|
EL
ÉXTASIS RELIGIOSO Y
EL ÉXTASIS DE LA INSIGNIFICANCIA
Por Laura Cecilia
Esplugas
|

San
Juan de la Cruz, el gran místico español del siglo
XVl, autor de la Noche Oscura.
|
Existen
dos formas del éxtasis: el primero de ellos, el de la
insignificancia, diluye al hombre en el vacío epocal, en un
mundo exterior y social, sin poder de trascendencia. La segunda
posibilidad, es el éxtasis desde su figura tradicional: el éxtasis
místico, la unión del yo finito, del alma particular, con la
divinidad, con un absoluto pleno de sentido; un estado más allá
de la comprensión racional o cualquier explicación verbal. En
este trabajo de Laura Cecilia Esplugas que presentamos a continuación
en Temakel, el éxtasis de la insignificancia será analizado
a través de dos situaciones: el desvanecimiento de lo individual
en la multitud a través de la experiencia del poeta francés
Charles Baudelaire y las reflexiones del ensayista argentino
Héctor Murena (del cual procede la expresión "éxtasis de
la insignificancia"). La segunda variante, la de lo extático
religioso o místico absorbe la mayor parte del aliento de estas
líneas. Allí, se resaltará el valor del camino de dos grandes
místicos de la tradición de Occidente: el dominico alemán, del
siglo XIV, Meister Eckhart, y San Juan de la Cruz, el místico
español que, en el renacimiento, en el siglo XVI, atravesó una
"noche oscura" como sendero esencial hacia la unión
con una fuerza infinita.
EL
ÉXTASIS RELIGIOSO
Y EL ÉXTASIS DE LA INSIGNIFICANCIA
Por
Laura Cecilia Esplugas
El objetivo de este trabajo
es relacionar
en carácter de oposición al éxtasis de la insignificancia con
el éxtasis religioso. Para este fin, con respecto al éxtasis
de la insignificancia nos guiará la experiencia de Charles Baudelaire
en torno a la multitud y el tema de la dimensión de lo habitual
desarrollada por Héctor Murena. Con respecto al éxtasis religioso,
nuestro camino atravesará los textos de "El rito más primitivo"
y el de "Mundus y quimera", también de Héctor Murena,
como así también la literatura mística del Renacimiento, y la
obra de Meister Eckehart (representante de la literatura mística
alemana), y San Juan de la Cruz (representante de la literatura
mística española).
Éxtasis
de la insignificancia
El éxtasis de la
insignificancia es la disipación del sujeto y del mundo en
una realidad intramundana que se caracteriza por haber perdido
toda significación trascendente. Este modalidad de éxtasis trae consigo una libertad
negativa para el sujeto, ya que se logra huyendo del obstáculo y
no superándolo, como también exige la exclusión de la
conciencia. (1) Un ejemplo de éxtasis de la insignificancia es la
vida de la multitud tal como fue percibida por Baudelaire. El poeta francés
afirma que la multitud de la ciudad de Londres se compone de
millares de personas que poseen las mismas cualidades, capacidades, y el mismo
interés de ser felices. "…Y sin embargo corren dándose
de lado, como si nada tuviesen en común, nada que hacer los unos
con los otros, con un único convenio tácito entre ellos, el de
que cada uno se mantenga en el lado de la acera que está a su
derecha, para que las dos corrientes de la aglomeración, que se
disparan en uno y otro sentido, no se detengan una a otra; a
ninguno se le ocurre desde luego dignarse echar una sola mirada al
otro. La indiferencia brutal, el aislamiento insensible de cada
uno en sus intereses privados, resaltan aún más repelente,
hirientemente, cuanto que todos se aprietan en un pequeño
espacio."(3) Este es un ejemplo de éxtasis de la
insignificancia ya que la realidad perdió significado para el
sujeto; las personas que formaban parte de la multitud ni siquiera
se miran, solo impera una indiferencia total entre ellos. Cada
persona se halla pensando en sus asuntos privados sin tener en
cuenta a los millares de personas que pasan a su lado.
Otro
ejemplo de éxtasis de la insignificancia es la reflexión sobre
la
dimensión de lo habitual desarrollada por Héctor Murena. Este
pensador imagina a un hombre que "está en un bar sentado junto a una
mesa: con una mano hace girar una cucharita en un pocillo, pero no
atiende a esta tarea; con la otra mano tiene un cigarrillo
encendido; se halla en el centro del salón, y en las otras mesa
hay gentes, pero no las mira; mira hacia la calle; por la calle
pasan gentes, coches, pero el hombre no los ve."(4) El hombre
no piensa ni imagina nada. Su espíritu está ausente de todo: en
éxtasis, en una exterioridad insignificante. Está viviendo lo
habitual, aquello que para él es lo más común, aquello que
conoce tanto que lo deja en aparente libertad. En un momento algo
cambia en este hombre: mira concretamente la taza, su mano, la
gente. Es como si por primera vez percibiese la existencia de todo
eso y esto le causase repugnancia. "Entonces toma el
periódico, lo despliega y lo empieza a leer. Lo que ocurrió es
que un hombre vivía lo habitual y en un momento cobró conciencia
de lo habitual de su vida. En este momento lo habitual se dispersó
ya que éste es un éxtasis en el que todo ocurre como si no
pasara nada. La conciencia de lo habitual de nuestra existencia ya
no es lo habitual, sino que es el aburrimiento, apenas tolerable,
porque nos habla de la proximidad de nuestra vida a la muerte. La
lectura de un periódico es un intento de retornar en lo habitual
(5).
La situación imaginada por Murena representa otro ejemplo de
éxtasis de la insignificancia ya que el hombre en el bar estaba
como ausente, no pensaba en nada, miraba gente que pasaba por al
lado de la ventana pero no la veía; la realidad había perdido
sentido para este sujeto ya que ésta se había transformado en lo
cotidiano: todo ocurría como si no pasara nada.
Pero frente a estas palpitaciones del éxtasis de lo
insignificante, existe otro posibilidad de lo extático. El
éxtasis en el centro de la experiencia religiosa.
El
éxtasis
religioso en la literatura religiosa
El
éxtasis religioso es la disipación del sujeto y del mundo
en una realidad extrahumana y superior al sujeto (6).
Las huellas de esta forma de lo extático pueden encontrarse
en la literatura
religiosa del Renacimiento. En el siglo XVI se desarrollan dos
corrientes espirituales: la ascética y la mística. La ascética
es un camino de perfeccionamiento espiritual que prepara al alma
para recibir los dones que proceden de Dios (7). La mística (del
latín mysticus, "relativo a los misterios religiosos"),
está vinculada con una práctica interior de lo religioso que
supera y no puede explicarse sólo desde el punto de vista
doctrinal o dogmático. Es un estado de perfección espiritual en
el que el alma percibe la presencia de Dios, recibe sus dones y
acaba uniéndose con Él (8). Según los tratados de los
místicos, el alma recorre un camino de renuncia y
perfeccionamiento hasta llegar a la unión con Dios. Este camino
comprende tres vías: la vía purgativa, en la que el alma se
esfuerza en lograr la perfección mediante la renuncia a los
vicios y la práctica de las virtudes; la vía iluminativa, en la
que el alma ya purificada comienza a gozar de la presencia de Dios; y, por último, la vía unitiva en la que Dios y el alma se
funden en una unión amorosa que se expresa mediante símbolos (9).
En la
historia de la mística ocupa especial lugar la literatura
mística alemana del siglo XIV, con su máximo representante,
Meister Eckhart (1260-1328). Dos siglos después se desarrolla la
literatura mística española, representada sobre todo por San
Juan de la Cruz (1542-1591) y Santa Teresa de Jesús (1515-1582).
Primero
trataremos de ubicar el momento histórico en el que nace la mística
alemana. El siglo XIII, "otoño del medioevo" es una
época histórica en la que abundaban las crisis sociales y
políticas determinadas por las luchas de poderío entre el papado
y Federico II de Hohenstaufen que, si bien concluyeron con la
derrota de éste, iniciaron un período de disturbios y desorden.
Además sucedían todo tipo de catástrofes: inundaciones y
tempestades devastaban los campos; la peste atacaba a los
habitantes y se pregonaba el inminente fin del mundo. Al peligrar
la seguridad física de los hombres, éstos vivían en máxima
tensión y desesperanza, aunque al mismo tiempo se sintieran
inclinados a encontrar mediante una experiencia sobrenatural
aquellas fuerzas capaces de vencer aquel estado de abandono que
era la consecuencia de una realidad llena de amenazas y dolencias.
En
Alemania, el movimiento místico se inició en el siglo XII y se
centró especialmente en los conventos de monjas. Como
consecuencia de las Cruzadas, numerosas mujeres que habían quedado
viudas o huérfanas, buscaron amparo en los conventos y se
dedicaron a la vida religiosa.
Los
estudiosos de la teología seguían las enseñanzas de Santo
Tomás de Aquino, pero igualmente alcanzó gran desarrollo la
escuela teológica neoplatónica, fundada en Alemania por la orden
dominica. De esta institución surgieron maestros tales como
Ulrico de Estrasburgo, Dietrich de Friburgo, y Berthold de
Moosburgo, quienes tuvieron gran influencia sobre Eckehart. De
esta manera se preparó durante el siglo XII una tradición
religiosa que permitirá al maestro Eckehart desarrollar sus
inclinaciones teológicas enraizadas en la escuela neoplatónica y
en la escolástica. En su obra llamada "Discusiones sobre el
adoctrinamiento" se revelaban las enseñanzas adquiridas en
la escuela neoplatónica; la afirmación de Dios revelado como
única verdad, y las virtudes del autoconocimiento cuando dice
"El verdadero tener a Dios está en el ánimo, no en pensar
en Dios uniforme y continuamente. El hombre no debe tener sólo un
dios pensado, porque cuando el pensamiento cesa, cesaría también
Dios" (10).
En el
año 1300, los superiores de la orden dominica enviaron a Eckehart
a la Universidad de París, donde luego de dos años recibió el
título de magíster. Poco tiempo después fue nombrado provincial
del orden sajón y cuatro años más tarde vicario de las
provincias de Bohemia, con la tarea de reorganizar los conventos
dominicos. De esta época es el "Libro de los consuelos
divinos", dedicado a la reina Inés de Hungría y escrito con
el fin de mitigar el dolor que le causó la muerte de su padre.
Esta obra demostró que Eckehart no sólo fue un místico sino
también un continuador de la filosofía de Platón, la que
señalaba la perfección de un orbe indestructible, consuelo para
los hombres limitados a la vida terrena, quienes sufren la
continua transformación de todas las cosas y la finitud de la
propia existencia. Como Buenaventura y Santo Tomás, Eckehart
afirmaba que el hombre podía participar de las ideas platónicas,
interpretadas como pensamiento inmanente de Dios. Sin embargo,
esta relación se opone a otra, que conforme a las experiencias
obtenidas durante la unio mystica, afirmaba que el hombre podía
transformarse en Dios.
En el
año 1314, Eckehart dirigía el convento dominico en Estrasburgo y
se convirtió en el máximo representante del movimiento místico
alemán.
En
1326 el arzobispo de Colonia, Enrique de Vireburg, acusó a
Eckehart de propagar ciertos pensamientos contrarios al espíritu
de la fe. Finalmente, algunos de sus escritos fueron censurados y
esto fue importante desde distintos puntos de vista ya que
influyó en la interpretación posterior de su obra. Algunos
teólogos quisieron ver en Eckehart un precursor de la Reforma.
Otros lo asimilarán a un pensador tradicional, fiel al
catolicismo, víctima de ciertas intrigas que no se dirigían
tanto contra su persona, sino a desmerecer el prestigio de la
orden dominica.
Los puntos esenciales de la doctrina de Eckehart pueden vincularse
con los pensamientos del gran
místico español llamado San Juan de la Cruz. Ambos coinciden en
que Dios carece de atributos, y que el hombre en ciertos momentos
no es sólo una imagen de Dios sino que se convierte en Él.
También coinciden en el camino para llegar a Dios en cuanto que
presupone la carencia de todo deseo en Eckehart, y el desasimiento
de todas las cosas en San Juan.
Si
bien todo el pensamiento de San Juan se orienta a la unión con el
Fundamento Divino, puede verse su veneración por la naturaleza,
propia del hombre renacentista. Las angustias padecidas descritas
en la "Noche Oscura", no impide que en sus poemas se
descubra una naturaleza cargada de misteriosos simbolismos y
fascinante atmósfera, testigo siempre de la consagración de la
bodas celestiales. San Juan concibió a la naturaleza como el
destello del Ser. Pensaba que la naturaleza no era un fin en sí,
sino que sólo era un atributo divino del que era preciso
desligarse para llegar al Ser Supremo. El sentimiento amoroso
hacia la naturaleza no se detiene en ella. San Juan
recordaba que su objetivo final era ir hacia el Creador. Al abrir
su alma a la naturaleza, también abría ámbitos ilimitados al
amor. Pareciera que la inmersión trascendente le permitía ligar
el eje de su alma al mundo divino y humano.
Eckehart
no sólo ignora a la naturaleza en sus escritos, sino que también
es indiferente a un tema importante de la teología cristiana de
la época: el alma, como lo contrario de la materia. De ahí que
su obra existan escasos simbolismos, que por el contrario son
abundantes en los escritos sanjuaninos, cuando se refieren al
sentido misterioso del fuego, al sabor mágico del aire, etc.
El
rigor intelectual de Eckehart lo impulsó a buscar nuevas
posibilidades expresivas en el idioma alemán, formando de esta
manera las bases de una filología filosófica en la cual se
enraizó toda la metafísica alemana contemporánea. El lenguaje
alemán, aún en gestación, y la pobreza del latín
eclesiástico, dificultaron la expresión de pensamientos
cualitativamente ricos, o el hallazgo de simbolismos, tan
frecuentes en los escritos sanjuaninos. Entonces, fue Eckehart
quien creó el lenguaje filosófico alemán recogido luego por sus
continuadores. Sus concepciones teológicas, tomadas primero por
sus discípulos Tauler y Suso, reelaboradas más adelante por
Angelus Silesius y Boehme, influyeron notablemente en el
romanticismo alemán.
San
Juan de la Cruz, quien vivió dos siglos después de Eckehart
encontró, en cambio, un lenguaje ya elaborado con abundancia de
medios expresivos.
La posición metafísica de San Juan de la Cruz
lo acerca a
la filosofía teológica de la existencia, y en especial a
Kierkegaard. Y este paralelismo puede trazarse en función de la
meditación del místico español en torno a la angustia.
Según
San Juan de la Cruz, la angustia es estar sobre la nada y sentir
que todo desaparece, que todo se ha perdido. La angustia penetra
todos los rincones del alma, sin que el hombre pueda decir que la
sufre por algo en particular. La angustia es el primer movimiento
que conduce a Dios. Sólo en la angustia el hombre llega al Ser.
La angustia es la señal certera de que el alma está encauzada
por el buen camino del desprendimiento porque la nada segrega
angustia, y es también la prueba máxima que le toca vivir al
hombre ya que la angustia desecha el deseo de distracción, de
huir nuevamente hacia el mundo y de abandonar "el camino sin
camino".
Según
San Juan, el hombre debe padecer dos estadios espirituales antes
de convertirse en justo cuando llega a la cumbre de evolución
espiritual (la cima del Monte Carmelo), donde realiza su unión
con Dios. Durante el primer estadio, propio del principiante,
existen aún los deleites del mundo sensible "y es que todas
las veces que oyendo música u otras cosas y viendo cosas
agradables, y oliendo suaves olores y gustando algunos sabores…luego
al primer movimiento se pone la noticia y la afección de la
voluntad en Dios"(11) Amante aún de la naturaleza, del mundo
que deleita los sentidos, el principiante vive (con el alma puesta
en Dios) incubando un nuevo ser: "el aprovechado", quien debe
realizar el segundo movimiento dialéctico. Esto es una clase de
antitesis vivida como negación de todo cuanto pueda complacer los
sentidos, pues al abrir todos los apetitos que quedan eternamente
insatisfechos, cansa y fatiga el alma. El desprendimiento de los
sentidos permite al aprovechado realizar la primera síntesis o la
primera revelación de la divinidad. Quien logró avanzar en el
camino hasta vencer los sentidos naturales, adquiere nuevos
sentidos: la naturaleza es ahora sólo la belleza de su creador.
La belleza transustancia al mundo del místico: lo cubre con su
gracia, signo visible del "toque divino". Sin embargo,
el aprovechado no ha llegado aún a la cima del Monte Carmelo.
Debe recorrer hasta su fin la noche oscura del espíritu para
desprenderse de las últimas potencias humanas: en la noche del
sentido todavía queda alguna luz porque queda el entendimiento y
la razón, pero en esta noche que es la más oscura las potencias
racionales se ciegan. A medida que el aprovechado avanza la noche
se hace más oscura, tenebrosa y angustiante. La última claridad
debe desaparecer para que en la más profunda oscuridad pueda
brillar la luz divina. Luego, nuevamente se abre el proceso
dialéctico: el alma liberada de los sentidos se encuentra aún
asida a sus potencias que, según San Juan de la Cruz, son el
entendimiento, la memoria y la voluntad. En la antítesis estas
potencias son negadas y afirmadas "las virtudes
teologales": la fe oscurece el entendimiento, la esperanza
despoja de todo deseo de posesión, y la caridad se desprende de
toda voluntad y afecto. La síntesis definitiva se realiza en las
regiones donde el alma se comunica con Dios. En la última noche
vuelve a brillar la luz: el aprovechado se transforma en justo. Al no dar cabida al entendimiento, la memoria y la voluntad,
su alma permanece abierta para escuchar el Verbo que pronuncia
Aquél que no tiene forma ni contenido.
Eckehart
también comprende que la vía purgativa consiste en volcar los
atributos o potencias del alma íntegramente en la muerte, paso
previo al nacimiento de un nuevo hombre; pero San Juan se interesa
sobre todo en las penurias que debe padecer el alma en la difícil
evolución. El primero se deja morir en calma, el segundo concede
a la angustia un valor ontológico. Eckehart se despreocupa de los
sufrimientos que padece el alma del hombre en "la noche
oscura", hasta encontrarse con Dios.
San
Juan comparte con Eckehart la creencia de que Dios acude en busca
del hombre: basta que éste abra su alma para que inunde su
ámbito. En consecuencia la dinámica parte de Dios, quien
necesitado de lugar donde albergarse, se instala en el alma. Ésta
debe ser solitaria, despreocupada y libre, en la que sólo esté
Él. Si el alma está enredada con las criaturas del mundo, se
halla perturbada por imaginaciones y deseos; pierde su natural
claridad y muere. La muerte del alma condiciona también la muerte
de Dios en el alma. Habrá otros modos de muerte del alma que no
anuncian defunciones, sino nacimientos de Dios. La total
diafanidad y transparencia del alma que ha logrado matar dentro de
sí a todos los ídolos permite la manifestación de Dios que
siempre yace en su fondo. Esta muerte es llamada por Eckehart
"muerte fundamental". La manifestación de Dios en el
alma que ha muerto totalmente consiste en el nacimiento de Cristo.
Por lo tanto, Cristo no participa de la imagen de Dios, sino que
es Dios en su integridad. Cuando Cristo ha nacido en el alma se
inicia el segundo movimiento de Dios: abandona el alma del hombre
para refugiarse en su ser, que es la deidad. Dios es Dios para el
alma y mediante el alma. Es para el alma, porque ésta es su
hábitat natural, y es mediante el alma, porque sin esta
posibilidad permanecería eternamente oculto en la deidad donde no
es Dios. Así, cuando Cristo nace en el alma, ocurre una nueva
muerte de dios muy distinta de las anteriores porque se trata de
una verdadera de-función: Dios deja de obrar y abandona al mundo
a su propio destino. En el momento en que Dios regresa a su
deidad, cesa su creación. Dios refugiado en su ser no actúa, y
la deidad es totalmente pasiva. La dinámica de Dios es
permanente: des-alojado de su ser, la deidad, retorna al alma,
donde vuelve a renacer. Dios crea incesantemente el mundo, es puro
acto; refugiado en la deidad es sólo pasividad y silencio.
Según
San Juan, Dios es una nada (no es la nada del lenguaje usual, es
decir vacío inerte o carencia total, sino que, según Corbin,
denota una "supernada" que origina al ser y la nada o,
según Ricoeur, es un término elegido por analogía ya que de
alguna forma debe explicarse la experiencia mística con Dios), un
vacío ilimitado. Hablar de Dios atribuyéndole cualidades o
imágenes no es saber de El. "…no tiene forma ni figura…siendo
como es incogitable no cabe en la imaginación". Como nada
infinita "no tiene sustancia", "es
incomprensible" y lo "amamos…sin entenderle" (12).
Según
Eckehart, la unicidad de dios no la entiende en el sentido de un
dios único, sino como una unidad indivisible que debe
comprenderse como cero. De ahí se desprende que Dios es
incomprensible, ni esto ni aquello, no es persona ni imagen.
Careciendo Dios de imágenes y sustancia, Eckehart niega también
sus atributos constitutivos: poder, sabiduría y amor; ya que las
virtudes son propias del hombre pero no de Dios. Sin embargo, al
engendrar Dios en el alma a su hijo lo hace insuflando amor, que
no es otra cosa que el Espíritu santo. Eckehart rescata la
Trinidad y los atributos divinos de la nada.
También
para San Juan, la emanación primaria de Dios es el amor, que
plenamente recibida por el alma abierta a El, inicia la vida del
justo; "Dios no se comunica sino por amor y gracia" (13). Debemos comprender el término amor tomado por analogía,
nada tiene en común con el amor terrenal por más puro y elevado
que éste sea. El amor de Dios no es para San Juan conquista y
manifestación de sentimientos terrenales más intensos, sino una
corriente sin interrupción en la cual actúan la sabiduría y la
fuerza que se proyectan en la humanidad. Fuerza, amor y sabiduría
adquiridos por el nuevo hombre en su comunión con Dios, se
manifiestan en la acción.
Según
Eckehart, "no hay mayor obstáculo si salimos al encuentro
con Dios que el tiempo. Y no sólo el tiempo sino las cosas
temporales, y no sólo los afectos temporales sino el color y el
olor mismos del tiempo" (14).
También
San Juan comprende la dificultad de expresar en idioma humano los
asuntos que se refieren a Dios. "El está sobre el cielo y
habla en caminos de eternidad, nosotros ciegos, sobre la tierra, y
no entendemos sino vías de carne y tiempo. En la oración
continua el alma queda en olvido y sin tiempo…porque ha estado
unida en inteligencia pura, que no está en el tiempo" (15).
Según
San Juan, cuando Dios exhala amor, originando así el nacimiento
de Cristo en el alma, simultáneamente crea en ella una región
donde abundan los atributos divinos. En cambio Eckehart
consideraba que no era propio del hombre común penetrar ese
ámbito, tan sólo destinado a los que con esfuerzo se han
acercado a Dios. Sin embargo, el amor, la sabiduría y el poder
participados de un modo natural al alma, no son Dios, sino
atributos que coexisten en su circunvalación, es decir, Dios no
es amor sino amante, no es poder sino poderoso: cualidades que se
encuentran en torno de Dios pero no en su núcleo. El hombre sólo
puede saber de Dios cuando, accediendo a su circunvalación, se
apropia de las cualidades divinas, aunque el acto de apropiación
también implique distanciamiento.
Por lo
tanto, la unión mística opera en dos direcciones: las fuerzas de
Dios participadas al alma posibilitan, tanto la creación del
hombre nuevo que se vuelca en el mundo, como la huída de Dios
hacia la deidad que es una nada radical. Ni el hombre después de
la unio necesita de Dios, ni Dios necesita de él.
Conclusión
El
éxtasis religioso es la disipación del sujeto y del mundo,
pero no en una realidad intramundana que se caracteriza por haber
perdido la significación para el sujeto, sino todo lo contrario,
en una realidad extrahumana y superior al sujeto.
En
cuanto al éxtasis de la insignificancia, ya sea en el caso de la
multitud o en el de un hombre sentado en un bar, se caracteriza
porque el espíritu del hombre se halla ausente, no piensa, no ve; en fin, el hombre no es conciente de nada ya que el éxtasis
de la insignificancia implica la exclusión de la conciencia. La
realidad para el sujeto ha perdido todo sentido.
Con
respecto al éxtasis religioso, hemos explorado la oposición entre
Eckehart (representante de la literatura mística alemana) y San
Juan de la Cruz (representante de la literatura mística
española). Ambos piensan que el hombre debe padecer ciertos
estadios para poder encontrase con Dios. La diferencia es que San
Juan tiene en cuenta el sufrimiento del hombre durante su
camino con dios, en cambio, Eckehart no le concede mayor
importancia al dolor como variable ineludible del camino hacia el
ascenso espiritual. En la
unión mística del alma del hombre con Dios, las fuerzas de Él
participadas al alma posibilitan tanto la creación de un hombre
nuevo, como también la huida de Dios hacia la deidad. Después de
la unión ni Dios necesita del hombre ni el hombre de Él.
El éxtasis de la insignificancia del hombre (falsa forma
extática que se repite
cotidianamente) implica la disolución en un tiempo sin significado. En cambio, el éxtasis religioso (que pocas
veces nos ocurre) lleva al hombre a realizarse, a experimentar una
realidad superior cuando acontece la unión mística entre
el alma del hombre y Dios.
(*)
(*) Fuente: Laura Cecilia
Esplugas, "El éxtasis religioso y el éxtasis
de la insignificancia", texto realizado en el contexto
de la materia Principales corrientes del pensamiento contemporáneo
de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad
de Buenos Aires, en 2003.
Bibliografía
-
Véase
Héctor Murena, "la dimensión de lo habitual", En:
"El nombre secreto y otros ensayos", Caracas, Monte
Ávila Editores, 1979.
-
Véase
Walter Benjamín, "sobre el programa de la filosofía
futura y otros ensayos", Editorial Planeta Agostini.
-
Walter
Benjamín, "el flaneur" pág. 74, En: Poesía y
Capitalismo, Iluminaciones II, Taurus, Madrid, 1998.
-
Héctor
Murena, "la dimensión de lo habitual", OPCIT, Pág
69
-
Véase
IDEM
-
Véase
IDEM
-
Véase
Alonso, Ferro, Huerta, Mas, Mateu, "Literatura
española", Editorial Santillana.
-
Mística
(literatura) "Enciclopedia Microsoft Encarta 97"
-
Véase
Alonso, Ferro, Huerta, Mas, Mateu, OPCIT
-
Miriama
Widakovich-Weyland, "la nada y su fuerza" Pág 18,
En "un ensayo sobre Mística Comparada", Buenos
aires, 1982
-
IDEM
Pág. 24-26
-
IDEM
Pág. 30
-
IDEM
Pág. 31
-
IDEM
Pág. 33
-
IDEM
Pág. 33
-
Véase
IDEM
|