El
Río Nilo, el curso de agua que quizá alguna vez perdió
sus límites en un vasto diluvio universal (Imagen en web
globalgeografica.com). |
Quisiera
agradecer al Prof. Jorge R. Ogdon por sus correcciones técnicas
al borrador del presente artículo y por haberme proporcionado los
textos egipcios en jeroglíficos con su traducción original
correspondiente para la realización y enriquecimiento de este
trabajo.
La destrucción de una era antigua por medio de las
Aguas es uno de los mitos más difundidos en el mundo arcaico y un
método al que recurren con frecuencia los dioses de diversos
pueblos para castigar a la Humanidad. Sin embargo, es sorprendente
que en el Antiguo Egipto no hayamos encontrado todavía la
versión definitiva de un relato sobre el Diluvio Universal.
La
historia sobre un cataclismo por aguas, al estilo del mito griego
de Deucalión o el del Noé bíblico, brilla por su ausencia en el
país del Nilo. Este detalle, no menor, ya había sido notado por
Platón en su Timeo, quien afirmaba que el Diluvio
Universal "no había alcanzado a la tierra de Egipto".
Recién en los períodos tardíos este mitologema fue incorporado
a las listas dinásticas de varios cronistas antiguos como
Manetón, seguramente inspirado en los archivos reales
mesopotámicos (limus).
No
obstante, algunos autores como É. Naville (1870) han visto, en
las antiguas inscripciones de los monumentos faraónicos, restos
de una narración parecida a las del Diluvio semita.
Evidentemente, aluden a aquellos relatos aislados que nos hablan
de una "destrucción de la Humanidad".
Sin embargo, por el momento, carecemos de suficientes elementos en
el ideario egipcio como para creer en la presencia de un mito
acerca del Diluvio.
A
raíz de esta situación en el presente trabajo se analizará, a
la luz de los principales mitos asiáticos del Diluvio, la
naturaleza de los relatos egipcios sobre las llamadas
"destrucciones por elementos líquidos", así como las
oscuras menciones "oceánicas" que asoman veladas en sus
textos más antiguos. A partir de una explicación de su
cosmovisión, se intentará dilucidar el por qué de la ausencia
del mito del Diluvio en el país del Nilo.
La
destrucción de la Humanidad según los textos egipcios
En
un fragmento del Libro de los Muertos (Capítulo CLXXIV),
que es frecuentemente citado por los defensores del mito del
Diluvio en Egipto, encontramos unas enigmáticas palabras del dios
Atón, que se han asociado con nuestro tema:
(...)
han destruído secretamente cuanto has creado (...) esta Tierra ha
desaparecido con el alba de la existencia, en el océano del cielo
(Diluvio), surgiendo del Caos de los primeros tiempos.
Aunque
este oscuro pasaje no nos permite formular ninguna conclusión a
priori, no podemos pasar por alto el hecho de que existen
documentos provenientes de varias tumbas reales del Reino Nuevo,
donde se muestra el tema del castigo contra la Humanidad por parte
de los dioses Ra y Hathor.
Los
textos lo cuentan más o menos así. Al buen gobernante Ra (en
esta versión del mito es un dios solar activo), descendiente de
Nun (las Aguas pre-creacionales), ante quien se inclinaban las Dos
Tierras, le llegó una noticia perturbadora: los hombres estaban
planeando una conspiración contra su soberanía divina. Ra
inmediatamente convocó a las divinidades principales de las
Enéadas para inquirir en su sabiduría. Para ello, se hizo
presente el Ojo, Shu, Tefnut, Nut y Gueb.
El
consejo decide llamar a la diosa Sejmet, "la leona
poderosa", aquella que se deleita con la sangre de sus
víctimas, para destruir a los hombres. Sin embargo, el buen Ra se
compadece de la Humanidad y le pide a Hathor que tome una
mandrágora y con ella forme licor en muchísimas cantidades, a
saber siete mil jarras de cerveza (o vino), para inundar los
campos. Mediante el ardid de verter el licor sobre la tierra
detuvo aquella conspiración contra la clase divina y real e hizo
creer a la sanguinaria Sejmet que era la sangre de los hombres,
salvando de esta manera a la raza humana.
Veamos
un segundo caso, el relato del "Mar voraz", que data de
la Decimoctava Dinastía (Gardiner, 1932: p. 76- 81). Allí se nos
cuenta como las aguas cubrieron la tierra de Egipto.
Ptah
había prometido a la Tierra que la casaría con el Cielo; ésto
hizo muy feliz a la Tierra y dio alabanzas al dios. La situación
encolerizó al Mar, quien también reclamó casarse con la Tierra.
Ptah se vio en un brete: ahora debía manejar la situación con
cautela para mantener el orden cósmico. Para tratar el caso,
propuso construir un trono tan alto que rivalizara con los Cielos,
a los cuales el Mar debía subir. Este alcanzó rápidamente el
trono y se apoderó de las cosas valiosas; Egipto yacía inundado.
Ante esta catástrofe los dioses convocaron a una asamblea;
decidieron llamar a la diosa extranjera Astarté para que los
librara. Ella accedió y, mediante su lujuriosa belleza, logró
llevarse al Mar tras de sí. De esta manera fue como se retiraron
las aguas de Egipto.
Veamos
las relaciones simbólicas entre ambos relatos. En esta última
versión egipcia, Astarté demuestra su conocida naturaleza
ambivalente como diosa del amor y de la guerra (como
la diosa Kama Mara hindú, que también aparece como un ser
masculino); vista en Egipto como Sejmet, la lucha tenaz (cuyo
símbolo heráldico es el león), y como Hathor, el amor, que a
veces es representada con un cuerpo acuoso. Las aguas de los
manantiales en los textos antiguos eran emblemas del placer
sensual asociado con la mujer – Mito de Gilgamés,
Tablilla I: col. III; cp. Cantar de Cantares 4: 12 - Al
igual que las desembocaduras de los ríos, se las entendía como
la "matriz" de la Madre Tierra o como la
"vulva" de la tierra (acadio: Ka-pú).
En
paleohebreo la palabra para "pozo" o "fuente"
– hebreo: Be‘ér - tenía la misma raíz que el
término para "esposa", beú´láh). Cabe
mencionar que Astarté es la versión fenicia de Ishtar, la
Venus mesopotámica, la que desafía al sol (como Lucifer,
en la mitología hebrea tardía) y a quien se la ve como la dama
más brillante.
Desde
antaño fue asociada a la estrella Golondrina, que está
justo sobre el Éufrates, y con la estrella del Carro, que
está por encima del Tigris. Por ello, en su condición de
guerrera, cual Diana latina a quien Zeus obsequia las armas, se la
representaba sobre un carro tirado por siete leones dorados.
Si
bien el mito egipcio nos habla de una inundación, su estructura
en poco se parece a los clásicos temas del Diluvio. Más bien
parece un himno al dios Set, que habla de sus dominios en
territorios extranjeros. Algunos han querido ver en esta
narración una interpretación de tipo histórico que mostraba
alguna clase de supremacía por parte de los Pueblos del Mar, que
tanto preocupaban a los faraones. Otros, han preferido
interpretarla como una reminiscencia del mito diluvial.
Lo
mismo ha ocurrido con la configuración de la constelación de
Argos y su estrella principal, Canopus, detalle al que
volveremos luego, donde aparece Osiris como un niño o como un
muerto sobre un arca (barca o nave, similar a la de Jason y los Argonautas).
Ante
lo expuesto, ¿no se pueden tomar estos relatos como narraciones
egipcias del Diluvio? Estructuralmente, ¿en qué difieren de los
relatos semitas del Diluvio? ¿Qué nos revelan estos mitos acerca
del pensamiento ontológico arcaico y su relación con el Cosmos?
A continuación, expondremos algunos mitos del Diluvio asiáticos
para establecer comparaciones y diferencias.
El
mito del Diluvio según los textos semitas
La
desintegración de un mundo por aguas y la aparición de otra
época renovada es un tema preferido de las mitologías antiguas.
Tanto en Mesopotamia como en Palestina se registran (en los textos
acadios y en el Antiguo Testamento) mitos diluviales donde las
similitudes entre ellos son sorprendentes. Veamos algunos
ejemplos.
1)
El Diluvio de Atrajasis: Esta corta narración de dieciséis
líneas ha sido hallada en Nínive por G. Smith. Su
traducción, a pesar del mal estado de la tablilla, nos revela una
conversación entre el dios Ea y el héroe Atrajasis. El dios le
ordena construir una embarcación, en la que debe guardar a su
parentela y sus animales.
La
historia es completada por otra versión encontrada en Sippar.
Allí,
el dios Enlil (el aire o la montaña cósmica) provoca un Diluvio,
molesto por los ruidos que producen los hombres. Según el texto
de Hilprech, quien piensa que el mito se remonta al segundo
milenio antes de Cristo y tiene un rasgo narrativo similar al
monoteísmo, muestra cómo se conservó la vida de los tripulantes
del bajel luego de la inundación.
2)
La epopeya de Gilgamés: En la tablilla XI, que data del
primer milenio, pero la historia sin duda es muy antigua, se
relata como el heroico Gilgamés, quien desea conocer el secreto
de la vida eterna. Para ello, visita al anciano Utnapishtin, que
fue sobreviviente a un Diluvio provocado por los dioses.
3)
El relato de Beroso: el relato de Beroso (posiblemente
compuesto en el siglo III a. C., aunque llega hasta nosotros
tardíamente mediante una copia medieval del siglo IX), nos cuenta
sobre el héroe Ziuzudra (mencionado en las fuentes sumerias;
Kramer, 1963: pp. 328-31) y de cómo sobrevivió a un Diluvio con
la ayuda de una embarcación, gracias a la advertencia del dios
Cronos (la influencia griega en el motivo babilonico es obvia).
4)
El Diluvio del Génesis: Existen dos relatos del mito del
Diluvio en La Biblia. Uno es conocido como la tradición Yavista
(J). Su composición literaria podemos fecharla durante el
primer milenio antes de Cristo. El otro documento se conoce como
la tradición Sacerdotal (P). Este último posiblemente
date del tiempo del exilio de Israel en Babilonia, de quien
seguramente tomó algunos aspectos temáticos y culturales
adaptados al monoteísmo.
Pero
más allá de estos tecnicismos, ambos relatos (que se hallan
superpuestos como sí fueran solo uno; Génesis: 6-8)
nos cuentan lo mismo: cómo Noé sobrevivió también al Diluvio
por medio de la construcción de un Arca flotante. En este caso,
la destrucción fue provocada por el mismo Yahvé para castigar a
un mundo impío.
Ahora
bien, si comparamos estos relatos entre sí veremos que su tema
nuclear se relaciona naturalmente. Primero: todos los textos nos
hablan de una destrucción provocada por los dioses (difiere la
razón moral). Segundo: El Diluvio fue universal y no local.
Tercero: Todos los hombres perecieron menos los tripulantes de la
embarcación. Cuarto: En todos los casos expuestos se conservan
animales. Quinto: Las aguas utilizadas por los dioses fueron aguas
primigenias o abismales y no licor ni aguas marinas.
Si
cotejamos los textos citados con los mitos de la destrucción de
la Humanidad en la versión egipcia, notaremos que las diferencias
son obvias.
Por
ejemplo, en ambas narraciones expuestas al comienzo, la
inundación en Egipto fue local. Por otro lado, en el mito de Re y
Hathor, los hombres son ahogados con licor y no con aguas
primordiales suspendidas. Por último, en el mito del "Mar
voraz" no se destruye a la Humanidad, sino que
posiblemente revele, en lenguaje simbólico, una lucha histórica
entre el poder faraónico y los Pueblos del Mar. En ningún caso
se nos habla de una embarcación ni de la conservación de la
especie animal.
Sexto:
Los mitos del Diluvio semita siempre ocurren como rito de
iniciación, transforman y renovación del mundo para una
existencia original.
Con
el motivo egipcio sólo se puede trazar una línea análoga con
los textos de Ugarit conocidos como el ciclo de "Ba‘lu y el
Mar" (KTU I, 23), donde Ba‘lu (Baal) vence a
Yam (Yammu), el mar impetuoso. Lo que posiblemente revele
las fluídas relaciones entre Egipto y Fenicia.
Entonces,
¿a qué responde en Egipto la ausencia de un mito definido del
Diluvio? Es plausible que se deba a las diferentes concepciones
del Cosmos entre estos últimos y los habitantes del Asía
occidental.
El
determinismo Mesopotámico y la renovación cósmica
A
diferencia de Egipto, la hierofanía solar entre los pueblos que
habitaban a orillas del Éufrates era de una importancia
secundaria. Los pueblos de la llanura del Sinar (nombre
arcaico para Mesopotamia), adoraban principalmente a la Luna (el
dios Nama Sin, el iluminador de la noche).
La
Luna, como astro, es cíclica: crece, se desarrolla y entra en un
estado de decrepitud, para finalmente desaparecer como en la
muerte; oscuridad necesaria de donde renacerá renovada y
transformada - nótese que hasta el día de hoy se le llama "Luna
Nueva" -. Notamos, entonces, que la Luna es más rica en
polivalencias que el Sol. Sabemos que existía desde antaño una
solidaridad entre el ciclo vital selénico y el nacimiento,
adultez y vejez humana, hasta desaparecer en la muerte (casa
del polvo). Por eso, en la mitología griega, Hécate era la
antigua diosa lunar con tres cabezas (Hécate, Diana y
Procerpina) y, al parecer, corresponde a las tríadas
estatuarias del período Neolítico halladas en Anatolia (período
prehitita), en representación del ciclo de la vida. En
otras palabras, Mesopotamia fue un punto de partida para el
desarrollo de una escatología resurreccionista (Occidente) y
transmigratoria (Oriente) de las almas de los difuntos que, al
igual que la luna y sus fases, estaban sujetas a su destino (del
súmero me [< sánscrito mido, "medir"])
irremediable (Nam-Tar, "determinación"): la
desintegración en la quietud de la muerte.
Ahora
bien, si los dioses no podían librarse de tan miserable destino
¿Qué podía esperar el hombre?. Para el universo mesopotámico
nada era demasiado bueno o demasiado malo; la muerte era sólo una
etapa necesaria para dar lugar a la transformación y la
consecución de la vida. El mito titánico de la lucha entre el
Dios demiurgo Marduk y la serpiente primordial Tiamat, lo deja
bastante claro (Enuma-elis, Tableta IV, líneas 135-140).
Marduk
degüella a Tiamat en feroz combate. Como si fuera un pescado, con
su espada la troza en dos (el trozar los cuerpos, en la mentalidad
oriental, simbolizaban recrear u organizar nuevamente el cosmos);
con una parte crea las redes de los cielos y con la otra crea los
fundamentos de la tierra. Ahora bien - y ésto entendido en
lenguaje místico -, el hombre de la Mesopotamia vivía y
desarrollaba su actividad sobre el cadáver simbólico de una
madre monstruosa y muerta; su única esperanza era yacer
nuevamente en su vientre. Esto era visto en la India como la
contracara de la diosa Durga: Kali, la madre negra; quien
por un lado mataba a sus víctimas decapitándolas y
absorviendolas en su seno (la diosa Ganga era vista como
una madre que reabsorbía a las formas para reintegrarlas al
absoluto - Brahman-. Nótese como ejemplo la práctica de
arrojar a los cadáveres a las aguas del Río Ganges) y, por otro
lado, les proveía de protección y vida renovada
transformándolos en otro estado de existencia.
En
síntesis, para la ontología antigua, tal como el hombre y
la luna tienen un ciclo, su desintegración es necesaria para la
perennidad del mundo. De la misma manera, la tierra conocida, su cosmos,
tiene una secuencia vital que debe renovarse en diversos eones, yugas
o épocas periódicas, para el sostén del universo.
Los
diluvios son los medios adecuados para que el mundo vuelva a su
origen, al líquido amniótico de las aguas primeras (simbolizado
en los enterratorios donde el difunto era colocado en posición
fetal): el Eterno Retorno. Por otra parte, las aguas son símbolos
de desintegración y renacimiento renovado similar al bautismo
cristiano, que inicia al neófito en un camino consagrado.
Cuando
Yahvé eligió a los israelitas como su pueblo y los sacó de la
esclavitud de Egipto, los hizo pasar por las aguas del Mar Rojo.
Isis concibe a su vástago Horus cuando su esposo Osiris está
flotando muerto en las aguas del Nilo.
Las
aguas también son solidarias con la Luna y el elemento femenino.
El dios sumerio Sin era figurado con una barba larga y
cuadrada de color azul lapislázuli, símbolo del cielo estrellado
y las aguas femeninas. Es interesante notar que en la iconografía
cristiana a María, por lo general, le pintan sus vestidos de
color azul lunar. La misma asociación aparece en el Nuevo
Testamento en Apocalipsis 12: 1, 2, que nos habla de una
mujer parada sobre la luna.
Teniendo
en cuenta estos datos, veamos las diferencias fundamentales con
relación a la cosmología egipcia; y nos daremos cuenta, él por
qué de la ausencia de un mito del Diluvio al estilo
bíblico-oriental.
La
estabilidad del universo egipcio
y
las paradojas de tiempo y espacio
En
primer lugar, tenemos que advertir el principal problema egipcio
sobre la concepción cosmogónica. Disponemos tan sólo de
fragmentos testimoniales sobre sus ideas primordiales, conservadas
en diversas colecciones. Sus relatos de la Creación aparecen en
contextos de diversos temas: textos rituales o funerarios, himnos,
escritos sapienciales, etc. Era imposible para el teólogo
egipcio, como lo sigue siendo para nosotros hoy, reconstruir una
secuencia de sus mitos de creación debido a la naturaleza de un
material altamente contradictorio.
Sin
embargo, es bueno tener en cuenta dos detalles: en primer lugar
hay que advertir que los mitos egipcios tienen una
"coherencia" interna propia, en tanto y en cuanto los
interpretemos dentro de un marco simbólico. En segundo lugar,
siempre se deben entender las descripciones egipcias en los
límites de un contexto local y geográfico y su consecuente
estructuración existencial. La diferencia entre los paisajes ya
era entendida por los antiguos (Deuteronomio XI: 10-1) y
sirvió para oponer ideas (coincidentia oppositorum). En
otras palabras, los relatos míticos hay que considerarlos por sí
mismos en referencia a su propio territorio y siempre dentro de un
marco mágico-religioso.
Ahora
bien, el siguiente mito cosmogónico nos pondrá de relieve sus
aparentes incongruencias y sus particularidades con relación al
espacio-tiempo y, por lo tanto, nuestra imposibilidad de acceder a
una narración diluvial más o menos ordenada, según las
encontramos en los relatos semitas, quienes entendían el paso del
tiempo como ciclos de emanación y reabsorción.
Examinemos
el siguiente ejemplo. Existe una serie de láminas (A. Mariette,
Dendérah, III: lám. LXXVIII) en donde una de ellas muestra
"los miembros crecientes del Dios sol". Allí
aparece una oscura figura embrionaria: vemos que los dioses Shu y
Tefnut son mostrados en su condición de vástagos. Cerca de este
motivo, el niño Osiris en el arca, como se mencionó más
arriba, flota en el océano celestial de Nut. Seguidamente aparece
Ihet, la vaca nodriza cuyo cuerpo es el "Gran Diluvio",
cuna del sol recién creado, y Hu sosteniendo un huevo primordial
(¿Gueb, el huevo?); para finalmente terminar con un rostro
celestial visto de frente (la única figura que en la lámina
descrita, se encuentra en esta posición) con una flor de loto
asomando sobre su cabeza, en pleno desarrollo de creación.
En
esta representación se puede ver un mensaje críptico, que se lee
de izquierda a derecha y viceversa. Como si el motivo tuviera una
movilidad que combinara lo sutil con lo concreto en un mismo
plano. Ésto, analizado a simple vista, podría dar la idea de un
ciclo temporal similar al de las concepciones semitas, pero si lo
observamos más detenidamente nos pondrá de relieve la
complejidad de la trama.
Es
interesante el dato de que, en el lenguaje místico representado
posteriormente en términos paradigmáticos en la mitología
hindú y en los símbolos cabalísticos medievales, los rostros
"de perfil" ("rostro de Dios") eran emblemas
de lo que aún no se había manifestado, aquel que en sí-mismo
contiene todas las potencialidades de las emanaciones del Ser; en
tanto, el rostro "de frente" significaba la epifanía
plena de la entidad creadora, como cierre de la escena.
Sin
embargo, el loto a medio crecer puede que simbolice el camino del
estanque de agua y el nacimiento del disco solar, pero también
nos recuerda al séptimo chakra del yoga Kundalini: sahasrara
padma o "Loto de los Mil Pétalos" (Brahma
nació de un loto que creció en el ombligo de Visnú).
Aquella manifestación más allá de la cabeza, similar a la
representación del hieroglífico para ka (dos manos
levantadas, como la vemos en la estatua del rey Autibra-Hor I
con el símbolo del ka está sobre su cabeza), es posible
que sea homóloga a la que aparece frecuentemente en el lenguaje
esotérico (la llama sobre los Budas o la aureola sobre los santos
cristianos). Algo así como el mismo proceso de evolución hacia
el absoluto en su secuencia inversa, que a pesar de que la
creación ha llegado a un grado de desarrollo sumo (rostro de
frente) aún se encuentra en un estado de proceso creacional (flor
a medio crecer). Es decir, que ambas secuencias comparten el mismo
plano temporal creando en sí mismo una
paradoja.
Por
otro lado, la representación de Osiris sobre el Arca o caja
ornamentada: se puede ver a un Osiris-niño (Horus) como también
a un Osiris-viejo (forma no nacida de Horus), un ser que encierra
en sí todas las dimensiones temporales de una existencia. La
misma relación la encontramos en la cultura hebrea, cuando la
literatura apocaliptica nos quiere decir que Yahvé es un ser sin
tiempo y lo describe como "El Anciano de días".
¿Podemos
tomar las láminas de Déndera como evidencia de la concepción de
era cíclica, o que en el pasado ocurrió un Diluvio universal en
la mitología egipcia?. Todavía no poseemos suficiente base para
afirmarlo, aunque sabemos que su cosmología se apoyaba sobre un
universo acuoso.
Una
posible respuesta de esta carencia quizá este en considerar la
estabilidad del cosmos líquido egipcio, teniendo en cuenta su
manera de entender el tiempo.
Al
igual que la cosmogonía babilónica, en el origen egipcio todo
era aguas primigenias (Nun, creación ex Deo).
Como el Océano griego que rodeaba la tierra, así las aguas
caóticas eran simbolizadas por la serpiente que se muerde su
cola, Apofis, la que rodeaba la plataforma terrestre. Sin embargo,
su mitología carece de enfrentamientos titánicos (titanomaquia).
Aquí notamos que la teología egipcia toma otro rumbo.
En
medio del espacio del no ser se origina el milagro circular
del ser, plasmado en un universo ordenado, tanto de los
dioses como de los hombres. Es como una suerte de océano "osiríaco"
que da la existencia activa a los seres y desde donde proceden
todas las formas movientes, siendo también fruto suyo las fuentes
del Nilo, i.e., de la vida misma.
Aquí
no encontramos un planteo de la problemática que generan las
relaciones entre los elementos, sólo existen dos estados: lo
increado y lo creado (lo increado como símbolo de la virtualidad
del Ser todavía no manifiesto). Una dualidad sustantiva tal como
la planteara Heráclito, pero que ejerce tensión sin ceder una
sobre otra.
El
cosmos egipcio, al igual que su astro principal, el Sol, estaban
en constante movimiento; pero también en una clara amenaza de
desaparecer, de ser destruido todo el orden establecido por los
dioses. El no ser acecha eternamente al ser. Un solo
descuido, un solo rito mal efectuado, una sola construcción en
falta armónica con la medida "matemática" del Cosmos,
pone en peligro la entera estabilidad universal.
Aquel
macrocosmos era asimilado solidariamente con el ciclo solar. El
sol, cuando navegaba por las noches en la barca del Nilo
subterráneo corría grave peligro de ser vencido por un sinfín
de monstruos que habitaban en aquellas misteriosas aguas. Nótese
que el sol no moría del mismo modo como lo hacía la luna, cuyo
círculo cambiante era visto como un ojo que se restituía de su
herida.
El
sol interrumpía su ciclo vital manifiesto cuyo disco volvía a lo
increado, para continuar seguidamente en otro estado sutil, su ba.
El ba del Sol debía regresar al disco cada amanecer, que
era una nueva Creación, y salir victorioso contra las fuerzas de
la tenebrosidad. No en balde los romanos heredaron el culto al
"sol invicto" (natalis solis invicti), cuyo nuevo
nacimiento era motivo festivo en las Saturnalias.
En
otras palabras, para la teología egipcia el Diluvio todavía
no ocurrió, estaba en estado latente, en su plena
potencialidad temporal. El peligro de que en cualquier momento las
aguas del abismo que los rodeaba por los cuatro extremos del
mundo, el Nun, fueran libradas y cegaran la vida en la tierra era
una realidad con la que debían vivir a diario. Este fenómeno era
recordado en cada absorción y reintegración del ciclo diario
solar (atardecer-amanecer; día -noche).
Esta
idea cosmogónica, tal vez explique en parte la ausencia de un
mito sobre una destrucción pasada. Su idea del Tiempo, hasta
donde sabemos, no era establecida por ciclos de integración y
reabsorción de las eras, sino que sus secuencias del transito bio-cósmico
eran entendidas como paradojas alternarias que se superponían
sobre sí mismas.
A
diferencia de otros sistemas mitológicos, en donde el Fin
del Mundo ocurrió en el pasado - y eso nos habla que de la
misma manera será inevitable en el futuro (que ya estaba predeterminado)
-, no era así concebible para el egipcio, quien vivía el "Hoy",
donde la última palabra no estaba dicha, tratando de detener
la devastación, el "Diluvio Universal", manteniendo
el eterno Orden cósmico por medio de fórmulas y rituales mágicos.
(*)
(*)
Fuente: Sergio Fuster,
"Egipto y el diluvio Universal. Un análisis
comparado del Mito Cataclísmico", editado
aquí de manera original.
|
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El
Mito de la Destrucción de la Humanidad
(Traducción
por el Prof. J.R. Ogdon © 2003 del texto
jeroglífico reproducido en la nota. Corresponde a
las columnas n° 1-15 de la versión en la tumba [VR
17] de Seti I, Valle de los Reyes, Tebas Oeste)
Aconteció
en la época de la Presencia de Ra, aquel que
devino por sí mismo, luego de que se había
vuelto Rey de los hombres y los dioses, (que) la
gente conspiró en su contra. (Fue) cuando Su
Presencia se había convertido en un viejo, sus
huesos eran de plata, su piel de oro, su cabello
de verdadero lapislázuli.
Cuando
Su Presencia notó el complot de la gente en
contra suya, Su Presencia dijo a sus seguidores:
"Hace
comparecer ante mí a Mi Ojo, y a Shu, Tefnut,
Gueb y Nut, y a los padres y madres que estaban
conmigo cuando estaba en el Nun, y también al Nun;
él traerá consigo a sus cortesanos. Pero
hacedlos comparecer rápido, antes de que la gente
se de cuenta y antes de que pierdan su corazón.
Al fin, yo puedo retornar al Nun, al lugar del
cual yo devine a la existencia".
Los
dioses fueron traídos y se alinearon a ambos
lados, haciendo reverencia ante Su Presencia, para
que hiciera su discurso ante el Padre Antiguo, el
Hacedor de la Humanidad, el Rey de la Gente (scil.,
el Nun), y dijeron: "¡Háblanos para que
escuchemos!".
Entonces,
la Presencia de Ra dijo al Nun: "¡Oh,
antiguo Dios en el que devine a la existencia,
ancestro de los dioses! Mira, la gente que salió
de Mi Ojo está conspirando contra mí. Dime qué
debo hacer al respecto, porque estoy dubitativo.
No la exterminaré hasta que te haya
escuchado".
Entonces,
la Presencia del Nun dijo: "Mi hijo Ra, dios
más grande que su hacedor, más augusto que sus
creadores, ¡quédate en el trono! Grande es el
temor a tí cuando tu Ojo está sobre quienes
conspiran".
(Y)
dijo la Presencia de Ra: "¡Mira, ellos huyen
al desierto con los corazones temerosos de que
hable en su contra!"
(Y)
ellos (scil., los dioses) dijeron a su
Presencia: "¡Permite a tu Ojo que vaya y los
destruya, a estos malhechores, para tí! ¡Ningún
Ojo es más capaz de matarles para tí! ¡Deja que
vaya en la forma de Hathor!".
La
diosa volvió después de haber sacrificado a la
gente en el desierto y la Presencia de este dios (scil.,
Ra) dijo: "¡Bienvenida en paz, Hathor, (Mi)
Ojo que hizo aquello para lo cual yo vine!".
(Y)
dijo la diosa: "En tanto que vivo por tí, he
derrotado a la gente y fue como un bálsamo para
mi corazón".
(Y)
dijo la Presencia de Ra: "Tendré poder sobre
ellos como Rey al degradarles". Y de esta
manera, (la diosa leona) Sejmet devino a la
existencia confundida en la noche para pisotear su
sangre (scil., la de la gente) tan lejos
como Heracleópolis. |
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