Los
romanos, han juzgado a lo largo de todas las épocas de su
historia las teorías y las instituciones según su resultado
práctico. Siempre tuvieron hacia los ideólogos el desprecio de
los militares y los hombres de negocios. Se ha destacado
frecuentemente que la filosofía se aleja de las especulaciones
místicas en el caso del mundo latino, para concentrarse
totalmente en la moral. Incluso más adelante la Iglesia romana
dejará a los helenos las sutiles controversias interminables
acerca de la esencia del Logos divino o de la doble naturaleza
de Cristo. Las cuestiones que le apasionaron y que la dividieron
fueron aquéllas que tenían una aplicación práctica en la
conducta, como la de la doctrina de Grecia.
La
vieja religión de los romanos debía necesariamente responder
también a esta exigencia de su genio. Su pobreza era honrada.
Su mitología no poseía el encanto poético de la griega y sus
dioses no poseían la inagotable belleza de los Olímpicos, pero
eran mucho más morales, o al menos pretendían serlo. Un buen
número de ellos eran simplemente cualidades personificadas,
tales como la Piedad o el Pudor. Todos ellos imponían a los
hombres-como la ayuda de los censores-la práctica de las
virtudes nacionales, es decir, de aquellas útiles para la
sociedad, como la temperancia, el valor, la castidad, la
obediencia a los padres y a los magistrados, el respeto por el
juramento y las leyes, y todas las formas de patriotismo. En el
último siglo de la República el pontífice Escévola, uno de
los hombres más notables de su tiempo, rechazaba como fútiles
a las divinidades de las fábulas y de los poetas, y como
superfluas y perjudiciales las de los filósofos y los exégetas,
para reservar todas sus complacencias a las de los hombres de
estado, las únicas que eran convenientes dar a conocer al
pueblo. Estas eran efectivamente las protectoras de las viejas
costumbres de las viejas tradiciones, e incluso también de los
antiguos privilegios. Pero el conservadurismo en medio del
perpetuo fluir de las cosas lleva siempre en su seno el germen
de la muerte. Del mismo modo que el derecho siempre se esforzó
en vano por mantener en su integridad los antiguos principios,
como el poder absoluto del padre de familia, que ya no
correspondían a las realidades sociales, también la religión
vino a cobijar una ética contraria a las reglas morales que
poco a poco se iban afirmando. De este modo la idea arcaica de
la responsabilidad colectiva estaba implícita en una gran
cantidad de creencias: si una vestal, por ejemplo, viola su voto
de castidad la divinidad enviará una peste que no cesará más
que el día en el que la culpable sea castigada. A veces el
cielo irritado no otorga la victoria más que si un general o un
soldado se ofrecen a los dioses infernales como víctima
expiatoria. Sin embargo, poco a poco se iba poniendo de
manifiesto debido a la influencia de los filósofos y también
de los juristas, que cada cual es responsable de sus propias
faltas y que no es justo que una ciudad entera pague el crimen
de una persona. Ya no se admitirá que los dioses confundan en
un mismo castigo a buenos y malos, e incluso se encuentra
ridícula su cólera, tanto en sus manifestaciones como en sus
causas. Las rústicas supersticiones de los campesinos del Lacio
se mantenían en el código pontificial del pueblo romano. Si
nacía un cordero con dos cabezas o un potro de cinco patas
debían ordenarse solemnes súplicas para alejar las desgracias
que presagiaban estos horrorosos prodigios.
De
este modo, todas las creencia pueriles y monstruosas de la que
estaba infestada la religión de los latinos, habían arrojado
sobre ella el descrédito. Su moral ya no respondía a la nueva
concepción que se tenía justicia. Generalmente Roma remedió
la indigencia de su teología y su culto tomando prestado de los
griegos lo que le faltaba. Pero en este caso ya no le sirvió
este recurso intelectual, no era más que mediocremente moral. Y
las fábulas de una mitología de la que se burlaban los
filósofos, que se parodiaba en el teatro y versificaba por
poetas libertinos, eran cualquier cosa menos edificantes.
Además
-y esto constituía una segunda causa de debilidad- la moral,
fuese la que fuese, que se exigía de un hombre piadoso carecía
de sanción. No se creía que los dioses interviniesen en cada
momento en los asuntos humanos para descubrir los crímenes
ocultos y castigar al vicio triunfante, ni que Júpiter lanzase
su rayo para fulminar a los perjuros. En la época de las
proscripciones y las guerras civiles, o bajo el reinado de un
Nerón o un Cómodo, estaba demasiado clero que el poder y los
placeres pertenecían al más fuerte, al más hábil, o
simplemente al más feliz, y no necesariamente al más sabio o
al más pío. Apenas se creía en los castigos o las recompensas
de ultratumba. Las nociones sobre la vida futura eran
imprecisas, nebulosas, dudosas y contradictorias. Todo el mundo
conocía el célebre pasaje de Juvenal: "que haya Manes, un
reino subterráneo, un Caronte armado de una pértiga y las
ranas negras en las simas de Estigia, y que tantos millares de
hombres puedan atravesar la onda en una sola barca, eso no se
lo creen ni los niños".
Desde
finales de la República la indiferencia se extendía cada vez
más, los templos estaban abandonados y amenazaban ruina, el
clero tenía dificultades para perpetuarse, las fiestas antaño
populares caían en desuso. Y Varrón, al comienzo de sus
"Antigüedades" expresaba el temor de que "los
dioses pereciesen, no por los golpes de los enemigos
extranjeros; sino por la propia desidia de los ciudadanos".
Augusto, como se sabe, se esforzó por revivificar esta
religión moribunda, más por motivos políticos que por causas
religiosas. Sus reformas estuvieron en estrecha correlación con
su legislación moral y con la fundación del principado.
Tendieron a traer de nuevo al pueblo hacia la práctica de las
virtudes antiguas, pero también a conseguir su adhesión al
nuevo orden de las cosas. De estos momentos data en Europa el
comienzo de la alianza entre el trono y el altar.
Pero
esta tentativa de renovación fracasó totalmente. Hacer de la
religión el auxiliar de la policía de las costumbres no es el
medio de asegurarse el gobierno de las almas. El respeto
exterior hacia los dioses oficiales se concilia frecuentemente
con un absoluto escepticismo práctico. Sin embargo, la
restauración intentada por Augusto es muy característica,
trata de cubrir esta necesidad del espíritu romano, que por
temperamento y por tradición quería que la religión sirviese
como sostén moral del Estado. (1)
2. La nuevas fuerza de los cultos
orientales
Los
cultos asiáticos vinieron a dar satisfacción a estas
exigencias. El cambio de régimen, a pesar de lo que se
pretendía, implicaba un cambio de religión. A medida que el
cesarismo se transformó en una monarquía absoluta, se apoyó
cada vez más en los sacerdotes orientales. Estos sacerdotes,
fieles a las tradiciones de los Aquemenídas y de los Faraones,
predicaban doctrinas que tendían a colocar a los soberanos por
encima de la humanidad, y así aportaron a los emperadores una
justificación dogmática de su despotismo. Es curioso señalar,
en efecto, cómo los emperadores que proclamaban más
frecuentemente sus pretensiones autocráticas, como un Domiciano
o un Cómodo, fueron también los que favorecieron más
abiertamente las devociones extranjeras.
Pero
este apoyo interesado no hizo más que consagrar un poderío ya
conquistado. La propaganda de los cultos orientales fue en un
principio democrática, y a veces incluso, como en el caso de
Isis, revolucionaria. Se difundieron poco a poco y de abajo
hacia arriba, y no fue el caso de los funcionarios a los que
primero apelaron, sino a la conciencia popular.
A
decir verdad, estos cultos, excepto el de Mitra, parecían a
primera vista menos austeros que los de los romanos. Se
encuentran, como tendremos ocasión de comprobar, fábulas
groseras e impúdicas y ritos atroces. Los dioses de Egipto
fueron expulsados de Roma por Augusto y por Tiberio por
considerarlos inmorales, pero lo eran sobre todo a los ojos del
poder, porque estaban en oposición a una determinada
concepción del orden social. Si se preocupaban medianamente del
bien público, daban mucha más importancia a la vida interior,
y en consecuencia al valor de la persona humana. Los sacerdotes
orientales traían sobre todo a Italia dos cosas nuevas: los
misteriosos medios de purificación por los cuales pretendían
borrar las manchas del alma y la garantía de una bienaventurada
inmortalidad que sería la recompensa de la piedad.
Las
religiones pretendían en primer lugar hacer que las almas
hallasen de nuevo su perdida pureza, y esto de dos modos, ya
sean mediante las ceremonias rituales, o bien por las
mortificaciones y penitencias. Conocían en primer lugar una
serie de abluciones que suponía que eran capaces de devolver a
miles su pretendida inocencia. Debía, o bien lavarse con agua
consagrada de acuerdo con determinadas formulas prescritas -se
trata en realidad de un rito mágico, la limpieza del cuerpo
actúa por simpatía sobre el espíritu interior, es una
autentica desinfección espiritual-: o bien se le rociaba o
absorbía la sangre de una víctima degollada por los propios
sacerdotes, y de aquí viene la idea de que el licor que fluye
en nuestras venas es el principio de la vida capaz de comunicar
una nueva existencia. En efecto, estos ritos y otros análogos
utilizados en los misterios tenían, según se creía, el efecto
de regenerar al iniciado y hacerlo renacer a una vida inmaculada
e incorruptible.
La
purificación del alma no se obtenía solamente por actos
litúrgicos, también se llegaba a ella mediante el
renunciamiento y el sufrimiento. El sentido de la palabra expiatio
cambió: la expiación ya no se adquiere más mediante el
exacto cumplimiento de determinadas ceremonias agradables a los
dioses y exigidas por un código sagrado, del mismo modo que se
impone una multa para reparar el daño, sino mediante una
privación o un dolor personales. La abstinencia que impide a
los funestos principios introducirse en nosotros con el
alimento, y la continencia, que preserva al hombre de toda
contaminación y de toda debilidad, se han convertido en los
medios de librarse del dominio de los poderes del mal y de
conseguir la gracia para con el cielo. Las maceraciones, las
peregrinaciones dolorosas y las confesiones públicas, e incluso
a veces las flagelaciones y las mutilaciones, todas las formas
de la penitencia y de la mortificación, levantan al hombre y lo
aproximan a los dioses. El sirio que ha ofendido a su diosa
comiéndose sus peces sagrados se sienta al borde de un camino,
cubierto con un saco y vestido de sórdidos harapos y proclama
humildemente su falta para obtener el perdón. "Tres veces
en pleno invierno, dice Juvenal, el devoto de Isis se sumergirá
en el helado Tiber y temblando de frío se paseará alrededor
del templo sobre sus rodillas ensangrentadas, e irá, si la
diosa se lo ordena, hasta los confines de Egipto a coger el agua
del Nilo que asperjará en el santuario". Vemos como se
introduce en Europa el ascetismo oriental.
Pero
a partir de ahora, si hay en este mundo actos impíos y pasiones
impuras que contaminan y profanan las almas, y si éstas no
pueden libarse de esta infección más que mediante determinadas
expiaciones, será preciso que se conozca la profundidad de la
falta, así como las necesidades penitenciarias. Y será al
clero a quien corresponda juzgar las faltas e imponer las
penitencias. El sacerdocio adquiere pues un carácter muy
diferente al que poseía en Roma. El sacerdote ya no es
solamente un guardián de las tradiciones sagradas, el
intermediario entre el hombre o el estado y los dioses, sino un
director espiritual. Enseñará a sus ovejas la larga serie de
prohibiciones que deben proteger su fragilidad contra los
ataques de los espíritus maléficos. Sabrá apaciguar los
remordimientos y los escrúpulos y devolver al pecador su paz
espiritual. Como se ha insistido en la ciencia sagrada, posee el
poder de reconciliarse con los dioses. Las comidas sagradas,
frecuentemente practicadas, mantenían la comunicación entre
los mistes de Cibeles o Mitra, mientras que un servicio
religioso cotidiano reavivaba sin cesar la fe de los fieles de
Isis. El clero se hallaba plenamente absorbido por su
ministerio, vive únicamente para y de su templo. Ya no se
constituye, igual que el Roma, en colegios sacerdotales, y que
eran comisiones que regulaban los asuntos del Estado bajo la
vigilancia del Senado, sino que forma una casta casi recluida,
que se distingue por sus hábitos y costumbres; constituye un
cuerpo propio, con su jerarquía, su protocolo, e incluso sus
concilios. (2)
3.
El camino de la inmortalidad y salvación personales
(...) A
medida que avanzaba hacia finales del Imperio las voluntades
parecen hacerse más débiles, y los temperamentos están como
enervados. Cada vez se encuentra menos esa robusta salud
espiritual, las mentes, incapaces de permanecer en un perpetuo
error, ya no sienten la necesidad de ser guiadas y
reconfortadas. Se aparecía la difusión de este sentimiento de
cansancio y de fragilidad incluso, que siguen a los excesos de
las pasiones, y la propia debilidad que conduce al crimen
impulsa a buscar la absolución en las practicas exteriores del
ascetismo. Y se acude a los sacerdotes de los cultos orientales
como médicos del alma, a buscar remedios espirituales.
La
santidad que se esperaba obtener por medio de los ritos era la
condición de la felicidad tras la muerte. Todos los misterios
bárbaros tuvieron la pretensión de revelar a sus iniciados el
secreto para alcanzar una bienaventurada inmortalidad. La
participación en las ceremonias ocultas de la secta era ante
todo un medio de conseguir la salvación. Las creencias sobre la
vida de ultratumba, tan vagas y desoladoras en el antiguo
paganismo, se transformaron en la garantizada esperanza de una
forma precisa de beatitud.

Imagen
de Mitra sacrificando al toro. El mito del héroe Mitra fue la
inspiración de otro de los grandes cultos de origen oriental
celebrados en Roma.
Esta
creencia en una supervivencia personal del alma, e incluso del
cuerpo, respondía a un profundo instinto de la naturaleza
humana, el de conservación, pero la situación social y moral
del Imperio en su decadencia le concedió un poder que no había
conseguido anteriormente. En el siglo III las desgracias de los
tiempos causaron tantos sufrimientos, durante este periodo
atormentado y violento se dieron tantas ruinas inmerecidas,
tantos crímenes quedaron sin castigo, que se buscó refugio en
la esperanza de una existencia mejor, en la que serían
reparadas todas las inquietudes de este mundo. Ninguna esperanza
terrestre iluminaba entonces la vida. La tiranía en una
burocracia corrompida ahogaba toda veleidad de progreso
político. Las ciencias estancadas no revelaban más que
verdades ya conocidas. Un progresivo empobrecimiento desanimaba
todo proyecto de empresa alguna. Se difundía la idea de que la
humanidad estaba alcanzada por una irremediable decadencia y que
la naturaleza se encaminaba hacia la muerte y el fin del mundo
estaba próximo. Es preciso considerar todas las causas del
desanimo y de abandono para comprender el poder de esta idea,
tan frecuentemente expresada, de que una amarga necesidad
constriñe al espíritu que da vida al hombre a quedar encerrado
en la materia, y que la muerte supone una liberación que lo
libera de esta prisión carnal. En esta pesada atmósfera de una
época de opresión y de impotencia las almas oprimidas
aspiraban con un indecible ardor a escaparse hacia los radiantes
espacios del firmamento. (3) (*)
(*)
Fuente: Todas las citas
de: Franz Cumont,
"¿Por qué se propagaron los cultos orientales?",
en Las religiones orientales y el paganismo romano,
conferencia pronunciadas en el College de France en 1905,
Madrid, Ed. Akal, pp. 41-48.