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Peregrinos
musulmanes caminan en torno a la Kaaba, en la Meca.
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Introducción:
Y el profeta dormía en la cueva solitaria del monte Jiraam,
cerca de La meca. El ser resplandeciente, el arcángel Gabriel,
disipó la oscuridad y le dijo a Mahoma: "Lee". El
que sería gran mensajero se negó al principio; pero, después,
preguntó: "¿Qué es lo que debo leer?". Y los labios
angélicos contestaron: "Predica el nombre de tu Señor,
el que te ha creado. Ha creado al hombre de un coágulo. Predica!
Tu Señor es el dadivoso que ha enseñado a escribir con el
cálamo, ha enseñado al hombre lo que no sabía". Este
fue el primer mensaje que el Profeta recibió del Dios único.
El conjunto de las revelaciones recibidas por Mahoma de Alá
son el Corán (en árabe "lectura", "recitación").
Mahoma inició entonces su entusiasta predica en La Meca. Arremetió
contra los ídolos. Exigió el sometimiento al Dios invisible.
La prédica del profeta fue al comienzo rechazada. Consiguió
pocos partidarios. Pero en el 622 d.C fue invitado a instalar
su incipiente comunidad muslímica en la ciudad-oasis de Medina,
a 340 kilómetros. Se consumó así la hégira, el éxodo
a Medina, el inicio de la era islámica. Aquí, Mahoma se transformó
en un gobernante dotado de poderes políticos, militares y
religiosos. La nueva religión tenía ahora un vital corazón
desde el cual latir con fuerza. La nueva religión era el islam
("islam" significa sumisión), la sumisión a Dios.
Mahoma murió en el 632. Su encendida predicación había convertido
a un disperso pueblo nómada en el sustento de un Estado que
controlaba toda Arabia Occidental. En el 634, los nuevos creyentes
conquistaron el resto de las desérticas dunas arábigas. Y
los ejércitos beduinos avanzaron luego sobre Palestina. Sólo
ocho años después los musulmanes dominaban el imperio bizantino
y sasánida en el norte; y Siria, Irak, Egipto y buena parte
de Irán. La expansión llegó hasta el norte de la India, el
Caucaso, e incluso España (donde los árabes fueron detenidos
en su avance sobre Francia por los francos en Poitiers en
732). Entonces, Damasco se convirtió en la capital del primer
gran imperio musulmán.
Mahoma
era honrado como el último gran profeta de Dios. Fue
percibido como el continuador de las revelaciones divinas de
Abrahán, Moisés y Cristo.
Si bien la religión musulmana se expandió con notable vigor
en sus inicios, no pudo evitar el fragor sangriento de la
guerra interna. El conflicto estalló por la oposición de Alí
contra el califa de Damasco (el califa era el jefe de la comunidad,
responsable de proteger y consolidar la voluntad de Dios).
Alí era el primo y yerno del profeta; creó la shia (partido)
de Alí. Sus miembros son los shías o chiitas, que se oponían
al califato porque manifestaban que la autoridad legítima
era la de los descendientes de Mahoma. Alí conquistó el poder
pero luego fue asesinado en su cuartel de guerra de Kula,
en el 661. La autoridad recayó después sobre la dinastía de
los omeyas (descendientes del califa Umayya) que pertenecían
a la aristocracia de La Meca. En 680, el hijo menor de Alí
se reveló contra el califa omeya Yazid. Murió en la lucha,
lo mismo que todos sus seguidores. Los omeyas triunfaron,
pero los chiitas reencendieron su fuego rebelde. Adquirieron
el carácter de una secta religiosa cuya pretensión principal
era sustituir al califa por un imán. El imán era considerado
como el depositario directo de la revelación en la cueva del
Monte Jiraam. Los omeyas fueron así finalmente destruidos
en el 759 y se entronizó como nuevo califa al-Abbas, descendiente
del tío del profeta. Nació entonces el califato abasida que
difundió la pax islámica. Su capital se estableció
en Bagdad, ciudad fundada en el 762. Se erigieron las grandes
mezquitas de Ahmad Ibn Tulún de El Cairo, Kairván
en Tunicia, Samarra en Irak. Durante el gobierno del califa
Harún al-Rashid (786-809) se recopilaron en Egipto, India,
China, Egipto y otros países, Los cuento de las mil y una
noches.
El imperio de los abásidas freno su expansión. El
comercio adquirió un gran auge. Se estudió intensamente el
Corán. La jurisprudencia se convirtió en la máxima ciencia
islámica. Se redactaron cuatro grandes códigos fundados en
la tradición coránica. El derecho islámico contemplaba todos
los aspectos de la vida cotidiana. En la cultura musulmana
no es posible separar la dimensión laica de la religiosa.
La religión atraviesa todos los niveles de la existencia pública
y privada. La ley es la sharia, "el sendero que
conduce al agua"; es la vía hacia la fuente original
de la vida. Mediante la ijma o consejo de la comunidad,
se acordaban interpretaciones de la ley que adquirían luego
el estatus de la revelación sagrada. La interpretación individual
de la ley (ijtihad) era reducida a una posibilidad
mínima.
El
expansionismo musulmán adquirió nuevos bríos con la formación
del imperio otomano por el sultán Otman en el siglo XIII.
En 1453, los otomanos tomaron Constantinopla, y se expandieron
por el Danubio y el Próximo Oriente. Este imperio ejerció
su hegemonía sobre los distintos países musulmanes. Alcanzó
su apogeo en el siglo XVI con el célebre Solimán el magnífico.
En el siglo XIX, su gran enemigo fue Rusia. Grecia, Rumania,
Bulgaria, Serbia y Montenegro, antes subyugados, se rebelaron
y obtuvieron su independencia. Este último gran imperio musulmán
se disolvió en la Primera guerra mundial, dando lugar al nacimiento
del moderno Estado turco.
En la fe islámica, la ley del Corán es la directa palabra
de Dios. Como ya se dijo, corán es "recitación";
por lo que el sagrado texto coránico es el contenido de las
oraciones. Por otra parte, las hadiths son las tradiciones
que en el tiempo se han tejido en torno a la persona sagrada
de Mahoma. Constituyen también un camino hacia la vida recta.
La
aprehensión de lo divino como experiencia íntima e individual,
más allá del mero seguimiento exterior de los estrictos preceptos
tradicionales, se canalizó en el mundo musulmán mediante su
corriente mística, el sufismo (de sufí, del árabe suf,
lana, por la lana de la vestimenta que distinguía a los místicos
de los hombres profanos). Un vínculo amoroso con la divinidad,
antes que el temor y el castigo, prevalece aquí. El gran poeta
musulmán que expresó esta sensibilidad fue Mawlana Jalal al-Din
Rumi, quien vivió en el siglo XIII. Como en todas las tradiciones
místicas, la incontenible libertad espiritual del místico
colisionó con la ortodoxia interpretativa; en este caso
con la sharia o ley tradicional custodiada por los
ulamas (del árabe alim, hombre docto). A pesar
de la oposición de la tradición, el movimiento sufí se propagó
con vehemencia entre el universo muslímico. De esta manera
surgió en la religión musulmana un puente de comunicación
con la divinidad de fuerte índole emocional.
En la actualidad los chiitas se oponen a los sunnitas, los
seguidores de la sunna, el conjunto de los hechos y
enseñanzas trasmitidos oralmente por los compañeros del profeta
y los cuatro primeros califas. Los chiitas, como ya se destacó,
no aceptan la autoridad de los primeros califas de la dinastía
omeya. Para los sunnitas, la sunna, luego del Corán,
es la principal fuente de revelación.
En este nuevo momento de Textos sobre mitología, simbolismo
y religión de Temakel, contribuimos humildemente al conocimiento
e investigación en torno a la esencial fe musulmana mediante
un texto que explora fundamentalmente el credo islámico en
relación con el Corán, la ley, la sharia y las hadiths
y la vía de la mística sufí.
Las
principales influencias (del islam) fueron la ley santa
que decía al musulmán como debía comportarse con Dios y con
sus semejantes y el misticismo sufí, que le enseñaba cómo
conocer a Dios en su corazón. Ambas instituciones se
fundamentaban en el Corán y en las tradiciones.
El
Corán fue la guía primera y más profunda
que conformó la vida musulmana. El contenido de este
libro de extensión media se divide en 114 capítulos,
llamados suras o azoras. No están dispuestos
de acuerdo con el tiempo en que fueron revelados, sino en
líneas generales -y excepción hecha del breve
capítulo preliminar- conforme a su extensión;
así, el capítulo 2 consta de 286 versículos,
mientras que el capítulo 114 apenas consta de 6 y breves.
En consecuencia, muchos de los primeros capítulos se
refieren a los problemas políticos y legales
de la comunidad muslímica en Medina, en tanto que los
últimos contiene el mensaje ético de Mahoma
en la forma perentoria y estática de la revelación
primitiva. No sabemos si el Corán se escribió
por entero en vida de Mahoma, y en general se piensa que fue
compilado algunos años después de su muerte, "en
trozos de pergamino y de piel, lápidas, nervaduras
de hojas de palmera, paletillas y costillas de camello, tablas
y pechos de hombres". Durante algún tiempo hubo
varias versiones, pero al finalizar algún tiempo hubo
varias versiones, pero al finalizar el califato omeyas quedó
fijado el texto, excepto en algunos detalles.
Los musulmanes creen que el Corán es la palabra de
Dios; y realmente habla a los hombres en términos de
un tono imponente, que contrasta a todas luces con los consejos
serenos del Nuevo Testamento cristiano. Es el libro perfecto;
explica todo lo que se necesita saber para llevar una vida
espiritual y cotidiana y, a medida que los versículos
van sucediéndose, presenta un desafío contundente.
Dios es uno e indivisible. Nada se alza entre el hombre y
Dios, no hay nadie que interceda ante Dios en favor del hombre.
Dios es omnipotente. Ha creado al hombre, que está
siempre en peligro de provocar su cólera. No se puede
obtener el perdón por los propios méritos; fluye
sólo de la gracia divina, aunque el hombre puede hacerse
digno del perdón mediante una vida consagrada al servicio
de Dios. Se le ofrece una grave elección. Aquí
tiene el recto sendero que debe seguir sometiéndose
a Dios, si espera alcanzar el paraíso. Si se aparta
de ese sendero, sufrirá ciertamente el día del
juicio. "Yo, Dios, soy el mejor conocedor", empieza
el primer versículo del capítulo II del Corán:
"Ese libro, no hay duda en él, es una guía
para los piadosos.
Quienes
creen en lo desconocido, asisten
a
la oración y que, de los bienes que les dimos,
gastan
en limosnas.
Quienes
creen en lo que te fue revelado con anterioridad a ti
y
en las postrimerías: ellos
están
convencidos.
Ésos
están en el buen camino que conduce
a
su Señor, ésos serán los bienaventurados.
Ciertamente,
a quienes son incrédulos les es
igual
que les adviertan o no: no creen.
Dios
ha sellado sus corazones y su oído;
sobre
su vista hay un velo.
Tendrán
un gran castigo."
Los
occidentales, en general han encontrado el Corán confuso,
oscuro y de lectura fatigosa; en parte, porque generalmente
lo leen en una traducción, en la que se pierden las
rimas, su lenguaje rítmico y la majestuosidad de la
lengua árabe que en boca del Profeta alcanzó
su cima más alta; y, en parte también, porque
propenden a considerarlo meramente como una fuente de información
acerca de lo que los musulmanes han de creer y cómo
deben conducirse. Mas, para los musulmanes, es muchos más
que eso. Hay que recitarlo como un acto de compromiso. Corán
significa "recitación", y los musulmanes
lo recitan siempre que oran. Así los musulmanes adoran
sirviéndose del libro, y al reafirmarlo renuevan el
acontecimiento de la revelación. Es el manantial insondable
de la comunidad. "Su milagro no termina nunca -escribía
al-Ghazzali, uno de los sabios más eminentes de la
Edad Media islámica-; siempre resulta fresco y nuevo
para los recitadores". Y a medida que el islam se expandía,
su reto siempre fresco se les planteaba a pueblos que ignoran
el árabe. Con todo se hicieron traducciones, ni a las
lenguas del sureste asiático y de África occidental,
y ni siquiera al persa. Se consideraba que el libro era intraducible,
y aunque en los últimos siglos se han intentado algunas
traducciones, los musulmanes siguen pensando aún así
en nuestro días. Con ello, muchos llegaban a proclamar
su fe en una lengua que no entendían; pero ése
era el inefable poder de hacerse eco de las palabras auténticas
de Dios. Algunos tenían que entenderlo naturalmente,
pues estudiaban el árabe, que continuó siendo
la lingua franca de los estudiosos islámicos,
y así el Corán contribuyó constantemente
a mantener la unidad de la comunidad.
La
segunda fuente de guía y dirección fueron las
hadiths o tradiciones sobre la vida de Mahoma, del
que se creía que había estado divinamente inspirado
en todo cuanto hizo y dijo. En los primeros años, como la
escritura era algo poco habitual, esas tradiciones se transmitieron
oralmente. Mas, con el estallido de sectas y rivalidades,
empezaron también a manipularse las hadiths
en apoyo de intereses partidistas. Los eruditos iniciaron
su estudio para distinguir las auténticas de las falsificadas.
Se preocuparon por dar curso legal únicamente a las
tradiciones que, mediante una cadena fiable de narradores,
se remotan hasta la persona que había atestiguado por
vez primera la acción del Profeta o que le había
oído hablar. Una hadith típica dice así:
"Anás refirió que el Mensajero de Dios
dijo: Yo seré el primero de los profetas respecto de
los seguidores el día de la resurrección, y
seré el primero de los que llamarán a la puerta
del paraíso". Al finalizar el siglo III de la
era islámica se habían complicado seis grandes
colecciones críticas, dos de los cuales, las de Muslim
y Bukhari, alcanzaron particular autoridad. Bukhari, por ejemplo,
cita 2.762 tradiciones auténticas, que fueron reunidas
en 97 libros bajo encabezamientos que se referían a
numerosos aspectos de la fe y de la conducta, y que -según
la tradición muslímica- fueron seleccionadas
entre más de doscientas mil. La compilación
de Bukhari mereció de los musulmanes una veneración
sólo inferior a la que tributaban al Corán.
Habitualmente
se alude a la ley como sharia, que en sus orígenes
árabes significa "el sendero que conduce al agua";
es decir, el camino hacia la fuente de la vida. Surgió
de las tentativas de los primeros musulmanes -al enfrentarse
con los problemas inmediatos de índole social y política-
por derivar del Corán y de las hadiths unos
códigos sistemáticos de conducta islámica.
Durante los primeros doscientos años de la comunidad creyente
se formaron cuatro escuelas principales de interpretación
legal: la escuela hanafita, surgida en la capital abasida
de Bagdad, y así llamada por su fundador Abú
Hanifa (muerto el 767); la escuela malikita, nacida de la
práctica del juez de Medina, Malik Bin Anas (muerto
el 795); la escuela shafita, fundada por al-Shafii, discípulo
de Malik (muerto el 820), y la escuela hanbalita, cuyo fundador
fue Ahmad Ibn Hanbal (muerto en 855) en Bagdad. Las tres primeras
presentaban diferencias formales de énfasis y de técnica.
Los hanafitas, por ejemplo, permitían al razonamiento
humano un mayor campo de acción que los otros, mientras
que los shafitas se preocupaban por diferenciar el uso mucho
más limitado que ellos hacían de las hadits
o tradiciones que practicaban los malikitas. Todas coincidían,
sin embargo, en los temas importantes; y todas reconocían
los otros sistemas como igualmente ortodoxos. La escuela hanbalita,
por otra parte, se desarrolló como una reacción
tradicionalista contra lo que parecían ser innovaciones
especulativas de las escuelas anteriores. Aunque reconocida
por las otras tres como la cuarta escuela ortodoxa, los hanbalitas
se mostraron menos dispuestos a devolverles el cumplido.
Al comienzo de nuestro periodo eran una fuerza que iba a menos
en Irak y en Siria. Los hanafitas, en cambio, eran fuertes
en Asia continental; los shafiitas prevalecían en el
Bajo Egipto, el Hejaz, el sureste asiático y África
oriental; dominando los malikitas el resto del África
musulmana.
Los especialistas desarrollaron sus sistemas poco más
o menos en esta forma: trataban el Corán como la fuente
que contenía los principios generales por los
que debía regularse todos los asuntos; y allí
donde el Corán resultaba oscuro buscaban el esclarecimiento
en las hadiths. Así, pues, los fundamentos de
la sharia eran las órdenes y las prohibiciones
claras y sin ambigüedad al alguna deben encontrarse en esa
fuentes. Cuando se presentan ciertos puntos de la ley, sobre
los que ni el Corán ni las hadiths ofrecen una
guía segura, los especialistas retornan por lo general
a las qiyas, que significan una argumentación
mediante el método analógico y buscan una aplicación
al nuevo problema de los principios que subyacen en una decisión
tomada con anterioridad sobre un problema equiparable. A medida
que los años pasaban los especialistas llegaron a ponerse
de acuerdo sobre ciertos punto de la ley y entró en
juego el principio de la ijma o consenso de la comunidad.
"Mi comunidad -rezaba una hadith muy importante-
nunca consentirá un error"; eso quiere decir que
si la comunidad se ponía de acuerdo en un punto determinado,
tal acuerdo adquiría la autoridad de la revelación
misma, quedando prohibido el desarrollo de nuevas ideas a
propósito de este tema. Cada vez se solidificaban más
puntos de la ley como ijma, mientras que el derecho
de las ijtihad o interpretación individual se
iba reduciendo al área menor en la que no se había
alcanzado un consenso. A mediados del siglo X casi todos los
estudios muslímicos habían declarado cerrada
"la puerta de la ijtihad". Quien cuestionase
el significado de un texto hasta desafiar la interpretación
dada por ijma, cometería bida, un acto
de innovación, que en el Islam está cerca de la idea
cristiana de herejía.
Durante los tres primeros siglos del islamismo la sharia
fue convirtiéndose poco a poco en un sistema unificado
y, como han descubierto algunos historiadores occidentales,
en el proceso incorporó buena parte de la práctica
consuetudinaria, representada ya en las hadiths. Desde
entonces los musulmanes en su mayoría han creído
que se había formado de un modo totalmente independiente
de influencias históricas o sociales. Fluyendo como
fluía de la revelación, la sharia era
la encarnación de la voluntad divina: quienes la desobedecían
pecaban y les aguardaba el castigo divino. Como ésta
era la última ocasión en que Dios hablaba al
hombre, la ley no podía cambiarse; no quedaba sino
desarrollarla dentro del marco establecido por Dios. Los occidentales
saben que sus leyes han crecido y que han sido moldeados por
la sociedad, más para los musulmanes "la ley precede
y moldea la sociedad"; es la elaboración práctica
de los modelos eternos que Dios ha establecido para el hombre.
La
sharia es extensa y abarca todas las actividades humanas,
definiendo tanto las relaciones del hombre con Dios como las
con sus semejantes. Prescribe lo que un hombre ha de creer
y como ha de expresar sus creencias mediante ciertos actos
rituales, en segundo lugar, cubre aquellas áreas que
en los códigos occidentales suelen aparecer bajo los
titulares de derecho civil, derecho mercantil, derecho penal,
derecho privado, etc. Formalmente jamás se ha creado
un código legal, siendo la sharia algo más
que una discusión sobre cómo deben comportarse
los musulmanes. En efecto, y como cabía esperar de
un sistema preocupado por establecer unos modelos absolutos
sobre el bien y el mal, las acciones humanas se clasifican
de acuerdo con una escala de cinco puntos; obligatorias,
meritorias, indiferentes, reprensibles y prohibidas. El objetivo
de la sharia era trazar el sendero seguro y mostrar
al hombre lo que debe hacer para vivir rectamente en este
mundo y prepararse así para el mundo futuro.
Sería un error imaginar que en los años anteriores
a 1500, o en cualquier otro período de la historia
islámica, ese amplio sistema se haya impuesto alguna
vez íntegramente. Era imposible imponer un sistema
que incluía unas obligaciones morales como normas rígidas.
Además, no se podía soslayar la realidad del
poder. En teoría, era cometido de los eruditos, nombrados
qadís o jueces, el interpretar la ley, y cometido
de quienes ostentaban el poder político el de administrarla.
Sin embargo, pocos gobernantes estaban dispuestos a permitir
que los interpretes de la ley de Dios quedasen por completo
fuera de su propio control. Precisamente los abasíes,
que presidieron la formulación de la sharia
y que se declaraban a sí mismos sus servidores, no
podían tolerar que los tribunales fueran independientes.
De igual modo, los gobernantes musulmanes no podían
malquistarse con sus pueblos, parcialmente islamizados, intentado
abolir de golpe tradiciones sociales y legales que nada debían
al Islam. Cuando el viajero Ibn Battuta, nombrado qadí
de las Maldivas, intentó "imponer a todas la costa
las prescripciones de la ley sagrada" azotando a quienes
no rezaban y luchando porque las mujeres fuesen vestidas,
se halló enfrentado al sultán y hubo de escapar
a toda prisa. Así, la sharia tuvo que coexistir
con otras leyes, como bajo los mongoles había vivido
codo con codo con su yasa o ley dinástica, o
al igual que entre muchos pueblos musulmanes hubo de conciliarse
con la adah local o ley consuetudinaria. Ciertas partes
de la sharia nunca fueron llevadas a la práctica;
por ejemplo, las que se referían a la constitución
del estado islámico, a las relaciones internacionales
y la guerra. Otras, como las relativas a las relaciones personales,
el matrimonio, el divorcio y la herencia, fueron ampliamente
guardadas. Pero, incluso aquí, las excepciones fueron
muy numerosas, como sucedió entre los pueblos beréberes
del Norte de África, que se resistieron a que la sharia
trastocase sus costumbres tribales que no permitían,
por ejemplo, que las mujeres tuvieran posesiones.
A pesar de todo, la sharia continuó siendo un
ideal arraigado. Todos los que abrazaban el Islam aceptaban
su autoridad y el hecho de que suplantase a otras leyes. Algunos
especialistas se empeñarían por someter los usos locales
al modelo islámico. En la medidas en que consiguieron
hacerlo contribuyeron también a la unidad del mundo
islámico.
El
troquel de la vida islámica: el misticismo

Imagen
de Rumi, el máximo poeta místico de la tradición
musulmana sufí
La
segunda de las grandes influencias que configuraron el desarrollo
de la civilización islámica fue la mística
o el sufismo, como se la suela llamar. Mientras que la
sharia regula las relaciones formales de los musulmanes
con Dios y con su prójimo, el sufismo cultiva la disposición
interior con que el creyente realiza sus obligaciones exteriores.
El Corán y las hadits recuerdan frecuentemente
al musulmán que ha de vivir su vida como si siempre
estuviera en la presencia de Dios. Lo cual no significa simplemente
que ha de orar de una manera regular y recordar a Dios en
su corazón como lo hace de hecho, sino que también
ha de acordarse de Dios en cualquier otra acción del
día, antes de comer, antes del trabajo, antes de tener
relaciones sexuales. Se cuenta que Mahoma dijo en cierta ocasión
que "entre los siete a los que Dios quiere dar sombra
bajo su sombra el día en que no quiera que haya más
sombra que la suya propia, estaría el hombre al que
llama una joven de talento y belleza y que dice (antes de
acercarse a ella para amarla): "Desde luego que yo temo
a Dios".
Aunque imbuido del Corán de las hadits, el sufismo
se desarrolló como una corriente específica
de la devoción musulmana, en parte cuando los árabes
islámicos entraron en contacto con las tradiciones
místicas del cristianismo y de otras religiones en
los países que conquistaron, y en parte como reacción
a la moral laxa y mundana de la corte omeya de Damasco. El
término sufí se deriva del árabe
suj que significa lana, y que se refería a los
vestidos de lana que llevaban los místicos en contraste
con las vestimentas de los hombres mundanos.
Al comienzo, la base del sentimiento sufí fue el temor
de Dios y del juicio; pero ya en el siglo segundo de la era
islámica se había impuesto y prevalecía
la doctrina del amor. "En el amor de Dios me ha absorbido
-declaraba la santa mujer Rabia (muerta el 801)- hasta el
punto de que en mi corazón ya no queda amor ni odio
hacia ninguna otra cosa".
Mas
los sufíes no se dieron satisfechos con este intenso
evangelio del amor. En el siglo tercero islámico empezaron
a desarrollar la doctrina de la "vía interior"
o el camino espiritual hacia Dios. En ese camino se distinguían
varios trayectos, correspondientes a los distintos niveles
de la experiencia sufí. El místico era en primer
lugar un buscador, después un viajero y finalmente
un iniciado. Progresaba a lo largo del camino a través
de unos procesos de negación de sí mismo y de
un conocimiento intensificado de Dios. A medida que se acercaba
a Dios, más le hablaba con sus labios, controlaba sus
miembros y alejaba los deseos de su corazón, hasta
que alcanzaba el estadio final cuando, aniquilándose
a sí mismo, quedaba por completo absorbido en Dios.
Las pretensiones sufíes de que eran capaces de alcanzar
un conocimiento de Dios a través de una experiencia
personal directa, motivaron el que entrasen en conflicto con
los ulamas (plural del árabe alim,
hombre docto),
los sabios en las ciencias islámicas. Por lo que a
éstos se refiere, el conocimiento de Dios llegaba a
través del estudio del Corán, las hadiths, la
sharia y la teología con ayuda de los voluminosos
estudios de la erudición islámica, que ellos
había desarrollado. Tal como la entendían, la
pretensión sufita era a la vez provocativa y peligrosa
para el Islam. Además, los ulamas estaban inquietos
por el creciente apoyo popular que la vía sufita iba
ganando y temían por su papel de protectores de la
fe y de árbitros exclusivos de la doctrina islámica.
Y así intentaron silenciar a los sufíes; pero
ciertos episodios represivos como la brutal ejecución,
en 922, de al-Hallaj de Bagdad, que llevando hasta sus límites
la vía sufita había declarado "Yo soy la verdad",
no pudieron frenar el continuo desarrollo de un movimiento
que estaba profundamente inserto en el Corán y que
satisfacía el hambre religiosa de muchos hombres y
mujeres del pueblo. A lo largo de los siglos III y IV de la
era islámica las dos corrientes fluyeron de manera
separada.
El que la división
no se hiciera insalvable se debió, en buena medida,
a un hombre que fue la figura más grande del islamismo
medieval y el musulmán más influyente después
de Mahoma: al- Ghazzali (muerto en 1111), que por su penetración
religiosa y por su vigor intelectual ha sido comparado con
San Agustín y con Martín Lutero. Como revela
con toda claridad el propio al-Ghazzali en su autobiografía
El libertador del error, viajó largamente en
busca de Dios. Al descubrir, como lo hiciera un número
cada vez mayor de coetáneos eruditos, que el excesivo
racionalismo de la teólogos no podía satisfacer
las ansias de su espíritu, acabo "por volverse
con toda decisión al método del misticismo..Comprendí
que la vía mística completa incluye tanto la
creencia intelectual como la actividad práctica; la
última consiste en ir liberándose de los obstáculos
de uno mismo y despojarse de las características bajas
y de las costumbres viciosas, de modo que el corazón
pueda alcanzar la libertad de lo que no es Dios y al recogimiento
constante en Él". Al-Ghazzali encontró
a Dios. Y de eso logro fluye su obra, en la que fue capaz
de combinar los sistemas de ideas escolástico y místico
y de hallar un lugar para la vida religiosa emocional del
Islam, un sitio que el consenso de las comunidad iba a mantenerse
gustosamente. Esto no quiere decir que el método de
los ulamas y la vida religiosa de los sufíes
llegaran a fusionarse; pero sí que los caminos otrora
divergentes llegarán a unirse, aunque permaneciendo
distintos. Y además fue posible que ambos caminos se
dieran en una misma persona.
Después de al-Ghazzali el sufismo se extendió
a través del mundo islámico. Atrajo a muchos
creyentes del Asia occidental y del Norte de África,
que hasta entonces no habían simpatizado con él;
parece que se ganó a muchos shias, mientras que en
los países de África y de Asia, donde el Islam
se difundió rápidamente, fueron sobre todos
los misioneros sufíes los que se imponían entre
las poblaciones infieles, revelando con su ejemplo la calidad
de la vida islámica y ganándose poco a poco
a aquéllos. En muchas áreas, los sufíes
fueron los musulmanes típicos, y tan grande llegó
a ser su influencia sobre el pueblo y tan decidido el apoyo
que recibían de los gobernantes políticos, que
poco falto para que los ulamas no pudieran contrarrestar
su influencia.
Al
mismo tiempo nuevos elementos adquirieron carta de ciudadanía
en el pensamiento sufí. Uno de los más importantes
fue la veneración del jeque o maestro sufí (pir
en persa) por parte de sus discípulos en vida del mismo;
lo que condujo a la veneración del jeque aun después
de muerto. Tales prácticas cambiaron el dogma central
del Islam, la creencia musulmana en la unidad de Dios. Aun
así se difundieron rápidamente, y con su difusión
se extendió otra doctrina peligrosa: la creencia en
el qutb, el polo del mundo, que con sus santos seguidores
gobierna la tierra. El más famoso de todos los qutbs
sufíes fue Mawlana Jalal al-Din Rumi (muerto en 1273),
cuyo largo poema religioso, Mathnawi, es la obra suprema
del sufismo persa, considerado algunas veces como el Corán
persa y estimado como fuente de guía espiritual a lo
largo de los siglos en todos los países en que se hablaba
el persa.
Un segundo elemento fue la difusión del pensamiento
panteísta. Su elaboración más eficaz
se debió al erudito sufí, el español Ibn al-Arabi
(muerto en Damasco, en 1240) que en su obra maestra Las
revelaciones de La Meca argumentaba que todos los fenómenos
eran manifestación de un ser único, el cual
es uno con Dios, y presentaba una interpretación mística
de la doctrina islámica que le había sido revelada
a él como el "sello de los santos". Tales
pretensiones, que representaban un reto al status del Profeta,
eran demasiado absurdas como para que se las tomase en serio;
"pero la doctrina de la "unidad del ser" era
otro asunto. La amplia popularidad que obtuvo era una manera
para la sharia. Los sufíes, que pretendían
que " todas las cosas son Dios", y por muy piadosos
que fueran, habrían encontrado los modelos absolutos
de conducta humana establecidos para la sharia demasiados
duros como para tomarlos en serio. Porque, en efecto algunos
pretendía que quienes habían alcanzado la verdad
mística, quienes habían descubierto la haqiqa
o "pensamiento interior" ya no necesitaban de la
sharia. La tendencia del pensamiento de Ibn al- Arabí
era negar todo cuanto el islam defendía.
Paras muchos ulamas difícilmente podía
considerarse Ibn al- Arabí como musulmán, hasta
el día de hoy y sus obras han venido siendo proscritas
en determinadas épocas; pese a lo cual su influencia
ha sido enorme, sobre todo en las áreas persa y turca
del mundo islámico oriental. La doctrina de la "unidad
del ser" tenía ventajas evidentes cuando el islam
se estaba abriendo paso entre un gran número de gente
formadas en el chamanismo. el hinduismo y el animismo, e hizo
posibles unos compromisos que resultaban de capital importancia
si la fe islámica tenía que difundirse por regiones
ajenas a cualquier tradición de monoteísmo ético.
La doctrina también se benefició por el hecho
de presentase en el brillante ropaje de la poesía persa
que floreció entre el 1200 y el 1500. Así ocurrió
con las odas de Hafiz que emplea el lenguaje del amor humano
para expresar la comunión espiritual con Dios. Logra
su expresión más completa en el Mathnawi
de Rumi y en la poesía mística de Yami, autores
cuyo arte puso la doctrina esotérica de Arabí
en labios de cuantos utilizaban la segunda lengua del mundo
islámico.
Hacia
1500 casi todos los musulmanes se acercaban a Dios como sufíes.
La sharia en modo alguno había conseguido frenar
la rápida difusión de la influencia sufí.
Asociada a menuda con el Estado y con la educación
aristocrática e intelectual, la sharia se encontraba
de hecho en desventaja cuando intentó modelar la vida
de las masas humanas en el troquel del islamismo clásico.
A través del sufismo habían entrado en el Islam
muchas prácticas religiosas populares. Tal ocurrió
con los cánticos, las danzas y ciertas hazañas místicas
como la de comer cristales o caminar sobre ascuas. Se había
extendido la creencia en el poder taumatúrgico de los
santos y de los campos de los países islámicos
estaban salpicados de sus tumbas, que eran lugares de culto.
El sufismo multiplicó sus compromisos con ritos
y supersticiones locales, y a medida que el pensamiento sufita
llegó a ser dominado por las creencias de que Dios
era inmanente al mundo más que trascendente, al mismo
tiempo también el cuerpo del Islam propendía
a reflejar las creencias y estructura de las sociedades que
incorporaba más que a encerrarlas en la sharia.
Todo ello comportaba graves peligros. Quedaba por decidir
si los sufíes, al establecer compromisos que les permitían
atraerse millones de almas que los ulamas jamás
habrían sido capaces de movilizar, no estaban degradando
irremediablemente el Islam. (*)
(*)
Fuente: Francis
Robinson y Peter Brown, "El mundo islámico. Esplendor
de una fe", v.I, Barcelona, Folio pp.27-33.