro
*el interior de la Tierra es homogéneo y sólido
*La corteza de la Tierra es sólida con un interior relleno por un material rocoso más o menos fundido
El globo terrestre está parcialmente hueco
Para la mejor inteligencia de la obra kircheriana, presentamos unas pinceladas de estas hipótesis sin poder entrar en detalles. De los cinco modelos históricos en que pueden agruparse la más clásica (por sus referencias bíblicas) es la que considera que la Tierra es un globo. Pero el interior es hueco y está relleno por un fluido acuoso. El prototipo de esta hipótesis es el "Gran Abismo Bíblico", tal como se interpretaba en el siglo XVII.
 
   El ejemplo más perfeccionado es el presentado por Woodward (1695). Para él, la Tierra antes del Diluvio debía ser parecido al de hoy. Por una intervención sobrenatural, la masa de las tierras sufrió una "disolución", por la que todas las rocas se redujeron a corpúsculos que quedaron en suspensión en las aguas. Pero sin embargo, las conchas y otros restos de organismos resistieron al proceso. Burnet (1681) y Whiston (1696) presentan formulaciones similares. Este último defendía que la corteza terrestre "flotaba"sobre el líquido interior.
 
   Sin embargo, son pocos los autores que se inclinan por un modelo del interior de la Tierra hueco y este espacio ocupado por un fluido similar al aire atmosférico, un interior aeriforme. Por lo general, se presenta en algunos autores poco significativos del siglo XVIII.
 
   La creencia de un planeta Tierra en cuyo interior se aloja una enorme masa incandescente de rocas y de fuego, situada en posición central y que el fuego llega al exterior a través de explosiones volcánicas, estuvo también muy extendida desde muy pronto. En la Edad Media se aceptaba la existencia de fuego interior en la Tierra que surgía violento en los volcanes y era el dominio del lugar de castigo eterno para los pecadores. Pero estas ideas tienen un origen precristiano y están ya en Platón y Virgilio.
 
   La creencia en el fuego central es defendida con ardor por Athanasius Kircher pero no es el único. Ya veremos que su modelo es más complejo. Citamos también a Descartes, Hooke (1668), Stenon (1669), Woodward (1695), así como muchos autores del siglo XVIII. En 1788, James Hutton seguía con entusiasmo la defensa del modelo plutonista frente al Neptunista de Werner [HALLAM, 1985].
 
   La cuarta posibilidad, considera que el interior de la Tierra es homogéneo, y que lo que existe es una masa de material sólido. Un interior sólido de la Tierra era defendido antes y después de Kircker. Esta hipótesis es ridiculizada por el autor de Mundus Subterraneus que descalifica a los que creen que la Tierra es un queso. Ataca a algunos autores antiguos para los cuales en el interior de la Tierra se produce una fermentación mineral que dará lugar a las minas y a los metales. Para Paracelso existía este proceso fermentador de piedras. Bernard Varen, más conocido como VARENIUS [1650] se refiere a una "fermentación de vapores" los que producen los terremotos. Las ideas, en este aspecto, son muy confusas. La concepción de una corteza sólida y un interior de material fundido se desarrollará a partir del siglo XIX.
 
   La quinta hipótesis sobre el interior de la Tierra: el globo parcialmente hueco y ocupado por cavernas y canales es la defendida por Kircher y que desarrollaremos más extensamente más adelante. Gozó de popularidad con posterioridad a Kircher porque parecía que estaba postulada por las ideas de Newton. Además, casi todos los autores que se referían al interior de la Tierra entre 1600 y 1800 admitían la existencia de cavernas, cuevas y galerías por debajo de la corteza sólida. Leonardo da Vinci y Burnet postulaban una cavidad global interior, mientras otros defendían la existencia también de canales y galerías subterráneas que unían entre sí diversas cavernas. Estos canales y galerías explicaban la existencia de las fuentes lejos de los ríos y en las partes elevadas de las montañas y explicaban también el hallazgo de agua en el fondo de los pozos. Incluso, para algunos (como Kircher) esos canales y galerías llegaban hasta el mar y llevaban agua hacia zonas profundas de la corteza. La presencia de canales para agua, aire y fuego (hidrofilacios, aerofilacios y pirofilacios) van a ser el fundamento del modelo de Kircher y se justifican por la existencia de fuentes termales, fuentes de calor y, sobre todo, volcanes y terremotos.
 
III El Geocosmos de Athanasius Kircher
    Kircher acuña un concepto nuevo que ha pasado al vocabulario científico: es el concepto de Geocosmos que se introduce para interpretar dentro de él los fenómenos naturales globales del planeta Tierra. Basándose en el organicismo [CAPEL, 1980, 1985] Kircher concibe en su poderosa mente una gran obra de síntesis. El primer ensayo general de su obra se publica en 1654, añadido a la primera edición de su Iter Exstaticum. El Iter Exstaticum coeleste et terrestre (escrito de esta manera), contiene ya un desarrollo embrionario completo de las ideas de Kircher. La primera parte, o Iter Exstaticum coeleste, es una uranología o tratado de los cielos. La segunda parte, Iter Exstaticum terrestre, trata del Geocosmos y la divide en Tres Diálogos [SIERRA, 1981: 30-34]: en el primero de ellos (compuesto por un solo capítulo), un ángel conduce al personaje que llama Teodidacto ("el que aprende de Dios") por todos los caminos de la hidrosfera. El ángel recibe, con toda lógica, el nombre de Hidriel. En el segundo (con cinco capítulos) y el tercero (con otros cinco capítulos) de los Diálogos, otro ángel diferente, llamado Cosmiel, es el encargado de conducir a Teodidacto por la superficie (el Mundo Terrestre) y por las profundidades (el Mundo Subterráneo) del Geocosmos.
 
III.1 El primer esbozo de Geocosmos: la "Synopsis" de 1660 de Mundus Subterraneus
    El éxito de Iter Exstaticum aconsejó su reimpresión en 1660, que estuvo a cargo del jesuita ya citado más arriba Caspar Schott. Kircher delegó en él dado que estaba demasiado ocupado en la redacción de su gran obra, Mundus Subterraneus. Al final de esta segunda edición se incluyó un añadido que ha sido llamado la "Synopsis" del Mundus Subterraneus. Sin duda, si se publicó en 1660, es lógico que la redacción debe ser anterior a esa fecha, y por tanto, anterior al Prefatio de Mundus Subterraneus, al que nos referiremos a continuación. Otro argumento a favor de su prioridad temporal, es que aquí habla aún Kircher de que su futura obra tiene diez libros, mientras que en el Prefatio ya habla de doce libros.
 
   Desde todos los puntos de vista, la litografía que ilustra el frontispicio de la segunda edición (la cual corrió a cargo del padre Caspar Schott, en 1660) tiene elementos de gran interés. En ella se representa al propio Athanasius Kircher teniendo en sus manos un gigantesco compás. A su lado, un ángel le muestra la esfera del mundo y sostiene en la mano izquierda una regla graduada. Tal vez sea el "mensajero" del que habla en el interior prenunciando su Geocosmos. Por encima de todos ellos, en unas nubes, la presencia del Dios creador con una inscripción en hebreo: "Yahvé". Pero lo que es más interesante aún de este dibujo: en el fondo de la portada está el esquema astronómico del universo conocido. No es el de Aristóteles ni el de Copérnico. Es el de Tycho Brahe: en el centro del universo está fija la Tierra (la opinión tradicional de la Iglesia entonces). Alrededor de la Tierra giran la luna y el Sol. Y alrededor del Sol, el resto de los planetas. Pero tiene añadido un matiz de "modernidad": las órbitas no son circulares (como en Brahe) sino elípticas (como en Kepler). Será necesario citar el inicio de esta Synopsis publicada en 1660, en la que se muestra el objetivo que persigue su autor:
"No me parecía bien enviar un mensajero desprovisto de cartas de presentación, por lo que a esta sinopsis me pareció que había que añadirle estas letras que acompañen el índice del Mundo Subterraneo, que adelanto principalmente por esta razón: que muchos me lo habían pedido ya hace tiempo porque no podían entender qué es lo que había en el fondo del globo terráqueo que mereciese el nombre de mundo y diese argumento a un libro, desorientados como estaban por una falsa y plebeya persuasión que les hacía creer que el globo terráqueo es compacto y se ha formado casualmente como un cuágulo de queso, lo que por su pertinacia se obstinan en seguir creyendo, admitiendo todo lo más algunas pequeñas criptas y minas externas en la superficie de esta gran bola sólida. Pues para que les sea arrancado su error a estos palmarios ignorantes, me pareció que sería útil exponer toda la serie de temas que voy a tratar, de la que quedará claro que no lucen en este mundo visible efectos tan evidentes que no repercutan por una cierta analogía en las vísceras íntimas de la Tierra y se verá, además, cómo todas las cosas tienen su origen en el mundo subterráneo. Aclarado esto, pasemos pues a exponer la serie de asuntos a tratar y la división de la obra: LIBRO DEL MUNDO SUBTERRÁNEO O SOBRE LA CONSTITUCIÓN Y FÁBRICA INTERIOR Y EXTERIOR DEL ORBE TERRÁQUEO, AL QUE LLAMAMOS GEOCOSMOS (....)". (A. KIRCHER: Synopsis de Mundus Subterraneus. Publicado al final de la 20 edición del Iter Exstaticum, Würzburgo, 1660). [SIERRA, 1981: 35].
    A continuación de este texto, Kircher da a conocer los títulos y contenidos básicos de los diez libros de lo que iba a ser su Mundus Subterraneus. Si se comparan los títulos y los contenidos de los mismos con los de la edición de 1665, se comprueba que no existe una total correspondencia. El número de libros sube hasta doce y los contenidos y el orden de los mismos varían sustancialmente. La tarea que debió llevar a cabo en esos pocos años debió ser gigantesca
Libros en la Synopsis de 1660
Libros en Mundus Subterraneus de 1665
Libro I o Centrográfico
Libro II o Cósmico
Libro III o Geotáctico
Libro IV o Meteorológico
Libro V o Metaloscópico
Libro VI o Fito-zoográfico
Libro VII o Químico
Libro VIII o Mágico
Libro IX o Yátrico
Libro X o Mecánico
Libro I
Libro II sobre la Admirable fábrica de Globo Terráqueo
Libro III o Hidrográfico
Libro IV o Pirológico
Libro V: sobre el origen de los lagos, fuentes y ríos
Libro VI: sobre el cuarto elemento de las cosas naturales
Libro VII: sobre la Naturaleza
Libro VIII o Litogenético
Libro IX o Deletéreo-Yátrico
Libro X o Metalúrgico
Libro XI o Quimiotécnico
Libro XII o Polimecánico
Dejamos para más adelante la discusión sobre los aspectos científicos, filosóficos y teológicos de estos textos. Presentamos ahora los contenidos del llamado Prefatio a Mundus Subterraneus.
 
III.2 El "Prefatio" a Mundus Subterraneus, redactado en 1660
    En ese mismo año de 1660, Athanasius Kircher tenía también redactado ya lo que él denomina el Prefatio a Mundus Subterraneus (compuesto por tres capítulos) que no fue dado a conocer hasta cinco años después en la primera edición de su gran obra sobre el Geocosmos. Entre los críticos hay opiniones diferentes sobre las prioridades de fechas entre la Synopsis y el Prefatio.
 
    Reproducimos algunos textos más representativos del Prefatio que, según nuestra opinión, y dadas las razones ya aducidas, su redacción debió ser posterior temporalmente a la de la Synopsis:
"Así es, benévolo lector. Este órgano puede llamarse con toda razón el argumento de esta obra que titulamos El mundo subterráneo. Un órgano verdaderamente armónico en número, peso y medida, por plan de Dios trino y providentísimo así dispuesto y adaptado, que aunque en los más íntimos escondrijos y lugares ocultos tenga instrumentos recónditos para su operación, sin embargo, por conductos subterráneos y por una inmensa multitud de tubos y fístulas hace oir la modulación de sus sonidos y tanta variedad de las más diversas voces que es evidente que no hay nada en todo el mundo sublunar que no esté imbuido por su armonía simpática y por su número, peso y medida. Tratamos este órgano en doce libros...". (A. KIRCHER: Prefatio a Mundus Subterraneus. Capítulo I: Sobre la ocasión de esta obra y sobre los viajes del autor. Escrito en 1660 y publicado en 1665) [SIERRA,1981:21].
    Continúa Kircher con la descripción de sus experiencias como los terremotos de Messina, con las erupciones del Etna y del Strómboli, así como las exploraciones del monte Vesubio y de las demás islas. Y concluye:
"Una vez observadas todas las sobredichas obras de la naturaleza y sus prodigiosos efectos subterráneos, empecé a pensar qué fuerza podría haber en la economía subterránea para hacerla capaz de tan grandes y potentes cosas y muchas veces sonreía para mis adentros pensando en la falsa persuasión de los que creen que Dios hizo por casualidad el Geocosmos del limo de la tierra, uniendo fortuitamente el barro, más bien que por un plan perfectamente formado; estos mismos son los que creen que todo el interior de la Tierra es muy simple y que la naturaleza no tiene en su interior recoveco ni acueducto alguno, sino sólo limo y barro que tras el Diluvio se condensaron como un cuágulo de queso al secarse y desprender el suero; por lo demás, creen que la Tierra es como un queso inútil y consolidado" (A. KIRCHER: Prefatio a Mundus Subterraneus. Capítulo III: Sobre la exploración que hizo el autor al monte Vesubio y de las demás islas. Escrito en 1660 y publicado en 1665) [SIERRA, 1981: 28].
    La metáfora del "queso" como explicativa de algunos para la estructura interna de la Tierra es una repetición más elaborada del texto citado en la Synopsis. Y continúa Kircher con este texto, muy expresivo de su pensamiento:
"No sé por qué obstinación de la mente persisten en su error, puesto que la providencia les hace ver la majestad de los sublimes fines de la naturaleza. Los que comprenden, en cambio, la sabiduría de Dios al fundamentar el orbe de la Tierra, tendrán un concepto muy diferente de la fábrica interior de la Tierra y del maravilloso arte que presidió su construcción con precisión casi arquitectónica, disponiendo todos los receptáculos necesarios a los distintos usos de la naturaleza con inefable industria no menor en modo alguno a la que se atareó en planear la fábrica del cuerpo humano, formado por tantas oficinas de miembros vitales distintos, por tantas venas, nervios, fibras y músculos y llena de conductos por todas partes" (A. KIRCHER: Prefatio a Mundus Subterraneus. Capítulo III. Escrito en 1660 y publicado en 1665) [SIERRA,1981:28].
    Y concluye: