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EDIPO REY
Por Leandro
Pinkler
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Edipo
en el momento de resolver el enigma que le propone La
Esfinge, el monstruo que esperaba a los viajeros en las
afueras de Tebas. |
Edipo
venció a la esfinge pero no a su destino. La fatalidad de los
hados le impusieron matar a su padre, Layo, y yacer con su
madre, Yocasta. Edipo quiso eludir la voluntad divina. En penoso
camino, descubrió que la sabiduría es aceptar lo predestinado
y el duro arte del autoconocimiento. Aquí le presentamos una
conferencia sobre el esencial mito de Edipo pronunciada por
Leandro Pinkler, gran conocedor del griego, estudioso del mundo
mítico, y uno de los directores de la página cultural
El Hilo
de Ariadna
(de la que procede el texto facilitado gentilmente
por el propio autor para ser compartido con los visitantes de
Temakel). Pinkler traza aquí un preciso análisis etimológico
que ilumina la vida mítica de Edipo, quien alcanza su máxima
estatura trágica a través de la dramaturgia de Sófocles.
E.I
EL EDIPO REY DE SÓFOCLES
Por
Leandro Pinkler
Me encuentro ante ustedes en la circunstancia de hablar acerca de
un mito que en más de un sentido ha sido experimentado como
fundante de nuestra civilización. y de su principal versión, el
texto de Sófocles. De éste nos separan prácticamente
veinticinco siglos; y una infinidad de lecturas e interpretaciones
se yerguen entre el texto y una posible lectura de hoy. Además
están los trabajos de crítica textual propios de la Filología
Clásica, y es importante señalar que han sido fecundos en el
último tiempo en lo que toca a la obra sofoclea. En efecto, la
famosa serie Oxford Classical Texts en la obra de renovación de
las ediciones de los textos trágicos ha publicado una nueva
edición de Sófocles en 1990 (Sophoclis Fabulae, edit. H. Lloyd
Jones y N.G. Wilson) que ha venido a reemplazar a la de Pearson
1924, edición de la máxima aceptación por los estudiosos. Y en
segundo lugar, Jean Bollack ha publicado en 1991 una traducción
con amplios comentarios, en cuatro gruesos volúmenes, en Presses
de l´ Université de Lille. Me interesa partir, a modo de
introducción, de la mención de algunas consideraciones de Bollack acerca de qué es la filología (fueron publicadas en la
revista L" Áne 1992.)
"La ciencia aplicada en estos textos se llama filología.
Ella se define como una disciplina histórica tocante a las obras
escritas. Me refiero a ellas como a una ciencia de las prácticas
efectivas de la lectura".
Esta disciplina, que conglomeró en la segunda mitad del siglo
pasado a gran parte de la inteligencia alemana, a Federico Nietzsche entre otros, tiene como propósito una lectura ideal que
puede entenderse como una interpretación = cero. Quiero decir con
esto que mediante el conocimiento histórico, gramatical,
estilístico y de todo lo que concierne a un texto antiguo, se
propone el ideal de desentrañar lo que el autor mismo expresó de
acuerdo a sus coordenadas históricas, propias de una cierta
visión del mundo. Si tal propósito es posible o no, o si
constituye un mero criterio epistemológico, poco importa. La
tarea del filólogo es la de enmarcar y contextualizar para
legitimizar las lecturas posibles. La imposibilidad de una lectura
reside en su incompatibilidad con la Weltanschauung que dio origen
al texto. En efecto, la más habitual práctica de lectura
proyecta elementos de nuestra propia visión del mundo sobre un
texto imbricado con otras cadenas asociativas, muy distintas de
las nuestras modernas, en lo referente a religión, civilización
y pensamiento. Valga esta advertencia preliminar, porque en lo
sucesivo nos proponemos no una nueva lectura del Edipo Rey, sino
una contextualización de los principales suelos en que se enraiza
el texto.
Comenzaremos, entonces, con la inserción del mito de Edipo en su
tradición mitológica. Con respecto de ésta es menester recordar
que el griego, por su particular religiosidad. se distingue de lo
que Paul Ricoeur denomina las religiones "proclamáticas"
o proféticas, esto es, las religiones de libro sagrado: la
hebraica, cristiana e islámica. No existía en Grecia un libro
canónico sino una tradición poética fundada en la mediación de
las divinas Musas hijas de Mnemosyne, la Memoria. En ella se
inscriben los cantos homéricos y la obra de Hesíodo, referencias
obligadas para todo heleno, y posteriormente la lírica en época
arcaica y la tragedia, en la clásica, momentos en los que la
tradición poético-religiosa se reformula y se mantiene viva. Por
eso, al encuadrar un mito, hay que situarlo, según los
testimonios de que disponemos, en contexto micénico, homérico,
arcaico, clásico o en contextos helenísticos y posteriores. En
este sentido hay que discriminar el mito de su versión particular
-la que se haya conservado- y situar ésta en su idiosincracia de
época. De esto se desprende que toda interpretación es
interpretación de una cierta versión del mito.
Dicho esto, enmarcamos el mito de Edipo dentro del llamado Ciclo
tebano, esto es, el conjunto de mitos agrupados en torno de la
ciudad de Tebas, fundada por Cadmo.
Tal
como comienza el Edipo Rey: "Hijos, nuevo retoño de Cadmo,
el antiguo." A su vez, el background del Ciclo tebano refiere
a un contexto micénico, muy anterior a la escritura de las
epopeyas homéricas. Así, Martín Persson Nilsson, uno de los
principales estudiosos de la religión griega, refiere –v. The
Mycenaean Origin of Greek Mythology, 1937- que el nombre Oidípous
data de época micénica por presentar en su formación de
derivación morfológica una constitución muy arcaica. Con todo,
las principales versiones acerca del Ciclo tebano datan de época
clásica, muy posteriormente. Se supone, entonces, que
originariamente Edipo era el héroe de un folktale, cuyo mitema
principal era la recuperación de un trono que le correspondía;
en tal reconstrucción conjetural se excluye toda referencia
originaria al parricidio y al incesto. Tal es la opinión de
Roberts, autor de una obra monumental acerca de Edipo –v.
Oedipus, 1915-.
Ahora bien, dentro del marco de la epopeya homérica hallamos una
referencia precisa al mito de Edipo -v. Odisea, XI 271 ss-
relatada por Odiseo en el relato de su descenso a la morada de
Hades:
"Vi también a la madre de Edipo, la bella Epicasta, quien
realizó tremendo acto (méga érgon) por unirse a su hijo, sin
saberlo en sus mentes. Pues él, tras matar a su padre, con ella
casó. Pero él reina en la hermosa Tebas sufriendo sus dolores
merced a las terribles determinaciones de los dioses."
Advertimos en el texto dos diferencias significativas respecto de
las versiones trágicas del mito: el cambio de nombre de Yocasta a
la que se llama Epicasta y el hecho de que Edipo sigue reinando
sin alusión alguna a la mutilación de sus ojos.
Respecto de la primera diferencia, sólo cabe observar si tal
cambio en el nombre de la madre-esposa d Edipo es o no relevante.
Notemos, en principio, que la diferencia se opera en la primera
parte de la composición: se cambia el epi- de Epicasta por un
yo-, mientras queda inalterable el segundo componente. Sobre éste
no hay dudas respecto de su significación etimológica: deviene
de un tema kas –v. Verbo kaínyamai-con el sentido de
"sobresalir", emparentado asimismo con Cadmo, "el
sobresaliente", esto es, el introductor del alfabeto, de
ciertos misterios y fundador de Tebas. Epicasta significa,
entonces, "la muy sobresaliente" donde el prefijo epi-
funciona como un intensivo. En cambio, no resulta clara en su
significación la introducción de Yocasta. Si bien algunos
autores han relacionado esto con el griego hyiós,
"hijo", para llegar a una significación sugestiva –Yocasta
sería "la que sobresale por su hijo" si se admite tal
derivación semántica-, no es posible una asociación de esta
especie desde una etimología rigurosa.
Resulta, por lo tanto, más significativa la segunda diferencia
aportada por la versión homérica: Edipo no se arranca los ojos y
sigue reinando; no hay, por así decirlo, crimen y castigo, sólo
crimen y ciertos padecimientos que la versión menciona. Este paso
de la mentalidad homérica a la de la Época arcaica ha sido
estudiada por Dodds en su conocido libro Los griegos y lo
irracional. Él habla del paso de una cultura de vergüenza a una
de culpabilidad y menciona el caso del Edipo homérico para
atestiguar la falta del sentimiento de culpa. Y en efecto, no era
propio de una cultura de aristocracia guerrera hacerse mucho
problema por una cama o una muerte.
El siguiente paso en el recorrido de las versiones del mito apunta
a la época arcaica, de la que no nos queda más que un papiro
encontrado en Lille dentro de una momia en 1976. Se trata de un
texto que bollack mismo editó bajo el título de "La
respuesta de Yocasta".
Hay dificultades en determinar el autor y se lo considera como de
Pseudestesícoro para representar la posibilidad, no constatada,
de que sea una obra de Estesícoro, por razones de léxico y
métrica. Con todo, el texto nos aporta novedades o diferencias
respecto a otras versiones.
Lo
más relevante es la afirmación de Yocasta acerca de su
descreimiento de los oráculos, cosa que presenta afinidades con
ciertas intervenciones de Yocasta en el Edipo Rey.
Paralelamente a las versiones mencionadas, es fundamental la
reconstrucción de la secuencia mítica anterior al nacimiento de
Edipo porque, cuando se abre el Edipo Rey, él ya adulto reina en
Tebas. Nos referimos a la procedencia de la generación de los
Labdácidas, a la que aludiremos sumariamente, para preguntarnos
qué ocurrió en la sucesión Lábdaco – Layo – Edipo. En este
problema dependemos fundamentalmente de textos trágicos, muchos
de ellos conservados fragmentariamente, como en el caso del Edipo
de Eurípides y de Esquilo, de los que sólo nos quedan ciertas
referencias exteriores. Es importante el grupo de fragmentos de la
tragedia Crisipo de Eurípides. pues resulta la principal fuente
de los problemas relativos al linaje de Edipo. Aparte de estas
fuentes dependemos de textos tardíos, como por ejemplo, La
Biblioteca de Apolodoro. Con todo, es poco lo que se puede
reconstruir acerca de Lábdaco, sólo sabemos que murió cuando
Layo, su hijo, era muy pequeño y que a su muerte lo sucedió
Lico, en el trono de Tebas.
Se reitera, aunque en circunstancias diversas, cierto elemento del
mito de Edipo, pues Layo es exiliado de Tebas siendo niño y
apartado de su destino real. Es recibido en la casa de Pélope,
personaje importante para la tradición mitológica griega. Un
conocido mito cuenta que Tántalo, padre de Pélope, ofreció a su
hijo como un festín para los dioses, para poner a prueba la
providencia divina. Se dice que sólo Deméter llegó a probar
bocado del filicidio, que Tántalo sufrió eternos castigos en la
morada de Hades por su afrenta y que Pélope fue revivido y
devuelto a su destino mortal. Ocurre que Pélope tiene un hijo,
Crisipo -que da nombre a la tragedia de Eurípides- con quien se
encuentra Layo en su exilio. Sabemos por referencias que
Eurípides narraba en esa pieza la violación de Crisipo por Layo
y el posterior suicidio de aquél. De acuerdo a esto, Layo violó
las leyes de la hospitalidad, de esencial significado para los
griegos, y las de la naturaleza, pues pasa por ser el introductor
de la homosexualidad en Grecia. Asimismo recibió de Pélope una
terrible maldición que afectaría a su futura descendencia. Si
bien no nos quedan en los fragmentos del Crisipo de Euripides
alusiones precisas a la falta de Layo, contamos con importantes
comentarios de autores antiguos. como por ejemplo el de Eliano
-traduzco del Tragicorum Graecorum Fragmenta de Nauck:
Layo, como cuenta Eurípides y enseña la fauna, fue el primero en
emprender el deseo (éros) por los machos.
También Cicerón, en la Tusculana IV al recordar el episodio
homosexual entre Zeus y Ganimedes hace idéntica alusión a Layo a
partir de Eurípides. Y también Platón -en Leyes VIII 836c-
habla de "las cosas que vienen desde Layo" al referirse
a la homosexualidad masculina.
Ahora bien. hacemos referencia a este hecho porque resulta un
contexto esencial del Edipo Rey. Recordemos ante todo que
nosotros, inmersos en los parámetros de una cultura escrita,
olvidamos que los espectadores de la tragedia contaban con los
datos de la vulgata mitológica por una tradición oral, recreada
en las tragedias mismas. Y para ellos Layo era el violador de
Crisipo y el productor de una gran mancha.
Otro hecho importante atañe el linaje de los Labdácidas,
observado por primera vez por Levi Strauss en la primera
compilación de su Antropología Estructura. En efecto, él fue el
primero en advertir cierto motivo reiterado en la significación
de los nombres de Lábdaco, Layo y Edipo -v. también los
comentarios de J, P. Vemant al problema en Mito y Tragedia en la
Grecia Antigua, vol. II-. El problema señalado por Levi Strauss
es que los tres nombres aluden a una anomalía en los pies y en el
andar: el nombre de Lábdaco se asocia con la renguera, como el
caso de Lábda, la coja, mencionada por Heródoto, de la que se
origina el linaje de los Cispélidas; laiós, de
donde deriva Layo, significa "zurdo", con una
connotación negativa; y Oidípous del primer componente oidi -v.oidma
"hinchazón", "ola"- y poús "pie"
significa, como es sabido. "el de los pies hinchados".
Ahora bien, Levi Strauss tuvo en su primera aproximación un gran
dislate en la interpretación del hecho que él evidenció, pues
asoció la significación del "mal andar" de los
Labdácidas con el contexto de los amerindios, en el que indica
una autoctonia, una ligazón fuerte con la propia tierra, mientras
nada semejante ocurre en contexto helénico.
El mismo Levl Strauss se desdijo de esa analogía ilegítima. Lo
importante es que la mención del pie se reitera asimismo en el
enigma de la Esfinge, como lo conservamos por ejemplo en la
hypóthesis I de las Fenicias de Eurípides:
"En la tierra hay un ser dipoús, tripoús, tetrapoús –de
dos pies, de tres pies, de cuatro pies- cuya voz es única. Sólo
él cambia de naturaleza entre los que frecuentan el cielo, el
aire y el mar. Cuando se apoya sobre el mayor número de pies, sus
miembros tienen menos fuerza."
Vernant, en la obra ya mencionada, ofrece ciertos lineamientos
acerca de la interpretación del "mal andar / mala fonnación
de pies" por referencias mitológicas a Hefesto y al pasaje
del Banquete de Platón, en el que Aristófanes describe los
personajes bisexuales primigenios.
Para una contextualización del problema son importantes los
artículos de este autor. Sólo nos queda agregar, en la hermenéutica podológica, que en las concepciones que se
desprenden de ciertos datos lingüísticos del grupo indoeuropeo
la palabra "pie" es siempre de género masculino,
opuesta a todo lo que el pie horada, la tierra, el camino, siempre
de género femenino. Recordemos que originariamente estos géneros
gramaticales representaban concepciones de macho y hembra y no
meras convenciones. Los instrumentos de trabajo agrícola, como el
pie, son masculinos porque trabajan la pasividad femenina de la
tierra. Puede ser ésta otra perspectiva para acercarse a la
significación de "la mala pata" de los Labdácidas.
Además de las cuestiones mencionadas, otra fuente imprescindible
para la contextualización de los problemas del Edipo Reyes por supuesto la Poética de Aristóteles.
Fundamentalmente porque Aristóteles, a menos de un siglo de
distancia. pone en varias oportunidades la versión de Sófocles
como un paradigma trágico. Así, en el capítulo XIII, después
de establecer el carácter catártico de la tragedia
"mediante el temor y la compasión", advierte que la
compasión se enciende ante un ser que no merece su desgracia y el
temor se produce ante alguien en desgracia que es sentido como un
semejante -hómoios-, y para ejemplificar alude al Edipo Rey:
"es el caso de un hombre que en circunstancias tremendas
sufre desgracia sin haberla provocado por maldad sino merced a un
error,". En el texto griego la palabra que significa
"error" es hamartía. Término que en el Nuevo
Testamento es traducido del original griego por peccatus -pecado-
en la Vulgata latina. Y Aristóteles indica el sentido de la
hamartía como una acción que produce un mal sin intención, por
ignorancia, En Ética a Nicomaquea 1135 b, Aristóteles distingue
entre una hamartía y una adikía -injusticia- por el hecho de que
la primera supone la ignorancia del ejecutor. Y tal es por
supuesto el caso de Edipo. Hay que tener en cuenta en el contexto
jurídico antiguo que la ley no tomaba en consideración la
intención. Sólo la acción contaba. Así funcionaba el juicio
legal hasta fines de la época arcaica, mientras que en época
clásica durante el siglo de los grandes trágicos, la intención
comienza a ser tenida en consideración.
Digamos, entonces, que ante un supuesto tribunal ateniense Edipo
hubiese sido absuelto por ignorancia de los cargos de
"parricidio" e "incesto", pero no hubiese
aliviado en nada su destino trágico. Es por eso que Aristóteles
refiere el caso de Edipo como "gran hamartia" poniendo a
su lado el nombre de Tiestes, quien sin saberlo comió a sus hijos
en un guisado ofrecido por su hermano Atreo; pues ambos han
cometido las cosas más horrorosas por ignorancia.
Estos asuntos, concernientes al error trágico y a la
responsabilidad de la acción, son fundamentales para toda la
comprensión de la tragedia griega. El mismo Sófocles ofrece un
significativo texto en torno de la responsabilidad de Edipo, v.
Edipo en Colono 535 ss: Edipo, viejo y exhausto, es descubierto en
su identidad y cuestionado por sus actos. Ante la pregunta de si
ha hecho incesto, contesta" -No he hecho.(,..) acepté un
don..." Ya la pregunta del Coro acerca de si mató a su
padre. responde:
Sin saber lo que hacía maté, pero estoy libre ante la ley, pues
ignorante llegué a eso.
Pues bien, tras habernos referido a los principales problemas
contextuales. tomaremos aunque muy sumariamente ciertas cuestiones
planteadas por el texto mismo de la versión sofoclea del mito. En
este sentido, me interesa partir de una idea -ya desarrollada por
Vernant en el libro citado- que hace del Edipo Rey la tragedia de
la anfibología, de la equivocidad como un núcleo neurálgico del
texto, que Sófocles utiliza como una ironía trágica constante.
El doble sentido en la expresión es ciertamente un elemento que
no podía faltar en una tragedia como el Edipo Rey que tiene como
trasfondo el decir de los oráculos, el enigma de la Esfinge y la
mántica de Tiresias, pero es un fenómeno de la léxis de la
tragedia, rastreable en muchas de las que se conservaron. Con
todo, para los estudiosos que gustan del rastreo cuantitativo ha
quedado constatado que es en el Edipo Rey donde se da la mayor
cantidad de anfibologías -cincuenta expresiones de doble
sentido-. Con todo, si bien las expresiones –fundamentalmente
las utilizadas por Tiresias- resultan muy significativas, con la
denominación de "tragedia de la anfibología" aludimos
a una equivocidad esencial del drama. Pues Yocasta –como se dice
en Antígona v.53- es "madre y esposa, doble palabra"; y
Layo, padre y víctima de Edipo.
Sobre este doble rol de los dramatis personae se fundan todas las
demás equivocidades de la expresión, y también, claro está,
por el paso de la ignorancia de ese hecho por parte de Edipo a su
conocimiento –lo que llama Aristóteles angnórisis,
"reconocimiento"-. Así, ya desde el Prólogo –58ss-
Sófocles hace decir a Edipo:
Os presentaís anhelando cosas conocidas y no desconocidas para
mí.
Y Edipo conoce los trances de la peste que afectan la ciudad, así
como desconoce los suyos propios -que aún no lo afectan- hasta
convertirse en un cazador cazado.
Con la intención de indicar simplemente algunos nudos
dramáticos, pasamos de la equivocidad a la situación inicial del
Prólogo en su implicancia religiosa: los ciudadanos de Tebas se
presentan. en calidad de suplicantes frente a Edipo al que llaman
"el primero de los mortales",
Ocurre que esta escena representa una de las instituciones de la
religión antigua, la hikéteia "la Suplicancia" podemos
traducir, esto es, el hecho de presentarse -como en la tragedia de
Esquilo Hikétides- como suplicante ante alguien con un poder.
Ahora bien, J.P. Vernant, tantas veces citado, relaciona esta
circunstancia con la celebración anual de las targelias, una de
las muchas festividades religiosas del calendario griego, en la
que los celebrantes se presentaban en calidad de suplicantes,
coronados y con frascos con miel o vino, para producir mediante
una suerte de magia homeopática la expurgación de la pólis.
Tal purificación se llevaba a cabo por el exilio, cargado de
violencia en la celebración. de algún personaje de la ciudad de
características detestables, un esperpento que cargaba con los
males de la pólis. Se lo echaba violentamente como un remedio
purificativo y se lo llamaba justamente pharmakós. Phármakon -de
donde viene "farmacia"- resulta un veneno, como el
bebido por Sócrates en el relato del Fedón. que en pequeñas
dosis es altamente curativo y purificatorio. Pharmakós es la
denominación para referirse a una función similar en una
persona, en este caso el "Lumpen" arrojado que carga con
los males de todos.
Es mediante esta analogía por la que Vernant propone una lectura
en clave farmacológica para el Edipo Rey en la que la visión
trágica quiere que sea Edipo, "el Primero de los
mortales", el pharmakós. Aunque no proponemos esto como la
clave, sirve para enfatizar un hecho esencial del drama: el Edipo
Rey resulta inseparable del par mancha –purificación, esto es,
miasma, la mácula, que produce la peste. Y el oráculo traído
por Creonte responderá que procede del asesino impune de Layo. y
posteriormente-en el primer episodio- el adivino Tiresias dirá a
Edipo que él mismo es el miástor. "el que produce la
mácula". Desde ese momento, la verdad ha sido dicha, sólo
habrá que aceptarla.
Sin embargo, las lecturas del Edípo Rey se han detenido más en
otros aspectos, distintos del pharmakós. Que ellas han sido
muchas y dispares, lo atestigua el hecho de que Dodds, el autor de
Los Griegos y lo irracional. las ha podido clasificar en su
artículo "On misunderstandig Oedipus Rex"
(Malinterpretando el Edipo Rey). En él da Cuenta de la
reiteración de malentendidos, todos surgidos de la proyección de
visiones extemporáneas al mundo de la tragedia, en lecturas de
tono moralizante o religioso. Me quiero referir, a partir de la
referencia de Dodds, al hecho de que muy a menudo se ha leído el
Edipo Rey con las categorías de determinación versus libertad,
como el drama del hombre que no puede escapar de su destino. Si
bien el tema está presente de hecho, por ser en gran parte una
tragedia sobre la verdad oracular, el malentendido reside en la
Concepción de lo que se llama "destino" y de lo que los
griegos entendían por tal.
Resulta anacrónica la oposición libertad-destino en época
clásica, si bien es habitual en nuestras asociaciones, pues no
podemos pensar en el destino sin oponerlo a la libertad. En
realidad, históricamente esta oposición es netamente cristiana,
y puede hallarse anticipos de esta concepción en el estoicismo,
pero nunca en época clásica o anteriormente. En efecto, en
época helenística, en la que se desarrolla el estoicismo, la
palabra habitual para "destino" es heimarméne –v.
Verbo meíromani, del mismo tema radical de moira-"parte
repartida". Resulta esencial señalar que entre las
diferencias entre la Weltanschauung moderna y la antigua, la
concepción del destino es seguramente la más significativa. Pues
para el hombre del mundo clásico, arcaico u homérico, ésta
resulta ser una categoría omnipresente, para la cual disponían
de varios términos; y se hallaba continuamente en la vivencia
cotidiana con el sentido fundamental de "la posición de un
orden divino del mundo", o bien "el carácter numinoso
de la realidad". Que después de Descartes es muy difícil
pensar en esos términos, o incluso comprenderlos, es el problema
en que se encuentra nuestra comprensión del mundo antiguo. En
principio, ocurre algo semejante a lo que se da con el término
"religión", para el que los griegos no tenían un solo
equivalente sino varias palabras, con distintos matices. O lo que
constatan los estudios de ciertas civilizaciones, que no disponen
de una palabra para decir pájaro, como género, pero sí
muchísimas para denominar a cada especie. Y como nosotros damos
cuenta de la noción destinal por un solo término -las palabras
"fortuna" o "azar" no tienen ya un carácter
numinoso- las diferencias se pierden. Así atestiguamos que en el
griego clásico existe un importante grupo de palabras para cubrir
la semántica del destino: si partimos de las tres más
importantes-moíra, tyche anánke-, es para advertir que está
constatado en usos textuales que donde aparece una no cabe el uso
semántica de otra. Las tres aparecen, y varias veces, en el Edipo
Rey, en distintas acepciones por supuesto, pero generalmente han
sido traducidas por "destino" y sus equivalencias en
otras lenguas modernas.
Veamos, entonces, las diferencias entre estos tres términos, que
no son los únicos: moira se relaciona etimológicamente, como
habíamos indicado con su equivalente helenístico heimarméne,
pero si bien en ambas está la idea de "parte", la
diferencia reside en el hecho de que heimarméne es un participio
perfecto pasivo con la idea de algo ya previamente repartido, cuyo
resultado es la determinación en que se halla el hombre, idea
helenística, anticipo de la oposición con la noción de
"libertad".
Por el contrario, moira para el hombre clásico -o de épocas
anteriores- significa pura y simplemente "parte",
digamos "la que te tocó". En términos contemporáneos,
es habitual decir "yo no creo en el destino". Pero
aunque se trate del ser más racionalista que pisa esta tierra,
siempre algo le tocó. Nació en Buenos Aires, en Almagro, y no en
Bagdad o en París; es hijo de inmigrantes españoles, y no
descendiente de la nobleza rusa o de una fabela de Río de
Janeiro, etc. Esto es la moira, las circunstancias peculiares de
cada existencia, Estas no se entienden como opuestas a la
libertad, sino como un hecho concreto de la existencia que hay que
afrontar. "Bancate la que te tocó", es la sabiduría de
la moira, Por eso, Platón en el fin de la República presenta el
mito de Er el Panfilio, en el que se Indica que cada uno elige su
moira, cosa de que uno no pueda protestar acerca de que la culpa
la tiene el otro, y sólo queda hacerle frente a su parte.
Veamos, entonces, la significación de anánke, muchas veces con
la traducción de "necesidad". Existe la arcaica
concepción acerca de que "Contra Anánke ni los dioses
luchan", escrita con mayúscula para señalar su carácter de
potencia animada, numinosa, Se trata de lo que es de una manera y
no puede ser de otra, pero como fundante de todo; de que todo, en
cierto sentido, es de una manera y no puede ser de otra. No
entendido trivialmente, o "si soy así, qué voy a
hacer". Esta palabra da cuenta de todo lo que no está
producido por nuestra voluntad, pero a gran escala. como una
voluntad del mundo, de la realidad. No se presenta como una
totalidad armónica al ser humano, sino con cierta violencia. Se
la ha analogizado con "el estado de yecto" heideggeriano,
o "el principio de realidad" freudiano. Nuevamente, la
concepción de anánke llama a la aceptación, a comprender que
ciertos elementos esenciales de la realidad son como son y no
pueden ser de otra manera.
Pasemos, entonces, a la palabra tyche que es la que se ha tomado
como más ejemplar, generalmente, de la idea de destino, pero que
es mucho más equivalente a "fortuna". Ahora bien, si se
piensa en el sentido de "destino = determinación, opuesto a
libertad", el malentendido es enorme, pues tyche significa
más bien la total indeterminación, el hecho de que a cada cual
le puede pasar cualquier cosa. Se dice "Tyche se complace con
los variados cambios". Si volvemos a nuestro hombre moderno,
supongamos que es un positivista lógico, que no cree en el
destino, no está libre de que se le caiga un andamio en la
cabeza, o lo atropelle un colectivo, no está libre de Tyche.
Mientras está uno vivo, está sometido a los posibles avatares,
lo que se asocia con el final del Edipo Rey, en donde se afirma que
de un hombre sólo se puede decir que es feliz después que ha
muerto. Justamente, en esa parte final del texto se dice: "He
aquí a Edipo, el que solucionó los famosos enigmas y fue hombre
poderosísimo, al que los ciudadanos miraban con envidia por su
destino". Y en el texto griego la palabra utilizada es tychas
-un plural de acusativo- para dar cuenta de que son envidiables
los cambios de fortuna de Edipo, pero ahora horrorosos. Asimismo,
en un importante momento de la tragedia, después de enterarse de
la muerte de Pólibo, Edipo exclama, pues ya se ha enterado de que
no es hijo de quienes creía: "Yo, que me tengo a mí mismo
por hijo de la Tyche. la que da con generosidad, no seré
deshonrado...". Una expresión propia del paradigma del
héroe trágico, el que se entrega a la tyche. Bien, dejamos como
propuesta la verificación de los distintos términos que forman
el grupo de la significación de
"destino-fatalidad-fortuna", para profundizar una
perspectiva del Edipo Rey.
Por último, de acuerdo a la noción de Bollack de lo que es la
Filología, cabe preguntarse qué lectura moderna se ha producido
legítimamente, esto es con arreglo a la visión del mundo de la
época en que fue creada la tragedia. En ese sentido, Heidegger,
en el seminario editado con el título de Introducción a la
Metafísica, ha considerado como "muy griega" la
interpretación de Karl Reinhardt -v. Sophocles
1933, hay traducción francesa- del Edipo Rey como "tragedia
de la apariencia". Con esto, Heidegger alude a la
etimología, que él mismo divulgó, de la palabra alétheia,
"verdad", como des- ocultamiento. El hecho concreto es
que muchos elementos de la lengua griega, y no sólo esa palabra,
dejan ver que las categorías de "manifiesto -oculto"
eran vitales para su comprensión de la realidad. Edipo sufre el
paso de la apariencia a la manifestación de la realidad en el
sentido de la sabiduría dionisíaca que Nietzsche señaló como
esencialmente trágica para mostrar cómo lo real, latente bajo la
apariencia, no es justamente dulce para el hombre. Y Reinhardt
subraya justamente como esencial del Edipo Rey la ruptura, el
quiebre, del nivel de la apariencia. Y por cierto que tales cosas
pueden rastrearse a lo largo de toda la tragedia: ya desde el
principio- v. 132- Edipo expresa su voluntad de "sacar a la
luz" todo lo concerniente al asesinato de Layo, y se mantiene
en su deseo a
pesar de que todos los demás, especialmente Tiresias y después
Yocasta desean disuadirlo. Ella misma le dice -v. 1068-:
"Desventurado, que nunca llegues a saber quién eres".
Sabemos de la brutal anagnórisis -esto es,
"reconocimiento" según la Poética, como paso de la
ignorancia al conocimiento- de Edipo, y de su mutilación. Esta
misma mutilación afecta la vista, el sentido ejemplar del
simbolismo del conocimiento para los griegos, asociada
precisamente con Apolo, el Sol, "el que ve todas las
cosas", y es Apolo, con su simbólica cognoscitiva-y el saber
ocular délfico y la mántica de Tiresias- el dios de esta
tragedia. Hay que señalar que en todo acontecer trágico además
de los dramatis personae, los personajes del drama, se puede
verificar la presencia actuante de un ser numinoso, una deidad,
como Afrodita en el Hipólito de Eurípides, y Hades en la
Antígona. Y este numen marca el imbricado simbólico -"el
imaginario" según se dice actualmente- en que se desarrolla
el hecho trágico. Apolo, el dios délfico del "Conócete a ti mismo", es la presencia numinosa del Edipo Rey. Por eso,
si Edipo cometió una hybris, una desmesura, fue con respecto del
dominio de Apolo. Edipo quiso saber más y más. Por eso dijo
Holderlin:
"quizás el viejo Edipo tenga un ojo de más". (*)
(*)
Fuente: Leandro
Pinkler, en La tragedia griega. Victoria Julia (editora),
ED. Plus ultra, Bs. As. 1989, texto de un conjunto de conferencias.
Y editado con anterioridad en El hilo de Ariadna.
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